EL NIHILISMO EUROPEO COMO HORIZONTE EL SENTIDO DE LA HISTORIA COMO PROBLEMA IRRESOLUBLE PENSAMIENTO CONTEMPORÁNEO

¿Y SI EL ESPÍRITU DEL MUNDO YA NO SOPLARA EN NOSOTROS? (2004-2007)

 

La presunción, móvil que nunca debe excluirse en una actividad tan autosatisfecha como la del pensamiento, habla así: yo soy lo que sé que soy, yo soy lo que quiero, lo que puedo y lo que debo, porque mi saber es idéntico a mí, mi poder es lo mismo que yo.

Mi querer se satisface con su propio querer. Todo este juego infatuado de la reflexividad, este superarse en unidad consigo mismo de toda dualidad, este retornar feliz de lo otro a lo uno, toda esta mascarada conceptual de la reconciliación del principio y el fin, toda esta maestría dialéctica y especulativa, no afirma en realidad nada más que este ser que quiere acabarse en sí mismo: la búsqueda fatal de una muerte que sea su propia muerte querida (mito profano de la encarnación, no de Dios, sino de la propia conciencia humana…).

El mundo no se refleja en mí más que porque yo me reflejo en el mundo, pero el mundo nunca es más que mi reflejo, no tiene otra independencia o subsistencia que este reflejo. La gran jugada hegeliana y metafísica por excelencia: el ser-consciente accede a una hegemonía total cuando todo es efectivamente sólo en tanto su saber de él y de sí mismo como absoluto. Nunca queda, en este proceso de identificación de la conciencia y el mundo, ningún resquicio de no saber, un vacío de ignorancia, no hay ni la más remota posibilidad de que el error  esté en el origen mismo del devenir, ni las trampas de un genio maligno que rodeasen a esta conciencia cada vez más libre (más independiente del mundo); no queda lugar entonces para una verdadera dualidad de principios, recusación monoteística, solipsismo de Dios o del sujeto, de la duplicidad de demiurgos y devenires: ninguna reversibilidad irreductible que no abocase por adelantado a la reconciliación.

El escepticismo del saber respecto a su propio estado en su fase terminal como momento determinado que se supera a sí mismo manifiesta el mayor optimismo metafísico concebible. De ahí que se entienda muy mal la negatividad hegeliana, porque dentro del proceso de desarrollo de la conciencia cumple una función semejante a la del principio demoníaco en la teología de la creación y en la teodicea metafísica: la negatividad es siempre la coartada para el refuerzo masivo del poder de lo positivo que en la forma de la síntesis en la contraposición siempre vence: el juego de los extremos que se encuentran en un término medio es sólo el juego de manos de un prestidigitador señorial, él mismo la conciencia de esta conciencia en devenir hacia aquél.

Pero las críticas a la dialéctica hegeliana se dirigen a un planteamiento diferente de la resolución del mismo desarrollo, simulando un conflicto que no existe porque nunca puede llegar a ser determinante de nada más que su propia supresión: siempre se puede privilegiar el término momentáneo de una negatividad, pero tan sólo como puro elemento desdoblado de lo positivo: estructura perfectamente gemelar que se limita a desplazar el juego, pero no cambia sus reglas, en la medida en que siempre estamos dentro de un proceso duplicado a partir del principio de la identidad: el principio, siempre hegemónico, del devenir consciente de lo real, un poco más.

Este gradualismo de la conciencia de lo real y de la realidad cada vez más amplia de la conciencia es lo más engañoso que se ha podido concebir desde el momento en que se quiere hacer de él un procedimiento para legitimar el presente en su potencialidad de comprenderlo todo porque hasta este presente ha desembocado toda la experiencia de la conciencia. Pero nosotros no somos esa totalidad final y última, salvo que la aspiración secreta de los ateos de la inmortalidad se dirija a la liquidación de la propia temporalidad.

Esta comprensión final, decisiva, resolutiva es lo absoluto hegeliano: una conciencia que es ya, ahora, todo lo real porque ya antes en cada momento separado y parcial quería serlo; un saber igual a su mundo, un mundo igual a su saber. En este sentido se entiende el desenlace en el enunciado de la famosa y tergiversadísima proposición: “Todo lo real es racional, todo lo racional es real”. Lo que yo sé es real, lo que es real es sólo lo que yo sé. Lo que mi época ha alcanzado como su saber de sí misma es ya la realidad misma, porque el tiempo se ha acabado: parusía de la conciencia, definitiva encarnación del Espíritu, es decir, comienzo de la racionalización total de la vida bajo el dominio del Estado y la Economía.

A partir de aquí, los acontecimientos llamados históricos reproducen el modelo: hoy sabemos que efectivamente revoluciones y guerras desde Hegel no han sido otra cosa que las vías más expeditivas y eficaces de un inmenso proceso de racionalización de todos los aspectos de una vida basada en adelante en la absoluta hegemonía de un saber que en su afán de volver el mundo previsible y explicable ha cerrado el curso del tiempo.

Nuestra miseria actual no debe confundirnos. Sí, somos la encarnación del Espíritu. Todo lo que hasta aquí, hasta este mismo momento grandioso de la encarnación suprema del Espíritu ha sido el pasado recordado bajo sus figuras propias, todo ha sido efectivamente una necesidad, por lo que todo queda absuelto y perdonado en el recuerdo en tanto que necesidad cuyo fin somos nosotros mismos en tanto tenemos este recuerdo y lo concebimos como nuestro ser en el pasado, nuestro ser devenido en el tiempo.

El deseo, no sólo latente sino bien explícito, del pensamiento alemán, como la forma más radical y arriesgada de la autoconciencia moderna, es la justificación de la Historia como autojustificación del hombre moderno (el gran sujeto consciente de sí cuya voluntad es un mundo y cuya libertad se ejerce sobre su devenir): algo sin duda monstruoso ha ocurrido en la Modernidad para que la conciencia de sus mayores pensadores se haya sentido conmovida para tener que llegar a experimentar la necesidad de esta autojustificación de la acción del hombre occidental en la Historia.

El hombre occidental se había justificado ante Dios en el momento inicial de su despegue; ahora, en el núcleo caliente de la Modernidad, este hombre tan poderoso, tan orgulloso y arrogante de todo lo que puede y quiere y sabe tiene además que justificarse a sí mismo, tiene que emitir por tanto su veredicto sobre el pasado para autoabsolverse (ya que no le queda ningún Dios que actúe como confidente y como responsable último de lo que este hombre es).

Y a partir de ahí, una doble resolución:

En la versión de Marx, en la que se recusa el principio hegeliano de la encarnación del Espíritu, el perdón será sustituido por la rebelión contra la opresión del tiempo y contra los opresores del presente, pero siempre a favor de la misma autojustificación, incompleta hasta que no desaparezca de la faz de la tierra la última figura del Dios ausente, el Estado.

En la versión de Nietzsche, el perdón como autoabsolución se transforma en la afirmación de la inocencia del devenir, pues ya no queda ninguna culpa que redimir porque este hombre occidental como voluntad de poder no es responsable de ser lo que es.

Pero lo que aquí habría que preguntarse es de dónde viene este prerrequisito de un principio tan incondicional y poderoso de responsabilidad, esta búsqueda de una necesidad de justificación, este violento obligarse a idear un curso del tiempo en el que insertar al hombre moderno como garante, en la certidumbre definitiva de su saber, de la verdad misma de todo cuanto ha sido y es y será.

En el espíritu no hay evolución, ni desarrollo ni progreso, porque el espíritu no es el tiempo que quisiera encarnarse para identificarse con el ser y darle la consistencia que exige su verdad: él, el Espíritu, juego eterno consigo mismo, es el doble del mundo siempre adelantado o retrasado, adolescente que nunca puede llegar a ser adulto, porque es un eterno recomenzar y fracasar.

Él sabe que al jugar consigo mismo quisiera ser lo que trasciende el tiempo, simulando un orden del tiempo, pues él mismo sería el círculo o la línea en la que el tiempo se realiza. A partir del Espíritu y la Idea en devenir, el tiempo tiene sentido: se persigue a sí mismo como espíritu en su realidad Absoluta, liberada de todo lo natural y contingente. El Espíritu absoluto es la realización de la idea de libertad como universalidad de lo humano bajo la ley interiorizada del sometimiento de todo lo humano.

El Mundo quiere ser, llega a ser y siempre es contra el Espíritu: su libertad es lo salvaje sin domesticar, su libertad sólo quiere multiplicar las apariencias fuera de todo ordenamiento, coherencia, sustancia, sentido, integración, totalidad, unidad, finalidad, causalidad. Esa libertad irreductible a la ley es exactamente lo dionisíaco que Nietzsche no supo o no quiso defender hasta el final: pues la nueva ley quiere el incremento del ser y por ello nuevamente hace que resista al tiempo y lo trasforme en anillo de la mera repetición en la que no está asegurada jamás la trasfiguración del ser. Libertad e inocencia del devenir como señuelos de una nueva represión. Nuestro mundo como tal no se deja atrapar en el anzuelo de la metafísica, que nació para aniquilar su plétora, la pura multiplicidad de las singularidades combatientes.

Yo no soy yo porque nunca he sido yo. Este árbol de mi certeza sensible jamás fue, ni es ni será el mismo árbol. Ni siquiera se sabe como árbol. Nuestra obsesión ha sido que este árbol llegue al ser sólo a través de nuestro saber de él. Por eso el “giro” del suavo empieza cuando “simplemente lo dejamos ser”: el retorno de lo reprimido en nuestro pensamiento adopta la forma inesperada del superado Oriente: algún día aprenderemos a respetar a los maestros del Zen.

Ese humilde “dejar ser” significa la derrota de la razón, el sujeto, la técnica y el capital. La otra cuadratura a cuyas expensas aún malvivimos en medio de la más abyecta abundancia. La derrota se anticipa mucho tiempo antes de que en los hechos, en la vida de la gente común, tenga lugar la reversión del proceso.

La “Post-modernidad” es el nombre del inicio de esta reversión de lo que ya ahora empezamos a ser testigos: confusión interminable y dolorosa para la que no hay una humanidad suficiente entre la angustia, la desesperación de los solitarios y la banalidad de las masas gratificadas. Por eso, el pensamiento rememorante es también y necesariamente un pensar anticipador: puede que durante muchas décadas el nombre de Heidegger sea olvidado o casi olvidado: su eficiencia, y la de todos los pensadores auténticos, reside en otra dimensión silenciosa.

Pero el espíritu es sólo el juego consigo mismo del principio destructivo-constructivo del mundo. Muchos pueblos adoran este principio bajo máscaras ininteligibles y Hegel vio esta verdad sin querer reconocerla, cuando bizquea ante la tumultuosidad pletórica de las imágenes de los dioses indios o se siente fascinado ante los hieráticos enigmas egipcios: toda mitología politeísta se basa en el mismo principio no-metafísico y es la glorificación de otra dialéctica distinta a la racionalidad del sujeto occidental: la de la reciprocidad entre el hombre y aquello que lo acoge y le permite ser: lo sagrado reside ahí, en el puro agradecer a lo que es que lo sea como pura multiplicidad irreductible al orden y a la ley. Lo sagrado es el poner ley eterna de veneración a aquello que nos excede y resulta intolerable. Frente a la unidad e identidad metafísicas se reconoce en todas partes el principio de las metamorfosis y la pluralidad de las formas que se trasmutan unas a otras.

Nosotros, hombres occidentales de una tradición ya cansada, estamos condenados a ser o a devenir lo Mismo, el horror, el horror de la normalización, pobre Kurtz, o lo que es peor, estamos condenados a la libertad, al autismo victimista o ya nunca heroico de las propias decisiones a cuya responsabilidad o sucumbimos o nos volvemos unos cínicos apestados de amoralidad, cuya esencia encarnamos, herederos podridos de todos los más allá del bien y del mal de nuestras hastiadas ensoñaciones. Pero hay mundos mucho más poderosos que han sabido resistir a la aniquilación o han perecido gloriosamente porque sabían devenir otros, y no sobrevivir infelizmente como instrumentos y simulacros transaccionales de lo mismo y lo uno.

Aquí opera la misma represión en Hegel ante el politeísmo de la vida y de la muerte que la de Freud ante la teoría inicial de la seducción del sujeto por el “objeto” erótico: siempre se trata de preservar la integridad del sujeto contra lo que amenaza su unidad, su coherencia, su verdad originaria superior a la de lo que es en su obstinación muda, el objeto: el mundo, el devenir, la muerte, el azar, el capricho o la seducción.

La idea de una dialéctica en que el término que supera aniquila y conserva lo superado es nuestra concepción sublimada de “cómic” norteamericano: el mundo está abocado a la unidad y nosotros somos su encarnación (desde luego, siempre será preferible comprenderla como divinidad a reconocerla como democracia). Su encarnación buena: somos ya tan pobres que ni siquiera tenemos mala conciencia.

Nosotros, por nuestra parte, somos los dueños del programa automático de realización del mundo en un único sentido (nuestro espíritu como encarnación de un solo principio: el que se funda sobre una idea del tiempo como progreso, como realización incrementada de algo: puro productivismo de hormigas: si las hormigas tienen voluntad y se llegan a creer libres, tenemos el Occidente moderno y actual, esa degenerada entelequia que ni siquiera saber bien morir). Espíritu-hardware del que las ideologías modernas son el software.

Hegel hace trampa, juega con cartas marcadas, lo que al menos le sirve para ganar su partida, que siempre ha sido la nuestra, la de nuestra cultura tramposa: lo real, ¿qué podría ser lo real si no “el pensamiento concreto”?. Pero Hegel es clarividente como nadie en una cosa: al concebir al espíritu como la pura autoactividad creativa nos está desvelando el secreto de la metafísica: que el ser pensado metafísicamente no es nada más que puro pensar que lo piensa (dejando aparte el sentido judeocristiano de esta concepción teológica, que nunca ha podido salvar la distancia entre el Dios y el Mundo que lo refleja y duplica: ¿de dónde si no provendría nuestra representación monomaníaca de una racionalidad y un orden racional del mundo?…)

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