SÁTIRA CONTEMPORÁNEA

EL RETORNO DE LOS FÓSILES (2019)

 

Personalmente no me sorprende ninguno de los resultados obtenidos por ninguno de los partidos. Un sistema proporcional como el español no da para más que lo que está a la vista: dos listas por circunscripción provincial era el ideal perfectamente diseñado por la ley electoral de 1977 y funcionó cuando la oligarquía de partidos estaba cohesionada y vivía en el tranquilo retiro privado de un inesperado bucolismo estatal, a la sombra de los pactos secretos y entonando las añejas virtudes de la beatitud dorada del consenso, es cierto que siempre con algún nacionalista de por medio avizorando entre el follaje y metiéndose los fajos de billetes debajo de la chapela o la barretina, tras ordeñar al normalmente indocto y manipulable candidato de turno.

Las elecciones de 2015-2016 ya mostraron la inviabilidad de tal sistema, ahora verificada nuevamente, con independencia del reparto de escaños y las configuraciones de los grupos parlamentarios. Por supuesto, las decisiones sobre la formación de gobiernos no se toman ahí, ni siquiera en los órganos directivos de los partidos (el PNV apoyó a Sánchez por “instigación” del consejo de administración de Iberdrola y “procedimientos” parecidos van a tener lugar ahora mismo bajo nuestras narices atufadas).

El simulacro del parlamentarismo como procedimiento para formar gobiernos siempre ha sido el método ideal para intercalar a la chita callando en lo público ciertos intereses, cuando menos, ilícitos, bastardos y espurios. Aunque en realidad para eso mismo se ejecutan este tipo de elecciones.

Personalmente no me interesan las aventuras y desventuras de ese nuevo Simplicius Simplicissimus que es la derecha política y sus organizaciones partidistas: ahí no hay nada más que bostezos, berridos y rechinar de dientes.

En una situación política caótica convertida en forma de gobierno, perfectamente legalizada por una participación plebiscitaria del orden del 76% del censo (ni los soviéticos conseguían tal grado de unanimidad, pese a cierta presión coercitiva no precisamente benévola), todo es coyuntural. Incluso los mejores análisis no pueden hacer otra cosa que explicitar un poco las premisas secretas del caos.

Una mala campaña electoral la tiene cualquiera, como una resaca, la misma tal vez que la imputada a Rajotep I la tarde-noche de autos durante la famosa “moción de censura”. Claro que sí, una mala “comunicación”, el abstenerse morigerado de no hacer limpieza en un partido de “padrones, patriarcas, ángeles y arcángeles” (y todos con las manos sucias escondidas detrás de la americana de buen corte), unos medios idiotizantes…, en fin, como si algo de eso fuera una novedad en ese inframundo de simoníacos que es el PP. Y para colmo sacar a pasear a la estatua yacente del mayor responsable o causa eficiente del proceso secesionista (el que les entregó las cajas de caudales a los del Ibex catalán y otras cosillas sin importancia) podía ser vistoso para los nostálgicos y olvidadizos, pero tampoco ofrecía otra cosa que un “déjà vu” bastante incordiante, incluso para los residentes en el barrio de Salamanca y  de Guadalmedina.

Por lo demás, Voxitórix y la poción mágica, repentinamente inventada, vaya usted a saber a través de qué oscuras intenciones de ciertas altas esferas, no ha conseguido transformar a los débiles y menesterosos galos, sitiados por las legiones secesionistas, en una vigorosa comunidad de “buenos españoles”: no se han caído en el caldero sino que el caldero se les ha caído encima y, además, la fórmula de la pócima no era tan revigorizante como se imaginaba por unas encuestas y unos medios nuevamente idiotizantes y quizás era esa su verdadera intención.

Pero a fin de cuentas tan sólo se trata de coger la guita para los fines consabidos. Y después Dios dirá: las plagas de langostas no se preocupan del mañana, como bien sabemos por la experiencia histórica del socialismo y la socialdemocracia al modo español.

Así pues, en cierta medida la derecha en su conjunto se ha convertido en una fuerza testimonial, un órgano casi vestigial, como el meñique de las señoras que alzando mucho la asita de la taza del té lo beben con impostado deleite. Tampoco es que su existencia durmiente haya servido nunca de mayor utilidad pública, aunque sin duda sí privada para categorías muy amplias de individuos miméticos y adventicios.

En cuanto a las “élites fosilizadas”, lo estaban ya hace cuarenta años (de otro modo no se explica un Régimen como éste, una calcomanía apresurada de lo peor de la experiencia política alemana e italiana de posguerra, con adornos castizos y valleinclanescos como la Monarquía y el Estado de las Autonomías), así que ahora deben encontrarse en un estado arqueológico ulterior al del mero fósil: no hay prueba de Carbono 14 que valga con ellas, imposible ya identificar la época arcaica a la que pertenecen.

Ahora bien, todo queda compensado y justificado, porque la población española en su inmensa mayoría también se encuentra, como mínimo, fosilizada en sus aspiraciones, sus expectativas, sus valores y su imagen del mundo: cuando se vive una patología política como la española nadie tiene derecho a pedirnos racionalidad y mucho menos el menor sentido de la realidad.

Personajes como Petruccio Castracane son los idóneos para escenificar esta coyuntura renovadamente crítica: también nosotros gozaremos, por qué no, de nuestros Rasputines.

Torre del Mar (Málaga), abril 2019

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