SÁTIRA CONTEMPORÁNEA

CAMPEONATO MUNDIAL DE PESOS MUY LIGEROS (2018)

Por mí se va a la ciudad doliente.

Por mí se avanza hacia la eterna pena.

Por mí se va tras la perdida gente”.

Dante, Divina Comedia

Así pues, volvemos al principio. Somos “personas de orden”, constitucional, en este caso, pero lo importante es ser personas de orden, el que sea. Este llamamiento ofrece un encanto al que nadie puede resistirse, sobre todo si le han enseñado a estimarse como hombre de derechas, pero moderno y español, un poco monárquico y algo liberal y en particular amante de esas veladas de pugilismo profesional, viril y heroico, lleno de enseñanzas y moralidades, como simple fábula esópica.

Veamos en primera fila el combate, por si tal vez la sospecha de amaño nos llevara a descubrir el tongo, tras meditada observación del trascurso de la ceremonia.

A un lado del ring, calzón azul, guantes naranja y cinturón verde, un viejo conocido de la afición: ese boxeador que casi siempre pierde a los puntos, que, cuando le viene el gancho directo, antes de que le toque el mentón, se arroja al suelo, besa la lona y allí se queda yacente y compungido babeando imprecaciones, hasta que el árbitro cuenta nueve y a continuación, según lo convenido, se levanta fresco, pero “acomplejado” de cobardía por un cierto pasado oprobioso, del que no obstante no se acuerda, pues los golpes en el occipucio, incluso fingidos, han hecho mella en la reciedumbre de su cerebro ya neurológicamente inhabilitado…, aunque siempre se acuerda de cobrar lo estipulado tras cada velada. Lo importante es su voto: decisivo para colocar a los futuros investigadores del amaño presente en ciertas instancias judiciales.

A otro lado del ring, calzón rojo, guantes estelados de finas barras rojas y amarillas, cinturón violeta oscuro o morado lila, el contrincante, un hombrecillo de corta estatura y cortos alcances, pero con una mirada asesina y un izquierdazo, pues es zurdo, mortal de necesidad, cuyo “sparring” largo tiempo fue el famoso Rubi el Calvo, viejo expugilista profesional, capaz de tumbar a un buey de un solo soplamocos ,y de quien los combatientes y el público lo han aprendido todo, pues no tienen hábito de lectura y Leonardo Sciascia no es un autor muy leído en España. La afición lo acusa de salir con ventaja, por comprar al árbitro (que de mozo y ya talludito fue muy aficionado al whisky caro y las mujeres fáciles) y conspirar siempre en la oscuridad de hediondos garitos para amañar el combate, antes de salir al campo del honor de los boxeadores, héroes de las clases pasivas e impasibles.

El desarrollo del combate es siempre el mismo: a veces es el del calzón azul el que cae al suelo, a veces es el del calzón rojo el que se cae al suelo, pero lo vistoso es el juego de rodillas, el baile abrazados en medio del ring, el movimiento de un vals vienés a un compás perfecto, con esas caricias ocultas, esas miradas de complicidad, esos invisibles retozos.

El público, acostumbrado a la tosquedad de otros combates más sangrientos e históricamente decisivos, siempre narrados en un tono grandilocuente y mendaz, casi no alcanza a percibir la sutileza coreográfica de esta otra demostración de caballerosidad homoerótica entre púgiles, que antes del combaten parecen Aquiles rebosantes hasta la rabia animal de ira funesta y destructiva, pero que, cuando entran en el cuadrilátero, se comportan como ositos de peluche, mimosos ante la perspectiva siempre renovada del reparto bien medido de las ganancias proporcionadas por las casas de apuestas y los patrocinadores comerciales.

La prensa deportiva caldea el ambiente para que las casas de apuestas obtengan los réditos de un odio ficticio, de una violencia retórica en las declaraciones de los entrenadores, incluso se cuentan viejas historias de furibundas antipatías personales, de chantajes sentimentales, de fotografías y documentos comprometedores, pero todo acaba en la fiesta de la medianoche que se prolonga en las madrugadas, con los grititos sofocados de las damas de reputación improbable, a las que acarician las luces de los veladores íntimos y deslumbran los finísimos papeles de la Casa de Moneda y Timbre del Estado, de repente ocultados en el liguero, allí introducidos por manos callosas y ávidas, siempre abultado liguero que podría contar historias poco edificantes: no hay nada para elevar los ánimos como saber que las apuestas vuelven a marcar récord inverosímiles de apasionamiento colectivo y las mujeres siempre son sensibles a este juego de erecciones calculables y pagaderas.

Y lo estupefaciente es que todo el mundo conoce el tongo desde siempre, acude a las noches de gala, paga su entrada, hace sus apuestas, grita, lanza aullidos, expectora e inhala el sórdido aire del local abarrotado, está al tanto de “conspiraciones” en la sombra para concederle el trofeo a un contendiente previsto e intercambiable, pero algo nunca se dice públicamente: que son las casas de apuestas y los patrocinadores comerciales quienes realmente obtienen los beneficios del tongo, del amaño y de los golpes en falso de esos pobres púgiles que acabarán sus días seniles pero pensionados, como un sonado gallego famoso, recontando a través de “negros” sus recuerdos épicos…

Así pues, volvemos al principio.

Somos “personas de orden”, constitucional, en este caso, pero lo importante es ser personas de orden, el que sea… También en Inferno City hay un cierto sentido del orden.

Por mí se va a la ciudad doliente…” etc, etc

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