EL SENTIDO DE LA HISTORIA COMO PROBLEMA IRRESOLUBLE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN DE MASAS Y EL PODER REVISIÓN DE LA CULTURA DE MASAS

LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN DE MASAS Y LA DISOLUCIÓN DEL ESPACIO HISTÓRICO (2000-2002)

Es evidente que la información se funda desde sus orígenes (la propaganda de guerra organizada, por ejemplo las técnicas de condicionamiento de los soldados norteamericanos en la segunda guerra mundial) en una psicología puramente conductista cuya petición de principio nunca satisfecha consiste en que la información está ahí para satisfacer una “demanda” de las masas(?), una demanda de sentido en el momento en que todo el universo referencial del sentido, a través de las ideologías públicas y la experiencia vivida y acumulada de los hombres, su patrimonio simbólico, han sido pulverizados por la lógica expansiva y artificialista de un sistema fundado sobre la innovación tecnológica y sobre las motivaciones más superficiales y más fácilmente explotables de una humanidad en adelante convertida en mero apéndice de la reproducción autónoma de la ley del valor económico.

(Desde luego, mucho más de lo que Marx imaginaba a través del concepto de “alienación” puramente económica. Aquí habría que decir de pasada que ni Marx ni sus seguidores han llegado a entender nunca la verdad histórica del dominio del capital, en la medida en que los conceptos de superestructura e ideología son demasiado pobres para poder dar cuenta de lo que realmente es el sistema o lo que empezó a ser después de la última guerra mundial. Hay que releer las críticas de Baudrillard sobre el concepto de “producción” como imaginación social global que, llegado un momento, se apodera de todos los signos y códigos de significación social y cultural; y las críticas de Dumont sobre la sociología marxiana que supedita las relaciones de dominación y jerarquía entre hombres a las relaciones instrumentales y equivalentes entre cosas, aceptando implícitamente el principio esencial de la propia economía política burguesa, la cual tan sólo pide de nosotros que aceptemos su lógica como lógica universal de lo social mismo).

Existe entonces una economía política de la información que produce el sentido como valor que entra en una circulación y en una reproducción acelerada pero en tanto que ausencia de sentido, y mera demanda inducida de su simulacro, en un medio socialmente enervado. Cada noticia es exactamente eso: un residuo de sentido en un mundo fragmentado por las técnicas de explotación del presente como actualidad a su vez reproducida según modelos de narración que en nada difieren de los modelos literarios. De ahí la profunda pertenencia mutua de literatura y periodismo, es decir, de relato ficcional y relato “referencial”. La categoría de consumo de bienes culturales unifica todas las prácticas sociales asociadas a la “cultura”, eso ya lo supieron ver los teóricos críticos de Frankfurt.

También la información constituye para el sistema un estratégico “bien cultural” que se legitima como órgano de la opinión pública, cuando todos sabemos muy bien lo que realmente se juega en la información tal como se practica hoy en todas partes: una trasposición del modelo catastrófico a través del que el sistema simula una esfera de libertad, de trasparencia, de verosimilitud de un mundo por completo opaco y atomizado, por completo deconstruido por los poderes que se ocultan detrás de esta pantalla que mantiene en permanente estado de catalepsia a las masas. Esta nivelación de todo horizonte histórico de sentido, esta entrada en la normalidad de todos los procesos es el objetivo inconfesado de la información, es la tarea productiva que se le ha encomendado.

En la frágil y aleatoria bolsa de los valores informativos, todo suceso, todo acontecer, en su traumatismo o en su banalidad, tras de un proceso de relativa efervescencia mediática, estabiliza su valor y se normaliza. Hay que enfocar el funcionamiento de la información desde esta perspectiva que no es sólo analógica, sino que responde a una identidad de principio entre estrategias mediáticas y bursátiles, pues lo que en ambas esferas domina es el principio del valor como efecto acumulativo de la circulación (o desacumulativo, en el caso inverso de la información).

Las informaciones, desligadas por completo de sus referenciales reales (como la capitalización en bolsa de una empresa y las oscilaciones variables de sus acciones con relación a la actividad productiva real), fragmentadas, estereotipadamente encuadradas por modelos implícitos de interpretación-narración, tienen un valor de cotización en el mercado de los medios: primero explosivo-extensivo, inflacionista, luego más o menos estable, en proceso de estandarización, finalmente ya por completo normalizado, con una suave tendencia a la baja coyuntural cíclica y con espontáneos accesos de inflación-deflación según los nervios de los revendedores.

Pero el acontecimiento, como tal, se desgasta en este proceso de circulación extensiva, ampliada, hasta llegar un momento en que se encoge en una redundancia que lo vuelve inane, desvalorizándolo precisamente como información y anulándolo como acontecimiento singular. Los medios por su propia naturaleza son exterminadores de especificidad, de singularidad de los acontecimientos y por ello es cierto que operan no sólo una reducción del sentido, sino más bien una simple extirpación quirúrgica del sentido, sobre todo si éste se define por lo conflictual y por lo antagonístico, valores raramente filtrables por los medios más que como patetismo de un discurso huérfano (nuestra propia orfandad de tales acontecimientos).

La forma de circulación bursátil y paradójica del acontecimiento como valor que desacumula su valor en la inflación informativa de su puesta en circulación liberada implica lo siguiente: mientras lo real del acontecer humano se presenta siempre como un devenir desde un advenir temporal singularizado, en cierto modo fatal, la información adopta una figura contraria, anticipando por modelos y estereotipadamente los hechos, pero de tal manera que su registrado resulta redundante desde un advenir, es decir, anula y liquida la dimensión fundamental de la existencia y del acontecimiento humano, operando una trasformación que desencarna y decanta el tiempo, lo hace salir fuera de sus goznes, y de ahí resulta una experiencia radicalmente nueva del tiempo como condición de los hechos mismos (por eso se dijo anteriormente que los medios de comunicación de masas son la condición trascendental de los acontecimientos).

Esta condición formal a priori de los medios frente a lo real no es ningún juego conceptual, ninguna analogía pseudofilosófica, ningún préstamo comparativo: es la naturaleza misma de los medios, su funcionamiento trascendental objetivo en tanto ellos son efectivamente la condición de posibilidad actual (entiéndase, no su causa generativa, no su origen, pero sí su destino, un destino vicario, sustitutivo: los medios son el lugar del advenir de los hechos) de los acontecimientos en toda la multiformidad y estratificación de su despliegue en un orden histórico que encuentra su verdad, exactamente, en esta ilimitada puesta en circulación trasparente de su suceder vaciado, abstraído de toda posible efectualidad y causalidad. Si se entiende esto, se comprenderá finalmente la más genuina función de los medios, su profundo papel político e histórico, aunque este papel se juegue precisamente contra la política y la historia.

En su libro La ilusión del fin (1.992), con el sarcástico subtítulo de “La huelga de los acontecimientos”, Jean Baudrillard sostiene la hipótesis de que actualmente los hechos históricos, incluso los que podrían tener una dimensión determinante, son acontecimientos que ya no crean una Historia, un porvenir diferente, ya no se encuentran envueltos en una dialéctica de sentido, no producen nuevas relaciones de fuerzas ni modifican, o modifican apenas sustancialmente, las anteriores, de manera que se origina una especie de vacío en el que los propios sucesos caen, como si no se hubieran nunca producido en realidad.

Baudrillard atribuye esta “crisis” del orden histórico lineal y “progresivo” a la pérdida simultánea, ya generalizada, tanto de todos los dispositivos clásicos de la representación histórica, como de todos los valores e ideas efectivos que dirigían o anticipaban los sucesos importantes (utopías, ideologías políticas efectivas, grupos sociales implicados activamente), a consecuencia sobre todo de los efectos distorsionantes que sobre el tiempo histórico tienen los medios de información y la información misma como principio organizador de las representaciones, la imagen y el discurso en “tiempo real”, un tiempo que no da tiempo a que nada se produzca de verdad y tenga consecuencias reales. A las cosas ya no se les ofrece la oportunidad de ser lo que son: mucho antes de serlo son violentadas, arrancadas a sí mismas, entregadas a la simulación de verdad y realidad (de ahí el “hiperrealismo” arbitrariamente manipulable e interpretable de todos los hechos mediatizados).

Que meramente las cosas sucedan, no implica en manera alguna que aún exista una superficie de inscripción de tales sucesos, donde encontrarían su sentido más allá de la pura sobrerrepresentación mediática. Así es como se adivina que la dimensión histórica, en su concepción moderna desde la Ilustración, es tan sólo un modelo de simulación que todavía juega con la referencialidad “realista” y la importancia “estratégica” de los acontecimientos, inscribiéndolos, bajo el nombre que se desee (progreso, evolución, emancipación, liberación, lucha de clases, realización del espíritu, pero todo ello en un orden lineal determinista donde posible encontrar causas y efectos), en el registro simulado de la Historia. Por tanto, no es el fin de la Historia lo que conocemos a regañadientes, sino más bien el fin del orden lineal de representación de la Historia como acontecer evolutivo designado por una finalidad trascendente a los sucesos mismos. Esta finalidad trascendente, este juego espectral de ilusiones sobre la finalidad y el fin, es lo que ya ha desaparecido, lo que resulta inencontrable.

Desde el otro lado, desde la acomodaticia perspectiva “liberal”, desde la visión “globalista” del propio poder mundial, salido a escena en los años noventa tras la liquidación del comunismo soviético y el reciclaje de los Estados comunistas en democracias formales (?), lo que se percibe como “final de la Historia” es exactamente lo contrario: no la desaparición del horizonte histórico, sino la realización de sus exigencias modernas, esto es, implícitamente la realización y cumplimiento “reales” de la utopía moderna: el intercambio generalizado, la pacificación global, en una palabra, la victoria absoluta del mercado mundial como espacio de convivencia pacífica, y según esto, el triunfo definitivo del capitalismo elevado a la enésima potencia. La “verdad” de esta versión es una verdad ideológica, y por tanto resulta válida para comprender cómo se autorrepresentan los vencedores su propia condición de tales y las estrategias encaminadas a consolidar “públicamente” la figura ideal de esta verdad ideológica.

Hemos tenido ocasión de comprobar estas hipótesis sobre el terreno con motivo del tratamiento informativo de los atentados del 11 de septiembre. A un año del acontecimiento, el 11 de septiembre ha pasado de largo, y nos ha dejado muy retrasados. Hubiéramos deseado que la memoria artificial de los medios de comunicación de masas cumplieran su función correctamente. Y así ha sido, en efecto, sólo que a la inversa de lo que se piensa. Gracias a la información, un año después, tenemos un acontecimiento obsolescente al que nada le falta para ser enteramente desmontado como objeto no identificado. El silencioso fracaso (¿o éxito?: los términos son intercambiables) de las conmemoraciones mediáticas del 11 de septiembre indica algo a propósito de la relación entre el sentido y la memoria, por un lado, y la lógica nunca desmentida de los medios de comunicación, por otro. Lo peor es que no cabía esperar otra cosa.

Nuevamente hay que hacerse la pregunta: ¿qué es más grande, la información o el acontecimiento, el relato o su contenido? Inútil y retrasado preguntar por estas cosas desusadas, haciendo unas distinciones que ya no tienen sentido para nosotros. A juzgar por los resultados, los medios no parecen buenos conductores del sentido de los acontecimientos. Son simplemente conductores de sí mismos como causa de su propio efecto: el sentido, la memoria, el “aura” del acontecimiento no se filtran con facilidad por ellos. De hecho, no se filtran en absoluto. Es incoherente pensar que un medio dedicado a la “producción “ comercial del sentido por la indiferenciación de valores equivalentes, como lo es la televisión, podría atrapar por casualidad el sentido cuando el acontecimiento está ahí justamente para excederlo y trasgredir el código de la circulación plácida y espectacular de la mercancía “actualidad”.

La gente estaba saturada, se dice como pretexto, ya que desde varias semanas antes se le había preparado para la conmemoración mediática. A la gente se la cebó tanto a pequeñas dosis diarias, que al final dio el reventón. Además, la vuelta de las vacaciones de agosto, no creaba un clima favorable al “dramatismo”. El terrorismo como “efecto especial” de la realidad política deja de ser asimilable y produce más bien indigestión y diarrea. La impresión que uno acaba por tener es la de una realidad informativa hecha como un telón corredizo, una tramoya móvil manejable a voluntad. No hay ninguna necesidad en los acontecimientos desde que están puestos a buen recaudo en el circuito orbital de la información versátil y tornadiza. Y esta falta de necesidad que los medios repercuten sobre los acontecimientos significa una mutación de nuestro propio sentido de la Historia.

Cuando llegó la gran fecha, el material estaba francamente agotado y caduco, ya que se le había sobre-explotado por anticipado. Consecuencia: las cadenas de televisión que emitían reportajes la noche del 11 de septiembre tuvieron un seguimiento mediocre y venció el “zaping” antojadizo en torno a las retransmisiones deportivas o las películas. Como pocas veces antes, se ha podido asistir en esta ocasión a la verificación del fracaso de los medios en su “cobertura” de los acontecimientos. ¿O no es más bien un éxito completo, ya que la saturación inducida significa que, una vez sucedido, el acontecimiento podría ser en adelante repetido, despojado de cualquier otra implicación de sentido?

Nadie se pregunta por el sentido de la insensibilidad pública ante esta hemorragia informativa, como tampoco nadie se la explica, y menos que nadie, los propios apoderados de la opinión. Es cierto que, respecto al 11 de septiembre, los medios han actuado, una vez más, como una “bomba de depresión” que ha acabado por absorber toda la información disponible en una nebulosa de recuentos y repeticiones incansables donde, también por anticipado, el sentido había quedado ausente. El propio recuerdo se había convertido en una especie de expulsión o vómito de datos que se anulaban unos a otros a medida que se les iba presentando hasta la amplificación de lo más insignificante. Ni siquiera un fácil patetismo podía ya contener la deflagración del acontecimiento en partículas rebotadas que anulaban cualquier percepción. Información, documentación, recuerdo, patetismo, todo eso era ya sin duda un efecto especial sobreañadido al “filme de la catástrofe”. La misma obsolescencia, por tanto, que la de las películas de Hollywood.

Hay pues un choque violento entre el acontecimiento y su caja de resonancia, entre el acontecimiento y su doble mediático, pero también entre el poder y la masa informada (el efecto Larsen o “efecto estereofónico” del que habla Baudrillard en “Patafisica del año 2000”: excesiva contigüidad entre una fuente y un receptor). El acontecimiento produce una aspersión de todos los contenidos flotantes y los condensa; la información produce la dispersión del acontecimiento en los signos erráticos que ninguna memoria acoge ni siquiera como potencialidad para un futuro sentido. El poder, por su parte, vive en los vaivenes de estos dos efectos de aspersión y dispersión. En el caso del 11 de septiembre, la obsolescencia de la información va acompañada de la pobreza de la interpretación, aunque esta pobreza cualitativa vaya camuflada bajo la inflación de tópicos y estereotipos. El poder reafirma su creciente inanidad y la carencia de imaginación política resulta mucho peor que el propio acontecimiento. O mejor dicho, el acontecimiento revela su ausencia definitiva.

Lo más llamativo de todo es la enormidad del acontecimiento y la insignificancia de la información, la desmesura del acontecimiento y la inanidad ideológica de la interpretación. Lo más claro entonces es que el acontecimiento es informativamente irrecuperable: pasa ante nosotros como las sombras de una linterna mágica. Su valor de uso “político” ha sido rápidamente engullido por su valor de cambio informativo. Y a su vez éste se agota en una circulación banal. Finalmente, desaparece el acontecimiento y la información sobre él: ésta lo ha devorado y no ha dejado nada más que un resto, en lo sucesivo reciclable a voluntad. El poder se convierte, en precario y muy a su pesar, en esta vasta industria de reciclaje del acontecimiento: vive a sus expensas como un parásito cualquiera.

Algo ha desaparecido en el horizonte de la existencia colectiva, algo también ha desaparecido en nuestra inteligencia de las cosas. Y es muy difícil que los medios puedan sustituir a una y a otra, extasiados como están en la reiteración automática de su propio mecanismo. Tampoco nadie desearía que le ofrecieran diez veces seguidas la misma película, sobre todo si contiene gran cantidad de efectos especiales, y es eso exactamente lo que han hecho la televisión y la prensa escrita.

La masa espectadora reacia a esta inyección de información redundante ha actuado en el fondo como se solicita de ella: cortocircuitando los benévolos esfuerzos pedagógicos de los programadores de televisión. Todo el mundo intuía oscuramente que la mercancía que se le ofertaba estaba averiada y era de segunda mano. La reacción ante un tráfico tan irregular era la acertada. No se ha dado una buena retroalimentación entre medios y espectadores. Los medios caen una vez más en su propia trampa, sobre la que corre a precipitarse el poder titular. Por su parte, el “terrorismo” fluye ligeramente por estas corrientes empantanadas y sabe jugar el juego que le es propio: el “visto y no visto” con el que nos hipnotiza de vez en cuando.

Así es como la conmemoración y el recuerdo acaban en lo ininteligible del acontecimiento recordado: cuanto más se repite la información, más vacíos e incomprensibles resultan los acontecimientos, y no por exceso o saturación como se dice para cerrar el asunto con una solución fácil y cómoda, sino por la simple lógica de la información. Si la información transforma ciertamente a los acontecimientos en sombras de sí mismos, la conmemoración los convierte finalmente en residuos inhábiles para cualquier recuerdo, incapaces de sentido. Ahí es donde se reúnen el delirio grotesco del poder, la nulidad de los medios y la neutralización de las masas, a lo que habría que añadir el desquiciamiento y la autohipnosis de los intelectuales, siempre realistas y dispuestos a tragarse los simulacros como verdades oficiales.

En cuanto a los periodistas, están desaparecidos, son las primeras bajas efectivas en el frente de la información. El acontecimiento los desborda, condensa demasiadas cosas para ellos, acostumbrados como están al ejercicio de la flatulencia rutinaria de la política casera. Encargado oficial de evacuar el “aura” del acontecimiento, no es extraña la inclinación natural del periodista a las hipótesis verosímiles, realistas o meramente ficticias, si las primeras son demasiado evidentes. El periodista, como también el intelectual académico, trabaja en la precesión del modelo sobre los hechos, de manera que todo lo desconcertante, inquietante o meramente novedoso es rápidamente reasumido en lo ya establecido por un modelo anterior de uso polifuncional. De ahí resulta la insipidez que le es tan característica. A fuerza de vivir en un mundo de modelos sobre datos verosímiles o inverosímiles, es incapaz de raíz de hacerse una idea aproximada sobre el sentido de los acontecimientos que transgreden justamente sus modelos.

Lo que permanece es el intercambio en el vacío de hipótesis, en el mejor de los casos. Lo sabemos todo y de todas las maneras posibles, pero todo se queda como está: a cada revolución de las hipótesis, los relatos y los informes, más incomprensible todavía queda el acontecimiento. Los periodistas, haciendo un examen de conciencia lleno de buenas intenciones, se dan cuenta ahora de que el “terrorismo” ha sido “sobrevalorado”: se reconocen responsables de los “excesivos” efectos de resonancia que los medios le han concedido. Como el resto de la población en lo que respecta al cuerpo, los periodistas reconocen que deberán someterse a un tratamiento contra la obesidad de sus informaciones. Sobre todo en Europa, los atentados pronto serán presentados como explosiones inexplicables de instalaciones domésticas de gas. Es una solución como otra cualquiera, a medida de nuestros políticos y de nuestras masas.

La búsqueda de los protagonistas de la información ha sido otro de los grandes fiascos de los medios y del aparato de saber. En los primeros meses después del 11 de septiembre, se nos ofrecieron grandes cantidades indiferenciadas de información sobre el Islam, que al parece era el “sujeto” de esta historia que nos contaban, proliferaron los falsos especialistas, incluso los impostores, y las librerías estaban atestadas de libros rápidamente escritos o reeditados sobre el mundo islámico.

A decir verdad, no hubo la menor tentativa de comprender e interpretar seriamente nada, no hubo ni siquiera una tentativa de afrontar la alteridad del otro como tal, aunque sólo fuera desde el espacio discursivo del saber. Ni debates ni coloquios serios, los arabistas más competentes fueron silenciados por los “islamólogos” crecidos como setas con nocturnidad y alevosía. La lógica extenuante del colono y del colonizado sigue perfectamente viva entre nosotros y todo parece conjurarse para que esta ambigüedad se perpetúe. Pero sin duda, la ignorancia es ahora todavía mayor, ya que la confusión ha crecido también proporcionalmente. De manera que aquí sucede lo mismo: la información se neutraliza a sí misma. Lo que queremos saber por los discursos oficiales de los especialistas y expertos está tan modelizado y predeterminado como las noticias. La demanda de saber se anula ante la profusión de informaciones cuyo único destino es el almacenaje. Ni se añade sentido ni cambia la perspectiva. La masa, como destinatario absoluto de toda información, ocio y espectáculo, ha vencido también por anticipado en el campo “intelectual”.

Luego, la “nueva política” norteamericana ha pasado al centro de atención y ahora se habla de “unilateralismo”, “arrogancia”, “nuevo imperialismo”, “mundialización policial”, “doctrina del ataque preventivo”, como si se hiciera un gran descubrimiento y como si todo esto tuviera alguna credibilidad porque procediese de un “nuevo poder” real que hubiese salido a la escena histórica rebosante de energías frescas en reserva.

Otra vez, actúa la misma ignorancia respecto a los Estados Unidos, que cíclicamente renuevan sus votos por una “hegemonía mundial” totalmente ficticia porque se basa en la ficción del propio poder estadounidense: los norteamericanos son muy dados a enajenarse a sí mismos con la virtualidad de una superioridad tecnológica que realmente les ha servido de muy poco sobre los hechos. Las reservas de la disuasión están agotadas, la cosa ya no funciona desde que el “Big Brother” soviético abandonó la partida. En cuanto al “paso a la acción”, es tan improbable como la catástrofe nuclear: desestabilizaría todavía más los mercados, como suele decirse para evitar discutir a fondo sobre la completa carencia de “política” en todas las decisiones actuales.

La información, por su parte, intenta polarizar los acontecimientos, buscando los protagonistas, quienes, a decir verdad, no son tales: están más bien sobreactuados en ambos sentidos, tan inflado está el papel del terrorismo mundial como delirante es el guión del poder que dice defenderse de él (ahora todo el mundo cae en la cuenta de estos excesos, un año después de haber contribuido todos a la hinchazón retórica y al “pathos” victimista de los satisfechos). ¿No se deberá quizás esta compulsión fatigosa de sobreactuaciones como terapia de grupo a que el destino real no es la acción histórica sino el mero horizonte espectacular? Ya se sabe que los actores que sobreactúan lo hacen, sobre todo, fuera de escena, en su propia vida privada de “divos” auto-alienados. Se intenta por todos los medios que nos volvamos cómplices con la impostura del bufón del rey.

Desde el 11 de septiembre, los norteamericanos no han hecho otra cosa que sobreactuar, y a cada gesto patético de sobreactuación propia de seniles actores endiosados, se les nota cada vez más claramente que ellos, por su parte, no tienen tampoco ninguna baza que jugar (fuera del horizonte espectacular de la auto-ficción que cultivan con tanta exasperación). Ya las han jugado todas durante la “guerra fría” y les falta todo valor moral y toda imaginación del poder para inventar un juego nuevo. Siguen atascados en la lógica de la disuasión, que ahora, por primera vez, dirigen contra sí mismos, contra su propia población en el plano doméstico.

Desde luego, es inimaginable que ellos pudieran vivir mucho tiempo en una atmósfera de “guerra caliente”, es decir, de terrorismo vuelto realmente sistemático y aniquilador, como lo imaginan en sus delirios paranoicos: cosa, por otra parte, que el terrorismo no es realmente, pues no busca la aniquilación del contrario sino más bien la puesta en evidencia del poder como lugar vacío, o más bien, desocupado. En una ciénaga donde todos se hunden, los que más vigorosamente agitan los brazos y gesticulan parecen ser quienes tienen más probabilidades de salvarse; en realidad son los primeros en hundirse en el fondo de lodo que ellos mismos agitan hasta quedar exhaustos.

Los intelectuales están igualmente perplejos y lo disimulan mal: no disponen de ninguna teoría a la mano para convertir el acontecimiento en algo con sentido, intercambiable en un diálogo de mentes razonables y satisfechas, aunque mucho les gustaría servirse de algún artefacto teórico semejante que les librara del regusto a vacío: ya se sabe, más vale cualquier sentido que ninguno. La apelación a la transcendencia histórica es irrisoria, y lo saben, pero es de esas cosas que por sabidas no deben decirse. Son víctimas de la misma depresión mal disimulada que los demás. Tienen que preguntarse si el acontecimiento representa algo, un exceso de sentido o una carencia total de él. Tienen que identificar las “causas” y verificar las consecuencias. Tienen que hablar en términos generales sobre una “historia” que ya no corresponde a nada real y, lo peor de todo, sentir todo el peso de un mundo al que no son nada aficionados a conceder un papel en su dramaturgia de poder y de sentido “histórico”. Se relajan como los demás, siguiendo el curso de los mismos accesos histéricos e iluminados.

Sólo quedan la patología y la policía para dar cuenta del “enigma”, que incluso las más groseras racionalizaciones perpetúan como enigma. La inteligencia acaba por conocer los límites de la propia “sociedad” de la que es la encarnación, desgraciadamente, demasiado benévola. Así, si esta sociedad es nihilista hasta la náusea, el terrorismo será asimismo un fenómeno nihilista: sobrepujará con el nihilismo del terror el nihilismo inmanente del orden social mundializado, aunque esta correspondencia no será por supuesto enunciada ni sostenida. Como siempre, serán los otros los que asuman la función de exorcizarnos de nosotros mismos: los otros ilustrarán mucho mejor que nosotros lo que nosotros somos realmente. Es la lógica de Kurtz, en “El corazón de las tinieblas”, una novela muy mal comprendida, precisamente porque toca el meollo de la cuestión silenciada (nuestra propia alteridad que la alteridad del otro pone de manifiesto).

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