EL PENSAMIENTO DE JEAN BAUDRILLARD PENSAMIENTO CONTEMPORÁNEO

OBSERVACIONES SOBRE EL DISCURSO DE LA SIMULACIÓN DE JEAN BAUDRILLARD (2000-2004)

1

Hablar actualmente de la simulación como categoría válida para pensar la totalidad de nuestro entorno y de nuestra existencia puede parecer arriesgado, porque es muy difícil pensar lo que de hecho se vive en la espontaneidad de una relación existencial sin más. Además, hay que encerrar el concepto en unos límites tan estrechos que raramente podrían abarcar la totalidad de fenómenos y acontecimientos que derivan, de un modo u otro, de la problemática de la simulación.

El propio creador del concepto, Jean Baudrillard, en una línea de actividad intelectual que se resiste a cualquier academicismo, nunca ha querido formalizarlo, dedicándole un discurso específico, si bien hay algunos textos donde el autor tematiza el concepto a través de una serie de ejemplos extraídos de diferentes dominios (medicina, etnografía, política, terrorismo, arte, cultura de masas, información, realidad virtual, experimentación genética, etc): textos como “La precesión de los simulacros” (1978) y en general, los ensayos que van de Las estrategias fatales (1983) a El crimen perfecto (1995), inciden una y otra vez, desde diferentes puntos de vista, en esta problemática del simulacro.

La idea del simulacro y la simulación no es un elemento menor o incidental en la obra de Baudrillard desde los años setenta, casi podría afirmarse que es la clave para entender sus análisis de la sociedad occidental contemporánea más allá del horizonte ya delicuescente de la crítica de las ideologías (el espacio de lo que Baudrillard llama simulacros de segundo orden, mientras que nosotros estamos ya en el tercer orden).

Pero si el diagnóstico es probablemente verosímil y la descripción alcanza grados y efectos de verdad difícilmente conseguidos por otras tendencias críticas, lo que quizás falta aún en la problemática baudrillardiana es una etiología o una genealogía definitiva del simulacro contemporáneo, para lo cual habría que empezar a su vez por determinar la formación y el desarrollo moderno del “principio de realidad” y su agotamiento actual. De todas maneras, lo genealógico raramente es otra cosa que una vuelta del revés de aquello que conocemos implícitamente demasiado bien y por eso mismo preferimos obviar, para no tener que enfrentarnos con esta imagen desagradable en que toda bondad y todo bien muestran sus llagas.

Para Baudrillard, parece evidente que la forma “simulacro” es la propia de la era de la producción, en la que la totalidad del orden humano se convierte en “espejo” del capital y del valor, era en la que los signos entran en la fase de su reproducción masiva y generalizada, desde el desarrollo de los medios de comunicación, pasando por la publicidad y los sondeos, hasta llegar al dominio de la estadística y del cálculo de probabilidades en las ciencias, para no mencionar el creciente poder autónomo del universo  de la virtualidad tecnológica con el uso general de los ordenadores, las redes informáticas y todos los “simuladores” sobre variables predeterminadas (aeronáutica, estrategias militares y económicas, meteorología, ciencias humanas y físicas).

Aquí hay que ver algo más que un simple instrumentalismo, o una degradación pragmatista de la verdad y del procedimiento de la verdad. Incluso éstos son ya los efectos de una mutación en profundidad de los códigos “oficiales”  y normativos de lo verdadero.

No hay la menor duda acerca de cómo se ha llegado a imponer el principio de realidad: procede del triple movimiento de una idea de la temporalidad (el progreso lineal o dialéctico), de una idea de acumulación (la del capital según la ley del valor) y de una idea de la racionalidad en la que el sujeto es el principio constituyente del objeto, y éste tan sólo su mero reflejo.

En otras palabras, desde el punto de vista filosófico, la tríada Kant-Hegel-Marx es la que ha formado nuestro concepto de “realidad”, un concepto que es mucho más que un mero concepto entre otros. De todas maneras, los pensadores, como acontecimientos fatales, como destino encarnado, tan sólo llevan al lenguaje del pensamiento, lo que se está constituyendo a sus espaldas como “verdad” de su época, que, aunque muy desfigurada, sigue siendo la nuestra. En este sentido, su único privilegio es la concentración en la idea de lo disperso y múltiple que se aparece embozadamente en  todos los demás ámbitos de actividad pensante o práctica, individual o colectiva.

Si la simulación puede abarcar, de modo omnicomprehensivo, tantos campos de la experiencia y la práctica humanas en las sociedades occidentales, hay que reconocer aquí un principio nuevo de organización y un elemento nuevo en que se determina y aparece la verdad y lo verdadero. Si el simulacro “es”, en sentido fuerte, algo está dejando de “ser” al mismo tiempo: lo que está dejando de ser es, ni más ni menos, que lo real, por mucho que, simultáneamente, parezca que nos encontramos en plena materialización de lo real (a su vez universalizado además gracias a la mundialización).

Desde hace tiempo, todos entendemos espontáneamente qué significa simular y qué significa simulación, sin preguntarnos abiertamente por lo que la hace posible: no hay simulación sin una voluntad de ficcionalizar, y no hay ésta si previamente lo que llamamos “realidad” no se ha convertido asimismo en un espacio excluyente de la verdad, un espacio meramente “operativo”, donde todo el universo simbólico de las religiones y las prácticas rituales ha desaparecido como estructura antropológica de base. Por eso el avance de la racionalidad occidental, en todas sus manifestaciones, puede acogerse exactamente en la fórmula metafórica de Nietzsche: “El desierto crece”.

El final de la metafísica y el reinado del nihilismo no coinciden por azar con la era de la simulación, aunque ésta pueda deberse, en buena medida, a los efectos desencadenados de la técnica como factor dominante.

Simular es “hacer parecer que existe u ocurre una cosa que no existe o no ocurre”; simular, es, por tanto, un modo de lo verdadero, precisamente aquél en que se despliega la indiferenciación entre la verdad y lo falso, o dicho con otras palabras, simular es un modo de lo que Heidegger llama la experiencia metafísica del “desocultamiento”, pero bajo la forma de una imposible diferenciación entre la verdad y lo falso, en un espacio ciego donde cada uno de los términos puede intercambiarse con el otro: el desocultamiento como simulacro deviene inmediatamente ocultamiento, lo verdadero como referencia se hace falso y lo falso va a ocupar el lugar y los efectos de lo verdadero.

Y todo esto sin que nadie advierta lo que sucede, ofreciendo una obstinada resistencia a cambiar las perspectivas: la moral resentida de la subjetividad es más fuerte que su presunta “voluntad de verdad”.

La “metafísica de la representación” tiene necesariamente que acabar en el simulacro, cuando los signos de lo real son deficientes por su exceso mismo, y la autoconciencia se encuentra reflejada en cada uno de los ángulos de una realidad que ya no domina. Todo lo que se ausenta, en el movimiento de ausentarse, se convierte en simulacro, o mejor, deja en su lugar el simulacro como huella de su ausencia

Esto es válido actualmente para todo: el poder político, la verdad científica, la existencia individual, el valor estético, la propia historia como organización temporal de la experiencia colectiva. No entender esta mutación es negarse a entender el mundo actual, pues no estamos ante una hipótesis junto a otras, más o menos feliz, sino que nos encontramos de hecho en un devenir inmediato en el que la vida va por adelantado arrastrada hasta desprenderse de sus máscaras anteriores.

Es este cambio de la piel reseca, esta mudanza de los muebles empolvados de la modernidad, lo que muchos temen. Pero vivir como rentistas de la historia es triste, como sólo puede ser triste la usura, que hoy es el principio que no sólo económicamente organiza el mundo. El usurero consume su imaginación del futuro en una contabilidad tan intensiva como obsesa, un minucioso registro por partida doble que en el silencio del recuento inacabable le aboca necesariamente a vivir el tiempo como simple espera del pago de los intereses de la deuda.

El pensamiento no puede dedicarse a un oficio tan mezquino a menos que todos deseemos convertirnos en deudores y acreedores a un mismo tiempo de unos intereses ajenos. Y, sobre todo, que es muy banal vivir en el aplazamiento cuando la totalidad del tiempo está aquí en cada presente como destino al que nadie sabe cómo apelar a fin de que la bifurcación de las aguas estancadas suceda.

2

Todo el problema de la “Posmodernidad” surgió para Baudrillard, si tuviéramos que buscarle a su planteamiento analítico un origen exclusivo (pero esto mismo sólo sería una tremenda falsificación) de la inmersión general de las formas, los signos, los discursos, las costumbres, las técnicas, la propia “realidad”, en definitiva, todo lo que nos constituye como realidad histórica, incluida ésta misma, en un proceso, apenas entrevisto y analizado, de pérdida del referente, la mutación pasmosa hacia el campo de la autotelia y la hipertelia, la autorregulación, la liberación, el circuito cerrado, la autosuficiencia, la satelización en el vacío.

El método, la verdad, la ley, la norma, la forma, separadas, aisladas, en desarrollo y evolución, sin otra demanda que la pura operatividad abstracta en su propio dominio, se convirtieron en mera instancia lúdica, desbocado y desfondado todo valor, toda dirección, todo destino.

Entonces, el problema se plantea así, aunque ni siquiera sea tomado en consideración: ¿qué sucede cuando las cosas se emancipan de sí mismas, de su regla, de su escena, de su sentido, de su contradicción, de su ambivalencia? ¿Cómo siguen siendo reales?

Una de las respuestas posibles: la teoría de la simulación, es decir, la afirmación “insensata” de que las cosas ya no siguen siendo reales en absoluto, desaparecen en la reduplicación de su esencia mediante el recurso a una apariencia de verdad doble e invertida en la que, por eso mismo, ya no hay garantía de verdad, sólo una semejanza de coherencia, de integración, un efecto de sentido.

La teoría de la simulación es transversal a todas las categorías, no se define por su operación mediadora en un campo delimitado, no es una teoría para explicar las peripecias actuales de lo social, lo económico, lo político, lo estético, lo cultural o lo histórico, aunque, de hecho, a todas estas esferas pueda y deba referirse: la simulación como tal significa una nueva dimensión antropológica, es decir, una nueva relación del hombre con un mundo enteramente construido por el artificio técnico, una relación inédita entre el hombre y sus signos, habiendo absorbido éstos toda la “energía” de lo real, toda la fuerza de la “representación” clásica en la que el hombre seguía siendo sujeto de lo real y como tal pensado y llevado a la práctica.

Que se trata de una mutación global y no de un simple efecto ideológico reflejo, inducido por el sistema en su desarrollo coyuntural, lo demuestra el hecho incontrovertible de que el proceso de simulación afecta por igual, con diferentes grados de intensidad y extensión, a la totalidad de lo real, modelado ahora según la propia dinámica simuladora.

En todos los casos, se trata siempre de una interposición dominante del “medium” técnico, de una precesión del modelo sobre lo “real”, de un control operativo sobre todas las causas y efectos, de una previsión exhaustiva de todas las variables, todo lo cual acaba creando una dimensión “hiperreal”, es decir, una realidad de segundo grado más verdadera que la “original”.

Todo ello forma parte de una reactividad generalizada que afecta en primer lugar a la voluntad, pero no sólo a ella.

Esta operación general tiene su modelo, por supuesto, en el funcionamiento contemporáneo de la ciencia y de la técnica, pero no hay que confundir en modo alguno este proceso de simulación total con un dominio “ideológico” de esa instancia, con una omnipotente hegemonía de la operatividad tecno-científica, “aplicada” a todos los campos (la tesis de Habermas y de todo el pensamiento progresista y humanista).

Se trata de algo mucho más complejo, y fundamentalmente diferente: es la propia “realización” de lo real a través de la manipulación de los modelos de lo real,  una empresa “metafísica” consistente en volver a crear un mundo a medida del hombre, donde lo real ya no sea un obstáculo a su destino de felicidad y positividad sin límites.

En este sentido, la simulación es la forma que adopta la utopía moderna ligada a todos los estratos de pensamiento, positivo o negativo. La simulación es la “realidad” tal como debe ser entendida en la época de la “utopía realizada” de la racionalidad y el puro cálculo.

Si la vocación del pensamiento moderno era realizar su “concepto”, en la búsqueda de la superación de la contradicción y la instauración de la identidad no problemática, trágica o fatal entre el hombre y sus condiciones de vida, el camino de la simulación es el atajo inesperado y en el fondo querido.

Si la perfectibilidad del hombre y el mundo era un viejo sueño humanista, la simulación sirve, entre otros objetivos, para hacer que todo parezca, efectivamente, “perfecto”, es decir, acabado, pero acabado en su duplicación fraudulenta y nada más.

El problema del sentido y de la verdad, o del sentido de esta verdad, de esta reduplicación de la verdad, no puede ni debe plantearse, puesto que, fuera de esta perfección (?), no hay nada; el horizonte de la verdad, en estas condiciones, queda definitivamente velado, de hecho la única verdad accesible es la que se realiza aquí y ahora bajo el signo de lo real, pues si lo real es lo verdadero, lo más real que lo real será mucho más verdadero, será la copia exacta de la verdad, nuestra “polaroid” histórica, una especie de “foto-finish” definitiva de la carrera de la Modernidad hacia lo real.

Críticamente, el mayor obstáculo que presenta el discurso de la simulación de Jean Baudrillard es el deber de conferir algún estatuto “teórico” a la realidad, pues a ella se refiere el proceso de la hiperrealidad. Sin embargo, sería una batalla escolástica perdida de antemano el intento, siempre fracasado, de fundar lo real en lo real a través de una operación del pensamiento y el lenguaje.

Lo que hay que comprender, lo que casi nadie está dispuesto a comprender, es que lo que llamamos “realidad” (las comillas nos encierran, sin quererlo, en una tradición de pensamiento que tiene apenas dos siglos) consiste simplemente en el primer modelo de simulación, el primer campo operacional de la simulación, instaurado en el siglo XVIII, a partir del cual se han inventado todos los demás. Se entiende entonces por qué el pensamiento moderno ha estado siempre tan comprometido con la “demostración” del llamado “mundo real”, mundo exterior, realidad desde la posición eminente del “Cogito” desmundanizado con que instaura su forma metafísica.

No se trataba, nunca se trató de una mera disputa interna entre subjetivistas y objetivistas, entre idealistas y materialistas, entre empiristas y dialécticos, lo que había en juego era nada más y nada menos que el estatuto de este primer modelo de simulación llamado “realidad”: la argucia siempre consistió en identificar, tautologizar, lo dado con el modelo de realidad sobreimpuesto por el propio pensamiento abstracto, por la propia ciencia: labor de zapa del pensamiento “filosófico” sobre la propia tarea de la ciencia empírica.

Un pensamiento (no hacía falta que Hegel lo elevara a dogma especulativo, implícitamente, esa era la corriente dominante y lo sigue siendo banalmente de mil maneras) fundado en la identidad absoluta, no contradictoria, entre su “concepto” y su “objeto”, colisión total de la que emerge triunfante lo real como única condición humana, y por tanto, también inhumana.

El estatuto de lo real queda entonces clarificado: su primera formalización (sujeto-objeto, lo real todavía como sustancia operacional del pensamiento, como “éter”; escisión del dato y de la esencia) consistió en una simulación aún lastrada de “metafísica”, pensada en los límites de sus posibilidades, pero lo real advino y es. Con la reduplicación mediante modelos, lo real no es la fuente, el origen, la verdad, “el objeto o el concepto”, es tan sólo una variante combinatoria, un adorno, un refugio de los residuos abandonados por el campo experimental, una pauta de desaparición, una pantalla de absorción, una coartada lúdica para la experimentación.

Cobra sentido, desde aquí, el “revival” de la Metafísica a lo largo del siglo XX: cuando el ser encuentra su destino en lo real, cuando también el tiempo se hace real, es la desaparición misma del pensamiento, pues ya sólo puede limitarse a gestionar estos residuos abatidos por su carácter especular, concluidos en su advenimiento. Se observará que todas las propiedades que las diversas “tradiciones (post)metafísicas” del siglo XX atribuyen a la realidad son características de muerte, de estancamiento, de inercia: facticidad, coseidad, impersonalidad, objetivación instrumental, etc.

Desde la reactivación mortecina de la dialéctica hegeliana hasta la ontología fundamental heideggeriana, no es tanto una interminable discusión antropocéntrica lo que se juega, sino más bien un último esfuerzo, ciertamente voluntarista e ilusionado, por redefinir una relación “más humana” del hombre con su creación, la propia realidad de la que negativamente es prisionero. Se puede hablar entonces de una “crisis de la realidad” más que de una crisis de la conciencia occidental, pues, en definitiva, es el propio modo de ser de lo real lo que empieza a desmoronarse, no una determinada interpretación o una conciencia: lo que falla es la sustancia misma en que se fundó y desarrolló el pensamiento moderno como pensamiento de lo real a través de la subjetivación-objetivación.

Pero como toda crisis en la lógica de nuestro sistema, la resolución siempre está disponible en la fuga hacia delante: la sobreacumulación, la sobreproducción de realidad lleva, casi exige llegar, hasta la simulación y ésa es la coyuntura actual, la de una interminable extensión en profundidad de los dobles protésicos de lo real, desestabilizado y descentrado por el impulso mismo de su imposición, pues lo real no conoce ninguna otra lógica que la de su ampliación en una evidencia total de sí mismo.

A partir de aquí, un nuevo problema surge: el del estatuto respectivo de un objeto autorreproductivo y un pensamiento de la repetición ilimitada de ese objeto. Porque, efectivamente, atrapado en los límites de lo meramente real cuyo concepto es, el propio pensamiento deviene simulador y la propia verdad que enuncia es un simulacro de verdad.

No se trata de un tema nietzscheano más o menos académico, que la tradición, sobre todo francesa, ha revitalizado y puesto en circulación, con Foucault y Deleuze, en particular,  es, desde luego, un indicio de una trasformación de la propia “apercepción” filosófica en la coyuntura actual. Aunque no explícitamente tematizado más que en algunos textos de Baudrillardel proceso de la simulación afecta, en primer lugar, al propio pensamiento como simulación.                    

Ya la propia forma de la investigación científica se halla regida por el nuevo patrón, debido en su caso, al desarrollo técnico de los aparatos de experimentación, cálculo y medida de que se sirve. Considerar que este “refinamiento técnico” (por ejemplo, el trabajo con hipótesis y modelos experimentales de simulación) no impone repercusiones “ontológicas” de gran alcance es una ingenuidad “pre-crítica” (kantiana), puesto que, para nosotros, la forma de la experiencia a través de modelos de experimentación es mucho más básica y determinante que la forma abstracta del juicio, el enunciado de la hipótesis o la verificación de la ley.

A partir de unos datos infinitamente manipulables mediante diversos procedimientos de experimentación, el referente de lo real queda, se quiera o no, en suspenso y la forma que adopta el quehacer científico es la de un juego abierto bajo el modo de un “test” siempre ampliable de respuestas condicionadas.

El estatuto de verdad de todo el proceso no se puede medir o confrontar con ninguna modalidad “sustancial” de realidad, puesto que ella misma está encerrada en el circuito de la programación y debe limitarse a responder según pautas prefijadas (el sentido de la matematización general a través del cálculo de probabilidades y la estadística es éste precisamente: en la propia historia de la ciencia moderna, el principio de realidad surge como correlato de la primera matematización de la física, cuando todo queda reducido a la abstracción de un espacio-tiempo homogéneo).

 

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