I Como si fuese heroico sentir con delicadeza no pidiendo nada a cambio, nombrar en la ausencia con las palabras que no hacen volver el encanto, recordar los poemas viejos, esas mentiras impuras sin más razón que la fragilidad y la impotencia. Pensar en lo que ha envejecido tanto con nosotros, caminando a nuestro lado, arrojando una sombra más abrigada que la nuestra, con una luz irisada al otro lado... Pero no, nada tan falto de heroísmo como la falsa compostura del enamorado y su poesía, con la fatalidad de escribir para matar el amor con gestos que son palabras mudas llenas de caricias cansadas que cubren el hueco del cuerpo ya perdido. Y un olvido más denso que las capas de astucia y disimulo, con que había que mantener la firmeza de una dignidad insegura, cada vez más apurada en esta vida sin tiempo para recordar y agradecer... Como si quizás no fuese heroico lo contrario: la mezquindad de la indiferencia llevada con prisas y ocultaciones, el silencio sólo roto para compensar los gastos de un yo incurable, el olvido que finge fortaleza en un combate perdido de antemano... II Todo principio brilla con luz robada de estrellas cadentes, otros pedazos de resplandores pasajeros en un cielo que los contiene dentro de un cerco donde esa luz no es sino de un origen más remoto. Todo principio es la muerte de algo anterior y de algo futuro, un breve impulso ciego de ser. Pero todo principio no puede volver a ser lo mismo, quiere brillar con luz de otros fuegos que pasaron por un cielo de indiferencia, para despertar quizás más tarde en el escenario de una pesadilla sombría. Hay una lucha del amor humillado detrás de cada renacimiento, un sentimiento traicionado de mujer detrás de cada gesto viril, una máscara hermafrodita con que ocultar el miedo a encarnar el propio esfuerzo de vivir sin convertirse en una posesión ingrata. III La caída de la tarde, sin énfasis gastado, otra vez quiere ser hermosa por sí sola, aunque su luz transcurre inútilmente: sentir esa libertad hecha solamente de una juventud malgastada, una belleza sin carne y una inteligencia sin objeto. Lo perdido siempre retorna a su debido tiempo, en la desconfianza ya: el deseo persistente de una renovación sin culpa que sólo más tarde cobrará el impulso hacia otro cuerpo engendrador de una vida más ambiciosa. Sentir ahora, solamente, esa libertad imaginaria abriéndose camino hacia un orden futuro en que la búsqueda de otra juventud, otra belleza y otra inteligencia, inaugurará la fiesta de las tardes y las noches por las que continuar la lucha ya agotada. Volverán a ser acogedoras la mirada y el silencio, volverán a ser amorosas la soledad y la noche, habiendo devuelto la deuda de los deseos impuros a las cosas impuras de donde procedieron; habiendo descubierto que el hueco de los cuerpos no trasmite más que humedad contagiosa y ruina creciente. IV Y de la vida ya vivida, sin remisión, no volverás a contar entre tus bienes escasos, esta impaciencia que da rodeos a todo cuanto está haciéndose aún. De esa vida ya vivida, sin remisión ni memoria, no tendrás que volver a narrar, inventar, descubrir, falsear nada más que los móviles, las improbabilidades, los detalles. la misma familiaridad que convierte los sueños en una página ilegible de tachaduras y muertes. Si es imposible huir y lamentar, la vida ya vivida ni retorna ni se pierde, deviene la parte de ti más tuya contra ti. Y detrás de sus caricias vienen sus gruñidos de animal rencoroso, y detrás de sus palabras más dulces de pasión convencional acuden traidoramente los deleites arrugados. Y luego esas lecturas que disuelven la espontaneidad en reflexiones de incertidumbres criminales contra la vida, incluso esta vida agotada sin remisión, ni devuelta ni renovable, gratuitamente salvada de sí misma a cada instante. V Esa camisa verde pálido que no brilla me contrae a la realidad, recobra un sentido, anuncio de una víspera para un encuentro en el que ibamos tejiendo las horas hasta confundirnos en identidades hechas por el deseo de permanecer atrapados en el mismo cielo sin huellas de otra felicidad que ésta que se nos escapaba. Ahora ya y entonces, mi mejor prenda es eso, lo que me volvía hacia una luz que debió de venir de lejos, tratando de atisbar una sonrisa no herida cuya sinceridad tímida afirmase que era día de fiesta, al menos para nosotros. “La tarde es más hermosa que tú”, en esta lenta perspectiva de un amor que languidece desde que tengo memoria de su origen, porque la tarde me devuelve, entre las caricias de su aire de triunfo y ocaso, algo mío. Pasa intensamente esta tarde, y nada me obliga a echar de menos ni siquiera los tenues contraluces de esa memoria a la que renuncié por anticipado. Pero ahora que el deseo no reconstruye una historia posible ni da una promesa de redención, estoy abandonado, como cuando pensaba que la tarde era más hermosa que tú, más fuerte que todas las esperanzas de encarnación. Ya ves, una crueldad innecesaria, si no existiese una voluntad encarnizada por dar sentido a todo, crueldad ahora materia para dejarme prender por un fuego comprensible, sabiendo por fin que sin continuidad, no hay permanencia, más allá de todas las consecuencias... Asciende lluvia limpia, asciende. Alcanzarás ahora algo de la vieja objetividad, ordenando mansamente su ausencia. Abril trae esa misma pequeña sinfonía de lluvia arrojada desde un cielo que vacía el tiempo. Sonríe como antes, agita la llama como antes, devuelve la caricia como antes. Y trasmite un dolor nuevamente fundador, como antes, de ese vínculo indestructible, que sólo necesita de nuestra precariedad compartida y un destino encontrado al azar, sin otro sacrificio que el de un egoísmo inconmovible. VI Esas primeras noches tibias de sábado, en la ciudad donde dividimos nuestra soledad, después de la adolescencia calcinada, me quedaba en tu casa a leer aburrido antologías cuyos poemas contaban esa niñez cautiva en las redes de los recuerdos de una guerra, mientras tú te vestías para salir con las amigas, envolviendo los ojos en una mirada apenas de perdón ante aquel incomprensible hallazgo de nuestro desacuerdo en esas decisiones tan vulgares. Pero en esas noches ya luminosas, yo tenía que comprender que los instantes del deseo sólo permanecerían si era capaz de sorprenderlos en alguna vaga composición de tiempo y lugar y un protagonista indeterminado. Después de largas horas de una tarde semejante a una convalecencia sórdida, la salida para estar juntos en medio de las multitudes nos ofrecía la posibilidad de escenificar en la imaginación infantil otro acuerdo que justificase el placer frágil que nos mantenía enlazados. Porque sabíamos ya que el amor se alimenta de sí mismo, y devora su propio tiempo. Y sobre todo, sabíamos que la redención duraría mientras el hallazgo permaneciese disimulado en la espontaneidad de los gestos y las palabras comunes, y no excediera el límite de las pasiones convencionales, para las cuales no estábamos preparados. VII Así es como empieza el rencor hacia la propia vida: una repetida censura a lo largo de las tachaduras de un deber aún no bien comprendido. De repente, como en un teatrillo de muñecos de trapo, movidos por hilos tras los cortinajes, concebimos que ya no somos dueños de nuestro devenir, o quizás escuchamos las primeras palabras que nos hacen dudar de nuestras buenas intenciones, y ya no basta con el regazo maternal, o sus objetos vicarios, para lograr una inalterable autosatisfacción. Descendemos a los eufemismos con que cubrimos la suciedad comunal de los signos no nuestros y el intercambio aburrido de coacciones externas, apenas más respetables que la costumbre del abandono en la esterilidad de las compañías arbitrarias. VIII Mi vieja esperanza maltratada: este día, como otro en este final de siglo, te presentará alguna paloma que volará bajo, casi rozando tus cabellos. Ese día o unas décadas más tarde y en otra ciudad, querrás saber a dónde se han marchado esas chicas de entonces y, como ahora, no será vano observar el paso de la servidumbre agradecida. Te lo confesaré una vez más, esperanza desaconsejada por la buena conciencia: este día ya ha tenido su oportunidad, aún ininteligible. Debes saberlo ahora y no más tarde: si el ocio vagabundo te ha mermado, la poesía no imputa culpa. Ahora, procura tu sustento y deja enmudecer el ocaso tras la corriente de zureos invisibles: aprende a descansar en la dulce agonía que ya nadie persigue sobre el transcurso sin promesa. Y también debes saberlo, carne de mi carne: yo no soy tú, ni quiero que finjamos como enamorados yacentes en el polvo de fotografías en una primavera olvidada. IX Nuestro invierno oscuro, ese invierno sin dolor, aquí en el lugar del pasado donde ya no estoy. Pero una palabra te despertaría, si fuéramos libres de la presunción del saber acabado, o si en el principio no te hubiera velado con tantas ruinas y lugares comunes. Ahora leo lo que nadie habita. Nuestro invierno mal calmado, entre libros y una oscura justificación para no sucumbir a la gloria de los olvidados, la conciencia que persiguió la misma sombra en mí. Si entonces, cuando el cielo lanzaba el brillo pálido por convención de elegías, sobre mi estrecho círculo de necesidades ignoradas, no supe cómo acoger el acontecimiento que yo mismo portaba como estandarte al que vientos sin dirección hicieron ondear, en el momento exacto que antecede a la batalla, mal preparado para esta campaña perpetua. GRANADA-MÁLAGA 1992-1996