SÁTIRA CONTEMPORÁNEA

CONDESCENDENCIA (1999)

El hombre-zorro siempre contará con una defensa precaria frente a la mujer-loba: la mentira, la trampa, el subterfugio: protección de la debilidad. Pero lo contrario no funciona nunca en el mismo sentido, de lo que se sigue que la mujer triunfa sobre todo cuando pierde. Lo peor para el hombre es que acaba por envolverse en su propia manipulación grosera de los signos de su superioridad presumida: los bandazos intentan corregir una trayectoria rectilínea, sólo fantaseada.

Imaginemos la situación, siempre la misma, con ligeras variaciones de tiempo, lugar y personajes y una infinidad de rasgos de gracejo, muy masculinos, contra el criterio de las apariencias delirantes de una mala comedia burguesa de la era del sano clasicismo. Por muy anecdótico y trivial que parezca, y lo es mucho, el adulterio o la infidelidad son la figura de un mundo que jamás cree en su propia imagen, un espejo que jamás cree en lo que refleja.

El automóvil está aparcado sin disimulo cerca del piso. Su matrícula “M” no engaña a nadie, ni siquiera aquí en Lisboa. El incrédulo no cree que, como en la canción de Jacques Brel, todos, incluido él, vengan aquí sólo por el gas. Desde luego, el gas está en la cabeza, por lo que los mareos no son parte pequeña del enredo, que, como todo el mundo sabe, es de origen latino, de ahí que este placer sólo pueda ser aristocráticamente degustado por latinos, incluso a pesar de sus mismas raíces plebeyas.

Al final de la primavera, cuando las largas tardes después de los trabajos irritantes de las oficinas o las aulas, invitan a una pose en decúbito dorsal, todo el mérito consiste entonces en buscar reposo junto a alguien que comparta semejante postura y se sienta dispuesto a cambiarla a satisfacción del primero. Todas las coartadas son buenas, y las más miserables no son, en contra del parecer común y del aún más común de socio-psico-terapeutas televisivos, origen de conflictos de pareja.

El individuo, de mediana edad, estatus socio-económico libre de quejas, se baja del automóvil silboteando desenfadado, pero con el rictus de la monotonía del trabajo aún en los músculos grisáceos de la cara. Es seguro que no ha llamado por teléfono, (y lo más probable es que no se acuerde del número, confundido con el DNI, el NIF o las cifras de la seguridad social), a fin de no romper el encanto ya domesticado del encuentro sin premeditación. El sabe que la copia no es mucho mejor que el original, y como lo sabe, ya no se preocupa por fingir y ahí se oculta toda la sabiduría masculina al borde de los cuarenta y cinco años. Ahora bien, que no finja ante sí mismo, no significa que no finja ante la copia y ante el original: él también ha aprendido que el disimulo es su única salvación y al mismo tiempo lo que le condena al ridículo y al escarnio. Pero el ridículo y el escarnio son preferibles a la verdad y en su plana escala de valores hace tiempo que la mentira sin malicia es la definición misma de su sinceridad.

No hay que creer que sea una mala persona, simplemente obedece en secreto a las reglas de un juego donde la partida está perdida de antemano y, sin embargo, hay que jugarla, siempre volver a jugarla. Kundera en un hermoso relato breve lo llama “la dorada manzana del eterno deseo”. Pero cuando la manzana no es dorada ni el deseo es eterno, lo que tal vez quede sea el óxido y la tentativa de restaurar con un carbono 14 mental la reliquia del deseo. Aunque la eternidad se refiere, claro está, a la condición permanente de la unidad manzana-deseo a lo largo de todas las generaciones de hombres.

Aquí aparece lo mejor del hombre: la condescendencia hacia su propia inconsistencia. Gracias a la mujer, como esencia supratemporal de desviación, el hombre encuentra un destino, el de la “Verführung” nietzscheana (“seductio”, seducción como poder de apartar de la propia realidad, de la verdad como tal estimada): la verdad de este oscuro pasajero del mundo, espacio-temporalmente limitado a la autovía Madrid-Lisboa los viernes por la tarde de una primavera jubilosa, la odiosa verdad de rellenar impresos y ver la tele, se ha trasformado, por una decisión predestinada por el género, más allá de las ubicuas limitaciones culturales, en un acto de gracia incomparable.

El ser salvador del hombre es la autocondescencia y la imposibilidad definitiva de no caer en la “seductio”: la mujer es sólo una figura privilegiada de esta caída, de la “Verführung” que es “Verfallen”. La única sabiduría masculina es justamente saber trasformar cada idea, cada acto, cada sentimiento en una “seductio” por la que se pierde y cae en una caída mejor que la individualidad, la historia o su propia verdad “interior”, la cual siempre es aburrida y desencantada.

La mujer no la hace diferente, sencillamente nos aparta fugazmente de ella, y eso es todo lo que puede hacer por nosotros.

¿Pero es todavía capaz de hacer tan sólo eso?

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