LÍRICA LÍRICA 1998-2005

RUIDOS, ISOTOPÍAS (VALDEPEÑAS, 1999)

Nos reunimos como seres civilizados que somos,
para congratularnos de esas pequeñas facetas de nuestras vidas
sometidas al principio de incertidumbre,
como si contar y contar un recuento inacabable de entusiasmos
nos alzase hasta donde resplandece la virtud bienquista
de la comunicación.

Como si hubiera ya algo que decirnos en medio del ruido
y la entropía que envuelve cada palabra impremeditada,
con sonidos secundarios que vejan significados depuestos
y jurídicamente poco comprometedores,
como palabras de amor no dichas
pero anteriores al convenio vulgar que escandaliza
cualquier declaración de buenas intenciones.

Qué fácil sería amarse así,
desprendiéndose de las alas adventicias de la semántica pública,
de las jergas viciadas de los profesionales de la conmiseración,
o el sarcasmo irreconocible bajo las señales de amistad,
y todas las miradas ignoradas que empequeñecen
a los perros callejeros,
y lubrifican la necesaria duplicidad del que escucha
frente a la exigible duplicidad del que habla.

Nos reunimos como seres civilizados que somos,
para felicitarnos de encontrar vivos
a los que sólo creíamos equívocamente existentes,
entrelazados a nosotros por reglamentos
que inventaron los desposeídos de toda humanidad.

Qué fácil sería amarse así,
si no tuviéramos la prisa de las aves
que saben emigrar a tiempo para no perder su estación,
si supiéramos que los verbos en futuro son casi siempre falaces,
como los adverbios de lugar y tiempo.

Porque quien habla está perdido
y se pierde cuando calla,
nada tan fácil como callar a tiempo
y supeditarse a la gramática de los deseos
que conocen la sabiduría ascética de la vejez;
nada tan tranquilizador como olvidar que existen los pronombres
que sustituyen a las personas como espejos invertidos,
cuando la hermana llena la habitación plateada en la espera,
y la lengua de fuego del vendedor de máximas se apaga,
dentro de una boca que ya no contiene palabras
sino trasmutaciones y metales de alquimista solitario:
nombres de mujer y ave marina sobre la solicitud del hallazgo.

Y pese a todo, seguimos reuniéndonos al calor lúgubre
de los seres civilizados como nosotros,
aquéllos cuya combustión de lámparas sin aceite
determina imprevisibles variaciones meteorológicas
en nuestros ánimos necesitados de un vago sentido del deber
hacia los que yacen enfermos de pasiones mal interpretadas
por los oficiantes de la praxis común;
y la sutileza de su ausencia de abismo ilustra tiernamente
la mansedumbre con que conducen sus amores y sus vidas
y su sano apego a las cosas bien visibles de esta vida,
con que obstruyen las nuestras,
pero exigen comunicación,
porque debemos reunirnos,
como seres civilizados que somos,
y obligados a serlo bajo pena de canibalismo emocional
(no te comerás las vísceras de tu prójimo),
para congratularnos de esas pequeñas facetas
de nuestras vidas insaciables de incertidumbre.

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