SÁTIRA CONTEMPORÁNEA

ELOGIO DE LA MERCANCÍA (2001)

Muchos aprecian la libertad de movimiento como un favor insuperable de la civilización liberal, o por lo menos eso parece a juzgar por el continuo despliegue de movimientos anónimos y disparatados en que viven los pequeños satélites humanos de la ciudad.

Esta libertad de hecho es justamente uno de los pilares sobre los que se sostiene esta especie de desorden molecular de unas vidas destemporalizadas por el espacio continuo de la repetición.

El comprador solitario también vive, es decir, desaparece, a su manera, aunque a veces sienta la nostalgia de este deambular furibundo por los no lugares.

La gente quiere hacer ostensible su desaparición y por eso bulle tanto.

A fuerza de inmersión en lo indiferenciado del mundo, el comprador solitario de las grandes superficies, su única aventura, ha llegado satisfactoriamente a creer que siempre son los mismos, como multiplicados por un espejo del tamaño del cielo. Quizás sean sólo figurantes contratados a tiempo parcial, como los que aparecen a las espaldas de los presentadores de telediarios. El mismo se ha convertido en uno de esos patéticos figurantes, y lo sabe.

Nada hay tan desolador como un hombre que habitualmente compra solo en una gran superficie, y no es que comprar acompañado mejore la cosa.

A través de los años, los hallazgos vienen solos, la angustia anterior se desvanece, las compras son una actividad normal como otra cualquiera. Los padres, divorciados o no, deben llevar a sus hijos al centro comercial: también ellos aprenderán que su destino no tiene nada de anormal. Los padres todavía casados, les demostrarán, a su vez, que su figura es una parte indispensable del hogar bien ordenado.

Con su cestito verde o rojo, de plástico con rejillas a los lados y en el fondo, el hombre solo en la gran superficie mira los estantes de comidas preparadas, sin hacer demasiada ostentación de su carencia.

Él mismo seguro que piensa que está más que justificada su intención de envenenarse lentamente. Seguro que también sabe que las latas de comida precocinada, con sus abundantes estrógenos adheridos a traición a la pintura blanca de las paredes del recipiente, contribuirán a no muy largo plazo a dejarlo medio impotente y estéril, lo que ciertamente no lamenta.

Siente a veces un escalofrío recorrerle el espinazo cuando se aproxima a las cámaras frigoríficas de conservación de los alimentos congelados: es la ya conocida ilusión por encontrar una marca comercial nueva, un preparado nuevo de cocción más rápida que el anterior.

Para los compradores solitarios, sin esposa ni familia, abandonados a un dudoso amor a sí mismos, la sección de productos de limpieza despierta un singular sentimentalismo ya posiblemente nada habitual en su cansado espíritu: los olores embriagadores de los limpiavajillas y los limpiasuelos le hacen imaginar un hogar cuidado y acogedor que nunca tendrá, los detergentes le recuerdan que su ropa recién lavada nunca será otra que la suya.

En el pequeño lugar donde vive por razones de trabajo, no hace mucho que abrieron una superficie comercial, y él vio en la ocasión una señal casi de salvación.

En la ciudad se había acostumbrado a permanecer largas horas en este tipo de centros y es más que probable que les hubiera tomado cariño o algo parecido. Muchas veces el único calor humano de que gozó fue el provisto por los cuerpos medio cercanos de sus anónimos acompañantes en las compras. Además, podría recordar anécdotas de felices amistades pacientemente construidas en las tardes en que la lluvia y el frío desaconsejaban pasear por las calles peatonalizadas. Y eso, el hacer amistad auténtica, nunca le ocurrió en el inhóspito lugar de trabajo.

Conoce la historia, sabe que se han hecho bondadosas tentativas por humanizar la gran superficie comercial: ofertas y rebajas durante los fines de semana para que familias enteras se dediquen por unas horas a comprar disfrutando de la mutua compañía de sus miembros; se han abierto los establecimientos los domingos y días festivos para permitir una elección más relajada y juiciosa de productos; incluso al principio se instaló el hilo musical a fin de crear una atmósfera más íntima o agradable dentro de la cual se podía uno pasear entre los estantes despreocupado y ligeramente llevado por las melodías pegadizas en sordina. Pero muy pocas personas saber gozar de este aturdimiento fugaz.

Hay algo religioso, numénico o numinoso, en la gran superficie.

El desamparo del hombre que compra solo quizás se explique por su incapacidad por empatizar con su doble socialmente aceptado de comprador, de sentir como un único cuerpo el viscoso deambular masivo de los demás compradores, a fin de cuentas tan solos como él mismo.

Una presencia hay delante pero invisible mientras camina por entre los estantes atestados de productos que, si por sí mismos son indiferentes, sin embargo una más alta realidad permanece más allá inalterable y ubicua, omnisciente y omnipotente, y con ella es posible la comunicación, a través de la ceremonia en la que sin saberlo todos los desamparados compradores, con su VISA o sin ella, participan, ofreciendo todo su ser al ungido de la oferta infinita.

Pues la garantía y la certeza de que su presencia será eterna les llena del júbilo secreto necesario para poder seguir cada día por los pasillos atestados de productos.

Un solo desamparo no crea la herejía.

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