SÁTIRA CONTEMPORÁNEA

LA MADRASTRA (2003-2004)

Usted tiene 45 años. Se conserva bien, gracias al deporte, el sol y los gimnasios. Su alimentación es sana, aunque quizás beba en exceso y no le sean desconocidas ciertas formas de ocio intramundano relacionadas con las drogas. Para su mayor bienestar corporal existen la agricultura biológica y las leyes arancelarias que limitan el consumo de productos del Tercer Mundo. También las aduanas y las policías se preocupan por su salud.

Si decide visitar una clínica para un chequeo general, su vida puede cambiar a pesar suyo. Pero no lo dude, usted es dueño de su propia salud, y debe utilizar de vez en cuando unos servicios sociales gratuitos. Pongamos que le quedan otros 40 años de vida activa militando en las filas mundanas que no admiten deserción. Le van a diagnosticar que hacia los 65 años padecerá síndrome de Alzheimer, enfermedad neurológica para la que todavía no hay curación ni tratamiento efectivo, ni terapia. Usted siente pánico, siente que algo muy precioso le han arrebatado, y no es la salud. Pero ha decidido ponerse en manos de la ciencia médica.

Usted, confiéselo, quería saber, quería conocer: su voluntad de verdad fue más fuerte que su voluntad de vida. Usted también es de los que creen que es bueno que existan identificaciones digitales específicas para los delincuentes y los inmigrantes.

Usted está convencido de que la seguridad es una conquista irrenunciable de los ciudadanos civilizados. Usted cree en la utilidad del cinturón de seguridad en su automóvil, el cual sin duda dispone de “air bag”; en sus relaciones sexuales utiliza espontáneamente preservativos con espermicida incorporado. Usted vota a candidatos centristas para evitar peligros mayores. No tiene dudas sobre la eficacia de los satélites de vigilancia. El terrorismo le espanta.

Confiéselo, la seguridad en todos los aspectos de su vida cotidiana le preocupa. No le gusta que desconocidos de aspecto extranjero se crucen con usted en la calle cuando por la noche saca la basura. Así pues, es lógico que haya decidido visitar la clínica para ese chequeo general que le recomendaban hace tiempo sus familiares y amigos.

Pero de repente todo cambia. Cuando le entregan los resultados, usted quisiera protestar, pero no sabe contra qué. Quisiera que las cosas no sean como son, como le han anunciado que serán. Usted quisiera cambiar el curso de las cosas, contradecirlo. Toda su vida se ha organizado justamente para impedir esta pavorosa contradicción. Pero ha dado su asentimiento a la previsión, y siempre ha sido así, siempre ha estado encantado con que todo sea previsible, todo tenga su porqué, todo sea finalmente controlable. Muy señor mío, usted cree en el principio de razón suficiente, aunque nunca haya leído a Leibnitz.

A partir de ahora, deberá empezar a llevar una doble vida. Su enfermedad será su secreto mejor guardado, aunque en la base de datos de algún ordenador de la Administración sanitaria, usted ya estará exhaustivamente fichado.

A partir de los 65 años, usted dejará de ser un sujeto utilizable: su empleabilidad social caducará. Como los yogures y los pollos congelados, también usted tiene fecha de caducidad. Esto formará parte de su gran secreto. Usted ya no comparte la complicidad consigo mismo, pues su muerte le ha sido revelada. Dé gracias al método, su vida ha sido expurgada definitivamente de cualquier eventualidad indeseable.

No olvide que la democracia, en la que tan firmemente cree, también incluye este derecho virtual al oráculo biológico consumado. Porque usted, como hombre racional contemporáneo, no cree en el destino ni en la fatalidad ni en la predestinación ni en un orden oculto del mundo. Usted sabe que la ciencia es la gran liberadora del sufrimiento. Debe aceptar sus reglas de juego. Sus ojos de madrastra tierna y vigilante lo han iluminado, lo han ilustrado: su ser viviente no tiene misterios.

Sus próximos 40 años de vida han comenzado: nadie sabrá que usted ya ha comenzado a desaparecer y que, por esta razón, su vida es doble. Una parte de usted es todavía humana y pertenece a este mundo; otra parte de usted, evoluciona en un espacio y en un tiempo sin nombre, probablemente en ese espacio y ese tiempo que todas las religiones y todas las metafísicas consideraban el espacio y el tiempo de la existencia después de la muerte.

Usted, incrédulo posmoderno, tendrá ese raro privilegio de vivir en tiempo real el tiempo diferido de su existencia post-mortal. Se lo deberá a la ciencia. No sienta pánico, no se compadezca, no se deje llevar por un patetismo ridículo, no desee volver a la edad de la ignorancia. La mayoría de edad es también ser dueño del propio destino. Incluso si este destino pasa por la figura miserable de una simple cuenta atrás.

Para estar completamente asegurado y ser beneficiario del seguro, de cualquier seguro, usted debe estar muerto mucho antes de estarlo realmente.

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