CUADERNOS DE TRABAJO PENSAMIENTO CONTEMPORÁNEO

POÉTICA DEL CAOS (AFORISMOS Y SENTENCIAS) (2004-2009)

1

Cuando la disponibilidad es absoluta, la confusión también es absoluta (Nota para los advenedizos, no sólo en los juegos de azar).

2

No hay que fijarse tanto en los signos que se eligen como en los signos que se excluyen (Nota para los creyentes en el principio de la libertad subjetiva total).

3

Condenados a elegir entre dos variantes de la misma nulidad, sólo queda espacio para la no-elección (Nota para los que confunden el “no” con la pura negatividad).

4

“Es mejor ser rey de tus silencios que esclavo de tus palabras” (Shakespeare). Pero no siempre el genio lleva razón, sobre todo cuando uno debe exponerse a la estupidez consensual.

5

De todas las miserias, la peor es la que se desconoce a sí misma, porque es del orden menos evidente del ser, no del más prosaico del tener: a menudo una miseria ciega a la otra.

6

Ningún conocimiento del hombre puede volver a nadie inmune ante la capacidad de reprobación del hombre. Raramente los hombres se vuelven réprobos de sí mismos. Les falta coraje y les sobra autoestima.

7

Si quieres ser bien considerado, no muestres de ti nada más que aquello que los otros pueden subsumir bajo su pobre concepto de la buena consideración, porque no hay ninguna ocasión para un verdadero reconocimiento. Aquí también falta la unidad de la autoconciencia, dado que nuestra vida se sabe manejar en la confortabilidad de ficciones subjetivas que no comprometen más que a una forma normativa de estupidez, si bien todos somos cómplices de ella.

8

El miedo ha sido a menudo un buen medio para ejercer la dominación (“que me odien, pero que me teman”). También ha existido el temor de Dios, y cuando esto no bastó, el temor a la policía. Luego, cuando el hombre se ha vuelto un ser razonable y maduro, se ha encontrado un artificio de inigualable valor para dominar a los que finalmente se han sabido dominar a sí mismos. Ahora basta con adularlos, y llegamos al punto excelso: la adulación como método de gobierno. La política del halago incondicionado puede ser tan hipócrita como cualquier otra, pero le añade la dulzura y el encanto: no hay nada como la adulación general sabiamente administrada para desarmar todas las defensas, arruinar todas las prevenciones. A quien se le halaga, ya se le ha hecho caer en el señuelo, y lo muerde bien fuerte, tan agradable es el gusto de este saberse mimado.

9

¿Qué significa aterrorizar a los civilizados? Darles una oportunidad para el autorreconocimiento. Cuando el rey manchado de sangre ve espectros que le recuerdan sus infamias, el bufón debe ser el oficiante de este rito: su verdad ya no será escuchada. Pero el rey atormentado morirá en la última batalla. La voluntad de matar también es intercambiable. Actualmente el pensamiento debe investirse de esta misma voluntad de matar en un sentido sacrificial, debe ser un pensamiento que pueda y deba calificarse de criminal y terrorista.

10

El desprecio de sí mismo excava mucho más hondo que el aprecio de sí mismo: ya se sabe que la autoestima es banal, y el resentimiento, creativo. Como siempre, todo depende de la calidad del sujeto, de su singularidad, que sólo puede mostrarse en la administración de uno u otro sentimiento y, en no pocas ocasiones, en la hábil manipulación alquímica de ambos a la vez: uno en contra del otro, uno en refuerzo del otro. Hay que saber disponer las fuerzas de vanguardia, tan bien al menos como las de retaguardia. Hay que saber cebar al halcón con la carroña de la rata, pero tanto más difícil es cebar a la rata con la carroña del halcón.

11

Siempre se tiene la virtud de quien juzga, no la de uno mismo, de igual manera a como uno posee un conocimiento del que da la medida la medida de quien nos somete a examen. En este sentido, los otros son la tumba de nuestro yo más banal, y ellos son siempre sus sepultureros más activos. Por lo menos, debemos agradecerles que sean un buen depósito de nuestros excrementos subjetivos: porque nadie nunca nos va a atrapar ahí donde nosotros no queremos ni podemos ser atrapados.

12

El estado de espera se convierte en una especie de embarazo histérico. Nada desgasta tanto como las decisiones aplazadas, o mejor dicho, nada consume más energía nerviosa que la incapacidad, o la mera vacilación, de asumir hasta el final la lucidez que debiera conducir a una decisión inapelable, y esto vale hasta para el más insignificante de los asuntos. El momento de la aclaración y el momento de la voluntad contienen un intervalo de melancolía sin ilusión, pues todo lo que deba resultar de la decisión ha sido anticipado de antemano. Es una historia banal, de la que está hecha el curso de la vida.

13

Ha sido un prejuicio frecuente de las clases conscientes de su superioridad el de que la muchedumbre no puede tener razón: la razón, si la hubiera, de esa multitud errada no debía ser atendida. Desde que la razón es la razón universal, desde que los muchos tienen por tanto razón, nosotros somos racionales porque formamos parte de los muchos, y somos los muchos porque solamente somos racionales. Lo mismo se refleja en lo mismo. Por tanto, los muchos, juicio de este Dios esclerótico y alienado de la opinión (la razón es sólo la opinión universal que sabe su poder multitudinario y por ello incondicionado…) ahora eligen: no tienen, sin embargo, qué elegir ni saben tampoco qué elegir, pero el hecho decisivo que da sentido a la época es que eligen… Quizás algún día todos se cansen de este proceder envilecido y anticuado, pero entre tanto hay que mortificarse suponiendo la existencia de una inteligencia inverosímil.

14

Hay que separarse, da igual si es unilateralmente, de todo lo que aún quisiera obligarnos a dar un sentido, un orden cualquiera a los sonambulismos de un presente que se perpetúa en pura pérdida. ¿Por qué en el tiempo de la realización del tiempo este vértigo insensato de falta de tiempo? La gran impostura: ya no queda tiempo, hay que vivir como si el tiempo se hubiera convertido en piedra, rocosidad astral o meteorito que se aleja de nosotros sin consideración a nuestras cronologías y calendarios.

15

Pensar a lo grande y en grande y actuar pequeño: se salva la contrariedad pensando en pequeño y actuando en minúsculo. Y si esto todavía es una carga, suspende la voluntad, y piensa sólo que querrás y harás lo que de todas maneras no podrás evitar querer y hacer. La fatalidad del fatalismo es que, se opine lo que se opine, lo fatal siempre es fatal, es decir, llega a ser. No hay decisión que te arranque a su melancólico poder. No es cansancio lo que te obliga a pensar así, ni la coacción de unas circunstancias demasiado conocidas, ni una apuesta teórica por un nihilismo cualquiera. Hemos vivido demasiado tiempo de las rentas del concepto cristiano de libertad: ninguna sabiduría del mundo puede alcanzarse en el pensamiento de que uno, éste o aquél hombre, puede trascender su condición de hombre.

16

Hoy no existe ninguna posibilidad de ruptura en la vida de cada uno (todo está hecho de “transiciones habituales” automatizadas, de ahí la profunda impersonalidad de los individuos trasparentes). No hay ni espacios ni vías de escape: la socialización es completa, sin residuo. Propiamente, ya no tenemos ni exterioridad ni interioridad. Una vida entregada a sí misma, a su ciclo de reproducción sin contenido no permite ni tolera la búsqueda de esa otra cosa que podría validarla, porque esta vida predeterminada vale por sí misma, por lo que todo el positivismo de la organización está ahí esperando a la acogida, la vigilancia y la protección. Y el desamparo puede ocultarse en la misma medida en que no hace más que crecer en los márgenes que cada uno lleva consigo. Incluso si una existencia tan pobre como la nuestra no sabe ni puede colocarse en el límite de su miseria, el desamparo es la realidad última, con lo cual quizás tengamos que experimentar una muerte anticipada.

17

La imagen nos protege. No es una amenaza ni un riesgo. No nos manipula ni nos enajena. Porque su inmediatez es propicia a la distancia, incluso produce distancia en la medida en que difiere de su objeto. La imagen, que cree suprimir de un golpe la ausencia, copia degradada en fragmento de lo real, nos defiende de lo peor, rescinde el contrato pragmático que nos encadena a lo real: evita el pensamiento, suprime la reflexión, nos tranquiliza en lo más profundo de nuestro ser. Si lo real sólo es imagen y su destino es devenir-imagen, todavía nos queda una oportunidad para la verdad, pero ésta ya no podrá ser pública. Después de todo, si la imagen nos ofrece la coartada para escapar al orden de lo real, la perversidad intrínseca a un mundo de imágenes, sería una bendición para recuperar lo que ellas no pueden aniquilar. La iconoclastia preserva el secreto; la idolatría siempre acaba en la orgía de lo indistinto.

18

Shakespeare se preguntaba por la materia de que están hechos los sueños. La misma pregunta sería hoy válida, pero dirigiéndola hacia la vida contemporánea, interrogando sobre su naturaleza de sueño. Sin embargo, este planteamiento resulta aún demasiado lírico: hay que bajar unos cuantos grados el sentido de la pregunta, si es verdad que nuestro sueño presenta ya todas las semejanzas reconocibles de la pesadilla. La pregunta del isabelino se trasforma silenciosamente en esta otra: ¿sueñas las máquinas?, y si realmente sueñan, ¿en qué sueñan las máquinas? Quizás sueñan con llegar a ser humanos, como los androides de Philip K. Dick. Ahí está la ironía de esta época: el hombre atrapado en la técnica sueña con llegar a ser humano, y entretanto, la máquina también sueña este sueño. Los hombres soñaron con ser animales o dioses. Ser solamente hombre es poco. Este hombre que hoy encarna al Hombre está a punto de dejar de serlo. Las máquinas, por su parte, pueden quedarse con el cascarón vacío que este hombre les deja en testamento irrisorio.

19

La desintensificación de nuestra realidad ha alcanzado un grado de patencia inigualable, que coincide exactamente con el exhibicionismo generalizado. No se puede ser trasparente y apasionado a un mismo tiempo. Para ser apasionados, necesitamos un mínimo de opacidad, un mínimo de distancia con nosotros mismos, o al menos lagunas de conciencia y autoconocimiento. Si nos confundimos con nuestra propia sensatez, con esa lucidez a medida que exigen los procesos automatizados del comportamiento social, estamos perdidos. En estas condiciones, cualquier forma de irrealidad, si se afirma con una tonalidad afectiva superior, puede parecer apasionamiento. Pero estamos lejos también de esto. La existencia, en una realidad de la que se han evacuado las proyecciones meramente humanas, aparece como una existencia desnuda, ni siquiera propicia para los juegos evasivos de una imaginación enferma. Ahora bien, esta desintensificación subjetiva de la realidad coincide con su intensificación objetiva.

20

Un ya maduro padre de familia, con su exiguo salario estándar, mantiene a todos los miembros de su familia, casi todos gente liberada y de sanas costumbres democráticas. Es cierto que no se muestran demasiado agradecidos. El mismo padre es el narrador irónico y fatigado de sus pequeñas pesadumbres domésticas. Está solo pero aguanta todo el peso que le echan encima. Está separado de su mujer, sus hijos viven fuera de casa, no tiene amigos. Para cada día del mes tiene por adelantado un gasto previsto. Malvive con lo que le sobra de su salario después de pagar todas las facturas. Come toda clase de porquerías baratas, no sale de casa, se aburre interminablemente ante la televisión. Un cinismo tranquilo, enternecedor. En efecto, los miembros de la familia se han “liberado” del padre, es más bien el padre el que no ha conseguido liberarse de ellos. Se sirven de su debilidad, de su buena voluntad, lo exprimen hasta la última gota. Una sociedad liberada es una sociedad de elefantes invisibles, y no son precisamente elefantes “rosas”. Este relato (“El elefante”) de Carver me parece una de las más hermosas alegorías de la sociedad “democrática”.

21

Es cierto que el hombre moderno es cualquier cosa, incluso gracias a la iluminación de Nietzsche, goza de la presunción de ser “el último hombre”. También se ha de convenir que el hombre moderno no está falto de espíritu, ingenio, inventiva y capacidad de risa. Actualmente se dedica a una reforma en profundidad del mundo, al que piensa trasladarse pronto.

22

Suponiendo cierta capacidad, ya inoportuna, para el desapego integral de lo puramente ligado a un presente errante, uno se dejará fertilizar, dejará que otros engendren hijos en él, pero uno no seguirá siendo el mismo después de comprender nada más que un poco. Hoy, cuando ya no quedan maestros reconocidos ni tradición alguna a la que apelar, en la que cobijarse del tiempo presente, cuando leer representa la hinchazón fraudulenta de una mera cultura de la alfabetización obligatoria, la elección de los libros y los autores ha llegado a convertirse en uno de los riesgos más provocativos. Energía en la inspiración, sutileza y valentía en la dicción, virilidad en la resistencia de las posiciones amenazadas sabiendo retirarse a tiempo de ellas: raramente se conjugan en un mismo autor estas tres cualidades y todavía menos si le añadimos el arte adivinatorio y pronosticador, pues el que piensa de un modo no común no puede ocultar su parentesco con los arúspices. Muy pocos autores son los que pueden convertirse hoy en verdaderos guías intelectuales e incluso espirituales (pues cuando se ha penetrado en una obra, cuando se ha admirado y agradecido, aparece sin que uno lo advierta la persona, la apariencia de un carácter y el rostro de una vida se recompone en el propio sentido de la obra). Saber elegir a los propios maestros no es el menor de los problemas con que debe enfrentarse, tarde o temprano, quien no tiene más remedio que renunciar a las certezas confortables de su respectivo presente y nunca un presente ha estado tan vacante de verdades como saturado de lemas, a cual más acomodaticio y banal.

23

En la vida, en la literatura y en el pensamiento, hemos llegado al convencimiento decisivo, a la fase en que la convalecencia post-comatosa nos aconseja ser más prudentes y mesurados: ser un yo, dejarse reducir a la individualidad y a la identidad, pensarse como sujeto de juicios y actos, como soporte o sustancia donde el mundo se hace como nosotros queremos, donde lo otro se borra a favor de lo mismo: todo eso que constituye la esencia del hombre moderno es seguramente una petición monstruosa. Pero hay que vivir en sus consecuencias, como si no se conocieran los agentes patógenos que han hecho enfermar al mundo y a nosotros mismos con él.

24

La moral de un escritor o un pensador puede no estar a la altura de la perversidad de su imaginación. Quizás una imaginación perversa ni siquiera necesita contar con alguna moral. Pero éste es un privilegio que muy pocos saben merecer, el de no tener que obedecerse ni a sí mismos ni a la imagen que su sociedad proyecta de sí misma en ellos. La moral es lo que siempre nos hace volver al orden del día de nuestro exhausto principio de realidad, que hay que salvar a cualquier precio, e incluso los mejores no están nada predispuestos a abandonarlo. Afortunadamente, mientras la imaginación siga siendo perversa, el respeto a lo real puede uno permitírselo, pero sabiendo que practica un doble juego sin riesgos, o de lo contrario hasta la imaginación acabará plegándose a lo real, boqueando en su principio. Ante los acontecimientos, grandes o silenciosos, que hoy nos atraviesan como a una sombra sin dejar aparentemente casi huellas, la imaginación, ficcional o teórica, queda por detrás de sus propias posibilidades. El sello de los únicos verdaderos acontecimientos futuros será precisamente éste: hacer desfallecer a la imaginación realizando lo inimaginable, del mismo modo que la tarea de las pocas mentes despiertas que quedan en Occidente será imaginar lo imposible y desde ahí darle carta de naturaleza en el orden del discurso. Pues en el universo de las apuestas insensatas, sólo la sobrepuja sin fin tendrá una oportunidad de salvarnos de nuestra propia estupidez consensual.

25

Vida como acumulación, vida como pérdida. En la vida de cada uno se mezclan inextricablemente los dos principios y sus procesos contrarios, pero según el que acaba por predominar, más allá de los autoengaños, cada vida adquiere su perfil y su temple. El término medio de la pose a través de la cual el optimista contumaz se canta su canción de cuna no es nuestro problema: dejadlo dormitar.

26

“Porque la estima de nosotros mismos está ligada al hecho de que podamos hacer uso de represalias en lo bueno y en lo malo” (Nietzsche, “Aurora”, 204). Este concepto de la propia estima, nada confortable ni caritativo, sino más bien antagonista y belicoso, está muy lejos de nuestro complaciente anhelo de la “autoestima” actual, que no es nada más que un principio “ad hoc” de reconciliación con las propias limitaciones y bajezas, en buena clave de la “autoayuda” para las mentes esclavizadas por el trabajo y la rutina.

27

El hecho de tener un destino, incluso “demasiado destino” (fatalidad de tener siempre al mundo en contra), aparece como la desgracia de lo imperecedero: se padece entonces del mal de no poder morir, una suerte de eternidad que obliga a ir hacia adelante. Para Cioran, la gran conquista del pueblo judío es esta “perduración en el ser”, contra todas las adversidades. En este sentido hay que comprender, más que en una dirección religiosa, su carácter de “pueblo elegido”. A diferencia del cristianismo, la experiencia judía no ha hecho del sufrimiento una fuerza redentora, ni durante el periodo de la gran secularización moderna, una inspiración para la utopía. El sufrimiento, por el contrario, se ha convertido en una manera de perdurar, de sobrevivir más allá de toda destrucción y aniquilamiento. La “superación” del sufrimiento, en todas sus manifestaciones (desde el menosprecio, pasando por la discriminación y la persecución, hasta llegar a la pura y simple matanza), se alcanza a través de la conservación de una potente fuerza de extrañamiento del mundo que permite comenzar de nuevo, desde cero, una y otra vez (la lógica de los siglos de la diáspora y la migración perpetua). Cioran ve en este recurso inigualable un verdadero milagro, y ciertamente lo es para nosotros, futuros “metecos” universales, animales sin territorio, errabundos aprendices en ciernes de otra no menos devastadora diáspora. La fuerza sobrehumana de los judíos parece residir en el hecho misterioso de haber conseguido parecer “seres de otro mundo”, con la carga de ser “dos veces hombres” (sufrir como hombre en general y sufrir como judío en particular). Lo milagroso para nosotros hoy es cómo se consigue resolver, hasta donde nos pueda ser posible, en los límites de nuestras fuerzas, una condición a primera vista tan desventajosa. Quizás lo mejor y lo primero para no sucumbir a los nuevos obstáculos sea no ponerse las cosas demasiado fáciles: el salto siempre es más largo cuanto mayor sea la reserva de fuerzas disponibles.

28

El fundamento inconmovible de la “ideología norteamericana”, más allá de sus manifestaciones de superficie, es un gran mito: el de la patria electiva. Frente a los demás pueblos, los norteamericanos forman una comunidad cuyos miembros tienen en común una sola cosa: haber elegido, en un momento dado, una patria nueva, una identidad nueva, tanto personal como colectiva. A nadie más le está dado elegir su patria o su identidad, el lugar del origen y el lugar del destino. Esta ausencia de origen, tantas veces advertida como carácter norteamericano, es la fuerza y la debilidad de los norteamericanos, porque implica a un tiempo libertad y arbitrariedad, necesidad y contingencia. En las novelas de Paul Auster, y también de Philip Roth, esta misma ausencia se convierte en la fuente de un ciclo determinado de metamorfosis: cada identidad es un espejo de otra identidad, todo devenir está enzarzado en otro devenir. Como la patria electiva no puede ser más que un territorio mental, en él los juegos de “coincidencias” cumplen la función de verdaderos símbolos de la identidad y el devenir.

29

Todo lo arbitrario del signo (es decir, la totalidad de la cultura) se convierte en el espacio en el que todos los juegos de semejanzas son posibles, todas las analogías pueden fundar mitos y relatos del origen. La identidad individual puede entonces desplegarse en la amplitud indefinida de este campo de juego de los signos, una vez que toda referencia remite a la forma pura del destino electivo. El vacío y la banalidad del “modo de vida” norteamericano quedan así compensados por la poderosa imaginación del destino en el que el individuo tiene que perderse para volver a encontrarse. Esta posibilidad es la que los pueblos europeos modernos desconocen, en la medida en que para ellos el destino es la figura de una realización de la Idea (cualquiera que sea su encarnación: espíritu absoluto, voluntad de saber y poder, olvido del ser) sobre la base de un irreversible desfondamiento de su propio mundo simbólico. La componente judía de la cultura norteamericana es sin duda el elemento que moviliza esta capacidad para fundar la identidad en la figura del destino electivo.

30

No basta con pensar que la vida sea algo trágico, y quererlo: eso es demasiado cómodo y fácil. Hay que hacer, con todas nuestras fuerzas, ajenas a toda inhibición y cobardía, que la vida, aunque sólo sea por un momento de estupefacción y asombro, vuelva a tener aspectos y perspectivas trágicos, hoy, mañana quizás. La lucha que habrá que emprender es la lucha por la que la vida habrá de decantarse entre lo fácil y lo trágico, lo despreciable y lo que quiere despreciarse hasta el autoaniquilamiento.

31

Capacidad de trascender (poder ir más allá de lo que se te ha dado, de lo que eres): ya no trascendemos hacia arriba (un ideal) sino hacia abajo (parecer peores de lo que somos realmente), pero la actitud más cómoda es sencillamente la de no poder trascender, tan poco elemento de tensión, honestidad o sinceridad queda dentro de uno; y lo peor es que fuera (el mundo de las relaciones y de los hombres que ya saben lo que son, que quieren ser lo que son, que ya no pueden ser sino lo que son), ahí tampoco hay nada más que la celebración universal de la gran satisfacción. Tu dolor, tu sufrimiento son cosa tuya, no nos sirven de nada, no es algo de lo que podamos hacernos cargo, tú eres eso, nosotros no somos como tú. Eres desgraciado y pobre porque nos has sabido acertar en las elecciones de tu vida. La conciencia asume estas palabras, quiere creer que son sus propias palabras, pero sabe que sólo expresan el deseo de someterte a un dictamen objetivo y universal, te asignan a eso que tú no eres y no quieres ser, te duelen más que tus propias palabras, porque éstas no conocen otra verdad que la incomunicable, mientras que aquéllas, más allá de toda verdad, tienen el poder de la convicción compartida de la opinión.

32

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Esas palabras, las más profundas que jamás se han pronunciado, según Nietzsche, prefiguran su locura, una pérdida de la conciencia -el sufrimiento absoluto, porque deja de ser consciente de sí mismo y no constituye ninguna liberación, o quizás la liberación sólo sea posible así. Las palabras de Jesús señalan hacia el sentimiento más horrible que puede llegar a experimentar un hombre, el de su abandono a manos de la muerte, la soledad absoluta de la condición de hombre. Ésta es realmente la única experiencia decisiva que da la medida del hombre: has nacido, has vivido, tu tiempo ha sido pobre o rico en afectos, has gozado y has sufrido, tal vez moderadamente, pero todo se te ha dado de manera gratuita, a cada momento, sin reconocerlo, sabías lo que perdías y también lo que ganabas (seguramente no has sabido estimar en sus justos términos ni lo uno ni lo otro) y, pese a todo ello y a favor de ello también, has de morir, aquí y ahora, con o sin la sorpresa de lo demasiado repetido, y no estás preparado, piensas que te queda mucho por hacer (o que al menos podrías mejorar algo de lo que has hecho y un poco de lo que eres, incluso si sabes bien que nadie va a pedirte cuentas), pero sabes igualmente que tu vida ha sido un corto intervalo de tiempo y tu muerte es eterna, y no serás ya nada para nadie y no hay redención para esta negatividad de tu ser que llevas contigo. Si no crees entonces en la inmortalidad de este tu ser que llamaron “alma”: o bien tienes que gozar ahora de la vida absolutamente, liberado de todos los pesos que te volvían responsable del cuidado de tu propia salvación, o bien tienes que sufrir por la vida ahora también absolutamente, pero ni la nostalgia de otra condición que ya no padecemos, ni la alegría ahora recién adquirida son soluciones, porque no hay solución para el hecho supremo de que nada justifica mi existencia, salvo quizás lo que podrías hacer ahora para volverla otra de lo que es en sí misma, salvo quizás para darle la forma de mi mejor yo. Aquí y ahora, si todo devenir es muerte y aniquilación, si yo mismo sé que sólo soy eso y nada más, el signo sin significado de mi tiempo finito, entonces para la autoconciencia excesiva del hombre que hemos llegado a ser, sin poder evitarlo ni poner freno a su desarrollo, ¿qué podría venir a sustituir la pérdida, la carencia, sino el elemento de lo abismal de la propia existencia, ahora, ya no sabemos cómo ni para qué ni porqué desplegada y desnuda, para sí misma?

33

“Ser culto y educado no significa otra cosa que impedir que pueda percibirse lo miserable y malvado que es uno” (Nietzsche, “Schopenhaeur educador”). Por tanto, en el sentido de la vida social normal, uno es mucho peor cuanto más educado parece, lo miserable se acentúa y se destaca a medida que uno se hace más cultivado. En esa vida social, lo cultivado no se refiere a una “espiritualización de los sentidos” o a un desarrollo libre de la inteligencia sino a la grosería de un cálculo en el que todo funciona como tapadera de cualquier forma de mezquindad. Uno se vuelve tanto más despreciable a medida que prospera su educación. Actualmente, desde el turismo cultural hasta la lectura, en especial de esas enojosas novelas, todo puede desempeñar la misma función de autoblanqueado.

34

“Nadie entre en el templo elevado al dios desconocido de la filosofía si al menos voluntariamente no ha solicitado antes que lo sometan a cien latigazos bien dados en la espalda”. Si esto se tomara en serio, los beneficios podrían ser incalculables: primero, habría menos profesores de filosofía; segundo, los pocos que hubiera, habrían aprendido el valor auténtico de la sonrisa; tercero, se preocuparían más de vivir para sí mismos. No hay nada como un verdadero dolor, físico o moral, para devolverle al hombre su humanidad, y por añadidura, para volverlo más cauto y respetuoso ante las posibilidades peligrosas de la sabiduría.

35

Un pensamiento que ya sólo desemboque en el formalismo, que representa la estetización “kitsch” del concepto, su expresión manierista, es un pensamiento que ya no tiene nada que decir, salvo quizás rodear lo que ha dicho detrás de una empalizada erizada de trivialidades, dentro de cuyo apretado perímetro podrá resistir hasta que no quede huella de la menor relación con los hechos que pretendía atrapar en su trampa, este infeliz cazador demasiado civilizado. Entonces, el pensamiento sólo se explica a sí mismo (nunca ha hecho otra cosa, pues el “ser” siempre se ha dado por sobreentendido, peor, sobreseído); y ni siquiera eso, evacuada la posición peligrosa de un contacto demasiado real con el mundo, profilácticamente desaconsejado, decidirá emigrar a la zona pura reservada a los espíritus que mastican con fruición su propio cansancio. Pero también es cierto, en el pensamiento como en la vida, que hay que saber estar cansado. Y actualmente ni siquiera el cansancio es demasiado inteligente: juega a ocultar sus síntomas de debilidad. Sin embargo, hoy se conocen algunos tratamientos que disimulan un síndrome de Alzheimer galopante.

36

Habla una mujer que desconoce su poder de seducción. ¿Qué significa saber que una es muy deseada? En primer lugar, por poco que una sea justa consigo misma, eso quiere decir que nuestro espejo no se equivoca, luego partimos de la certeza y no ponemos en duda nuestros derechos a ser deseados, Entonces, y nadie nos podría negar este privilegio absoluto, sabemos que podemos exigir una cierta forma manifiesta de cortesía y sometimiento educado, no luchamos contra un enemigo sino a favor de alguien que nos adula infinitamente: se acerca a nosotros como el aire agita el fuego, pero somos sensatos y soplamos un poco la llama para avivarla, pero no demasiado. Dadas estas condiciones, lo así reconocido como “bello”, es decir, mi espejo y yo, y todos los que así me tratan, gozamos del deleite anticipado, del que ellos están obligados a abstenerse, pero por poco que yo sea comunicativa de ese sabio deleite, desataré lo secreto de la vileza de pasiones especulativas.

37

A fuerza de no poder poseer el cuerpo del otro, el cuerpo propio acaba por desaparecer, borrándose ante la inminencia infinitamente recomenzada del deseo; por tanto, el cuerpo no es un objeto, ni una energía, ni una fuente neutra de placer, no es nada más que la señal demasiado visible y real, a veces herida abierta sobre el vacío, de la desposesión del otro y de sí mismo. Espiritualmente hablando, el hombre también posee a su modo la simbólica mutilación genital con que la mujer está marcada en su cuerpo, en la forma de su sexo.

38

Manubrio de patética frotación de genitales, indiscriminado o legalizado: no merecía un nombre tan noble. Pero no volvamos sobre algo tan justamente difamado por los misántropos de todos los tiempos. Seamos más precisos: la unión nominal no asegura que uno haya seducido al otro. Lo más probable es que tal unión sólo pueda existir y mantenerse en ausencia de toda verdadera seducción, por eso la buscan, sin saber qué buscan, en otra parte. De donde es muy fácil deducir una casi inverosímil acumulación de excedentes libidinales en estado flotante (y no sólo estadísticamente significativos sino sobre todo perentoriamente ontológicos).

39

Entonces, cada uno ordena su vida como puede, es decir, sobre los escombros mal asimilados de todas sus vivencias, la mayor parte de las cuales sólo obtuvieron de nosotros una precaria participación cautelosa, tanto que cada vida, si se toma en serio a sí misma, se parece, o se acaba por parecer, a una frase mal construida. O en los mejores casos, los más afortunados de los cuales se desconocen a sí mismos, pues son siempre meros casos fortuitos, – las experiencias multiplicadas como reflejos del brillo del sol sobre una superficie marina…- son excesos del tiempo, cada tiempo individual que marcha al ritmo de trompeta de las series de días almacenados en los calendarios, – y a eso lo llaman “su verdadera vida”, el eterno juvenil de los moribundos, cuánto tiempo ha sido necesario para transformar la intuición en argumento, el deseo de renovación en tiempo acumulado, sobre la base inmóvil de una repetición incesante de lo mismo, – en disposición en efectivo de recuerdos que nada emiten -, desde dónde, si todo origen quedó anulado por lo múltiple vacío de los porvenires irrealizados.

40

Liberarse de la rigidez conformada por las necesidades vitales e intelectuales que se han ido segregando de cada norma bien asimilada, -tanto que ya no lo parece–: todos saben hacerlo a su manera, porque toda moral sabe crear las condiciones en que una pequeña reserva de inmoralidad queda fácilmente justificada; si la moral no es más que un hábito bien considerado y hábito descalificado pero tolerado,- lo único posible para el verdadero inmoralista no es la crítica amoralista de una moral, ni el contra-ejemplo de lo nefando para ella, sino un ejercicio constante de la ilusión (lo que la vida sería si…,): todo lo que hoy existe no tiene comparación con nada,- todo momento es un acto final, y no hay juicio que ponga fin o que decida sobre el fin.

41

Me ha gustado a menudo imaginar una zona de indiscernibilidad, sutil y delicada, entre las sensaciones de placer y dolor. Entre los pocos segundos al producirse una herida por un corte muy fino y el momento en que aparece el dolor intenso hay efectivamente una zona de indiscernibilidad en que ambas sensaciones confluyen, se tocan y luego se separan, haciendo creer para el sentido común de un principio de realidad muy corto que nunca se dio un verdadero punto de contacto. Más allá de lo neurofisiológico, se trata de una propiedad esencial del funcionamiento de todo el campo espiritual: ambivalencia y profunda equivocidad, carácter paradoxal eminente que sólo unos pocos espíritus bien dotados, verdaderos “esprits de finesse”, saben trasformar en una fuerza, catalizador de los afectos y los pensamientos. Antes de toda separación, hay una dualidad primitiva que sólo en un momento y, para él sólo, en el secreto, tiende a la unidad: no es nada sorprendente que su modelo mítico, y mucho más que mítico, haya sido siempre la forma de la unión sexual efímera de lo eternamente dual. Un modelo mítico que es también un modelo del mundo como forma pura del encadenamiento de todas las cosas: “eros” sólo lo hay de verdad donde se dan a la vez atracción y repulsión.

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Como veía Nietzsche, la mujer es para el hombre tanto más benéfica cuanto más fuerte es su “acción a distancia”: el placer infinito de la mejor coquetería femenina, la más afectada en su “naturalidad”, la más delicada y valiosa, consiste en provocar simultáneamente ambos movimientos de ánimo en el hombre. Esta coquetería atrae al hombre para rechazarlo, lo rechaza para atraerlo: este movimiento pendular de doble dirección cuanto más refinado se presenta, tanto más exacerba la potencia creativa de la imaginación, la vuelve apta para venir en ayuda del afecto, que por sí mismo es esterilizador, pues de todos modos aparece siempre como un invitado intempestivo al que, tarde o temprano, hay que satisfacer.

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“Al terreno de las semiocultaciones espirituales pertenece una de las prácticas más típicas de la coquetería: afirmar cualquier cosa que no se piensa, la paradoja de cuya sinceridad queda en duda, la amenaza que no es seria, la autodesvalorización del fishing for compliments. El encanto de este tipo de comportamiento lo constituye el movimiento pendular entre el sí y el no de la sinceridad; el receptor se ve ante un fenómeno del que ignora si con él su interlocutor expresa una verdad o lo contrario. Así el sujeto de esta coquetería escapa de la realidad tangible a una categoría incierta, que contiene su verdadero ser, pero que no es inmediatamente captable. Una escala de manifestaciones graduales conduce de la afirmación, aún totalmente seria aunque bajo ella se intuya una cierta autoironía, a la paradoja o a la modestia exagerada que nos hace dudar de si el sujeto se burla de sí mismo o de nosotros; cada etapa puede servir a la coquetería, tanto masculina como femenina, porque el sujeto se oculta a medias detrás de su manifestación y nos provoca la sensación dualista de que en el momento de abrirse a nosotros se nos escapa de entre las manos.” (Georg Simmel, “La coquetería”)

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Llega un momento en la vida de cada uno en que el único acto bondad de que somos capaces hacia los seres más amados tiene que ver mucho con la buena voluntad de no ejercer el juicio sobre ellos; no juzgar puede llegar a ser el único medio para seguir queriéndolos. Quizás por eso, no sólo el amor en general, sino cualquier afecto es ciego, pero ciego a sabiendas de su ceguera. Se necesita algún aprendizaje para saber esto, se necesita haber permanecido largo tiempo en la penumbra más descontentadiza de nuestro yo menos expuesto a la propia opinión. Cuando recuerdo a las pocas personas a las que he querido y que me han querido, cada una a su manera, experimento siempre una fuerte reserva a juzgarlas, por lo que fueron o por lo que hicieron, por lo que no fueron o por lo que no hicieron. Algo muy poderoso en mí se retrae, quiero creer que un sentido superior de la justicia me deja en silencio y piensa en mi lugar y en el lugar vacío de los otros: ¿acaso no fue suficiente que nos soportáramos, acaso no fue suficiente con que no nos hiciéramos más daño?

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El que se retrae para no juzgar a los otros, seguramente es porque no quiere ser juzgado por ellos, y entonces esta reserva es el efecto secreto de un miedo a verse expuesto, desnudo, ante la mirada de los otros, incluso los más cercanos, de la que, cuando menos, sabemos que no será nada complaciente ni benévola; entonces esta reserva es la forma previsoria que adopta la mala conciencia. Aquí, como en todo, los contrarios también se anudan: un cierto sentido de la ecuanimidad es el fruto bien madurado de la mala conciencia, como el resentimiento es ante todo autorresentimiento. Los otros son sólo mediadores de algo que finalmente sólo nos concierne a nosotros mismos. Y quien creía amar así mejor, se da cuenta, tarde pero necesariamente, de que tan sólo se ha estado odiando a sí mismo durante demasiado tiempo y, lo que es peor, al descubrirlo, no deja de seguir haciéndolo.

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Afecto e idea, pensamiento e imagen, dulzura y dureza, expansión y laconismo: siempre hay que estar alerta para evitar la petrificación instantánea del lenguaje. Si la sangre está espesa, que su circulación al menos sea un poco más fluida. Gottfried Benn sabía, como pocos entre los poetas, que todo nuestro problema está en la sintaxis y Jean Baudrillard llevó a cabo en el ensayo y en el aforismo la operación de la que más necesitados estamos respecto al lenguaje actual: hay que hacerle una escrupulosa liposucción, a fin de que el pensamiento pierda su exceso de grasa, porque hoy lenguaje y pensamiento se nos aparecen notoriamente obesos e inmovilizados por una opulencia de inanidad que se cree tanto más concienzuda cuanto más engorda.

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Razonamiento aberrante sobre un afecto desplazado. Una fuerte antipatía, cuando es mutua y se dirige contra el núcleo de la personalidad o de la circunstancia del otro, también crea lazos. Da igual que esos lazos no sean idénticos a otros, quizás más frívolamente deseables, pero el hecho admirable es que tales vínculos, creados por una gran antipatía personal, existen en estado puro y se vuelven, pese a todo, fértiles y dispuestos a desarrollar una extraordinaria capacidad para ser explotados, quizás a través de una locuacidad ingeniosa e imaginativa que puede llegar hasta una verdadera grafomanía. A lo largo de su recorrido, se acaba por olvidar que el afecto originario era justamente el más contrario a la concepción de cualquier afecto, pero sólo es así en la cómoda apariencia de nuestro adormecedor buen sentido, que para lo esencial siempre sestea y más le vale así o de lo contrario el mundo se saldría de sus goznes. Entonces, la antipatía bien administrada, que entretanto se ha convertido en un lazo de unión como otro cualquiera, por extraño que parezca, cobra su verdadera intensidad y, a partir de ahí, uno y otro comparten secretamente un sentimiento cómplice que va más allá de él mismo y fácilmente es concebible que tal unión llegue a una metamorfosis inesperada, pero lo inesperado (la inverosímil confluencia de un azar objetivo y una necesidad subjetiva), sea como quiera, es uno de los rostros más limpios con que se presenta la más secreta de las pasiones, la más indecible y endurecida contra todo. Quien en su vida no alcanza a experimentar esto, no sabe nada realmente de un misterio como es el del nacimiento del estado más auténtico del amor: la concepción misma del inicio y el proceso del enamoramiento.

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El precio de toda intensidad es la monotonía: cuanta más intensidad, en cualquier aspecto de la vida, más tedio. A lo desmesurado de la causa debe seguir lo desproporcionado del efecto. Y, a veces, incluso el placer más vivo tiene algo de hidráulico.

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Alguien está solo, no siempre ama su propia sombra, pero al menos sabe por qué está solo. Además de haberlo querido, es que él era alguien que no deseaba divulgarse, es decir, ofrecerse a los otros en lo que tiene de común con ellos. He ahí una trampa de la que hay protegerse.

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No es difícil llegar a convertirse en una especie de “eyaculador precoz” del sentido condensado en una lucha desesperada contra el sin sentido que la vida nos impone en la multiforme dispersión de los datos de la experiencia, cuando se posee el don innato de la inoportunidad, la que sorprende a los hombres justo en el momento en que adoptan la pose del sueñecito reparador, inscribiéndose en las páginas blancas del libro de la Historia. Hoy, algunos somos aprendices de este tipo sexualmente tan denostado.

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En general, la máxima “moral”- sólo la del que conserva para sí una cierta conciencia de “moralista”- no es otra cosa que el desmenuzamiento, ponderado pero ofensivo, de una misantropía larga y pacientemente destilada gota a gota, pero la antipatía, como todo, hay que saber cómo dispersarla a fin de que no acabe por conjurarse contra nosotros mismos, lo que podría resultar siempre un efecto hiriente que en el fondo quizás se buscaba, se necesitaba. ¿Por qué? Ese será siempre el misterio de la ambivalencia, en la medida en que todo está hecho de ella.

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La omnipresente sensación de la juventud fue la de la invulnerabilidad, un poco como el aura acompaña al santo. Ahora, la falta de sueño, la menor palpitación del corazón o la vacilación del pulso, las pequeñas neuralgias o las mediocres cefaleas, incluso la acidez del estómago, o la más seria obstrucción lenta de las arterias, cualquier mínimo síntoma vale para experimentar la fragilidad de un cuerpo que no es ya aquel cuerpo del joven invulnerable, cuya invulnerabilidad procedía justamente del vigor del cuerpo mismo. La piel que cubre las manos se vuelve áspera y parece cuartearse, ya van apareciendo también los pliegues en la cara y, poco a poco, en casi todas partes. Aunque todavía espontánea, la sonrisa cuesta cada vez más disponerla perceptiblemente sin esfuerzo y ofrecérsela a alguien a quien queremos agradar. Para nuestra sorpresa, que se excita con cada minucia, lo inquietante se acerca y se convierte en un huésped incómodo, como la compañía omnipresente de nuestro nihilismo personal e irrenunciable –otro convidado parasitario al que ya no podremos expulsar nunca de nuestra cena solitaria. La creciente ligereza y libertad del pensamiento contrasta conmovedoramente con la pesadez, rigidez y cansancio del cuerpo. Quizás, por eso, los griegos antiguos, que algo sabían de la relación entre cuerpo y alma, jugaban con las palabras “soma”/”sema” y decían que el cuerpo era una tumba, -una tumba, efectivamente, de la bella juventud del propio cuerpo, ocultada en él mismo: apariencia resplandeciente pero pasajera, de la que sólo la intensidad de un goce sabiamente administrado puede dar cuenta.

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Rodeado de cosas exiguas, acciones previstas, comportamientos automatizados, puntos de vista obligatorios pero indiferenciados, palabras bien calibradas en su generalidad e imprecisión, muecas o rictus que hace tiempo dejaron de ser sonrisas: envuelto en esta benevolencia hacia la realidad, uno puede llegar a creer que el pensamiento lo ha abandonado definitivamente. Cierto, uno ya no es un “hombre espiritual”, no está convencido de que su ser contenga un mundo de infinitas posibilidades. Uno ya no confía tampoco en lo real ni en su doble mejorado e ideal. Uno tampoco tiene pasiones ni vehemencias. Literalmente, uno está vacante, aun cuando no siempre esté de vacaciones. La palabra “espíritu” no logra consolarlo. Sabe que no todos tienen derecho a la nulidad y son aun menos los que se conceden la prerrogativa de vivir en la conciencia afirmativa de la nulidad. Es rara la fuerza de ánimo que lleva a decir: soy nada… y no me toquéis esa nada, dejadla estar.

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Todo se dirige a hacer creer: que uno, cualquiera, nadie, se encuentra como debe: que este mundo ha sido siempre el suyo, el vuestro, el nuestro: que esto, el infierno del tiempo vacío, es como su casa: el dispositivo de gratificación (salario-consumo) funciona exactamente como medio de inhibición de la angustia: la condición generalizada, inconsciente, en el modo de la banalidad. Todo va encaminado a hacer sentir la dulzura de vivir en la facilidad de los artilugios ambientales: el entretenimiento aligera las vidas de los que, si por algún accidente fueran eyectados de él, no encontrarían en sí mismos ni a su alrededor otra cosa que la nulidad y la desesperación (nulidad de lo que son; desesperación por lo que ya no podrán ser…: pero la privación ya no puede ser experimentada: de ahí que viváis en un mundo sin dialéctica). Todo se ofrece para llenar el tiempo vacante: reverso del tiempo en el que uno, cualquiera, nadie, se alquila por horas y efectúa su servicio de relojero: vacancia absoluta en ambos tiempos en los que uno, nadie, cualquiera, llega a ser una función inútil de lo social-ininteligible. Todo se pone a disposición de todos: abertura sexual ilimitada: servicio completo para un mundo petrificado en la redundancia al que ninguna violencia podría cambiar: él mismo reúne toda la potencia de lo violento en la multiplicación aleatoria de las posibilidades combinatorias de vida. Morimos en el hastío que quisiéramos ver consumado de otra manera menos vil: misterio y secreto de nuestra propia violencia inconfesada: contra la violencia de las obligaciones no enunciadas pero omnipotentes: normalidad de la angustia que no se reconoce a sí misma. Tierra de nadie hacia la que todas las corrientes del desafecto convergen y desembocan sin crear nada: negatividad sin polo o positividad absoluta. Tarea cotidiana de una dialéctica doméstica que nos domestica y vuelve irreconocibles: piedad, pero así será mejor, libres, todo os ayuda a dormir un poco más en medio de esta eterna vigilia de un dolor que ya no lo parece.

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Ciudadano de dos mundos, ninguno de los cuales es habitable con exclusión del otro, esquizofrénico arrojado a la penuria de una realidad que alimenta sin saberlo con sus patéticos conceptos, el convaleciente se encuentra enfrentado a la paradoja, es su encarnación viviente: anticipará en la imaginación un estado de salud en el que la aceptación incondicional de la vida no sea impostura, pero también anticipará en la imaginación las delicias secretas de su fin previsto en una enfermedad sin curación. Vivirá entonces de esta doble anticipación simultánea y la una con la otra formarán su capital simbólico. En realidad, no vivirá de ninguna manera, estará condenado a un aplazamiento de la afirmación y la negación como actos puramente intelectuales, como el suicidio en Cioran es la paradoja de un pensar que sólo cobra fuerza porque puede hacerse cesar a sí mismo a través de la eliminación de su sujeto: “cogito” por autoaniquilación del “sum” y viceversa. El convaleciente es el que literalmente ha superado el estado en que todavía el suicidio podía entrar en la escena con un tono trágico, desganado o casi burlón. Es decir, es el hombre que viene después de la supresión de la angustia, el hombre pos-comatoso, el que sale a la escena después del “incipit Zarathustra” y de los cánticos celestiales de la “lucha final”. Es el hombre que, al desalienarse en la plenitud de la oferta, se encontró consigo mismo como con el rostro de nadie. El convaleciente es el que se ha anticipado a la nulidad de todos los fines y el que desprecia la hipocondríaca inconsistencia mundana de todos los medios, ya que la vida no le parece asunto de medios y fines sino juego de signos vacíos que se intercambian según reglas desconocidas de sacrificio y fatalidad.

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No será un “hombre religioso” pero concederá que la interpretación religiosa, al menos, tiene la virtud de suprimir los derechos espúreos del “hombre natural”, creando otro hombre artificial a medida de un proyecto divino del mundo. Aquí Nietzsche se equivocó: la sobrehumanidad no está puesta como fin, no es el arco iris para después de la muerte de Dios, pues si hubiera debido existir una sobrehumanidad cualquiera, ya habría existido alguna vez. No habría que esperar que un vulgar asesino pudiera llegar a algo más que a ser un infrahombre sin remordimientos ni verdaderas esperanzas. El que se libera de lo que sea, sólo lo hace para volverse esclavo abyecto de sí mismo. Todos los “grandes hermanos” lo esperan al recodo de su liberación barata. Es el destinatario ideal para la donación de los órganos de repuesto del “xenocerdo” transgénico o para el trasplante de la cara de los cadáveres. El convaleciente excluye el punto de vista moral sobre el acontecer pero a la vez lo hace en nombre de una moralidad irreductible y superior: la nostalgia del bien y del mal, la nostalgia de lo verdadero y lo falso. Porque cierta forma imprecisa de nostalgia puede desplegar más poder que el mero lamento del que, obligado a diferenciar, ya no sabe cómo hacerlo y está por ello coaccionado a sostener la impostura del mundo como verdad última. Así, la debilidad puede ser la base del peor fundamentalismo: el del no-valor sobreimpresionado en una realidad que ya no domina como valor; puede existir de hecho un fundamentalismo que derive del nihilismo, es la falla que atraviesa el proyecto de la Modernidad, malogrado en la medida en que demasiado bien logrado. La convalecencia sólo tiene sentido como indiferencia, pero una indiferencia genuina, radical, no una gesticulación bastarda de indiferencia: la verdad de la indiferencia es lo más difícil de lograr, porque en ella reside el “supremo bien”. La indiferencia radical es la versión secular de la salvación, la liberación y la redención, en un mundo que ha alcanzado sin sospecharlo el grado cero del sentido, si bien el indiferente sólo se purga a sí mismo, no tiene deuda que expiar y, en cuanto a los lazos del yo y el mundo, demasiado nulos son éstos en sí mismos como para además esforzarse en aniquilarlos. Es lo que podría llamarse una “mística” un tanto banal a medida para el tiempo de la banalidad absoluta del bien y la banalidad absoluta del mal.

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El hombre que escuchaba madrigales soñando con bosques de arces en otoño (¿o eran mimosas en primavera?) sentía el alma plomiza cuando se veía rodeado de sus semejantes. El espíritu pesado de una vida mil veces vivida. Quizás cuando fue perro el alma de sus semejantes no le entristeciera tanto. Hombres y mujeres se pasaban la vida intercambiando relaciones sociales y realizando llamadas de teléfono: otros seres como ellos estaban a su lado en cualquier momento, y a decenas o cientos de kilómetros siempre había alguien más presente con quien comenzar un proceso comunicativo. Desdoblamiento de la presencia para que la empatía de lo social, el narcisismo de la relación, la compañía opaca, la comunicación exigida, todo eso en el cúmulo multiforme de la trasparencia imaginaria, cumplan con la cortesía debida. La abstracción de todo lo humano había convertido al mundo en una red y ahí estábamos atrapados: hilos-nudos unidos a otros hilos-nudos por el espacio vacío.

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Entre “los privilegiados” con estudios superiores, la cultura se había convertido en un ejercicio superfluo anexionado por la banalidad ambiental: el mal gusto era la realidad, con la que nadie mantenía sino relaciones cordialmente indiferentes. Nadie nos exigió nunca nada más que una participación, entre cautelosa e indulgente, en este lenguaje adulterado, hace mucho confiscado por las significaciones y los cuerpos liberados a su propia desolación. No conocimos el dolor de existir, pero tampoco la ebriedad de existir, ni la mística de la negación. Y el placer fue una errancia entre senderos trillados. Tranquilo vagabundeo de reses de matadero que seguirían engordando en ausencia de desenlace en su existencia demasiado favorecida por las proteínas de la carne ajena.

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La vida se nos entregaba como una mujer demasiada acostumbrada a unos amantes de sensualidad calculada que siempre llegaran a la hora convenida. La vida informe, ciega, excavando como un topo las galerías hacia una luz improbable. Y la luz no se encontraba en la consunción de un lenguaje y unos cuerpos impenetrables, cuyos afectos sólo podían revertirse dentro de ellos mismos, como las palabras del autista. La muerte no probaba nada. La vida no probaba nada. El imperativo categórico era la supervivencia. Pero el intercambio estaba regulado hasta en los menores detalles. Odiábamos la fatalidad de ser lo que éramos: respetuosamente indistintos, perdidos de vista, inventando una nueva miseria, la penuria de lo que, en la abstracción de su libertad, no puede devolver lo que se le da.

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El estilo es el filtro que cierne la exuberancia natural de las palabras, su poder de encanto que irrumpe en demasía sobre la puesta en juego de unas reglas recatadas y discretas, las que nos proponemos cumplir a riesgo de la pérdida del decir. El estilo se opone a la obscenidad del lenguaje que asalta y quiere prorrumpir ruidosamente sobre la escena desolada de la escritura. Pero el estilo está limitado por el propio lenguaje, sólo hay que aplicar una contención secundaria, y es esa delimitación segunda la que permite decir que “el estilo es el hombre”, siempre que todos los términos sean entendidos de manera impersonal y no puramente psicológica: no tenemos un sujeto del lenguaje, él por sí mismo es su único soberano y nos obliga a reconocerlo así en todo acto de escritura. El adolescente que todavía ingenuo por la pasión extraña eyacula demasiado pronto sobre el cuerpo de la amada es el que todavía carece de la virtud de contención, porque para él la caricia precipita el goce del cuerpo que no posee. Toda creación busca delimitarse frente a la infinitud del lenguaje, frente a lo no-dicho pero sobre todo frente a lo demasiado fácilmente decible, el recurrente murmullo de lo que se dice sin más. Un infinito quizás accesible con un esfuerzo que no busca recompensa y un infinito siempre franqueado por la ausencia de esfuerzo, que está ahí a la espera de la apropiación subjetiva de los falsos luchadores por la sensatez y el sentido. Pero también es cierto que el estilo maduro es como la múltiple cópula que aminora su intensidad a medida que, al repetirla, conocemos su técnica elaborada para prolongar un placer que no llega y que sólo se alcanza en el mérito vacío de la resistencia a la expulsión: ebriedad entonces en la que todos quedamos nerviosos, y muy pronto indiferentes a la virtud lograda en el lento aprendizaje.

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En el aforismo, la literatura en estado puro se funde con el pensamiento, cuando éste sabe presentarse literalmente como residuo vital de una fragmentación, de un despedazamiento cuya brusquedad sin continuidad exige llenar los espacios blancos del mundo, si el horizonte de visibilidad y totalización de la experiencia se ha perdido. Ya no creemos que la verdad deba seguir un proceso argumentativo que ponga al desnudo la osamenta del intelecto, sólo para mejor escapar a la seducción del humor huidizo del que aquél es sólo la forma social normativa y aceptable.

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La verdad es un objeto de búsqueda continuamente incorporado en el desaliento secreto de la radical ausencia de verdad, verdad de la que sólo podríamos encontrar relatos mutilados, intermitentes excitaciones o delirios parpadeantes de un hallazgo precario. No deja de ser tampoco exacto que en una época dada, como la nuestra, de cuya mera inteligibilidad dudamos con buenas razones, esa ansiada verdad se ausente bajo todas las figuras que pretendieron encarnarla: la fe, la objetividad, la información. Una verdad semejante, que ya no es del orden de un saber especificable, del concepto comunicable en un lenguaje pactado, con sus señales de demarcación bien dispuestas a fin de no traspasar propiedades ajenas o terrenos baldíos,- una verdad tal, cuando ni la fe, ni la objetividad ni la información bastan para decirla, cuando los protocolos de verificación se han convertido en patética simulación, en fin, una verdad de este género es la verdad de lo que está por venir, una verdad de lo que aún no está dado, certificado, compartido, articulado. Esta verdad tan extraña es la verdad de la escritura, o mejor aún, es la verdad en tanto que pura escritura, simple escritura.

63

En el pensamiento como arte de ocultación, se nos dan los resultados, nunca el proceso; se nos presenta la verdad acabada, consumada, perfecta, nunca la verdad haciéndose sensible, deviniendo, metamorfoseándose, pues hemos olvidado, gracias a la acción devastadora de nuestro intelectualismo, que la verdad es ante todo lo que se vive intensamente como verdad en el recorrido de su búsqueda. Para los que están en camino, no hay ningún método. Para los que no renuncian a estar en camino, la verdad tampoco está al final del camino como meta, esperando que el viajero levante el último velo. El camino es la propia verdad y la verdad es el propio camino. A esta identidad vacía es a lo que deberíamos llamar “escritura”. La escritura aforística, liminar, la que sabe establecerse en los límites de lo comunicable y lo conceptualizable de una experiencia, se ha convertido para nosotros, encerrados en nuestra individualidad insuperable de topos que excavan en los legajos del sentido vacío, en una especie extraña de “áscesis” del intelecto sin objeto, en el sentido de un encuentro con lo que supera nuestra mera humanidad convencional, empírica, de seres pensantes cuya existencia psicologizada por las instancias de control ha sido reducida al movimiento de las ideas y los afectos que sólo se refieren a sí mismos. Esta escritura abre el mundo sobre una dimensión diferente, quizás porque se coloca de antemano sobre el abismo de la diferencia radical, sobre la diferencia o extrañamiento entre el hombre y el mundo. Así es como la escritura nos permite el intento de sobrepasar la condición asignada de sujetos, identidades inmóviles y fijadas que desconocen la metamorfosis posible en cada uno de los pedazos de la experiencia externamente codificada y formulada por otros. Una verdad vivida sólo podría tener el aspecto y la figura de la escritura. El primero en saberlo, y con todas sus consecuencias, fue Nietzsche, cuando le concedió a los efectos de lenguaje tanta y tan poderosa determinación sobre el pensamiento. Siempre habló de la seducción de las palabras, con una actitud quizás ambivalente: al contrario de lo que se cree, el laconismo y la concisión, la paradoja como intensidad concentrada del pensamiento hecho estilo, no escapan a la seducción del lenguaje sino más bien ocurre que son la mejor manera de rendirse a ella, muy al contrario de lo que pensaba Cioran, quien creía que el “laconismo” era la estrategia del que quiere escapar a la “plétora verbal”, a ese afán penoso de nuestra cultura por explicarse, por exponerse y mostrarse.

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Liberación o condena, a veces tanto lo uno como lo otro, la soledad puede llegar a convertirse en una buena causa por la que vivir, siempre que no confundamos la soledad con sus máscaras. Pero no confundir a la soledad con sus máscaras es lo más difícil, ya que la soledad como tal, da igual lo que uno quiera hacer con ella, suponiendo que ella se deje hacer, es el grato y no apacible acogerse a todas las máscaras en que uno se ocultaría sin ocultarse realmente en ninguna. La carga de la soledad no es tampoco la que habitualmente se imagina: lo peor y lo mejor de ella es que obliga a sostener sobre los propios hombros todas las cargas que los hombres sociables sólo conocen por breves intervalos de tiempo y sin apenas conciencia del peso múltiple a que se les somete,- ellos, precisamente, los que jamás saben de ningún peso que no sea el mero efecto del desgaste de la conviviliadad social en que tan fructuosamente se encuentran, empleando los subterfugios normativos para escapar a su propio excedente de vida. Porque lo que caracteriza a los otros es la usura que ejercen sobre los que sólo cuentan consigo mismos como único material y recurso de vida.

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La soledad es la imposibilidad de descarga fuera de los propios límites, es decir, fuera de las reservas de una vida clausurada sobre sí misma. Por eso, los solitarios son los últimos reductos que resisten al “aligeramiento” obligado de la vida: estos solitarios huyen como de la peste de cualquier vínculo humano que no hayan elegido dentro de los límites de su capacidad siempre tornadiza de aguante. Lo que a primera vista parece desprecio es sólo cortesía ofrecida a los otros, a fin de no exigirles más de lo que pueden dar, – si no aceptamos que el dolor es un universal que iguala a los hombres… Puede que la soledad sólo signifique una forma de mala conciencia: es un viejo lugar común creer que todos los malvados aman la soledad, y entonces ésta equivaldría a su castigo. Pero esto no lo reconoceríamos, tan cierto desde que la maldad real se ha vuelto pública y exhibicionista de sus mejores dones: en esta coyuntura, el solitario sería tan sólo la víctima autogratificada y autosacrificada de sus más íntimos impulsos de maldad, para al final acabar siendo tan sólo el pobre diablo que moraliza sobre la maldad de los otros… Con lo que se concluye que la soledad, lejos de ser lo que parece, se convierte en una forma inesperada de bondad e incluso de “amor a la humanidad”. Ya que en el mundo social, uno no tiene otro valor real que el de su capacidad para intercambiarse por su propia imagen, recibiendo en graciosa contrapartida la imagen de los demás. El solitario escapa a esta regla: para él la estupidez sólo cobra un valor precioso si queda establecida como derecho a la propia estupidez.

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