BIOGRAFÍA CUADERNOS DE TRABAJO LÍRICA 2009-2010

SOBRE EMBOSCADAS Y SENTIMIENTOS ESDRÚJULOS (2009-2011)

Todas las palabras esdrújulas,
como los sentimientos esdrújulos,
son naturalmente
ridículas.

Fernando Pessoa  (Álvaro de Campos)

 

1

Forma y contenido. Los sentimientos humanos son algo noble en sí mismo, incluso cuando las personas que los experimentan sean seres mezquinos e incapaces de darles sentido expresándolos en bellas palabras. Por eso, quien sabe hacerlo, debe hablar de ellos en un lenguaje que les devuelva su dignidad originaria, y eso vale hasta para las conversaciones más espontáneas de la vida diaria: en dónde, sino, habrían de encontrar refugio y asilo, en dónde sino en las pocas vías de escape que nos quedan. Entonces, hay que disculpar en ocasiones un énfasis o una presunción en las palabras que quieren estar a la altura de lo que hablan. A riesgo de pedantería, es mejor que forma y contenido no aparezcan como disonantes, tampoco y sobre todo en la vida diaria. Quizás ésta sea también la función esencial de todo código de cortesía, de todo distanciamiento ceremonial y jerárquico en las maneras y relaciones sociales: los signos deben establecer diferencias, nunca igualdades; y tampoco cualquiera puede, sabe y tiene derecho a emplearlos.

2

“Tuyo para toda la vida”. Según la exquisita percepción de los guionistas de Hollywood, el pensamiento femenino acerca del hombre es notablemente dicotómico, aunque no por ello inexacto ni simplificador. Véase una muestra. En un diálogo, una mujer le dice a otra: “Si le acaricias la polla a un hombre, es tuyo por una noche; si le acaricias el “yo”, es tuyo para toda la vida”. Desde luego, si el cine actual se pudiera elaborar sobre la base de diálogos así, se ganaría mucho en precisión conceptual y, para nuestro beneficio y deleite, perdería otro tanto en abyecta locuacidad banal y otros ruidos humanos.

3

Crates, el cínico, Hipatia y yo. En un pasado juvenil remoto, cuando estaba enamorado, con síntomas graves de ensimismamiento, me sentía intensamente excitado a todas horas, más despierto y vivo, renovado; podía llegar hasta la imagen delirante de la autocreación subjetiva, fantaseando sobre un tiempo de comprensión universal. Olvidaba demasiadas realidades empíricas. A veces también me invadía un lánguido entumecimiento que me volvía benévolo hasta con los más execrables defectos de los hombres y me empujaba a adorar a la Mujer en cada mujer. Este embrutecimiento acababa en el más fatigoso de los desengaños: de este amor como “cosa mentale” se pasaba casi sin transición a las sábanas revueltas y sucias y la luz de la mente iba poco a poco dejando de iluminar lo que una vez fue un esbozo aureolado de vida futura. Luego ya llegado a la madurez, aprendí algunas cosas. Por ejemplo, la historia del cínico Crates, recordada por Diógenes Laercio. Al conocido cínico le cuchichearon bocas de mal hálito y peores intenciones que una mujer le seguía los pasos y decía estar muy interesada en sus frugales doctrinas éticas, e incluso que podía querer algo más de él. Crates se presentó en casa de esta mujer, una tal Hipatia, y llegándose a su lado, se quitó el “himation” o túnica multiuso de basta lana que los cínicos convirtieron en su uniforme iniciático, quedándose desnudo como un niño recién nacido. Se limitó a presentarse: “Aquí estoy”. Se dice que desde entonces Hipatia lo acogió con mayor agrado y se hizo su discípula. No todas las historias de amor son ridículas.

4

Comodín. Papel de “joker” frente a la reina de los corazones: conmiserativamente autosuficiente. Lo monstruoso de la palabra dice la verdad del sentimiento que expresa.

5

Efecto de perspectiva. Como hombre demasiado deshabituado al trato con mujeres, uno tiene el prejuicio de que una mujer, por el solo hecho de serlo, posee alguna particular aptitud para el amor. No se necesita mucho tiempo de trato para desengañarse, incluso si uno nunca había albergado expectativas muy altas al respecto. Siempre es un puro efecto de perspectiva el que lo confunde todo.

6

“Malos estudiantes”. “Todo el universo obedece al amor”. ¡Pero cuántos hombres y cuántas mujeres, errante multitud de condenados sin saberlo, hicieron novillos el día de la Creación!

7

Palabras salvadoras. El inglés es una lengua germánica un tanto bastardeada, a la que la historia le ha propinado un “lifting” hasta el punto de replegarle la gramática por encima del occipucio. El alemán, sin embargo, engorda como un puerco bien cebado y su morfología sufre de obesidad mórbida. El francés es como tener un calambre en los labios, éstos se quedan agarrotados hacia fuera en forma de embudo. Pero a la hora de decir tonterías, todas las lenguas son igualmente escuetas y fastidiosas: “I love you”, “Ich liebe dich”, “Je t´aime”… La lengua humana es sabia en otro sentido, pues a través de esta parquedad de ciertas expresiones comprometedoras evita el sonrojo que conlleva toda insinceridad. 

8

Nuevo precepto. El que sufre por los que ama, hará sufrir a los que ama. Principio ampliado del “amor al prójimo”, poco escrupuloso o puede que lo contrario, pero necesario como contrapunto a tanta estupidez psicológica.

9

“The gunman”. Uno apostaba muy alto contra la banca, pensaba asaltarla o hacerla saltar, poco importa, no entraba en consideraciones de método. Al final ya de la partida, se dio cuenta tarde, demasiado tarde, de que la banca en realidad no disponía de fondos, luego no podía cubrir la apuesta. Y héme aquí con fichas de muchos colores pero que no valen nada. “Manos blancas -en este caso, vacías- no ofenden”.

10

“Round head”. Él es una “cabeza sin mundo” y hay quien se lo reprocha con amargura. Pero ya es algo ser por lo menos una cabeza cuando el mundo hace tiempo que está sin cabeza.

11

Húmeda oscuridad. Si yo soy oscuridad, tú debes ser humedad, porque entre nosotros sólo crecen setas venenosas y sólo de vez en cuando alguna comestible.

12

Problemas de comunicación amorosa. A veces pienso hasta qué punto la adicción a la literatura no me ha vuelto un hombre hipercodificado, pues todo tengo que cifrarlo y descifrarlo en unos términos, giros y procedimientos que acaban por embarullarlo todo en mis relaciones personales. De todos modos, es bien cierto que la comunicación entre seres altamente diferenciados plantea serios problemas relacionados con la forma de codificación del mensaje. Existe en ellos una irresistible tendencia a hipercocodificar o transcodificar sus mensajes, lo que a su vez vuelve muy compleja y difícil toda recepción de señales. En el contexto de la coquetería, definida como un “dar señales en el juego amoroso, sin comprometerse abiertamente” (acepción segunda del verbo “coquetear” en el diccionarios de la RAE), los problemas de comunicación se vuelven perentorios, se abren sobre un verdadero abismo de sentido, todo él lleno de peligros, insidias y otras variantes del juego de la duplicidad y lo sobrentenido: entonces los sentimientos vacilan, oscilan, se vuelven inestables en este proceso de codificación, en el que lo lúdico de la forma amenaza la seriedad de las intenciones. Es realmente el vértigo del sentido en el que el amor se hace pedazos.

13

Trampantojo emocional. Algunas mujeres, si fueran “streappers”, llevarían una doble o triple malla protectora de su bella epidermis, del mismo color que la piel.

14

La razón de por qué lo caliente ama lo frío. Uno se da cuenta de que empieza a enamorarse de una mujer, cuando, al acercarse a ella, siente cómo se pone a funcionar a toda máquina su aparato de refrigeración interior.

15

Capital inicial. Elegir una u otra forma de vida depende de la clase de amor propio que un hombre se profesa obstinadamente a sí mismo. La única pregunta que hay que hacerse en cada caso y la que es decisivo saber responder con autenticidad es: ¿cómo deseas vivir y cómo vives realmente para poder conservar y, sobre todo, aumentar tu amor propio?

16

No hay Ley contra el Amor. Para ciertas mujeres, la ley debería haber prevenido automáticas órdenes de alejamiento. Nos ahorraríamos los hombres un conocimiento demasiado exacto de la estupidez y la perfidia de tono menor. Y sobre todo, podríamos vivir como si ignoráramos nuestra radical servidumbre.

17

Obediencia a los signos electivos. No sé por qué soy tan sensible a todo lo que emite sonidos tintineantes parecidos a un cascabel. Seguramente es porque he tenido demasiado cerca demasiadas veces a una de esas serpientes que se anuncian moviendo el sonajero de su cola.

18

Desimbolización del “eros”. La respuesta al porqué de la pobreza afectiva de las llamadas “relaciones sentimentales” de nuestro tiempo es quizás la siguiente. El hombre ha perdido el imaginario de la mujer en la misma medida, siempre creciente, desde hace unos ciento cincuenta años, en que la mujer ha perdido como mujer la imaginación de sí misma, al entregarse insensatamente a la homologación estandarizada de sus aspiraciones y más secretos deseos. Un sexo para el otro sólo existe y tiene sentido en la modalidad del puro reflejo recíproco, es decir, en el intercambio, casi siempre culturalmente regulado por convenciones y hábitos, de dos imaginaciones, productivas ellas mismas de las únicas condiciones en que el “eros” como atracción de contrarios puede desplegarse y funcionar con un mínimo de poder de ilusión, de engaño creativo. Sin este poder no hay más que un intercambio de imposturas y patetismos carentes de espesor: desimbolización del “eros”, quizás tanto mejor para la necesaria rapidez acelerada y superflua con que todo aparece y desaparece hoy. Hay en la actualidad toda una nueva vertiginosa “estética de la desaparición del eros”, ella misma evanescente.

19

“Un hombre de verdad”. El hombre “visceral” es el que “eviscera” moral y psicológicamente a sus semejantes, que pueden también ser sus víctimas, tanto al menos como ellas lo pueden convertir en víctima a él de una mirada igualmente despiadada. Pese a su discreción, su retiro y su silencio, todo verdadero moralista, más allá del odio y la aversión que despierta su sola presencia incómoda, es casi con seguridad, en secreto, un “hombre visceral” con esta característica tan desgraciada y poco favorable al trato mundano.

20

Habla una mujer que desconoce su poder de seducción. ¿Qué significa saber que una es muy deseada? En primer lugar, por poco que una sea justa consigo misma, eso quiere decir que nuestro espejo no se equivoca, luego partimos de la certeza y no ponemos en duda nuestros derechos a ser deseados. Entonces, y nadie nos podría negar este privilegio absoluto, sabemos que podemos exigir una cierta forma manifiesta de cortesía y sometimiento educado, no luchamos contra un enemigo sino a favor de alguien que nos adula infinitamente: se acerca a nosotros como el aire agita el fuego, pero somos sensatos y soplamos un poco la llama para avivarla, pero no demasiado. Dadas estas condiciones, lo así reconocido como “bello”, es decir, mi espejo y yo, y todos los que así me tratan, gozamos del deleite anticipado, del que ellos están obligados a abstenerse, pero por poco que yo sea comunicativa de ese sabio deleite, desataré lo secreto de la vileza de pasiones especulativas.

21

“Lectio difficilior” de una mujer. ¿En qué sentido, coloquialmente hablando, se dice que “esta mujer tiene morbo”? Si “morbo” se define como una particular especie de “interés malsano” (como “dañoso a la moral o a la salud de alguien”, partiendo del sujeto, que es en realidad el objeto del otro, del que se dice que tiene o produce “morbo”), entonces la mujer que tiene o produce “morbo” se relaciona de algún modo con una sugestión tácita, latente, a través de la cual se adivina una forma de seducción peligrosa por algún motivo oculto, el cual por sí solo ya viene a redoblar la propia seducción originaria. Lo “deseable” de esta clase de “mujer morbosa” o que produce o tiene “morbo” está entonces escondido, no sale a la superficie más que de manera subrepticia: su deseabilidad (que no tiene mucho que ver con la mera atracción sexual informe) es como una promesa de tierra desconocida. En general, esto no puede decirse de toda mujer, ni siquiera de aquellas en las que se presupone una disposición efectiva a la deseabilidad por motivaciones fáciles de comprender; más bien, son muy pocas las elegidas, las que verdaderamente pueden desencadenar este extraño “interés malsano” con que se despierta una clase de deseo masculino extremadamente contradictorio. Quizás esta clase de mujer exige una “lectio difficilior” de la que pocos hombres podrían presumir.

22

Parejeros y parejas. Desde que se creen o fingen creerse “iguales” (es decir, equivalentes, conmutables), los seres humanos se han convertido en seres más vulgares de lo que realmente son. La lógica generalizada del “parejero” moderno hace estragos en todas partes.

23

Amor excedentario. Manubrio de inercial frotación de genitales, indiscriminado o legalizado: no merecía un nombre tan noble. Pero no volvamos sobre algo tan justamente difamado por los misántropos de todos los tiempos. Seamos más precisos: la unión nominal no asegura que uno haya seducido al otro. Lo más probable es que tal unión sólo pueda existir y mantenerse en ausencia de toda verdadera seducción, por eso la buscan, sin saber qué buscan, en otra parte. De donde es muy fácil deducir una casi inverosímil acumulación de excedentes libidinales en estado flotante (y no sólo estadísticamente significativos sino sobre todo perentoriamente ontológicos).

24

Grumos de amor. El matrimonio es como la fecha de caducidad de los alimentos envasados: te indica cuándo la pasión, suponiendo que preexistiera, se ha puesto o se va a poner pronto agria, con el consiguiente olor desagradable.

25

Sensualidad e intelecto. Todos los hombres tienen un cerebro y un sexo. Pero del mismo modo que pocos saben hacer uso de su cerebro (habitualmente atascado en operaciones rutinarias penosas), no son seguramente muchos más los que saben hacer buen uso de su sexo. Al contrario de lo que una demasiado larga y perdurable tradición cristiano-platónica nos ha obligado a creer, hasta dejarnos marcas indelebles en el espíritu y en el cuerpo, la espiritualidad profunda de un hombre está estrechamente vinculada con la disponibilidad de una gran reserva de energía sexual, de la que puede hacer usos muy ricos y variados. Sensibilidad, inteligencia, juicio, lucidez, cultura, talento, ingenio… y lujuria corren juntos y en paralelo. Es indiferente que muchos hombres ni lo sepan ni tengan acceso a esta unidad de fuerzas, pero, a partir de ahí, muchas combinaciones, afortunadas o no, son posibles. Creo que es esta unidad de fuerzas activas lo que atrae y da miedo a algunas mujeres, que pueden habérselas con hombres puramente sensuales o puramente intelectuales por separado, pero muy raramente son capaces de enfrentar una unidad que pone en peligro su poder de seducción y su propia dominación. A un hombre sensual se le domina con facilidad por el lado de su exceso de sensualidad; a uno intelectual, por el lado de su privación de sensualidad. Pero ¿qué puede una mujer ante hombres en los que ambas energías, libidinal y espiritual, están bien desarrolladas? Nada cambia en los papeles habituales, pero para ambos surge una extraña novedad, que es el punto de mordiente que toda pasión necesita para estimularse y sobrevivir.

26

Razonamiento aberrante sobre un afecto desplazado. Una fuerte antipatía, cuando es mutua y se dirige contra el núcleo de la personalidad o de la circunstancia del otro, también crea lazos. Da igual que esos lazos no sean idénticos a otros, quizás más frívolamente deseables, pero el hecho admirable es que tales vínculos, creados por una gran antipatía personal, existen en estado puro y se vuelven, pese a todo, fértiles y dispuestos a desarrollar una extraordinaria capacidad para ser explotados, quizás a través de una locuacidad ingeniosa e imaginativa que puede llegar hasta una verdadera grafomanía. A lo largo de su recorrido, se acaba por olvidar que el afecto originario era justamente el más contrario a la concepción de cualquier afecto, pero sólo es así en la cómoda apariencia de nuestro adormecedor buen sentido, que para lo esencial siempre sestea y más le vale así o de lo contrario el mundo se saldría de sus goznes. Entonces, la antipatía bien administrada, que entretanto se ha convertido en un lazo de unión como otro cualquiera, por extraño que parezca, cobra su verdadera intensidad y, a partir de ahí, uno y otro comparten secretamente un sentimiento cómplice que va más allá de él mismo y fácilmente es concebible que tal unión llegue a una metamorfosis inesperada, pero lo inesperado (la inverosímil confluencia de un azar objetivo y una necesidad subjetiva), sea como quiera, es uno de los rostros más limpios con que se presenta la más secreta de las pasiones, la más indecible y endurecida contra todo. Quien en su vida no alcanza a experimentar esto, no sabe nada realmente de un misterio como es el del nacimiento del estado más auténtico del amor: la concepción misma del inicio y el proceso del enamoramiento.

27

Pérdida y deseo. Complicidad en el decir y en las intenciones, familiaridad abierta en el trato, simpatía mutua teñida de una oculta ternura: las formas elementales en que se cultiva y crece el amor, con el tiempo bonancible y el viento a favor. Pero si se quedan así estabilizadas, en ese estado inicial, incubación virtual de algo más poderoso y profundo; si el raquitismo de su crecimiento se trasforma en hábito normal y rutinario (lo cual es bien posible cuando se comparte un reducido horizonte vital, unas situaciones limitadas y unos obstáculos tan tenaces como estúpidos), entonces el amor languidece en el que insensatamente se entregó a él, bajo la tácita promesa incumplida de su comienzo delicado y exquisito. Y entonces la pena se vuelve pena por lo amado, por lo perdido y por uno mismo, que es la peor de las penas.

28

“Heautontimoroumenos”. Por cada gesto hostil, por cada palabra dolida, por cada premeditación de ofensa, por cada tristeza secreta comunicada, el placer indecible de ser la puñalada contra mi pecho y contra su pecho: extraña coerción fatal que me parece un infinito impulso de libertad en el dolor, primero diferido, luego compartido.

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