BIOGRAFÍA CUADERNOS DE TRABAJO LÍRICA 2009-2010

SOBRE EMBOSCADAS Y SENTIMIENTOS ESDRÚJULOS (INFANTES, 2009-2012)

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Los sentimientos humanos son algo noble en sí mismo, incluso cuando las personas que los experimentan sean seres mezquinos e incapaces de darles sentido expresándolos en bellas palabras. Por eso, quien sabe hacerlo, debe hablar de ellos en un lenguaje que les devuelva su dignidad originaria, y eso vale hasta para las conversaciones más espontáneas de la vida diaria: en dónde, sino, habrían de encontrar refugio y asilo, en dónde sino en las pocas vías de escape que nos quedan. Entonces, hay que disculpar en ocasiones un énfasis o una presunción en las palabras que quieren estar a la altura de lo que hablan. A riesgo de pedantería, es mejor que forma y contenido no aparezcan como disonantes, tampoco y sobre todo en la vida diaria. Quizás ésta sea también la función esencial de todo código de cortesía, de todo distanciamiento ceremonial y jerárquico en las maneras y relaciones sociales: los signos deben establecer diferencias, nunca igualdades; y tampoco cualquiera puede, sabe y tiene derecho a emplearlos.

2

Según la exquisita percepción de los guionistas de Hollywood, el pensamiento femenino acerca del hombre es notablemente dicotómico, aunque no por ello inexacto ni simplificador. Véase una muestra. En un diálogo, una mujer le dice a otra: “Si le acaricias la polla a un hombre, es tuyo por una noche; si le acaricias el “yo”, es tuyo para toda la vida”. Desde luego, si el cine actual se pudiera elaborar sobre la base de diálogos así, se ganaría mucho en precisión conceptual y, para nuestro beneficio y deleite, perdería otro tanto en abyecta locuacidad banal y otros ruidos humanos.

3

En un pasado juvenil remoto, cuando estaba enamorado, con síntomas graves de ensimismamiento, me sentía intensamente excitado a todas horas, más despierto y vivo, renovado; podía llegar hasta la imagen delirante de la autocreación subjetiva, fantaseando sobre un tiempo de comprensión universal. Olvidaba demasiadas realidades empíricas. A veces también me invadía un lánguido entumecimiento que me volvía benévolo hasta con los más execrables defectos de los hombres y me empujaba a adorar a la Mujer en cada mujer. Este embrutecimiento acababa en el más fatigoso de los desengaños: de este amor como “cosa mentale” se pasaba casi sin transición a las sábanas revueltas y sucias y la luz de la mente iba poco a poco dejando de iluminar lo que una vez fue un esbozo aureolado de vida futura. Luego ya llegado a la madurez, aprendí algunas cosas. Por ejemplo, la historia del cínico Crates, recordada por Diógenes Laercio. Al conocido cínico le cuchichearon bocas de mal hálito y peores intenciones que una mujer le seguía los pasos y decía estar muy interesada en sus frugales doctrinas éticas, e incluso que podía querer algo más de él. Crates se presentó en casa de esta mujer, una tal Hipatia, y llegándose a su lado, se quitó el “himation” o túnica multiuso de basta lana que los cínicos convirtieron en su uniforme iniciático, quedándose desnudo como un niño recién nacido. Se limitó a presentarse: “Aquí estoy”. Se dice que desde entonces Hipatia lo acogió con mayor agrado y se hizo su discípula. No todas las historias de amor son ridículas.

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Papel de “joker” frente a la reina de los corazones: autoconmiserativamente autosuficiente. Lo monstruoso de la palabra dice la verdad del sentimiento que expresa.

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A veces pienso hasta qué punto la adicción a la literatura no me ha vuelto un hombre hipercodificado, pues todo tengo que cifrarlo y descifrarlo en unos términos, giros y procedimientos que acaban por embarullarlo todo en mis relaciones personales. De todos modos, es bien cierto que la comunicación entre seres altamente diferenciados plantea serios problemas relacionados con la forma de codificación del mensaje. Existe en ellos una irresistible tendencia a hipercocodificar o transcodificar sus mensajes, lo que a su vez vuelve muy compleja y difícil toda recepción de señales. En el contexto de la coquetería, definida como un “dar señales en el juego amoroso, sin comprometerse abiertamente” (acepción segunda del verbo “coquetear” en el diccionarios de la RAE), los problemas de comunicación se vuelven perentorios, se abren sobre un verdadero abismo de sentido, todo él lleno de peligros, insidias y otras variantes del juego de la duplicidad y lo sobrentenido: entonces los sentimientos vacilan, oscilan, se vuelven inestables en este proceso de codificación, en el que lo lúdico de la forma amenaza la seriedad de las intenciones. Es realmente el vértigo del sentido en el que el amor se hace pedazos.

6

Algunas mujeres, si fueran “streappers”, llevarían una doble o triple malla protectora de su bella epidermis, del mismo color que la piel.

7

Uno se da cuenta de que empieza a enamorarse de una mujer, cuando, al acercarse a ella, siente cómo se pone a funcionar a toda máquina su aparato de refrigeración interior.

8

Elegir una u otra forma de vida depende de la clase de amor propio que un hombre se profesa obstinadamente a sí mismo. La única pregunta que hay que hacerse en cada caso y la que es decisivo saber responder con autenticidad es: ¿cómo deseas vivir y cómo vives realmente para poder conservar y, sobre todo, aumentar tu amor propio?

9

Para ciertas mujeres, la ley debería haber prevenido automáticas órdenes de alejamiento. Nos ahorraríamos los hombres un conocimiento demasiado exacto de la estupidez y la perfidia de tono menor. Y sobre todo, podríamos vivir como si ignoráramos nuestra radical servidumbre.

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No sé por qué soy tan sensible a todo lo que emite sonidos tintineantes parecidos a un cascabel. Seguramente es porque he tenido demasiado cerca demasiadas veces a una de esas serpientes que se anuncian moviendo el sonajero de su cola.

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La respuesta al porqué de la pobreza afectiva de las llamadas “relaciones sentimentales” de nuestro tiempo es quizás la siguiente. El hombre ha perdido el imaginario de la mujer en la misma medida, siempre creciente, desde hace unos ciento cincuenta años, en que la mujer ha perdido como mujer la imaginación de sí misma, al entregarse insensatamente a la homologación estandarizada de sus aspiraciones y más secretos deseos. Un sexo para el otro sólo existe y tiene sentido en la modalidad del puro reflejo recíproco, es decir, en el intercambio, casi siempre culturalmente regulado por convenciones y hábitos, de dos imaginaciones, productivas ellas mismas de las únicas condiciones en que el “eros” como atracción de contrarios puede desplegarse y funcionar con un mínimo de poder de ilusión, de engaño creativo. Sin este poder no hay más que un intercambio de imposturas y patetismos carentes de espesor: desimbolización del “eros”, quizás tanto mejor para la necesaria rapidez acelerada y superflua con que todo aparece y desaparece hoy. Hay en la actualidad toda una nueva vertiginosa “estética de la desaparición del eros”, ella misma evanescente.

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El hombre “visceral” es el que “eviscera” moral y psicológicamente a sus semejantes, que pueden también ser sus víctimas, tanto al menos como ellas lo pueden convertir en víctima a él de una mirada igualmente despiadada. Pese a su discreción, su retiro y su silencio, todo verdadero moralista, más allá del odio y la aversión que despierta su sola presencia incómoda, es casi con seguridad, en secreto, un “hombre visceral” con esta característica tan desgraciada y poco favorable al trato mundano.

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¿En qué sentido, coloquialmente hablando, se dice que “esta mujer tiene morbo”? Si “morbo” se define como una particular especie de “interés malsano” (como “dañoso a la moral o a la salud de alguien”, partiendo del sujeto, que es en realidad el objeto del otro, del que se dice que tiene o produce “morbo”), entonces la mujer que tiene o produce “morbo” se relaciona de algún modo con una sugestión tácita, latente, a través de la cual se adivina una forma de seducción peligrosa por algún motivo oculto, el cual por sí solo ya viene a redoblar la propia seducción originaria. Lo “deseable” de esta clase de “mujer morbosa” o que produce o tiene “morbo” está entonces escondido, no sale a la superficie más de manera subrepticia: su deseabilidad (que no tiene mucho que ver con la mera atracción sexual informe) es como una promesa de tierra desconocida. En general, esto no puede decirse de toda mujer, ni siquiera de aquellas en las que se presupone una disposición efectiva a la deseabilidad por motivaciones fáciles de comprender; más bien, son muy pocas las elegidas, las que verdaderamente pueden desencadenar este extraño “interés malsano” con que se despierta una clase de deseo masculino extremadamente contradictorio. Quizás esta clase de mujer exige una “lectio difficilior” de la que pocos hombres podrían presumir.

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Desde que se creen o fingen creerse “iguales” (es decir, equivalentes, conmutables), los seres humanos se han convertido en seres más vulgares de lo que realmente son. La lógica generalizada del “parejero” moderno hace estragos en todas partes.

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El matrimonio es como la fecha de caducidad de los alimentos envasados: te indica cuándo la pasión, suponiendo que preexistiera, se ha puesto o se va a poner pronto agria, con el consiguiente olor desagradable.

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Todos los hombres tienen un cerebro y un sexo. Pero del mismo modo que pocos saben hacer uso de su cerebro (habitualmente atascado en operaciones rutinarias penosas), no son seguramente muchos más los que saben hacer buen uso de su sexo. Al contrario de lo que una demasiado larga y perdurable tradición cristiano-platónica nos ha obligado a creer, hasta dejarnos marcas indelebles en el espíritu y en el cuerpo, la espiritualidad profunda de un hombre está estrechamente vinculada con la disponibilidad de una gran reserva de energía sexual, de la que puede hacer usos muy ricos y variados. Sensibilidad, inteligencia, juicio, lucidez, cultura, talento, ingenio… y lujuria corren juntos y en paralelo. Es indiferente que muchos hombres ni lo sepan ni tengan acceso a esta unidad de fuerzas, pero, a partir de ahí, muchas combinaciones, afortunadas o no, son posibles. Creo que es esta unidad de fuerzas activas lo que atrae y da miedo a algunas mujeres, que pueden habéserselas con hombres puramente sensuales o puramente intelectuales por separado, pero muy raramente son capaces de enfrentar una unidad que pone en peligro su poder de seducción y su propia dominación. A un hombre sensual se le domina con facilidad por el lado de su exceso de sensualidad; a uno intelectual, por el lado de su privación de sensualidad. Pero ¿qué puede una mujer ante hombres en los que ambas energías, libidinal y espiritual, están bien desarrolladas? Nada cambia en los papeles habituales, pero para ambos surge una extraña novedad, que es el punto de mordiente que toda pasión necesita para estimularse y sobrevivir.

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Complicidad en el decir y en las intenciones, familiaridad abierta en el trato, simpatía mutua teñida de una oculta ternura: las formas elementales en que se cultiva y crece el amor, con el tiempo bonancible y el viento a favor. Pero si se quedan así estabilizadas, en ese estado inicial, incubación virtual de algo más poderoso y profundo; si el raquitismo de su crecimiento se trasforma en hábito normal y rutinario (lo cual es bien posible cuando se comparte un reducido horizonte vital, unas situaciones limitadas y unos obstáculos tan tenaces como estúpidos) -, entonces el amor languidece en el que insensatamente se entregó a él, bajo la tácita promesa incumplida de su comienzo delicado y exquisito. Y entonces la pena se vuelve pena por lo amado, por lo perdido y por uno mismo, que es la peor de las penas.

 

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