CUENTOS MORALES MICRORRELATO POLÍTICO

AUGURIO Y VOLUNTAD (1) (2017)

El cónsul se acercó a la mesa de piedra sacrificial, junto a la pira en la que el sacerdote ahora quemaba incienso y recitaba largas letanías. Miraba con fijeza las entrañas, higadillos, mollejas, pulmones, pequeños intestinos sanguinolentos minuciosamente ordenados junto al cuerpo abierto del ave.

Respiraba hondo y aspiraba a la vez el aire perfumado que se desprendía de la pira, y luego dirigía hacia arriba su mirada siguiendo el hilillo tenue de la humareda que le fascinaba por arcano de la costumbre.

El otro sacerdote, lavándose las manos en una pileta de agua apenas enrojecida, guardaba silencio, hasta que el cónsul, dirigiendo sus ojos hacia él, le solicitó el augurio.

El sacerdote habló por fin con tono angustiado en medio de entrecortadas pausas y hondos suspiros:

-Grandes males acechan a la República. Los esclavos se muestran reacios a cumplir las órdenes de sus amos. Los pueblos que pastorean nuestros ganados en las montañas se agitan en abierta rebeldía y, descendiendo a los ricos valles y campiñas de pan llevar, asaltan las villas patricias. La plebe urbana está inquieta por el creciente precio del trigo importado de Egipto. Los publicanos extranjeros se han hecho con el monopolio de nuestras rentas públicas. Los galos han atravesado ya el río Po. Tres legiones han sido aniquiladas por los partos en Oriente. Las esposas legítimas, matronas de linaje conocido, fornican con gañanes en impúdica licencia. Todo esto es sabido. Las vísceras nos advierten y aconsejan: es momento de grandes decisiones. El augurio es bueno, si bien la bilis está un poco oscura, los hígados muestran deformidades innaturales y están quizás demasiado tumefactos. Un olor execrable se desprende de los pulmones, eso no lo puedo ocultar. Es hora de tomar decisiones que ya no pueden procrastinarse por más tiempo.

El cónsul, como solía, bajó la mirada, no humillado sino tal vez autoindulgente con su mejor saber, respiró aún más hondo que de costumbre, luego alzó otra vez la mirada, que seguía fascinada en el humo que se iba deshilachando, la fijó en algún punto, mucho más allá por encima de los hombros del sacerdote, y logró articular, alargando el brazo con el dorso extendido de la mano hasta ponerlo en perpendicular con su cuerpo:

-Pero este invierno, ¿va a llover un poco más, no?

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