PENSAMIENTO CONTEMPORÁNEO

“SOMOS CUENTOS CONTANDO CUENTOS: NADA” (PESSOA)

Palabras pertenecientes a una de las breves odas de Ricardo Reis, el astuto pagano, en ellas se dice algo así como esto: nuestra insignificancia y precariedad en el universo es la de los “contadores de cuentos” que a su vez son ellos mismos “cuentos”. “Ser cuento” el hombre puede significar que el hombre está hecho de pretéritas narraciones y narraciones futuras, que su presente es ya narrativo. Hay que entrar aún más adentro de esta paradoja dada por palabras que interpretan palabras, no para salir de ella sino para prolongarla hasta donde se disuelva la ilusión de su sentido.

El hombre es cuento, y en tanto es cuento, cuenta cuentos. No nos importa sobre qué, para qué o por qué, más bien diríamos: su esencia es cuento porque su existencia es narrativa, narradora y narrada. Si el poeta es un “fingidor”, eso se debe a que es uno de los que mejor saben contar cuentos, determinada clase de cuentos.

Ser cuento y contador de cuentos no es una misma esencia y dos fenómenos, aunque hay una evidente correspondencia: no sólo el hombre cuenta cuentos, también él mismo es cuento. El hombre es su propia invención como hombre, el hombre finge ser hombre y en ese cuento está atrapado porque debe contarse como cuento y nada más. Pero ese “nada más” dice mucho: pone en juego la determinación histórico-existencial más profunda de ser hombre como “ficción” de hombre. Esta es nuestra época, la que más astutamente que ninguna otra ha fingido poseer la esencia del “hombre”.

En las palabras de Pessoa late cierto desprecio hacia el cuento y el contador de cuentos, quizás un viejo prejuicio arraigado en la compostura platónica de nuestra cultura, aunque Reis ejerza el poético papel de epicúreo y estoico y concilie viejas contradicciones cristianas. Porque el contador miente y el cuento (mito, fábula, leyenda, conseja, historias) es mentira, una agradable mentira para los hombres de la “doxa” y una mentira peligrosa para los hombres de la “aletheia”.

Las palabras de Pessoa dicen a un mismo tiempo las dos “mentiras”: la esencia del hombre no es vivir en la verdad, sino vivir en la mentira y desde Nietzsche ya sabemos lo que esto significa: el mundo como juego de ilusiones, apariencias, simulacros. El ser cuento y contador de cuentos es estar instalado para siempre y desde siempre en la “mentira”, en la ilusión de verdad. Detrás del prejuicio tradicional, de la censura cristiana, del dogma científico, resplandece esta afirmación jubilosa: la condición del hombre y de las cosas es “nada”, su verdad es nada, ni siquiera una apariencia, porque el “desvelador” de las apariencias ha quedado desvelado como velador de las apariencias. Nietzsche sonríe tras las palabras de Pessoa, otro pagano.

Nos empezamos a reconocer en estas palabras, en especial en las que susurran esta “nada” portentosa. Hasta ahora el inquietante hombre ha sido un contador de cuentos, un muñidor de historias. Estas palabras paradójicas, llenas del encanto de lo que promete pero no compromete en nuestro banal pacto de sentido (“juro decir la verdad, ¿sobre qué? ¿para qué? ¿por qué? ¿quién me escucha? ¿quién me juzga? ¿quién soy yo para aspirar a ninguna verdad?) me parecen hermanadas a aquellas otras, igualmente despreciativas, de Heidegger, cuando critica la metafísica tradicional: hasta ahora la metafísica sólo ha contado cuentos sobre el ente y entretanto se le escapaba el ser del contador de cuentos sobre el ente.

A partir de aquí, otra vez la historia, la esencia encarnada y hecha tiempo: porque sabremos que la frase paradójica comienza a tener algún sentido apelando a la historia misma que el contador de cuentos cuenta sobre sí mismo, y entonces el círculo se cierra y nos aprisiona para siempre y aquí ya no hay voz en la zarza para desencarnarnos, sino peregrinar por el desierto sin promesa de tierra de promisión.

La única solución que no lo es, desconsoladora y jubilosa hasta la extenuación, será el leit motiv de una historia abandonada: volvamos a saber contar cuentos y seamos más que nunca el cuento que se sabe tal y sostiene la nada como otra de las más hermosas mentiras necesarias de nuestra condición.

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