CRÍTICA LITERARIA

HISTERESIA Y NECROFILIA LITERARIAS

La novela es un género necrófilo por excelencia: un buen lector de novelas debe poseer una acendrada vocación canibalizadora si, a su vez, no quiere sentirse canibalizado por el autor. El venerable pacto de lectura entre autor y lector, para ser algo más que la mera virtualidad de un cansino metabolismo de la escritura de otro, podría imaginarse en términos de antropofagia, más exactamente de “logofagia”, porque, a fin de cuentas, empieza a resultar demasiado banalmente evidente que el mundo-ficción siempre ha ocupado el lugar del mundo real, lo ha sustituido hasta convertirlo en signo secundario, no en referencia directa, en inmediatez refleja (nunca la hay, en tanto sigamos siendo animales simbólicos, precisamente lo que la “cultura de masas” intenta erradicar en nosotros).

La convención simbolizadora siempre tendrá precedencia sobre el mundo ya en curso, y el devenir-simulacro de la existencia “vivida” sólo puede encontrar su verdadero campo de juego de la escritura, siempre que no se la rebaje a suplemento (cronístico, psicologista…) de eso que con tanta vehemencia ha querido destruirla desde dentro: la realidad, esa fanática y desdichada sustanciación de lo real en lo social, que fue la gran conquista del siglo XIX, a cuya sombra ha crecido el presente y sigue creciendo en la cripta literaria (piel, uñas, cabellos crecientes del cadáver novelesco).

La novela se alimenta de novela, no de realidad, del mismo modo que el lenguaje se enreda en “más” lenguaje, no en la realidad a la que remite. No existe ni siquiera un género novelístico reconocible, eso es una invención académica para mayor satisfacción de positivistas e historicistas de la literatura: lo que hay es una cadena de residuos de un metabolismo logofágico, del que sólo podremos rastrear la línea discontinua de sus detritus, pues la novela no es un “documento” ni un “monumento”, sino el surco deleznable de babosa que deja cada novela a través de la cual surge la siguiente y así sucesivamente, no en términos de una especularidad dialéctica (evolucionista, por lo demás), sino más bien como disformes proyecciones de un principio digestivo o gran intestino enrollado sobre sí mismo que contiene partículas fungibles de formas, figuras y lenguajes residuales.

Si el mundo referencial de la novela es tan exasperadamente aburrido, sobre todo en las digestiones más pesadas (léase aquí “creaciones geniales”, de Proust a Nabokov)), si puede alcanzar un éxtasis del hastío tan frecuentemente, es porque lo importante se juega en otra parte, en algún intersticio ausente: la predestinación y la violencia de una escritura que raramente se materializa como tal, la escritura “alciónica” que se deja sorprender en medio del horror tedioso de la banalidad irónica o ingeniosa de tantas páginas reescritas de novelas fundidas físicamente en novelas, realizando la cópula simbólica y asesina entre la realidad y sus dobles, a favor de éstos, los malditos espejos vivientes puestos ante el pánico a la existencia que cree su existencia.

Los moralistas siempre han agotado su celo imprecando contra esta inclinación tan humana a la disgregación amoral de lo real (¿qué es si no todo despreciado “esteticismo”?), contra esta huida incesante de la responsabilidad de lo real cuya abolición implicaba la novela, si bien los burdos literatos burgueses, los más abundantes y tenaces defensores del principio de realidad en la literatura, supieron encontrar la fórmula según la cual la novela era devuelta pacíficamente a su esencia: reproducir, con todo lujo de detalles, lo real, a ser posible, en el buen sentido, el de la propia realidad contemporánea, entretanto reducida a lo social, es decir, lo inesencial en su estado puro.

Los resquicios de la gran evasión serían también asumidos como tales resquicios, por donde respirará la herida de un mundo desmitificado en vías de correcta socialización. Paralelamente, se instituye la lectura serena, privada, se fatiga el vértigo del hastío a lo largo de un discurso que funda siempre su propia inanidad sobre la inanidad de lo real, tan amado, tan vituperado, pero siempre designado, irreductiblemente contado y recontado como balance de empresa: estética del reconocimiento en la que lo único reconocible es el cansancio de vivir y el trabajo esclavo de escribir.

¿Algo de este infierno ha terminado? Hay demasiados talentos, demasiadas inteligencias entregadas al asesinato de sí mismas, un delito contra la propia vida que se llama “novela”. La libertad manda que la novela sea el laboratorio experimental de esas inteligencias… entregadas a la realización de su libertad. Que sólo nos esté permitido concebir la escritura bajo el disfraz subjetivizado-objetivizador de la novela es ya bastante penoso como para realizar un esfuerzo suplementario de crítica de esa libertad tan vacía.

La “institución-novela” no puede ser saboteada por la “experimentación-novela”: novela al cuadrado, potencia de la impotencia, lenguaje de una fatuidad que se caricaturiza a sí misma. En “La inmortalidad”, Milan Kundera muestra de modo magistral esta fascinación actual de la novela por su propia consumación como artefacto-fetiche sin ninguna función social, política o filosófica: el autor-narrador, participando en la historia que cuenta, proyecta al mismo tiempo la fusión de lo virtual-real de la condición de sus personajes, dudando irónicamente de los mecanismos invisibles que lo instituyen como figura del discurso. Es la forma clásica del relato tal como se configura desde el siglo XVIII  en la novela europea, con el antecedente-modelo de Cervantes.

Kundera, por su parte, en el momento final y “catastrófico” del género, retorna al origen de la forma autoparódica de la novela como insensato espejeamiento de dobles donde lo real se evapora: la escena de la escritura como tal, el mecanismo artificioso de un discurso que tiene que desmentirse, hacerse más ficción que la “ficción” que cuenta, pues todo lo que entra en la novela es centrifugado en el sentido del simulacro y sobre todo, el autor existencial, el hombre “empírico”.

Si quieres borrar a alguien o algo, si quieres hacerlo desaparecer, si quieres perpetrar un asesinato simbólico, que es el único auténtico: introdúcelo en la novela, entiérralo en la novela, embalsámalo en la novela. La novela no es el espejo colocado en el camino de la vida, eso sería una satisfacción demasiado narcisista y evidente; es la fosa con los cadáveres que ocupa el lugar de la vida, la sepultura virtual de lo real, el horizonte en el que la mentira absurda de existir encuentra, con la intensidad del hastío, su verdad.

Pero existe también la gloria literaria, último monumento a lo desconocido: la inmortalidad del autor que lo sacrifica todo por la perduración de la obra; en el extremo, también aquí el genio burlón de Kundera la toma con esta forma de garantizar al intelectual laico su docilidad, su domesticidad para con su época, su enajenación para con una posteridad sutilmente indiferente cuanto mejor lo recuerda, ignorante a través del reconocimiento, vieja especie prestigiosa de falsificación y esfuerzo dichoso de mala comprensión, el respetuoso alegato de malentendidos siempre crecientes (eso también forma parte del gran intestino y la digestión literaria).

Sin embargo, es hermoso que todo lo que procede de la ficción sea devuelto a la ficción reduplicada: “sic transit gloria mundi”. Afortunadamente, el autor, otro mito que desaparece: puede que ya sólo exista en los cheques al portador (¿nominativo?) de los premios literarios, dulce pedigrí póstumo de la sociedad de consumo lector.

De todos modos, nada de este infierno literario tendrá fin, como tantas otras cosas que se niegan a bien morir: la novela amenaza con desencadenar una tormenta de hielo sobre la escritura, amenaza con el exterminio silencioso de cualquier poder de seducción de la inteligencia y el lenguaje.

Si queréis ser vosotros mismos, escribid aforismos y cosas frágiles, abandonad a su propia suerte todas esas monsergas noveladas que infestan los asépticos escaparates de las librerías de Occidente.

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