MORTALIDAD

EL CENOBIO Y LA ACIDIA (2019)

 

 

Abro el mapa de carreteras de este país del que lo ignoro casi todo y no sé adónde dirigirme. Todos los lugares me parecen iguales, salvo el del nombre del balneario en el que podría encontrarme con ella. No ha sido demasiado fácil sonsacárselo a nuestra antigua compañera de trabajo: algún elogio medianamente sincero, la evocación sin malicia de un viejo favor profesional casi olvidado han bastado para obtener lo que necesitaba. No quiso al principio darme la información exacta que solicitaba, pero me aconsejó, entrecerrando los ojos con el deje confidencial que le reconozco, que buscara en torno a la región provenzal en los hoteles y los balnearios que miran a los Alpes, quizás entre “Le Grand Aigle Hotel” y “Les Grands Bains de Monêtier”.

Además del mapa y del equipaje de mano, sólo he traído conmigo el volumen ajado de la edición española del “Vocabulario de instituciones indoeuropeas” de Émile Benveniste. Las estancias en estos hoteles y áreas de servicio de carreteras provincianas me van a dejar mucho tiempo para recuperar el afecto a mis juveniles aficiones filológicas. Y en las próximas semanas intuyo que el tiempo muerto se va a adueñar de esta vida a la que me gustaría renunciar, pero no sé cómo hacerlo.

Decidí emprender esta extraña marcha a consecuencia de un plan descabellado. Lo peor de concebir esta clase de planes es que son los únicos que tienen poder de obligar, porque con ellos se abre lo que más apetecemos: arrancarnos a la ausencia de nosotros mismos y ponernos en camino del rastro de lo que sea que nos obsesiona.

Agotado física y mentalmente después de mi primera semana de vacaciones, encerrado en el apartamento con películas de porno vintage de los años 60 y 70, un ventilador que apenas removía un aire caldoso y una provisión casi interminable de “Stella Artois” helada, como mis propios orgasmos solitarios, perfectos pero incompletos, se me hizo evidente que no quedaban muchas salidas mejores.

Ninguna de esas mujeres que he encontrado en las páginas de contactos ha querido ayudarme. Tampoco las profesionales, ni las más curtidas en prácticas reales de sadomasoquismo. Sabía desde el principio que todo era simulación, literatura barata para mentes desquiciadas y aburridas y no me dejé engañar.

Uno no se acostumbra a la pornografía de buenas a primeras, ése no es exactamente mi caso. Pero mucho menos frecuente es el caso de los que desean pasar al acto y tienen fuerzas para ello. La gente ignora que el deseo no queda abolido en el instante de su realización y vuelta a empezar, sino que es un círculo, lleno de aristas quebradas, en el que cada satisfacción es una invitación que sobrepuja a la siguiente en un encadenamiento no desprovisto de fatalidad. La gente ignora esa violencia originaria y pura del deseo, pues su mundo mimético de conductas no puede permitirse emprender el camino a lo desconocido que singulariza a los exploradores que algunos llevamos dentro.

No había nada especial en mi vida que me obligara a sentirme más desgraciado o infeliz que la media estadística. Separarse a los cuarenta y cinco años, sin hijos, con una casa a medio pagar, un trabajo de ir tirando con contrato indefinido, una futura pensión garantizada y vacaciones opcionales pagadas no son condiciones indignas de vida para quienes sabemos ocupar nuestro tiempo libre.

Además, Gabriela no fue nada exigente con la pensión compensatoria y me dejó que me quedara con la casa a cambio de satisfacer los pagos mensuales de nuestra hipoteca. Desde nuestra separación quizás vivo un poco más encerrado en mí mismo y los teléfonos inteligentes no ayudan demasiado a extrovertirse en un mundo en que puede hacerse casi cualquier cosa con una aplicación digital instalada en su memoria y cuyo icono en la pantalla es casi señal que anuncia una tabla de salvación en medio de este naufragio de nuestras vidas, magnetizadas por un polo oculto que tarde o temprano nos llama en su orientación inesperada.

Hay cosas para las que el cálculo egoísta y la técnica aprendida no ayudan, al menos no a obtener lo que se busca, más allá de este momento, el mismo que una y otra vez retorna para envolverme en un laberinto de pasadizos secretos, en los que imagino la única libertad que me daría la satisfacción de una felicidad mínima, doméstica o sincera.

Las largas caminatas a primera hora de la mañana y al atardecer, al relente de una brisa marina sanadora, en este comienzo del verano de mi cincuenta y un cumpleaños, me habían hecho comprender que había estado a punto de volver a caer por segunda vez en la emboscada que yo mismo me había tendido, sin quererlo ni darme cuenta de ello. Como aquella otra vez, ha sido el cuerpo, este cuerpo que me dicta sus más recónditos impulsos, el que me ha iluminado, tras haber sido él mismo quien me ha emboscado.

Había empezado a escribir las anotaciones para el “Diario de un esteta” con el fin de entretener las madrugadas insomnes que adivinaba como destino para este verano y ya me aburría mi propia creación estéril a la primera semana de trabajo, mucho más que la cerveza, el vintage o la prensa política española. Me preguntaba si lo que buscaba en el encuentro imaginado con el otro no era simplemente anonadarme, desaparecer, entregar mi parte maldita, descargarme de todo lo que el tiempo ha ido acumulando en mi vida, esta plétora del vacío que es cada vida individual, y a veces también ésta tiene su momento afortunado.

“Abres un espacio vacío, intentas mirar en el interior, aletean mariposas, no hay nada que atrapar: recuerdos sin referencia a nada realmente vivido. La mirilla es demasiado estrecha o no has bebido aún lo suficiente. Deletreas las palabras del hallazgo sin poder leerlas, te obligas a un sueño que no puedes soñar, te bates en retirada ante cada derrota y siembras el campo de minas. Los afectos son traicioneros y atacan por la espalda, no te quedan reservas en los flancos y no entregas nada, no te queda ni la palabra para concertar la tregua, pero tampoco huyes del campo. El afecto abrió y encontró un mundo ya hecho, que había que iluminar con esa misma luz que la que buscaba aclarar el impulso de tu cuerpo joven ante la interrogación de otro cuerpo joven que no podías poseer, atrapando su respiración con tus besos, te quedabas exhausto y te acababas asfixiando, entregabas todo tu aire y recibías lo que merecías: ella siempre fue fiel al contrato que los cuerpos firmaron mucho antes de conocernos.”

Salí de mi lugar de residencia habitual con las primeras luces del día y conduje en tandas de tres horas. Llegué a Niza el día siguiente por la noche, con el tiempo justo de inscribirme en un hotel de segunda clase, lo más alejado de la zona más concurrida. Quería pasar lo más desapercibido que pudiera, incluso entre las multitudes que ya abarrotaban la capital de la Costa Azul por estas fechas tempranas del verano.

Mi única preocupación era ser reconocido, por lo que dediqué la primera mitad de la mañana siguiente a adquirir atavíos que me trasmitieran el aspecto muy diferente al que en mí era identificable con facilidad por cualquiera que me tratara un poco en el tráfico diario de las rutinas profesionales.

Me pareció que mimetizarme con el entorno sería lo más conveniente: gafas oscuras, bermudas, camisas amplias y un sombrero de paja me vendrían bien. Y, no obstante, a sabiendas de mi error, elegí un atuendo menos convencional, quién sabe bajo la coacción estética de qué influencias cinematográficas. Compré varios trajes carísimos de lino natural, uno blanco y otro de color pastel muy claro, adoptando un estilo colonial, a la vez lucido e informal. No me sentaba tan mal la barba de un mes que me daba un aire descuidado y esquivo que mucho iba a necesitar.

Sospechaba que sería en los hoteles de lujo y en los balnearios más elegantes donde tendría que luchar conmigo mismo para disimular, manteniendo una distancia cautelosa o simplemente decorosa. Durante unos cuantos días aproveché el tiempo que me sobraba para visitar algunos lugares famosos desde Antibes a Saint-Tropez, antes de tomar rumbo al pueblecito de Le Monêtier-sur-les Bains, donde esperaba encontrarla, hacia mediados de julio, según los confusos datos de mi distante confidente.

No quería tropezarme con ella en las calles de este pueblo, así que preferí alejarme y conservar el aplomo para el verdadero encuentro que yo deseaba provocar. Elegí un hotel en un punto intermedio entre el pueblo y el balneario. El primer día no vi a nadie conocido, ni siquiera en el spa del mismo hotel, pero la noche siguiente me quedé a cenar, porque no tenía ganas de conducir los cinco kilómetros que me separaban del pueblo, que apenas había visitado.

Entonces, de repente, en el comedor, pude escuchar el eco de la misma sonrisa que resplandecía en su cara, pero me pareció más bien una especie de rictus congelado cuando alcé la vista hasta su mesa. Estaba un poco más llena de busto y de caderas y su admirable piel trigueña no brillaba como yo la recordaba aún. Llevaba un vestido largo de verano, floreado, un poco más amplio de lo que le hubiera convenido a su grácil talle, de tonos violetas oscuros, y el pelo de siempre, con su eterno rizado en mechas de tonos rubios ceniza.

En la mesa del comedor del hotel, a no más de diez metros, yo estaba sentado en un reservado abierto por el lado que me permitía ver los gestos que acompañaban a las palabras, creí percibir una conversación entrecortada y al parecer monótona, con largos silencios en medio, con pausas para solicitar por parte de alguno de ellos dos algo de la carta.

No creo que me reconociera, no estaba demasiado cambiado en estos seis años de ausencia, ni siquiera que reparase por un momento de inadvertencia en el desconocido que miraba de reojo, sin levantar la cabeza del plato sopero con una crema de champiñón fría, que semejaba una estatua encogida de hombros y realizaba movimientos torpes para servirse un poco de agua mineral con gas en su copa llena de cubitos de hielo perfectamente simétricos, recortados en dados iguales.

Y sentí, mientras paladeaba el sabor dulzón del agua carbonatada, que me hacía cosquillas en el velo del paladar de la boca, una intensa oleada de compasión sin objeto, no sabría decir si hacía mí mismo, hacia ella, hacia todos nosotros, y lo peor, para justificar esta impresión repentina, es que llevaba sin beber casi dos semanas y a veces hasta lograba sonreír a los carteros que al mediodía llamaban a mi puerta para entregarme el encargo de alguna librería o editorial…

Y ahora, aquí, después de tanto esperar, lo improbable y lo incumplido a través de los sueños y los poemas en los que ella era sólo materia de un vano tejido mental, como los retratos más perfectos de la pintura clásica, se ha hecho otra vez presencia y no puedo hacer nada para cambiar el destino o lo que quiera que sea esta inevitabilidad del tiempo, esta impotencia de una carne que desea a otra carne, que sabe mejor que nadie su precariedad, y yo no puedo defenderla de la muerte que yo mismo porto conmigo, en cada fotografía en la que ella no estará a mi lado nunca para rejuvenecerme con esa mirada que captaba todo lo que en mí merecía sobrevivir, porque no hicimos el hijo que hubiera justificado nuestras vidas.

Apenas dormí, esa misma madrugada pagué la cuenta del hotel y salí hacia España. Accedí a Barcelona a la hora del desayuno, pasadas las ocho de la mañana y no paré hasta alcanzar el área de servicio a la altura de Valencia, ya muy avanzado el mediodía. Me quedé en un hotel de carretera todo el resto del día y dormí hasta la noche siguiente. Llegué a Málaga al amanecer del décimo quinto día de mi absurdo peregrinaje por carreteras y hoteles franceses. Me dirigí a mi apartamento, el mismo del que había desertado, y nada más llegar, después de ducharme y dormir durante otras seis o siete horas el resto del día, hacia el atardecer llamé a Marta, descargando la tensión en sueños o palabras que no recuerdo.

– ¿Estás lista? No te lleves demasiadas maletas.

– No puedo dejar a las niñas con él.

– Creía que ya estaba todo acordado.

– Debo pensarlo un poco más.

– ¿Hasta cuándo?

– No lo sé, podemos esperar, ten paciencia, yo soy la primera que está cansada…

– No tanto como yo.

– Déjalo estar, ahora lo mejor es esperar a que todo se aclare, ya sabes, en lo que se refiere a la custodia de las niñas.

Cuelgo el teléfono, he escuchado tantas veces lo mismo, y permanezco un largo rato de pie, mirando por la ventana las nubes que se están formando por Levante, mientras el sol ya casi se está ocultando por la línea del horizonte.

Voy al dormitorio a deshacer las maletas, coloco la ropa interior en los cajones del armario y al fondo veo el volumen de Benveniste. Lo abro por donde está el marcapáginas y me siento irritado y vencido una vez más, cuando reflexiono sobre ciertos fenómenos de fonética, tan tenues y tan trascendentes. De la palabra “hombre” quedaba incluso hoy en español vivo una “h” muda colgando, reliquia latina heredada de la velar sonora aspirada de su origen protoindoeuropeo reconstruido. Ahora que ya está todo decidido, este pensamiento es lo único que parece tener algún sentido, en esta larga despedida.

Probaré el año que viene en la región de Sils Maria, en aquellos hotelitos de montaña de aire decimonónico, con aspecto de cabañas de cazadores, si el conjuro esta vez no me engaña y resulta por fin eficaz, como en los sueños. Entretanto, he recibido en mi email un catálogo nuevo de inolvidables películas vintage y en el supermercado del barrio hay una oferta especial de excelente Lager italiana.

                             Torre del Mar (Málaga), 6, 7 y 8 de julio de 2019

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