PRESENTE Y FUTURO DE ESPAÑA

OBSERVACIONES SOBRE DEMOCRACIA Y PRESIDENCIALISMO (2016-2019)

 

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Hasta hace poco yo era visceralmente antiestadounidense en todos los sentidos: cultura de masas, Hollywood, política exterior y un cierto desdén hacia la política interior de ese país. Esta visceralidad era más bien un poco impostada, porque siempre he tenido la sospecha de que EEUU es una especie de doble o gemelo de Europa con un porvenir por delante que nosotros no tenemos como naciones históricas y como civilización.

Quizás actúa el resentimiento del europeo revenido, achacoso, casi senil, que habita en el fondo de cada uno de nosotros ante la gratuita arrogancia del espíritu salvaje, ingenuo y todavía no maduro del “populus” o “people” de EEUU. Aunque también existe la posibilidad, mucho más inquietante, de que nuestros herederos del otro hemisferio padezcan, por herencia genética paterna o materna, la misma predisposición al fracaso y al deterioro, al hastío y la melancolía sobre un destino ya finiquitado.

El encuentro con la obra de Trevijano me ha llevado hasta los orígenes ideológicos y políticos de EEUU en busca de las fuentes de la “democracia representativa” y la “República presidencialista” y desde no hace mucho he empezado a interesarme por la cultura más elaborada de este extraño país, de este planeta para el que no tengo categorías muy perfiladas, a pesar de que he leído cosas de tipo sociológico y literario para conocer mejor los EEUU actuales. Dos obras esenciales, como dos bellos mundos marcianos para mí, resulta necesario evocar aquí: “El Federalista” y el gran estudio, ya todo clásico, de Bernard Baylin “Los orígenes ideológicos de la Revolución americana”.

Todavía queda cierto trecho para llegar al presente de la política nacional y la gran geopolítica. Conozco las grandes líneas de la geoestrategia estadounidense, aunque no es seguro que la clase dirigente estadounidense las tenga demasiado claras desde que se les vino abajo el tinglado de la “Guerra Fría” y haya habido que crear o simular escenarios alternativos en modo alguno más creíbles e igualmente fraudulentos.

En todo caso, yo jamás, a pesar de muchísimas reservas, doy una opinión sobre aquello de lo que no tengo experiencia directa, fuentes bibliográficas, observaciones y referencias de primera mano. También en este campo me parece que los neoconservadores estadounidenses viven a expensas de lo que han pensado otros con mayor profundidad (sobre todo los alemanes), porque han pasado antes por las necesidades de crear un “nuevo orden del mundo”, una “pax universalis”, una “pax augusta o constantiniana”.

La contradicción de los estadounidenses consiste en aquello mismo que los hace fuertes: no pueden “exportar” hacia fuera la libertad política colectiva (es decir, su forma de democracia formal) pero tienen que fingir su simulacro y ahí están enredados sin salida posible. Por otro lado, sus propios límites interiores y el control interno del poder político, les impide realizar fuera de sus fronteras una genuina vocación imperial forjadora de Estados auténticos o de “provincias imperiales” y gobernarlas como lo hicieron con el resto del mundo los europeos hasta 1945.

El fin del protectorado militar estadounidense de Europa, como la retirada de las legiones romanas de Britania, promete procesos extraños y desusados hasta aquí. Por ejemplo, el autogolpe no demasiado cruento de Erdogan en Turquía en julio de 2016 está en esta línea de reforzar los “limites” de la frontera imperial europea con mercenarios, esta vez no germánicos sino turcos… a cambio de unos miles de millones de sextercios o euros en “programas de ayuda a los refugiados”.

Hay dos factores, conocidos desde que existe reflexión sobre la política como actividad humana esencial de la más alta consideración y estima (es decir, desde los griegos y los romanos) que condicionan la necesaria evolución de todo régimen: hacia dentro, la distribución interna de la riqueza entre los distintos grupos sociales; hacia fuera, su capacidad de resistencia frente a enemigos o su capacidad de expansión hasta los límites de su fuerza.

Me parece que los síntomas que se observan en la superficie de la vida estadounidense, hacia dentro y hacia fuera, permiten aventurar la hipótesis de que su sistema político, después de 230 años de duración, ha evolucionado hacia formas que se “mimetizan” desagradablemente con las partidocracias europeas, aunque sin su corrupta obscenidad hiper-estatalista.

El peso de la riqueza y de la púrpura nunca han sido buenos compañeros de la necesaria igualdad política que subyace a la democracia formal. Los Padres Fundadores no se reconocerían en lo que quizás ya es un engendro abortivo de oligarquía y plutocracia sin límites internos ni externos.

2

Lo que casi nadie dice es que lo que se llama “democracia” en sentido estrictamente político es sólo una forma histórica muy concreta y muy precaria, por su misma naturaleza, de legitimar la suprema diferencia que hay en toda sociedad organizada a partir de un alto grado de civilización técnica y material: la asimetría injustificable, y siempre productora de conflictos, entre gobernados y gobernantes.

Para Jacques Rancière, en su libro “El odio a la democracia” (2000), un notable teórico francés actual de la política, enfrentado aquí simultáneamente al maximalismo igualitario de la izquierda socialdemócrata y al “republicanismo” conservador y elitista de la derecha, en el contexto de la política partidista francesa del presente, el gobierno democrático implica un violentísimo hiato en la historia de las formas de dominación según la ya “clásica” tipología weberiana, por lo menos en el sentido de que es la única forma de dominación históricamente conocida que carece por completo de fundamento y legitimidad derivados, o derivables, de las condiciones sociales que distribuyen el buen nacimiento, la riqueza, la fuerza y el saber, las únicas fuentes, así reconocidas de modo universal, de legitimidad para el ejercicio del poder sobre los hombres.

La democracia sería entonces la forma de gobierno de los hombres cuando éstos ya no pueden alegar para ejercer el poder sobre otros hombres ninguna superioridad procedente de un ámbito “prepolítico” (“social”, en el sentido de la “sociedad civil” del liberalismo clásico).

Una anomalía histórica en buena medida derivada de la división del trabajo que conlleva el capitalismo, al que corresponde una profesionalización funcional de cada ámbito separado. Sólo la sociedad capitalista contemporánea ha separado la dominación económica y la dominación política en clases funcionales distintas. De ahí se derivan no escasos problemas de comprensión de muchos fenómenos históricos contemporáneos. La tendencia a la oligarquización y al “saber experto” tienen su razón de ser ahí.

En este sentido, Platón llevaría razón y sería realmente el fundador de la cuestión política por excelencia que ha quedado siempre sobreentendida en todo el discurso filosófico sobre la política, aunque las respuestas y soluciones hayan sido muy variables: ¿quién puede y debe gobernar?

Hoy, en efecto, llegamos al punto de inicio, es decir, retornamos al “arché” de nuestra historia.

La “democracia” actual (parlamentaria británica, presidencialista estadounidense y de partidos estatales en Europa continental: extraña tríada de manifestaciones ¿derivables de qué principio común?), tal como la opinión hegemónica la concibe, la vive, la asume y hasta la critica, no es una forma degenerada o decadente de una hipotética pero muy poco probable “democracia ideal”, perfecta en su género: es, ni más ni menos, que la propia realización, hasta sus últimas consecuencias lógicas e históricas, de la democracia según su concepto puro, porque hoy, efectivamente, es un hecho consumado que sólo los que carecen de títulos reales de cualificación son los elegidos por el sorteo procedimental del sufragio universal y la formación aleatoria de mayorías, a su vez nada cualificadas, ya sean observadas colectiva o individualmente.

A su manera Lenin llevaba razón, aunque muy cínica y condescendiente por cierto, cuando afirmaba que habría “democracia real” (siempre en el procustiano sentido de la igualdad social conseguida incluso por vía de terrorismo estatal, hoy vía fiscal, ahorradora de crueldades innecesarias) cuando hasta “su cocinera” pudiera ocupar la responsabilidad de gobierno que él mismo ocupaba en el momento histórico de pronunciar tan notable pensamiento. No sé de qué nos quejamos, ahora tenemos a los “cocineros” al mando de los Estados y Gobiernos del muy culto y civilizado Occidente. Si luego vienen los “carniceros”, todo será quizás otra vez más inteligible.

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Este juego sobre la palabra “democracia” apesta. Todo se confunde con una intención aviesa. Democracia cultural, democracia material (social), democracia política (formal) son cosas muy distintas y ninguna presupone como condición a la otra. Siempre la crítica cree dirigirse a la democracia política, pero todos los argumentos giran sobre la democracia cultural (pérdida de los rangos de cultura) y social (igualación de los rangos sociales), la misma que las mejores cabezas ya vieron venir en el siglo XIX, con otro nombre: “nivelación”.

Ahora bien, la democracia política no implica la pérdida de los rangos culturales y de los rangos sociales, sólo implica (y en ese adverbio restrictivo “sólo” hay una revolución siempre latente, la verdadera revolución nunca empezada y por tanto nunca acabada) la igualdad en el plano político colectivo, condición sin la cual no existe “libertad política colectiva” (que se confunde penosamente con el derecho de voto y ahí expira y se agota para muchos). Lo difícil es conciliar “libertad política colectiva” con el moderno principio estatal de monopolio de todas las funciones y competencias públicas.

La crítica neoconservadora confunde los dos tipos de democracia (de un lado social y cultural, de otro lado política), lo mismo que la izquierda es incapaz de concebir la democracia política como algo distinto de la democracia social o material, ya que todo su poder y legitimidad histórica se basan en hacer pasar la una por la otra.

Se suele reivindicar modestamente la “igualdad política” como fuente de libertad política, pero el horizonte crítico para su efectiva realización es muy limitado y confuso. Observemos bien que de derecha a izquierda oficiales en los territorios deforestados de depredación partidocrática se niega sin tapujos ni medias tintas esa “igualdad política” bajo todo tipo de argumentos: la inmadurez, incultura, masificación de las poblaciones.

La inmadurez, incultura, masificación de las poblaciones, suponiendo que sea una descripción cierta (y yo no lo creo, porque es más bien un efecto inducido que da lugar a un reflejo deformado de las propias poblaciones en el espejo de un poder cada vez más absorto en su propia imagen), en todo caso sería responsabilidad de las mismas instituciones que se legitiman con el discurso de la democracia realmente inexistente.

Luego aquí hay una notoria contradicción: un poder que se dice “democrático” pero desprecia la fuente de su legitimidad (la gente es irresponsable, ignorante y sobre todo muy peligrosa si se siente “libre” para elegir, suponiendo que haya algo que elegir o la dejen elegir). En cierto modo, en el plano del discurso y de los hechos, asistimos a un orden de contradicción que sería muy falso delimitar y constreñir en una mera diferencia de opinión entre unas élites cegadas y unas poblaciones enceguecidas a propósito de cuestiones generales o muy concretas.

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Reproduzco y retomo la tesis de Rancière referida a la democracia griega, a la “isonomía” que se extendió e impuso después de la caída de los últimos tiranos y la marginación de las antiguas aristocracias griegas como condición para el surgimiento de la “demokratía” del modelo ateniense que, por otro lado, hacia el 400 a. C, en el tiempo de Sócrates y Platón, era ya de hecho una pura “oclocracia”.

En el mundo moderno, en realidad, no ha habido ninguna experiencia ni remotamente semejante, excepción hecha de los colonos americanos liberados del dominio parlamentario inglés, que fundaron la única “democracia representativa” en forma de República presidencial con estructura organizativa federal. Las experiencias históricas son singulares, no admiten categorizaciones a posteriori ni “tipos ideales” weberianos.

La base histórica real de la “demokratía” griega era un tipo de igualdad de participación en la vida pública y en las decisiones colectivas legitimado a partir de un servicio militar que igualaba civilmente a todos: todos eran “hoplitas”, soldados en armas de modo permanente, y por tanto se podían definir como “polítai”, es decir, ciudadanos en tanto que conciudadanos igualados en la lucha por la patria común (“la polis”) y así mantenidos en una relación ampliada de “amistad” civil entre todos los miembros activos de la ciudad y su ideal de “vida buena y bella”. Pero esta “demokratía” griega era una sociedad amistosa de pequeños “propietarios”, pues todas las demás categorías sociales estaban excluidas, incluida la aristocracia más rica por el expeditivo medio del “ostracismo”, que se aplicaba generosamente.

Es algo que siempre se omite y que sin embargo constituye la gran singularidad griega frente a otras organizaciones de los pueblos de raíz indoeuropea o “aria”: la “isonomía” griega tiene raíces militares, la defensa común es la que otorga la igualdad de estatuto político. Y eso presupone el despojamiento de sus funciones guerreras dirigido contra los “aristoi” o “eupátridas” (la aristocracia guerrera que en todas las sociedades de origen indoeuropeo es la única clase de “hombres libres” con derechos políticos y civiles).

En el mundo moderno toda esa configuración cambia profundamente desde el momento en que son “las clases de la necesidad” económica en el ámbito de la sociedad civil (burguesía capitalista y clase trabajadora) aquellas que protagonizan el proceso histórico real. ¿Es posible entre estas clases “productoras” ligadas al trabajo y a la acumulación de capital alguna forma de “libertad política colectiva”? La experiencia histórica desde la Revolución Francesa muestra muy ampliamente que no. Bajos las condiciones modernas de vida y reproducción de la vida económica y social, “la democracia” es el nombre de todos los despotismos imaginables. En contra de Trevijano, la tesis de Tocqueville sigue siendo la única verdadera.

En el siglo XIX, los pensadores burgueses más atentos a la lógica secreta del acontecer ya se dieron cuenta de que la nivelación social y cultural, que entonces era lo que se definía como “democracia” (y la izquierda sigue creyendo en esta verdad contenida en la propia crítica burguesa de la evolución moderna) sólo conducía al despotismo en su versión inédita más cruda, porque paradójicamente se basa en libertades negativas otorgadas a las clases de la necesidad. De ahí jamás surgirá la libertad política colectiva, como ha mostrado toda nuestra historia contemporánea.

La “solidaridad nacional de clases” pudo producir un efecto estereofónico de alta definición en la imaginación utópica de esa posibilidad de una “democracia política”. Hoy ni siquiera eso es ya posible, dadas las condiciones del multiculturalismo occidental: sociedades de ilotas y metecos, en las que los “autóctonos” apenas pueden reaccionar más que mediante inútiles soflamas xenófobas que sólo muestran impotencia, miedo, desorientación y rencor contra sí mismos.

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La idea moderna de “Democracia”, si es algo más que una palabra ya vacía, ha girado de manera atormentada sobre una tesis metapolítica: una reflexión sobre la naturaleza del hombre que, sin duda, tiene un lejano origen “cristiano” en el sentido preciso de cierto agustinismo político: la ciudad terrena (el Estado, el poder político) forma parte del estado de pecado en que se encuentra el hombre tras la “Caída”. Todo lo más que puede hacerse por él, además de prestarle el auxilio de la Gracia, dentro de los límites de su natural pecaminosidad, es limitar el carácter “soberbio” del poder de unos hombres sobre otros.

En este sentido, “la democracia” (que en cierto modo viene a sustituir en el plano instrumental-secular la eficacia de la Gracia administrada por la Iglesia) es un modo de controlar ese carácter “soberbio” de todo poder, sobrepotenciado desde el momento en que pasó a estar completamente monopolizado por el Estado moderno y contemporáneo.

El liberalismo clásico, al afirmar la exigencia constitucional de que el poder, en sí mismo “ilimitado, despótico, tiránico”, sea limitado, controlado y distribuido (separado, no sólo funcionalmente sino, de modo decisivo, “en origen”) se hace eco de aquel modo agustino de entender la naturaleza de lo político bajo unos determinados presupuestos antropológicos, cuya probable verdad, me parece, es de orden empírico, además de teológico (estrato que el liberalismo político obvia, pero del que depende en este asunto fundamental).

Históricamente, el postulado dialéctico de “la democracia” en Europa se manifestó en primer lugar como el resultado de un conflicto en torno al principio representativo entre las oligarquías políticas que se establecieron en los regímenes parlamentarios o “gobiernos representativos” con sufragio censitario hasta mediados del XIX frente a todos los grupos sociales relegados, “no representados”.

La fecha clave es 1848, no 1789. A partir de las revoluciones de entonces, confluyen tres movimientos ideológicos frente al “liberalismo” de la gran burguesía: la corriente “democrática” (confundida con un vago republicanismo), la corriente “socialista” (con una gran variedad interna) y la corriente “nacionalista” (en Alemania, Italia y las pequeñas “nacionalidades” incluidas en Estados ya consolidados).

La confusa articulación de estas cuatro corrientes ideológicas (liberalismo de una parte de la gran burguesía, democratismo en sentido histórico-sociológico de los estratos pequeñoburgueses y/o campesinos en vías de desaparición, socialismo de los grupos proletarizados, nacionalismo como ideología neutra que es el punto de encuentro de las demás tendencias hasta la aparición del comunismo y el fascismo, que ocasiona su reagrupamiento y difuminación) determina el concepto ideológico de democracia en Europa hasta el periodo de entreguerras.

En ese momento, “democracia” es tan sólo “parlamentarismo” en la autocomprensión de sus ideólogos y de sus críticos. Desde el marxismo y el bolchevismo se habla de “democracia” burguesa o formal para referirse a “parlamentarismo”. En el periodo de los años 1920-1930 lo que se produjo fue la crisis de este modelo oligárquico, el parlamentarismo, que hizo ingobernable casi todos los regímenes europeos. Tras la derrota del fascismo y del nacional-socialismo, los Estados europeo-occidentales bajo hegemonía estadounidense se encontraban desfondados desde todos los puntos de vista.

En el ámbito político, el vacío dejado por el parlamentarismo fue compensado por la instauración de los Estados de Partidos, cuyo modelo se extendió bajo dirección ideológica “socialdemócrata” (de ahí la espontánea identificación, sólo excusable en el pueblo poco ilustrado, entre “democracia”, es decir, régimen parlamentario como cobertura institucional del dominio de los partidos estatales, y “Estado del Bienestar”). A partir de ahí, la operación ideológica de construcción del mito ha sido sencilla: se ha asimilado universalmente “Estado de partidos” con democracia y ésta, gracias al prestigio del régimen estadounidense, a su vez caracterizado como la “verdadera democracia” (lo que históricamente es cierto para la Constitución de 1787, pero no para el Estado Imperial de los megapolios en declive de hoy), ha permitido que todo el mundo confiese su fe en un mito y participe en un rito que no es nada más que una construcción polémica, que, como todo concepto político, se alimenta de constituirse como inversión de su enemigo: primero, contra el liberalismo clásico, luego contra el fascismo, más tarde contra el comunismo y ahora contra el “islamismo”.

Fuera de estos contextos dialécticos de carácter histórico coyuntural, la palabra “democracia” no significa absolutamente nada.

En el pensamiento político más lúcido del presente, el de Trevijano, “democracia” sólo significa algo en relación con “oligarquía” (en el preciso sentido de una dominación fundada en la falta de representación, los partidos estatales, el sistema proporcional de listas, la indivisión de poderes, etc). La democracia como concepto ideológico, nada tiene que ver con los derechos y libertades individuales, que son parte lógica del liberalismo clásico individualista, ni con la igualdad material redistributiva postulada por la socialdemocracia.

Cuando digo que la democracia es un mito, un concepto ideológico, polémico o dialéctico, me refiero a todas las concepciones que proceden de Rousseau, incluso cuando sus defensores ignoran esta fuente. Me refiero también al uso abiertamente polemológico que se hace de la palabra cuando se opone a fascismo o comunismo con el único propósito de limpiar la cara a una oligarquía que en ciertos aspectos no difiere mucho de los sistemas de poder inspirados por los “autoritarismos” y “totalitarismos”.

6

El presidencialismo por sí solo no es la “piedra filosofal de la democracia”, dado que sólo define como pieza institucional una de las condiciones de la República (“Constitucional”) como Forma de Estado. La piedra filosofal de la Democracia formal, de haberla, es quizás de un orden teórico distinto y es el aspecto que falta o falla en el sistema político americano: la separación de poderes en su origen está lograda, pero carece de una verdadera garantía de su mutuo control en situaciones extremas de conflicto. La politización del Tribunal Supremo en EEUU o la presencia de un Tribunal Constitucional de estilo europeo son ambas muy malas soluciones para el arbitrio de “conflictos institucionales”.

El modelo de la “República Constitucional” de Antonio García-Trevijano añade un perfeccionamiento a este sistema americano de cuyo ejemplo histórico y estudio parte: al crear una garantía constitucional permanente para el ejercicio de la libertad constituyente, García-Trevijano deja abierta la puerta institucional a que la “libertad constituyente” permanezca activa para un ejercicio al límite cuando los poderes del Estado (ejecutivo) y el poder de la Nación representada (legislativo) entren en colusión, o en colisión, de manera que cese el funcionamiento normal de esas instituciones.

Esta libertad constituyente como “retorno del poder a su origen” es la apelación al pueblo a que decida, después de la disolución de ambos poderes, como sujeto político y electorado libre capaz de decisión arbitral, según el modelo de la garantía de esa libertad constituyente que debe estar recogida en una Constitución (el mando retorna a su fuente originaria, “el pueblo”).

Planteado desde la hipótesis del funcionamiento real de los poderes ya separados, los excesos del Ejecutivo pueden ser el origen de graves conflictos con el Legislativo o viceversa (pues en la tradición parlamentaria histórica el poder legislativo también puede cometer toda clase de excesos), por lo que ambos poderes deben ser puestos en condiciones de provocar la disolución del otro poder a instancias de uno de ellos, siempre y cuando a la vez el que interpone el veto esté obligado a disolverse, a fin de que ambos poderes institucionales, distintos en su legitimidad de origen, estatal y nacional, entreguen la decisión última al Pueblo, es decir, se celebre la nueva elección por separado, que finalmente pueda resolver el conflicto.

Desde este punto de vista, la libertad constituyente permanece latente, pero en vigor siempre que se den las condiciones para una apelación al pueblo que en el conflicto de poderes debe resolverse por este veto cruzado que lleva a nuevas elecciones para ambos poderes, lo que implica su mutua desautorización. La separación de poderes no tiene ningún sentido valioso si no está sometida siempre a la amenaza que la disolución y cese de funciones de sus órganos haga pesar sobre la clase política.

7

Explicaciones causales en política son deseos revestidos con la conjunción “porque” y poco más: un rito de paso, un conjuro de exorcismo, una acreditación de desconocimiento. Ahí apenas alcanzamos el nivel del puro pensamiento mágico.

En el otoño de 2016 han proliferado “interpretaciones” causales de la victoria de Trump, pero casi nadie analiza a su vez el fondo ideológico de estas interpretaciones. Interpretar elecciones es un poco consultar las vísceras de las aves, como hacían los augures romanos cuando el cónsul debía tomar una decisión importante. Incluso cuando la decisión es personal y trata de un asunto trivial podemos estar seguros de que apenas sabemos de verdad por qué decidimos esto o lo otro. En caso contrario, decidir sería lo más aburrido del mundo, como sucede en las “elecciones” españolas, precisamente porque nunca se decide nada, salvo quizás los 4000 nombramientos de cargos estatales que se publican en el BOE.

Cuánto más complejas serán las decisiones colectivas. Las elecciones auténticas son decisiones colectivas sometidas al principio mayoritario. En España nada podemos decir sobre esto, porque jamás nos han dejado elegir nada, por lo que tampoco hemos podido decidir nada y ni siquiera tenemos principio mayoritario sino proporcional. A nosotros todo se nos da ya hecho, listo para llevar en el paquete “partido estatal” (también en el sentido en que se dice “este boxeador es “un paquete” y aquí tenemos todo un campeonato de ellos).

Entre las interpretaciones sobre Trump, dos son las más conspicuas.

Una de tipo mecanicista, economicista, la que hace recaer en los efectos de una “globalización” un tanto misteriosa la causalidad de un imaginado “desclasamiento” de sectores sociales afectados por un fenómeno incomprendido, incluso y sobre todo por aquellos que lo soportan, como si la reacción y su traducción política fuera automática en la línea conductista estímulo-respuesta. La misma que se ha dado a los “populismos” europeos de derechas y a Podemos. Por otro lado, la misma que retrospectivamente se emplea para el fascismo y el comunismo de los años 1920-1930: causalidad ubicua y transtemporal, por lo tanto, doblemente mágica, es decir, inútilmente elástica.

La segunda interpretación, más elaborada, más psicologista, más moralista también, y más “verosímil” (que no verdadera) es la que desarrolla este artículo, hasta cierto punto ingeniosa. La elección de Trump sería “una reacción antiaristocrática” de una parte de la población harta de una corrección política sentida por ella como una especie de vejatoria vuelta a un sistema social de privilegios, esta vez estatuidos por la proliferación de los criterios de la llamada “discriminación positiva”, en contra de un sentimiento casi fundacional de libertad e igualdad civiles característicamente estadounidenses.

Verdaderamente es una interpretación cuasi-tocquevilliana, digna del refinado observador francés. Habría que preguntarse si las premisas no están invertidas. Pero que Trump sea el consecuente de este antecedente sentimiento de igualdad civil ofendida por la desigualdad de trato gubernamental impuesta como artificial ideología de ingeniería social desde arriba es una hipótesis seria y digna de crédito. Ahora bien, la contraria también podría serlo, bien mirado por otro lado.

Quiero decir: que Trump sea el síntoma de una firme voluntad de conservar otra forma de desigualdad, la que procede naturalmente desde esa misma sociedad civil frente a la forma de igualdad o desigualdad impuesta por la lógica del Estado, siempre uniformadora en un sentido o en el otro, y a veces, en ambos a la vez, como en la España actual.

Lo que demostraría que la dialéctica entre lo público y lo privado sigue viva en EEUU gracias a su sistema político, a diferencia de lo que ocurre en las sociedades europeas, donde esa ingeniería social no puede recibir respuesta desde una sociedad civil que no está representada en un poder legislativo autónomo ni elige un poder ejecutivo directamente.

En todas las interpretaciones se omite el hecho diferencial estadounidense, que es el que permite entender las elecciones presidenciales y sus resultados, incomprensibles para la mentalidad europartidocrática dominante. Piénsese un poco en esto: la pasión extraña por Trump y la atonía española con Rajoy en estos días otoñales de 2016 en que se forma un gobierno sin proyecto, sin estima pública alguna, sin destino ni vocación de nada, sin voluntad o atisbo de vida inteligente; considérese lo intrincado de la lucha presidencial en EEUU y el enfalograma plano de la pseudocompetición española que ni prolongándose un año entero ha logrado entusiasmar a nadie. “Pasiones de servidumbre” españolas llevadas al límite estoico de la paciencia.

No olvidemos algo importante: como verdadera república federal que es EEUU y por tanto desde sus orígenes se conservó esa forma de elección indirecta por colegio electoral de cada Estado (“voto electoral”), como medio de conservar quizás una última ficción de soberanía y relación igualitaria entre Estados antes independientes, con su contribución propia a la formación del poder ejecutivo federal.

Es, sin duda, una forma tradicionalista que, con toda evidencia, no modifica el principio de la elección de un poder ejecutivo separado y esa es la clave de su legitimidad, no el mucho más deseable principio mayoritario de la pura elección directa a doble vuelta con circunscripción nacional única, que técnicamente es superior a este procedimiento electoral, que, repito, se debe al origen federal del poder ejecutivo estadounidense y al rechazo de los constituyentes estadounidenses a formas de elección directa para este poder ejecutivo. Hacia 1787 no era imaginable una circunscripción electoral única porque EEUU no era un Estado-nación centralizado sino un simple Gobierno para diferentes Estados integrados en él sin renunciar a su autonomía tanto legislativa como administrativa.

Da igual cómo se decida el principio mayoritario a posteriori, siempre que la elección no esté filtrada por listas de partido o por candidatos autoimpuestos sin competición real dentro de su propia facción ideológica.

Por otro lado, las elecciones presidenciales, no se relacionan con un principio o “sistema representativo”, que es el que corresponde al poder legislativo, es decir a la representación de la sociedad civil como pluralidad de intereses y valores, y siempre con sistema electoral mayoritario.

Las elecciones presidenciales, es decir, al cargo de jefe del ejecutivo y de la jefatura del Estado no son “representativas”, porque el poder ejecutivo, que se inviste de un cargo puramente estatal y de naturaleza político-administrativa, no tiene la cualidad de ser “representativo” sino puramente electivo.

Si se critica el filtro de los votos electorales estadounidense, piénsese bien en lo que significa votar a un candidato a Presidente de Gobierno que se coloca como número uno en la lista de su partido hecha por él mismo para una sola circunscripción provincial (Madrid) y sin competir con nadie en su partido para tal candidatura, asegurándose a la vez un acta de diputado por la que tampoco tiene que competir realmente con nadie para lograr salir “elegido”. Gran ejemplo de “democracia” y procedimiento transparente y de buena fe democrática.

Sumar votos a listas de candidaturas de partido como el que factura latas de conservas todas iguales no tiene nada que ver ni con la elección ni con la representación: son puros plebiscitos o ratificaciones de listas precocinadas, procedimiento necesario para poder legitimar la confusión de los poderes ejecutivo y legislativo en manos del jefe de partido de la lista más votada. La llamada “democracia de partidos” europea tiene de democracia formal lo que un avestruz de ave voladora o lo que un tiburón de animal de compañía…

Bajo el género “democracia”, nadie encontraría la especie “española” como una definible dentro de aquél. Mientras que “estadounidense”, en cuanto al origen y la historia, es aceptable como especie de un género del que casi sólo el espécimen americano forma parte en solitario. Por lo demás, la confusión sobre este asunto es tal que ya es difícil tener uno mismo los conceptos claros cuando todo se confabula en lo contrario.

El funcionamiento de los sistemas políticos no prejuzga su concepto. La degeneración de los sistemas políticos no define su concepto. El concepto se define a sí mismo y determina sus límites, para no confundirse con otro.

Toda sociedad y todo sistema político, por el solo hecho de existir en el tiempo, por el hecho de perdurar e insistir en su ser propio, contiene ya por anticipado su propia muerte, como ocurre en los individuos de cualquier especie. El precio de la individualidad personal o histórica es la muerte. La idea política de “democracia formal”, su práctica institucional, no es una idea platónica en un cielo transtemporal o en una eternidad fijada e inmóvil. Su vida es histórica y padece los efectos de todo lo que es histórico.

“La democracia” no es una excepción a este principio. En EEUU puede estar degenerada o puede estar muriendo, porque ha existido y ha estado viva, y quizás todavía respire con respiración asistida. Por contra, en España, “la democracia” no puede degenerar ni morir, porque nunca ha existido ni vivido entre nosotros. Lo que hay en su lugar es lo innombrable (crimen, sacrilegio, profanación, blasfemia, en registro religioso, serían incluso expresiones muy benévolas para decir esto que es lo innombrable).

En Europa, en aras de la defensa ideológica de la legitimidad de los Estados de Partidos se hacen equivalentes los muy opuestos conceptos políticos de “integración” (frente a exclusión) y “representación” referidos a los partidos como instancias políticas, sin especificar el lugar de su pertenencia, origen y vocación: Estado o sociedad civil.

Ahora bien, las elecciones presidenciales en EEUU no son ni integradoras de masas uniformadas, como ocurre en los Estados pluralistas de partidos europeos, ni representativas de intereses de grupos sociales como en los verdaderos sistemas parlamentarios con distritos uninominales que permiten ese tipo de representación, que es la única que ha existido y existe. Lo primero es lo propio de las votaciones partidocráticas; lo segundo, de las elecciones legislativas parlamentarias separadas al Congreso y al Senado en EEUU y hasta cierto punto todavía perdura su principio activo en las legislativas británicas o francesas.

Las elecciones presidenciales en EEUU son verdaderas elecciones democráticas en las que se decide algo trascendente por el verdadero principio democrático de mayoría, no proporcional y de listas de partido, y lo que este principio refleja no es ni representación ni integración sino corrientes auténticas de opinión social viva y dinámica, expresadas con un grado de espontaneidad relativa, que ya quisiéramos muchos españoles para nuestras elecciones hechas con fórceps para que el feto muy embrionario de la opinión ficticia salga de alguna manera por el canal estrecho de las mentes partidistas y con camisa de fuerza para que el delirio vacuo que nuestros partidos imponen a los votantes quede bien atado. En EEUU, el modo como el estatalismo partidocráctico europeo ha logrado filtrarse ha sido precisamente el discurso de lo políticamente correcto, por completo ajeno a la tradición moral puritana e individualista americana.

8

Es una afirmación banal decir que el discurso de Trump se basa en una cultura política que no es la europea, por lo que difícilmente puede ser entendido traduciendo sus expresiones a las que dominan en las obtusas mentalidades partidocráticas de izquierda y derecha. Éstas prejuzgan con sus nociones el significado del mensaje literal respecto del sistema valores institucional estadounidense.

Un monoteísta no puede hablar del politeísmo más que como capítulo de una bastarda demonología, cosa de la que estamos saciados en los discursos mediáticos de todos los colores. Los actores no recitan poemas del más puro romanticismo durante la filmación de escenas del “hard porno”: el contexto pragmático de comunicación lo impide. Algo parecido sucede con esta trasliteración de la cultura política estadounidense en y por la codificación política europea y en especial española.

Todos los términos, uno a uno, del discurso de Trump (y en general de la vida política americana) están vertidos por “glosadores” y “traductores” políticos “traidores” (traduttore/traditore).

Veamos algunos ejemplos (http://cnnespanol.cnn.com/2017/01/20/este-es-el-discurso-completo-de-donald-trump/#0):

“…hoy no solamente estamos transfiriendo el poder de un gobierno a otro, o de un partido a otro, estamos transfiriendo el poder de Washington para devolvérselo a ustedes, ciudadanos estadounidenses.”

Esta frase nada tiene que ver con ningún “populismo” y quienes emplean esta palabra no saben nada de qué es una democracia formal. Es la simple expresión de la tradicional dialéctica fundacional de los EEUU como nación política y como Estado: la idea subyacente de que el poder ejecutivo electivo (Washington) es delegación de otro poder siempre vigente pero que sólo se ejerce a través de la propia elección. La idea se refuerza por la naturaleza “federal” del Estado: el centro del poder también es el producto de la fuerza de las partes (Estados y ciudadanos) que lo integran.

Es una frase que, como todas las demás, sólo cobra sentido en el contexto de un verdadero sistema presidencial.

Los dos siguientes párrafos inciden en esta idea desde el ángulo de la relación entre poderes del Estado y ciudadanía. Trump se limita a decir que esos poderes se han utilizado para el enriquecimiento de una minoría, que no identifica, pero a la que designa en un ejercicio de clarificación impagable, desconocido en los páramos europeos de las partidocracias: “un pequeño grupo en la capital de nuestra nación se ha beneficiado de las recompensas del gobierno…”. Aquí aparece otra idea característica de la cultura política americana: el poder político al servicio de una oligarquía y la imagen del poder presidencial como instrumento de su contención y limitación.

Lo que pone de relieve Trump es el hecho de que, por su origen, el poder presidencial se legitima como ejercicio del poder ejecutivo contra la permanente estrategia de concertación de las oligarquías de la sociedad civil, de la economía privada y de la propia burocracia profesional constituida en clase política autónoma. Históricamente, entre otras razones, ésta fue aquella para la que sus teóricos Hamilton y Madison concibieron el poder presidencial electivo. Exactamente aquello para lo cual los Estados de Partidos europeos, y en grado desquiciado el español, han sido creados por esas oligarquías, por lo que éstas tienen un verdadero horror al sistema presidencial electivo.

Cuando se dice que Trump es un “outsider”, aun cuando por su origen de clase pertenezca a la oligarquía económica y por su ideología personal pueda ser un republicano “radical” no convencional, se está reconociendo justo lo que es imposible que ocurra en los regímenes europeos: que un miembro de la oligarquía económica, un rico, pueda acceder por elección al cargo máximo de un poder estatal y se mantenga como un hombre relativamente libre y no condicionado por compromisos que obligatoriamente tendría que cumplir si fuera también jefe de partido, y por tanto, quien maneja la burocracia del partido. Precisamente en esta condicionalidad está uno de los rasgos más degenerados y abyectos de los regímenes partidocráticos europeos. Ningún poder del Estado, ninguna institución, ninguna forma o método puede limitar al jefe de partido que es el vértice hacia el que converge la concertación o consenso de todas las oligarquías.

Desde este punto de vista, en el presidencialismo estadounidense hay una virtud difícilmente discernible, en particular por los apologistas de la izquierda del Estado de partidos: el hecho de que dentro de la propia clase dominante el ejercicio de su poder económico y social, puede ser limitado en cuanto pretensión de traducirse e instalarse en el Estado. El estatalismo europeo tiene mucho que aprender de la inteligencia institucional de EEUU, aunque ya es demasiado tarde para nosotros.

La burocracia federal de los demócratas, la supuesta “izquierda” en EEUU, no es el país real y la envidia que degrada a los europeos de mentalidad estrecha y servil es que allí pueden elegir de verdad lo que a nosotros se nos tiene prohibido hacer. Y eso levanta pasiones extrañas, las de aquellos que en el fondo saben que algo muy valioso se les ha quitado. Lo que subyace a la simpatía por Trump no es el personaje sino el modo como este personaje, o cualquier otro, puede llegar a ser elegido.

No confundamos aviesamente la burocracia de Washington con el sistema institucional americano. Afortunadamente para los americanos, la burocracia no es una clase autónoma autoconstituida en clase política, como nos ocurre a nosotros con nuestros serviciales partidos políticos estatales, desechos ideológicos y morales de la Historia contemporánea.

Todo el discurso político europeo bajo los Estados de Partidos es basura que se lleva el viento, porque allí en EEUU se puede elegir algo, y hay corrientes oscilantes de vientos cálidos y fríos, incluso templados en una sociedad civil no del todo muerta, desasistida o anestesiada, pero aquí sí, aquí los partidos y su aliento fétido de bestias saciadas permanecen siempre los mismos, ya se multipliquen por dos, por cuatro o por cien.

Pequeñas diferencias de sociedad política y pequeñas diferencias de sociedad civil. Cada uno elige las que mejor le cuadran a sí mismo y a su moral. No es Trump quien hace daño, es el sistema presidencial estadounidense el que causa este vértigo y este malestar en todos los círculos. No es su voluntad política personal, clara y distinta, sino el hecho de que haya alguien que manifiesta “voluntad política” lo irritante para quienes sólo quieren su negociado funcionarial de por vida.

En EEUU, el verdadero peligro para la democracia formal procede desde los años 1940 del siglo pasado de la concertación entre la alta burocracia federal procedente del keynesianismo y los oligopolios de los grandes contratistas del Ejército. De ahí que la personalidad y la independencia del jefe del Estado, jefe del ejecutivo y jefe de las Fuerzas Armadas tengan tal importancia en cuanto aquí la responsabilidad es directa e inmediatamente personal. La elección del poder presidencial se funda en la confianza personal, no en la ideología política subrepticia impuesta por un partido impersonal.

El juramento del Presidente de EEUU es un juramento de obediencia, es el cumplimento formal de una función delegada y controlada sobre todo hacia dentro. En la práctica, los presidentes de EEUU han estado muy por debajo de las potencialidades que el cargo para el que han sido elegidos les abre, dentro de los límites conocidos. Sobre todo, debido a que su personalidad humana también era muy limitada. Por ejemplo, sobre la eficiencia del sistema presidencial basta comparar tan sólo un dato asombroso, que expresa a las claras en qué situación calamitosa estamos los españoles.

Trump puede nombrar directamente a unos 4000 altos funcionarios para dirigir una Administración federal (central) que aplica la legislación vigente a más de 300 millones de habitantes. En España, en noviembre de 2016 fueron 4000 los cargos que se designaron para formar el personal directivo de toda la estructura administrativa superior que gobierna a una población de 45 millones. A partir de ahí, se pueden seguir comparando estructuras administrativas superfluas, como lo son todos los ridículos ejecutivos regionales para poblaciones de entre 500.000 a 8 millones de habitantes, todos los fraudulentos parlamentos regionales, todos los corrompidos tribunales autonómicos y demás panoplia bufonesco-parasitaria del Estado autonómico.

9

Trump es efecto y consecuencia de la posibilidad real de ejercer la libertad política colectiva de elegir gobernantes. Eso es la democracia formal o una parte sustancial de la misma. Incluso cuando todos los grupos de presión estadounidenses, cuyas inspiraciones europartidocráticas son cada vez más descaradas y presuntuosas, se muestran como lo que realmente son: las instancias que emplean la libertad política colectiva de que gozan los estadounidenses para acabar con ella, a instancias de su modelo europeo.

Quien afirma que el elector estadounidense es ignorante, ése desconoce todo aquello de lo que habla. Más le valdría leer más y quejarse menos de lo que ignora. Menos Wyoming y más Tocqueville. Quien declara elogiosamente lo que hacen los votantes españoles del social-fascismo en el Estado de Partidos en todas y cada una de las convocatorias, ése, sobre todo ése, debería recibir una buena tunda de amonestaciones verbales y escritas.

Precisamente porque este tipo de elección presidencial está más allá de las reglas de juego de los partidos, incluso de unos partidos que nunca son, ni han sido, como los europeos continentales, de naturaleza íntegramente “estatal”, como manda la herencia totalitaria socialfascista que nunca nos hemos sacudido los europeos y todavía menos los españoles, que la tenemos grabada hasta en los menores gestos de nuestra vida cotidiana como actos reflejos y casi siempre fallidos.

Dejemos de ser políticamente correctos y llamen por su nombre lo que nos oprime en España de una buena vez: no consenso socialdemócrata sino dominación socialfascista del Estado-Partido. No caigamos en la trampa para idiotas de creer que hay varios “partidos” distintos. Aprendamos a leer el inconsciente político partidista, el verdadero programa común que los funcionarios oclócratas no exponen a la opinión más que cuando acuerdan secretamente lo que les conviene.

Este tipo de elección presidencial permite que una parte de la población pueda ejercer un derecho del que carecemos en Europa y de manera exasperante en esta España de cartón piedra que trasmiten las informaciones, los telediarios, los artículos de opinión y las obtusas declaraciones de los funcionarios incultos y corruptos del Estado-Partido.

Estos últimos años electorales weimarianos, aún no resuelto y que plantea disfunciones profundísimas que tampoco son ya resolubles con las fórmulas canónicas de este régimen (Rajoy y el PP son la fórmula dilatoria de lo irresoluble, como se va a ir comprobando a medida que avance este “tsunami” trasatlántico que ojalá alcance niveles de gran violencia simbólica contra las creencias y convicciones dominantes), ha mostrado justamente aquello de lo que más carecemos y lo que en verdad más necesitamos: la posibilidad de librarnos de los partidos del Estado para elegir gobernantes directamente. Veríamos entonces qué pasaría con esa “mayoría silenciosa” que no se manifiesta y que en buena parte está constituida por lo mejor y lo más sano de la sociedad española. La esencia de la política y de lo político es el riesgo y la imprudencia temeraria. Da igual quién sea Trump o el hombre y el nombre de confianza de las élites.

Sociedad y Estado que no arriesgan nada, nada ganan. Lo que hay que ganar es tiempo contra la decadencia y ahí todos, incluidos los individuos, jugamos contrarreloj. Con mucha más razón, las sociedades y los Estados, cuyo horizonte temporal está sometido a vaivenes y crisis siempre inesperadas e imprevisibles. Pero eso es lo que hace que cualquier cosa esté viva. Es de la “serenidad” y “prudencia”, cuando proceden de la impotencia y la estúpida cobardía, de lo que hay que saber guardarse.

Lo importante es que una sociedad y un sistema político, como una embarcación en alta mar, resulten maniobrables en función del viento, sea por popa, por proa, por barlovento o por sotavento. Lo anormal, lo patológico es la situación española de estancamiento político y social durante cuarenta años, embutidos en esta institucional cota de malla oxidada, resistiendo en la extraña calma chicha, casi ahogados en medio de un océano infestado de tiburones.

 

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