CRÍTICA DEL RÉGIMEN ESPAÑOL DE 1978

PIERRE MANNEQUIN, O LA VERDAD DE LA SOCIEDAD ESPAÑOLA (2019)

Así pues, hasta aquí hemos llegado, de la mano de un lúcido “realismo”: “Pedro Sánchez, político maquiavélico”. O bien, no menos “epatante”: “El PSOE y la hegemonía cultural”.

Buenos títulos para ensayos publicables en Planeta, “ad maiorem principis gloriam”. Pobre Antonio Gramsci, entre qué compañías tan turbias te obligan a circular, como si la hegemonía cultural la pudiera detentar un partido del propio Estado, un sindicato del Estado, una universidad del Estado y chismes así.

Demasiado anchas tenemos ya las espaldas para tanto “realismo político”, qué importa una joroba más a quien ni siquiera ve la viga en el propio ojo.

¿Qué es el PSOE? ¿Qué es Pedro Sánchez?

El reflejo viviente del estadio evolutivo de la conciencia social públicamente reconocible y a la vez la expresión inconsciente de lo que la clase dominante en el Régimen del 78 ha hecho con los súbditos de esta Monarquía en nuestro singular Sacro Imperio: los estadillos irrisorios donde cualquier patán de medio pelo se cree “Presidente” de no sé qué entelequia territorial deben desembocar en un coordinador general de la descomposición colectiva.

No es que la “derecha política” esté atrapada en un “complejo de culpa”, es que su productividad ideológica simplemente se agotó con la invención del “nacionalcatolicismo” como vehículo de legitimación del régimen autoritario de los vencedores de la Guerra civil y sobre esa base, disuelta ya en los años 60, le ha resultado imposible sobrevivir en las condiciones de una sociedad civil y política de la que personalidades como Pedro Sánchez son perfectos ejemplares, su avanzadilla moral.

La España actual está llena de Pedros Sánchez, es decir, de un sistema de valores en el que la autoficción de un yo social adventicio ha traspasado los límites de la hipocresía moral heredada, característica de una clase media espiritualmente depauperada, de manera que el PSOE, como quiera que se llame o se presente, tiene asegurado como mínimo un tercio del consenso plebiscitario dentro de los parámetros en que se desarrolla la peripecia de la grosera farsa electoral.

Por su parte, esa “derecha política” agota sus energías en colocar en el Estado español a toda esa masa gregaria de varias decenas de miles de individuos en busca de sustento y acomodo en algún empleíllo bien remunerado y que no exija demasiado esfuerzo mental, como corresponde a una clase cuyo fundamento ideal de vida es el decoro de una sana ociosidad. Rajoy era simplemente el jefe nominal de un partido de tales características, pues él mismo era el más sofrenado espécimen del grupo. No se puede ni debe exigir más, porque más no puede dar de sí mismo todo este sector social, que sestea desde mucho antes de la muerte de Franco, sobre todo en esa España provinciana que vive en alguna fecha del calendario muy atrasada.

Oposiciones a cuerpos del Estado, colocación en las listas de un partido para a su vez colocarse en concejalías, consejerías autonómicas y ministerios y luego, hacia los 40-50 años, edad madura y digna, en que el hombre valioso alcanza su máximo rendimiento, algún despacho privado de prestigio profesional. Modelo SSS y Cuatrecasas. Muchos son los llamados, pocos los “elegidos”. La cosa no da para más, incluso el pobre Abascal es hijo, quizás todavía más impúdico, de estas circunstancias.

La diferencia entre unos buscavidas y otros reside (“derecha” e “izquierda” en la desternillante terminología mediático-electoral) en el grado de cinismo, desvergüenza y amoralidad que estén dispuestos a exhibir los ejemplares de cada especie. La sociedad española, disciplinada bajo las condiciones culturales del Régimen del 78, ama por encima de todo sólo una cosa: la mentira de una apariencia de respetabilidad.

No cabe duda de que allí donde esta forma de conciencia colectiva logra triunfar, siempre habrá poetas líricos que escriban odas apasionadas, loas dedicada a ensalzar las bellas virtudes que adornan la personalidad de los grandes hombres del Régimen. Adolfo Suárez ya tiene un aeropuerto y con toda seguridad Felipe González ya ha encargado una estatua ecuestre post-mortem para adornar la Plaza Mayor madrileña, objeto artístico bañado en oro viejo bizantino, que será sufragado por Carlos Slim, que endosará la factura al Ayuntamiento de la muy noble y excelsa Villa.

Por tanto, en efecto, Pedro Sánchez es un político maquiavélico, pero quizás tan sólo en el mismo sentido en que el Tartufo de Molière es un celoso practicante de una fe pura y sincera.

El “análisis político” (quién va en las listas, a quién han pillado con las comisiones en la masa, qué nueva ley han infringido los partidos, a qué juez han colocado en algún tribunal, qué amenazas lanza el ahora locuaz Villarejo desde su prisión, cuál es el último antojo de Puigdemont, cuáles son los vestidos preferidos de Letizia…) debe dejar paso a una crítica de la sociedad española a partir de lo que realmente se puede percibir en una observación paciente.

Con toda evidencia, más allá de lo que puede ofrecer, el Régimen del 78 se perpetúa a través de plebiscitos que una sociedad dominada por facciones políticas (profesionales, en el sentido en el que una Madame prostibularia y celestinesca rige “profesionalmente” su negocio) acepta como expresión objetiva de unos intereses que ella desconoce porque nadie, desde ninguna instancia pública, los declara y se los aclara.

Aquí los intelectuales orgánicos españoles muestran lo que realmente valen: unos pordioseros que recogen los andrajos en los vertedores de la Historia y se los ponen como galas de última creación. Algunos incluso están a punto de descubrir la dudosa legitimidad de los derechos históricos postulados por el nacionalismo periférico en el contexto positivista de una Constitución de corte kelseniano fundada por el atroz delirio “competencial” del título VIII, verdadero “maelström” de la soberanía estatal despiezada.

Los españoles, fuera de la basura ideológica que les hacen rumiar y digerir los partidos en sus medios de incomunicación asocial, no comprenden nada de lo que está ocurriendo. Las clases presuntamente “ilustradas”, que leen algo por el qué dirán, mantienen un nivel de ignorancia política que roza lo virginal: la mentira ya las ha deteriorado irreversiblemente. Las clases más bajas, por su parte, que no leen casi nada, y gracias a este buen hábito se conservan inmunes a la mentira, ni siquiera participan en los procesos plebiscitarios: demasiado bien saben lo que son los partidos de “izquierda” que el Régimen les oferta como saldo y liquidación de temporada desde hace 40 años en la celebración de nuestros peculiares “Black Fridays” electorales.

Hora sería ya de decir algo más. Si un Régimen como éste dura, no es por la consistencia de sus instituciones y por las aptitudes de sus personalidades, puestas efectivamente de relieve cada vez que algún menda abre la boca y declara ante un juez: información suficiente para provocar la Revolución francesa, rusa e incluso cubana, todas a la vez y sin más dilación. En España, más civilizada y hogareña, sin embargo, uno emite el consabido “voto de castigo” y se toca los cojones otros tres o cuatro años… hasta que inventen otro nuevo partido, lo mismo que hace Mercadona con sus marcas blancas.

Quizás este Régimen, fielmente retratado por las deposiciones en sede judicial de los últimos mohicanos despatarrados en los divanes de los ministerios madrileños, tan sólo perdura porque el soporte social que le permite resistir a su profundo carácter autodestructivo (su Constitución formal es una negación de la Constitución material de la Nación política) está integrado por grupos sociales a los que el propio sistema político ha desarraigado de su conciencia, entendida ésta tanto en un sentido “social” como “nacional”.

Pero ocuparse de este asunto es peligroso y lo mejor es guardar un silencio cómodo, arrellanado cada cual entre los cojines del sofá la noche del próximo 28 de abril de 2019 con el mando a distancia, escuchando los finísimos análisis electorales de Michavila y Redondo: televisiva sociología política que nos dice por adelantado lo que somos y lo que pensamos, incluso si formamos parte de algún promedio estadístico, pues la cantidad uniforme y homogénea siempre dignifica la condición humana. Sólo que ni Michavila ni Redondo comparecerán la noche en que los cuchillos de verdad se afilen contra los blandos tejidos yugulares de los súbditos.

Torre del Mar, marzo de 2019

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