COSECHA DEL CORAZÓN

“LA ANATOMÍA ES MI DESTINO” (1998-2018)

Supongo que todos me conocen, porque, tarde o temprano, se acaba uno topando conmigo, sin que pueda nadie hacer casi nada por evitarme. No quiero decir que los más asiduos me conozcan más exhaustivamente, no tengo esa clase de prejuicios, ni siquiera los he experimentado hacia los idiotas que utilizan preservativos. Mi historia, como la de tantos otros, no ofrece nada de particular, a no ser que mi profunda singularidad se deba a una cierta asepsia o insensibilidad, tal vez ocasionada, en mi caso, por una excesiva falta de elasticidad o lubricación natural, de la que, por lo demás, no me considero en absoluto responsable, pese a lo que oído decir de mí últimamente.

He intentado cambiar de actitud, he tratado de comportarme con mayor corrección y propiedad en los actos a los que me destina mi precario valor de uso, me han llevado a reputados ginecólogos, pero siempre hay quien me ha tachado de desconsideración. Por eso, abatido en el más negro desaliento, muchas veces me he preguntado a qué se deberá verdaderamente mi falta de aptitud.

Reconozco, porque no soy nada pudoroso, que algunas lenguas, no demasiado diestras (todo debo decirlo, para no cargar con la culpa yo sólo), ya intentaron, a la desesperada, provocar en mí alguna reacción, que finalmente no se produjo, dado que también es cierto que, de un tiempo a esta parte, encuentro serias dificultades en expresar mis más íntimos afectos, y además no acostumbro a mostrarme demasiado dialogante, lo que tiende a embarazar la comunicación con otros congéneres, de los que tampoco me siento (y lo diré sin veladuras ni eufemismos) orgulloso o solidario, en la medida en que mi historia personal resulta, cuando menos, bastante más desagradable.

Como se deducirá fácilmente de mis palabras hasta aquí, mi vida, por llamarla de algún modo, ha consistido en el irresistible proceso de apertura a un mundo hostil, eso es cierto, pero no por ello he aprendido mucho más de lo que me ha enseñado el propio contenido sustantivo de mi experiencia, no en exceso fluida como debiera. Desde luego, estoy en condiciones de afirmar que, de las muchas incursiones en mí mismo y en los otros (esos otros de cara afilada y espíritu embotado, flexibles espadas que ningún combate auténtico han afrontado), ninguna ha resultado tan plenamente satisfactoria como aquella primera en que la carne se hizo hombre-verbo, cuando ya los gusanos bajo la tierra húmeda empezaban a envejecer a mi alrededor hecho de mármol rojo pálido, digno mausoleo y ara de los sacrificios para los años que quedaban por venir.

No quiero ponerme melancólico pero aún recuerdo que Poros y Penia fueron siempre mis amigos y compañeros, los únicos soportables hacia el final de mi tercera década, y cuanto mayor fue la escasez y privación (purificación cansada de un lluvia todavía honesta), más decisiva fue la abundancia de mis conatos de deseo en la formación de mi carácter, siempre inquisitivo e insatisfecho, a través de las desconocidas estaciones inmisericordes de la carencia, cuando todo estaba por acabar y nada acabó nunca, pese a mi talento vagamente progresivo en lo referente al juego de la dialéctica entre lo lleno y lo vacío.

Me produce un hastío desapasionado reconocer que verdaderamente estoy solo y que quizás monologué demasiado largo tiempo con una estéril caricia sin nombre ni concierto, falsa reversión dentro de mí mismo del vacío y el horror a cuanto precede al contacto que ningún deseo puede limitar en su infinitud soberbia y vanidosa.

Pero lo peor de todo, cuando hago memoria, no ha sido este extraño estado de asepsia, más o menos habitual en mi naturaleza, sino el insano racionalismo jesuítico al que fui sometido en la época de la tiranía conyugal: aquel método anticonceptivo era oprobioso y jamás pudieron persuadirme de que el cálculo estuviese vinculado a mi natural actividad, al menos, la mínimamente exigible según una sabia pero dañina prescripción canónica. No podría describir con cuánta vergüenza de mi parte se me obligó a contar días y horas, como si yo fuera un calendario hecho de cláusulas secretas o la cábala indescifrable de un alquimista chapucero manejando retortas con óvulos fecundables.

Aún hoy recuerdo aquellas noches de insomnio e indolencia, esperando que llegara el día y la hora prefijadas por el apunte en el cuaderno en que graciosamente se me permitía la compañía vagamente gozosa y hasta alguna que otra ligera licencia en el encuentro previsto.

Valdepeñas, primavera de 1998-Torre del Mar, primavera de 2018

 

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