COSECHA DEL CORAZÓN

LA FORTUNA DE LUCIUS (1998-2018)

Tras muchos años viviendo solo en una casa de las afueras de la ciudad, Lucius tuvo que confesarse que se sentía solo. No le molestaba que los compañeros de trabajo lo ignorasen, ni que su mujer lo hubiera abandonado por un pintor esnobista que aún no había expuesto nada, ni que en la carnicería del barrio siempre le dejasen el último turno, cuando apenas quedaban criadillas en mal estado. Pero debía confesarse que se encontraba verdaderamente muy solo y ya comenzaba a estar cansado de tener que limpiar, planchar, hacer las camas, cocinar y tirar la basura, cuando una mañana en que no había ido a la oficina de la Seguridad Social en la que trabajaba, alegando una grave irritación de piel en la cara, le sorprendió una extraña visita, el cartero al que apenas conocía.

Cuando años después me lo contó, entre las copas del mediodía a la salida de nuestro común lugar de trabajo, no pude creerlo y llegué a pensar que, como era demasiado habitual en él, se trataba sólo de una broma, de las que sirven para llenar las horas infinitas de las tardes con esos monólogos cargantes, intercambiados entre hombres que padecen exceso de fatiga intelectual, aunque nuestra actividad laboral no requería demasiado esfuerzo de esta clase, sino más bien paciencia, autoritarismo, rigidez y un cierto tono cínico y enfáticamente desganado.

Lucius me contó que el telegrama, redactado en apergaminado papel amarillo pálido, llevaba inscrito un membrete que no le resultaba familiar, aunque sí reconocía el organismo emisor por vagas referencias de los medios de comunicación. El texto en inglés, al principio, no conseguía inspirarle ninguna impresión, ni favorable ni desfavorable.

No obstante, a duras penas, con la ayuda de un mediocre diccionario bilingüe, pudo descifrar el mensaje institucional: no era, como se temía, un requerimiento judicial por impago de multas o de la pensión compensatoria mensual de Severina, era nada menos que la declaración oficial, sencilla y sin pompa, que le informaba de que su retrete acababa de recibir, por decisión unánime de altos mandatarios culturales, una mención honorífica como objeto de culto artístico con reconocimiento internacional que lo elevaba a Patrimonio Artístico de la Humanidad. Incluso, cuando tras frotarse largo rato los ojos, volvió a mirar el texto enigmático, y vio la firma legible de un nombre español que le sonaba mucho, no consiguió aceptar del todo la evidencia de que hubiera sido posible tal golpe de fortuna para un hombre como él.

Ni por un momento se le pasó por la cabeza que se tratara de una broma cruel y de mal gusto, porque, acostumbrado como estaba a escapar de sus sueños para rebotar contra una realidad quebradiza, nada podría llegar a producirle ya la menor inquietud en su ánimo fortalecido contra la desdicha, ni el escarnio ni la extrañeza podrán ya impresionar sus sentidos embotados por un trabajo detestable y una soledad estéril.

De las tres hipótesis que brotaron espontáneamente de su cerebro, Lucius no consiguió verificar ninguna, con la suficiente elegancia metódica, a saber:

1º Era seguro que su retrete no contenía, ni potencial ni actualmente, y en modo alguno, una especie de germen aún no clasificado por las autoridades sanitarias y medioambientales y, por tanto, valiosísimo hipotéticamente para la investigación científica sobre nuevas formas de vida descubiertas en la materia orgánica en descomposición. En todo caso, sus gérmenes no le parecieron dignos de tanto crédito, aun a sabiendas de que la gente que mandaba en las instituciones internacionales en Nueva York estaba muy cualificada para decidir sobre estos asuntos.

2º No era menos cierto que la taza del retrete, no por el color, ni por la forma, ni por el tamaño, ni por el diseño mostraba indicios que excedieran de lo común y de las condiciones naturales requeridas para la realización del menester y oficio a cuya finalidad había sido industrialmente construido en una fábrica cualquiera. Peor aún, ni siquiera podía hacer gala de una marca comercial prestigiosa, gracias a la cual algunos culos, ya democratizados, elevan su dignidad humana y su rango social.

3º Finalmente debía reconocer con desapasionamiento y ecuanimidad que su retrete, al que ya se encontró allí cuando alquiló la casa, no podía representar el resto arqueológico de alguna reliquia del pasado. En efecto, ahora se daba cuenta, su retrete no era romano ni griego, ni tampoco evocadoramente renacentista, pese a la meritoria forma de ánfora o lecito cónico hueco que solía mostrar bajo la apariencia de un retrete vulgar.

Así pues, Lucius releyó el escueto texto otra vez, redactado en un inglés burocrático con el que empezaba a sentirse cómodo (pero que, ante un juicio posterior más meditado, no estaba exento de certeza, incluso se mencionaba de pasada una monografía universitaria sobre su retrete como título acreditativo de su valor) e inmediatamente de dirigió, como movido por un resorte automático, a su cuarto de baño para observar el doméstico servicio con detenida caricia de sus ojos aún somnolientos. Más aún, en un acto impremeditado de lo que tal vez podría ser considerado, desde ahora en adelante, como un crimen nefando contra la Humanidad y sus bienes culturales, se bajó los calzoncillos y se sentó imperturbable sobre la taza del retrete.

Meditó durante el tiempo justo de orinar: si él poseía en exclusividad un retrete que jamás había servido para otro fin que para recibir pacientemente excreciones y residuos corporales y este objeto había sido declarado Patrimonio Artístico de la Humanidad, entonces la profilaxis radical estaba empezando a cumplir sus últimos designios. Y lo peor, así lo deducía con agrado cómplice, es que no se trataba esta vez de una mala resaca de unos cuantos funcionarios neoyorkinos o tailandeses al final de unas laboriosas sesiones de la UNESCO, ni siquiera de un error atribuible a los traductores o los taquígrafos que pasaban a limpio los borradores sobre las discusiones e informes diarios.

Como por iluminación, no pudo dejar de pensar con nostalgia en la hermosura latente que todos los días y a todas horas arrojamos por las cañerías de los desagües, sin llegar a sospechar el infinito valor que posee en esta vida todo lo que nos la hace más higiénica y soportable: los bastoncillos de algodón con leve impregnación de cerumen, los condones descuidadamente infrautilizados, las maquinillas de afeitar despreciadas, la ingente proporción de celulosa acumulada, los residuos queridos de los granos de la sotabarba, las compresas desteñidas y fluxentes, los pelos caedizos y grasientos sin raíz a la que aferrarse, todo en fin desvitalizado, olvidado por el increíble orgullo humano.

Recapituló con inesperado aire de sorpresa y una mueca de sonrisa irreverente en los labios: sí, claro que sí, el arte comienza donde acaba la mierda. Con esta última satisfacción, permaneció aún por espacio de cinco minutos acuclillado sobre la taza del retrete, que ya empezaba a enfriarle ambos cachetes del culo. Cuando se alzaba los calzoncillos, con ligero escalofrío, se sintió por primera vez esta mañana congratulado por ser el único ser humano sobre el planeta Tierra que podía presumir sin embarazo de estar en posesión exclusiva de un retrete artístico y honorífico como orinal de Monarca absoluto en la Corte de Versalles. No es que le importara mucho despertar insanas envidias entre la vecindad o entre las amistades escasas que frecuentaba, pero preveía, no sabía por qué secreta providencia, que su vida iba a cambiar de un modo definitivo.

Y, en efecto, así fue, porque a las diez de la mañana del día siguiente llamaron otra vez a su puerta. Al abrir, pudo comprobar cómo lo miraban unas extrañas caras, escuálidas o amarillentas, que le sonreían uniformemente, caras como de gente de muy lejos, fatigadas por el calor. No obstante su sorpresa equívoca, cortésmente encaminó, como cumplido anfitrión, a los primeros turistas, japoneses y noruegos sobre todo, que, arremolinados en torno a él, sin esperar ni atender las instrucciones reglamentarias del guía-cicerone, entraron súbitamente deslumbrados en el cuarto de baño, que, como solía, no presentaba un aspecto reluciente.

El primero en lanzar el “flash” fue un menudo ancianito japonés, en mangas de camisa, “shorts” y zapatillas de deporte. Observando las expresiones de los rostros satisfechos, Lucius concluyó que muchos miembros del grupo no parecían nada insensibles a las ocultas bellezas de la taza del retrete, y ni siquiera se admiró cuando una abuela noruega, esbelta, todavía atractiva y muy aseada, pasó los dedos por los bordes del soporte plástico y, dirigiéndolos luego a la nariz, aspiró hasta lo más profundo de su pituitaria y exclamó serenamente conmovida:

-Oh, my God, it´s very beautiful and interesting this shit´s room!

Nadie se sonrojó, aunque todos hablaban “basic english” y la frase afortunada fue perfectamente comprendida y apreciada con unanimidad en su sentido literal. En efecto, todos se sintieron obligados a confiar en la certeza bien ponderada de este juicio, pues la abuela noruega había sido afamada profesora de Arte y Estética contemporáneos en una prestigiosa universidad estadounidense, pese al aspecto que presentaba con gran pamela verde claro, vestido floreado de verano y grandes gafas de sol dentro del cuarto de baño.

La infalibilidad prosaica de tal declaración, que un coreano jubilado se apresuró a apuntar en sus lujosos y abultados “Cahiers de Voyage”, sin embargo ofendió el buen sentido del joven guía, un estudiante de Arte por la UNED, que hablaba un inglés más que correcto con un ligero ceceo. Con palabras comedidas pero no desprovistas de intención, insinuó la no remota posibilidad de que todo el tinglado fuera un vulgar camelo de Lucius, cuyo atuendo y vivienda no inducían a especial confianza.

Lucius supo salir del trance mostrando su telegrama: la sorpresa del guía fue mayúscula y se sintió obligado a pedir disculpas cuando leyó que la sala de baño “ofrecía al público un cuadro singular y realista de la vida concreta del hombre contemporáneo y de los usos y costumbres de los indígenas, que aún se sentaban en retrete para llevar a buen término sus necesarias excreciones humanas, a las que tenían derecho reconocido sin distinción de razas, religiones, clases, credos políticos o tendencias sexuales…”.

Entretanto, se estaba produciendo un inhabitual alboroto entre los turistas en el cuarto de baño recién ascendido a “sala capitular” del Arte Contemporáneo. Algunos de ellos intentaban atrapar una curiosa cucaracha viva que salió por las cañerías, y se disputaban educada pero ruidosamente el privilegio de un tal “souvenir”.

La afortunada cazadora, finalmente, fue una ágil solterona china, que tras diversos esfuerzos motrices de su espalda reumática logró capturar al humilde animalito, y pese al denuedo con que intentaban arrebatárselo los otros, ya no tan flexibles, pudo introducirlo en su pequeño bolso de mano, ante la mirada resentida y envidiosa de sus compañeros de viaje, en especial un escocés casi cobrizo de aspecto patibulario, que ya había utilizado su edición del “Times” para perseguir al insecto.

Sin embargo, quizás enternecida por las súplicas colectivas, lo volvió a extraer del bolso y dejó pacientemente que el ancianito japonés le hiciera una fotografía, mientras ella mantenía orgullosa el ejemplar sobre la palma de la mano, intentando que se quedara inmóvil presionando su dedo anular sobre el duro caparazón.

Luego, antes de continuar con la precipitada visita por otros recónditos hogares españoles, surgió otro pequeño altercado sin importancia, en el que intervinieron otra vez el escocés de aire patibulario y una gruesa señora letona, aún enrojecida por sol o por el esfuerzo de soportar su peso. Ahora se trataba de saber a quiénes pertenecían el rollo de papel higiénico y la escobilla de limpiar la caca, “souvenirs”, observó consternado, no tan valiosos como el primero pero dotados al menos de un tipismo nada desdeñable.

El guía, consagrando su autoridad en la materia, debió intervenir para imponer un juicio salomónico: decidió sin pestañear (cinco años estudiando catedrales góticas avalaban su decreto) que la escobilla pertenecía al escocés y el rollo de papel higiénico, a la dama letona.

No faltó quien, evocando emocionadamente anteriores excursiones a alguna ciudad italiana, tal vez Roma, recordó la vieja costumbre de arrojar monedas a la Fontana di Trevi y pedir un deseo por la expectativa de un año más de vida y vacaciones o de un mejor resultado en el último análisis de orina. Así diferentes monedas en distintas acuñaciones nacionales empezaron a caer en el retrete, salpicando el agua, mientras los que intentaban forzar el Hado se ponían muy serios y entrecerraban los ojos esbozando un gesto como de niños enfurruñados.

Los más ingenuos, o los que gozaban de una más acabada formación intelectual, seguían discutiendo si el Hada o la Dama del Lago, o al menos alguna ondina menos conocida, también habitarían los retretes como espíritus personificados, corpóreos o no, y, sobre todo, debatían si sería fotografiable, tal como sugería el folleto turístico, mientras el guía trataba de explicar que en España hacía varios años que no solían ver duendes ni hadas en los cuartos de baño, sobre todo desde que se utilizaban fuertes productos industriales de limpieza, muy tóxicos para cualquier forma de vida bacteriana y no poco desmitificadores para las manifestaciones de una vieja tradición sobrenatural.

Lucius no se sentía esa mañana muy interesado por tales discusiones eruditas, así que se fue a la cocina a prepararse un segundo desayuno e improvisar algunos canapés para los inesperados visitantes. Empezaba a experimentar un inexplicable sentimiento de hospitalidad, que vio nacer justo cuando observó que los turistas no se cansaban de arrojar en el retrete moneditas y más moneditas en un flujo constante.

Al principio, no pensó en que este procedimiento pudiera convertirse en una fuente regular de ingresos ni en un mínimamente aprovechable recurso económico, pero, cuando tras marcharse el grupo dos horas después, volvió al cuarto de baño y extrajo la pesada carga metálica, comprobó que los turistas habían sido excepcionalmente generosos: habían dejado varios centenares de dólares americanos, lo que significaba bastante más de lo que ganaba a diario como sueldo neto en la oficina de la Seguridad Social en la que trabajaba.

Desde luego, los turistas parecían mucho más soportables que sus altivos jefes de sección, así que su primer pensamiento consistió en registrar, a su nombre y personal propiedad, el retrete, a fin de que nadie pudiera discutirle o escamotearle sus derechos a las plusvalías que iba a extraer sin arriesgar ningún capital propio. Pero entonces estaba el inconveniente de que tendría que verse obligado a declarar estas ganancias a la Hacienda pública como rentas de capital o algo parecido y esto, en principio, no le agradaba demasiado.

Debería consultar a un buen abogado, experto en asuntos de desgravación fiscal por la posesión de obras de arte, aunque también cabía la posibilidad de transformar su domicilio personal en una Fundación cultural exenta de impuestos. Su obra de arte estaba bien conservada o al menos bastaba limpiarla con un poco más de esmero y frecuencia después de cada uso diario.

Valdepeñas, invierno de 1999-Torre del Mar, primavera de 2018

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