COSECHA DEL CORAZÓN

COMO SI NADA (1998-2018)

Pablo nunca creyó que, por una vez en su vida, fuera ahora capaz de decir no. Le parecía tarde y, sobre todo, muy desaconsejable el intento siempre fallido de saber más o menos de lo que su destino le había preparado, con mucha antelación quizás, en el tiempo y en el espacio.

Por eso esta vez le dijo a Eva que no viajaría con ella hasta esa ciudad que tanto le hubiera apetecido conocer, con sus deslumbrantes y enormes librerías, donde todos sus deseos de paciente lector que ha consumido su juventud desaliñada en leer, se le abrían en perspectivas y combinatorias casi infinitas, escalofriantes.

Pero tenía que confesarse algo probablemente más inmoral: quería decir no (sabía que no podía hacerlo) para demostrarle a Eva que él era mucho más fuerte que su poder de seducción, un poder capaz de haberle hecho, en otro tiempo menos desesperado, perder todo lo que aún le quedaba de dignidad mal entendida, de pudor mal concebido, pues tal era Eva a sus ojos que ni siquiera Joseph Losey a través del personaje interpretado por Jeanne Moreau podría haberla retratado ni por aproximación.

Ese genio del mal, ese profundo genio maligno que habita oculto, esperando su presa, detrás de la apariencia afortunada de una belleza inencontrable en otro rostro, en otro cuerpo, en otra voz, en otra sonrisa, en otra mirada: toda la infinitud maligna pero soberbia de lo que puede contener el mal hecho a la medida de los hombres, pero, por eso mismo, aún más insoportable para quienes son simplemente humanos.

Cuanto más lo pensaba, menos capaz se sentía de decir por una vez en su vida: no, y basta. Pero ¿cómo es posible que, cumpliendo un designio superior, la infidelidad y la desdicha nazcan de asumir una decisión propia hasta el fin, hasta la extenuación y la contradicción de los propios deseos? Siempre le había sucedido lo mismo, siempre había vacilado, dudado y, pese a todo, nunca renunciaba a nada por adelantado: su modo de poseer las cosas era el mero deseo imaginario de las mismas, no su posesión realizada, ésta carecía a sus ojos de todo brillo de interés.

Él era un hombre de puras y desinteresadas virtualidades y en ellas empecinadamente insistía con resolución casi enloquecida, como si la vida sólo pudiera ser la irresistible condena de la potencia que jamás llega al acto, la energía sin continente que jamás llega a gastarse en sus múltiples transfiguraciones objetales, el fenómeno interminable sin esencia que esconder: la virtualidad era para él el modo de mantenerse fiel no a la verdad sino a la apariencia desnuda.

Le molestaban sincera y profundamente todos estos pensamientos, no sólo por sí mismos, sino porque lo condenaban de hecho a un autocastigo sin providencia y, sobre todo, lo inducían a la conducta un poco mimética de todos esos personajes narcisistas y evanescentes que tanto agradaron a los realizadores de la “Nouvelle vague” en los años sesenta del siglo XX.

Pablo los conocía bien y no quería por nada del mundo convertirse en uno de ellos, en uno de esos seres que viven autonecrofílicamente a expensas de sus sentimientos intransferibles en nada real, y no es que él, a fin de cuentas, apreciase o respetase “lo real”. A menudo le ha dado muchas vueltas a la sentencia de Nietzsche: “Los poetas carecen de pudor respecto a sus vivencias: las explotan…”. Claro que es cierto, “vivimos” de ello, piensa otra vez Pablo en silencio siempre que acude a su mente esa misma frase. Sí, como otros viven o malviven de recoger desperdicios, como otros viven de la delación, como otros viven haciendo engendrar dinero al dinero ajeno…

Pero Eva no es sólo una experiencia virtual, un deseo y su encarnación diabólica, la forma de un anhelo y todos sus reversos posibles e imposibles: es algo real junto a todo lo real y cada vez, alejada y distinta, más real que lo real. Sí, a medida que ella se va convirtiendo para él en proyecto, destino, designio (“destin, destination, destinée”: le gusta jugar con las palabras francesas, mucho más arteras y sutiles que las de su propia lengua), ella deja de ser ella y su sombra para devenir la única realidad, el único poder de hacer algo real en este mundo aporético que desconoce toda la luz, acumulada a lo largo de siglos, generaciones y estrellas muertas, que desprende un cuerpo elegido, tocado por la aventura sinuosa del deseo.

Pablo quisiera abandonar para siempre todas estas necias reflexiones hiperbólicas que le mantienen todavía atado a una forma humanidad a la que desprecia con irrisión y cinismo nunca disimulados y se siente por ello muy culpable cuando piensa: “es sólo el humo, la selva de los senderos que nunca llevan a ninguna parte, los cuarenta y tres cigarrillos a las seis de la tarde, con la persiana cerrada y sin luz, en este invierno sin lluvia ni caricias…”.

Lo peor, ahora se da cuenta, aunque venía sospechándolo tiempo atrás, es que no sabe escapar (ni puede aunque quisiera) a todas estas galerías culturales en cuyos espejos se refractan providencialmente todas sus ideas, todos sus deseos, todas sus pulsiones, incluso ya mucho antes de que él pueda decirse serenamente: “soy yo quien lo siento, soy yo quien lo piensa, pero ¿qué y quiénes piensan y sienten a través de mí? ¿no soy yo quien siente y piensa a través de ellos, a través de ello, insaciables, desconocidos y omnipresentes en mí…?”

Por eso ahora, cuando va a decidir decir un no soberano en su vida sabe perfectamente que hay algo que está diciendo sí al mismo tiempo, pero que el juego va contra él y sus ilusiones respecto a Eva. Nunca podrá poseerla, no porque ella lo rechace sino porque él no puede poseer más que el deseo de poseer: en el fondo está desposeído y nada cambiará esta regla absurda de su existencia, ni siquiera poseerá su vida en el acto definitivo de decidir su propia muerte y la imagen de Maurice Ronet en “Le feu follet” o la del personaje de Enrico Steiner en “La dolce vita” ruedan otra vez por los recovecos de su hiperexcitable cerebro, ahora entumecido de tabaco y hastío.

Al pensar en Eva y Ronet simultáneamente aparece en su mente la frase francesa con la que Drieu de la Rochelle describe al comienzo de la novela el acto amoroso de dos cuerpos: “il glissait sur elle come une serpent entre des cailloux”. Y entonces percibe la frialdad de su propio cuerpo, de su sexo desnudo y humedecido por el sudor que le acompaña siempre cuando su pensamiento se encuentra afiebrado y cabalga desbocado sobre la forma abrupta de la ilusión, de lo que seduce más allá de la fisiología y sus fantasmas estériles, implorantes y vindicativos.

Lo peor no ha llegado aún, son las seis de la tarde y ya sabe que le espera una noche como las que recorrían en tiempos más felices los místicos en sus viajes iniciáticos en torno a un dios oculto y malévolo que gusta de ver sufrir a sus desdichados amantes: no, la vigilia de ese dios no es eterna, sino por el contrario muy adaptada a la condición mortal de sus amantes. Así también la mujer, que no por casualidad, en la venerable era cristiano-medieval ha sido investida de ese mismo poder luciferino de condena y salvación. Mediadora María, “Dame sans merci”, “Pietà”, “Mater dolorosa”, “Donna angelicata”, “Bellezza sdegnosa”…, toda esa fascinante objetivación simbólica que suena aberrante, irracional y absurda a nuestros desmañados sistemas nihilistas de representación del “erotismo” moderno.

Pablo se siente aún más infeliz cuando percibe con demasiada clarividencia la pobreza de su vida en la época “manqué” en que tiene que verse obligado a vivir y ha sido arrojado al mundo. Pero a veces ha sospechado que su cama es un ágora y un liceo donde las múltiples formas incorpóreas de su subjetividad dialogan casi socráticamente entre sí.

Realizando un esfuerzo desmedido acaba ahora de extraer de su mesita de noche una fotografía de Eva, que logró de ella después de muy enrevesadas argucias a propósito de su necesidad de disponer de una foto suya para que un amigo le hiciera un retrato de ella al estilo de Modigliani y su famosa modelo en “Desnudo acostado”, alegando que observaba cierto interesante parecido. Su cursilería miserable le daba asco, pero era la única idea que se le ocurrió para poseer algo vanamente material de Eva, algo que se pareciera aun de lejos a ella, un fetiche de Eva y, ciertamente, la excusa no le pareció demasiado reprochable.

Claro que Pablo no contaba a su favor con la vanagloria esnobista de Eva, habituado como estaba al solo trato con mujeres incorpóreas, mujeres de papel, pluma y tinta, carentes por ello de todo defecto moral comprobable por la propia experiencia. Pablo, cree que, con una demostración de envidiable coherencia personal, se siente muy cómodo y reconciliado consigo mismo cuando piensa que las mujeres de los sonetos y los retratos renacentistas, hablando con propiedad, no disponen de una verdadera vagina ni nada parecido que pudiera ocasionarle una disfunción orgánica, una náusea inesperada o algún leve despertar de su somnoliento reptil interior, largo tiempo hibernado.

No es que Pablo se sienta podrido por dentro, corroído de algún mal inconfesable, tan sólo se limita a saber con buena conciencia que, pese a todos sus esfuerzos por evitarlo, está irresistiblemente podrido, de hecho y de derecho, y por eso, el no súbito y desesperado a Eva es un modo piadoso y cobarde de decirse a sí mismo que nada puede cambiar, que la irrupción de Eva en su mundo privado, catastrófica o redentora, según lo determine su voluble estado de ánimo, no puede desembocar en una última tentativa por darle sentido, por prestarle al tiempo que le queda por vivir una posibilidad de renovación (no es viejo pero intuye oscuramente que no le queda mucho tiempo): no, él tiene la certeza anticipada de que Eva no es su tierra de promisión, ni encierra ningún mandamiento ético-estético suprasensible (además indudablemente dispone de una vagina como las demás mujeres con quienes ha comerciado cuando todavía era impuro y descreído), ni contiene el signo impalpable de una revelación (también excretará, también sudará, también querrá seguramente ser penetrada por diferentes vías purgativas…).

No, Eva está ahí y nada más. Pablo no es como los otros hombres, un amasijo vomitivo de represiones y deseos banales, embrutecidos por hábitos taciturnos y repetitivos. Pablo carece, en lo más profundo de sí mismo, de cualquier impulso ciego o espontáneo: su inteligencia ya les ha dado nombre a todas las cosas, lo ha recibido en sí, lo ha impreso y poseído, lo ha saboreado hasta la saciedad más abyecta, pero su inteligencia está vacía, como el bolsillo interior de una vieja chaqueta que mandamos recoger en el desván y ahora unos niños precoces y entrometidos se la ponen para jugar a adultos.

Eva ignora todo esto, ignora casi con toda seguridad que hay hombres así (y muy pronto quizás dejará de haberlos), ignora que Pablo es un hombre que desea dejar de serlo, ignora que Pablo podría amarla como si ella existiera en un más allá ininteligible e inconexo.

Cuando Pablo ya lleva largo rato tumbado en su cama a las seis de la tarde, cuarenta y tres cigarrillos en el cenicero como señal de una nueva marca personal, desaseado y desnudo en la hosca oscuridad de su apartamento de alquiler, bajo unas sábanas que llevan ya dos meses y medio tendidas en una cama sin hacer, Eva ve la televisión y asiste gratificada o aburrida a un “talk show” para amas de casa después de las horas de trabajo doméstico. No es que Eva se parezca en nada a ellas, pero también ve la televisión como si nada. Pablo le dijo una vez, cuando se conocieron, una de sus frases anonadantes y lapidarias: “Hoy vivimos como si nada” y ella se quedó pensativa, impresionada o molesta por el abusivo poder que Pablo ejercía sobre las más insignificantes palabras, que él sabía poner a significar como una endemoniada cadena de montaje de un discurso horriblemente construido. Ahora ve la televisión y esto es para ella como si nada.

No es muy probable que esté pensando en Pablo a las seis de la tarde de un día frío y abatido de trabajo estéril. Tampoco es muy probable que si pensara en él por un solo instante se sintiera más gratificada por este pensamiento que por las imágenes y sonidos de la televisión.

Según Pablo, Eva es una mujer inteligente (pero su concepto de la inteligencia no es exactamente convencional), sensible, a la que podría cultivar con una sabia dirección espiritual y afectiva: él cree ingenuamente que se puede “domesticar” a una mujer mediante la “cultura”, el saber y la sensibilidad exquisita. Entre las muchas cosas de vital importancia que Pablo ha decidido voluntariamente olvidar desde que conoce a Eva, una de ellas (sin duda la más decisiva de todas) consiste en que ignora que la mujer (y Eva dispone de vagina, eso parece fuera de discusión para él) sólo puede existir como ser salvaje e irreductible, al que el refinamiento masculino (el que a nosotros nos hace hombres pertenecientes a una determinada cultura, pero éste le parece a Pablo un concepto abominablemente débil y enfático) a ellas sólo les puede proporcionar una segunda naturaleza muy superficial, mucho peor que la primera.

Pablo ha leído a Nietzsche y comparte con él su desazón ante la evolución “liberadora” de la mujer moderna, pero desde que conoce a Eva está muy dispuesto a dejar aparcada en doble fila esta vocación misógina, sobre todo porque se encuentra rodeado por una dominante atmósfera hembrista que ya le sabe a tósigo infernal. Por lo demás, transitoriamente está dispuesto a guardarse para sí todas estas opiniones para evitar funestas consecuencias en forma de perpetuos malentendidos. Por consiguiente, hay en Pablo una secreta inclinación a no hablar abiertamente de estos asuntos cuando está con Eva, porque su susceptibilidad podría exponerlo a choques todavía innecesarios.

Eva le ha dicho a Pablo que hoy las mujeres están perdiendo la ya escasa feminidad que les queda y Pablo, consolado y en realidad entusiasmado con este buen juicio, no puede reprocharse admirar a una mujer que efectivamente sabe de lo que habla casi siempre, rasgo muy poco habitual entre ellas, pues son capaces de decir cualquier cosa a propósito de no importa qué. Además, ella es plenamente consciente de que ejerce con toda espontaneidad ese mismo poder de seducción que advierte que se está evaporando como un sueño al llegar el día. Pero Pablo se alegra entonces de haberla conocido, pues al menos la esencia está a salvo todavía con ella.

Eva es una mujer para Pablo en otro sentido, no sólo porque posea esa cosa horrible que no le agrada evocar sino porque además la definición profunda de su ser como principio y “causa sui” es totalmente femenino: sencillamente, es una mujer en extinción, a punto de desaparecer bajo el peso muerto de los reglamentos laborales, los horarios, la mismidad universal y los pantalones vaqueros. A los ojos de Pablo, esto la hace muchísimo más “valorizable”, casi venerable, como todo lo raro y singularizado: es un valor en sí, el ejemplar único de una pureza de raza que excede los límites de la banalidad que seguramente la rodea. Pablo siente la irreprimible (y puede que no del todo desinteresada) necesidad de salvar, con arrojo y denuedo impropios de su temple de ánimo, justo esa diferencia extinguida, lo mismo que lo fascina e intenta entender en todo lo que no es occidental ni moderno ni racional. Ingenuamente justifica su amor naciente en una serie de argumentaciones ideológicas que no resistirían el frío análisis de su lucidez anterior al primer contacto con Eva.

Eva está aburrida mirando la televisión: podría hablar por teléfono con Pablo, incluso podría hacerle una visita de cortesía, pero es seguro que no lo hará, no porque la lluvia y el frío del atardecer se lo impidan, sino sencillamente porque, a efectos óntico-ontológicos, Pablo no existe, ni siquiera la suya es una presencia presentida, la mente de Eva no contiene una representación, definida o indefinida, clara y distinta de su ser ausente: Pablo es tan sólo la sustancia en descomposición, desprovista de accidentes identificables con predicados propios, un mero conocido conectado causalmente a ella mediante vanas transiciones habituales en los pasillos del lugar de trabajo que comparten desde hace poco tiempo.

Eva sabe de antemano que Pablo es aburrido, torpe, desaliñado y monótono, que carece de cualquier atractivo practicable, que es atropellado en sus palabras y destemplado en sus actos y conducta pública: en definitiva, alguien de quien no hay que fiarse demasiado ni prestarle tampoco atención o mostrar algún interés, por menguado que sea. Eva tiene vagina ocupada, aplazada, amortizada mediante una relación intersticial a distancia con otro hombre, éste sí realmente existente, ónticamente presente, temporalizado como real por una dimensión de recuerdos y experiencias compartidas, afectivamente activo.

Pablo debería haberlo intuido, no es tarde para aprender. Una de las formas de seducir más valiosas es la autoprotección de la propia mujer ejercida con obstinación sobre sí misma: el recato, la parte oculta que nada tiene que ver con el puritanismo burgués ni la tartufería cristiana sino con el puro juego seductor de las apariencias.

Cuanto más se protege una mujer del enemigo exterior, más crece el enemigo interior y se hace fuerte contra ella: esos seres híbridos que la cornucopia machista ha plantado por doquier no pueden ofenderla pero sí orientarla hacia una forma de intimidad diferenciada.

Cuanto más se protege celosamente una mujer a sí misma, tanto más fascinante tiene que mostrarse porque surge, gracias a su puesta en juego, el antagonismo, la dualidad, el desafío, la baza fuerte y una clase muy apasionante de angustia: no la del dios oculto y el creyente que no se sabe elegido ni predestinado por la Gracia sino la angustia agonista de los combatientes de fuerzas iguales.

Pablo formula mentalmente las tesis de Jean Baudrillard y cree teóricamente en su profunda y decantada belleza, cree en su inaudita verdad, ajena a la lógica identitaria de una cultura nihilista que ha envilecido al “erotismo”, ha enajenado la sexualidad y ha despoetizado el amor, pero en la práctica, su carácter tímido, su mutismo reservado, su espíritu apocado no le hacen nada competitivo ni antagonista ni luchador. Así que ya ha renunciado de antemano a Eva, al premio de esta única y bella competición. Además, él se siente inhábil en su trato con las mujeres que tienen vagina real: es seducible, miserablemente y con dificultad, pero ni siquiera con dificultad él es seductor. Nunca ha sabido jugar a ningún juego y el más sublime de los juegos, el que nos pone a nosotros mismos en la integridad de nuestro ser, lo desconcierta, lo desequilibra y lo desquicia.

Pablo no sabe sufrir a gusto. A decir verdad, con toda franqueza, él no reprocha su desdicha actual a la indiferencia de Eva sino a su propia incapacidad de cambiar las reglas de juego.

Eva ha apagado el aparato de televisión y ahora se está preparando un café bien cargado en la cocina. Sigue siendo altamente probable que no piense en absoluto en el objeto Pablo, el fenómeno Pablo, el dato de la conciencia llamado Pablo: tanto que ahora mismo corriera a sus brazos y esta otra “Dame sans merci” se convirtiera lujuriosamente en la “Dame du remerciement”.

Mucho menos probable es que esta larga noche de invierno (ni siquiera golpea sus ventanas la lluvia ni ulula el viento: no puede simular un escenario romántico para su inestable estado de ánimo) Pablo deje de pensar en ella, puesto que el objeto (incluso dotado de vagina no accidental), incluso el fenómeno (sudoroso), el dato de la conciencia (incluso con contenidos excretables y por tanto excretante) llamado Eva sí tiene sustancialidad para Pablo, ya que no otra, sí sustancialidad de materia viva y dinámica, también le ofrece el fluir del río heracliteano en el que él ya ha naufragado muchas veces y no ha emergido del agua renovado, iniciado en secretos mistéricos, bautizado e integrado en una humanidad redimida, sino tan sólo mojado como una sopa de pobre y maldicente como una vieja puta ultrajada.

Valdepeñas, invierno de 1999-Torre del Mar, primavera de 2018

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