ESPAÑA, TIERRA DE NADIE

“DE DONDE LAS COSAS TIENEN SU ORIGEN, HACIA ALLÍ DEBEN SUCUMBIR TAMBIÉN…” (2019)

Desde el otoño de 2014 sigo la política española, poseído por el morboso placer estético de experimentar por anticipado una tragedia futura. Observo con deleite incomunicable la producción mediática de esta atroz mentira y la cobertura intelectual de las ideologías que buscan hacerse un lugar bajo el sol en el chusco papel de fuerzas vivas para la relegitimación del Régimen del 78 por su ala derecha, habida cuenta del agotamiento de las temáticas izquierdistas con que se encubre la dominación de la clase burocrática de este desfalleciente Estado de Partidos español. Alfonso Guerra ya se apunta a la defensa del Orden Constitucional: el personaje de Pirandello en busca de autor. Más vale esta veleidad que ir dando tumbos por el mundo en avión oficial cobrando comisiones…

Por supuesto, el tema de la guerra cultural que patrocina Javier Benegas ofrece más consistencia estratégica que el ilusorio revisionismo histórico de un Pío Moa, el brutal discurso anti-inmigración de un Enrique de Diego, la exhausta rentabilización de los tópicos del liberalismo tardío de la Escuela Austríaca, la crítica anti-negrolegendaria de los discípulos de Gustavo Bueno, pero es bastante trasparente en lo que se refiere al horizonte final que dibujan todas estas tendencias.

Ciertamente, la derecha española necesita un nuevo relato si quiere hacerse con el poder institucional, rompiendo amarras con el consenso ideológico que hasta ahora mismo la había hecho partícipe del sistema de cuotas de poder de las facciones oligárquicas, tanto las de partido como las patrimoniales.

Ahora bien, el crack en la cúspide de la pirámide del juancarlismo como método de ocultación de la naturaleza del Régimen, la precipitada aventura de la facción catalanista de la gran burguesía, que pone de relieve todo el entremado de las relaciones de poder auténticas, siempre ocultadas a la opinión (el relato identitario españolista va a cumplir ahora esa función de salvar las apariencias, como refuerzo del Orden Constitucional); el agotamiento de las reservas presupuestarias para la expolio de las burocracias autonómicas; el hecho mismo de que cada vez hay más comensales sentados a la mesa que no se satisfacen sólo con migajas, junto a la pérdida de la libertad relativa de movimientos de estas burocracias políticas, al ligar su destino a los dictados tácitos del eje Berlín-Bruselas-París, en fin, todos estos factores y muchos otros de parecida índole, inciden en esta renovación forzada del discurso derechista desde diferentes frentes de ataque.

De todos modos, se percibe ya de cerca, ya de lejos, ese aroma a cosas desempolvadas, esos recién estrenados guardamuebles, esa extrañeza hacia todo lo que retorna debilitado con un aire senil, como maquillaje que envuelve las facciones arrugadas de una anciana que nunca fue ni siquiera de joven agraciada…

Almodóvar, Venezuela, Blas de Lezo, vaya semanita, y eso que Villarejo todavía no ha hablado del conocido affaire de la princesita putativa: primero, disparamos la flecha, luego pintamos la diana, reactividad de una conciencia enajenada que sólo puede producir síntomas de huida ante cada afrontamiento de la realidad indeseable, aparato mental inhibitorio para una desilusión consigo mismo nunca confesada.

Y no me digan que no fue divertido el intercambio epistolar entre Julio Ariza y José María Lasalle (el intelectual orgánico del PP, habermasiano patriota constitucional y lector alevoso de Rawls, ¡el ex-esposo de la niña Ricitos Meritxell, la negociadora infrasorayesca!…) a cuenta de la “Revolución Conservadora”, aquí en esta España, en la que lo único revolucionario sería el mero hecho de que Belén Esteban articulase una oración subordinada con verbo en subjuntivo… y Pierre Mannequin confesase por fin su disfunción eréctil.

«De donde las cosas tienen su origen, hacia allí deben sucumbir también, según la necesidad; pues tienen que expiar y ser juzgadas por su injusticia, de acuerdo con el orden del tiempo» (Anaximandro).

Por eso, quizás, esta España se parece tanto a sí misma y a la vez no: lo que retorna es el tiempo detenido, pero con otro aire de época.

Torre del Mar (Málaga), febrero de 2019

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