ESPAÑA, TIERRA DE NADIE

LIBERAL, CONSERVADOR (2018)

Se encuentran un conservador y un liberal españoles en un bar una noche de copas, después de una despedida de soltero.

El liberal aborda al conservador y le pide fuego. Educadamente el conservador extrae de su vieja casaca roja un mechero de pedernales, chapado en oro de buena ley, y le ofrece se sirva de él a su sabor. El liberal enciende su gran cigarro habano, tabaco importado de lejanas tierras tropicales, en cuyas plantaciones agradecidos esclavos, con inigualable amor al trabajo, se han dedicado con esmero desinteresado a su cultivo y recolección.

Tras aspirar hondamente una larga bocanada del aromático humo, el conservador le solicitó la devolución de su preciado utensilio chispeante. El liberal, que siempre defendía su mejor interés frente a terceros, e incluso frente a sí mismo y su parte más ligeramente altruista, simuló no conocerlo, pese a su recentísima presentación, y se guardó el objeto en el bolsillo interior de su casaca azul turquesa.

El conservador, ya mosqueado, no quiso mostrar descortesía, por lo que le preguntó por su esposa en términos harto familiares.

El liberal, que percibió la oblicua intención, renunció a la defensa de la castidad de la dama. Así que, para disimular un decoro herido, apeló al derecho individual al libre goce del propio cuerpo, tal como estaba de moda en los salones parisinos varios siglos atrás, y arguyó prolijamente sobre la infidelidad y la deslealtad conyugales, concluyendo que, si bien la ruptura unilateral de los contratos civiles le pesaba en el alma, pues contravenía elevados principios morales, el divorcio es una solución civilizada y, en definitiva, poco sangrienta.

El conservador mostró su acuerdo profundo con estas sinceras reflexiones y, para no llamarlo directamente “ladrón”, dejó correr el tufillo rastrero de este asunto enojoso.

La insinuación de cornudez no los afectaba, en realidad. Hacía mucho tiempo que ellos también eran infieles. Pero no a sus respectivas esposas, sino a sí mismos: ambos eras funcionarios de partidos del Estado, razón por la cual siempre maldecían al Estado, al colectivismo y a los veganos, pero sólo entre las copas de los after hours de más esquinada reputación de la ciudad, donde solían encontrarse con sus viejos compañeros de francachelas en los prostíbulos del barrio portuario de los rudos estivadores: los “socialdemócratas”, que era el insulto en boca de las ramerillas más tiradas de aquella área reservada al deleite, por supuesto contractual y mercenario...

Porque uno empieza a entender qué es el Estado, cuando sabe quién paga las copas … y quién se las bebe sin pagar.

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