CRÍTICA DE LA CULTURA CONTEMPORÁNEA

SOBRE LA FEMINIZACIÓN CULTURAL EUROPEA (2018)

Abandonemos la divertida sátira y la crítica mordaz por un momento y quizás ya sea hora de practicar la lírica elegíaca para una despedida, pues su objeto bien lo merece. Mirémonos a nosotros mismos y a nuestra época a la cara, sin espejos deformantes ni veladuras ideológicas. Dejemos los “papers” de las vetustas luchas de palabras huecas, garabateadas en inglés estándar internacional para los malos estudiantes y para los profesores sin imaginación, pero con una hipoteca que pagar.

¿Qué vemos? En Europa, vemos una civilización extraña, una civilización donde la Historia ha pasado como una gigantesca tormenta de verano y lo que ha dejado ante nuestros ojos asombrados es una inundación que ha hecho desbordarse todos los ríos, cuyos cauces antes de ella parecían fuertes diques contra la anarquía que es la Modernidad.

Se olvida que la Modernidad, cualquiera que sea el ropaje con que se vista ocasionalmente, y las ideologías de género, raza o clase fungen apenas como unas vestiduras pasajeras, es antes que nada una dialéctica entre Orden y Caos en todos los niveles existenciales e institucionales. Todo lo que hoy vemos, promovido al unísono por las desatadas estructuras motrices del Mercado y el Estado, es el rostro de una Anarquía que apenas si logramos visibilizar más que en sus figuras más superficiales.

Se podría hablar, en lenitiva clave “neoconservadora”, si se quiere, de “descivilización” o “barbarización”, si no fuera porque ya hemos superado incluso esos modestos umbrales a los que Ortega, Jünger, Cioran, Bell y demás secta de hombres lúcidos seguidores del Maestro de la Alta Engadina, ya accedieron con suficiencia, y lo que era tendencia radical que afectaba sólo a grupos muy reducidos de vanguardia cultural en el periodo de entreguerras, inflige hoy sus heridas a todos los órdenes, sociales, políticos y culturales, en grados inimaginables, y eso tiene repercusiones sobre las vidas reales de unos hombres inconscientes que habitan una charca cuando creen vivir en un segundo paraíso terrestre.

Debemos redirigir la atención hacia uno de esos “fundamentos de civilización” ahora socavados, pero el diagnóstico es quizás un tantico insuficiente, o incipiente, si bien ya se acerca al punto estratégico al mencionar la espinosa cuestión de la “educación caballeresca”, pues ser hombre en la cultura europea siempre ha sido una forma estimulante de “emulación” de modelos de una masculinidad muy determinada, bajo la acción de arquetipos cambiantes, pero siempre con un centro irradiador común.

El hombre está en crisis”.

La cosa resuena de lejos, como armadura vacía sin caballero dentro. Marco Ferreri lo vio en sus películas, por ejemplo, “Adiós al macho”, donde en la escena inicial un grupo de “mujeres liberadas” viola al personaje interpretado por un jovencísimo Gérard Depardieu, en la memorable escena que nos presenta una especie de grotesco acto sacrificial protagonizado por unas bacantes posmodernas. No insisto en la explicación de este simbolismo, quizás ahora obvio.

El maestro Federico Fellini también lo vio, mejor que ninguno, incluso con un enfoque todavía más cruel, en la gran escena iniciática de “La ciudad de las mujeres”, donde un Marcello Mastroianni -envuelto en una erótica ensoñación dantesca durante un viaje por tren al lado de una atractiva mujer desconocida a la que desea conquistar por medio de un tosco asalto- vagabundea imaginariamente, aturdido y perplejo en medio del caos de un Congreso feminista, lleno de talleres en los que se imparte la nueva sabiduría que hará por fin libres a las mujeres de sus viejas cadenas “burguesas”.

Por cierto, la película fue masacrada, casi prohibida, sólo fue defendida públicamente por Milan Kundera cuando se estrenó y eso da una idea sobre el estado de cosas, ya en fecha casi prehistórica, como es para nosotros 1980, pues nada que no pueda figurar hoy con un icono táctil en nuestro escritorio de “teléfono inteligente” tiene ya sentido para nosotros.

La “desvirilización” de la cultura europea después de 1945 es un hecho histórico de una importancia capital. Ya fue percibido en los años 60-70 por estos artistas, cuya libérrima visión estética se adelantó a su tiempo y al nuestro. Se trata sin duda de un fenómeno concomitante con la pacificación general del nuevo orden social del bienestar, con la desmilitarización de los Estados y con la pérdida de todo sentido vivido de una libertad política, de la que los europeos jamás han sido conscientes ni siquiera entre sus élites cultas (el liberalismo nunca ha ido más allá de los libros de contabilidad de un tendero apenas aventajado y por eso hoy busca la calderilla de las libertades individuales en los rincones llenos de telarañas de su viejo almacén).

Es un innovador hecho de “antropología cultural” y una verdadera “mutación civilizatoria” sin retorno ni solución.

Para los “hombres europeos”, la imagen de Roy Batty, el androide de combate Nexus 6 en “Blade Runner”, en la famosa escena final, con su parlamento, improvisado por el entonces atractivo Rutger Hauer, sobre las “lágrimas en la lluvia”, es todo un modelo anticipatorio de su destino.

Porque la “masculinidad” sólo se prueba en la adversidad, la confrontación dialéctica y física, ritualizadas o no, el agonismo de lo óptimo, la competencia por lo excelente, la búsqueda agonista del premio y la recompensa (la mujer es ante todo eso para un hombre europeo, desde que se “democratizó” con los siglos del proceso de la civilización el bello invento cultivado por los trovadores provenzales) y todos los viejos caballeros europeos de 20 años murieron rodeados de ratas y reventados por granadas de mano en las trincheras del 14 y no pudieron engendrar a sus bellos descendientes, como la flor y nata de las caballerías francesa e inglesa que se autodestruyeron en Crécy y Azincourt durante la Guerra de los Cien Años no tuvo tampoco descendencia en ese “Otoño de la Edad Media” bellamente descrito por Huizinga.

Quizás un poeta deba escribir un día ya no muy lejano una “Oda al hombre europeo”, un músico deba componer un “Réquiem” y un pintor se vea obligado a esbozar un “Memento mori”. Pero como el hombre europeo habrá desaparecido, su memoria no será conservada ni como objeto artístico de consumo suntuario para un futuro esteticismo, incluso académico, financiado por ese mismo Estado que lo ha asesinado, mientras lo adormecía con canciones de cuna sobre el bienestar, la igualdad y el olvido del futuro para los hijos no nacidos de parejas nunca consumadas, porque la enemistad inducida de las mentes ensuciadas separó antes los cuerpos y los corazones.

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