MORTALIDAD

JUNTO A UNA PLAYA ESPAÑOLA ANTES DEL FIN DEL MUNDO (2018)

Dum loquimur, fugerit inuida
aetas: carpe diem, quam minimum credula postero.

Mientras hablamos, huye el tiempo envidioso.
Vive el día de hoy. Captúralo.
No te fíes del incierto mañana.

HORACIO, Carminum, I, 11

Nos invitaron a Villa Artemisa. No quisimos rechazar la oferta de nuestros anfitriones, por cortesía o porque les debíamos muchos favores. Carlos y Sonia se habían retirado a vivir a Lanzarote, después de vender sus participaciones en el fondo de inversión de nuestra gestora. Partimos desde Marbella en vuelo directo a Tenerife y desde allí nos dirigimos en transbordador turístico a Lanzarote. Carlos y Sonia, ahora prejubilados, habían adquirido por muy buen precio una gran villa solitaria en una playa privada, a pocos metros de una de las más hermosas caletas de la isla y allí decidieron pasar sus últimos años casi recluidos, sólo muy de vez en cuando visitados por sus más viejas amistades, gente cosmopolita y nómada con suficiente dinero acumulado en nuestros fondos como para no tener que verse obligados a trabajar o bien son personas que se dedican a una profesión simplemente por gusto o esnobismo social, convencidas quizás de que el ocio sólo queda santificado por el negocio y el tráfico mundano.

Llegamos a la Villa al atardecer de este mismo 20 de agosto. Nos recibieron nuestros anfitriones, que ya atendían a otras tres de las seis parejas que iban a reunirse pronto con nosotros. Sonia, distinguida como siempre, lucía un vestido de noche de color turquesa oscuro, muy ceñido a su cuerpo, engalanada con un collar de perlas, ofreciendo a la brisa su larga melena natural rizada castaño claro y una sonrisa de familiaridad no siempre espontánea, inquisitiva. Carlos, más informal, vestía un pantalón de lino celeste oscuro y una camisa del mismo tono un poco más clara, siempre con esa mueca de indulgencia general que él confundía con una demostración de fino tacto taciturno.

En el correo electrónico se nos especificaron muy nítidamente todas las instrucciones que debíamos respetar a fin de poder participar en el juego para el que se nos solicitaba junto a las otras parejas. Mónica y yo no reflexionamos mucho antes de aceptar, aun cuando desconocíamos la finalidad verdadera del juego e incluso tampoco comprendimos muy bien el sentido de sus reglas, pero nos pareció que la experiencia podría resultar, por lo menos, distinta a todo lo que habíamos experimentado hasta entonces.

Era la primera vez que visitábamos Villa Artemisa y nos sorprendió el cuidado exquisito de la decoración, casi toda ella adquirida en las mejores colecciones de antigüedades grecorromanas de Londres. Especialmente, nos llamó la atención una talla mutilada de tamaño natural de la diosa que daba nombre a la Villa, de un parecido asombroso en su busto y cabeza con nuestra amiga Sonia. Supusimos que Carlos, que en cuestiones de arte era un derrochador impenitente, habría mandado hacer una imitación en el más rico mármol de Carrara de una diosa con la apariencia de su propia esposa, quizás una especie de regalo por sus bodas de plata o algo así, ya que, ellos, nuestros anfitriones, eran la pareja más antigua y longeva de nuestro grupo de amistades.

No tuvieron que presentarnos a las tres parejas que ya habían llegado, poco antes que nosotros. Las conocíamos desde hacía bastante tiempo, habíamos coincidido con ellas en otros encuentros más o menos similares a aquel que pronto se nos propondría o eso imaginábamos. David y Marcela, casados desde hacía diez años, trabajaban en temas de asesoría jurídica para la sucursal española de JP Morgan Assetment; Patricia y Alberto eran respectivamente profesores titulares de Teoría de la Literatura y Teoría de la Sintaxis en la Universidad de Valencia y amantes extraoficiales, aunque cada uno todavía casado, con abandono del domicilio conyugal, ambos herederos de una pequeña fortuna familiar; Camila y Santiago presidían diferentes consejos de administración de empresas públicas, eran miembros de las comisiones ejecutivas de sus respectivos partidos y sólo ejercían por ahora como pareja de hecho muy reciente, después de la separación de sus cónyuges.

Todos eran más o menos de nuestra misma edad, ya habían pasado los cuarenta años y se acercaban con retardo a los cincuenta. De las otras tres parejas no teníamos noticias, al parecer eran novatas en estas celebraciones, pero cumplían todos los requisitos de educación, patrimonio y renta para poder ser admitidas e invitadas a ellas.

Por nuestra parte, Mónica y yo trabajábamos como asesores financieros para Loyalty Corporation, una sicav luxemburguesa que intentaba hacerse un hueco entre los inversores que manejaban los grandes patrimonios españoles. Llevábamos casados seis años y desde el principio nos fascinó el mundo que empezó a abrírsenos de golpe cuando conocimos a Carlos y Sonia y nos introdujeron en los ambientes que ellos frecuentaban.

Seguramente, de no haber sido por estas experiencias alternativas que ellos nos hicieron conocer, nuestro matrimonio no habría durado más de los dos o tres años, fieles al promedio de la estadística entre la gente de nuestra clase. En mi caso, fue el insomnio crónico que padecía desde mi época de estudiante lo que me motivó a seguir la senda que nos propusieron nuestros viejos anfitriones. Sólo cierto tipo de prácticas sexuales consiguen provocar el estado que necesito para dormir un poco con relativa normalidad. El caso de Mónica es distinto, sus aficiones se deben a una desgraciada disfunción de su anatomía: la excesiva pequeñez e insensibilidad de su clítoris, tanto en su exterior como en sus raíces, determina que necesite una estimulación muy vigorosa, intensa e insistente y un solo hombre no es suficiente para llevarla a cabo con éxito casi nunca. Por lo demás, ambos necesitamos multiplicar los efectos de la imaginación sobre nuestros sentidos corporales para obtener un placer que de otra manera se nos escapa y nos burla.

No obstante, un vínculo secreto nos ataba a Mónica y a mí. Mi insomnio crónico y su anorgasmia anatómica eran cómplices y solidarios quizás de otro malestar indecible. Yo abandoné mi vocación literaria a los veinte años, abrumado ante las exigencias de mi familia y nunca me perdoné esta traición a un sueño juvenil. Mónica creció y fue educada en un medio social en el que todas las severas reglas morales ya hacía tiempo que habían quedado atrapadas en el vértigo de unas conductas erráticas que ya no las necesitaban más que como añagaza de una muy ambigua respetabilidad de clase, desconectadas como se encontraban de toda vivencia íntima de su antigua verdad.

Al principio, cuando nos conocimos, lo intentamos todo para dar satisfacción a nuestra identidad compartida. Pero ni el alcohol ni la cocaína, que consumíamos cada vez con más frecuencia fuera de las rutinas impuestas por nuestros deberes profesionales, pudieron llevarnos hasta donde hubiéramos deseado llegar por otros medios menos expeditivos. Por nuestra cuenta, buscamos la aventura, con los desenlaces previstos: éramos ajenos a los celos y a la idea de posesión, pero nuestro lazo, simplemente por el hábito adquirido, era más fuerte incluso que toda pasión suscitada en los breves encuentros que empezamos a organizar apenas al año de casados.

Hasta ahora nos habíamos conformado con los acostumbrados intercambios de pareja en privado y el cada vez más infantil voyeurismo de asistir impasibles a los actos de otros, pero la propuesta de Carlos y Sonia en esta ocasión era especialmente atrevida, porque por primera vez no sabíamos por adelantado cómo pensaban organizar nuestros ritos y hasta dónde podíamos llegar en el ejercicio de nuestra libertad privada dentro de un grupo de íntimos y ya experimentados “gourmets”, con gustos e inclinaciones muy parecidas a las nuestras, respetuosos concienzudos de las reglas explícitas de conducta.

Nuestros anfitriones nos reunieron en el pabellón techado del jardín para impartirnos las instrucciones que con tanta ansiedad esperábamos. Para nuestra sorpresa, Carlos empezó diciendo:

-Probablemente ésta será ya la última vez que nos reunamos todos los aquí presentes y partícipes en las celebraciones que en los últimos años hemos compartido.

Ante el silencio interrogativo de todos nosotros, prosiguió sin hacer apenas una pausa:

-Sonia ha querido que esta despedida de nuestros amigos se celebre de un modo especial, como una ceremonia en la que ella misma sea la sacerdotisa y la protagonista. Sabéis que yo no puedo ni quiero contrariar jamás los deseos de mi esposa, que ha sido la única persona que he conocido que me ha proporcionado todo lo que un hombre como yo puede apetecer en su paso por esta vida llena de sinsabores. Así pues, si ella se ofrece, yo os la ofrezco también, porque ése es nuestro pacto, nunca declarado. Ella misma ha elegido la manera como desea entregaros el placer al que debéis someteros en las condiciones que ella establezca.

No hubo demasiados preámbulos ni eran necesarios. Sonia se nos apareció en el centro de la glorieta del jardín ataviada de una especie de jitón griego modernizado en líneas de alta costura, blanco casi destellante en la oscuridad sobre su piel siempre recién bronceada, con un tono trigueño pálido que mucho la favorecía. Una gran cama redonda con sábanas de color crema tostado había sido dispuesta sobre una plataforma que la elevaba unos centímetros del suelo, a la altura más o menos de nuestros muslos. Ella se tendió con la túnica entreabierta en el centro de la cama y nosotros la flanqueamos a una distancia de no más de medio metro cada uno, mientras Carlos desde una perspectiva ventajosa nos miraba con su copa en la mano, sentado ante un velador apenas iluminado. Entretanto, Marcela, Patricia y Camila se entregaban a sus propios juegos en la piscina y de allí procedían sus risas y gorjeos de expertas que saben explorar y encontrar lo que desean en cada centímetro de la piel de sus viejas amigas.

Exhausto después de verme obligado a eyacular tres veces seguidas sobre el cuerpo de Sonia, invitación a una suerte de orgasmo interminable que me sumergía en un vértigo y un mareo casi al borde del desmayo, ahora sólo quería estar a solas con Mónica. El cuerpo maduro de Sonia me resultaba demasiado incitante y, pese a no poder tocarlo, provocaba sin cesar erección tras erección, sosteniéndolas con la presencia de esa vestidura leve, trasparente, a través de la que sólo se insinuaban unos pechos extraordinariamente bien conservados a sus 46 años y un pubis de vello rizado enmarcado por unas caderas a la vez anchas y delicadas, realzadas por la túnica que apenas las ocultaba. Sonia nunca defrauda, sabe cómo hacer rendir a un hombre al máximo con sólo una ligera mirada y una enigmática sonrisa. David, Alberto y Santiago pensarán lo mismo, pero no han resistido tanta excitación continuada, quizás porque el cuerpo de Sonia no les resulta tan familiar como a mí. Carlos puede estar orgulloso, mientras de reojo veo cómo se sirve su tercera copa de Campari helado con zumo de naranja.

Cuando nos quedamos a solas por fin en nuestro dormitorio, quiero escuchar algo de música. La primera canción que elijo dura tres minutos y es la que mejor hace concentrarse a Mónica. Nos evoca la época en que nos conocimos en un elegante pub after hours en el que coincidimos hace ya seis años. Allí solíamos bailar por primera vez juntos, en especial nos gustaba salir a la pista, estrechados en un abrazo ya prometedor, cuando sonaba All I see de Kylie Minogue, un viejo tema lento de hace veinte años.

Espero que nadie nos moleste. Tenemos tiempo suficiente para un primer ensayo. Apago la luz, nos recostamos en una posición exacta, en el centro de la cama, dejando a ambos lados un poco de espacio libre. Me gusta que la cabeza esté un poco más elevada de lo habitual sobre la almohada. La respiración se producirá así más pausada y tranquila y los pulmones estarán ligeramente más elevados que la parte central del cuerpo. Pero mantenemos a la vez la rigidez vertical, la tensión ávida y, sobre todo, colocamos las piernas de manera que puedan adoptar rápidamente diferentes ángulos y posiciones, sin incomodidad ni esfuerzo que dificulten la concentración.

Suelo utilizar una mínima gota de aceite hidratante infantil en las yemas de los dedos índice y corazón, con aroma a áloe vera, pero no me gusta impregnar en exceso la zona que debemos trabajar, se volvería una superficie demasiado resbaladiza y se insensibilizaría demasiado rápido, con lo que alargaría el proceso en repeticiones innecesarias y superfluas a las que ya estoy demasiado acostumbrado. El movimiento debe ser un giro en semicírculo perfecto de ida y vuelta sobre la corona del clítoris, como a ella le gusta (exactamente igual que sobre el área del glande entre el pliegue prepucial y la corona desde la parte que mira al abdomen), justo en el intervalo entre la piel despoblada y el comienzo del área del vello público.

Es mejor no tocarlo directamente nada más que en ocasiones fijadas por el hábito y la cadencia personal. Mónica prefiere acabar antes de la penetración y para ello acostumbra a conducir el rozamiento final estrechando fuertemente con su mano la base de mi verga y frotando vigorosamente con el dúctil glande toda su vulva, sobre todo esa misma zona que corona el frontispicio de sus genitales exteriores. La viveza de su color granada es una buena señal cuando nos acercamos al punto en que su cuerpo es capaz por fin de vencer la insensibilidad habitual.

Hay que dejarse llevar por el movimiento mismo de la música, que ya contiene las instrucciones en el plano de una secuencia rítmica apenas perceptible, pero que la mano bien guiada sabe reproducir con el instinto de un animal de presa. Le pido a Mónica que cierre los ojos, y ya podemos empezar, porque lo que queda de la noche será como siempre fatigoso y placentero. Después de la primera ducha de esta larga noche calurosa, Mónica bailará desnuda para mí, empapada en gotas de agua tibia, coregrafiando con su esbelta y grácil figura mi canción favorita, “Can´t get you out of my head” en su versión original del álbum Fever. Quizás por fin pueda dormir, aunque sólo sea por el agotamiento nervioso de la jornada del viaje, la ejecución del rito y el erotismo apacible y puramente contemplativo que me induce el baile a la vez frío y sensual de Mónica, mi canción de cuna, cuando no me quedan fuerzas ahora para complacerla nuevamente.

Sin embargo, ha sido otra noche sin sueño. Me levanto de la cama sin excitación ni ansiedad a las 6´15 y me paseo desnudo por la galería del ala oeste de la segunda planta, buscando el último relente fresco de la noche. No se oye ningún ruido en toda la Villa, pronto amanecerá. Bajo a la cocina, enciendo el aparato de televisión y sintonizo el canal informativo 24 horas de la TVE. No presto demasiada atención mientras me hago mi primer café del día. Tengo la cabeza revuelta por las escenas de anoche, pero no quiero pensar demasiado en ello. Cuando me siento junto a la gran mesa de nogal del comedor, observo las imágenes en la pantalla sin voz.

Un apenas legible plano aéreo vía satélite muestra una enorme humareda negra muy a lo lejos, que cubre todo el cielo. Pongo el volumen un poco más alto. El locutor dice que en el Golfo de Méjico ha impactado un meteorito de grandes dimensiones a las 5´45 de la madrugada. Olas gigantescas se han removido desde las simas del océano. Avanzan a gran velocidad hacia las costas atlánticas orientales y se espera que las alcancen sobre las 13´30 de la mañana de hoy 21 de agosto de 2027, a una velocidad de unos 700 kilómetros por hora.

Apago el televisor. Recuerdo que en la galería junto a nuestra ventana del dormitorio hay dispuesta una hamaca. No creo que sea necesario despertar a los que duermen después de nuestros excesos de anoche. Será mejor así para ellos. Subo las escaleras, entro en el dormitorio sin hacer ruido para no despertar a Mónica y me pongo un batín afelpado muy ligero de color violeta oscuro, el regalo de Mónica por mi último cumpleaños a principios de julio pasado. Antes de recostarme en la hamaca, creo que voy a darme una ducha caliente. Está amaneciendo y el sol ya se alza en el horizonte sobre el mar. Sus primeros rayos, todavía muy débiles, matizados de un rosa desvaído, colorean las aguas tranquilas ya entreplateadas que puedo ver y oír nítidamente apenas a unas decenas de metros junto a mí. También yo estoy tranquilo.

Torre del Mar (Málaga), 9 de septiembre-1 de octubre de 2018

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