CRÍTICA DEL RÉGIMEN ESPAÑOL DE 1978

OBITUARIO Y “ESTABLISHMENT”

En los cielos bonaerenses, el nombre no corresponde a la calidad del aire. Corrientes infestadas se agitan y provocan extrañas infecciones. En todas partes acechan virus mortales. Un simple esputo en la sonora pronunciación de la palabra «democrazia» a la italiana, recorriendo las ondas entre Madrid y Barcelona, puede acabar dando donde menos se espera. Me pregunto cuándo encontrarán a nuestro Aldo Moro maniatado en el maletero de un coche. Cebrián sólo es responsable de haber aprendido a decir, como todos, «democrazia» en vez de «democracy».

Apenas un fonema y la historia cambia.

Hay un cuadro clínico muy claro que se da con antelación suficiente al fatal desenlace. En la primera información en «El Mundo» se decía que nuestro Aldo Moro era «diabético», así que tal vez sea una intoxicación con chucherías y un exceso de glucosa o incluso lo contrario, un coma diabético. Los bombones son tan peligrosos como las malas corrientes de aire. Un día pondrán en el obituario y el correspondiente pésame oficial a uno que todavía esté vivo y entonces se descubrirá el pastel.

Libertonia tiene esas cosas.

¿No nos parece que, quizás, sería una prueba de «libertad de pensamiento y expresión» el hecho de que toda la prensa al unísono estuviera «investigando», exponiendo los motivos de duda, exigiendo una investigación a fondo, dudando de la verdad de cualquier versión oficial y analizando «el contexto político» en serio?

Pero eso sería solicitar algo que los medios de producción informativa del Régimen del 78 no pueden dar, porque se adaptan al oligopolio mercantil de la oferta para controlar a una «demanda» que parece no existir porque no tiene conciencia ni saber depurado de lo que es «democracia»: lo primero de todo, no creer y no confiar en los poderosos jamás.

Fijémonos en la frialdad previsible y preparada de las delatoras condolencias oficiales.

En los diabéticos tipo 1 que necesitan insulina para procesar la glucosa de los alimentos, ya que su páncreas no la produce, la única muerte probable que puede ocasionar la enfermedad crónica de modo fulminante e inesperado es el «coma diabético», es decir, una bajada repentina de la glucosa en sangre en torno a los 20 mg/dl. En El Confidencial un comentarista, que se dice médico, ha mostrado su extrañeza ante el «desenlace».

El desenlace implica en el afectado un descuido total de las indicaciones del tratamiento que roza lo suicida y durante un tiempo relativamente largo. Y salvo que quisiera provocarse la propia muerte, un diabético tipo 1 de 66 años jamás abandona ni una sola de las prescripciones de una enfermedad que conoce a la perfección y que sabe que lo amenaza constantemente si no las cumple.

Cada Nomenklatura tiene su forma de actuar. La tardosoviética metía a sus despojos disfuncionales en un féretro y les hacía funerales de Estado con la marcha de Chopin como señal de reconocimiento póstumo y una larga hilera de precadáveres andantes que seguían el catafalco.

La democracia cristiana italiana gustaba de soga y cuerpo bamboleante bajo un puente, hábitos adquiridos por las malas compañías calabresas.

En España somos más de enterrar a los miembros del «Establecimiento» como a una mascota en el jardín, fingiendo un aire inocente y atolondrado, no sea que pregunten los vecinos por el mal olor.

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