EL TUMORCILLO DE MARTIN HERTZENSTEIN Y OTROS RELATOS

TODOS SABÍAMOS QUE LA FELICIDAD ERA ESO (1998-1999)

Desde hacía tres semanas consultaba durante varias horas, de intensa emoción, los anuncios de contactos de casi todos los periódicos importantes del país, incluidos los diarios de las provincias más ilustradas, no tenía preferencias claras. Eso fue sólo al principio, cuando la bienaventuranza aún estaba por llegar.

Había comenzado un lunes a primera hora de la mañana, en la solitaria sala de profesores, hojeando distraídamente la sección de espectáculos, antes de pasarse un rato por una de las aulas que estaba obligado a frecuentar según las benignas cláusulas de un contrato no demasiado constrictivo con la Administración, la todopoderosa y ubicua, incluso para dictar horarios y jerarquías de competencias profesionales que nadie respetaba, pues la irregularidad era la verdadera regla de conducta.

Desde luego, no le preocuparía en adelante el rumoreo jocoso sobre su oscura intención, si bien era cierto que ya en la cafetería del centro oyó comentarios nada favorables, pero él seguía absorto todas las mañanas en la lectura de los anuncios de contactos, ignorando o fingiendo ignorar, con desatención impropia de su responsabilidad, el timbre que, como sirena que señala el cambio de turno en la mina, lo llamaba como una imprecación para volver a entrar en el aula tal o cual, cuyo umbral cruzaría con la consabida cara enemistada, que poco tardaría en demudarse en cara francamente irritada.

Ese lunes, cuando por primera vez le extrañó uno de esos lacónicos anuncios, mientras al mismo tiempo revisaba con desgana la programación de su área para ese trimestre, recordó, ya sin nostalgia, aquellos primeros años dedicados, de modo compulsivo, a jugar en la lotería más de la mitad de su exiguo sueldo, sin haber logrado alcanzar ni una sola vez la benevolencia del hado o la combinatoria acertada que lo hubiera favorecido con una vida fuera del aire envenenado de las aulas y los claustros de aquel instituto de provincias.

Y ahora casi siente vergüenza al confesárselo: por culpa de su trabajo llegó a aficionarse al fútbol. Sí, era conmovedor imaginar aquellas largas tardes de domingo, esperando con ilusión pueril la emisión de los resultados finales de la jornada, siempre lúgubres para él en la voz impersonal del locutor. Pero, después de todo, su lamento era estéril, porque al fin había encontrado la manera de obtener su salvación: una de esas soluciones inesperadas que ofrece una providencia vital entre las páginas efímeras de un periódico. Debió haberlo pensado tiempo atrás, cuando aún poseía la energía de carácter necesaria para intentar comenzar una vida nueva, pero, por una u otra razón, no quiso recurrir por entonces a expedientes tan aparentemente acomodaticios e imaginaba que aún no bien reputados.

Volvió a pasear la vista ante aquel recuadro, de poco más de cinco líneas, escritas en frases entrecortadas, concisas, ambiguas, que no denotaban especial finura de espíritu ni hacían suponer demasiada calidez de buenas intenciones, pero eso entraba dentro de sus cálculos para el futuro: eran escrúpulos que ya no podría permitirse.

Tras observar que se encontraba solo en aquella sala, se levantó como movido por un sutil resorte interior y, sin hacer ruido, descolgó tímidamente el aparato de teléfono. Reflexionó antes un momento y advirtió que no sabría articular palabra si antes no era capaz de escribir algunas versiones del texto que pensaba enviar a la sección. No encontró demasiadas dificultades en elaborar unas cuantas líneas, nada pretenciosas, presentándose como profesor maduro en busca de compañía femenina, con posibilidades nada desdeñables de formar un hogar y hasta puede que con voluntad de alcanzar algún grado, a convenir, de armonía doméstica. Esto, singularmente, le preocupaba, todavía desconocía cómo iba a hacer tragarse la añagaza a ninguna mujer cuerda. Colocaría a continuación, para evitar narcisismos innecesarios y superfluas tergiversaciones fisonómicas, su número de teléfono, y ya sólo tendría que esperar cómodamente sentado ante el televisor: sus tardes iban a resultar apasionantes, con el teléfono al alcance de la mano.

Cuando oyó la primera voz blanca, neutra, de mujer, tuvo que dominarse para no colgar, pero ya estaba todo decidido, había cruzado su Rubicón, recordó además las caras apagadas y monótonas de sus alumnos y ese acostumbrado traumatismo le hizo reaccionar con coraje: ninguna catástrofe mundial podría detenerlo.

La cita concertada se celebró en el mismo lugar de trabajo de ella: la fábrica de preservativos en la que realizaba tareas de controladora de calidad. El lugar le satisfizo desde el principio, a pesar del fuerte olor a espermicida que creía detectar a su alrededor. Se imaginó, por un momento, a su futura esposa, con el uniforme verde claro y guantes, sentada, acoplando a tubos metálicos, centenares de preservativos; también creyó que le complacería el gusto de presentársela a sus amigos, contemplando pronto su hipotética cara de incredulidad. Mientras esperaba en una pequeña oficina, aún era capaz de sentir unos atenuados escrúpulos de conciencia: vacilaba acerca de cómo dorar una píldora tan intragable, pese a sus dotes de persuasión y sus habilidades histriónicas.

Después de los rápidos preámbulos que exigiría una relación de este tipo, ella tendría que aceptar unas determinadas condiciones que tal vez podrían parecerle onerosas y hasta humillantes, pero ahí entraba su astucia y la benevolencia de la solterona contumaz. Resolviendo este pequeño punto del contrato matrimonial, es verosímil que ella acabara recibiéndolo de buen grado (¿por qué no, si en ello les iba la vida a los dos?). Si ella, por otra parte, no concertaba exactamente con su gusto estético, tiempo habría de acostumbrarse, por ejemplo, razonando que la falta de sensibilidad machista hacia las virtudes de la mujer es un obstáculo para una convivencia adecuada.

Sin embargo, tuvo que exigirse mucha condescendencia a sí mismo, cuando la vio aparecer en el umbral. Llevaba puesta una bata blanca de operaria, el pelo liso recogido por una especie de gorra del mismo color, que dejaba salir algunos mechones entre las orejas y la nuca, sin maquillaje ni ningún otro accesorio de la feminidad, y pese a todo, emanaba toda la frescura, sin cansancio aparente, de la obrera orgullosa de serlo, o que no intentaba disimularlo. Muy pronto, al intercambiar algunas trivialidades apenas ensayadas para la ocasión, ambos se dieron cuenta de sus necesidades: ella veía, como a través de un espejo, que ése era justamente el tipo que buscaba; él, sin desdeñar a la recién conocida, hubiera deseado que fuera un poco más esbelta y agraciada, sobre todo creía encontrar que el rictus del labio y la nariz respingona desdecían un poco de aquel rostro, pese a todo sugerente.

Encontró las resistencias que esperaba encontrar: tendrían que conocerse mejor, habría que dejar pasar tiempo, quizás hubiera que pensar en irse a vivir juntos antes; puede que al principio todo fuera un poco engañoso, no había que precipitarse en decisiones tan importantes, había que considerar seriamente las posibilidades de fracaso, no todos tenemos las mismas costumbres ni los mismos deseos, etc. Con paciente astucia, fue desbrozando cada uno de estos mezquinos argumentos, facilitando así que la mujercita llegara a sentirse segura de sus buenas intenciones. Sin embargo, aún le faltaba introducir la cláusula implícita para redondear el contrato: ¿quién trabajaría fuera de casa?

Fue algo tan inesperado que la controladora de calidad de los preservativos, guardó un prolongado silencio y se miró repetidas veces las uñas y las manos, mientras él exponía, con aire certeramente consternado, que la verdadera felicidad no es un fin en sí misma, sino un medio para alcanzar más altas cimas de bienestar personal, y sobre todo, en la pareja actual, es conveniente, por no decir saludable, que sólo uno de sus miembros se sacrifique por el otro, pues, a fin de cuentas,  alguien debería encargarse de los hijos, y él, que siempre había adorado a los niños (y educarlos era su bendito trabajo) estaba dispuesto a entregarse a este cuidado; pues es justo que el hombre también hoy renuncie a una parte de su independencia, a fin de que no sólo la mujer, tan sufrida y admirable, deba cargar con el peso del hogar, etc.

Escuchándolo atentamente como si oyera un oráculo, ella no podía dejar de pensar qué maravillosa suerte había gozado esa mañana de abril al conocer a este hombre que tan dispuesto estaba a renunciar a todo a cambio de su afecto y su compañía, incluso sentía que debía admirarlo incondicionalmente al contemplarlo tan convencido de la necesidad del sacrificio amoroso.

De todos modos, empezaba a resultarle embarazoso admitir que deberían pasarse sin el sueldo de él, porque se hacía la ilusión de adquirir con el tiempo una casita en la costa para pasar los veranos; y comprendía que su salario, descontando la alimentación, la ropa y el alquiler, no podría alargarse indefinidamente para que los dos vivieran con la debida holgura y dignidad. Eran razones domésticas que no debían despreciar, ante lo que él insinuó que el tiempo les haría comprobar las ventajas extraordinarias que se derivarían de una convivencia fundada en el respeto recíproco y en la solidaridad que él siempre sintió por la clase trabajadora. Este razonamiento, en particular, ella no pareció comprenderlo en aquel instante, pero llegó a su concepto un año después de la boda, y entonces no olvidaría ya la trascendencia de aquella charla informal.

Al día siguiente, resplandecía de orgullo reconquistado y un raro brillo le resaltaba la cara con una ilusa mueca de indulgencia general que casi podía confundirse con la alegría, cuando entró en la sala de profesores y observó las mismas miradas fatigadas y escuchó las mismas voces de insufrible monotonía. Pero ese día él ya se encontraba ensoñadoramente a mucha distancia de tanta vana palabrería y de tanto desquiciamiento, pues le bastaba pensar en los preparativos del feliz enlace y sus aún más felices consecuencias para que casi le brotaran lágrimas de contento en los ojos, sobre todo si consideraba que ya sólo le quedaban tres días para fin de mes, y una vez cobrado su último sueldo, no debería volver jamás a entrar en un aula, a la que juzgaba responsable de su creciente enchochecimiento.

Ni siquiera se esforzó por disimular un desprecio acumulado durante años hacia su oficio, dedicados a estupidizar a los adolescentes con un suministro pertinaz de bobadas curriculares, bajo el pretexto de la enseñanza, ni se sentía capaz de seguir mintiendo, sobre todo a sí mismo. Se fue luego al departamento a recoger sus libros, se internó por los pasillos, entró en el aula y disertó, con términos demasiado familiares, incluso de mal gusto, acerca de lo que llamaba una “objeción de aprendizaje”: los chicos deberían de quedarse en casa viendo sosegadamente la televisión o jugando con el ordenador, o masturbándose, o Dios sabe qué. Algún imbécil, un primero de la derecha, se sintió ofendido y amenazó con ir a la Dirección en nombre de los derechos del alumno y en solicitud de una enseñanza ideológicamente neutra y de calidad.

La luz primera del sol empieza a entrar por las rendijas de la ventana del dormitorio y se refleja en matices amarillos y anaranjados, aún muy tenues, entre las sábanas desordenadas. Recién despierto, juega ahora con el cabello enredado de ella, que aún duerme de espaldas a él. Son apenas las siete de la mañana y sabe que estará despierta en muy poco tiempo, pues a las ocho deberá estar en la fábrica. Se levanta a preparar  el baño, a colocar la ropa de calle cuidadosamente, va luego a la cocina para hacer el desayuno que más le gusta, y mientras hierve la cafetera, riega los potos de la terraza; se escucha ya el ruido de los primeros automóviles, apenas apagado por el piar vago de los pájaros entre las ramas de los árboles recién regados del bulevar. 

Oye el chapoteo en la bañera, cuando unta de mermelada las tostadas humeantes y esponjosas, y lo dispone todo ya en la bandeja para llevarlo hasta la sala de estar. Todavía tiene tiempo de pasar la aspiradora por la alfombra en la que hay restos de ceniza y migas de pan. Pone la televisión y escucha los primeros boletines informativos de la jornada, pero piensa que ya nada de eso podrá interesarle.

Apunta en una libreta los artículos que deberá comprar esta mañana cuando salga y ya comienza a sentir una extraña delicia al imaginar cómo seleccionará la carne y el pescado, las verduras y los huevos, mientras sus excompañeros hablan cansinamente, ante adolescentes estupefactos, de ecuaciones, poemas, ríos, epigastrios y morales convencionales. Se dirige otra vez a la terraza y observa, estremecido de júbilo, que la vecina del quinto en el bloque de enfrente no cuida especialmente de cubrir la palidez de su carne.

Valdepeñas, 1999

 

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