CUADERNOS DE TRABAJO

CUADERNOS DE TRABAJO (EDICIÓN COMPLETA) (2004-2018)

POÉTICA DEL CAOS (AFORISMOS Y SENTENCIAS) (2004-2009)

1

Nota para los advenedizos, no sólo en los juegos de azar. Cuando la disponibilidad es absoluta, la confusión también es absoluta

2

Nota para los creyentes en el principio de la libertad subjetiva total. No hay que fijarse tanto en los signos que se eligen como en los signos que se excluyen

3

Nota para los que confunden el “no” con la pura negatividad. Condenados a elegir entre dos variantes de la misma nulidad, sólo queda espacio para la no-elección

4

Es mejor ser rey de tus silencios que esclavo de tus palabras” (Shakespeare). Pero no siempre el genio lleva razón, sobre todo cuando uno debe exponerse a la estupidez consensual.

5

Miserables por partida doble. De todas las miserias, la peor es la que se desconoce a sí misma, porque es del orden menos evidente del ser, no del más prosaico del tener: a menudo una miseria ciega a la otra.

6

Réprobos. Ningún conocimiento del hombre puede volver a nadie inmune ante la capacidad de reprobación del hombre. Raramente los hombres se vuelven réprobos de sí mismos. Les falta coraje y les sobra autoestima.

7

Cómplices. Si quieres ser bien considerado, no muestres de ti nada más que aquello que los otros pueden subsumir bajo su pobre concepto de la buena consideración, porque no hay ninguna ocasión para un verdadero reconocimiento. Aquí también falta la unidad de la autoconciencia, dado que nuestra vida se sabe manejar en la confortabilidad de ficciones subjetivas que no comprometen más que a una forma normativa de estupidez, si bien todos somos cómplices de ella.

8

Adulación como método de gobierno. El miedo ha sido a menudo un buen medio para ejercer la dominación (“que me odien, pero que me teman”). También ha existido el temor de Dios, y cuando esto no bastó, el temor a la policía. Luego, cuando el hombre se ha vuelto un ser razonable y maduro, se ha encontrado un artificio de inigualable valor para dominar a los que finalmente se han sabido dominar a sí mismos. Ahora basta con adularlos, y llegamos al punto excelso: la adulación como método de gobierno. La política del halago incondicionado puede ser tan hipócrita como cualquier otra, pero le añade la dulzura y el encanto: no hay nada como la adulación general sabiamente administrada para desarmar todas las defensas, arruinar todas las prevenciones. A quien se le halaga, ya se le ha hecho caer en el señuelo, y lo muerde bien fuerte, tan agradable es el gusto de este saberse mimado.

9

Pensamiento terrorista. ¿Qué significa aterrorizar a los civilizados? Darles una oportunidad para el autorreconocimiento. Cuando el rey manchado de sangre ve espectros que le recuerdan sus infamias, el bufón debe ser el oficiante de este rito: su verdad ya no será escuchada. Pero el rey atormentado morirá en la última batalla. La voluntad de matar también es intercambiable. Actualmente el pensamiento debe investirse de esta misma voluntad de matar en un sentido sacrificial, debe ser un pensamiento que pueda y deba calificarse de criminal y terrorista.

10

Régimen dietético-moral. El desprecio de sí mismo excava mucho más hondo que el aprecio de sí mismo: ya se sabe que la autoestima es banal, y el resentimiento, creativo. Como siempre, todo depende de la calidad del sujeto, de su singularidad, que sólo puede mostrarse en la administración de uno u otro sentimiento y, en no pocas ocasiones, en la hábil manipulación alquímica de ambos a la vez: uno en contra del otro, uno en refuerzo del otro. Hay que saber disponer las fuerzas de vanguardia, tan bien al menos como las de retaguardia. Hay que saber cebar al halcón con la carroña de la rata, pero tanto más difícil es cebar a la rata con la carroña del halcón.

11

Intercambio desigual. Siempre se tiene la virtud de quien juzga, no la de uno mismo, de igual manera a como uno posee un conocimiento del que da la medida la medida de quien nos somete a examen. En este sentido, los otros son la tumba de nuestro yo más banal, y ellos son siempre sus sepultureros más activos. Por lo menos, debemos agradecerles que sean un buen depósito de nuestros excrementos subjetivos: porque nadie nunca nos va a atrapar ahí donde nosotros no queremos ni podemos ser atrapados.

12

Decisiones indecididas. El estado de espera se convierte en una especie de embarazo histérico. Nada desgasta tanto como las decisiones aplazadas, o mejor dicho, nada consume más energía nerviosa que la incapacidad, o la mera vacilación, de asumir hasta el final la lucidez que debiera conducir a una decisión inapelable, y esto vale hasta para el más insignificante de los asuntos. El momento de la aclaración y el momento de la voluntad contienen un intervalo de melancolía sin ilusión, pues todo lo que deba resultar de la decisión ha sido anticipado de antemano. Es una historia banal, de la que está hecha el curso de la vida.

13

El desprecio de las masas. Ha sido un prejuicio frecuente de las clases conscientes de su superioridad el de que la muchedumbre no puede tener razón: la razón, si la hubiera, de esa multitud errada no debía ser atendida. Desde que la razón es la razón universal, desde que los muchos tienen por tanto razón, nosotros somos racionales porque formamos parte de los muchos, y somos los muchos porque solamente somos racionales. Lo mismo se refleja en lo mismo. Por tanto, los muchos, juicio de este Dios esclerótico y alienado de la opinión (la razón es sólo la opinión universal que sabe su poder multitudinario y por ello incondicionado…) ahora eligen: no tienen, sin embargo, qué elegir ni saben tampoco qué elegir, pero el hecho decisivo que da sentido a la época es que eligen… Quizás algún día todos se cansen de este proceder envilecido y anticuado, pero entre tanto hay que mortificarse suponiendo la existencia de una inteligencia inverosímil.

14

Si el reloj de la civilización se para… Hay que separarse, da igual si es unilateralmente, de todo lo que aún quisiera obligarnos a dar un sentido, un orden cualquiera a los sonambulismos de un presente que se perpetúa en pura pérdida. ¿Por qué en el tiempo de la realización del tiempo este vértigo insensato de falta de tiempo? La gran impostura: ya no queda tiempo, hay que vivir como si el tiempo se hubiera convertido en piedra, rocosidad astral o meteorito que se aleja de nosotros sin consideración a nuestras cronologías y calendarios.

15

Tautología. Pensar a lo grande y en grande y actuar pequeño: se salva la contrariedad pensando en pequeño y actuando en minúsculo. Y si esto todavía es una carga, suspende la voluntad, y piensa sólo que querrás y harás lo que de todas maneras no podrás evitar querer y hacer. La fatalidad del fatalismo es que, se opine lo que se opine, lo fatal siempre es fatal, es decir, llega a ser. No hay decisión que te arranque a su melancólico poder. No es cansancio lo que te obliga a pensar así, ni la coacción de unas circunstancias demasiado conocidas, ni una apuesta teórica por un nihilismo cualquiera. Hemos vivido demasiado tiempo de las rentas del concepto cristiano de libertad: ninguna sabiduría del mundo puede alcanzarse en el pensamiento de que uno, éste o aquél hombre, puede trascender su condición de hombre.

16

Sin salida. Hoy no existe ninguna posibilidad de ruptura en la vida de cada uno (todo está hecho de “transiciones habituales” automatizadas, de ahí la profunda impersonalidad de los individuos trasparentes). No hay ni espacios ni vías de escape: la socialización es completa, sin residuo. Propiamente, ya no tenemos ni exterioridad ni interioridad. Una vida entregada a sí misma, a su ciclo de reproducción sin contenido no permite ni tolera la búsqueda de esa otra cosa que podría validarla, porque esta vida predeterminada vale por sí misma, por lo que todo el positivismo de la organización está ahí esperando a la acogida, la vigilancia y la protección. Y el desamparo puede ocultarse en la misma medida en que no hace más que crecer en los márgenes que cada uno lleva consigo. Incluso si una existencia tan pobre como la nuestra no sabe ni puede colocarse en el límite de su miseria, el desamparo es la realidad última, con lo cual quizás tengamos que experimentar una muerte anticipada.

17

Iconoclastia e iconolatría. La imagen nos protege. No es una amenaza ni un riesgo. No nos manipula ni nos enajena. Porque su inmediatez es propicia a la distancia, incluso produce distancia en la medida en que difiere de su objeto. La imagen, que cree suprimir de un golpe la ausencia, copia degradada en fragmento de lo real, nos defiende de lo peor, rescinde el contrato pragmático que nos encadena a lo real: evita el pensamiento, suprime la reflexión, nos tranquiliza en lo más profundo de nuestro ser. Si lo real sólo es imagen y su destino es devenir-imagen, todavía nos queda una oportunidad para la verdad, pero ésta ya no podrá ser pública. Después de todo, si la imagen nos ofrece la coartada para escapar al orden de lo real, la perversidad intrínseca a un mundo de imágenes, sería una bendición para recuperar lo que ellas no pueden aniquilar. La iconoclastia preserva el secreto; la idolatría siempre acaba en la orgía de lo indistinto.

18

Hombre, máquina, dios. Shakespeare se preguntaba por la materia de que están hechos los sueños. La misma pregunta sería hoy válida, pero dirigiéndola hacia la vida contemporánea, interrogando sobre su naturaleza de sueño. Sin embargo, este planteamiento resulta aún demasiado lírico: hay que bajar unos cuantos grados el sentido de la pregunta, si es verdad que nuestro sueño presenta ya todas las semejanzas reconocibles de la pesadilla. La pregunta del isabelino se trasforma silenciosamente en esta otra: ¿sueñas las máquinas?, y si realmente sueñan, ¿en qué sueñan las máquinas? Quizás sueñan con llegar a ser humanos, como los androides de Philip K. Dick. Ahí está la ironía de esta época: el hombre atrapado en la técnica sueña con llegar a ser humano, y entretanto, la máquina también sueña este sueño. Los hombres soñaron con ser animales o dioses. Ser solamente hombre es poco. Este hombre que hoy encarna al Hombre está a punto de dejar de serlo. Las máquinas, por su parte, pueden quedarse con el cascarón vacío que este hombre les deja en testamento irrisorio.

19

Existencia desnuda. La desintensificación de nuestra realidad ha alcanzado un grado de patencia inigualable, que coincide exactamente con el exhibicionismo generalizado. No se puede ser trasparente y apasionado a un mismo tiempo. Para ser apasionados, necesitamos un mínimo de opacidad, un mínimo de distancia con nosotros mismos, o al menos lagunas de conciencia y autoconocimiento. Si nos confundimos con nuestra propia sensatez, con esa lucidez a medida que exigen los procesos automatizados del comportamiento social, estamos perdidos. En estas condiciones, cualquier forma de irrealidad, si se afirma con una tonalidad afectiva superior, puede parecer apasionamiento. Pero estamos lejos también de esto. La existencia, en una realidad de la que se han evacuado las proyecciones meramente humanas, aparece como una existencia desnuda, ni siquiera propicia para los juegos evasivos de una imaginación enferma. Ahora bien, esta desintensificación subjetiva de la realidad coincide con su intensificación objetiva.

20

Alegoría literaria y democracia social. Un ya maduro padre de familia, con su exiguo salario estándar, mantiene a todos los miembros de su familia, casi todos gente liberada y de sanas costumbres democráticas. Es cierto que no se muestran demasiado agradecidos. El mismo padre es el narrador irónico y fatigado de sus pequeñas pesadumbres domésticas. Está solo pero aguanta todo el peso que le echan encima. Está separado de su mujer, sus hijos viven fuera de casa, no tiene amigos. Para cada día del mes tiene por adelantado un gasto previsto. Malvive con lo que le sobra de su salario después de pagar todas las facturas. Come toda clase de porquerías baratas, no sale de casa, se aburre interminablemente ante la televisión. Un cinismo tranquilo, enternecedor. En efecto, los miembros de la familia se han “liberado” del padre, es más bien el padre el que no ha conseguido liberarse de ellos. Se sirven de su debilidad, de su buena voluntad, lo exprimen hasta la última gota. Una sociedad liberada es una sociedad de elefantes invisibles, y no son precisamente elefantes “rosas”. Este relato (“El elefante”) de Carver me parece una de las más hermosas alegorías de la sociedad “democrática”.

21

Cambio de residencia ontológica. Es cierto que el hombre moderno es cualquier cosa, incluso gracias a la iluminación de Nietzsche, goza de la presunción de ser “el último hombre”. También se ha de convenir que el hombre moderno no está falto de espíritu, ingenio, inventiva y capacidad de risa. Actualmente se dedica a una reforma en profundidad del mundo, al que piensa trasladarse pronto.

22

Maestros electivos contra la banalidad. Suponiendo cierta capacidad, ya inoportuna, para el desapego integral de lo puramente ligado a un presente errante, uno se dejará fertilizar, dejará que otros engendren hijos en él, pero uno no seguirá siendo el mismo después de comprender nada más que un poco. Hoy, cuando ya no quedan maestros reconocidos ni tradición alguna a la que apelar, en la que cobijarse del tiempo presente, cuando leer representa la hinchazón fraudulenta de una mera cultura de la alfabetización obligatoria, la elección de los libros y los autores ha llegado a convertirse en uno de los riesgos más provocativos. Energía en la inspiración, sutileza y valentía en la dicción, virilidad en la resistencia de las posiciones amenazadas sabiendo retirarse a tiempo de ellas: raramente se conjugan en un mismo autor estas tres cualidades y todavía menos si le añadimos el arte adivinatorio y pronosticador, pues el que piensa de un modo no común no puede ocultar su parentesco con los arúspices. Muy pocos autores son los que pueden convertirse hoy en verdaderos guías intelectuales e incluso espirituales (pues cuando se ha penetrado en una obra, cuando se ha admirado y agradecido, aparece sin que uno lo advierta la persona, la apariencia de un carácter y el rostro de una vida se recompone en el propio sentido de la obra). Saber elegir a los propios maestros no es el menor de los problemas con que debe enfrentarse, tarde o temprano, quien no tiene más remedio que renunciar a las certezas confortables de su respectivo presente y nunca un presente ha estado tan vacante de verdades como saturado de lemas, a cual más acomodaticio y banal.

23

Subjetividad en el mundo-clínica. En la vida, en la literatura y en el pensamiento, hemos llegado al convencimiento decisivo, a la fase en que la convalecencia post-comatosa nos aconseja ser más prudentes y mesurados: ser un yo, dejarse reducir a la individualidad y a la identidad, pensarse como sujeto de juicios y actos, como soporte o sustancia donde el mundo se hace como nosotros queremos, donde lo otro se borra a favor de lo mismo: todo eso que constituye la esencia del hombre moderno es seguramente una petición monstruosa. Pero hay que vivir en sus consecuencias, como si no se conocieran los agentes patógenos que han hecho enfermar al mundo y a nosotros mismos con él.

24

Acontecimientos e imaginación. La moral de un escritor o un pensador puede no estar a la altura de la perversidad de su imaginación. Quizás una imaginación perversa ni siquiera necesita contar con alguna moral. Pero éste es un privilegio que muy pocos saben merecer, el de no tener que obedecerse ni a sí mismos ni a la imagen que su sociedad proyecta de sí misma en ellos. La moral es lo que siempre nos hace volver al orden del día de nuestro exhausto principio de realidad, que hay que salvar a cualquier precio, e incluso los mejores no están nada predispuestos a abandonarlo. Afortunadamente, mientras la imaginación siga siendo perversa, el respeto a lo real puede uno permitírselo, pero sabiendo que practica un doble juego sin riesgos, o de lo contrario hasta la imaginación acabará plegándose a lo real, boqueando en su principio. Ante los acontecimientos, grandes o silenciosos, que hoy nos atraviesan como a una sombra sin dejar aparentemente casi huellas, la imaginación, ficcional o teórica, queda por detrás de sus propias posibilidades. El sello de los únicos verdaderos acontecimientos futuros será precisamente éste: hacer desfallecer a la imaginación realizando lo inimaginable, del mismo modo que la tarea de las pocas mentes despiertas que quedan en Occidente será imaginar lo imposible y desde ahí darle carta de naturaleza en el orden del discurso. Pues en el universo de las apuestas insensatas, sólo la sobrepuja sin fin tendrá una oportunidad de salvarnos de nuestra propia estupidez consensual.

25

Vida como acumulación, vida como pérdida. En la vida de cada uno se mezclan inextricablemente los dos principios y sus procesos contrarios, pero según el que acaba por predominar, más allá de los autoengaños, cada vida adquiere su perfil y su temple. El término medio de la pose a través de la cual el optimista contumaz se canta su canción de cuna no es nuestro problema: dejadlo dormitar.

26

Autoestima y autoestima. “Porque la estima de nosotros mismos está ligada al hecho de que podamos hacer uso de represalias en lo bueno y en lo malo” (Nietzsche, “Aurora”, 204). Este concepto de la propia estima, nada confortable ni caritativo, sino más bien antagonista y belicoso, está muy lejos de nuestro complaciente anhelo de la “autoestima” actual, que no es nada más que un principio “ad hoc” de reconciliación con las propias limitaciones y bajezas, en buena clave de la “autoayuda” para las mentes esclavizadas por el trabajo y la rutina.

27

Demasiado destino” judío. El hecho de tener un destino, incluso “demasiado destino” (fatalidad de tener siempre al mundo en contra), aparece como la desgracia de lo imperecedero: se padece entonces del mal de no poder morir, una suerte de eternidad que obliga a ir hacia adelante. Para Cioran, la gran conquista del pueblo judío es esta “perduración en el ser”, contra todas las adversidades. En este sentido hay que comprender, más que en una dirección religiosa, su carácter de “pueblo elegido”. A diferencia del cristianismo, la experiencia judía no ha hecho del sufrimiento una fuerza redentora, ni durante el periodo de la gran secularización moderna, una inspiración para la utopía. El sufrimiento, por el contrario, se ha convertido en una manera de perdurar, de sobrevivir más allá de toda destrucción y aniquilamiento. La “superación” del sufrimiento, en todas sus manifestaciones (desde el menosprecio, pasando por la discriminación y la persecución, hasta llegar a la pura y simple matanza), se alcanza a través de la conservación de una potente fuerza de extrañamiento del mundo que permite comenzar de nuevo, desde cero, una y otra vez (la lógica de los siglos de la diáspora y la migración perpetua). Cioran ve en este recurso inigualable un verdadero milagro, y ciertamente lo es para nosotros, futuros “metecos” universales, animales sin territorio, errabundos aprendices en ciernes de otra no menos devastadora diáspora. La fuerza sobrehumana de los judíos parece residir en el hecho misterioso de haber conseguido parecer “seres de otro mundo”, con la carga de ser “dos veces hombres” (sufrir como hombre en general y sufrir como judío en particular). Lo milagroso para nosotros hoy es cómo se consigue resolver, hasta donde nos pueda ser posible, en los límites de nuestras fuerzas, una condición a primera vista tan desventajosa. Quizás lo mejor y lo primero para no sucumbir a los nuevos obstáculos sea no ponerse las cosas demasiado fáciles: el salto siempre es más largo cuanto mayor sea la reserva de fuerzas disponibles.

28

Destino electivo estadounidense. El fundamento inconmovible de la “ideología norteamericana”, más allá de sus manifestaciones de superficie, es un gran mito: el de la patria electiva. Frente a los demás pueblos, los norteamericanos forman una comunidad cuyos miembros tienen en común una sola cosa: haber elegido, en un momento dado, una patria nueva, una identidad nueva, tanto personal como colectiva. A nadie más le está dado elegir su patria o su identidad, el lugar del origen y el lugar del destino. Esta ausencia de origen, tantas veces advertida como carácter norteamericano, es la fuerza y la debilidad de los norteamericanos, porque implica a un tiempo libertad y arbitrariedad, necesidad y contingencia. En las novelas de Paul Auster, y también de Philip Roth, esta misma ausencia se convierte en la fuente de un ciclo determinado de metamorfosis: cada identidad es un espejo de otra identidad, todo devenir está enzarzado en otro devenir. Como la patria electiva no puede ser más que un territorio mental, en él los juegos de “coincidencias” cumplen la función de verdaderos símbolos de la identidad y el devenir.

29

Desfondamiento europeo. Todo lo arbitrario del signo (es decir, la totalidad de la cultura) se convierte en el espacio en el que todos los juegos de semejanzas son posibles, todas las analogías pueden fundar mitos y relatos del origen. La identidad individual puede entonces desplegarse en la amplitud indefinida de este campo de juego de los signos, una vez que toda referencia remite a la forma pura del destino electivo. El vacío y la banalidad del “modo de vida” norteamericano quedan así compensados por la poderosa imaginación del destino en el que el individuo tiene que perderse para volver a encontrarse. Esta posibilidad es la que los pueblos europeos modernos desconocen, en la medida en que para ellos el destino es la figura de una realización de la Idea (cualquiera que sea su encarnación: espíritu absoluto, voluntad de saber y poder, olvido del ser) sobre la base de un irreversible desfondamiento de su propio mundo simbólico. La componente judía de la cultura norteamericana es sin duda el elemento que moviliza esta capacidad para fundar la identidad en la figura del destino electivo.

30

Una improbable lucha futura. No basta con pensar que la vida sea algo trágico, y quererlo: eso es demasiado cómodo y fácil. Hay que hacer, con todas nuestras fuerzas, ajenas a toda inhibición y cobardía, que la vida, aunque sólo sea por un momento de estupefacción y asombro, vuelva a tener aspectos y perspectivas trágicos, hoy, mañana quizás. La lucha que habrá que emprender es la lucha por la que la vida habrá de decantarse entre lo fácil y lo trágico, lo despreciable y lo que quiere despreciarse hasta el autoaniquilamiento.

31

Crece o vegeta. Capacidad de trascender (poder ir más allá de lo que se te ha dado, de lo que eres): ya no trascendemos hacia arriba (un ideal) sino hacia abajo (parecer peores de lo que somos realmente), pero la actitud más cómoda es sencillamente la de no poder trascender, tan poco elemento de tensión, honestidad o sinceridad queda dentro de uno; y lo peor es que fuera (el mundo de las relaciones y de los hombres que ya saben lo que son, que quieren ser lo que son, que ya no pueden ser sino lo que son), ahí tampoco hay nada más que la celebración universal de la gran satisfacción. Tu dolor, tu sufrimiento son cosa tuya, no nos sirven de nada, no es algo de lo que podamos hacernos cargo, tú eres eso, nosotros no somos como tú. Eres desgraciado y pobre porque nos has sabido acertar en las elecciones de tu vida. La conciencia asume estas palabras, quiere creer que son sus propias palabras, pero sabe que sólo expresan el deseo de someterte a un dictamen objetivo y universal, te asignan a eso que tú no eres y no quieres ser, te duelen más que tus propias palabras, porque éstas no conocen otra verdad que la incomunicable, mientras que aquéllas, más allá de toda verdad, tienen el poder de la convicción compartida de la opinión.

32

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Esas palabras, las más profundas que jamás se han pronunciado, según Nietzsche, prefiguran su locura, una pérdida de la conciencia -el sufrimiento absoluto, porque deja de ser consciente de sí mismo y no constituye ninguna liberación, o quizás la liberación sólo sea posible así. Las palabras de Jesús señalan hacia el sentimiento más horrible que puede llegar a experimentar un hombre, el de su abandono a manos de la muerte, la soledad absoluta de la condición de hombre. Ésta es realmente la única experiencia decisiva que da la medida del hombre: has nacido, has vivido, tu tiempo ha sido pobre o rico en afectos, has gozado y has sufrido, tal vez moderadamente, pero todo se te ha dado de manera gratuita, a cada momento, sin reconocerlo, sabías lo que perdías y también lo que ganabas (seguramente no has sabido estimar en sus justos términos ni lo uno ni lo otro) y, pese a todo ello y a favor de ello también, has de morir, aquí y ahora, con o sin la sorpresa de lo demasiado repetido, y no estás preparado, piensas que te queda mucho por hacer (o que al menos podrías mejorar algo de lo que has hecho y un poco de lo que eres, incluso si sabes bien que nadie va a pedirte cuentas), pero sabes igualmente que tu vida ha sido un corto intervalo de tiempo y tu muerte es eterna, y no serás ya nada para nadie y no hay redención para esta negatividad de tu ser que llevas contigo. Si no crees entonces en la inmortalidad de este tu ser que llamaron “alma”: o bien tienes que gozar ahora de la vida absolutamente, liberado de todos los pesos que te volvían responsable del cuidado de tu propia salvación, o bien tienes que sufrir por la vida ahora también absolutamente, pero ni la nostalgia de otra condición que ya no padecemos, ni la alegría ahora recién adquirida son soluciones, porque no hay solución para el hecho supremo de que nada justifica mi existencia, salvo quizás lo que podrías hacer ahora para volverla otra de lo que es en sí misma, salvo quizás para darle la forma de mi mejor yo. Aquí y ahora, si todo devenir es muerte y aniquilación, si yo mismo sé que sólo soy eso y nada más, el signo sin significado de mi tiempo finito, entonces para la autoconciencia excesiva del hombre que hemos llegado a ser, sin poder evitarlo ni poner freno a su desarrollo, ¿qué podría venir a sustituir la pérdida, la carencia, sino el elemento de lo abismal de la propia existencia, ahora, ya no sabemos cómo ni para qué ni porqué desplegada y desnuda, para sí misma?

33

Buena educación y mala intención. “Ser culto y educado no significa otra cosa que impedir que pueda percibirse lo miserable y malvado que es uno” (Nietzsche, “Schopenhaeur educador”). Por tanto, en el sentido de la vida social normal, uno es mucho peor cuanto más educado parece, lo miserable se acentúa y se destaca a medida que uno se hace más cultivado. En esa vida social, lo cultivado no se refiere a una “espiritualización de los sentidos” o a un desarrollo libre de la inteligencia sino a la grosería de un cálculo en el que todo funciona como tapadera de cualquier forma de mezquindad. Uno se vuelve tanto más despreciable a medida que prospera su educación. Actualmente, desde el turismo cultural hasta la lectura, en especial de esas enojosas novelas, todo puede desempeñar la misma función de autoblanqueado.

34

Rito de paso bien ajustado a la cosa. “Nadie entre en el templo elevado al dios desconocido de la filosofía si al menos voluntariamente no ha solicitado antes que lo sometan a cien latigazos bien dados en la espalda”. Si esto se tomara en serio, los beneficios podrían ser incalculables: primero, habría menos profesores de filosofía; segundo, los pocos que hubiera, habrían aprendido el valor auténtico de la sonrisa; tercero, se preocuparían más de vivir para sí mismos. No hay nada como un verdadero dolor, físico o moral, para devolverle al hombre su humanidad, y por añadidura, para volverlo más cauto y respetuoso ante las posibilidades peligrosas de la sabiduría.

35

Saber estar cansado. Un pensamiento que ya sólo desemboque en el formalismo, que representa la estetización “kitsch” del concepto, su expresión manierista, es un pensamiento que ya no tiene nada que decir, salvo quizás rodear lo que ha dicho detrás de una empalizada erizada de trivialidades, dentro de cuyo apretado perímetro podrá resistir hasta que no quede huella de la menor relación con los hechos que pretendía atrapar en su trampa, este infeliz cazador demasiado civilizado. Entonces, el pensamiento sólo se explica a sí mismo (nunca ha hecho otra cosa, pues el “ser” siempre se ha dado por sobreentendido, peor, sobreseído); y ni siquiera eso, evacuada la posición peligrosa de un contacto demasiado real con el mundo, profilácticamente desaconsejado, decidirá emigrar a la zona pura reservada a los espíritus que mastican con fruición su propio cansancio. Pero también es cierto, en el pensamiento como en la vida, que hay que saber estar cansado. Y actualmente ni siquiera el cansancio es demasiado inteligente: juega a ocultar sus síntomas de debilidad. Sin embargo, hoy se conocen algunos tratamientos que disimulan un síndrome de Alzheimer galopante.

36

Habla una mujer que desconoce su poder de seducción. ¿Qué significa saber que una es muy deseada? En primer lugar, por poco que una sea justa consigo misma, eso quiere decir que nuestro espejo no se equivoca, luego partimos de la certeza y no ponemos en duda nuestros derechos a ser deseados. Entonces, y nadie nos podría negar este privilegio absoluto, sabemos que podemos exigir una cierta forma manifiesta de cortesía y sometimiento educado, no luchamos contra un enemigo sino a favor de alguien que nos adula infinitamente: se acerca a nosotros como el aire agita el fuego, pero somos sensatos y soplamos un poco la llama para avivarla, pero no demasiado. Dadas estas condiciones, lo así reconocido como “bello”, es decir, mi espejo y yo, y todos los que así me tratan, gozamos del deleite anticipado, del que ellos están obligados a abstenerse, pero por poco que yo sea comunicativa de ese sabio deleite, desataré lo secreto de la vileza de pasiones especulativas.

37

Desposesión y genitalidad. A fuerza de no poder poseer el cuerpo del otro, el cuerpo propio acaba por desaparecer, borrándose ante la inminencia infinitamente recomenzada del deseo; por tanto, el cuerpo no es un objeto, ni una energía, ni una fuente neutra de placer, no es nada más que la señal demasiado visible y real, a veces herida abierta sobre el vacío, de la desposesión del otro y de sí mismo. Espiritualmente hablando, el hombre también posee a su modo la simbólica mutilación genital con que la mujer está marcada en su cuerpo, en la forma de su sexo.

38

Amor excedentario. Manubrio de inercial frotación de genitales, indiscriminado o legalizado: no merecía un nombre tan noble. Pero no volvamos sobre algo tan justamente difamado por los misántropos de todos los tiempos. Seamos más precisos: la unión nominal no asegura que uno haya seducido al otro. Lo más probable es que tal unión sólo pueda existir y mantenerse en ausencia de toda verdadera seducción, por eso la buscan, sin saber qué buscan, en otra parte. De donde es muy fácil deducir una casi inverosímil acumulación de excedentes libidinales en estado flotante (y no sólo estadísticamente significativos sino sobre todo perentoriamente ontológicos).

39

Usura del tiempo. Entonces, cada uno ordena su vida como puede, es decir, sobre los escombros mal asimilados de todas sus vivencias, la mayor parte de las cuales sólo obtuvieron de nosotros una precaria participación cautelosa, tanto que cada vida, si se toma en serio a sí misma, se parece, o se acaba por parecer, a una frase mal construida. O en los mejores casos, los más afortunados de los cuales se desconocen a sí mismos, pues son siempre meros casos fortuitos, – las experiencias multiplicadas como reflejos del brillo del sol sobre una superficie marina…, son excesos del tiempo, cada tiempo individual que marcha al ritmo de trompeta de las series de días almacenados en los calendarios, – y a eso lo llaman “su verdadera vida”, el eterno juvenil de los moribundos, cuánto tiempo ha sido necesario para transformar la intuición en argumento, el deseo de renovación en tiempo acumulado, sobre la base inmóvil de una repetición incesante de lo mismo, – en disposición en efectivo de recuerdos que nada emiten -, desde dónde, si todo origen quedó anulado por lo múltiple vacío de los porvenires irrealizados.

40

Lo que la vida sería si…” Liberarse de la rigidez conformada por las necesidades vitales e intelectuales que se han ido segregando de cada norma bien asimilada, -tanto que ya no lo parece–: todos saben hacerlo a su manera, porque toda moral sabe crear las condiciones en que una pequeña reserva de inmoralidad queda fácilmente justificada; si la moral no es más que un hábito bien considerado y hábito descalificado pero tolerado,- lo único posible para el verdadero inmoralista no es la crítica amoralista de una moral, ni el contra-ejemplo de lo nefando para ella, sino un ejercicio constante de la ilusión (lo que la vida sería si…,): todo lo que hoy existe no tiene comparación con nada,- todo momento es un acto final, y no hay juicio que ponga fin o que decida sobre el fin.

41

Modelo mítico y vivencia. Me ha gustado a menudo imaginar una zona de indiscernibilidad, sutil y delicada, entre las sensaciones de placer y dolor. Entre los pocos segundos al producirse una herida por un corte muy fino y el momento en que aparece el dolor intenso hay efectivamente una zona de indiscernibilidad en que ambas sensaciones confluyen, se tocan y luego se separan, haciendo creer para el sentido común de un principio de realidad muy corto que nunca se dio un verdadero punto de contacto. Más allá de lo neurofisiológico, se trata de una propiedad esencial del funcionamiento de todo el campo espiritual: ambivalencia y profunda equivocidad, carácter paradoxal eminente que sólo unos pocos espíritus bien dotados, verdaderos “esprits de finesse”, saben trasformar en una fuerza, catalizador de los afectos y los pensamientos. Antes de toda separación, hay una dualidad primitiva que sólo en un momento y, para él sólo, en el secreto, tiende a la unidad: no es nada sorprendente que su modelo mítico, y mucho más que mítico, haya sido siempre la forma de la unión sexual efímera de lo eternamente dual. Un modelo mítico que es también un modelo del mundo como forma pura del encadenamiento de todas las cosas: “eros” sólo lo hay de verdad donde se dan a la vez atracción y repulsión.

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Coquetería (1). Como veía Nietzsche, la mujer es para el hombre tanto más benéfica cuanto más fuerte es su “acción a distancia”: el placer infinito de la mejor coquetería femenina, la más afectada en su “naturalidad”, la más delicada y valiosa, consiste en provocar simultáneamente ambos movimientos de ánimo en el hombre. Esta coquetería atrae al hombre para rechazarlo, lo rechaza para atraerlo: este movimiento pendular de doble dirección cuanto más refinado se presenta, tanto más exacerba la potencia creativa de la imaginación, la vuelve apta para venir en ayuda del afecto, que por sí mismo es esterilizador, pues de todos modos aparece siempre como un invitado intempestivo al que, tarde o temprano, hay que satisfacer.

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Coquetería (2). “Al terreno de las semiocultaciones espirituales pertenece una de las prácticas más típicas de la coquetería: afirmar cualquier cosa que no se piensa, la paradoja de cuya sinceridad queda en duda, la amenaza que no es seria, la autodesvalorización del fishing for compliments. El encanto de este tipo de comportamiento lo constituye el movimiento pendular entre el sí y el no de la sinceridad; el receptor se ve ante un fenómeno del que ignora si con él su interlocutor expresa una verdad o lo contrario. Así el sujeto de esta coquetería escapa de la realidad tangible a una categoría incierta, que contiene su verdadero ser, pero que no es inmediatamente captable. Una escala de manifestaciones graduales conduce de la afirmación, aún totalmente seria aunque bajo ella se intuya una cierta autoironía, a la paradoja o a la modestia exagerada que nos hace dudar de si el sujeto se burla de sí mismo o de nosotros; cada etapa puede servir a la coquetería, tanto masculina como femenina, porque el sujeto se oculta a medias detrás de su manifestación y nos provoca la sensación dualista de que en el momento de abrirse a nosotros se nos escapa de entre las manos.” (Georg Simmel, “La coquetería”)

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Afecto y juicio. Llega un momento en la vida de cada uno en que el único acto bondad de que somos capaces hacia los seres más amados tiene que ver mucho con la buena voluntad de no ejercer el juicio sobre ellos; no juzgar puede llegar a ser el único medio para seguir queriéndolos. Quizás por eso, no sólo el amor en general, sino cualquier afecto es ciego, pero ciego a sabiendas de su ceguera. Se necesita algún aprendizaje para saber esto, se necesita haber permanecido largo tiempo en la penumbra más descontentadiza de nuestro yo menos expuesto a la propia opinión. Cuando recuerdo a las pocas personas a las que he querido y que me han querido, cada una a su manera, experimento siempre una fuerte reserva a juzgarlas, por lo que fueron o por lo que hicieron, por lo que no fueron o por lo que no hicieron. Algo muy poderoso en mí se retrae, quiero creer que un sentido superior de la justicia me deja en silencio y piensa en mi lugar y en el lugar vacío de los otros: ¿acaso no fue suficiente que nos soportáramos, acaso no fue suficiente con que no nos hiciéramos más daño?

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Retraimiento y opinión. El que se retrae para no juzgar a los otros, seguramente es porque no quiere ser juzgado por ellos, y entonces esta reserva es el efecto secreto de un miedo a verse expuesto, desnudo, ante la mirada de los otros, incluso los más cercanos, de la que, cuando menos, sabemos que no será nada complaciente ni benévola; entonces esta reserva es la forma previsoria que adopta la mala conciencia. Aquí, como en todo, los contrarios también se anudan: un cierto sentido de la ecuanimidad es el fruto bien madurado de la mala conciencia, como el resentimiento es ante todo autorresentimiento. Los otros son sólo mediadores de algo que finalmente sólo nos concierne a nosotros mismos. Y quien creía amar así mejor, se da cuenta, tarde pero necesariamente, de que tan sólo se ha estado odiando a sí mismo durante demasiado tiempo y, lo que es peor, al descubrirlo, no deja de seguir haciéndolo.

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Liposucción a una lengua envarada. Afecto e idea, pensamiento e imagen, dulzura y dureza, expansión y laconismo: siempre hay que estar alerta para evitar la petrificación instantánea del lenguaje. Si la sangre está espesa, que su circulación al menos sea un poco más fluida. Gottfried Benn sabía, como pocos entre los poetas, que todo nuestro problema está en la sintaxis y Jean Baudrillard llevó a cabo en el ensayo y en el aforismo la operación de la que más necesitados estamos respecto al lenguaje actual: hay que hacerle una escrupulosa liposucción, a fin de que el pensamiento pierda su exceso de grasa, porque hoy lenguaje y pensamiento se nos aparecen notoriamente obesos e inmovilizados por una opulencia de inanidad que se cree tanto más concienzuda cuanto más engorda.

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Razonamiento aberrante sobre un afecto desplazado. Una fuerte antipatía, cuando es mutua y se dirige contra el núcleo de la personalidad o de la circunstancia del otro, también crea lazos. Da igual que esos lazos no sean idénticos a otros, quizás más frívolamente deseables, pero el hecho admirable es que tales vínculos, creados por una gran antipatía personal, existen en estado puro y se vuelven, pese a todo, fértiles y dispuestos a desarrollar una extraordinaria capacidad para ser explotados, quizás a través de una locuacidad ingeniosa e imaginativa que puede llegar hasta una verdadera grafomanía. A lo largo de su recorrido, se acaba por olvidar que el afecto originario era justamente el más contrario a la concepción de cualquier afecto, pero sólo es así en la cómoda apariencia de nuestro adormecedor buen sentido, que para lo esencial siempre sestea y más le vale así o de lo contrario el mundo se saldría de sus goznes. Entonces, la antipatía bien administrada, que entretanto se ha convertido en un lazo de unión como otro cualquiera, por extraño que parezca, cobra su verdadera intensidad y, a partir de ahí, uno y otro comparten secretamente un sentimiento cómplice que va más allá de él mismo y fácilmente es concebible que tal unión llegue a una metamorfosis inesperada, pero lo inesperado (la inverosímil confluencia de un azar objetivo y una necesidad subjetiva), sea como quiera, es uno de los rostros más limpios con que se presenta la más secreta de las pasiones, la más indecible y endurecida contra todo. Quien en su vida no alcanza a experimentar esto, no sabe nada realmente de un misterio como es el del nacimiento del estado más auténtico del amor: la concepción misma del inicio y el proceso del enamoramiento.

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Clímax y anticlímax. El precio de toda intensidad es la monotonía: cuanta más intensidad, en cualquier aspecto de la vida, más tedio. A lo desmesurado de la causa debe seguir lo desproporcionado del efecto. Y, a veces, incluso el placer más vivo tiene algo de hidráulico.

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Solitarios con causa. Alguien está solo, no siempre ama su propia sombra, pero al menos sabe por qué está solo. Además de haberlo querido, es que él era alguien que no deseaba divulgarse, es decir, ofrecerse a los otros en lo que tiene de común con ellos. He ahí una trampa de la que hay protegerse.

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Aprendices de una nueva semántica. No es difícil llegar a convertirse en una especie de “eyaculador precoz” del sentido condensado en una lucha desesperada contra el sinsentido que la vida nos impone en la multiforme dispersión de los datos de la experiencia, cuando se posee el don innato de la inoportunidad, la que sorprende a los hombres justo en el momento en que adoptan la pose del sueñecito reparador, inscribiéndose en las páginas blancas del libro de la Historia. Hoy, algunos somos aprendices de este tipo sexualmente tan denostado.

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Misantropía necesaria. En general, la máxima “moral”- sólo la del que conserva para sí una cierta conciencia de “moralista”- no es otra cosa que el desmenuzamiento, ponderado pero ofensivo, de una misantropía larga y pacientemente destilada gota a gota, pero la antipatía, como todo, hay que saber cómo dispersarla a fin de que no acabe por conjurarse contra nosotros mismos, lo que podría resultar siempre un efecto hiriente que en el fondo quizás se buscaba, se necesitaba. ¿Por qué? Ese será siempre el misterio de la ambivalencia, en la medida en que todo está hecho de ella.

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Aquiles, el de los pies ligeros, y la finitud. La omnipresente sensación de la juventud fue la de la invulnerabilidad, un poco como el aura acompaña al santo o al héroe. Ahora, la falta de sueño, la menor palpitación del corazón o la vacilación del pulso, las pequeñas neuralgias o las mediocres cefaleas, incluso la acidez del estómago, o la más seria obstrucción lenta de las arterias, cualquier mínimo síntoma vale para experimentar la fragilidad de un cuerpo que no es ya aquel cuerpo del joven invulnerable, cuya invulnerabilidad procedía justamente del vigor del cuerpo mismo. La piel que cubre las manos se vuelve áspera y parece cuartearse, ya van apareciendo también los pliegues en la cara y, poco a poco, en casi todas partes. Aunque todavía espontánea, la sonrisa cuesta cada vez más disponerla perceptiblemente sin esfuerzo y ofrecérsela a alguien a quien queremos agradar. Para nuestra sorpresa, que se excita con cada minucia, lo inquietante se acerca y se convierte en un huésped incómodo, como la compañía omnipresente de nuestro nihilismo personal e irrenunciable –otro convidado parasitario al que ya no podremos expulsar nunca de nuestra cena solitaria. La creciente ligereza y libertad del pensamiento contrasta conmovedoramente con la pesadez, rigidez y cansancio del cuerpo. Quizás, por eso, los griegos antiguos, que algo sabían de la relación entre cuerpo y alma, jugaban con las palabras “soma”/”sema” y decían que el cuerpo era una tumba, -una tumba, efectivamente, de la bella juventud del propio cuerpo, ocultada en él mismo: apariencia resplandeciente pero pasajera, de la que sólo la intensidad de un goce sabiamente administrado puede dar cuenta.

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Derecho a la nulidad. Rodeado de cosas exiguas, acciones previstas, comportamientos automatizados, puntos de vista obligatorios pero indiferenciados, palabras bien calibradas en su generalidad e imprecisión, muecas o rictus que hace tiempo dejaron de ser sonrisas: envuelto en esta benevolencia hacia la realidad, uno puede llegar a creer que el pensamiento lo ha abandonado definitivamente. Cierto, uno ya no es un “hombre espiritual”, no está convencido de que su ser contenga un mundo de infinitas posibilidades. Uno ya no confía tampoco en lo real ni en su doble mejorado e ideal. Uno tampoco tiene pasiones ni vehemencias. Literalmente, uno está vacante, aun cuando no siempre esté de vacaciones. La palabra “espíritu” no logra consolarlo. Sabe que no todos tienen derecho a la nulidad y son aun menos los que se conceden la prerrogativa de vivir en la conciencia afirmativa de la nulidad. Es rara la fuerza de ánimo que lleva a decir: soy nada… y no me toquéis esa nada, dejadla estar.

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Las vacaciones de lo negativo. Todo se dirige a hacer creer: que uno, cualquiera, nadie, se encuentra como debe: que este mundo ha sido siempre el suyo, el vuestro, el nuestro: que esto, el infierno del tiempo vacío, es como su casa: el dispositivo de gratificación (salario-consumo) funciona exactamente como medio de inhibición de la angustia: la condición generalizada, inconsciente, en el modo de la banalidad. Todo va encaminado a hacer sentir la dulzura de vivir en la facilidad de los artilugios ambientales: el entretenimiento aligera las vidas de los que, si por algún accidente fueran eyectados de él, no encontrarían en sí mismos ni a su alrededor otra cosa que la nulidad y la desesperación (nulidad de lo que son; desesperación por lo que ya no podrán ser…: pero la privación ya no puede ser experimentada: de ahí que viváis en un mundo sin dialéctica). Todo se ofrece para llenar el tiempo vacante: reverso del tiempo en el que uno, cualquiera, nadie, se alquila por horas y efectúa su servicio de relojero: vacancia absoluta en ambos tiempos en los que uno, nadie, cualquiera, llega a ser una función inútil de lo social-ininteligible. Todo se pone a disposición de todos: abertura sexual ilimitada: servicio completo para un mundo petrificado en la redundancia al que ninguna violencia podría cambiar: él mismo reúne toda la potencia de lo violento en la multiplicación aleatoria de las posibilidades combinatorias de vida. Morimos en el hastío que quisiéramos ver consumado de otra manera menos vil: misterio y secreto de nuestra propia violencia inconfesada: contra la violencia de las obligaciones no enunciadas pero omnipotentes: normalidad de la angustia que no se reconoce a sí misma. Tierra de nadie hacia la que todas las corrientes del desafecto convergen y desembocan sin crear nada: negatividad sin polo o positividad absoluta. Tarea cotidiana de una dialéctica doméstica que nos domestica y vuelve irreconocibles: piedad, pero así será mejor, libres, todo os ayuda a dormir un poco más en medio de esta eterna vigilia de un dolor que ya no lo parece.

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El convaleciente (1). Ciudadano de dos mundos, ninguno de los cuales es habitable con exclusión del otro, esquizofrénico arrojado a la penuria de una realidad que alimenta sin saberlo con sus inermes conceptos, el convaleciente se encuentra enfrentado a la paradoja, es su encarnación viviente: anticipará en la imaginación un estado de salud en el que la aceptación incondicional de la vida no sea impostura, pero también anticipará en la imaginación las delicias secretas de su fin previsto en una enfermedad sin curación. Vivirá entonces de esta doble anticipación simultánea y la una con la otra formarán su capital simbólico. En realidad, no vivirá de ninguna manera, estará condenado a un aplazamiento de la afirmación y la negación como actos puramente intelectuales, como el suicidio en Cioran es la paradoja de un pensar que sólo cobra fuerza porque puede hacerse cesar a sí mismo a través de la eliminación de su sujeto: “cogito” por autoaniquilación del “sum” y viceversa. El convaleciente es el que literalmente ha superado el estado en que todavía el suicidio podía entrar en la escena con un tono trágico, desganado o casi burlón. Es decir, es el hombre que viene después de la supresión de la angustia, el hombre pos-comatoso, el que sale a la escena después del “incipit Zarathustra” y de los cánticos celestiales de la “lucha final”. Es el hombre que, al desalienarse en la plenitud de la oferta, se encontró consigo mismo como con el rostro de nadie. El convaleciente es el que se ha anticipado a la nulidad de todos los fines y el que desprecia la hipocondríaca inconsistencia mundana de todos los medios, ya que la vida no le parece asunto de medios y fines sino juego de signos vacíos que se intercambian según reglas desconocidas de sacrificio y fatalidad.

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El convaleciente (2). No será un “hombre religioso” pero concederá que la interpretación religiosa, al menos, tiene la virtud de suprimir los derechos espúreos del “hombre natural”, creando otro hombre artificial a medida de un proyecto divino del mundo. Aquí Nietzsche se equivocó (?): la sobrehumanidad no está puesta como fin, no es el arco iris para después de la muerte de Dios, pues si hubiera debido existir una sobrehumanidad cualquiera, ya habría existido alguna vez. No habría que esperar que un vulgar asesino pudiera llegar a algo más que a ser un infrahombre sin remordimientos ni verdaderas esperanzas. El que se libera de lo que sea, sólo lo hace para volverse esclavo abyecto de sí mismo. Todos los “grandes hermanos” lo esperan al recodo de su liberación barata. Es el destinatario ideal para la donación de los órganos de repuesto del “xenocerdo” transgénico o para el trasplante de la cara de los cadáveres. El convaleciente excluye el punto de vista moral sobre el acontecer pero a la vez lo hace en nombre de una moralidad irreductible y superior: la nostalgia del bien y del mal, la nostalgia de lo verdadero y lo falso. Porque cierta forma imprecisa de nostalgia puede desplegar más poder que el mero lamento del que, obligado a diferenciar, ya no sabe cómo hacerlo y está por ello coaccionado a sostener la impostura del mundo como verdad última. Así, la debilidad puede ser la base del peor fundamentalismo: el del no-valor sobreimpresionado en una realidad que ya no domina como valor; puede existir de hecho un fundamentalismo que derive del nihilismo, es la falla que atraviesa el proyecto de la Modernidad, malogrado en la medida en que demasiado bien logrado. La convalecencia sólo tiene sentido como indiferencia, pero una indiferencia genuina, radical, no una gesticulación bastarda de indiferencia: la verdad de la indiferencia es lo más difícil de lograr, porque en ella reside el “supremo bien”. La indiferencia radical es la versión secular de la salvación, la liberación y la redención, en un mundo que ha alcanzado sin sospecharlo el grado cero del sentido, si bien el indiferente sólo se purga a sí mismo, no tiene deuda que expiar y, en cuanto a los lazos del yo y el mundo, demasiado nulos son éstos en sí mismos como para además esforzarse en aniquilarlos. Es lo que podría llamarse una “mística” un tanto banal a medida para el tiempo de la banalidad absoluta del bien y la banalidad absoluta del mal.

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El convaleciente (3). El hombre que escuchaba madrigales soñando con bosques de arces en otoño (¿o eran mimosas en primavera?) sentía el alma plomiza cuando se veía rodeado de sus semejantes. El espíritu pesado de una vida mil veces vivida. Quizás cuando fue perro el alma de sus semejantes no le entristeciera tanto. Hombres y mujeres se pasaban la vida intercambiando relaciones sociales y realizando llamadas de teléfono: otros seres como ellos estaban a su lado en cualquier momento, y a decenas o cientos de kilómetros siempre había alguien más presente con quien comenzar un proceso comunicativo. Desdoblamiento de la presencia para que la empatía de lo social, el narcisismo de la relación, la compañía opaca, la comunicación exigida, todo eso en el cúmulo multiforme de la trasparencia imaginaria, cumplan con la cortesía debida. La abstracción de todo lo humano había convertido al mundo en una red y ahí estábamos atrapados: hilos-nudos unidos a otros hilos-nudos por el espacio vacío.

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Senderos trillados. Entre “los privilegiados” con estudios superiores, la cultura se había convertido en un ejercicio superfluo anexionado por la banalidad ambiental: el mal gusto era la realidad, con la que nadie mantenía sino relaciones cordialmente indiferentes. Nadie nos exigió nunca nada más que una participación, entre cautelosa e indulgente, en este lenguaje adulterado, hace mucho confiscado por las significaciones y los cuerpos liberados a su propia desolación. No conocimos el dolor de existir, pero tampoco la ebriedad de existir, ni la mística de la negación. Y el placer fue una errancia entre senderos trillados. Tranquilo vagabundeo de reses de matadero que seguirían engordando en ausencia de desenlace en su existencia demasiado favorecida por las proteínas de la carne ajena.

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Autismo existencial generalizado. La vida se nos entregaba como una mujer demasiada acostumbrada a unos amantes de sensualidad calculada que siempre llegaran a la hora convenida. La vida informe, ciega, excavando como un topo las galerías hacia una luz improbable. Y la luz no se encontraba en la consunción de un lenguaje y unos cuerpos impenetrables, cuyos afectos sólo podían revertirse dentro de ellos mismos, como las palabras del autista. La muerte no probaba nada. La vida no probaba nada. El imperativo categórico era la supervivencia. Pero el intercambio estaba regulado hasta en los menores detalles. Odiábamos la fatalidad de ser lo que éramos: respetuosamente indistintos, perdidos de vista, inventando una nueva miseria, la penuria de lo que, en la abstracción de su libertad, no puede devolver lo que se le da.

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El estilo, una forma celosa de amor. El estilo es el filtro que cierne la exuberancia natural de las palabras, su poder de encanto que irrumpe en demasía sobre la puesta en juego de unas reglas recatadas y discretas, las que nos proponemos cumplir a riesgo de la pérdida del decir. El estilo se opone a la obscenidad del lenguaje que asalta y quiere prorrumpir ruidosamente sobre la escena desolada de la escritura. Pero el estilo está limitado por el propio lenguaje, sólo hay que aplicar una contención secundaria, y es esa delimitación segunda la que permite decir que “el estilo es el hombre”, siempre que todos los términos sean entendidos de manera impersonal y no puramente psicológica: no tenemos un sujeto del lenguaje, él por sí mismo es su único soberano y nos obliga a reconocerlo así en todo acto de escritura. El adolescente que todavía ingenuo por la pasión extraña eyacula demasiado pronto sobre el cuerpo de la amada es el que todavía carece de la virtud de contención, porque para él la caricia precipita el goce del cuerpo que no posee. Toda creación busca delimitarse frente a la infinitud del lenguaje, frente a lo no-dicho pero sobre todo frente a lo demasiado fácilmente decible, el recurrente murmullo de lo que se dice sin más. Un infinito quizás accesible con un esfuerzo que no busca recompensa y un infinito siempre franqueado por la ausencia de esfuerzo, que está ahí a la espera de la apropiación subjetiva de los falsos luchadores por la sensatez y el sentido. Pero también es cierto que el estilo maduro es como la múltiple cópula que aminora su intensidad a medida que, al repetirla, conocemos su técnica elaborada para prolongar un placer que no llega y que sólo se alcanza en el mérito vacío de la resistencia a la expulsión: ebriedad entonces en la que todos quedamos nerviosos, y muy pronto indiferentes a la virtud lograda en el lento aprendizaje.

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Verdad despiezada. En el aforismo, la literatura en estado puro se funde con el pensamiento, cuando éste sabe presentarse literalmente como residuo vital de una fragmentación, de un despedazamiento cuya brusquedad sin continuidad exige llenar los espacios blancos del mundo, si el horizonte de visibilidad y totalización de la experiencia se ha perdido. Ya no creemos que la verdad deba seguir un proceso argumentativo que ponga al desnudo la osamenta del intelecto, sólo para mejor escapar a la seducción del humor huidizo del que aquél es sólo la forma social normativa y aceptable.

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Verdad venidera. La verdad es un objeto de búsqueda continuamente incorporado en el desaliento secreto de la radical ausencia de verdad, verdad de la que sólo podríamos encontrar relatos mutilados, intermitentes excitaciones o delirios parpadeantes de un hallazgo precario. No deja de ser tampoco exacto que en una época dada, como la nuestra, de cuya mera inteligibilidad dudamos con buenas razones, esa ansiada verdad se ausente bajo todas las figuras que pretendieron encarnarla: la fe, la objetividad, la información. Una verdad semejante, que ya no es del orden de un saber especificable, del concepto comunicable en un lenguaje pactado, con sus señales de demarcación bien dispuestas a fin de no traspasar propiedades ajenas o terrenos baldíos,- una verdad tal, cuando ni la fe, ni la objetividad ni la información bastan para decirla, cuando los protocolos de verificación se han convertido en patética simulación, en fin, una verdad de este género es la verdad de lo que está por venir, una verdad de lo que aún no está dado, certificado, compartido, articulado. Esta verdad tan extraña es la verdad de la escritura, o mejor aún, es la verdad en tanto que pura escritura, simple escritura.

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Verdad ametódica. En el pensamiento como arte de ocultación, se nos dan los resultados, nunca el proceso; se nos presenta la verdad acabada, consumada, perfecta, nunca la verdad haciéndose sensible, deviniendo, metamorfoseándose, pues hemos olvidado, gracias a la acción devastadora de nuestro intelectualismo, que la verdad es ante todo lo que se vive intensamente como verdad en el recorrido de su búsqueda. Para los que están en camino, no hay ningún método. Para los que no renuncian a estar en camino, la verdad tampoco está al final del camino como meta, esperando que el viajero levante el último velo. El camino es la propia verdad y la verdad es el propio camino. A esta identidad vacía es a lo que deberíamos llamar “escritura”. La escritura aforística, liminar, la que sabe establecerse en los límites de lo comunicable y lo conceptualizable de una experiencia, se ha convertido para nosotros, encerrados en nuestra individualidad insuperable de topos que excavan en los legajos del sentido vacío, en una especie extraña de “áscesis” del intelecto sin objeto, en el sentido de un encuentro con lo que supera nuestra mera humanidad convencional, empírica, de seres pensantes cuya existencia psicologizada por las instancias de control ha sido reducida al movimiento de las ideas y los afectos que sólo se refieren a sí mismos. Esta escritura abre el mundo sobre una dimensión diferente, quizás porque se coloca de antemano sobre el abismo de la diferencia radical, sobre la diferencia o extrañamiento entre el hombre y el mundo. Así es como la escritura nos permite el intento de sobrepasar la condición asignada de sujetos, identidades inmóviles y fijadas que desconocen la metamorfosis posible en cada uno de los pedazos de la experiencia externamente codificada y formulada por otros. Una verdad vivida sólo podría tener el aspecto y la figura de la escritura. El primero en saberlo, y con todas sus consecuencias, fue Nietzsche, cuando le concedió a los efectos de lenguaje tanta y tan poderosa determinación sobre el pensamiento. Siempre habló de la seducción de las palabras, con una actitud quizás ambivalente: al contrario de lo que se cree, el laconismo y la concisión, la paradoja como intensidad concentrada del pensamiento hecho estilo, no escapan a la seducción del lenguaje sino más bien ocurre que son la mejor manera de rendirse a ella, muy al contrario de lo que pensaba Cioran, quien creía que el “laconismo” era la estrategia del que quiere escapar a la “plétora verbal”, a ese afán penoso de nuestra cultura por explicarse, por exponerse y mostrarse.

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Soledad (1). Liberación o condena, a veces tanto lo uno como lo otro, la soledad puede llegar a convertirse en una buena causa por la que vivir, siempre que no confundamos la soledad con sus máscaras. Pero no confundir a la soledad con sus máscaras es lo más difícil, ya que la soledad como tal, da igual lo que uno quiera hacer con ella, suponiendo que ella se deje hacer, es el grato y no apacible acogerse a todas las máscaras en que uno se ocultaría sin ocultarse realmente en ninguna. La carga de la soledad no es tampoco la que habitualmente se imagina: lo peor y lo mejor de ella es que obliga a sostener sobre los propios hombros todas las cargas que los hombres sociables sólo conocen por breves intervalos de tiempo y sin apenas conciencia del peso múltiple a que se les somete,- ellos, precisamente, los que jamás saben de ningún peso que no sea el mero efecto del desgaste de la conviviliadad social en que tan fructuosamente se encuentran, empleando los subterfugios normativos para escapar a su propio excedente de vida. Porque lo que caracteriza a los otros es la usura que ejercen sobre los que sólo cuentan consigo mismos como único material y recurso de vida.

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Soledad (2). La soledad es la imposibilidad de descarga fuera de los propios límites, es decir, fuera de las reservas de una vida clausurada sobre sí misma. Por eso, los solitarios son los últimos reductos que resisten al “aligeramiento” obligado de la vida: estos solitarios huyen como de la peste de cualquier vínculo humano que no hayan elegido dentro de los límites de su capacidad siempre tornadiza de aguante. Lo que a primera vista parece desprecio es sólo cortesía ofrecida a los otros, a fin de no exigirles más de lo que pueden dar, – si no aceptamos que el dolor es un universal que iguala a los hombres… Puede que la soledad sólo signifique una forma de mala conciencia: es un viejo lugar común creer que todos los malvados aman la soledad, y entonces ésta equivaldría a su castigo. Pero esto no lo reconoceríamos, tan cierto desde que la maldad real se ha vuelto pública y exhibicionista de sus mejores dones: en esta coyuntura, el solitario sería tan sólo la víctima autogratificada y autosacrificada de sus más íntimos impulsos de maldad, para al final acabar siendo tan sólo el pobre diablo que moraliza sobre la maldad de los otros… Con lo que se concluye que la soledad, lejos de ser lo que parece, se convierte en una forma inesperada de bondad e incluso de “amor a la humanidad”. Ya que en el mundo social, uno no tiene otro valor real que el de su capacidad para intercambiarse por su propia imagen, recibiendo en graciosa contrapartida la imagen de los demás. El solitario escapa a esta regla: para él la estupidez sólo cobra un valor precioso si queda establecida como derecho a la propia estupidez.

SOBRE EMBOSCADAS Y SENTIMIENTOS ESDRÚJULOS (2009-2012)

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Forma y contenido. Los sentimientos humanos son algo noble en sí mismo, incluso cuando las personas que los experimentan sean seres mezquinos e incapaces de darles sentido expresándolos en bellas palabras. Por eso, quien sabe hacerlo, debe hablar de ellos en un lenguaje que les devuelva su dignidad originaria, y eso vale hasta para las conversaciones más espontáneas de la vida diaria: en dónde, sino, habrían de encontrar refugio y asilo, en dónde sino en las pocas vías de escape que nos quedan. Entonces, hay que disculpar en ocasiones un énfasis o una presunción en las palabras que quieren estar a la altura de lo que hablan. A riesgo de pedantería, es mejor que forma y contenido no aparezcan como disonantes, tampoco y sobre todo en la vida diaria. Quizás ésta sea también la función esencial de todo código de cortesía, de todo distanciamiento ceremonial y jerárquico en las maneras y relaciones sociales: los signos deben establecer diferencias, nunca igualdades; y tampoco cualquiera puede, sabe y tiene derecho a emplearlos.

67

Tuyo para toda la vida”. Según la exquisita percepción de los guionistas de Hollywood, el pensamiento femenino acerca del hombre es notablemente dicotómico, aunque no por ello inexacto ni simplificador. Véase una muestra. En un diálogo, una mujer le dice a otra: “Si le acaricias la polla a un hombre, es tuyo por una noche; si le acaricias el “yo”, es tuyo para toda la vida”. Desde luego, si el cine actual se pudiera elaborar sobre la base de diálogos así, se ganaría mucho en precisión conceptual y, para nuestro beneficio y deleite, perdería otro tanto en abyecta locuacidad banal y otros ruidos humanos.

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Crates, el cínico, Hipatia y yo. En un pasado juvenil remoto, cuando estaba enamorado, con síntomas graves de ensimismamiento, me sentía intensamente excitado a todas horas, más despierto y vivo, renovado; podía llegar hasta la imagen delirante de la autocreación subjetiva, fantaseando sobre un tiempo de comprensión universal. Olvidaba demasiadas realidades empíricas. A veces también me invadía un lánguido entumecimiento que me volvía benévolo hasta con los más execrables defectos de los hombres y me empujaba a adorar a la Mujer en cada mujer. Este embrutecimiento acababa en el más fatigoso de los desengaños: de este amor como “cosa mentale” se pasaba casi sin transición a las sábanas revueltas y sucias y la luz de la mente iba poco a poco dejando de iluminar lo que una vez fue un esbozo aureolado de vida futura. Luego ya llegado a la madurez, aprendí algunas cosas. Por ejemplo, la historia del cínico Crates, recordada por Diógenes Laercio. Al conocido cínico le cuchichearon bocas de mal hálito y peores intenciones que una mujer le seguía los pasos y decía estar muy interesada en sus frugales doctrinas éticas, e incluso que podía querer algo más de él. Crates se presentó en casa de esta mujer, una tal Hipatia, y llegándose a su lado, se quitó el “himation” o túnica multiuso de basta lana que los cínicos convirtieron en su uniforme iniciático, quedándose desnudo como un niño recién nacido. Se limitó a presentarse: “Aquí estoy”. Se dice que desde entonces Hipatia lo acogió con mayor agrado y se hizo su discípula. No todas las historias de amor son ridículas.

69

Comodín. Papel de “joker” frente a la reina de los corazones: autoconmiserativamente autosuficiente. Lo monstruoso de la palabra dice la verdad del sentimiento que expresa.

70

Problemas de comunicación amorosa. A veces pienso hasta qué punto la adicción a la literatura no me ha vuelto un hombre hipercodificado, pues todo tengo que cifrarlo y descifrarlo en unos términos, giros y procedimientos que acaban por embarullarlo todo en mis relaciones personales. De todos modos, es bien cierto que la comunicación entre seres altamente diferenciados plantea serios problemas relacionados con la forma de codificación del mensaje. Existe en ellos una irresistible tendencia a hipercocodificar o transcodificar sus mensajes, lo que a su vez vuelve muy compleja y difícil toda recepción de señales. En el contexto de la coquetería, definida como un “dar señales en el juego amoroso, sin comprometerse abiertamente” (acepción segunda del verbo “coquetear” en el diccionarios de la RAE), los problemas de comunicación se vuelven perentorios, se abren sobre un verdadero abismo de sentido, todo él lleno de peligros, insidias y otras variantes del juego de la duplicidad y lo sobrentenido: entonces los sentimientos vacilan, oscilan, se vuelven inestables en este proceso de codificación, en el que lo lúdico de la forma amenaza la seriedad de las intenciones. Es realmente el vértigo del sentido en el que el amor se hace pedazos.

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Trampantojo emocional. Algunas mujeres, si fueran “streappers”, llevarían una doble o triple malla protectora de su bella epidermis, del mismo color que la piel.

72

La razón de por qué lo caliente ama lo frío. Uno se da cuenta de que empieza a enamorarse de una mujer, cuando, al acercarse a ella, siente cómo se pone a funcionar a toda máquina su aparato de refrigeración interior.

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Capital inicial. Elegir una u otra forma de vida depende de la clase de amor propio que un hombre se profesa obstinadamente a sí mismo. La única pregunta que hay que hacerse en cada caso y la que es decisivo saber responder con autenticidad es: ¿cómo deseas vivir y cómo vives realmente para poder conservar y, sobre todo, aumentar tu amor propio?

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No hay Ley contra el Amor. Para ciertas mujeres, la ley debería haber prevenido automáticas órdenes de alejamiento. Nos ahorraríamos los hombres un conocimiento demasiado exacto de la estupidez y la perfidia de tono menor. Y sobre todo, podríamos vivir como si ignoráramos nuestra radical servidumbre.

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Obediencia a lo signos electivos. No sé por qué soy tan sensible a todo lo que emite sonidos tintineantes parecidos a un cascabel. Seguramente es porque he tenido demasiado cerca demasiadas veces a una de esas serpientes que se anuncian moviendo el sonajero de su cola.

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Desimbolización del “eros”. La respuesta al porqué de la pobreza afectiva de las llamadas “relaciones sentimentales” de nuestro tiempo es quizás la siguiente. El hombre ha perdido el imaginario de la mujer en la misma medida, siempre creciente, desde hace unos ciento cincuenta años, en que la mujer ha perdido como mujer la imaginación de sí misma, al entregarse insensatamente a la homologación estandarizada de sus aspiraciones y más secretos deseos. Un sexo para el otro sólo existe y tiene sentido en la modalidad del puro reflejo recíproco, es decir, en el intercambio, casi siempre culturalmente regulado por convenciones y hábitos, de dos imaginaciones, productivas ellas mismas de las únicas condiciones en que el “eros” como atracción de contrarios puede desplegarse y funcionar con un mínimo de poder de ilusión, de engaño creativo. Sin este poder no hay más que un intercambio de imposturas y patetismos carentes de espesor: desimbolización del “eros”, quizás tanto mejor para la necesaria rapidez acelerada y superflua con que todo aparece y desaparece hoy. Hay en la actualidad toda una nueva vertiginosa “estética de la desaparición del eros”, ella misma evanescente.

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Un hombre de verdad”. El hombre “visceral” es el que “eviscera” moral y psicológicamente a sus semejantes, que pueden también ser sus víctimas, tanto al menos como ellas lo pueden convertir en víctima a él de una mirada igualmente despiadada. Pese a su discreción, su retiro y su silencio, todo verdadero moralista, más allá del odio y la aversión que despierta su sola presencia incómoda, es casi con seguridad, en secreto, un “hombre visceral” con esta característica tan desgraciada y poco favorable al trato mundano.

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Lectio difficilior” de la mujer. ¿En qué sentido, coloquialmente hablando, se dice que “esta mujer tiene morbo”? Si “morbo” se define como una particular especie de “interés malsano” (como “dañoso a la moral o a la salud de alguien”, partiendo del sujeto, que es en realidad el objeto del otro, del que se dice que tiene o produce “morbo”), entonces la mujer que tiene o produce “morbo” se relaciona de algún modo con una sugestión tácita, latente, a través de la cual se adivina una forma de seducción peligrosa por algún motivo oculto, el cual por sí solo ya viene a redoblar la propia seducción originaria. Lo “deseable” de esta clase de “mujer morbosa” o que produce o tiene “morbo” está entonces escondido, no sale a la superficie más de manera subrepticia: su deseabilidad (que no tiene mucho que ver con la mera atracción sexual informe) es como una promesa de tierra desconocida. En general, esto no puede decirse de toda mujer, ni siquiera de aquellas en las que se presupone una disposición efectiva a la deseabilidad por motivaciones fáciles de comprender; más bien, son muy pocas las elegidas, las que verdaderamente pueden desencadenar este extraño “interés malsano” con que se despierta una clase de deseo masculino extremadamente contradictorio. Quizás esta clase de mujer exige una “lectio difficilior” de la que pocos hombres podrían presumir.

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Parejeros y pareja. Desde que se creen o fingen creerse “iguales” (es decir, equivalentes, conmutables), los seres humanos se han convertido en seres más vulgares de lo que realmente son. La lógica generalizada del “parejero” moderno hace estragos en todas partes.

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Grumos de amor. El matrimonio es como la fecha de caducidad de los alimentos envasados: te indica cuándo la pasión, suponiendo que preexistiera, se ha puesto o se va a poner pronto agria, con el consiguiente olor desagradable.

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Sensualidad e intelecto. Todos los hombres tienen un cerebro y un sexo. Pero del mismo modo que pocos saben hacer uso de su cerebro (habitualmente atascado en operaciones rutinarias penosas), no son seguramente muchos más los que saben hacer buen uso de su sexo. Al contrario de lo que una demasiado larga y perdurable tradición cristiano-platónica nos ha obligado a creer, hasta dejarnos marcas indelebles en el espíritu y en el cuerpo, la espiritualidad profunda de un hombre está estrechamente vinculada con la disponibilidad de una gran reserva de energía sexual, de la que puede hacer usos muy ricos y variados. Sensibilidad, inteligencia, juicio, lucidez, cultura, talento, ingenio… y lujuria corren juntos y en paralelo. Es indiferente que muchos hombres ni lo sepan ni tengan acceso a esta unidad de fuerzas, pero, a partir de ahí, muchas combinaciones, afortunadas o no, son posibles. Creo que es esta unidad de fuerzas activas lo que atrae y da miedo a algunas mujeres, que pueden habéserselas con hombres puramente sensuales o puramente intelectuales por separado, pero muy raramente son capaces de enfrentar una unidad que pone en peligro su poder de seducción y su propia dominación. A un hombre sensual se le domina con facilidad por el lado de su exceso de sensualidad; a uno intelectual, por el lado de su privación de sensualidad. Pero ¿qué puede una mujer ante hombres en los que ambas energías, libidinal y espiritual, están bien desarrolladas? Nada cambia en los papeles habituales, pero para ambos surge una extraña novedad, que es el punto de mordiente que toda pasión necesita para estimularse y sobrevivir.

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Pérdida y deseo. Complicidad en el decir y en las intenciones, familiaridad abierta en el trato, simpatía mutua teñida de una oculta ternura: las formas elementales en que se cultiva y crece el amor, con el tiempo bonancible y el viento a favor. Pero si se quedan así estabilizadas, en ese estado inicial, incubación virtual de algo más poderoso y profundo; si el raquitismo de su crecimiento se trasforma en hábito normal y rutinario (lo cual es bien posible cuando se comparte un reducido horizonte vital, unas situaciones limitadas y unos obstáculos tan tenaces como estúpidos) -, entonces el amor languidece en el que insensatamente se entregó a él, bajo la tácita promesa incumplida de su comienzo delicado y exquisito. Y entonces la pena se vuelve pena por lo amado, por lo perdido y por uno mismo, que es la peor de las penas.

DIETARIO DE UNA NEUROSIS POLÍTICA: MIRADA A UNA ESPAÑA TERMINAL (2016-2018)

Los vicios vienen como pasajeros, nos visitan como huéspedes y se quedan como amos”

Confucio

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Pasiones privadas”. Schopenhauer hubiera expresado la moraleja de la pasión como inspiradora de lo mejor y lo peor en el hombre con esta sentencia: “La vida es un negocio que no cubre los gastos”A lo que Nietzsche replica, exactamente en el sentido que atribuimos a las formas artísticas, que para muchos son tan sólo artríticas de la mente y del corazón: “Sólo como fenómeno estético la vida está justificada”El café y el buen brandy después de la comida dicen lo mismo, pero en el plano prosaico de lo finito, de lo pasajero y de lo temporal. El esteta kierkegardiano del momento frente a la metafísica del artista nietzscheano de la transfiguración de la vida.

Lo mejor del amor es que acaba, da igual que sea para bien o para mal. Pero eso sólo lo pueden decir los hombres que se acercan a la cincuentena, más o menos. Si Werther hubiera esperado, Lotte apenas habría sido nada más que el rostro neblinoso que acompañaría sus noches invernales cumplidos los cuarenta en celibato beatífico, o apenas una palabra suspirada entre los sordos sollozos del orgasmo conyugal más anodino.

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La mujer es un animal auricular”. La mujer ama escuchar y que la escuchen. Toda la gran literatura que gira en la cultura europea sobre el amor se relaciona directamente con esta oscura verdad: la cortesía, la galantería, la coquetería tienen este origen y nacieron a la vez como etiqueta social y como discurso amoroso.

En la vida real, incluso hoy en día, una mujer inteligente, e incluso una que no lo sea tanto, detectan en los hombres el interés relativo que pueden despertar en ellas según la forma que tienen éstos de dirigirse a ellas, entonar la voz, hacer las menores inflexiones. En este sentido, los hombres somos auricularmente trasparentes para ellas. Nuestro fenómeno auditivo se convierta para ellas en nuestra esencia descubierta de par en par. Aprovechar esta “debilidad” femenina por la voz masculina y por su discurso es algo que los hombres no saben hacer ya, o quizás esto que yo percibo nunca ha sido real, sólo un producto literario más de una mente solitaria.

La insinceridad de muchas relaciones procede de un malentendido, es decir, de un asunto de palabras mal dichas, no dichas o no suficientemente bien dichas.

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A cada uno según su esnobismo”. La pedantería sólo lo es efectivamente cuando se muestra con afán de superioridad intelectual y/o social para humillar a alguien y señalarlo como “inferior” y entonces constituye una forma de “esnobismo” muy vituperable.

Pero cuando lo que uno sabe forma parte de su vida y es como la respiración y el aire que lo envuelve, tan sólo es muestra de cortesía y trato educado ofrecerlo a los demás, simplemente porque en ello consiste la cultura personal o la sensibilidad. En España siempre se ha sentido como pedantería lo que en otras sociedades con una civilización más refinada es manifestación de tacto, buen gusto y etiqueta social. Es un tema sobre el que Ortega escribió muy buenas páginas.

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Saber popular”. La apología del saber popular ya la hacían los humanistas del Renacimiento contra la doctrina eclesiástica de los “Auctores” como las únicas “autoridades” respetables del saber, cuando se dedicaban a editar libros que comentaban refranes y proverbios, como se puede observar en nuestra “Celestina” o en la “Filosofía vulgar” del humanista sevillano Juan de Mal Lara. Es posible encontrar mejor sabiduría y sentido común en gente sencilla que entre eruditos, expertos y otros funcionarios de la inopia. Pero no apologicemos en exceso el valor de lo que sólo es una oportunidad para no exigirse lo que cada uno se debe a sí mismo según sus aspiraciones y su rango espiritual, escondiéndonos detrás de lo General.

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Cultura mandarinesca” y socialización. Dejemos el “objeto” hegeliano para Félix Duque y compañía, no sea que la plebe se contamine. Dejemos el saber en las manos adecuadas de los especialistas adecuados. La “dificultad” de los textos de Hegel es el mito mejor conservado de esos departamentos universitarios, que a su vez arrojan oscuridad a todo lo que entra en su campo, pues esa es la esencia de la cultura mandarinesca. La dificultad de Hegel se debe fundamentalmente a las dificultades que encontraba el propio Hegel para expresar sus pensamientos en un lenguaje heredado que a él ya no le valía.

La jerga de la tradición escolástica y kantiana de las Universidades alemanes en que se educó y formó le resultaba opresivo y pese a ello no lo desechó sino que siguió utilizando las palabras clave con nuevos sentidos creados por él mismo y refundidos en cada ocasión en los que los utilizaba contextualmente.

Sobre esto puede leerse el libro que recopila las lecciones que en los años 30 pronunció Kojève ante un auditorio pocas veces tan bien dotado. Ahí puede encontrarse una buena guía temática sobre el sentido de las palabras clave del pensamiento hegeliano, explicadas de tal manera que hasta los alumnos del grotesco bachillerato español lo entenderían.

Desconocemos lo que es la opinión pública. Se ve de lejos que nuestra concepción mandarinesca de lo que debe ser el espacio público es la misma que la aquellos otros que controlan los medios de comunicación. No hablemos de nada que pueda resultar peligroso, es la máxima de Gobierno de los Despotismos. Se empieza con los “lenguajes especializados” y se termina en la prohibición por dar un sentido definido a los conceptos políticos, que es lo que realmente les preocupa a los nada confucianos Maestros del Pueblo: que se ponga de relieve toda la impostura política española. La excusa del “tecnicismo” es la de aquellos que siempre consideran que el saber es algo patrimonial y patrimonializable, lo mismo que los cargos del Estado en manos de los partidos.

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El destino de una civilización se deja leer en su forma de estetizar la vida. La mejor manera de entender un estado histórico de cosas es el recurso a las formas artísticas, por ejemplo, el cine. «La gran belleza» del italiano Paolo Sorrentino. La presentación de la historia del periodista protagonista consiste en una larga secuencia de casi un cuarto de hora en la que entre ruinas romanas un coro canta antiguas obras frente a un público de turistas asiáticos que fotografían a los cantores. La cámara rápidamente cambia de plano entre monumentos romanos y luego nos planta ante una fiesta en que a ritmos tribales «la gente guapa» y famosa de la TV baila en agitación desacompasada en medio del ruido y de una vulgaridad ambiental empapada de alcohol y desinhibición erótica.

Al ver la escena, me vinieron a la mente muchas referencias: «La dolce vita», cierto Peter Greenaway, textos de Baudrillard sobre la sustitución de la realidad vivida por los sistemas de signos evocadores de esa misma realidad perdida. Toda la cultura europea permite leer esta pérdida de sentido, que en las sociedades e individuos apenas si puede reflejarse a través de una conciencia ahistórica y apolítica como expresión de una dimisión colectiva.Donde no existe la voluntad de seguir viviendo, la vida consume su patrimonio simbólico y se aferra a un presente cerrado a todo horizonte nuevo de sentido. Eso es la Europa del total desarraigo y de la amnesia.

Para los españoles con cierta conciencia de la realidad, la liquidación del mito europeísta es la mejor noticia. Pues sabemos que uno de los resortes de nuestra clase dirigente (y dominante, pues ahí está incluida la oligarquía patrimonial hereditaria dueña del capital trasnacionalizado) ha sido confundir modernidad, desarrollo, «democracia» y Europa. Ahora que sabemos que los cuatro Reyes Magos no son los dadivosos y benévolos que imaginamos, hora es ya de desnudarlos para ver qué esconden tras las vestiduras y los mitos infantiles.

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La esencia de la política es la imaginación, es decir, lo estético ilusorio devenido real: proyectar configuraciones de fuerzas esbozadas en la realidad y darles forma institucional. En la Historia europea se puede rastrear este impulso, primero religioso, luego político: estamos en la conclusión de esa forma de practicar el arte del poder como construcción (¿utópica?), que presupone una etapa de demolición de lo anquilosado. Europa se muere porque no hay material con que construir, pero subsisten escombros culturales que nadie retira de la vista. Tarea que anuncia lasituación prerrevolucionaria que algunos creen ver como horizonte a no más de 20 años. Aquí en España, creemos que Europa es el AVE, las autovías y la seguridad social… y tal vez el Mercedes clase B para todos.

El secreto mejor guardado: Europa morirá una noche de primavera en medio de las alharacas de las aficiones de forofos, “hooligans” y otra gente que se permite unas horas de tribalismo y mal vivir antes de reparar fuerzas para volver al aire acondicionado o la calefacción de las oficinas y pasar largas horas matinales ante pantallas que nos miran devolviéndonos nuestro reflejo de ahogados a la espera de un encantamiento que nos saque de esta“Death by drowning of numbers”.

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Pragmatismo e ilusionismo político. Son españoles los que no pueden ser otra cosa.” “En política lo que no es posible es falso.” Las dos citas de Cánovas del Castillo resumen todo el pensamiento derechista español y no va más de esa comprensión. Es interesante destacarlo porque precisamente expone todo aquello que debe ser demolido en la derecha oficial española. Esa concepción del poder político instaurada por Cánovas y la Restauración, institucionalizada por el turnismo, conservacionista de lo caduco, como cauces de promoción de la burguesía más estúpida de toda la Europa civilizada es directamente la responsable de la Guerra Civil.

¿Qué grandeza puede tener una concepción de la política y de su sujeto histórico que no pudo evitar, con sus artes realistas de atender en cada caso a “lo posible”, el peor conflicto civil al que puede estar sometido el destino de una sociedad?

Y la derecha oficial hoy vigente está todavía más ayuna de pensamiento y valores morales genuinos que la de anteriores etapas, de manera que tarde o temprano tendrá que enfrentarse a este vacío que sólo perdura porque la burocracia del partido oficial de esa derecha tiene decenas de miles de cargos públicos en sus manos.

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Nacionalidad e Historia”. La pregunta que yo me hago sobre el siempre enturbiado asunto de la Nacionalidad proviene originalmente del estudio de la literaturas nacionales y del conocimiento de la producción filosófica nacional, cuando ya era estudiante. Procedo de la filología, que fue en el XIX el campo estratégico de lucha para la formación de las identidades nacionales y algo me llega de todo eso. No entro en cuestiones de desarrollo científico técnico ni de las condiciones coyunturales de la Revolución industrial en cada país, junto con sus repercusiones sociales.

No estoy de acuerdo con las respuestas demasiado partidistas, ni en general me he encontrado con respuestas válidas en todos los que se plantean la famosa cuestión sobre el “problema de España”, pongamos de Cadalso a Julián Marías, pasando por Unamuno y Ortega.

La pregunta de origen ya estaba muy mal planteada, porque es inútil debatir sobre “esencias” tratando de acontecimientos y procesos históricos. Suponiendo que la interpretación de los posibles sentidos de la historia española no estuviera errada ya desde que surgió el conflicto entre el liberalismo y el catolicismo, con todas las variantes y avatares de este conflicto durante el siglo XIX, hasta llegar a 1936. Las cosas bien planteadas pueden responderse de manera comparativa con otras sociedades.

Desde luego no vamos a comparar Bulgaria, Rumanía, Grecia o Portugal con España. La escala de la grandeza y la pequeñez la marca América, la creación artística y literaria españolas. Los problemas de la Modernidad, con distintos ritmos y profundidad de aparición, son los mismos en las únicas cinco sociedades nacionales europeas en las que merece la pena detenerse por la grandeza de sus historia política y cultural.

La peculiaridad de España hay que buscarla, de manera parecida a Rusia, pero sin la grandeza de la indagación de los rusos del XIX, en la relación entre las clases dirigentes españolas y el resto de grupos sociales.

Si se entiende la siguiente tesis, se entienden muchas cosas, incluso buena parte del presente inmovilizado: las clases dirigentes españolas no han cumplido ninguna de las funciones que sí han cumplido las demás clases dirigentes europeas: socializar, disciplinar, nacionalizar al resto de grupos, absorberlos bajo sus pautas de civilización, educarlos en sus valores, satisfacer en algunos casos sus necesidades básicas, en una palabra, trasformarlos con fines de dominación a gran escala.

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El Conservador Revolucionario”. La experiencia histórica, en tanto que “auto-comprensión” de la Historia” por el Sujeto finito, nosotros como grupo humano retenido por un ver y prever este devenir, es lo que te sitúa ante el acontecer.

Lo que sucede en las sociedades humanas no reviste la forma de fenómenos como el vulcanismo, las mareas o los terremotos. Para que éste, el acontecer histórico, no sea concebido como “acontecer” puramente natural, que es la actitud “normal” ante los acontecimientos, al pensarlos al modo de la causalidad natural mecanicista, como por ejemplo sucedía en la interpretación marxista del conflicto entre fuerzas productivas y relaciones de producción, la experiencia histórica es un saber hecho de la observación que correlaciona lo que sucede en mi entorno con una comprensión siempre limitada de los acontecimientos del pasado inmediato que condicionaron aspectos del presente.

La experiencia histórica requiere el esfuerzo de comprensión y superación de las interpretaciones recibidas, sean éstas las que quiera que sean. Contra Hegel, no hay una experiencia histórica absoluta. El perspectivismo nietzscheano procede de ahí, de la crítica frontal al hegelianismo en este aspecto fundamental de la interpretación de la experiencia histórica, así como todo el vitalismo, y llega aquí con Ortega.

La experiencia histórica vuelve siempre problemático el comprenderse a uno mismo y a su presente desde el propio presente aislado. La comprensión histórica esencial es siempre una cuestión de “cultura”, que es el modo como se presenta para nosotros el “mundo”, pues siempre se afronta, se vive y se concibe el acontecer dentro de una “cultura” en el sentido más amplio posible, tanto individual como colectiva.

Antes que Dilthey, Heidegger y Gadamer, fue Nietzsche quien convirtió esta cuestión en el tema de su reflexión en una de las “consideraciones intempestivas” a la que me remito, a fin de que ahí cada uno tenga pasto para su espíritu: “Sobre la utilidad y perjuicios de la Historia para la vida”, uno de los textos más hermosos y profundos que pueden leerse sobre el sentido para nuestra vida de la interpretación de la Historia

No hay experiencia histórica que no lleve necesariamente a la teoría del cambio y a un enfoque historiográfico basado en el estudio de la trasmisión de los contenidos y las formas de la tradición. Toda esta tradición alemana tiene una orientación conservadora y revolucionaria, algo típicamente alemán.

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Francisco Umbral, mesías y mártir de sí mismo. Umbral pagó muy caro su concentración en la práctica de un estilo que, una vez superado el momento creativo y su inmediata difusión industrial, queda empequeñecido por la enormidad de la época que no quiso o no pudo «ver» más allá de los tópicos de la bohemia dorada. Esa es la impresión general que me produjo la relectura de «La década roja». Demasiada complicidad con cosas y personas abyectas. Hoy sólo su mezcla de erotismo y buen lirismo merece recordarse.

Para un baudelairiano como él, el más puro y sincero de demasiado castiza y cerrada tradición literaria, el sacrificio de la vocación lírica «pro pane lucrando» supuso un trauma que sólo conseguía mitigar la exquisita evocación de sus amores medio vividos medio inventados. Ahí está de cuerpo entero el Umbral que yo admiro, en el que por fin se reconcilian el estilo y el hombre. El resto es pura coacción de la necesidad social, que tantas vocaciones destruye o consume en vano.

Creo que Umbral era consciente de que después de “Mortal y rosa”, tan doloroso en lo personal, debía guardar un largo silencio y quizás si lo hubiera hecho su escritura habría alcanzado alturas y profundidades poco comunes por estos lares tan avulgarados en lo expresivo como en lo ideal. Umbral también es el símbolo de una pérdida irreparable: lo que podría haber sido la sociedad política e intelectual bajo otras condiciones más favorables a la libertad.

La fluidez se exige en el modo de trabajo de manufactura por encargo que él eligió en contra de sus verdaderos dones naturales y aprendidos. Sólo se tiene derecho a la crítica de aquello que mucho se ha admirado y querido. Umbral reunía todas las cualidaded para ser un Rilke español pero se vio obligado a rumiar la rutina de un modo de escribir intrascendente que acabó por depauperarlo espiritual y literariamente.

La influencia de Umbral es una de las cosas que hace al columnismo de la prensa española una especie entre autista y sonámbula debido a que confunde estilización del coloquialismo y el más adocenado pseudolirismo con la opinión. El Umbral columnista será el más popular si se quiere, yo mismo lo admiro incondicionalmente, pero no es el escritor que deja una obra admirable que perdure más allá de su propia generación. Hay que medir a los escritores por lo que podrían ser y no por lo que sus concesiones a la época hace de ellos: traidores a su mejor vocación. Dejando a un lado que el columnismo tiende a abandonar la escena del crimen político tras esa celebrada intrascendencia. Si al menos hubiera vuelto legible la realidad…

En cuanto a que Umbral sea el creador de la prosa lírica de mayor fuste en la literatura española, eso es innegable. Y además cualquiera puede llegar a entender que es la forma más difícil de expresión. Lo que a Umbral le estaba negado no era el dominio de la métrica sino cierto sentido del ritmo, que alcanza en la prosa disimulado entre el impresionismo sensorial ligeramente apuntado, que es su gran dote singular.

Era el maestro de la construcción de esos sintagmas chocantes coordinados por la conjunción «y». Su problema consiste quizás en que a fuerza de «cafetazos» y copitas convierte «su arte» en una manufactura de calzado unisex.

Me permito criticar a Umbral porque es uno de los pocos escritores españoles que me parece estética y moralmente un juicio en el que lo excelente se halla realizado sin tacha. Las notas negativas apuntan a un mejoramiento de obra y autor, nunca a su depreciación o rebajamiento. Querer que un maestro alcance la perfección es homenaje de discípulo, no pesadumbre rencorosa de vano seguidor.

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Herejía e interdicto. Comparar a Proust con Dostoievski roza el menoscabo de la jerarquía natural del orden literario contemporáneo.

Proust es un puro “snob” procedente, como no podía ser de otro modo, de la burguesía financiera de origen judío, ennoblecida por el arte y la literatura a falta de otros títulos para acreditar y legitimar su alta posición social. No veo qué interés pueden tener sus personajes para nadie que no se mueve en ese mundo moralmente vacío y repelente.

Lo que pueda decirse de Dostoievski se resume en una mera observación erudita: Nietzsche copiaba párrafos enteros de sus novelas traducidas al francés en sus cuadernos de trabajo y los comentaba prolijamente. No me lo imagino haciendo lo mismo con Proust, si bien las digresiones de éste son a veces muy profundas, pero ajenas a la narración y a los personajes.

Y no hay comparación entre cualquiera de sus personajes, incluso los más insignificantes, y los de Proust. Hay hombres de verdad en Dostoievski, homúnculos de la decadencia de las clases altas de la “Belle époque” en el Proust parisino.

Proust es la conclusión francesa de un tipo de literatura que convierte en interesante la trivialidad del modo burgués de vivir y pensar. El ruso se mueve en unos estratos de humanidad a los que ha llegado, porque personalmente él los conoció y experimentó todos.

La virtud de profundidad, o por lo menos sutileza, de pensamiento que se atribuye a Proust es cierta y es lo que lo salva. Pero no es una cualidad destacable en alguien que debe inventar la verosimilitud de los estratos más oscuros de la conciencia en relación con el mundo social real que esa conciencia habita. Proust practica una especie de mirada fenomenólogica: todo lo real queda filtrado por un análisis de la conciencia en la vaciedad de su referencia al mundo. El mundo es elidido, suprimido.

Dostoievski analiza cómo el mundo actúa sobre los individuos y cómo éstos adoptan, no una mirada pasiva, una contemplación inocua, sino que los describe en su lucha para dar a luz su propio ser frente al mundo. El ruso está todavía en la línea del idealismo alemán, es decir, es un constructivista de la subjetividad ampliada a esferas espirituales hasta entonces impensadas; el francés es, por adelantado, un deconstructivista de esa misma subjetividad humana en el momento en que inicia su crisis histórica.

La novela, la gran novela murió con Dostoievski. Los cuatro grandes del siglo XX, que son materia de estudios académicos y han tenido una muy desafortunada influencia en la élite literaria occidental, Kafka, Proust, Joyce y Faulkner, ni siquiera resisten la comparación con una página lograda de Joseph Conrad.

Quizás con los años se va comprendiendo que hay una literatura de gran fuerza moral y otra que sólo presenta como en un espejo roto el vaciamiento moral de la cultura europea. Nada de lo que digo menoscaba los valores literarios de estos autores, tan sólo enuncio la idea de que hay un canon literario relativamente objetivo, pues su objetividad se funda en la resistencia al paso del tiempo, que, salvo catástrofe cultural siempre posible, da una pauta a los valores.

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Diferentes tipos de talentos. Los viejos escritores españoles eran de esa clase de usuarios del idioma que más que hablar o escribir con elegancia y temperalmente, usaban la escritura para “producirse” en escena, en el sentido antiguo en que se decía “producir” por “presentar” o traer delante de alguien: “El actor se produjo en escena como mejor pudo, sin demasiada convicción”. No es vicio de ellos, Juan Ramón Jiménez pensaba que era una cualidad connatural al ejercicio del talento literario románico frente al germánico y anglosajón, al menos en lo que respecta a la lírica.

El talento románico tiene por base una tradición humanista hibridada de catolicismo en el sentido de exhibición desmesurada del aparato retórico. La tradición germánica procede de una contrición anticipada ante la pompa del estilo recargado. Una favorece la subjetividad escénica del escritor ante el público, la otra quisiera que el espíritu hablara directamente al espíritu como si no existiera el público.

La universalidad de los ingenios españoles da para mucho. La sublimación a los Cielos de Cervantes no es cosecha española, sino inglesa y alemana: modelo del humorístico narrador irónico a lo Sterne y modelo de romantización de la vida como conflicto entre idealidad noble y realidad vulgar. En España sólo provoca una risa con aires de superioridad. Eso dice mucho del modo de ser español. Allí se ve el espíritu frente al mundo, aquí un pobre tonto recibiendo palos. Allí la risa inteligente, aquí la risa ante la humillación ajena.

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El Duque de Lerma como Protoforma Politica española. Últimamente pienso en el Duque de Lerma, ese gran desconocido, como todo un precursor ideal de un cierto estado de cosas, por encarnar en su personalidad y su función históricas la primera ocasión en que cuaja realmente esta modalidad específica de gobierno por la que un grupo social se posesiona del Estado en el momento de su bancarrota hacendística, financiera, naval, comercial y militar, como está sucediendo ahora misma y desde hace varias décadas con esta España regida por segundones, delincuentes confesos y auténticos facinerosos.

Hay una extraordinaria correlación entre lo que sucedió en el régimen de los Habsburgo “españoles” entre 1598 y 1648 y lo que hoy está ocurriendo, incluso el retrato moral del Duque de Lerma que esboza Leopold Von Ranke en “La monarquía española”(1827), me recuerda extrañamente la figura del actual Presidente del Gobierno Mariano Rajoy por muchísimos puntos de contacto.

Es como si en nuestra Historia hubiese claves de continuidad de procesos que jamás han sido correctamente enfocados. La concesión a Lerma del capelo cardenalicio como una forma de inmunidad, frente al encausado y ejecutado Rodrigo de Calderón, cobra entonces sentido: esa Roma sí pagaba bien a sus servidores. Hoy es la Unión Europea, ese inmundo artefacto antihistórico producido por la cobardía alemana de posguerra, la que paga a sus servidores.

Los autores historiográficos españoles, digámoslo claramente, sirven para hacer consultas bibliográficas de carácter administrativo, pero no para entender nada sustancial de la Historia española. Les pagan para que actúen como “policía del pensamiento”, y no sólo ahora, esto viene de lejos, de las insulsas polémicas decimonónicas entre tradicionalistas y liberales sobre “las ciencias en España”.

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Reformemos, que algo quedará”. El “reformismo” llenaría bibliotecas, de hecho, las llena y allí se pudren los reformismos convertidos en bibliografía para tesis doctorales: reformismo de la Restauración canovista (la Alemania unificada tenía a Bismarck, nosotros a Cánovas); reformismo de la dictadura de Primo de Rivera (la Italia “renacida” tenía a Mussolini, nosotros a un general colocado arriba para encubrir las responsabilidades militares de otro infame Borbón); reformismo de la Segunda República; reformismo dentro del régimen franquista en la fase de expansión capitalista; reformismo desde el propio franquismo como medio de transición “pactada” hacia la siempre supuesta y presupuesta “democracia” española.

Pero uno se puede remontar más atrás y siempre encontrará al irredento reformismo español, que a cada generación de herederos le pareció la vía de parecer dignos de la herencia: el reformismo del Conde-duque de Olivares para salvar una “monarquía católica” descompuesta en bancarrotas y humillaciones militares (Francia tenía a Richelieu, nosotros a un beato atolondrado); el reformismo de los ministros de Carlos III, con su “despotismo ilustrado a la francesa”, para modernizar un aparato estatal y un sistema económico atrasados y poco competitivos para un Imperio de la amplitud geográfica del español; el reformismo de los liberales a la española de las Cortes de Cádiz.

Bien mirada, la historia española es el ropavejero de los reformismos fracasados antes de ponerse en marcha. Quizás porque jamás se ha intentado ninguna verdadera ruptura con ninguna de las herencias trasmitidas para hacerlas “productiva” y no limitarse a vivir sólo de sus rentas acumuladas pero menguantes. Para que los hijos puedan gozar de su herencia, los padres han de morir y los hijos han de merecer lo recibido y, sólo entonces, transformar el patrimonio recibido en mejor herencia por su propio ingenio.

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Victimismo hermenéutico. Las reflexiones de carácter determinista (o causal) sobre el pasado, sobre el “ser” de un pueblo histórico, incluso cuando ofrecen visiones sintéticas bien fundadas me parecen una forma de excusar el estado de un presente inasimilable y, por tanto, difícil de comprender. Cada generación que viene a la vida se encuentra, sin duda, con una herencia dada, partiendo de la cual tiene que vivir, a partir de la cual tiene que volver a instalarse en el mundo.

La fuerza de los pueblos se mide, si esto fuera posible, por las ocasiones en que se ha visto obligados a llevar a la realidad este impulso de renovación que potencialmente puede darse en cada cambio generacional. Ahora bien, para cada pueblo sólo hay una oportunidad de grandeza. Luego viene un estado vegetativo (políticamente hablando), que sólo la creatividad cultural puede compensar. Es una verdad histórica que la mayor parte de los pueblos que han desempeñado alguna función de importancia universal siguen un ciclo vital y los pueblos mueren, como mueren los individuos. Los antiguos ya lo sabían, e incluso lo asociaban a las “crisis” de las formas de gobierno (teoría de la “anaciclosis”).

Los españoles de hoy no son una excepción. Los mismos “europeos” occidentales en su conjunto se encuentran en la misma fase del ciclo que nosotros. Incluso diría que los británicos, franceses y alemanes han recorrido las fases del ciclo después que nosotros y son unos recién llegados a un estado de “décadence” fisiológica que nosotros conocemos bien desde finales del XVI. Para quien vegeta, los impulsos nerviosos de una pronta recuperación forman parte de su bagaje espiritual.

La Historia española puede interpretarse como el conjunto de microrreacciones nerviosas de un cataléptico que sueña con el vigor y la fortaleza que en realidad nunca tuvo.

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La política, una cosa demasiado moderna para ser verdad”. “La política” es una actividad muy moderna, que sólo puede darse bajo determinadas condiciones: la separación funcional entre una clase económicamente dominante que opera en la esfera privada y la clase política que se hace cargo de los intereses de aquélla y se ocupa profesionalmente de una actividad que, en principio, se define como gestora de unos intereses públicos, comunes o generales. “La política”, en ese sentido y sólo en este, es el objeto de discusión aquí. Esta política es una racionalización de intereses y una gestión “racional” del conflicto social siempre latente.

Es la política de una comunidad mercantil contractual de individuos atomizados a los que se superpone el Estado como organización mecánica totalizante de los asuntos de esa comunidad mercantil. El verdadero problema surge cuando la política, en este sentido, se construye sobre la represión de todo un vasto campo de intereses que exceden con mucho los puramente “mercantiles”, “sociales”, “jurídicos”, “económicos”, “distributivos”. Estos otros intereses son los verdaderamente “políticos” y se relacionan con la supervivencia de la comunidad en tanto comunidad política.

La política” como la designamos hoy es la política entendida desde el dominio de unos intereses muy limitados, incluso cuando un Estado inmenso se hace cargo de ellos como administrador omnipresente (Carl Schmitt lo llamaba “Estado cuantitativamente total”, que se identifica con los Estados surgidos a raíz de las consecuencias de la 1ª Guerra Mundial). Lo que hay surge en el horizonte es esa otra dimensión reprimida de la política: la lucha por la supervivencia biológica, cultural y simbólica de la comunidad política. Es fácil entender por qué tiene que entrar en conflicto con una concepción y una práctica de “la política” que ve en la comunidad política una especie de asociación de usuarios de servicios.

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El origen de la clase política española. En España, desde Cánovas por lo menos (en realidad desde las desamortizaciones: alguien tenía que encargarse del nuevo derecho de propiedad adquirido de manera fraudulenta), es cosa bien sabida que los abogados han ocupado los puestos avanzados de las élites políticas españolas en tanto “advocati diaboli” de los intereses privados trasvestidos de intereses públicos.

El Régimen del 78 es la apoteosis de esta inflación de leguleyos, los mismos que hicieron esa magna obra del constitucionalismo esperpéntico. El derecho, en el puro sentido de los procedimientos más rutinarios, es la fuente de poder, prestigio e influencia por la que toda una clase subalterna (siempre ligada a los nuevos ricos favorecidos por cada época de desgobierno) se ha abierto las puertas del ascenso social.

Los ejemplares más grises de este vasto conglomerado de grupos coalescentes, unido sólo por el interés de explotar las rentas de un Estado al que manejan a su antojo, son los que desde hace cuarenta años gobiernan y legislan, camuflados en las listas de los partidos como “representantes” electos, embozados de “expertos” en los cargos de confianza de los ministerios, abiertamente vividores, conseguidores y comisionistas en la mayor parte de sus actividades “paralelas”. Vidas, en fin, nada ejemplares, pero que la propaganda del Régimen presenta como las de honrados y abnegados hombres públicos, solícitos del bienestar del “pueblo”, al que dirigen una no menos solícita legislación.

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Timor Dei, principium sapientiae”. El “pueblo” siempre y en todas partes lo ha sabido. Y Espartaco fue crucificado por no saber suficiente latín y no nacer judío para entender la gran máxima de los Libros Sagrados, de tal modo que, retraducido al castellano contemporáneo diremos: La participación democrática es el comienzo de la sabiduría siempre que sepas elegir a un Señor y servir a un Amo, y aprendas a temerlo”.

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Objeto teórico fascinante. Una sociedad no tiene otras propiedades ontológicas reconocibles que aquéllas que vuelve trasparentes el tipo de Poder que la gobierna y la moviliza. El comunismo produce masa encuadrada en estabulización cuasi-animal; el fascismo, masa encuadrada en movimiento bélico ofensivo; los Estados continentales de Partidos, masas aserviladas de consumidores de “derechos sociales”. La “democracia formal”, ¿qué podría producir como “masa social” si existiera? No lo sabemos y eso me fascina como objeto teórico.

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No hay libertad sin la pasión del orgullo. Pensar que uno mismo es mejor en cuanto ser pensante y ser moral que cualquiera de los individuos que ocupa la escena pública española es condición sin la cual ninguna crítica realista tiene un buen comienzo.“Yo no soy ni quiero ser como ellos” (me refiero a todos los miembros de nuestra clase dirigente) debe ser la máxima de todo hombre honesto, de todo español que no quiera ser cómplice de todos estos renacuajos espirituales.

Uno no llega a ser un verdadero “sujeto político”, en ausencia de libertad política, más que a través de cierta arrogancia (y esto vale para los individuos y los pueblos). Se requiere mucha presunción, mucho orgullo herido, mucho amor propio ultrajado para llegar a las evidencias que deben conducir el pensamiento y la acción.

Quienes hablan de ciudadanía, de sociedad civil no acaban de entender que el trasfondo de nuestro malestar es de orden moral: cuando un número suficiente de españoles se proponga como gran meta no aceptar jamás que tipos encanallados, tipos vulgares, tipos hipócritas, tipos cobardes, tipos arribistas ocupen posiciones de poder, riqueza e influencia, porque ellos, todos ellos sin excepción, están muy por debajo de nosotros, entonces y sólo entonces algo verdaderamente nuevo estará en marcha.

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El relato breve y la maestría. Siempre se olvida un texto menor de Thomas Mann, “Mario y el mago”, una novela corta de finales de los años 20. En los textos pequeños es en donde un escritor se la juega a todo o nada, como ocurría con la elegía póstuma de la bohemia en su versión más aristocrática y asfixiante en “La muerte en Venecia”. Un escritor que puede escribir una novela de mil páginas, pero también un relato de diez o quince y en ambos es maestro de modo diferente, ése resiste la prueba del paso del tiempo.

El Dostoievski menos conocido es el más legible y el que más “placer textual” actualmente es capaz de inspirar. Joyas como “Bobok” o “La sumisa” o “El cocodrilo” o “El sueño de un hombre ridículo” deberían formar parte de las Academias para escritores principiantes. Dan las claves de sus obras mayores en cápsulas estilísticas de un refinamiento y un sarcasmo a la vez conmiserativo y despiadado poco habitual en el ruso.

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La belleza musical. La belleza musical, en parte, se perdió cuando se empezó a olvidar el sentido de la voz humana como lo que realmente es, el más espiritual instrumento musical, algo que todavía, llevado al extremo de la perfección, perdura en las obras de Claudio Monteverdi, por ejemplo, esa belleza inigualable que es “Lamento de la Ninfa”, perteneciente al Libro VIII de los famosos “Madrigales”.

Entré en conocimiento de Monteverdi por una referencia de pasada en una entrevista a Jean Baudrillard, el intelectual francés que más y mejor ha escrito contra lo “políticamente correcto” (de hecho, el primero que lo denunció muy pronto, cuando nadie lo hacía, malquistándose con toda la élite intelectual francesa).

Le preguntaron: “¿Cuáles son algunas de las cosas más bellas de que ha gozado en su vida?”. Y él respondió: “Los madrigales de Monteverdi”. Y eso fue suficiente para que empezara escucharlos, tal era mi admiración de entonces por aquel francés tan mal conocido en España.

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La voz humana y la seducción. Nietzsche: “Nadie sabe lo que puede un cuerpo”. La voz humana es el don del espíritu para espiritualizar al hombre. Pero es lo más físico que existe como cualidad articulatoria y acústica.

En Oriente lo saben bien. En Europa grecolatina y judeo-cristiana, la vista ha sustituido la función preeminente del oído y de la voz, sobre todo a partir de la invención de la imprenta y la privatización de la cultura con la lectura solitaria. Antes de ese momento todo arte, toda comunicación cultural era pública, viva, en presencia, un cara a cara entre la voz personificada y el público, la obra sólo recreada por la omnipresencia de la voz humana. Trovadores, juglares, antiguos aedos, bardos: nombres de una misma función creativa de la voz como dueña del discurso.

Las mujeres más espirituales son las que ven a los hombres a través de su voz.

La fascinación de los hombres de gran poder, el poder carismático genuino, siempre ha estado ligado a su voz. El caso de Hitler es proverbial y por supuesto se oculta siempre con la rutinaria imprecación: ¿cómo un “criminal genocida” pudo tener una voz tan extraordinariamente atractiva e hipnótica, sobre todo en privado? La voz de Hitler ha sido deformada en la propaganda para este fin de desactivarla como fuente de seducción.

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Las instituciones no hacen a las personas”Este es el juicio tras el que se pertrecha la defensa última del Régimen actual.

Lo que significa entonces que las Constituciones de los Estados no sirven para nada. Bastaría “colocar” a las personas adecuadas con los procedimientos adecuados en los lugares adecuados. Y eso, por supuesto, lo pueden decidir un grupo muy pequeño de personas “adecuadas” que ocupan los lugares adecuados según los procedimientos adecuados. Según esta descripción, basta que en lugar de esas instituciones impersonales, se sitúen (¿pero cómo?) las personas.

Exactamente lo que ocurre en España. Como no hay verdaderas instituciones, y si las hay carecen de toda legitimidad democrática, las personas que las ocupan hacen lo que les viene en gana, pues las instituciones son esas cosas tan extrañas que garantizan que las acciones públicas (gobernar, legislar, aplicar leyes, sentenciar, reprimir el delito, vigilar…) se hagan de una u otra manera desde las instancias de los poderes del Estado.

Según la doctrina inconfesada de la clase política española en su conjunto (ahí no hay diferencias, sólo variaciones semánticas muy vagas), las instituciones son lo que en cada caso decide quien las ocupa. Esa “constitución informal” se llama “Autonomías”.

Por eso el ocupante de la institución, desde esta perspectiva, es más importante que la propia institución que ocupa. El razonamiento es impecable si no fuera completamente corrupto desde la base. Y de razonamientos corruptos vienen instituciones corruptas que a su vez originan personajes públicos corrompidos. Y vuelta a empezar.

Porque la sociedad civil española, al no estar estarle permitido constituir desde sí misma el poder político limitándolo constitucionalmente, sólo puede ratificar la corrupción y la ineficiencia que ya sin apenas veladuras se le presentan como la única forma de gobierno posible, sin ninguna elección posible.

Y luego, seguidamente, con total desparpajo y aires de superioridad, se dice que “los españoles tienen lo que merecen”, que “la sociedad está infantilizada”, que “la gente no sabe lo que vota”, que “no hay lugar en la democracia a las preferencias individuales”… Y todos los déspotas y sus mediáticos proveedores se parten de risa y pagan bien.

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Fariseísmo contemporáneo. Fuera de un orden tradicional, consuetudinario, heredado, de distribución y asignación de funciones y roles, ¿quién determina lo que “está bien”?

Sin darse cuenta, cuando uno refiere lo políticamente correcto a cuestiones esenciales de designación de bien y mal, entra en el meollo de la cuestión.

Lo que se llama “ethos” (moral colectiva que regula lo público y lo privado) en sentido etimológico estricto determina el bien y el mal en una sociedad.

Cuando ese bien y ese mal empiezan a discutirse públicamente a partir de Sócrates con criterios puramente intelectuales, es decir, argumentativos, el “ethos” queda desestabilizado en la vigencia de su espontaneidad y surgen las escuelas “éticas” individualistas (estoicismo y epicureísmo sobre todo por su gran trascendencia histórica). Primera racionalización seguida de la primera individualización de la conciencia moral occidental.

El cristianismo se extiende como religión de salvación individual de todos los hombres que acepten una determinada fe (la fe en un Dios que se ha hecho hombre para salvar a sus fieles). La nueva distinción entre bien y mal queda establecida dogmáticamente por un sistema institucional de creencias cuya guardián es la institución eclesiástica. Segunda racionalización e individualización de la conciencia moral occidental.

Cuando aparecen los Estados modernos y la Reforma protestante, se deja en manos del individuo el criterio sobre el bien y el mal si y sólo si sigue perteneciendo a una confesión religiosa que le impone esos criterios morales de bien y mal, pero que ahora puede elegir dentro de un amplio margen de autonomía en función de la nueva libertad de conciencia religiosa. Tercera racionalización e individualización de la conciencia moral occidental.

Durante un periodo largo, que corresponde al periodo clásico del liberalismo y el parlamentarismo, el Estado se desentiende de la cuestión moral (¿qué está bien y qué está mal?), porque todavía no es una cuestión “política” en sentido schmittiano (el contenido moral no se distribuye ni inmiscuye en la oposición amigo/enemigo, tanto interno como externo).

¿Cuándo se convierte “lo moral” en una cuestión política en sentido siempre schmittiano?

Probablemente con los Juicios de Nüremberg ya se dio el primer paso decisivo de la terrible confusión interesada entre los criterios políticos y morales, que es lo que filosóficamente hablando subyace a la corrección política. Las matanzas de la guerra se convierten en crímenes de unos, ordenados personalmente por unos, pero son “acciones legítimas de guerra y liberación de pueblos” si los cometen otros.

Esta hipocresía fundacional es el sedimento de la mentalidad que permite desenvolverse al espíritu farisaico de lo políticamente correcto. Su crítica ya fue esbozada repetidas veces por Carl Schmiitt en casi todos sus textos de los años 20 y especialmente en“El concepto de lo político”.

Entonces centró la triple crítica en la burguesía, su liberalismo político y la forma anglosajona de confundir moral y política (el Tratado de Versalles, a mi juicio, es el primer documento histórico de lo políticamente correcto, aberración que desencadenó lo que es bien conocido).

Es lógico que la hegemonía mundial de los EEUU haya producido extraordinarias distorsiones en los criterios del bien y el mal, porque la mentalidad americana cree que en lo público deben predominar las mismas categorías morales que en lo privado. Ellos mismos han acabado por enredarse en lo que primero impusieron a otros.

Se olvida con frecuencia que la mentalidad de origen en EEUU es la de un fariseísmo llevado al extremo de la inconsciencia más ciega, como demuestran los personajes de la película “Un Dios salvaje” de Roman Polansky. La reconciliación con la verdad primitiva del ser humano sólo llega con la pequeña Walpurgis del whisky de 12 años consumido con alegría inhibitoria por las dos parejas de exquisitos, activos y cultos ejemplares de la clase media neoyorkina.

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La política y el aburrimiento. Existe poca literatura política sobre el aburrimiento. Y mucha menos sobre el aburrimiento propiamente político. Quiero decir: uno puede preguntarse si es posible pensar el final de algunos regímenes como cansancio colectivo ante el aburrimiento que pueden llegar a inspirar.

Incluso los pueblos más sumisos, las sociedades más oprimidas (hasta las parejas más enamoradas y ardientes) acaban por rebelarse, de mil modos que la historiografía no concibe, no capta y no puede describir con sus torpes fuentes documentales y sus métodos académicos de exposición. Yo no creo que los españoles se vayan a rebelar por aburrimiento. No tengo tan buen concepto de ellos. Pero el aburrimiento hará por ellos lo que ellos no son capaces de hacer con el aburrimiento.

¿Quién sabe si muchas grandes catástrofes históricas, muchos sucesos de relevancia mundial no son fruto del mortal tedio, del fastidio más intenso que una clase dirigente en una época apocada puede llegar a provocar en sus gobernados?

Si esa hipótesis fuera plausible y tuviera algún fundamento en la“psicología histórica de los pueblos”, los españoles, bajo la coyuntura actual y la promesa de prórroga consentida por todos de un Rajoy y un PP al frente de un gobierno que no lo es como pieza maestra de un Régimen que muere un poco más cada día que se escenifica a sí mismo en el impudor de su incapacidad para inspirar “confianza” y “credibilidad”, habrían alcanzado el punto crítico sin percibirlo, tal es la inconsciencia colectiva.

Porque la gente, cuanto más ignorante es, más se aburre y no sabe que se aburre ni puede siquiera decir lo que le aburre. Gracias a Heidegger sabemos que el aburrimiento, que en alemán es designado por una palabra que por sí misma lo expresa de manera referencial trasparente, “Langweile”, “momento largo”, tiempo que se extiende vacío sobre sí mismo desplegando toda su “potencialidad” sin realización, es una categoría ontológica existencial de primera magnitud.

Nosotros padecemos, en su grado sumo y óptimo, este aburrimiento que llamaremos “político” por convención, cuando en realidad es un aburrimiento “civil”, “histórico”, “nacional” incluso, tal vez inspirado remotamente por un deseo cada vez más acuciante “de otra cosa”, de otra vida colectiva sostenida por otros valores, otras instituciones, otras reglas y otros hombres.

Y cuando se nos ofrece lo mismo una y otra vez, cuando percibimos que cada acto, cada palabra, cada cara, cada opinión evocan en nosotros lo ya conocido, ese efecto perverso con que nos anticipamos a todo el “déjà vu” con que nos obsequian gentes obtusas y ruines a las que despreciamos incluso sin reconocerlo abiertamente, entonces sentimos con una intensidad indescriptible ese aburrimiento, que lentamente se va trasformando en fuerza de resistenciaen reserva de voluntad y fortaleza que no se arredra ante ningún pesimismo ni ante el temor a ninguna aventura.

La fuente existencial de las trasformaciones políticas, su motor secreto es el aburrimiento.

Políticos profesionales, opinadores pagados y publicistas de las mentiras que conocen como tales, insinuadores de reformas continuistas, todos ellos y sus camarillas secretas de intereses perecen de aburrimiento y nos arrastran con ellos a un aburrimiento aún mayor.

Quizás el Régimen español actual se está deslegitimando no tanto por sus errores, su corrupción ilimitada, su incompetencia, sus traiciones y cobardías, como más bien por su incapacidad de seguir reproduciéndose sin provocar esa angustiosa impresión de “fin de partida”, “de momento largo” que se sucede en sí mismo, como después de un largo acto de amor (y de odio), cuando los cuerpos yacen en su cerrazón indiferente y en profundo aburrimiento por desocupación de su potencia,- aburrimiento al azar que es a su vez la emoción que postula la áscesis del gran aburrimiento como paso previo a lo que ha de venir: o el pánico final o la catarsis.

Desde luego no la simplificación de las leyes, el “patapúm parriba” rajoyano y el juego en campo embarrado del resto superfluo de los practicantes de los patapunes. El aburrimiento político se agrava en la época de las masas a medida que la exhibición del poder debe ser un espectáculo más o meno trivial.

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Sobre la risa como categoría políticamente orientativaTal como estamos obligados a vivir como «ciudadanos libres e iguales» bajo las condiciones de este Régimen cuyo “ethos” crea hábitos de conducta y pensamiento francamente mejorables, algunos sólo tenemos como vías de expresión y liberación el humor, la cultura, el ingenio y, sobre todo, la risa, una risa dirigida contra toda esa seriedad impostada que intenta convertir la más vulgar banalidad en «artículo de fe» o, lo que es peor, «opinión política».

En las relaciones personales e incluso íntimas, la risa efectivamente «libera tensiones» entre personas del mismo «rango» o grado de intimidad. Ahora bien, en las relaciones jerárquicas de poder entre gobernante y gobernado, la risa implica una sutil forma de «deslegitimación», cualesquiera que sean las consecuencias. Nadie imagina a Macbeth, Lear o Ricardo III como objetos de irrisión en una comedia. Pero toda nuestra clase política la protagoniza, y en grado desternillante, así que extraigamos las consecuencias sobre dónde nos encontramos…

Elecciones y burbujas necesitan del optimismo en cuanto conmutador de la operación de dominación, porque como el amor entra por la vista y el oído, el Poder entra en nosotros por los afectos de aquiescencia, volubilidad emocional y pérdida del sentido de la realidad. El discurso mediático sobre la «economía» es necesario como terapia de grupo, pues sin la producción del imaginario efecto de la riqueza, el sistema político no puede funcionar a pleno rendimiento. Las vacas sólo dan leche si previamente se han abastecido de jugosa hierba en los prados verdes. Pero se olvida decir que tales prados son en realidad desiertos donde los escarabajos peloteros ejecutan su interesante labor.

Cada Nomenklatura tiene su forma cómica de actuar. La tardosoviética metía a sus despojos disfuncionales en un féretro y les hacía funerales de Estado con la marcha de Chopin como señal de reconocimiento póstumo. La democracia cristiana italiana gustaba de soga y cuerpo bamboleante bajo un puente, hábitos adquiridos por las malas compañías calabresas. En España somos más de enterrar a los miembros del «establecimiento» como a una mascota en el jardín, fingiendo un aire inocente y atolondrado, no sea que pregunten los vecinos por el mal olor.

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Paseo vespertino con la mujer literaria. Hagamos un breve y errático paseo cultural. La literatura es mi verdadero “territorio de la bestia” y no la política, que es para mí un juego mucho más peligroso por lo adictivo y pasional.

Entre caña y caña de cerveza todo está permitido según con quién y cómo. Un amigo y yo, a partir de cierto momento de la post-sobremesa ampliada hasta lo vespertino, cuando los gintonics especiados suavizan el ánimo, pasamos directamente a Sade y “Las ciento veinte jornadas de Sodoma”, para consternación de nuestros cercanos compañeros de mesa, nada complacientes con las “artes” sadianas más expeditivas.

He de decir que las mujeres de las mesas vecinas, o incluso de nuestras propias mesas, aguzan las orejas y la sonrisa se torna rictus, que poco a poco se cambia en mirada de estupor comprensivo y luego en franco interés. A alguna hemos convencido de la necesidad de leer “La filosofía en el tocador” a fin de completar su educación sexual y literaria, y esto es completamente cierto. Yo tengo a gala haber convencido a algunas compañeras de trabajo de las excelencias de la lectura correctamente dirigida del texto sadiano.

Aquella célebre frase de Goethe es ingeniosa, pues Lo Femenino y Lo Alto están asociados muy estrechamente. Para acceder a Lo Alto, hay que pasar por la creencia incondicional en la posibilidad de lo “antinatural” tomado como “sobrenatural”. Es la esencia de la forma del elemento mítico en toda religión. En la literatura, funciona como gran tema ya secularizado.

No creo que Goethe pensara el sentido de esa frase en un contexto religioso, si bien, en el “Fausto”, la figura femenina, Margarita, no está lejos de cumplir esta función “mariana” de intercesora o mediadora en la salvación o regeneración moral de Fausto. Werther no tuvo tanta suerte y anticipó su final, precisamente porque Carlotta no pudo o no quiso ejercer esa función salvadora: las pistolas del marido se las entrega ella misma a su criado, luego simbólicamente ella es su asesina.

En la vida real, no hay muchas mujeres de carne y hueso que sean conscientes de lo que pueden llegar a hacer para librar a un hombre de sus demonios: el matrimonio burgués clásico, ahora degenerado en actividad lúdica de itinerancia contractual sucesiva, es un sedante demasiado fuerte.

La función de “salvadora” atribuida a la mujer está omnipresente en la mejor literatura romántica y en la que sigue su descendencia: doña Inés en la leyenda de don Juan, según una tradición más estrechamente católica o en la reelaboración de Espronceda en “El estudiante de Salamanca”. Además, son bien conocidas las mujeres misteriosas de los cuentos de Poe como Berenice o Ligeia, también en la línea de lo sobrenatural regenerador.

Y por último no deseo acabar sin evocar al Maestro Dostoievski, en especial, “Crimen y castigo”: siempre, cómo no, una humilde prostituta con el corazón lleno de amor por la humanidad sufriente (el origen histórico de otro socialismo histórico reprimido por el marxista, más levítico y dogmático), se hace cargo de acompañar en su prisión siberiana a un Raskólnikov, que gracias a ella comprende que siempre existe para el hombre una posibilidad de renovación espiritual para superar la culpabilidad y su horror:redención personal por mediación de la mujer.

Como Werther, Nietzsche tampoco tuvo esa buena fortuna de que sí gozaron los personajes de ficción.

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Dominación por el lenguaje. La tesis de las tendencias lingüísticas actuales, las que analizan y describen el discurso, el texto, los actos de habla, las acciones verbales, los contextos de situación, los marcos cognitivos, la performatividad y todos los fenómenos lingüísticos “nuevos” ligados a estos conceptos, apuntan efectivamente a que el dominio del lenguaje público es la clave de la dominación política y los cambios en la misma.

Pero esto ya lo sabían los sofistas, sin necesidad de concepciones académicas de última moda, en el momento crítico mismo en que se inauguró en Atenas la “demokratía”: quien domina el arte de decir lo que es y no es, domina lo que debe creerse. De ahí la lucha entre la “doxa” (opinión pública o privada) y el “logos” (el saber racional que se rige por la formalidad vacía del razonamiento), es decir, entre el mejor de los sofistas (Sócrates) y el resto de los grandes sofistas retratados en los diálogos platónicos (Protágoras, Gorgias, Calicles, Trasímaco…). De ahí también nada menos que la invención de la dialéctica y la filosofía e incluso del arte retórico.

La ventaja de la dominación no democrática que rige la relación gobernante/gobernado en España es que la tosquedad y el primitivismo intelectual de la clase política española es tal que no necesitan ningún conocimiento de estas técnicas. La política española, es decir, el arte de la dominación formal mediante el discurso público, es inexistente. Toda nuestra clase política es disléxica, afásica y arretórica.

Razón por lo que la población sólo puede recibir de ella señales acústicas redundantes, que ni siquiera alcanzan la naturaleza de signos lingüísticos, mensajes, textos, discursos y cosas parecidas. El reino de la mentira es el reino del anacoluto organizado como estrategia antirretórica. “Ruido semántico” en un canal roto.

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La crítica «liberal» del Régimen del 78, una impostura acomodaticia. La crítica «liberal» del estado de cosas político e ideológico en la España actual se desenvuelva entre tópicos de un «relato» añejo cuya categoría central, el misterioso «individuo», aparece míticamente asediado por monstruos caníbales y procústeos, de entre quienes sale malograda la Historia que tantas bondades prometía. La crítica liberal, simulando caballerescos mandobles, mata gigantes ficticios y arremete contra una Historia que no entiende, prodigando alusiones veladas a una realidad política que se le escapa y que por ello «mitifica».

Así pues, el «individuo», ese travestido ennoblecido del «homo oeconomicus», está amenazado. Cuando el discurso liberal enfrenta lo social y lo político, no se le ocurre pensar que su sujeto pensante y libre no es más que un postulado y que el Todo precede y define a las partes. Pero de un error epistémico o gnoseológico se siguen funestas consecuencias en la comprensión de los datos empíricos y lo que quisiera ser una crítica de la oligarquía de partidos se transforma en una crítica ciega de la «democracia» realmente existente.

Lo que unos verdaderos liberales deberían defender de modo insistente y pragmático, cosas como la representación, el sistema mayoritario, los distritos electorales en que pueda desplegarse una vida política que acoja esa homenajeada individualidad, la separación real de poderes, la emancipación del poder legislativo respecto de su tutela y subordinación burocrático-estatal, de todo eso que sería genuinamente «liberal» y «democrático», ni una palabra.

Es más fácil hacer «crítica cultural o ideológica» a toro pasado, con algún capotazo vistoso para un público despistado que mira nubarrones amenazadores sin entender la causalidad de la tormenta.

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El problema del liberalismo. Ya desde sus fundamentos clásicos, el liberalismo consiste en que toma como punto de partida la ficción abstracta del individuo frente al Estado, desconociendo que entre este individuo y el Estado se intercalan dos instancias mediadoras:

1º.- La “sociedad civil” como sistema propiamente económico o “sistema de las necesidades” (profesiones, división del trabajo, propiedad de los medios de producción, fuerza “libre” de trabajo, etc). Toda la esfera de lo contractual, que este liberalismo siempre ha modelizado como ideal para todas las relaciones humanas, concebidas abstractamente como contratos entre particulares, exponiendo así una clara vocación utopista, reprimida en su fase álgida, exhibida inescrupulosamente ahora en su fase de declive total. Siempre un discurso apoyado por un reduccionismo ontológico de lo social que es completamente ciego a las realidades políticas (al ser esta sociedad civil la pura esfera de las libertades civiles individuales, el contractualismo obvia niveles superiores de organización e “integración” de esos individuos abstractos).

2º.- La “sociedad política” propiamente dicha, esfera de lo conflictual emergente del anterior primer plano: representación de intereses de grupos a través de partidos políticos, sindicatos, grupos organizados y concertados de presión, medios de comunicación (esfera de las libertades públicas de carácter transicional entre lo individual privado y lo público). Esta es la verdadera instancia de la representación política, de la libertad de pensamiento y de la creatividad cultural en cuanto es formalizada desde la base de la pluralidad inmanente a la sociedad civil.

El liberalismo clásico no suprime estas dos instancias, sino que las conserva y las sabe articular en la forma limitada de la representación parlamentaria clasista, pero el liberalismo actual (su degeneración parlanchina e inconsciente) las liquida y, al suprimirlas, deja al individuo frente al Estado, pretendiendo luego estos intelectuales realizar la crítica del Estado desde supuestos completamente erróneos y con los que ya sus ancestros ideológicos prepararon y han dado lugar a los totalitarismos.

Porque sin cuerpos intermedios y sin instancias de mediación, el Estado queda liberado para un acción devastadora, y el liberalismo, con su individualismo inconsciente e irresponsable, es cómplice de este “estatalismo” que tanto denuncia con la fruición del pirómano bombero.

Allí donde la etapa individualista, parlamentaria y de debilitamiento oligárquico de las instancias de la sociedad civil y política triunfaron como régimen de poder pero conservaron la relativa autonomía de estas dos instancias, como el Reino Unido, el liberalismo, aunque muy enmagrecido, sobrevivió convertido en hábito, o allí donde el sistema político conservó la representatividad y los poderes del Estado quedaron relativamente debilitados por su separación en origen. Pero allí donde el liberalismo político fracasó en su forma pura de parlamentarismo en los años 20-30, lo que se impuso primero fueron o dictaduras corporativistas o dictaduras de partido único.

Lo que hoy se llama “socialdemocracia” es tan sólo el discurso y la práctica uniforme de las burocracias políticas de los Estados de partidos europeos continentales posteriores a 1945. En España, el uso del término “socialdemocracia” oculta el rechazo a encarar abiertamente el verdadero problema político de fondo: la naturaleza y funcionamiento objetivo del “Estado de partidos” como forma muy específica de régimen de poder.

Oponerle “el liberalismo” es una impostura, porque el liberalismo político murió de muerte natural o asesinado por su propia clase, esto es, la clase dominante, cuando ésta ya no puedo controlar la pluralidad política de las sociedades europeas hacia 1900 y tuvo que deshacerse del parlamentarismo, cuyos peligros la gran burguesía y sus clases aliadas vieron demasiado tarde, cuando ya el comunismo se perfilaba como fuerza de choque.

Desconfíemos por principio de quien habla de “libertad” sin adjetivarla y explicar su concepto diferencial.

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Miedo a pensar. Quien tiene miedo no puede pensar más que en “su tema” monomaníaco: cómo evitar el miedo y huir de lo que le da miedo. El medroso, por lo que sea, no piensa. Es un poco como el hambriento.

Lo que en España se presenta como izquierda es el reflejo de la incultura política de 80 años de represión concienzuda y minuciosa en la sociedad española de toda libertad de pensamiento, en los medios académicos y en la prensa escrita. En España el marxismo jamás ha sido una corriente intelectual dotada de alguna consistencia. Los podemitas no tienen ni capacidad intelectual ni tiempo para leer y mucho menos entender a Marx. El manejo que hacen de Gramsci es penoso, propio de gente que tiene lecturas de tercera o cuarta mano, pasada por interpretaciones indirectas.

En España, toda la gente de izquierda es políticamente tan ignorante como la de derecha. Bases, votantes, “intelectuales” y “hombres orgánicos de partido”. Quien tiene el poder no piensa, ni necesita la libertad de pensamiento de los demás.

Se dice de los españoles: “No se les ha dejado pensar”, siempre se podría contradecir: “Tampoco han realizado un desmesurado esfuerzo por hacerlo”.

No soy tan optimista sobre esa autonomía de los españoles hacia el propio pensamiento ni hacia la propia iniciativa. Habría que demostrarlo con obras de cierta trascendencia en todos los ámbitos de la vida espiritual que mostrasen esa libertad creativa (una redundancia, porque todo lo creativo es libre y sólo la libertad es creativa, aceptemos este principio romántico elemental ya muy gastado y que evidentemente ya sólo vale para ejercicios de estilo).

«La verdad os hará libres». Tal vez. Pero a los españoles se les ha trasmitido más bien este otro principio: «La mentira cómplice os hará ricos, o al menos, no os perjudicará en vuestra mundana dedicación a lo que fuere». El idealismo de la verdad no es un asunto mundano del que, dadas las condiciones, convenga ocuparse, no sea que se pierda de vista que la mentira es el principio constituyente de la forma de gobierno, de la moral impuesta, de la conciencia social y nacional y de toda percepción de la realidad presente, pasada y futura. El silencio es ya una forma de delatarse como partícipe en la cosa mentida.

La mentira en que viven los españoles de que aquí se habla no es la de un sutil arte de gobierno que desde Maquiavelo preside la lógica de poder del Estado y que consiste en hacer creer a los sometidos en su «libertad» y que con Hobbes funda el «pacto de sumisión», es decir, la nueva libertad del súbdito-ciudadano moderno a cargo del Estado. La mentira española del Régimen actual va mucho más allá. Es la mentira burda y obscena erigida en principio consensual de gobierno, la obliteración de todo el espacio público, la falsificación de toda la vida intelectual, el hecho mismo de tener que justificar la crítica ante lo evidente.

No me dirijo a esclavos morales. Los hijos les debemos a los padres la compensación simbólica de hacer verdadero un deseo que una vez le fue hurtado y usurpado. La libertad y la verdad son una reversión y una devolución de esta deuda. A ellos los engañaron, a nosotros no, precisamente porque nos ha sido dado por la experiencia y la cultura pacientemente acumulada el descubrir la mentira. La primera manifestación de la libertad es decirse a sí mismo: «Ya no quiero seguir viviendo en la mentira».

Nuestro presente, pasado y futuro nos concierne pensarlo y vivirlo sólo a nosotros, de tal manera que las estimaciones comparativas con otras sociedades no vienen al caso, porque esos otros pueblos son los que, al igual que nosotros y desde sus propias condiciones, pueden y deben plantearse su devenir. Aunque suene un tanto anacrónico y de un voluntarismo irrealista, nosotros, más que nunca antes, necesitamos un cierto «remozamiento» o rejuvenecimiento moral de largo alcance, pues los pueblos viejos tienden a creerse las mentiras oficiales de su propia historia y ahí habita la negligencia de la esclerosis colectiva.

En una interpretación intelectualista, el miedo a la libertad, además de pereza engendrada y adiestrada por el hábito, es una forma de conciencia muy limitada de lo real. Es la terrible impresión de lo limitado de nuestra cultura actual, nuestra política y nuestro horizonte colectivo. Pensar, en tanto que adelantarse a lo desconocido, eso es la libertad.

Un gnóstico diría que un Dios creador de la materia no puede ser un Dios bueno, y que el Dios del mundo visible sólo podría ser un Dios tarado de pestilencial degeneración, un Dios ajeno al Espíritu “puro” y cuyos agentes en este universo degradado serían una multiplicidad variopinta de espíritus “manqués” de un orden inferior, por debajo incluso del “aciago demiurgo”, que al menos todavía es creador de algo, aunque material.

En el plano de lo estético, siempre un ámbito exclusivo monopolizado por minorías sociales educadas en valores estéticos dados, entiendo que el impulso, que se manifiesta de muchas maneras, va hacia lo excelso, o lo noble de una ambición de realización, pero, ¿qué pasa en lo colectivo, en lo político, necesariamente ha de ser el lugar de las bajas pasiones, de los impulsos decadentes? Fingir ingenuidad idealista es necesario para hacerse las preguntas correctas.

Entonces debemos sobrentender que lo que desfallece hoy es lo mismo que Nietzsche hubiera llamado un “orden moral del mundo” a la vez que “una interpretación moral del mundo”, cualquiera que fuese su fundamento. Quizás porque la pulsión dominante hoy, el “élan” vital, la “voluntad” se dirige y apunta a unas metas de inferior valor o incluso de nulo valor moral. Quizás porque la separación moderna entre moral y política, operada por el poder estatal autonomizado, es algo en cuyas consecuencias extremas empezamos a vivir y ahora por fin podemos comprobar cómo se imprimen en nuestras propias carnes desnaturalizadas esos efectos.

Todo idealismo es una extraña aleación del mejor idealismo y del mejor altruismo. En España, caso único en la Europa moderna, el idealismo, en cualquiera de sus manifestaciones, política, filosófica y moral, ha recibido el mismo trato que su modelo español a la luz de su interpretación alemana: el destinatario de los palos, pues aquí la realidad es la primera «fuerza armada» que apoya el vejamen a cualquier «ilusión».

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La actitud de la sociedad española ante la crisis política actual. No hay ninguna incapacidad del español medio, porque tiene ojos y oídos, para percibir toda la sarta de estupideces, imbecilidades y falsedades que rodean su vida política, obligadamente reducida a los esquemas más pobres y simples.

Claro que “la gente” vota partidos, pero sólo porque en el fondo de su conciencia íntima los desprecia, como desprecia a todos los que le hacen creer que “trabajan” para ella. Sin ese mínimo destello de duplicidad moral, de connivencia defraudada, la situación sería mucho peor: la gente se identificaría de verdad, emocionalmente, con los partidos. Hay una cierta vaciedad interna del vínculo entre partidos y ciudadanía, y eso no es mala señal, sino lo contrario.

Los partidos estatales, pese a las apariencias, no son partidos de masas sino partidos para reclutar cuadros para el propio Estado. Eso la gente lo ve y lo siente en sus pueblos y ciudades y sabe qué sucede con todos ellos, a los que observa distanciarse, elevarse y desaparecer tras el cargo ascendente, creando una cierta envidia y un cierto resentimiento.

Por otro lado, yo no creo que podamos hablar de la perduración de un fondo de resistencia (“sustrato de autenticidad”) a las mentiras o verdades oficiales que, inconscientemente, entre balbuceos, muchos más adivinan. Hay mucho de esa ancestral pequeña lógica latina del “porco governo” como objeto de todas las malas imputaciones y peores deseos, lo que quizás desvelaría más bien una gran impotencia resignada y la autoprotección preventiva de una sociedad civil que sabe confusamente que el Estado es su enemigo.

También tiene que haber por la fuerza misma de las cosas, ese “sustrato auténtico” que casi no logra “decir su nombre” y que probablemente nunca ha tenido oportunidad de salir a la luz, porque las condiciones para ello han sido casi siempre tan difíciles que la renuncia, el silencio, la soledad o el exilio interior han acabado por hacerse dueñas de los más dotados.

Hoy vivimos, una vez más, esa situación que ya han conocido muchas generaciones de españoles obligados a renunciar a lo mejor posible para conservar lo peor en mano. Aquí los riesgos siempre los pagan los mejores de espíritu y la cara para las bofetadas de la Historia la ponen los de mente despejada.

Siempre se nos ha manejado por el miedo a la Confrontación, que por supuesto se pone de relieve como deplorable actitud antisocial y revoltosa frente a la “Convivencia” y la “Reconciliaión”, ambos pilares “morales” del Consenso político oligárquico.

Observemos que la palabra está muy bien elegida y tiene su pedigrí detrás. Yo era apenas un adolescente en la Transición y es una de las palabras que más recuerdo haber escuchado. Nadie debía confrontarse con nadie. Si alguien perseveraba en posiciones de “confrontación”, se le reeducaba y se le ponía un documental sobre la guerra civil. Como en Alemania: si alguien quiere hacer política de verdad, se le recuerda Auschwitz. Es el mito fundacional que cauciona el Consenso.

Entonces yo no sabía bien lo que podía significar. Según el diccionario de la RAE, es “acción y efecto de poner a una cosa o persona frente a otra”. Inocente definición que cobra otros sesgos semánticos en la política española, mucho más inquietantes.

Ésta se funda en una inhibición de la defensa de las propias posiciones ideológicas, sometiéndolas a un acuerdo previo que las anula. Hay quien piensa que así, por lo menos, la lucha política de facciones se mantiene en los límites prefijados de las alturas elitistas, mientras el “pueblo” observa el espectáculo y no se le trasmite la “confrontación”. Porque de eso se trata: de mantener al “personal” al margen de las luchas políticas de intereses para ofrecerles el menú precocinado listo para llevar.

Es evidente entonces que la evitación consciente de la confrontación cumple una función de control social de gran potencia e influencia: nunca nadie debe ponerse frente a nadie, no sea que lleguen “a la confrontación”. El término se usó mucho en la prensa española en los tiempos finales de aquel gran simulacro hollywoodense que fue la llamada “Guerra Fría”. Y cumplía el mismo papel inhibitorio y preventivo.

Donde ya no quedan energías vitales y espirituales para la lucha real, a la escala que sea necesaria y en los modos que exija, la negación de la confrontación presupone la voluntad de consenso, es decir, la negación de sí mismo como forma vital diferenciada de pensamiento y acción.

A pesar de las apariencias “turbulentas” de una superficie agitada por los medios, no hay una sociedad europea donde se den menos posibilidades de confrontación auténtica que la española. Lo que en cierto modo quiere decir que es la sociedad más enferma, precisamente porque no presenta síntomas ni siquiera de una mínima confrontación interna o externa.

Uno de los factores que más negativamente ha influido en la formación del Estado Español y su sociedad ha sido esta carencia de enemigos exteriores con los que medirse y probar sus fuerzas. Históricamente, sólo las guerras y las revoluciones destruyen acumulativas formas cuajadas de poder oligárquico, despótico o tiránico.

A diferencia de otras sociedades europeas, España no ha conocido jamás esos procesos, al menos no desde el siglo XVI. Lo que podría servir de ejemplo contrario, la Guerra de la Independencia, cada vez es más discutible, incluso en la propia historiografía especializada, que tuviera las virtualidades revolucionarias que se le han atribuido.

Las analogías orgánicas son siempre socorridas en estos casos: el cuerpo por el que hay que preocuparse es aquel que no sufre fiebres e infecciones cuando se pone en contactos con riesgos reales de contagio, porque entonces algo marcha realmente muy mal…

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¿Hubo alguna vez alguna «izquierda»? Se da por realidad histórica y política la existencia de una «izquierda». Pero la pregunta radical hay que dirigirla al pasado para saltar a este presente.

¿Hubo alguna vez alguna «izquierda»?

La mítica figura del «proletario» de la Revolución industrial imaginado por Marx, ¿era la fuerza y la fuente de la «izquierda» y no más bien una fantasía, un invento de intelectual «burgués»? ¿Realmente hubo alguna vez un conflicto entre Capital y Trabajo, si se piensa en Saint-Simon como mediador entre el hegelianismo filosófico de Marx y las invenciones ideológicas de Marx, que Lenin y Stalin explicitaron en su concepción de la Modernidad como «industrialización a marchas forzadas» y desarraigo a la fuerza de la «conciencia popular alienada por la religión»?

«Izquierda» es el nombre histórico de la barbarie sofisticada de la civilización moderna, civilización y barbarie del mismo origen y la misma naturaleza: un atroz materialismo, del que toda la «intelligentsia» de origen judío emancipado es directamente responsable.

Fue Max Weber el único entre los «científicos sociales» que introdujo el concepto de «Razón», limitado al Estado moderno en el que este extraño Sujeto de la Historia expresa la conciencia instrumental de la clase dominante para establecer la distinción entre «fines» y «medios».

Racionalizar el orden social es aplicar ciertos medios a ciertos fines y esto es lo que se llama «racionalidad instrumental», luego criticada como factor creador de «inautenticidad existencial» por Adorno-Horkheimer bajo influencia severa no declarada del primer Heidegger de la analítica existencial.

Toda la temática «gauchiste», inspirada en mescolanza caótica en la Escuela de Frankfurt, la «New Left», el progresismo social estadounidense, la crítica de la cultura, la deconstrucción derridiana y la arqueología de los saberes de Foucault, la microfísica del poder de Deleuze, etc, adopta en la España del Régimen del 78 un rostro deformado por su identificación retro con un argumentario banalizado para uso de una inculta burocracia de partido estatal (nadie en la izquierda española ha leído las fuentes originales del Discurso) que sólo puede parecer amenazadora (?) para una derecha sociológica todavía más inculta que su compinche estatal.

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La desigualdad sin rostro. La desigualdad es o real o mítica. En España es un mito publicitario. Si es real se funda en la realidad de la diferencia de nacimiento, patrimonio y clase, y eso es un hecho estructural de toda sociedad y por lo tanto no entra en discusión. Es un «factum brutum» anterior al «pacto social».

Lo que cae en este lado de la discusión es lo que el Poder del Estado en un Régimen político determinado puede proponerse como programa de Gobierno para limitar o combatir la desigualdad de origen de un determinado orden social. Por lo tanto aquí las singularidades de las históricas diferenciaciones de clase de origen cobran un papel muy relevante y decisivo.

Ahora bien, en España esas diferenciaciones de clase intentan recubrirse bajo diferencias territoriales de Identidad Cultural Nacional para encubrir su origen clasista. Lo que quiere decir que la Dominación de las clases populares está doblemente ocultada: por el criterio de lo social objetivo y por el criterio de lo nacional identitario de orden imaginario. Entre un pobre andaluz, un catalán, un madrileño o un gallego se interpone, como elemento de descoordinación de clase, el viscoso elemento «nacionalista».

Uno percibe bien su función: la debilidad de la burguesía española en conjunto la lleva a fragmentar territorialmente su dominación de clase para rearticularla en un Estado descentralizado bajo condiciones de oligarquías de partido que distribuyan el excedente social de la tributación, ya que bajo condiciones democráticas no podría conseguir el mismo objetivo.

Bajo condiciones realmente «democráticas», sin oligarquías territoriales de partido, sin Monarquía, sin sistema electoral proporcional de listas de candidatos, sin forma parlamentaria de elección del Jefe del Ejecutivo, sin financiación pública de partidos, quizás entonces algo «democrático» podría empezar a hacerse, y decir “democrático” es lo mismo que decir “nacional”, por primera vez en nuestra historia, “español” sin calificativos añadidados ni otros colorantes tóxicos. Pero sólo si una Constitución se escribe al margen de la firma de los Florentino, Fainé, Del Pino, Entrecanales, Grifols, Carulla, Escarrer, March, Koplowitz y el resto del Club Hípico de los Amigos del Estado Español… y la “Marca España”.

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¿Narcisismo de masas? No. Identidad de masas socializadas sobre la base de modelos simulados de identidad. Es una dialectizacion de individuo frente a masa. La Identidad nada tiene que ver con este asunto. NARCISO se enamora de su imagen porque necesita a un Otro en que reconocerse en su pura idealidad: si él es bello, lo igualmente bello sólo puede ser su propia imagen reflejada en la corriente de agua.

El mito griego, comoquiera que se interprete, quiere decir que incluso en la soledad el hombre se desdobla en amante y amado.

La plenitud del amor omite el paso hacia la Otredad y se satisface con el Único. Es de hecho la práctica de la Homosexualidad griega tal como es descrita por Foucault en su «Historia de la sexualidad».

El Arquetipo mítico cambia de sentido aplicado a las masas de la era electrónica y digital. La idealidad de lo mismo no es mi Yo redoblado por la imagen sino un Modelo estándar creado industrialmente para todos los Yoes indifenciados de un mundo indiferenciado.

Las sociedades modernas de masas en ningún sentido son «narcisistas» e «identitarias» en sentido fuerte (ideológico, político) ni sus «individuos» son Individuos en el sentido de una tradición humanista burguesa y liberal.

Lo que cierta sociología llama «narcisismo de masa» es el sentimiento que experimentarian los automóviles montados en cadena si tuvieran conciencia «humana». Por supuesto, es el «tipo humano» que necesita el Capital Global para reproducirse: una piececilla dentada del engranaje a la que basta convencer de que es igual e incluso mejor que otra piececilla dentada para volverla activa.

Narciso: frente a la pantallla de su ordenador portátil que refleja las variaciones bursátiles en tiempo real. Aquí el amor no es posible. Por eso la Psiquiatría se hace cargo de ellos.

Toda la raíz de la Sociología académica americana y europea deriva subrepticiamente después de 1980 de una lectura muy superficial y antifilosófica de la obra de Jean Baudrillard, el más profundo “nietzscheano” de su generación intelectual tan cacareada (Barthes, Deleuze, Derrida, Foucault), a quien tengo el gusto de conocer demasiado bien desde hace casi 30 años, cuando nadie en España había oído ni visto escrito nada sobre la crítica de la publicidad, la sociedad de consumo, los sistemas de signos del capitalismo tardío, la cultura semiológica de la imagen, la Simulación, los modelos de simulación, la hiperrealidad, la cultura del espectáculo (y la sociedad del espectáculo, ese Débord únicamente lo entendió y desarrolló el propio Baudrillard y gracias a su influencia secreta es conocido) y una considerable cantidad de nociones que hoy son moneda corriente sin saber quién las pensó por primera vez y les dio carta de naturaleza en el discurso público. No fueron los “marxistas” sino Baudrillard el que silenciosamente destituyó a toda la crítica de las ideologías de origen marxista de su poder de fascinación.

Toda las tesis sobre la teoría del narcisismo de masas son un derivado anglosajón de lo que Gilles Lipovestky en “La era del vacío” (1980) desarrolló a partir de su lectura del propio Baudrillard y sus tesis sobre la personalización de la “diferencia mínima” de los productos trasladada a los sujetos desde “El sistema de los objetos” y “La sociedad de consumo”, sus libros más convencionalmente “sociológicos”. “La Cultura del narcisismo” es de 1979 en su primera publicación y su éxito se debe a la base cultural francesa anterior.

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Pensamiento conservador”. ¿Dónde? En el congelador, como los pollos y las croquetas. Descongelarlo es tarea hercúlea en este fin de Régimen. Necesitamos algo, un placebo, una paracetamol contraideológico frente a la patota montonera. Vale, pero ya es tarde. Nunca lo hubo en la Derecha española. Anglosajonia es el punto de vista de Sirio.

Aquí, el último que pensó yace en alguna cuneta: angelico al Cielo, chocolate a la barriga y la familia, bien, gracias. Los ricachones españoles nunca fueron demasiado idealistas. El catolicismo era una buena cataplasma y una buena sangría. No daba para mucho en la época contemporánea, así que ni siquiera en su versión nacional-católica nos era útil.

Así que los sujetos de la clase dominante se dijeron: “Bueno, nos hacemos socialdemócratas, total tampoco hay tanta diferencia con lo que ya éramos”. Y de ahí al Cielo del felipismo prometido por Boyer-Solchaga, la época en que se hacían butrones en el Estado. Y ahora, la de Dios es Cristo. Arrechuchos, desfilemos cara a Hayek. Reformemos, de perdidos al río…

Antorchas en mano para iluminar el viejo desván cubierto de polvo y despertar al pequeño Eros, como Psique avejentada por onanismos estatales que mucho afean la dignidad del Conservador. Y en cuanto a las ideas, tradúzcanse de algún manual en inglés. Total, para lo poco que leen las clases acomodadas…

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La tecnocracia como forma de dominación. Una tesis muy fuerte: la disociación entre propiedad de los medios de producción y órganos estatales de la planificación social. O en términos marxistas clásicos: separación entre el Capital y el poder político formal.

Resulta que ésa es simplemente la singular esencia histórica según la cual domina el sistema capitalista en todas sus fases (léase la obra de Louis Dumont «Homo oeconomicus»), dado que el sistema capitalista se funda desde su origen en esta separación formal de las instancias de dominación refiriéndose la una a la otra a través de diferentes «lenguajes políticos formales». La economía por unn lado, la política por otro, como si no fuesen dos expresiones de lo mismo: la dominación de unos hombres sobre otros.

Ese ejercicio de la forma de la dominación priva a la mayoría de la población de independencia económica, medios de sustento y libertades reales, concretas, vividas.

Ahora bien, la «tecnocracia» contemporánea no es ningún sujeto de la Historia sino más bien sucede que la hegemonía pura del sistema del capital mundializado o global ha llegado a tal grado de perfección que ahora, y sólo ahora, puede definir los parámetros de su específica «configuración civilizatoria», que equivale desde otra perspectiva a una «descivilización».

La falacia argumentativa consiste en la suposición de un «conflicto» interno entre Capital y Gerencia, debido a las «ambiciones de poder» de ésta. En realidad, la Gerencia adopta todo tipo de ideologías subalternas en función de los intereses directos de la nueva figura histórica de la dominación: hoy, el proceso «descivilizatorio», invirtiendo la expresión de Norbert Elias en su admirable libro.

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Ideocracias políticas vacías para masas ausentes de la escena pública. Comparar y asimilar a las vulgares ideocracias actuales para uso de los funcionarios de los Estados de Partidos con cualquier antecedente histórico (mito, religión o ideología política) no deja de ser una majadería propia de un pensamiento muy muy débil que ni osa entrar en el problema de la jerarquía de valores.

Si se parte de la premisa de que la Humanidad occidental actual ha alcanzado la plenitud, es decir, ha realizado todos sus «ideales modernos», afirmación implícita en toda la corriente de pensamiento de descendecia nietzscheana más pura, frente a la tendencia inaugurada por Marx y amplificada por la Escuela de Frankfurt que afirma la «utopía de la esperanza» y la vocación por las «promesas incumplidas de emancipación» del «proyecto ilustrado», entonces habría que declarar como vencedora en este combate intelectual a la corriente nietzscheana, por ser la descubridora de la grosera mentira fundacional de la Modernidad: la vida no es una comedia que acaba en la felicidad universal sino una tragedia que acaba mal, en el plano individual y colectivo. Cierto que la vida siempre sigue su curso, pero a costa de ser una vida disminuida, mutilada, empobrecida.

En efecto, lo que hoy constituye todos los relatos y discursos públicos de las Oligarquías que detentan el poder en los Estados occidentales en su fase de adaptación a la mundializacion de los Mercados es una versión amplificada de la «promesa de felicidad» y todos los relatos son relatos de emancipación para consumo sectorializado de masas desnacionalizadas.

Esta verdad histórica, la de una utopía que al realizarse pierde su sentido y por ello ha de sobreactuarse (es el cansino papel atribuido a la «izquierda» en los hiperburocratizados Estados de Partidos) es el estado de cosas que intentamos esclarecer hoy dando golpes de ciego en el vacío.

Pero para deshacer el entuerto, basta pensar que el relato antiguo produce a Ulises y La Odisea como arquetipo de la aventura humana mientras que el relato posmoderno produce a Pablo Iglesias en un plató de televisión hablando con autoridad académica acreditada de los «males» y «necesidades» de la llamada abstractamente «sociedad»: prototipo de la aventura «espiritual» de la utopía realizada de la felicidad estatalizada, defectuosilla.

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Aburrificación del erotismo. La institucionalización del Aburrimiento como forma de vida es un logro de la avanzada civilización occidental del que no debemos despreciar las consecuencias hoy vigentes. El erotismo murió de muerte natural hace ya tiempo, de eso tratan las grandes novelas del adulterio del siglo XIX. Ya entonces los más perspicaces se dieron cuenta de que la relación convencional hombre/mujer en la sociedad burguesa clásica sólo podía acabar en histeria y neurosis, y como mucho en un adulterio, que sólo grandes escritores pudieron convertir en objeto de tragedia.

Si uno compara “Werther”, “Les liasons dangereuses” y “Sans lendemain” con “Madame Bovary”, “Anna Karenina” y “La Regenta” percibe de golpe cómo ha degenerado el juego sexual y erótico a medida que los roles funcionales del mercado se han impuesto por igual a hombre y mujer, animales de carga.

Como hoy todo trascurre entre risas ante el televisor y pequeños espasmos con las debidas precauciones en las cámaras oscuras del deseo incompartido; como todo lo que era un juego y una intimidad, una seducción rica en añagazas de coquetería, se ha trasformado en algo entre animal y maquinal, en fin, el género y sus “políticas de identidad” poco tienen que ver con procesos de fondo que ya detectaba Nietzsche cuando hablaba sobre la “aburrificación” de la mujer a medida que ésta ingresaba en la esfera social del animal laboral en igualdad de condiciones con el hombre.

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Los maestros censurados. Todos los autores valiosos que me han fascinado pertenecen a corrientes ideológicas europeas tradicionalistas, fascistas, integristas…, es decir, a formas de pensamiento “reaccionario” vencido por el proceso de Modernización o por las armas aliadas del comunismo soviético y el capitalismo estadounidense.

En todo caso, tendencias dialécticas y polémicas de oposición a diversos aspectos de esta Modernidad, en especial, el tipo específico de Modernidad técnica, burocrática y sovietizante que se le impuso a Europa occidental tras la derrota alemana de 1945.

Se afirma de manera sospechosamente condescenciente que el valor histórico de estas obras merecería al menos una circulación limitada y controlada “académicamente” que pudiera usarse tal vez como “testimonio de una época”.

Ya es mucho poder leer algo valioso, en el “Fahrenheit 451” en el que ya de hecho vivimos sin percibirlo, es casi lo mismo quemar los libros o publicarlos con “glosas” (recuérdese: técnina medieval del comentario a Aristóteles y a los Padres de la Iglesia, no mentían aquellos intelectuales italianos que hablaron de una “Nueva Edad Media” cultural a mediados de los 70).

Me temo que tan buenas intenciones llegan tarde. Los vencidos desaparecen de la memoria, un poco como también lo hacen los seres más queridos a medida que su imagen y el revivido trato cotidiano con ellos se van envolviendo en una niebla negligente que es peor que el olvido mismo.

Nietzsche, Cioran, Schmitt, Jünger, Heidegger y pocos más, pronto serán prohibidos o perseguidos, y si no lo son eso debe a que la Academia universitaria occidental no sería nada sin ellos, de quienes se alimentan parasitariamente incluso las corrientes llamadas, muy mal llamadas “izquierdistas” y “progresistas” con revisiones de tercera mano, y mejo así porque en realidad a Marx y los frakfurtinos nadie los ha leído por esta comarca.

Y como los liberales se confíen un poco, pronto también serán censurados los peligrosos Hayek y Von Mises (pobrecillos, creían en la “libertad imdividual” en la era de los oligopolios y los Estados de Partidos), demasiado “humanistas” y “sentimentales” todavía para el juicioso gusto de una tecnoburocracia (¿modelo Guindos?) carente de ideas y principios más allá de las ficciones consoladoras pero “objetivas” de la Macroeconomía.

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Sovietización de la cultura”. Retengamos estos nombres en la memoria a manera de ensayo preeliminar: Clara Zetkin, Emma Goldman, Aleksandra Kollontai.

Leamos algunos datos biográficos, cotejemos algunas de sus actividades, sumerjámonos mentalmente en el contexto político europeo del periodo 1914-1933, observemos los orígenes, las filiaciones, los ambientes culturales, los desarrollos iniciáticos, los postulados, las iniciativas.

Se puede arrojar cierta luz suplementaria a lo que todavía yace en la oscuridad.

Piénsese si todos los discursos de la igualdad, tal como hoy aparecen revestidos de institucionalidad burocratizante, no indican, sin sutilezas, ya de hecho un proceso exhaustivo de “sovietización de la cultura” que, alcanzado su objetivo en esa esfera aparentemente “trivial”, avanza en la dirección política de vanguardia: el trasfondo de todos estos “procesos”, inspirados por ciertos “intereses y composiciones de escenarios futuros”, son la destrucción del residual tejido orgánico de las sociedades europeas, y ello es así desde el periodo inaugural de la primera guerra mundial, cuando la primera avanzadilla obtuvo sus primeras victorias clave.

El discurso y la práctica del “bolchevismo” es hoy el discurso y la práctica de la burocracia europea al servicio del gran capital mundializado. Incluso en los menores detalle, el primer “experimento comunista” ha dejado sus huellas en una estela que, no por olvidada, deja de envolver nuestra ambientación de época.

La hipótesis se reitera: pudiera haber sucedido ya así en 1917, era la sospecha de los más observadores, incluido el por entonces joven, poderoso e influyente Winston Churchill en su destino de alto funcionario británico del Ministerio de Exteriores.

Pudiera suceder que el bolchevismo en sentido político restrictivo fuera tan sola una casi inocente onda expansiva recubridora de otras tendencias mucho más profundas que están todavía por definir, incluso por descubrir en su verdadero ser y apariencia (la socialdemocracia europea era tan sólo el aperitivo, la creación del contexto existencial necesario para ulteriores “operaciones”…).

Porque lo realmente serio de la descomposición cultural europea apenas si ha mostrado todavía su rostro.

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Marxismo cultural”. La base teórica del discurso de lo políticamente correcto, lo que subyace a él, no es una cuestión teórica menor ni insignificante.

Las mejores intérpretes de la corriente, por supuesto mujeres, Nancy Fraser y Judith Butler, procedentes de la “intelligentsia” progresista estadounidense de origen judío, sostienen un discurso filosófico que no es nada más que la ampliación de la categoría hegeliana del “Reconocimiento” (“intersubjetividad” o “principio de reciprocidad”) a nuevas formas de socialización de los estratos “liberados” dentro del orden “dominante”.

Se autorreconocen explícitamente como teóricas de un “marxismo cultural” al que corresponde la cita que entresaco, a título informativo, de una “jugosa” polémica que a mediados de los años 90 mantuvieron las dos citadas Fraser y Butler a propósito de “la lucha de clases según lo material y lo cultural”, conflicto interno al viejo marxismo. Es evidente que el nivel intelectual de la clase política, académica y mediática españolas no permiten semejante “tour de force”:

La distinción normativa entre injusticias de distribución e injusticias de reconocimiento ocupa un lugar central en mi marco teórico. Lejos de relegar a estas últimas en la medida en que son «meramente culturales», trato de conceptualizar dos tipos de ofensas iguales en cuanto a su importancia, su gravedad y su existencia, que cualquier orden social moralmente válido debe erradicar. Desde mi punto de vista, la falta de reconocimiento no equivale simplemente a ser desahuciada como una persona enferma, ser infravalorado o recibir un trato despreciativo en función de las actitudes conscientes o creencias de otras personas.

Equivale, por el contrario, a no ver reconocido el propio status de interlocutor/a pleno/a en la interacción social y verse impedido/a a participar en igualdad de condiciones en la vida social, no como consecuencia de una desigualdad en la distribución (como, por ejemplo, verse impedida a recibir una parte justa de los recursos o de los «bienes básicos»), sino, por el contrario, como una consecuencia de patrones de interpretación y evaluación institucionalizados que hacen que una persona no sea comparativamente merecedora de respeto o estima.

Cuando estos patrones de falta de respeto y estima están institucionalizados, por ejemplo, en la legislación, la ayuda social, la medicina y/o la cultura popular, impiden el ejercicio de una participación igualitaria, seguramente de un modo similar a como sucede en el caso de las desigualdades distributivas. En ambos casos, la ofensa resultante es absolutamente real”. (Nancy Fraser, “Heterosexismo, falta de reconocimiento y capitalismo: una respuesta a Judith Butler”)

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La libertad carnavalesca del último hombre civilizado. El constructivismo moderno, la descabellada idea de que la naturaleza de las cosas no existe y de que todo debe llegar al ser, a existir como producto de la voluntad subjetiva del hombre para ser reconocido como «obra propia» (algo que ni siquiera tiene sentido en el terreno del Arte), principio que está en la base del Estado, la ciencia y la técnica modernas, cuando se traslada al campo de juego de la «identidad» y la relación del cuerpo/espiritu del hombre consigo mismo, produce monstruos, los mismos que ha llegado a producir en esos otros campos de la actividad humana.

Las ideologías de género, toda esta discusión bizantina, apunta al corazón de lo que subyace a la forma como la Modernidad entiende su relación con lo dado de una naturaleza concebida como lo opuesto a la infinita libertad del hacer subjetivo. Es la forma extrema del nihilismo destructivo que es consustancial a todo constructivismo mundano.

Ahora bien, en la España actual todas las ideologías decadentes de la Posmodernidad, que exacerban esta concepción de fondo, son ideocracias faccionales de Estado introducidas muy superficialmente en los medios de comunicación de masas y tratadas con no mucha mayor profundidad en los ambientes académicos. Son ideologías-pseudosaberes disciplinarios de importación, de ahí su aire extravagante y ajeno a toda tradición de pensamiento autóctono.

Vivimos en una civilización en estado terminal, de manera que la sintomatología de las aberraciones forma parte de una vida que, abandonada a sí misma, sin criterios de valoración, sólo puede satisfacerse con esa forma de libertad carnavalesca, porque no otra cosa se nos presenta ante la «licencia» que un sistema social desestructurado puede conceder a quienes padecen los rigores de las carencias y privaciones de libertades tal vez más sustanciales.

El homúnculo occidental va camino de convertirse en un ser asexuado y hacia esa dirección señalan todas estas distopías antropológicas con las que las legislaciones de los Estados decadentes se solazan.

Basta leer a Suetonio para entender que cuando el Emperador es un viejo degenerado, las vestales abandonan el templo, los senadores se ponen coloretes en las mejillas y los niños acarician a sus hermanas sin pudor…

128

Ética y orines. Observo la moda de los lacitos de colores para señalar que uno se hace cargo del “dolor” de las víctimas de este mundo tan cruel, imperialista, capitalista y machista… mientras en una terraza junto a las playas del Mediterráneo se pone morado de langostinos con cargo al presupuesto, es decir, subiéndose a la chepa de los impuestos pagados por los mil euristas de todos los mercadonas y mercadones y mercadillos de este mundo.

Hay huelgas orgánico-estatales de funcionarios/as exclusivamente convocadas para humillar a esta pobre gente y marcarles con la indigna condición de trabajar bajo sueldo en contratos privados y libres. El privilegio de clase no lo es si no se muestra como ofensa de superioridad incondicional por estatus a la vista perpleja del mundanal gentío.

No se necesita a un teórico hiper-intelectualizado del nihilismo epocal, no hace falta ni siquiera leer a Nietzsche, a Heidegger, a Cioran ni a nadie para entender la lógica de este mundo de hombres-sombra.

Cuando los hombres se ponen lacitos en la solapa del traje para indicar su identificación con algo, es que no tienen nada propio en la cabeza para afirmarse. Lo que les cuelga, literalmente, les cuelga y nada más. Lo sobrante del hombre es el símbolo de su diferencia superflua.

Quiero decir que, cuando los hombres no se “producen en escena” ante otros hombres a través de sus propias señales, incluso olfativas, el olor a orín mezclado con Hugo Böss de cien euros siempre es indicio de una virilidad apocada, a diferencia de los lobos de raza, porque ya no tienen nada que los acredite y valide como hombres.

El pensamiento libre es al hombre lo que el orín es al lobo para reconocer a los suyos.

Y como las mujeres tienen un sentido del olfato más desarrollado y huelen de lejos la cobardía y el sonrojo en el hombre que mana de su ser calostros de leche regurgitada, pues eso mismo:

El futuro tiene nombre de Mujer”…, o de Drag Queen”, es lo mismo.

129

La belleza del español americano. Los únicos patriotas desinteresados, cultivados y autoconscientes que quedan en esta España tan empobrecida en el espíritu como ahíta del vino peleón de la política bajo el Régimen del 78 son los viejos españoles del Ultramar.

Aunque ya era evidente la superioridad del hablante culto hispanoamericano en comparación con el rarefacto español peninsular, lo pudimos comprobar con vergüenza y orgullo cuando leímos a los grandes escritores hispanoamericanos del siglo XX como si fueran nuestros clásicos redivivos. Obsérvese que lo sintomático de una degeneración moral y política, como ésta tan aniquiladora que padecemos en el ámbito cultural, se introduce silenciosamente sobre todo en la perversión y desuso sistemático de la lengua.

El español sólo puede escucharse y leerse sin enrojecer entre hispanoamericanos, de quienes tanto hemos aprendido los que amamos y cultivamos nuestra lengua. Sí, son los últimos patriotas españoles, porque los de la península ya hace tiempo que abandonaron tales ínfulas, so pena de la máxima descalificación de sus “conciudadanos”.

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Opinión publicada… a medias. Adviértase bien hacia dónde se dirige siempre mi crítica “literaria” a toda tentativa de emulsionar la mini-opinión “conservadora” o “liberal” de la derecha sociológica: no se puede hacer la masa a medias, con grumos y exceso de sal, hay que hacerla comestible y para ello hay que ir hasta el final del proceso si se quiere comer un buen pan candeal.

La opinión crítica conservadora me recuerda demasiado aquella “escena” de Gila en la que el cómico afirma que fue ayudante una vez de Sherlock Holmes y ambos se dirigieron en sus pesquisas a un hotel donde, al parecer, se había ocultado el sospechoso, cuya paciencia agotaron haciéndole observaciones, cuando se cruzaban en el pasillo, del tipo “alguien ha matado a alguien…”. Y claro el hombre acabó confesando la verdad por hastío.

Pues bien, en la mejor opinión publicada estamos atascados y estancados ahí: todos sabemos lo que está muerto, quiénes son los culpables, pero cuidado con decir en voz alta nada referente a las verdaderas causas de la muerte, y por supuesto me refiero a la muerte de la sociedad española, a la muerte de la Nación política española y a la muerte en ciernes del Estado que aún los cobija, agujereado de goteras…, pero con tronío e ínfulas de Gran Señor….

Si queremos hacer “crítica neoconservadora”, o algo así, de la “Civilización occidental decadente”, hagámosla, es legítimo, pero con otra inspiración y con otra perspicuidad.

Allá por el año 1987, segundo año de mi estancia como estudiante de Filología en una Granada todavía no hollada por la infame turba turística internacional, sexto año de la era felipista y noveno desde la Fundación del “Nuevo Estado Español de 1978”, conseguí por azar encontrarme con un libro titulado “Las ideas de la Nueva Derecha francesa”, publicado por la Editorial Laberinto, de Barcelona, libro que durante un tiempo se convirtió en mi “vademécum” personal, manoseado y leído hasta oscurecer sus páginas malamente traducidas de un francés más que elegante.

Me gustaba su portada en la que aparecía una Estatua de la Libertad explotando en mil pedazos: esa imagen, por sí sola, me causaba un placer indefinible.

Hay fenómenos universales y de época en toda Europa.

Los conozco muy bien desde mucho antes de que a nadie interesaran. La mentira institucional no es necesaria donde la tradición política nacional no está rota, quebrada por el fenómeno de una guerra civil irresuelta y las dos formas políticas de organización que le han seguido, cada una a su manera un modo de no responder a los problemas planteados.

Hay que calibrar los problemas de civilización generales y comunes a toda Europa (demografía, natalidad, inmigración, pérdida de referencias culturales y herencias simbólicas, progresión ciega de un estatalismo nihilista, impotencia militar, pérdida de las capacidades creativas innovadoras y un largo etcétera) y los problemas resultado de una historia específica como la española.

La afirmación es dura. En otras partes se vive en la literalidad de la Modernidad, sin secuencias con subtítulos. En España, además de la dimensión epocal común, hay un serio, gravísimo problema: la mentira institucional es el Poder mismo y todo Poder basado sobre una mentira de tal envergadura no puede sino convertirse en una amenaza ominosa para la vida civilizada.

Todos los extranjeros, franceses o ingleses, que he conocido en mi ámbito, con un poco de conocimiento de lo que sucede en España, se quedan perplejos, no entienden nada, y yo les digo que los españoles tampoco entienden nada, pero aprueban todo cuanto les sucede, y entonces es cuando la perplejidad se convierte en pasmo y boca abierta durante varios segundos de silencio embarazoso.

El desorden español no es descriptible bajo categorías heredadas de cualquier descripción teórica o histórica. Nuestra miseria es tal que no tenemos derecho a la abstracción, la referencia erudita y las teorías enjundiosas, válidas quizás para los privilegiados de la Historia, no para sus pajecillos y otro lumpen servil. Ya incluso Trevijano nos pesa como la losa que cubre nuestra tumba mucho más que la suya.

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No confiéis jamás ni en el parte meteorológico. La información es producción de realidad, manufactura industrial y serializada de una realidad inexistente. La “producción de realidad” es uno de los motivos más desarrollados por la mejor crítica de la cultura de masas, uno de cuyos pivotes es “la información”, una categoría demasiado a menudo muy groseramente analizada y descrita.

La información no tiene nada que ver con la verdad, ni con la realidad, con la objetividad o el conocimiento, no digamos ya con ninguna forma de “racionalidad comunicativa” que posibilite el ejercicio de esa idealizada “comunidad de diálogo” en que la concepción socialdemócrata de Habermas ha venido a hacer coincidir la “democracia realmente existente” en Europa.

La información es una relación social instantáneamente consumida a través de la cual el conocimiento de lo real queda en suspenso y es sustituido por todo aquello que forma el espesor de las fantasías y deseos de los destinatarios: la información, cualquier información, desde “la política” en los telediarios hasta las crónicas deportivas en directo, desde las tertulias hasta los documentales, todo es un proceso de mitificación, automitificación publicitaria de toda una sociedad que sólo así puede mirarse al espejo y “comprenderse”, puesto que hoy nadie tiene una experiencia directa, personal, reflexionada y pensada con la realidad.

La información no es la representación de la realidad por los signos (palabras, imágenes) sino su sobreseimiento por el Código mismo de la Información: algo, lo que sea, debe ocupar el lugar vacío del sentido social y político desvanecido. La información ocupa ese vacío, pero no lo colma. Hoy toda verdad, incluso la más cotidiana y trivial, debe pensarse precisamente contra la “información”.

Algunos los percibieron ya hacia 1900, a través de la observación de la vida cotidiana trasformada por la Revolución industrial en las grandes ciudades europeas y americanas.

Nietzsche fue el primero en verlo hacia 1870-1880: ya la lectura del periódico como hábito burgués significaba un profundo desarraigo, una dependencia enfermiza de un tiempo reducido a actualidad e inmediatez sin fondo.

Simmel reflexionó mucho sobre el cambio cualitativo de la percepción sensorial del entorno y la afirmación de la abstracción y el cálculo como modelo de una relación social dominada por lo económico en grado superlativo: no se recibe nada del mundo significativamente socializado que no haya sido filtrado de antemano por algún tipo de abstracción.

Benjamin lo observó en las técnicas de reproducción de la imagen en la primera cultura de masas en los años 20 y 30 del siglo XX: la estética del “shock” del tráfago mundano acelerado en las ciudades exige modalidades muy específicas de comunicación y difusión de la cultura, una cultura que desde entonces sólo es “imagología”, como demuestra la experiencia del arte desde las vanguardias.

Se pasó de una cultura de la palabra escrita y oral a una cultura de la imagen en apenas una o dos generaciones. Pero una imagen por vez primera serializada, reproducida y destinada al consumo, no a la enseñanza e ilustración de masas, como había sucedido hasta bien entrada la Modernidad.

Toda la teoría de la “industria cultural” a partir de Adorno gira sobre los mismos motivos, con el añadido ya muy desgastado de la “alienación” marxista de la pobre conciencia humana bajo el capitalismo monopolista.

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El Estado de Partidos español mete la figura del enemigo exterior en casa. Los romanos, pueblo de extraordinaria sabiduría política, distinguían entre “inimicus” y “hostis”: el enemigo privado, como adversario, dentro del propio orden social y el enemigo exterior, extranjero, que venía “de fuera”.

Estas claras nociones pierden sus perfiles nítidos cuando “lo ideológico” se convierte en el campo de lucha partidista y faccional como coartada para apropiarse de los poderes del Estado y volverlos contra una de las facciones contendientes. Ya las guerras confesionales de religión dentro de un territorio “nacional” en el sentido de los Reinos bajo los nuevos Monarcas Absolutos y Príncipes modernos apuntan a una grave quiebra que luego se reprodujo en términos sociales de ideologías secularizadas.

Ahora bien, sucede que en el contexto contemporáneo, al surgir las luchas de clases promovidas desde las posiciones de izquierdas en el ámbito primero puramente económico, luego social y finalmente político, la forma y contenido a través de los cuales se experimenta la percepción de la “enemistad” cambia muy sustancialmente. La designación del “enemigo de clase”, del enemigo “ideológico”, introduce los parámetros virtuales de toda “guerra civil”: el enemigo privado (las clases y sus ideologías pertenencen al ámbito de lo social) pasa a enemigo público (la lucha pasa a otro nivel o plano: el de la dominación instrumental de las instituciones estatales). Marx es el conmutador teórico de esta proposición en que consiste todo el mito de la “Revolución”, Lenin es su conmutador práctico y ejecutivo.

Todo esto es bien sabido gracias a los brillantísimos y profundos textos del mejor Carl Schmitt. Desde el momento en que las diferencias se plantean en el terreno de las sociedades civiles burguesas y sus configuraciones de “derechos públicos y privados” (que se legitiman “racionalmente” sobre la base de una “universalización” muy discutible de sus fundamentos y contenidos, puramente históricos y muy “coyunturales”), la apelación a lo que el Otro de la facción adversaria tenga o no derecho es un juego dialéctico que apunta a la dominación política entendida como puro agenciamiento de aparatos represivos para la liquidación o acallamiento coactivo del contrario.

Dicho en otros términos más actuales: el Sujeto Concreto de la Enunciación del Derecho (el grupo en el poder) es al mismo tiempo el Sujeto destinatario universal del Derecho, y quiere serlo de manera absoluta y monopolista, porque su aspiración es la posesión de los poderes del Estado para desde ellos “acallar” a la facción o clase o partido adversario.

Toda la lógica del periodo zapaterista es una nota a pie de página a esta forma de entender el ejercicio del poder político, que por supuesto nada tiene que ver con la “democracia formal” y sí mucho con las formas de dominación en los Estados de Partido único, que en la España actual reproduce unas condiciones de dominación muy mejoradas, debido a las altas prestaciones que la ficticia “pluralidad” de partidos estatales introduce en el juego posicional.

Si este juego dialéctico se traslada al campo de las normaciones éticas, es decir, al vasto campo de las prácticas consuetudinarias, ahora deconstruidas por el puro positivismo normativo, como sucede en la actualidad, la lucha toma un nuevo cariz, y toda nueva apelación a las libertades y derechos presenta en realidad una simple veladura de una “voluntad de poder” faccional.

Los Estados de Partidos funcionan a gran rendimiento a partir de este tipo de planteamientos, dado que en esta especie estatal peculiar, las libertades no están sostenidas por la Libertad política colectiva, sino que son puras donaciones “gratuitas” de derechos revocables sin ningún fundamente real en un verdadero Sujeto o Grupo Constituyente que haya “creado” las condiciones de esa libertad.

Todo el que quiere dar un contenido sustancial, definido y delimitado a cualesquiera de esos derechos en realidad quiere erigirse en tal Sujeto constituyente, aunque para ello tenga obviar una parcialidad que expulsa a gran parte de la opinión social.

En esta clase de regímenes de partidos estatales además las luchas ideológicas son ficticias porque no ascienden desde las genuinas fuentes de las inquietudes espontáneas de la sociedad civil sino que son puestas en juego por artificiosas y burocracias profesionales de estructuras partidistas, por completo desligadas de tal sociedad.

En España hoy no puede entenderse nada de lo que sucede en la esfera de lo público-político si no se concibe la forma desarraigada, ahistórica, antinacional y antipolítica de la conciencia social y su fraudulenta reproducción partidista.

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La Forma de Gobierno, lugar estratégico de la lucha ideológica actual.La organización de las formas de gobierno, los sistemas de gobierno en su terminología más clásica, es un fundamento esencial en la estructura política de un Estado. Y, al decidir por una u otra forma, se determina la existencia o no de una verdadera democracia”. (Javier Castro Villacañas, “La forma de gobierno es más importante que la ley electoral”, DISIDENTIA, 17 de marzo de 2018).

Ahí está la clave del asunto. Los inspirados por Trevijano hacemos la opción del sistema de gobierno presidencial, supongo que cada uno por sus razones. En mi caso, está muy claro que la relación entre el Estado, como puro aparato procedimental, técnico, administrativo debe estar fuera del control permanente de los partidos, por lo que la única salida histórica es una forma de gobierno presidencial con unas características muy específicas adaptadas a la situación española, que es la única que debe dictar esas condiciones formales y no ninguna imitación de modelos extranjeros.

La experiencia del Régimen del 78 ha concluido y ya no sirven subterfugios: el Estado ha intentado y sigue intentado destruir a la Nación a través de uno partidos que, como tercero en discordia, necesitan, para subsistir como organizaciones burocratizadas de poder, apoderarse del Estado y neutralizar a la Nación.

El proceso secesionista no tenía otro sentido y respondía a esta lógica inmanente al funcionamiento de los partidos, dada su posición intersticial entre Estado y Nación, entre pura administración y sociedad civil administrada.

La discusión sobre el “parlamentarismo”, incluso reducida a la pura técnica de elección del poder ejecutivo encarnado en el Gobierno como factor estratégico que conduce el todo funcional unitario del Estado, no es anecdótica, es de hecho una cuestión de una profundidad que todavía apenas se ha planteado y que es la más vital para la supervivencia de España como Nación política independiente y como Nación estatalmente unida.

Porque en efecto, todos debieran saber que donde la Magistratura suprema, integrando Jefatura del Estado y Jefatura de Gobierno, limitada en mandato y revocable por diferentes procedimientos de garantía constitucional, no tiene un fundamento electivo directo, no hay en ningún sentido “democracia”, pues ésta es su definición máxima y la única posible. Y esto no es opinable ni debatible: es o no es.

El resto es “Parlamentarismo” en su versión más degradada y destructiva, la del Estado de Partidos. Pero es que jamás en ninguna parte antes de 1945 el parlamentarismo clásico de tipo inglés, modelo originario de todos los demás, fue reconocido como “democracia” por ningún teórico, sino que entonces, hasta el periodo de entreguerras, se sabía perfectamente que el parlamentarismo era una de las formas de prohibir y proscribir ya en la forma del sistema de gobierno cualquier tentativa de gobierno “democrático”, el verdadero horror de las oligarquías político-empresariales y de los grandes rentistas.

Castro Villacañas, siguiendo a Trevijano, lo explicó muy bien en su libro “El fracaso de la Monarquía”: el trasfondo histórico de la persistencia anacrónica de la figura del Rey en toda Europa entre 1789 y el presente es el impedimento que instaló la forma de Gobierno parlamentaria en toda Europa occidental, en vez de la forma democrática, por miedo a las masas controladas, supuestamente por las izquierdas obreristas, como “fuerza de choque” contra el orden social.

De ahí todas las extravagantes alianzas por la “estabilidad” entre forma de gobierno parlamentaria, monarquías y reformismos sociales varios, a cambio de la renuncia de los socialismos al mito irrisorio de la Revolución: las oligarquías de las sociedad civil y de la sociedad política aceptan todo antes que el gobierno democrático electivo directo.

Para acceder a los poderes del Estado y controlarlos, la forma de gobierno parlamentaria, reforzada e invertida por la partidocracia, es ideal.

El caso español es un objeto teórico modélico de esta verdad, que ya lo era en los años 20 bajo la República de Weimar, hacia cuyo horizonte caótico caminamos a pasos agigantados sin apenas percibirlo, por muchas señales difusas esparcidas ya por todas partes.

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El Gobierno de los Ricos y la compasión estatalizada por los “pobres”. Los ricos, y en general toda clase dominante verdaderamente capaz y orgullosa, no tiene ninguna “conciencia que calmar”. Si la tuviera, dejaría de ser aquello que le permite ser. Cuando llega a ese momento, digamos “histórico”, de evolución, es decir, cuando necesita justificarse y legitimar su “estatus”, quizás suceda que ya no es clase dominante sino otra cosa muy distinta. Muchas experiencias históricas nos lo advierten.

El futuro de buena parte de las sociedades europeas, y de la española en grado de modelo vanguardista, parece ajustarse al concepto de lo que los estadounidenses denominan “poor white trash” (pobre basura blanca).

Apenas lo advertimos entre la hojarasca bien macerada de los anuncios publicitarios, pero hoy todo nos exhorta a acondicionar nuestro grado de conciencia social a este nuevo nivel de “desarrollo estancado” que alcanzaremos probablemente en un futuro que ya está aquí. En ese sentido, hemos devenido una suerte inédita de moralistas invertidos, es decir, con buen propósito aconsejamos asumir cuanto antes, por adelantado, lo que ya somos en los nada borrosos perfiles de nuestro próximo “llegar a ser” colectivo.

Además, tenemos el buen gusto de no llamarnos directa sino oblicuamente “poor white trash”. Y, por mi parte, acepto el reto, porque parece evidente que el “eslabón débil” de la cadena forjada por el ya desmitificado mito europeo del Estado social y democrático somos nosotros, que ni siquiera percibimos lo que está pasando más allá de nuestras fronteras y cuando lo percibamos y reaccionemos, la cosa ya no tendrá solución, como tantas veces ha acontecido en nuestra historia contemporánea.

No permitamos que las clientelas electorales del Régimen hoy vigente gocen de una tranquila conciencia social tan retrasada, aquella con que el discurso melifluo y apocopado de nuestros benefactores estatales nos conforta y alivia.

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Escena de una “lucha política” nada convincente. Todo deberíar estar mal, pero todo va bien. Yo padezco cáncer de pulmón, pero tú eres terminal de colon. Tú eres un corrupto al descubierto y todo el tiempo, yo tan sólo uno cualquiera que pasaba por ahí y a quien el partido de golpe se le llenó de malas personas.

Yo soy un manirroto, tú tan sólo un desquiciado. Tú exprimes a todas las clases con impuestos confiscatorios por deleite sádico y colectivista, yo tan sólo confisco con delicadeza a todo el mundo lo que es necesario al bien de la sociedad. Yo soy un delincuente atrapado en un cuerpo de político con traje caro, tú un miserable vulgar atrapado en un delincuente con camisa arremangada. Tú mientes cuando hablas, yo miento cuando callo. Yo no tengo ideas, tú estás poseído por malas ideas.

Tú eres apolítico, yo hiperpolitizado, pero nos entendemos bien cuando nos asignamos las subvenciones por las cuotas de los votos y nos repartimos las cuotas de pantalla y las cuotas en los órganos de la Justicia y en los consejos de administración. Tú te dejas la barba por higiene y espíritu caballeresco, yo por falta de higiene y desarreglo bohemio. Todo os debería ir mal, pero todo nos va bien. Ilusos.

Todo está en su lugar cuando todo es mentira. Y hasta cierto punto la mentira es necesaria, pero la mentira política generalizada y en sesión continua es efectivamente vomitiva.

De ahí quizás que todo huela tan mal en los medios universitarios y en los medios de comunicación de masas. Y dicen que circulan muchas “fake news”, pues que rebusquen en la Constitución española, el BOE, las gacetillas autonómicas, los editoriales de prensa, los artículos de opinión y las tesis doctorales de ciertas materias especialzadas del ámbito politológico (el nombre ya horroriza).

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Reforma constitucional para “dummies”. Con un poco de buena voluntad se comprenderá esta mínima verdad histórica subyacente a tanta propaganda: para los andaluces, catalanes, valencianos, gallegos, vascos, asturianos, manchegos, castellano-viejos, leoneses, mallorquines, menorquines, aragoneses, extremos, canarios, etc, en el fondo, ya se ha llegado a un punto de degeneración de la conciencia nacional que ya parece lo mismo  ser gobernado por una corruptísima oligarquía local de partidos o por una corruptísima oligarquía “central” de partidos.

Quizás el siguiente paso sea percibir que de lo que se trata es de librarse de la presupuesta inevitabilidad histórica de que cualquiera de ambas oligarquías sea la que tenga que desvirtuar el espontáneo, libre y fluido sentimiento de una conciencia común. Lo impostado de la identidad obligada por la patrimonialización del Estado por los partidos es la causa de tanto desafuero.

Los partidos del Estado (todos sin excepción alguna), en cuanto instituciones que usurpan nuestra libertad política como españoles, constituyen la primera y última causa de un malestar que tarde o temprano tendremos que afrontar.

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Voluntad de corromperse. La corrupción española es tan rutinaria y pública que incluso sirve como campo mediático de lucha intra y extrapartidista. El régimen político español no admite otra forma de gobierno que el de las prácticas corruptas, porque en su ser le va el no poder ser otra cosa.

La política es el mal, el mal es la política. Podemos darle todas las vueltas que queramos, al final caemos en la cuenta de que tan sólo somos españoles contemporáneos vivos bajo todas las determinaciones históricas de este presente.

Y este presente es el que limita el horizonte de posibilidades del Régimen del 78. No la política en abstracto y en general sino la totalidad de las prácticas de gobierno en que este Régimen encuentra su expresión y su verdad es lo corrupto: la voluntad de corromperse presupuesta como finalidad de toda la clase dirigente (burocracia de los partidos).

Esta voluntad existe porque así se decidió en su origen que el poder vigente tuviera tal naturaleza en su funcionamiento y todo retorna a él en todos y cada uno de los epifenómenos tribunicios y policiales que se utilizan para reforzar la inconsciencia colectiva por sobresaturación hasta el límite de lo absurdo y lo esperpéntico.

La verdadera política es un arte de la más alta nobleza, cuyos medios pueden ser muy discutibles, pero al menos propone fines. Maquiavelo no ha sido apenas entendido Lo que nosotros padecemos es la traición de toda la clase dirigente, además de su explotación confiscatoria, carente de fines y propósitos más allá de la próxima vuelta de esta Rueda de la Fortuna presupuestaria de reparto de cargos y privilegios. Lo demás son “lágrimas en la lluvia” y moralina senil de periodistas, burócratas de partido e intelectuales orgánicos.

El crítico con la situación, el denunciante de la corrupción, el abstencionista contumaz, en fin, el Tersites del Régimen del 78 es necesariamente también el bufón de la Corte del último Borbón bajo su inexpresivo valido de barbas teñidas. Entretanto, ni el rubor ni la estupidez nos impedirán ejercer un juicio no desprovisto de juguetona “mala leche” castiza, a falta de algo mejor en que practicar el epigrama y tal vez exhibir una lujosa libertad perdida de vista en algún momento ya lejano… Por favor, señores, desconecten de una vez a los simuladores de ideología, conflicto y dialéctica, no sea que el piloto se estrelle con una tripulación ebria de riqueza mal adquirida y toda la clase turista rumbo a las Bahamas.

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Un “conflicto” fraternal entre Herederos del Franquismo. Siento una enternecedora piedad indescriptible por quienes creen que en la España actual hay un «conflicto político» entre el «Estado español» y la «Nación catalana» que aspira a convertirse en «Estado catalán independiente».

Si es cierto que la ignorancia está en el origen del error moral, quizás no sea menos cierto que la ignorancia está en el origen del error político que a la larga desemboca en conflicto y guerra. Nos falta un Sócrates político.

Todo lo que circula como moneda acuñada en la visión «crítica» del supuesto «Nacionalismo catalán» es un puro disparate, pues tal «Nacionalismo» no existe más que como presunción vanidosa de una Voluntad de Poder expresada en un Estado propio para que unos individuos muy concretos puedan ejercer esa Voluntad que tiene además la mágica facultad de hacer abultar innumerables peculios personales. Eso ya existe hasta en La Rioja y Murcia, y sin hacer tanto ruido mediático.

Lo único que se le puede reprochar a la clase dirigente y dominante catalanas es el bien caracterizado egocentrismo del primogénito, vástago insufrible que se cree con derecho de pernada incluso con la Santa Madre (la tierra, el territorio histórico) que comparte lecho y caricias con papá Estado (el artificial ente que administra sus recursos y que desde la instauración del Régimen con la C78 es una máquina de guerra contra la Nación histórica, cultural y política).

Detrás no hay nada psicopatológico, salvo la muy humana ambición de poder y tal vez el calambre o cosquilleo de placer que a todo Oligarca con ínfulas produce la sensación imaginaria de esa extremidad mutilada que él quisiera ver ya convertida en Estado, algo que ni una corrupción bien administrada consigue sugerirle, como demuestra el nunca bien descrito Régimen andaluz, el gemelo del catalán sin tales ambiciones, como benjamín que es de la Sagrada Familia Borbónica.

El recubrimiento «historicista» forma parte de la gran invención teórica alemana.El resto es farfolla retórica para analfabetos (austracismo puro y duro, trasvestido con las categorías  del constitucionalismo ítalo-alemán corrupto de posguerra y la argucia del “pacto territorial”), y abundan en los bandos partidistas y mediáticos contendientes, que por supuesto, no han leído nada para ganarse un sueldo público nada desdeñable.

En fin, la crítica al ««Nacionalismo catalán»» va a acabar por hacer verosímil la consolidación de la ««Democracia española»», a poco que los Grandes Rentistas del Estado se den cuenta del filón que puede ser promover una «fuerza política expansiva» de carácter ««españolista»» (?), esa burda estafa preventiva que es “Ciudadanos”.

Creo que es el siguiente capítulo de la serie que los guionistas están escribiendo. No hay nada como una narrativa y una dialéctica folletinescas de bajas pasiones y enredos familiares para hacer Alta Política delante del televisor, que en realidad es el único ser consciente, aunque puramente técnico, que sabe votar.

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A propósito de la aplicación del artículo 155 de la CE 78. «Rajoy hace todo lo que la Ley y la Constitución vigente establece». No es un asunto meramente «técnico-formal» o «procedimental».

La C78, en su pura literalidad o en otra cualquier «interpretación alternativa», típica del Derecho Constitucional italiano de posguerra, imitado con fruición en España, no habilita al Jefe del Ejecutivo ni a nadie (incluido Jefe del Estado) a nada de lo que realmente se ha llevado a cabo en la comisión de una flagrante actuación de extraconstitucionalidad. No se ha aplicado el artículo 155, es decir, directamente se ha suplantado su texto preceptivo y prescriptivo y se ha inventado otro muy distinto. El hecho de que los secesionistas catalanes no hayan empleado este argumento es clave para entender muchas cosas extrañas.

El Jefe de Gobierno español, en su ejercicio de tal, no está facultado por ese artículo para el ejercicio de la potestad «excepcional» de cesar de sus funciones a nadie dentro de los poderes del Estado y mucho menos para «disolver» un Parlamento autonómico cuya legalidad y legitimidad no derivan de ninguna otra instancia, porque un Parlamento por definición es «soberano» en un Régimen parlamentario.

Pero en España se da una anormalidad: se han inventado Parlamentos regionales sin ninguna base histórica que pudiera fundarse en una «soberanía» simbólica. Porque donde haya un Parlamento debe existir un Pueblo fundado sobre su Independencia, de lo contrario una Cámara Legislativa no tiene sentido y la C78 no reconoce ni siquiera quién es el Sujeto Constituyente del que emanan los poderes: «pueblo español» es incompatible radical y totalmente con Comunidades Autónomas, salvo si existiera un previo Pacto de Federación entre ellas y entonces cada una por separado pudiera apelar a su propio Sujeto Constituyente como «pueblo independiente» que ha decidido unirse a otros como él por sus intereses comunes.

En la España del Régimen del 78 el fundamento «austracista» del Pacto extraconstitucional secreto (derechos históricos, foralidad identitarismo estatal burocrático, regionalismo, imposición de las hablas locales, deconstrucción de la Historia nacional…) es lo que la derecha política que se dice “española” (y españolista) oculta culpando a la izquierda de ser «identitaria» y «pronacionalista», pero la defensa de la Disposición Transitoria y su inclusión en la C78, además de su alta estimación como modelo para Cataluña por Herrero de Miñón para una Reforma Constitucional es cosa exclusiva de los grupos mas «reaccionarios» que habitan, todos ellos, en los grandes edificios donde los contables monetizan la Nación española.

Hay que fijarse bien en la imposición desde arriba de una homogeneidad del discurso público. Se dice: “El Estado ha actuado automáticamente”. Una frase de naturaleza tan fetichista y vacua ya es sospechosa. Y se ponen como ostensibles ejemplos al Rey, el Motor inmóvil de esa mítica “actuación” del Estado”, y a una Judicatura que opera única y exclusivamente en una determinada línea prestablecida por los intereses momentáneos de los Partidos.

La consigna es “Salvar las Apariencias” de Legalidad, Constitucionalidad y Normalidad, cuando en realidad es eso justamente lo que falla con estrépito y eso es lo que hay que encubrir como sea, empapelando los platós de televisión de autos judiciales y demás parafernalia de la “opinión” bien consensuada de los “radicales” con nómina del propio Estado.

Nadie imagina que el propio Presidente del Gobierno de España pudiera ser legalmente imputado de acuerdo con lo que ahora se sabe sobre su actuación desde 2012 con relación al destino de los recursos del FLA, cuya desviación era perfectamente conocida por el Ministerio de Hacienda.

La falsificación de la “dialéctica” Estado/Gobierno central frente a un movimiento “secesionista”, que es también y nada más que Estado/Gobierno en su dimensión territorial autonómica, es todo lo que se está escenficando para una opinión que jamás ha entendido nada, porque no es más que el reflejo pasivo de una propaganda de usar y tirar.

No hay nada secreto, no hay cloacas, no hay acuerdos secretos, no hay planes estratégicos ni de contingencia. El Régimen se ha exhibido en su esencia de impunidad y coalescencia de grupos estatales, se muestra en lo que es y ha sido siempre: una mamarrachada protagonizada por unos patanes que manejan los cargos del Estado en todos sus niveles.

El miedo sobrecogedor no confesado al fracaso del proyecto reformista, la inconsciencia y la incultura política profunda de todos ellos, el hecho de que, a poco que piensen en serio por un momento, sospechen que el destino carcelario de los “secesionistas” pueda ser un día no muy lejano el de todos ellos, ese extravagante “Memento mori” que persigue a todo Poder, y mucho más al carente de fundamento y legitimidad, eso es lo que tal vez resulte conmovedor entre una gente que nos conduce colectivamente a una catástrofe día a día sepultada por un anecdotario que ya no logra ocultar la verdad de su traición y su incompetencia.

140

Extraño suceso judicial no identificado. La decisión del juez alemán sobre el delito de rebelión imputado a Puigdemont es una jugada más sutil de lo que se imagina.

El Gobierno y el «Estado» del Régimen español, por supuesto, no van a cortar en carne propia, es decir, no van a procesar ni condenar realmente a los secesionistas, como no se ha condenado a todos los Consejos de las Cajas de Ahorro, como no se ha procesado y condenado a los expresidentes de la Junta de Andalucía, como nadie ha pedido cuentas a Pujol, antes a González o ahora al Jefe y beneficiario primero y último de toda la corrupción interna de un partido como el PP.

La jugada consiste, como siempre, en «delegar» en un tercero la «responsabilidad» de asumir una decisión, porque ésta no puede tomarse abiertamente en España: la absolución implícita y nunca declarada del movimiento secesionista es el objeto secreto que se debate en los círculos reales del Poder.

Toda la algarabía y alharaca sobre Alemania es puro ensimismamiento inducido en una opinión artificialmente creada.

El Régimen español no va a juzgarse y sentarse en el banquillo a sí mismo: el Gobierno alemán debe echar una mano.

Dentro del Régimen nadie se cree lo de la Rebelión y la Sedición (porque todas sus instancias formales e informales conspiraban en el mismo y único sentido de la Reforma constitucional tal como se declara en el documento muy explícito de los Catedráticos de Derecho Constitucional del 20 de noviembre de 2017), pero a algo «legal» y «constitucional» había que acudir en la lucha, por primera vez abierta entre facciones estatales de un mismo Poder político compartido, para pararles los pies a los precipitados y demasiados ambiciosos.

La impureza de los conceptos jurídicos delata la suciedad de las intenciones políticas.

La gente habla como si cuanto vemos ante nuestros ojos encajara con alguna normatividad y alguna excepcionalidad.

La ignorancia sobre el funcionamiento del Régimen español se la pueden permitir los que creen en los telediarios y leen maquinalmente la prensa panfletaria, no las personas observadoras, críticas y formadas, entrenadas en esta grosera mentira diaria que nos suministran como adormidera desde aquella adolescencia mía en que se ejecutó al ««pueblo español»», una vez más, con el referéndum sobre la OTAN.

Véase sino el siempre jugoso juego dialéctico entre el discurso autodenigratorio que promueven las instancias del poder cultural y mediático del Régimen y las poses casticistas del victimismo que las replica.

Todo es un «bluf», a la vez trágico y desternillante. Quienes han vivido toda su vida adulta en la mentira carecen ya de sensibilidad para percibir la verdad de la muy peculiar forma de ejercer el Poder que padecen.

Por cierto, el ensimismamiento en prejuicios es siempre en toda sociedad preludio de lo innombrable: el miedo a la violencia del Poder sólo puede conjurarse a través de la violencia de quien lo padece contra el Poder.

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Juego de sombras chinescas. ¿Qué se oculta detrás de Albert Rivera? Es evidente. Discursivamente, nada o casi nada. Materialmente, Criteria y el resto de la organización empresarial dominada por este grupo. Electoralmente, la vergüenza desvergonzada de los avergonzados. Ideológicamente, lo que sea. Políticamente, lo que sus comanditarios le permitan. “Derecha moderna”: por supuesto, como el nuevo envase de Coca Cola “Coke”. Un universo mental tan apolítico y desnutrido como el de las clases medias españolas más o menos acomodadas no pide más. Tal vez, menos azúcar, tal vez menos gas…

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Una chabacana sensibilidad civil y política. La percepción expresada en el discurso político español más elaborado (?) de los círculos que dentro del Régimen del 78 no dejan ni dejarán de postular la “vía negociada” al supuesto “conflicto catalán” es una percepción tan artera como desvergonzada.

Lo sorprendente es la total pobreza conceptual (“democracia liberal”, como dicen los gacetilleros de la derecha periodística, Cacho, Jiménez Losantos, Pedro J y el resto de los “reformistas” mediáticos: qué izquierda tan consensual… con una derecha tan “reaccionaria”), la impostura moral, la mentira política convertidas en Discurso público reconocido que circula en los propios medios de comunicación financiados secretamente y mantenidos por un reducido Club de Grandes Rentistas.

Ahora bien, sucede que el Discurso contrario, el de la “defensa” de España, la “democracia” y la Constitución de 1978 dice exactamente lo mismo desde el otro punto de vista permitido por el Régimen: el del “constitucionalismo”, que los secesionistas y sus ideólogos de muy variado pelaje tachan de “Nacionalisnmo español” (los intelectuales orgánico-académico-mediáticos: los hay hasta financiados por los March o los Del Pino “e tutti quanti” del Gran Mundo Invisible, además del incombustible y omnipresente Fainé, el gran “Capo dei Capi”, siempre en la sombra).

Ambos discursos se retroalimentan y se consolidan en su mutuo vacío referencial y en sus ficciones intercambiadas como golpes bajos en esta pelea de gallos sin espolones y que en realidad ponen huevos de serpiente: la lucha por la Hegemonía dentro del Estado patrimonializado por el bloque oligárquico se traduce en “Nacionalismo”, da igual lo que esto quiera significar, pero desde luego nada tiene que ver ni con Cataluña y España como “cosas reales” sino con la imagen que el Régimen produce de ellas desde sus peculiarísimas condiciones de poder, anómicas y perversas.

En España la lucha interna entre los Privilegiados de Clase y Jefes de Partido se expresa y solapa con la lucha entre Señores Territoriales (qué casualidad, son los mismos). Ambos discursos afirman la “democracia” como “realmente existente” para referirse a sus actividades delictivas y propagandísticas.

A partir de ahí, todo está por desbrozar en este “psycothriller” en el que, si algo hay, es una total carencia de ideas positivas sobre lo que sea.

La miseria del pueblo español, la gran miseria moral, está en su chabacana sensibilidad ante los enigmas de la vida y la muerte.”

Yo, siguiendo a Valle-Inclán, quiero añadir que esa miseria moral es extensible a un orden mundano más trivial: el de las relaciones de poder dadas, más que nada porque “los enigmas de la vida y de la muerte” pueden o no llegar a experimentarse en función de cómo organizan los hombres sus vidas en el plano colectivo: es decir, qué grado de libertad son capaces de imponerse como ideal normativo.

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Efecto purgativo de la crítica política. La generación de nuestros padres fue obligada a elegir entre el esperpento y la tragedia. No le dieron opción para la libertad. La tragedia ya la conocían de primera o segunda mano. El esperpento se les presentó como lo que era, pero todo el mundo cerró los ojos a cambio de las migajas de un mediocre bienestar. Así que ahora, yo, hijo del deshonor y la mentira forzadamente aceptada, gloso el esperpento y le pongo acotaciones, sabedor de que la obra en realidad no tiene ninguna gracia. Pero su efecto purgativo es necesario.

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Hombres e instituciones. Las verdaderas aristocracias históricas no se dedican a menesteres tan burdos y envilecedores como el gobierno de los hombres, o al menos no exclusiva y prioritariamente. Su terreno es el arte, la estetizacion de la vida y la muerte. El poder político, cuando es verdaderamente aristocrático, es una sublimación de valores morales que a nosotros nos harían palidecer o enrojecer. Que yo sepa sólo Nietzsche ha expresado algo profundo sobre este asunto, que no compete ni al pensamiento político ni a su degenerada bastarda, la llamada «ciencia política».

Según la naturaleza del espíritu de cada hombre y de cada cultura se gobierna. Gobernar un pueblo guerrero es noble, gobernar un pueblo de comerciantes es trivial. No es lo mismo gobernar Roma que gobernar Cartago. El valor de un gobernante y de un sistema político lo determina a priori la condición espiritual y material de un pueblo.

Fijémonos en la generación española de nuestros padres. Bajo Franco, incluso oprimidos y humillados, eran gente decente, honesta, cumplidora de su palabra, tenaz, orgullosa y hasta valiente. Hoy los mismos hombres, nosotros, sus hijos, somos viles, cobardes, oportunistas, parasitarios, serviles, amorales y mentirosos. Casi parecen que nos han clonado con material genético de Falstaff, aunque el laboratorio de genética aplicada de la C78 se olvidó de la agudeza y profundidad del personaje shakesperiano.

Somos los mismos hombres bajo formas institucionales de gobierno muy distintas en sus principios normativos.

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¿Se piensa como se vive o se vive como se piensa?”. Se intenta focalizar al culpable de la “debilidad occidental”. Gran tarea que requiere un trabajo hercúleo del que todo el mundo se siente capaz.

Sin duda, cuando se encuentra una palabra, todos respiramos aliviados. Llamémosle “socialdemocracia” al culpable, pintémosle con tintes caricaturescos (el objeto tampoco da para más, de suponer su existencia empírica observable). Volquemos todo nuestro sentido de la indignación en tan vituperable objeto.

¿Qué se resuelve y consigue con un loable trabajo de “inquisición ideológica”? Nada, porque sigue habiendo una inmensa “X” donde hemos escrito “socialdemocracia”. Nadie debería hacerse ilusiones sobre este tipo de exorcismo “crítico”. Como cuando la izquierda afirma ritualmente: “El capitalismo o el neoliberalismo o la globalización tienen la culpa”. Invertir el enunciado y cambiar el sujeto de la imputación no cambia el carácter fraudulento de la operación intelectual, por mucho que cambiemos sus atributos y las causas de la imputación.

Entrando en materia, lo que ha sucedido respecto a todo lo relacionado con la inmigración, la integración de las minorías, el paternalismo estatal, el menosprecio dogmático y autosatisfecho de unas “tradiciones” y “costumbres” europeas (?), todo este discurso del resentimiento defensivo invertido desde la derecha del discurso del resentimiento ofensivo desde la izquierda olvida un hecho capital: el hecho de que bajo determinadas circunstancias históricas, las opciones de actuación colectiva son muy limitadas. Respecto al acontecer no hay optatividad.

En la escena pública occidental hay sólo lo que puede haber y nada más. La Europa de después de 1945 era el resultado de heroísmos trágicos, de un largo desangramiento material y espiritual de 30 años durante ese periodo que el historiador Ernst Nolte bautizó con buen juicio como el de la “guerra civil europea”. Esa “socialdemocracia” pasaba por allí y se le hizo responsable de gestionar los desechos históricos y los escombros morales. Y eso es lo que ha hecho.

Como comisarios políticos que son del capital europeo refundido y superviviente, sus estrategias son las que son: una Europa vacía, subalterna, desarmada, vencida, humillada, desmoralizada que ni siquiera sabe que lo está, es el objeto ideal para un tipo de dominación que, de todas maneras, no podría ser algo distinto de lo que es. Esa misma Europa vacía, subalterna, desarmada, vencida, humillada y desmoralizada es la que vive los atentados islamistas comiendo palomitas en un cine de gran superficie y cada uno se felicita de no estar entre las víctimas.

¿Alguien se cree en serio que de esa Europa, que acumula 70 años de felicísima automarginación histórica, puede salir algo distinto de la “socialdemocracia” o como quiera llamarse a lo encargado de gestionar un mundo espiritual devastado, a una sociedad civil muerta, a unos pueblos históricos que dejaron de serlo?

Se vive como se piensa, es decir, de cualquier manera.

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El hombre es la indumentaria o el hábito sí hace al monje”. Es bien conocido, la documentación filmográfica lo muestra, hacia 1977-1979, las chaquetas de pana “nacional-sindicalista” de los líderes del PSOE hicieron furor entre las clases medias.

Trasmutados alquímicamente, sin Merlín de oficio, por trajes elegantes que disimulaban el buen corte con adventicias tallas superiores o inferiores, si bien en los ochenta, y sobre a principios de los años 90, los jefes de la izquierda política, que no social, ganaron bastantes kilos de más, en el cuerpo y en otras partes, y en consecuencia hubo que reacondicionarlos y hasta sustituirlos, como a los maniquíes tan admirables de “El CORTE INGLÉS”.

Y henos aquí que de repente aparecen en escena, o en el escaparate de la “boutique”, la crisis “social” lo manda, las camisas abiertas de “Al Campo” de tonos deslucidos y tejido indefinido, ahora los personajes posan remangados (viejo estilo falangista inconfundible en la indumentaria de los “nacional-charnegos” de última generación…) y las cámaras, estudios de televisión, inclusos sedes parlamentarias ilustran este ilusionismo de lo indumentario a que ha quedado reducida la significación política, sustituida por los significantes “de clase” (política institucional).

La próxima generación de políticos-burócratas de partido vestirá como los Altos Cargos del “Big Brother” en la película “1984”: los distintos colores del “mono” de trabajo en la fábrica indicarán los grados y niveles en el escalafón de la “Nomenklatura” española.

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A cada uno según su capacidad de desnacionalización”. Las izquierdas españolas durante la Segunda República y en la Guerra Civil podían definirse como “nacionales” si “nacionales” significa que su “proyecto” se dirige uniformemente y abarca a la totalidad de la Nación política, manteniendo su unidad y su identidad.

Lo desnacionalizador servil“ (“charnego”) es una excelente categoría para describir un estado de enajenación profunda de una sociedad desvinculada de su pasado, incapaz de enfrentarse a él sino es mediante recurso míticos, como le sucede a la sociedad española actual.

La izquierda, o lo que se hace pasar por tal (conozco y comparto la tesis de Trevijano sobre el hecho de que en un Estado de partidos de carácter profundamente oligárquico y reaccionario no existe una verdadera izquierda social sino sólo un remedo estatalista al servicio de la alta finanza) es calificable como “charnega” porque su estatalismo lo transforma en voluntad de destruir los residuos de Nación política y por ello todo su discurso directo e indirecto lo centra en el antifranquismo, a través del cual encubre su verdadero proyecto, que no es otro que alcanzar una especie de Estado Confederal (por supuesto, otra ficción, pero es ideológicamente operativa) en que cada territorio absorba la totalidad del poder ejecutivo.

El proceso ya está ampliamente desarrollado y sólo queda rematarlo. La burocracia política residual del PSOE, esclerotizada incluso en sus territorios más clientelares y corruptos, ya sólo representa un obstáculo en este camino. Por eso en buena medida ha aparecido Podemos. Es la fuerza encargada de hacer el trabajo que, debido a la encrucijada de la crisis económica, no le dio tiempo a ejecutar a Zapatero y su círculo de intereses oligárquicos catalanistas.

Eso que convencionalmente se llama «izquierda» no ha tenido jamás ninguna veleidad «rupturista» de nada. Esa izquierda «sistémica», «regimental, monárquica, profundamente antiobrera, partidocratica, oligárquica, antisocial, etc, es el perfecto «compañero de viaje» de una derecha con las mismas características, a ella connaturales, pero antinaturales en una sedicente “izquierda”. Ni derecha ni izquierda saben lo que es «democracia» y sus formaciones políticas no son más que asociaciones faccionarias dentro de un Estado a su exclusivo servicio, compartido con los nacionalistas, sus hermanos gemelos, más avispados y mejor organizados. Ningún parásito mata al organismo en que se hospeda.

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Medidas profilácticas”. Bajo el franquismo se gobernó con la presunta legitimidad de la salvación “in extremis” de la unidad nacional. El grupo oligárquico que permaneció en los aparatos del Estado y en los oligopolios estatales tuvo que lavarse la cara, como ellos mismos se la lavaron a los comunistas, exterroristas estalinistas, importados del exilio como la carne argentina de vacuno congelada.

Yo no hablo jamás de “complejo de la derecha”, porque eso es suponerle una decencia moral de la que carece por completo, y no soy tan inocente como para creerme semejantes boberías tartufonescas fábrica de la marca esperancista del PP cuyo conspicuo portavoz es Federico Jiménez Losantos.

A mí nadie tiene que convencerme de qué rol juega, ha jugado y jugará la derecha heredera del franquismo: es ella la que quiso borrar su pasado con el Estado de las Autonomías, entre otras “medidas profilácticas”. Aquí de lo que se trata es de definir qué papel tiene cada facción estatal.

El PP es puro charneguismo elevado al cubo, en el sentido muy preciso en que un travestido puede ser mujer y hombre a la vez. Pero intentan disimularlo, no sea que a “las bases electorales” les dé por pensar por sí mismas, suponiendo que eso sea posible en la derecha sociológica española.

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Oligarca no come Oligarca”. En España no hay ninguna legalidad, sólo Derecho Administrativo. Ninguna legalidad puede sostenerse sobre la base de la inmoralidad generalizada, que consiste en aceptar las condiciones de vida bajo un régimen del que todo el mundo sospecha que es inmoral. La legalidad real y auténtica sólo es compatible con una alta moralidad pública y privada.

Son los personajes públicos más corruptos los que hablan de legalidad, como bajo el felipismo se hablaba de ética, y en el franquismo terminal se mentaban “las instituciones” como salvaguarda de la forma oligárquica de Gobierno. Todo es la misma impostura. Cataluña hará lo que venga en gana a las pocas decenas o centenas de burócratas que saben que son intocables, como sus conmilitones madrileños, andaluces, vascos valencianos y demás caterva.

Oligarca no come ni muerde oligarca, aunque esa inhibición o complicidad tenga como resultado la secesión o la negociación sobre sus términos pactados.

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Decisionismo por consenso oligárquico” ante la “Secesión catalana“. Subsunción de lo colectivo-público (la entidad a la vez estatal y nacional) por los Partidos, lo que quiere decir que no puede producirse situación de excepción que a la vez no sea producto del previo consenso de los Partidos para modificar su posición en el Estado. De ahí la impresión certera de encontrarnos ante un escenario de simulación sobreinterpretado mediáticamente, como corresponde al funcionamiento de ese peculiar decisionismo oligárquico, que apunta a crear la situación excepcional para a continuación proponer la situación normativa que la supere en un nuevo consenso oligárquico. Lo característico de la oligarquía como forma de gobierno es su circularidad.

Para entender nuestra situación, hay que olvidar la retórica y la fraseología oficiales, todo lo que los medios de comunicación emiten como consignas. La única realidad política es la constituida por el acuerdo implícito (“consenso oligárquico”) de unos partidos que no son nada más que ramificaciones “orgánicas” de un tipo de Estado muy específico cuyas normas de funcionamiento reales nada tienen que ver con las legales y visibles.

Al final, tras tanta divagación y politiquería chusquera revestida de retórica legaliforme, lo único que quedará claro será la boutade del bilbaíno convertida en nuevo «principio constituyente»: «Yo soy de donde le salga a mis cojones». Y cada uno, con la respectiva testosterona nacional inoculada como hormona egocéntrica, acabará siendo de donde le salga a sus cojones. No deja de resultar curioso que, a pesar de la «vacuna» del «europeísmo», los oligarcas retornen a su esencia: un cierto casticismo pasado por el posmodernismo de lo identitario en formato testicular.

Quienes legislan y gobiernan en las Autonomías son los viejos “fidalgos” sin honor, trasmutados en funcionarios de aparato de partido: los que, a falta de oficio y beneficio, se apadrinaron a sí mismos a través de un partido, señoritos huérfanos de herencia paterna pero con unas ganas no disimuladas de llegar a la vejez con un pibón amanuense, un casoplón en la costa y una cuenta saneada, a resguardo del fisco que ellos engordaron para reventar como puercos de matanza a los mismos que los aclamaban. Carne de nuestra carne mancillada…

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Amoralidad y desgobierno. “Los vicios vienen como pasajeros, nos visitan como huéspedes y se quedan como amos” (Confucio). La situación española es anormal. Se ve o no se ve. Hay quien prefiere no ver, y hay quien no puede sino ver. Y sobre todo hay quien prefiere encubrirlo conscientemente. No es asunto de grados o matices que se puedan discutir como el tono de un color, el efecto sentimental de una melodía musical o lo agradable o desagradable de un rostro.

No es un más o un menos. Se nos gobierna bajo la figura, la forma, el método de implicar a todo el mundo en la corrupción con el propósito de obtener el consentimiento y la obediencia. Es corrupta la palabra pública en su totalidad, de la que derivan todas las conductas públicas y privadas.

Hay sujetos morales y sujetos amorales, como hay sociedades bien gobernadas o mal gobernadas. En la España actual se unen los dos peores factores, los más destructivos para cualquier sociedad, algo que ya sabían los altos funcionarios confucianos en la antigua China de los emperadores: los sujetos son amorales y se desgobierna. Pero los sujetos se han vuelto amorales precisamente porque se les desgobierna.

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Ideocracias para consumo de “dummies”. Conceptos históricos de relativa solvencia no tienen sentido para entender lo que se vive en España como “partidos”, “política”, “proyectos de gobierno” o “ideologías”. En el Régimen español del 78 no hay ni ha habido jamás nada de eso. Ni liberalismo, ni conservadurismo, ni socialdemocracia y ni siquiera fascismo. A ver cuándo nos metemos en la cabeza que un partido del Estado como burocracia política que vive por y para el Estado del que se ha adueñado carece por completo de inspiración ideológica alguna.

Las ideologías, como los partidos que las asumen, han sido (quizás hasta 1945), pero ya son, el producto intelectual de la creación civil libre en el seno de una sociedad no estatalizada, como lo son todas las actuales o la mayor parte de ellas en el mundo “desarrollado”. Donde no hay libertad de pensamiento, difícilmente pueden producirse discursos ideológicos, porque incluso una conciencia social falsa, o relativamente falsa, debe poder crearse y pensarse en condiciones de libertad política y civil.

Lo que los partidos venden a sus electorados, aprovechando esa negligencia de espíritu público que padecen sociedades estatalizadas, son “ideocracias”, es decir, discursos de poder de burócratas, “logos” comerciales, tópicos sin fondo, prejuicios banales, herrumbre histórica que se sirven de referencias muy difuminadas en medio de esa envolvente atmósfera hecha con partículas contaminantes de los “se dice”, “se publica”, “se comenta”, absoluta impersonalidad de la voz del Estado y sus cuerpos de políticos profesionales (no muy distintos del resto de cuerpos administrativos) que tienen el eco obligado en una sociedad indefensa, pues por el sólo hecho de vivir en ella, se reciben sin querer todas estas señales acústicas que no trasmiten nada y que simulan “discursos políticos” por parecer emitidos por centros de opinión o por instancias públicas y partidos o personalidades adscritas a ellos.

Todo lo que se publica en la prensa insiste en falsificar los datos iniciales del problema político español para conducir a conclusiones igualmente tendenciosas e interesadas en desviar la atención respecto del problema clave del Régimen: la ausencia de democracia formal.

Si ya hay una izquierda cegada ante la realidad y ante su propia definición, no contribuyamos a oscurecer las cuestiones que tarde o temprano también tendrá que enfrentar la derecha política y sociológica más allá y fuera del PP, que calculo que, de proseguir así, estará hacia 2020 en las mismas condiciones que un PSOE, que nunca ha sido otra cosa que el fraude montado por unas cuantas familias de banqueros, grandes industriales y contratistas del Estado para continuar posesionados del Estado y utilizarlo a su antojo como fuente patrimonial de ingresos.

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Desnacionalización y transnacionalización. Hay en curso de ejecución una estrategia de consolidación de la UE que consiste en promocionar aquello que parece negarla. Los partidos identitarios son parte del sistema político que intenta dar una salida controlable a un malestar real, volviéndolo inocuo. Tras este «conflicto multiculturalista» está la liquidación de un Estado-nación que es el verdadero obstáculo por salvar.

Ningún Estado europeo es ya una comunidad política homogénea sobre la que construir nada. El Islam es sólo el chivo expiatorio que permite operar la trasnacionalización europea, es decir, la extroversión al vacío.

El caso español es modélico. Frente al caso francés, alemán o británico, en España la desnacionalización precede a la trasnacionalización, por lo que no es necesario que el sistema segregue la hormona identitaria y el reflejo defensivo.

Pero en todos los casos «lo islámico», que plantea un problema real de ruptura con el orden simbólico europeo, es un factor dependiente de un dispositivo de desintegración deliberadamente usado para destruir aquello que más miedo produce a la clase dirigente europea: la puesta en cuestión de su propio poder erigido sobre la voluntad de liquidar la Europa de los Estados nacionales.

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Spanish Réquiem”. ¿Genocidio cultural? Ya se ha producido, con los pre-exterminados amontonando cadáveres de los post-exterminados. Toda la cultura “española”, la que se fabrica y vende en el mundo audiovisual, mediático, cinematográfico, literario, artístico y académico, es una cultura de auto-exterminio programado. Ni una verdad mínimamente humana que no sea una pura deyección expelida por una entidad espiritual innombrable. La categoría de “lo español” en esa infracultura es el producto de consumo para la socialización de la charnegada “ilustrada”. De hecho, esa categoría, asumida como “lo propio”, produce la imagen nada ambigua, como objetivo de exterminio cultural, de un mítico “Untermensch” español.

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«Fascistas» póstumos, orteguianos de oídas y Régimen del 78. Al final del Régimen de Franco, era difícil seguir siendo «franquista». Al menos para un andaluz, un gallego, un castellano, un extremeño, etc. Pero los vascos y los catalanes (sus élites sociales, económicas y culturales) fueron más listos. A través de su recién estrenado «Nacionalismo de Estado», institucionalizado por la Monarquía del Régimen del 78, pudieron seguir siendo auténticos «fascistas» póstumos… precisamente a través de un simulacro de «antifranquismo», que la izquierda política corrió a comprarles. En cuanto al resto del «franquismo» sociológico, se acharnegó dividiéndose entre el PP y el PSOE, y por eso los verdaderos fascistas, el nacionalismo localista, son los que realmente mandan. Permanecieron fieles a sus raíces.

Cualquier persona culta sabe qué es fascismo, qué es franquismo y qué relación existe entre uno y otro. Por lo demás, el concepto «Nacionalismo de Estado» o «Nacionalismo estatista» es un concepto perfilado con fundamento por Trevijano en sus últimas conferencias. En cuanto a «charnego», es evidente que designa la forma de conciencia política dominante en una masa social desnacionalizada, carente de una imagen positiva de sí misma, desarraigada y en el fondo indiferente a toda cuestión relacionada con su ser histórico.

Hay un hecho incontrovertible: en el País Vasco y Cataluña, la ideología dominante (y los grupos sociales que la sostienen y se sirven de ella para implantarse dentro del Estado) es verdaderamente fascista porque es una ideología constituida sobre un principio esencial del fascismo histórico realmente «existido»: un tipo de nacionalismo exarcebado, bajo coartada irredentista, que usó el poder del Estado como si Nación y Estado fuesen una unidad real, y no la fusión violenta de una comunidad «natural» y un puro artificio técnico de administración. El sistema de valores fascista es un modo de socialización de masas para la guerra. El fascismo real es una forma nihilista de agonismo.

Concibo el fascismo como un determinado tipo de nacionalización de las masas en el momento mismo en que surgen como «sujetos pasivos» de la acción política al mismo tiempo que se imponen los partidos obreros como organizaciones de clase para la toma del poder. La fascistización de las clases medias es un reflejo defensivo que pronto pasa al ataque con el apoyo de fracciones de la clase dominante. La Transición en Euskadi y Cataluña debiera ser enfocada en este sentido.

Un análisis muy acertado de este proceso se encuentra en el libro de Enmanuel Rodríguez, «¿Por que fracasó la democracia en España?», escrito desde un planteamiento izquierdista que cree ver en el nacionalismo vasco y catalán una fuerza «progresista» en tanto que «desestabilizadora» y abierta a «otra democracia posible». En realidad, sin saberlo, está describiendo un típico proceso de fascistización social y política trasvestido hasta resultar irreconocible.

Los nacionalismos vasco y catalán, tras el éxito de su nacionalización regional de las masas a ellos entregadas por el poder político heredero del régimen franquista, han entrado en la fase «expropiadora», es decir, se adentran en la tentativa de tomar el Territorio y erigirse en su Soberano. El nacionalismo estatalista es «posesivo» y «expansivo», porque esa es su lógica y su vida. En España, muchas cosas todavía no se han manifestado en la plenitud de lo que su origen contenía.

El nacionalismo estatalista es la más perfecta sublimación moral de la desigualdad dentro de una comunidad política y entre comunidades políticas. El carácter «fascista», originario, no derivado ni metafórico, del nacionalismo periférico apunta en esa dirección. No haberse tomado en serio el proceso de fascistización en Cataluña es una clave para entender la naturaleza del Régimen español, que es quien lo ha engendrado estatalmente.

El consenso sobre las nacionalidades en 1978 era un compromiso implícito del nacionalismo español, de estirpe orteguiano-falangista, obligado a disimularse, y el nacionalismo catalán, con la misma fuente ideológica de inspiración germánica, reconocido en su exigencia de convertirse en realidad «estatal» (primero autonómica, luego ya veremos) y ambos tenían en por sustrato común (de ahí la posibilidad de acuerdo permanente) una concepción voluntarista de la Nación política: la Nación es algo siempre por hacer como «proyecto, tarea, misión, deber». Como en tantas otros aspectos de su critica del Régimen del 78, Trevijano encontró la llave para abrir este “enigma español”.

La concepción subjetivista de la Nación casi por fatalidad histórica acaba pasando a las manos de los verdaderos sujetos hacedores de Naciones artificiales: las oligarquías de partido. Éstas juegan con la Nación, como juegan a su arbitrio y capricho con la riqueza, la defensa, las fronteras, la seguridad, las infraestructuras estratégicas, las pensiones públicas, la educación y los sistemas de referencias y valores colectivos.

Una reescritura del consenso, con pequeños roces de procedimiento, siempre es planteable como hecho político normal, mas aún, es el lubricante del Régimen político español: como en 1977-1978 no se constituyó la Nación política a través de la Representación para un periodo de libertad constituyente que fundase y delimitase los poderes del Estado en forma de una Constitución auténtica, ni se instituyó su Forma de Gobierno democrática, desde entonces hasta hoy, cada pacto de consenso, cada acuerdo de partidos implica en realidad una tentativa, no siempre lograda, de “proceso constituyente secreto” (el “pacto territorial” no es otra cosa, porque afecta nada menos que a la Soberanía estatal, que no “nacional”), es decir, proceso ocultado a la opinión pública acerca de la constitución interna del Estado, siempre abierta a la negociación de los poderes, entonces distribuidos entre las facciones oligárquicas, como parece haber ocurrido con la Conspiración para la Secesión catalana y la Reforma constitucional este otoño de 2017.

La evidencia de que esta descripción es certera se encuentra en el propio documento del 20 de noviembre de 2017 publicado con el título “Ideas para una reforma constitucional”, que delata en cada línea argumentativa y en cada propuesta el funcionamiento real del Régimen así como su verdadera ideología “constitucional” (“oligárquica”) inspiradora, todavía vigente, quizás con más fuerza que nunca.

Se dice muy explícitamente: “… no se trata de adoptar decisiones por mayoría sino de hacer propuestas para buscar acuerdos”.

El principio del consenso oligárquico (“el acuerdo” de camarillas que no representan más que intereses de facción, nunca un sentido mínimo de interés común o “nacional”), del que son portavoces los Catedráticos de Derecho Constitucional o Administrativo (como antes sus pares franquistas defendieron la unidad de poder bajo el franquismo y su “división funcional”), se exhibe a lo largo de todo el documento como la esencia del Régimen del 78, que por supuesto desprecia siempre toda apelación a un principio mayoritario democrático y nacional, pues el Estado y la Forma de Gobierno españoles bajo el Régimen del 78 no son ninguna de ambas cosas.

Se llega incluso al extremo de afirmar seriamente la disociación de Democracia y Constitución en el movimiento mismo en que tal disociación, defendida por los secesionistas catalanes, se niega, en un pasaje clave del texto:

“… el Gobierno del Estado ha apelado a la legalidad como instrumento de superación del conflicto, dejando desatendido el flanco político para su reconducción. El Gobierno de Cataluña, por su parte, decidió impulsar la vía unilateral hacia la independencia a partir de un entendimiento del principio democrático como criterio absoluto que permitía contradecir la Constitución y el Estatuto, esto es, pretendiendo disociar democracia y Constitución.”

Ahora bien, resulta que esta “Legalidad” no deriva de ninguna fuente legítima y ese principio mayoritario, localizado en un territorio dominado por una facción estatal de orientación identitaria particularista, es una burla atroz de cualquier idea de “Democracia formal”.

Todo el Documento, sorteando sus propios meandros y filisteísmos, se evapora en divagación hasta que llega a lo mollar, lo realmente decisivo y práctico: la liquidación formal consensuada y negociada de toda Soberanía estatal unitaria para repartirse la Hacienda pública y controlar en exclusiva la fiscalidad sobre las masas de súbditos desnacionalizados, regionalizados en una suerte de “apartheid” federal o confederal.

Véase cómo y por qué este Documento, que manifiesta a las claras y con franqueza inusitada el “programa consensuado” del ahora denunciado falazmente como “Golpe de Estado” (en realidad, una típica conspiración oligárquica de facciones dentro del Estado que controlan contra todo criterio público de verdad política democrático-formal), ha sido sepultado, olvidado, transitoriamente sometido a las cautelas sobre su publicidad y circulación.

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Revolución legal” e ilegitimidad democrática de origen. La descripción objetiva de lo que está sucediendo en Cataluña entre septiembre y octubre de 2017 no es posible hacerla con categorías, nociones y criterios rutinarios y vulgares. La represión preventiva de un referéndum es un caso de excepción ante la excepcionalidad misma del acontecimiento. Pero no se puede llevar a cabo la represión de un acontecimiento no realizado sin reconocer su excepcionalidad. La legislación de excepción no puede ser considerada como realista y ejecutable sin una declaración previa de la excepcionalidad del hecho que se intenta atajar. Ahora bien, el Gobierno no se enfrenta a una situación de excepción sino a una forma de «Revolución Legal» desde dentro del propio Estado (ni golpe ni sedición).

Cabe imaginar «ex hypothesi» una situación como la siguiente: las Cortes franquistas en octubre-noviembre de 1976 se niegan con una mayoría abrumadora a aprobar la Ley de Reforma Política de Fernández Miranda y Suárez. Las diferentes familias del Régimen franquista se alinean unas contra otras y apelan al Ejército, preparando cada una un golpe de Estado. Pero en la realidad histórica la LRP se aprobó y se evitó la realidad conflictiva sugerida por la hipótesis. Ahora bien, la LRP era de hecho una Revolución Legal. A esta luz, cabe describir tal vez el proceso secesionista catalán, haciendo verdadera la posibilidad de la escisión oligárquica apuntada.

La idea de Revolución Legal y la LRP no están traídas por los pelos. Si todo el proceso secesionista apunta en la dirección de llevar la límite de su elasticidad el consenso constitucional de las fuerzas oligárquicas participantes en el momento fundacional de este Régimen, entonces el objetivo de la Reforma constitucional sólo puede alcanzarse simulando una «crisis constitucional» mediante el instrumento de una previa Revolución legal creadora de unas nuevas condiciones para la distribución posterior del poder, cambiando incluso su legitimación. Lo que se juega es la radicalidad de esa Reforma, pues a priori ya está decidida.

Nadie, que yo sepa, se ha hecho una pregunta tan aparentemente trivial como ésta: ¿Cuál es el sujeto de la soberanía capacitado para legislar en el Parlamento de Cataluña? Desde luego, no es el mismo sujeto que el reconocido en la Constitución del 78. El poder ejecutivo y el poder legislativo catalanes no son estratos dependientes en la cascada de competencias jerárquicas descendentes del grotesco modelo kelseniano adoptado por el diseño autonómico. Lo no dicho (que son virtualmente poderes soberanos) es lo que hace creer que estamos ante una «ilegalidad». Pero si tienen fuerza para instaurar su propia legalidad, entonces son soberanos. Y ésa es la cuestión conflictiva.

Por un lado, el sujeto constituyente español no ha constituido las instituciones políticas que lo rigen desde un momento originario y fundacional de libertad política, por lo que la C78 no establece unas condiciones de ejercicio del poder con legitimidad democrática. Por ello, la C78 no es defendible en ningún caso. Por otro lado, derivado de lo anterior, la Nación histórica no ha podido trasformarse en Nación política real porque su fundación en ningún momento ha pasado por la representación política. Dos privaciones formales que definen la situación actual, que es la de conclusión lógica y el desenlace histórico de un Régimen oligárquico derivado de una Dictadura personal.

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La fórmula política: el conflicto Estado/Democracia y el lugar de la Política. “España necesitaba un partido que defendiera al Estado, entendiendo al Estado como defender la unidad y la igualdad de todos los ciudadanos, no como un mapa cerrado”. (Rosa Díez, entrevista en DISIDENTIA, 5 de abril de 2018)

Alguien que ha vivido gran parte de su vida de la política en cuanto actividad ejercida dentro del propio Estado es lógico que afirme, ya como base y presupuesto, esta monstruosidad inconsciente, que no es una cuestión menor: decir “un partido que defienda al Estado” es tanto como afirmar “un partido que no defienda a la Nación”.

Porque ésta, lejos de no se sabe qué apriorística “igualdad” abstracta y legaliforme, que es la noción que recubre la puramente formal “ciudadanía” estatal, tiene como fundamento real una Libertad, cuya captura monopolizada por el Partido, el que sea, es justamente lo que está diciendo la frase citada, a partir de lo cual ya no queda nada más que añadir.

Desde estos presupuestos, no se puede “hacer política”, todo queda viciado por la presunción apriorística de la abstracción del Estado como único Sujeto agente de la política.

Aquí se encuentra el meollo, lo más jugoso, de la profunda discusión casi constante entre Dalmacio Negro y Antonio García-Trevijano en los coloquios mantenidos en Radio Libertad Constituyente, que figuran entre lo más inquietante, apenas explicitado en el debate, del pensamiento de ambos autores: la pregunta, de vital importancia para nosotros, acerca de si es posible que exista la Política bajo las condiciones modernas en las que el Estado se ha acabado por atribuir toda posible acción política como monopolizador que es no sólo del Derecho, la Seguridad, la Fiscalidad, la Defensa y la Legislación sino también y, sobre todo, la Representación de la Nación, apropiada mediante la fórmula política (en el sentido de Gaetano Mosca) de los Estados de Partidos impuestos a los pueblos europeos desde la posguerra a nuestros días.

La contradicción entonces se relaciona con esta situación de hecho y de derecho: ¿puede ser la Democracia como Forma de Gobierno algo real y realizable allí donde el Estado se ha convertido en el único Sujeto político actuante en todas las esferas que anteriormente ponían en juego los intereses de una sociedad civil separada del Estado, tal como pareció conocerse y desplegarse en el periodo clásico del Liberalismo parlamentario?

¿No sería tal vez que ya entonces algo marchaba muy mal y el camino hacia la Democracia como Forma de Gobierno quedó cortado por la necesidad del sistema capitalista de objetivarse en la esfera política como Estado interventor, que es en realidad finalmente una de las figuras siempre posibles del Estado Total, pero en su vertiente o versión de naturaleza marcadamente antipolítica, antisocial y antinacional, según su innegable trayectoria de posguerra hasta la situación actual?

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El Partido político estatal, o el instrumento maquiavélico de la obstrucción sistémica de la democracia formal y la libertad política. El único hecho, el fundamental y decisivo, el que define y determina la verdad de la absoluta identidad de todas las fuerzas políticas que «participan» del poder político constituido, desde ETA-Bildu hasta la CUP, ERC, Mareas, Compromis, Podemos, IU, PSOE, PNV, PdeCat y, por supuesto, PP, C’s consiste en que yo las financio a todas ellas porque son partes orgánicas del Estado, y en tanto que lo son, viven del Estado y sirven al Estado. Corporativa y profesionalmente son órganos del Estado, gremios de poder, parásitos del presupuesto. Y toda la masa de sus votantes vota lo Mismo, al Estado configurado por facciones oligárquicas del propio Estado.

Quien todavía se muestra rezagado en el puro conocimiento fenomenológico de este ser-así de la realidad política española, necesita recorrer un trecho muy largo para llegar, siquiera sea al umbral, de la idea de «democracia». Si un tipo que hace las listas electorales de su partido eligiendo a sus candidatos sale en la tele y de su boca cae obscenamente la palabra «democracia», tened por seguro que os toma directamente por gilipollas integrales, pues él mismo, por su sola existencia, es la más absoluta negación de toda idea de «democracia». Benditos los puros y los ignorantes, pues el Reino de la Oligarquía de partidos los reconocerá como suyos.

El Estado, como órgano, aparato, máquina o instrumento, no puede por su naturaleza misma de Administración jerárquica, ser «democrático», de ahí la horrorosa expresión «Estado democrático», que es como decir «Ejército democrático», «Policía democrática» y cosas así.

Ahora bien, si un partido político es «estatal», entonces, por definición, allí donde tal realidad empírica exista, no puede haber un sistema político «democrático», sino tan sólo un Estado autosuficiente basado en el reparto interno de cuotas de poder.

Para que exista democracia, un partido deber ser nada más que una agencia electoral que busque a los mejores y más competitivos candidatos y no que éstos, como Jefes de Partido, se impongan a sí mismos como candidatos ilegítimos a Jefes del Poder Ejecutivo.

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Los hombres valen lo que su época les ofrece como campo de actividad creativa. Padezco el síndrome de una concepción esteticista de la Historia. Pedro Crespo, el protagonista de «El alcalde de Zalamea», esa tópica historia sobre el hidalgo español, no existió; la belleza de su contenido moral fue realizada. Pero los otros hidalgos, los verdaderos, que marcharon a América y no precisamente a sacudirse las migas de pan de la barba, sí existieron y algunos hasta rechazaron el contrato de vasallaje con el lejano rey español.

No hay progreso moral, sólo material. Y si hay progreso moral, éste se debe a las instituciones derivadas de un cierto “ethos” colectivo.

Lo comercial, que es el núcleo irradiador de la civilización, sólo cobra sentido histórico cuando es compañero subordinado del guerrero fundador de órdenes de vida. Fijémonos en lo queda del Imperio británico y en lo que queda del viejo Imperio español. O en lo que los EEUU construyen en Iraq o Afganistán. Hay pueblos que crean nuevos órdenes de vida y pueblos incapaces de ello. Los regímenes políticos operan de la misma manera. El del 78 español es una forma suprema de destrucción de la potencia individual y degeneración de la potencia colectiva: yo soy testigo y doy testimonio.

No hay ningún progreso, sólo facilidades de vida para masas socializadas cada vez más inútiles y parasitarias. Con 5 millones de habitantes, una obra literaria como «La Celestina» era conocida, leída, escuchada, admirada y seguida por unas pocas decenas de miles de oyentes/lectores. Hoy con 47 millones de habitantes, cosas inmundas atraen la atención de varios millones. La diferencia es cualitativa, no cuantitativa, ni expresable en términos de oferta y demanda.

El siglo XVI era civilizado porque no existían todavía masas mercantilizadas; el siglo XXI es abyecto, en el plano espiritual, porque produce cuantitativa y cualitativamente más basura, de la que nada quedará en la memoria humana, a diferencia de «La Celestina».

El progreso es una droga para mentes infantiles, cerebros reblandecidos y hombres que temen llegar a serlo alguna vez. Nada puede hacer soportable la condición humana.

Que al ladrón no le corten la mano, no es un progreso, es que la sangre me impide hacer la digestión. Que al violador de mi hija no lo ejecuten en la horca, no es un progreso, es que yo no tengo estómago para verlo. Que el asesino de masas o en serie, no se le descuartice e incinere, no es un progreso, sino un espectáculo que me impide ver el partido de fútbol de las 21’00 de la noche… Mi sensibilidad me hace ser tan «humano» que he dejado embarazada a mi amante ocasional, y le voy a pagar un aborto en una clínica para gente VIP.

Progreso es el nombre que en la época científico-técnica se da a todo aquello que aleja a los hombres civilizados de lo trágico de su condición natural. Ni el automóvil, ni la lavadora, ni el avión, ni la electricidad, ni la tarjeta de crédito evitan que yo muera, sufra de dolor físico, me queje de mi frustración vital, sienta el amor como fuerza irracional fuera de mi control, vea cómo pasa el tiempo desbaratando mis fuerzas, en fin, la historia bien conocida de Buda, sabiduría que inspira la renuncia al progreso material, pues el espiritual no existe.

Por eso queremos la Democracia institucional, para que sea un campo liberado a la manifestación de las potencias creativas competitivas, es decir, para dar curso a otro poder ser libre y arriesgado, el que tal vez hasta podría conllevar “un progreso moral”… transitorio.

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El ideal español de vida juancarlista. “Por ingresos, las clases medias parecen haberse reubicado en la Administración y en los pensionistas; el resto, se proletariza, vive en la precariedad o es carne de paro. Lo que explicaría en alguna medida que los segmentos más jóvenes aparezcan en las estadísticas como los grandes perdedores: todavía no han opositado y la jubilación les queda muy lejos”. (Javier Benegas, “La conspiración de los burócratas”, VOZ PÓPULI, 25 de Junio de 2016)

Esta situación se podría definir, con un poco de sentido del humor del que la política y su análisis está muy necesitada, como lo que yo bautizaría como el ideal de vida juancarlista, que los españoles inconscientemente han interiorizado y tomado como modelo: ser empleado público a perpetuidad, inamovible (como el rey), aunque, digamos, un poco corruptible (como el rey), irresponsable pero impune (como el rey) y luego jubilado a cuenta del resto (como el rey).

Pero sobre todo vivir de las migajas de las rentas de otros grupos más productivos (como el rey) y disfrutar de una larga ancianidad consumiendo la renta alcanzada (como el rey).

Quizás también tenga sentido la analogía con el hijo: de una sólida partidocracia con reparto siempre incrementado de nuevos fondos, cargos, regalías, prebendas y despojos varios, presidida por el Cazador Mayor del Reino (en todos los sentidos), el hijo (como los actuales “universitarios” desclasados, aunque casi siempre de clase media-alta) pasa a gestionar un régimen de partidos achacoso, “proletarizado” en sus interminables rondas de reuniones con jefes de partidos, con mucho más trabajo y, sin duda, con menores ganancias que las obtenidas por el padre.

No es lo mismo ser Rey en una Partidocracia porno-versallesca que en una Partidocracia tabernaria y barriobajera, y con la esposa “plebeya” tratándote como a un guiñapo de fregar la vajilla.

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Los incorruptibles corrompidos del Régimen del 78. El 15-M era el fruto de muchas causas y todas reflejo de la impotencia y la barbarie política en que se halla la sociedad civil española “mantenida” por el Estado, absorbida por los partidos.

La mano de ciertos servicios de inteligencia, españoles por supuesto, no estaba demasiado lejos en estos supuestos “acontecimientos” de “disensión pública masiva”. Una de sus consignas (“No nos representan”) era la única que tenía contenido político, pero ha desembocado en la intensificación de la ausencia de representación a manos de ese instrumento de integración delictiva de jóvenes desmoralizados que es “Podemos”, que en cuanto organización es una colmena de ambiciosos replicantes de sus mayores, más “profesionales” en la organización corporativa de la estafa.

Bajo otras condiciones, las de unos “ciudadanos” quizás más ilustrados, mejor organizados, pero al margen de los partidos, dirigidos a otros fines más explícitos, ese movimiento hubiera sido precursor de algo original.

Desde la “indignación”, sentimiento infantil de niños mimados de la sociedad del bienestar que exhibe la contrariedad de no tener a mano todo lo que se desea, provisto por el Estado, es decir, mediante la explotación de sí mismos, nada puede construirse más que discursos sobre el demérito de los “de arriba”. El indignado es el votante que no ha sido por completo seducido por el sistema. Éste le permite dedicarse a sus “funny games” de “chicos malos”, como hacen en Madrid y Barcelona los apoderados de estos “incorruptibles”.

Se ha repetido en los medios de comunicación que “Podemos tiene un buen diagnóstico, pero sus soluciones son malas” (en el sentido banal de “utópicas”).

La práctica real de este movimiento demuestra que no tenía ningún diagnóstico ni cosa parecida. Es “Régimen de 78” en su forma más acabada: “la conquista del poder” como un medio de emplear ese poder en beneficio propio de un grupo que sabe que las reglas son las de la impunidad. El ideal español de vida juancarlista, con bandera republicana tricolor, vacaciones pagadas y pensión completa de por vida a los cuarenta años, con ocho años de diputado. Viva la vida loca y me pongo a la clase obrera por montera: campechanía juancarlista.

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Legislación, Representación, Estado. La sociedad civil española, en cuanto mundo de las actividades profesionales y productivas, está atada por el Estado a través de un tipo específico de legislación obstruccionista, puesta intencionadamente en marcha por unos gobernantes que obtienen mediante este simple procedimiento un “plus” de poder y un “plus” de riqueza, a costa de la “libertad” de libre iniciativa que ellos, los gobernantes, recortan, limitan, controlan, es decir, “normativizan”.

El poder legislativo que actúa de esta manera desde todas las instancias del Estado está en manos de los partidos que ocupan todos los cargos oficiales que permiten este “monopolio legislativo”.

La pregunta es: ¿el Estado legisla a través de los partidos o los partidos legislan a través del Estado? Planteado así, el asunto empieza a tener sentido, porque la potestad legislativa (como la ejecutiva, la administrativa y la judicial) está en manos de los partidos y el Estado es sólo su instrumento técnico, de donde se explaya su corrupción.

A partir de ahí surge la cuestión decisiva. No se trata de hiperproducción legislativa, que podría corregirse según una especie de “dieta” en la voracidad normativa. Esta es la solución fácil. El problema empezará a vislumbrarse correctamente cuando nos demos cuenta de que esa potestad legislativa no corresponde al Estado (los partidos) sino a la propia sociedad civil representada en una institución legislativa distinta y separada del poder ejecutivo del Estado. Es decir, el problema de fondo no es otro que el de la representación real de la sociedad civil al margen y fuera del dominio que hoy ejerce el Estado (los partidos) sobre la legislación.

No hay libertad de iniciativa en la actividad económica sin que la propia sociedad civil se haga cargo de la legislación a través de una forma de representación sin partidos estatales.

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Reglas de juego y forma de gobierno. “Sistema democrático” o “democracia” política es algo de lo que nosotros los españoles no tenemos ni la más remota noticia en nuestra muy deteriorada Nación.

Si afirmamos esto, mentimos como bellacos: “La clase política se caracteriza por la utilización torticera de unas reglas de juego formales de distribución y separación de poderes con representación de la sociedad civil para su propio beneficio y no para el interés general”.

Deberíamos analizar esta descripción de las reglas de juego del fútbol y extraer conclusiones sobre lo que es un sistema institucional real:

Al equipo atacante siempre le estará permitido coger el balón con la mano (comisiones, prevaricaciones, malversaciones), derribar al portero en los “córners” (control de la Justicia), imponer faltas al contrario (denuncia de la corrupción ajena y negación de la propia), arrojar el balón fuera del campo, con lesión grave de los defensores, cuando el equipo contrario avance (modificar la legislación para favorecer a algunos), sacar los córners cuando le dé la gana (arbitrariedad de todas las decisiones administrativas)”.

Nadie reconocería en esta descripción las reglas de lo que conocemos como el fútbol. El deporte descrito así sería otro muy distinto.

La idea de democracia y su práctica “se inventó” (pues no es más que un artificio del ingenio humano al que pueden atribuirse valores morales) para que una clase gobernante cualquiera no aumentase su poder de manera constante, sin control y en completa impunidad, separándose cada vez más de la sociedad civil, es decir, de aquellos a quienes gobiernan. Si no se dan estas condiciones tan simples, no hay ningún sistema democrático al que apelar. Habrá otra cosa, como en el ejemplo del fútbol.

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Hipertelia. El sistema político, y no sólo él, sufre de hipertelia. En patología: “hipertrofia de un órgano u organismo, generalmente acompañado de atrofia de sus funciones”. De un modo más general, se refiere a todo exceso, a todo aquel organismo que rebasa sus propios límites, a todo aquel artefacto que desborda su propia función, a aquel movimiento que va más allá de su propio objetivo, al proyecto que supera su propia finalidad.

En la civilización occidental hoy sufren de hipertelia todas las formas de organización y representación simbólica, incluso el propio cuerpo humano: el capital especulativo sin uso posible, el déficit y la deuda mundial, impagables e irredimibles; los excedentes agrícolas convertidos en desechos contaminantes; el cuerpo que sufre de obesidad mórbida y que ya afecta a buena parte de la población de EEUU y también de Europa; los arsenales de armas inútiles; la redundancia parasitaria de todas las informaciones, incrementadas exponencialmente primero por los medios de comunicación tradicional y ahora por la red: los fenómenos de viralidad de todo: enfermedades, terrorismo mundial, turismo planetario de masas, plagas de “democracias” de importación, ideologías-eslóganes y modas repetidos a escala mundial.

Es un problema de civilización de dimensiones inmanejables: la racionalidad consumada produce necesariamente irracionalidades que resultan fatales. Referido exclusivamente al Estado y a la sociedad, la hipertelia ofrece todavía un aspecto casi humano y controlable, si nos mantenemos en los parámetros clásicos a escala: el mal no está donde se le sitúa (un Estado que pone múltiples impedimentos a la “libertad de iniciativa” con su intervención abusiva) sino en el hecho de que los Estados carecen hoy de verdadera finalidad histórica, es decir, su objeto y razón de ser, que entraron ya en crisis en los años del periodo de entreguerras, se han perdido de vista y al perderlos intenta encontrarlos (desde el punto de vista de los grupos parasitarios que ahora lo ocupan) a través de una incesante obra de tejer y destejer los hilos frágiles que mantienen un entramado social sin armadura ni bandera de combate.

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Masa” y sistema electoral proporcional. La producción industrial estandarizada produce “masa”. El turismo a través de los medios modernos de transporte produce “masa”. La televisión produce “masa”. El fútbol produce “masa”, pero uno sólo es masa en esos contextos concretos. Los regímenes de listas de partido con sistema proporcional producen “masa”, porque precisamente esa es su función clave: destruir la representación personal de la sociedad civil y sustituirla por la forma industrial de facturación de los votos de la “masa” agregada a listas de falsas candidaturas previamente hechas. Una política inspirada por este único procedimiento es productora espontánea de la forma masiva de integración de los individuos en el orden estatal por el solo hecho de votar esas listas. Se es “masa” electoral cuando se votan esas listas.

Esas masas “políticas” son producidas irremediablemente por el sistema proporcional. Se empezó a hablar de la llegada de las masas a la vida política en el momento mismo en que estos sistemas electorales se empezaron a imponer como estrategia de control social e integración política de las clases obreras europeas.

“Las masas” no existen más que bajo condiciones dadas. En la vida política, son un factor inducido clave para el funcionamiento de los partidos estatales.

Pablo Iglesias, por despreciable que sea este individuo, y lo es en grado de excentricidad sistémica, incluso para el bajísimo nivel cultural en la clase dirigente española, no es más que otro de los muchos ejemplos del tipo humano que pueden producir y reproducir las formas partidocráticas llevadas hasta sus últimas consecuencias. Pero estas mismas condiciones, no hay que olvidarlo, son las que producen la existencia de las masas generalizando fuera de contexto.

Dicho en castizo: uno no nace masa, lo hacen masa al encuadrarlo en determinadas formas de existencia colectiva de carácter asocial. Cuando hablamos de masa, es que la sociedad civil (la que constituyó las clases burguesas frente al Estado) ya ha desaparecido. Los españoles de hoy sólo tiene un problema, que no es el de ser una “masa” manejable: su problema es que se creen pasivamente todas las mentiras que dicen sobre ellos sus gobernantes y periodistas, sobre su historia, sobre su psicología colectiva, sobre su régimen político, sobre su cultura, sobre su nación histórica. Lo que les ocurre a los españoles es que hay muchas fuerzas interesadas en que jamás lleguen a experimentar libremente aquello que tienen en potencia y de lo que son capaces.

Hay que menguar su autoestima y hacerlos caer en el automenosprecio (todo esclavo debe despreciarse a sí mismo para poder aceptar un amo), cuando en realidad lo que haría falta hacer es empezar a construir la base y fundamento de su mayor autoestima, que no es otra que la erigible sobre su voluntad de alcanzar su libertad política.

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El hilo de Ariadna de la libertad política. Cualquier hombre medianamente decente, para lo público y lo privado, sabe que él no vale más que el sentido de la libertad, en todos los aspectos de la vida, que pueda llegar a alcanzar.

Antonio García-Trevijano es una “rara avis” en este yermo de toda libertad en sentido noble que es la España actual. Un modelo único cuya ejemplaridad y obra es evidente para mí que tendrán un éxito póstumo, desgraciadamente póstumo. Un país que puede producir a un pensador de tal calidad y a un hombre de tal integridad ya está maduro para cosas grandes, porque, en las cuestiones de libertad, no sólo intelectual, moral, civil y política, sino de libertad esencial, interior, la valía es excepcional pero los modelos humanos, cuando existen, son decisivos para el porvenir de los que vienen a continuación. 

Nosotros tenemos el hilo de Ariadna, sabemos quién es el Minotauro y cómo matarlo (la publicidad, la libertad de pensamiento y expresión son armas de muerte para este Régimen que vive en lo oculto y el secreto, la oscuridad de las camarillas y el hermetismo, la ignorancia de sí mismo y de la realidad envuelta de sus mentiras groseras). Está herido de muerte (deslegitimado) y no lo sabe. Se arrastrará todavía mucho tiempo arrojando aquí y allá sus mugidos de animal herido, pero su tiempo se ha acabado. Hoy vive una especie de prórroga que ya sólo se sostiene sobre la voluntaria ignorancia colectiva de una verdad para nosotros trasparente.

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Lecturas iniciáticas. Dalmacio Negro debería ser mucho más leído y difundido. Su artículo “La tiranía el consenso” es un trabajo estimulante desde el punto de vista del cuestionamiento de la base ideológica que rige hoy una política y, lo que es peor, una sociedad estatalizada (“sovietizada” en un sentido muy profundo y nada aparente) que se ha dejado embaucar por frases vacías que ni ella misma entiende. Todo servilismo es abyecto, pero el servilismo español actual es además pretencioso y “esnobista”, como lo es su inculta clase política. Pero un mundo también se hace y se vuelve inhabitable con esas “frases vacías” que tienen consecuencias normativas, inventan estilos de vida y legitiman “moralidades” harto dudosas e infundadas.

Negro se muestra muy admirador de Voegelin. “Las religiones políticas” propone un enfoque sobre el origen “sagrado” de que se rodea el poder político cuando busca invertirse del aura “mística”, “religiosa” para volverse aún más omnipotente y ofrecer a las conciencias de los súbditos una ocasión al culto de sí mismo. Del libro de Voegelin, destaco el análisis erudito de la reforma religiosa del faraón Akenatón y su explicación “esotérica” del nacionalsocialismo y el origen religioso o sacro del poder carismático de Hitler, al menos, se muestra en radical oposición la sociología vulgar que predominaba en los años 30, 40 y 50. La idea central de las “religiones políticas” es más que fascinante, porque busca descubrir el poder de sugestión de la naturaleza del poder fuera de psicologismos baratos. Ahí siempre me encontraré a gusto.

Que la comunidad política tiene por fundamento una inspiración necesariamente religiosa, como quiera interpretarse el fenómeno, es algo a lo que ya llegó la escuela de Durkheim (tan denostada porque dio justo en el clavo de la verdad más incómoda en la era de las grandes racionalizaciones mundanas y las supuestas libertades formales del individualismo posesivo y sociópata) y que Régis Debray analiza ampliamente en su “Crítica de la razón política” respecto del inexplicado fenómeno del culto soviético al líder y a los muertos por la Revolución y la Gran Guerra Patriótica, junto con la conversión en mitología sacra de un puro discurso de poder de clase y un análisis materialista de la Historia.

Georges Bataille, en aquellos años treinta, cuando promovía “la sociología de lo sagrado”, antes que los crímenes del nazismo le hicieran recular ante el horror que él mismo exaltaba como señal de lo sagrado como transgresión de los límites de la propia moralidad social, fue el primero en observar los elementos no modernos sino culturalmente latentes y profundos, en el fascismo, sobre todo en la unión de la violencia política a formas rituales de transgresión. No está lejos tampoco de un Benjamin que identificaba el fascismo con una pura estetización de la violencia como proceder que hace del poder político la imagen de lo terrible mismo.

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Ambigüedad de la Modernidad española (1). La diferencia de la Modernidad española ha de evocarse al referirla comparativamente con otras antiguas naciones europeas en la fase de acumulación de capital previa a la industrialización (hegemonía del imperio comercial británico, calidad competitiva del “capital humano” alemán y gran organización técnico-empresarial ya desde el principio con predominio del capital industrial sobre el financiero).

De esta consideración se deduce que el problema esencial en España ha sido éste en el plano de nuestra singular “economía política” nacional”: el tipo de oligarquía española siempre ha absorbido capital en modalidades no creativas de valor y nunca lo ha puesto a funcionar si no es bajo la coacción de un poder político fuerte que la protegía y evitaba los riesgos competitivos (proteccionismo canovista, primeros monopolios estatales bajo Primo de Rivera, autarquía franquista, la fase autóctona de acumulación española de capital).

El capitalismo vasco y catalán son ejemplos memorables de esta coyuntura especial. Ahora bien, como demuestra la Historia española de los siglos XIX y XX, la oligarquía económica nunca ha tolerado la formación de un verdadero Estado nacional y, por supuesto, mucho menos, la instauración de una “democracia” genuina.

Al respecto, la historia del franquismo es aleccionadora: no hay mayor falsedad histórica, desde el punto de vista de la pura sociología política, que atribuir al Régimen franquista una especie hipostática de unidad “nacional” de la clase dominante. Realmente no hubo tal combinación más que temporal y forzadamente, sin poder construir la Nación política y su Estado nacional bajo semejantes condiciones políticas y económicas.

La manera como se llevó a cabo la transformación interna del franquismo y como luego ésta se trasladó a las instancias del poder estatal con la Transición es la clave para entender el funcionamiento del Régimen actual, como está mostrando, treinta y tantos años después, el acontecer político a raíz del movimiento secesionista catalán desencadenado para forzar la Reforma Constitucional. La imposibilidad por parte de un Estado y una Forma de Gobierno de reprimirlo y cortar por tanto en carne propia no exhibe otra cosa que lo debiera ser un conocimiento de dominio público ya trivializado: el Régimen del 78 evoluciona en una dirección predeterminada por los acuerdos secretos entre sus facciones desde su origen hasta el día de hoy.

Si el poder informal de la oligarquía económica es el “Ello” del Régimen actual, los partidos y los medios de comunicación son el “Yo”, ¿quién es el “Super-Yo”? (la lógica oculta del franquismo y el antifranquismo que aparece en todos los partidos como su núcleo de identidad, incluidos los nacionalistas).

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Ambigüedad de la Modernidad española (2). Mi visión de la Historia española deriva de las conclusiones personales a las que llegué ya en la época en que estudiaba en la Licenciatura de Filología Hispánica la Historia literaria de los Siglos de Oro.

Por mi propia cuenta estudié sistemáticamente a algunos autores que me orientaron en una dirección muy determinada. La obra historiográfica de José Antonio Maravall me resultó muy fructífera en lo que concierne a la explicación del problema de cómo una sociedad tan dinámica como la castellana en un corto intervalo que apenas va de 1480 a 1530, capaz de crear un embrión del más perfecto y refinado Estado moderno y una cultura humanística de gran estilo, pudo llegar a finales del siglo XVI a una situación de postración extrema.

Últimamente, he tenido la oportunidad de leer la obra clásica de Leopold von Ranke sobre la España Imperial (“La monarquía española de los siglos XVI-XVII”) y en ella se puede comprobar cómo la concepción patrimonial del poder de los dos primeros Habsburgo en el contexto de un incipiente Estado moderno fue devastadora para la organización económica y política de la sociedad española, a lo que se añade la idea de la “Monarquía Católica” llevó a superfluos enfrentamientos interminables con los países que podrían haber sido potenciales aliados y socios comerciales.

En este sentido, el peso del catolicismo como ideología estatal en España en el momento de la Reforma y la creación de las Iglesias nacionales en otros países, junto al problema de la libertad de conciencia como núcleo de la evolución hacia formas de organizar el poder desde supuestos “individualistas”, todo eso que no llegó a fructificar en la experiencia española de la primera modernidad, ciertamente ha marcado el devenir con unos rasgos indelebles que aún perduran.

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Derecho a decidir”. El derecho a decidir sobre la Nación ya hace tiempo que ha calado entre una población española embrutecida por décadas del bárbaro concepto del “derecho a decidir sobre el propio cuerpo” (legitimación moral del aborto desde los supuestos de la teoría del individualismo posesivo, asumidos por la “izquierda más radical” y el feminismo antipatriarcalista: ejemplo de que aquí todos los gatos son pardos y todos cazan ratones).

Lo que el cuerpo es para la mujer identificada con el cuerpo propio, es decir, su propiedad absoluta, como si fuese un bien exterior apropiable individualmente, eso mismo es el territorio, la lengua y la población para el nacionalista sin Estado: un bien apropiable mediante decisión “colectiva” incondicionada.

La producción de la Nación es previa a su fecundación por el Estado, como la producción del óvulo es necesaria para que el espermatozoide lo fecunde. Estamos en la fase del parto.

Los españoles aceptan lo que sea con tal de no tener que enfrentarse al espectro de su propia imagen degradada en el espejo de la Calle del Gato. El poder sabe que puede contar con la adhesión por confusión y cobardía de millones de súbditos: su ignorancia juega a favor de este oligopolio patrimonial encastillado dentro del Estado.

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Despotismo y eunucos. Si el centro de gravedad político se sitúa en personas, que no personalidades, detrás de las que no hay absolutamente nada más que clientelas de gentes de aparato de partido y demás hacedores de comisiones y sueldos vitalicios, hablar de política en poco se diferencia de los chismorreos de las esposas y amantes legales del Gran Sultán de la Puerta de Oro.

Analogía brutal pero certera.

Habladurías de eunucos y personal de serrallo, todo el material humano que puede encontrarse en la desertizada vida pública española: esta noche el Gran Sultán no logró satisfacer a sus tres primeras esposas, es decir, el futuro repartidor de las gracias y mercedes todavía no ha alcanzado el punto más allá de la inercia para integrar “en su proyecto personal de país” a los jenízaros de la Corte y otros chambelanes del presupuesto (aquí risas y aplausos de la “claque” gentilicia, vivaqueando entre las hogueras de las vanidades y los juegos de dados a que se entregan los patricios del compra y vende accionarial…).

El PP es esa misma Corte en la que el rey casi difunto, o al menos con cara de estarlo pronto, ameniza las horas de espera antes de la feliz nueva con juegos de carta astral sobre el signo del nacimiento del heredero/a, ubicua práctica en todos los despotismos con o sin partidos estatales.

El modo como el pueblo de estos regímenes abyectos se comporta antes sus gobernantes veleidosos responde a los propias reglas opacas de funcionamiento de ese poder despótico: cálculos azarosos de príncipes y princesas desleales, futuros asesinos del hermano o el padre yacente, apuestas populares sobre los colores vencedores de las cuadrigas bizantinas, aquí con más certeza de ser animales semovientes los que agitan, al compás de la trompetería circense y de los vítores encendidos de bajas pasiones, sus cansados miembros de futuras bestias de carga, y carne de matadero en que pronto se convertirán: elecciones.

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La pasión pornopolítica. Que yo sepa, nadie, salvo quizás los intelectuales vinculados a la Escuela de Frankfurt, han intentado describir la realidad política, la realidad del poder, a partir de conceptos procedentes del campo de la psicología freudiana. No me refiero a la psicología de masas de Freud revisada por Reich, Marcuse y otros, sino al tema más fundamental del principio de realidad y el principio de placer aplicado, no a la psique individual sino colectiva, en los términos de la expresiva reacción a los estímulos que el poder político les lanza a las masas.

Es una variación, vía Sade, del principio de la servidumbre voluntaria. No creo que exista tal cosa, para vamos a proceder “ex hypothesi” como si existiera.

La España actual está por completo sometida a un “principio de placer” que consiste en alimentarse de ficciones apaciguadoras, invenciones “ad hoc” para satisfacer todas las pulsiones y pasiones, encubriendo la realidad profunda de la corrupción integral con fracciones cinematográficas de su proceso, encuadres y planos aislados.

Se obtiene tanto más placer cuanto mayor es la percepción de la corruptibilidad infinita del Régimen.

Se adquiere tanta mejor conciencia cuanto mayor es la capacidad de tolerancia a lo intolerable.

El placer extraído de estas condiciones de adversa apariencia es el placer sadomasoquista con que se le exprime el jugo a cada pequeño detalle de un plano pornográfico por parte de los aficionados inconfesados a este tipo de espetáculo.

En la política, en nuestra pornopolítica de sesión continua, el público experimenta un secreto placer en la abyección colectiva, un regocijo secreto en cada declaración judicial, proceso penal, imputación o sentencia, verdaderas formas de lujuria y codicia imaginativas ante la corrupción de la clase política.

La repulsión y la atracción son lo mismo cuando la obscenidad manda y tiene el poder, incluso el de juzgar.

Es un misterio inexplicable, pero ya los italianos llegaron hasta este punto, e incluso perseveraron en él cuando depositaron su confianza en un gran corrupto empresarial, lujurioso extremo en su vida privada y asiduo pornógrafo, Berlusconi, que hasta invitaba a jefes de Estado y gobierno a sus orgías de terapia grupal.

En este contexto, no podemos apelar a un principio de realidad inverosímil: tras tantos años de irrealidad, es decir, de habernos dejado sobornar colectivamente por los fraudes con que un principio de placer pornopolítico nos ha administrado sus adormideras y sus escenas de cópulas ideológicas incestuosas, ya es tarde para tomarse en serio la “lucha final” con que otra vez, nuevamente, se nos invita a perseverar en el error de buscar a tientas una realidad del poder para la que ya no tenemos instinto ni pasión.

Nuestras pasiones son domésticas y rutinarias, las que sólo nos proporcionan el placer estéril pero vivaz de contemplar, como mirones tras los visillos, la corrupción ilimitada de nuestros gobernantes, un poco como se expía a la vecina nueva y prometedora antes de abordarla en el ascensor.

Uno se desinhibe de la monotonía conyugal imaginando los futuros escalofríos de placer extraconyugal que todavía están por llegar.

Se vota por las mismas razones desinhibitorias y procaces y en eso consiste toda la “democracia” actual.

LECTIO DIFFICILIOR” (2009-2018)

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Sintaxis y apariencia. Un hombre, al encontrarse con una mujer desconocida, raramente aprecia el timbre de su voz, la sinceridad de su sonrisa o la inteligencia que exhibe en sus juicios. Se fija en materias más carnales, que no enumeraré por ser bien conocidas. El adentrarse en el conocimiento, por ejemplo, político, consiste en un proceso semejante. La anécdota política «consuetudinaria» es el cuerpo. Con la política y con la mujer, a mí me interese lo que no puede verse a primera vista. De ahí la retórica: nunca hay que decir directamente las cosas. La buena sintaxis debe ser como la danza de los siete velos: mostrar la desnudez (lo que uno piensa en secreto) sin llegar a la total desnudez: la trivialidad de la opinión común.

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Pasión y duración. La diferencia entre la pasión política y la pasión erótica está no sólo en la relación de términos opuestos sociedad/individuo. La pasión política apunta a lo que en ella, siendo momentáneo, busca perdurar en alguna forma de instauración de otras relaciones de poder distintas a las vigentes. La pasión erótica sigue el mismo derrotero de la novedad que irrumpe, pero puede contenerse en el momento estético de la contemplación, el cortejo, la seducción y el goce, y no recaer en la solidificación mórbida de la institución matrimonial. La España del Régimen 78 ha sobrevivido como pareja aburrida hasta de su sombra. Pero si la pasión política apareciera…, ¿cómo hacerla perdurar en algo sólido?

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Fotógrafo-pensador. Se nace libre, uno se encadena por la pura pereza del hábito. El verdadero demócrata ama la libertad del pueblo, no al pueblo mismo que no sabe ni quiere defenderla, no porque no la conoce sino porque es demasiado perezoso para conocerla y defenderla. En todo caso, hoy el pueblo español es víctima de su pereza, no de ninguna opresión: la realidad política está desnuda a la vista de todos y no se necesitan teorías ni conceptos para conocerla tal como ella es en sí misma. No asumir la libertad es responsabilidad directa de cada hombre en cada momento de su vida. En el caso de la libertad política, esto es todavía más grave y decisivo, pues afecta a los no nacidos.

Todo el que habla en términos políticos del pueblo es como un fotógrafo profesional que se aleja a cierta distancia del grupo familiar al que va a «inmortalizar» y sabe que la fotografía resultante es la instantánea de una red de relaciones afectivas muy complejas que el objetivo no puede captar. Quiero decir que los que pensamos en abstracto bajo categorías no captamos la verdad empírica del momento actual vivo, sino su esquema vacío de pasiones y afectos, lo que no significa que como fotógrafos-pensadores no percibamos los detalles vivos del presente. España vive mientras nosotros vamos muriendo al tiempo que la pensamos, y eso es la verdadera vida, incluso si no satisface lo que vemos.

Yo no discuto ni debato ni entro en confrontación con nadie ni persigo una finalidad puramente faccionaria. Simplemente abro vías, propongo cuestiones, sugiero alternativas, desatasco polémicas sin fundamento, casi siempre con total libertad de juicio personal e independencia de verdades oficiales para consumo de mentes ligeras. Salvo la pereza, no hay ninguna otra opción a la libertad, aunque destroce la vida o conduzca a una soledad para la que uno estaba preparado, pero no la deseaba como compañera permanente.

Mi percepción de la realidad, muy filtrada por la retórica y por una comprensión poco común de la política (que nada tiene que ver con la chirigota que se nos ofrece a diario) es quizás la comprensión de la parte más valiosa de lo que queda de sociedad española libre e independiente, sin expresión ni voz pública. Yo digo lo que otros tal vez mejores, o peores que yo, piensan confusamente, pero no pueden articular en palabras, porque les faltan recursos o prefieren el silencio. Ahora ya todos sospechan que las cosas son muy distintas a como se las han contado en forma de fábulas para niños y consejas de vieja. Nunca hay que despreciar el salto cualitativo de conciencia en el silencio de las masas.

No debemos olvidar tampoco ese silencioso paso previo a todo querer, a todo hacer, y a todo saber: la conciencia que unifica el todo. Que es, por supuesto, autoconciencia. El problema político español, su fundamento real, histórico, concreto, más allá de lo individual, la lucha partidista, la organización, el Estado y la Sociedad, quizás haya que buscarlo en la ausencia originaria de esa primitiva Autoconciencia o Espíritu, dado que en la Historia española, lo Universal no estuvo ligado a la Particularidad del pueblo histórico sino a la exterioridad formal de una Doctrina religiosa vencida ya al comienzo de la Modernidad por el Protestantismo.

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Masters and servants”. Siento ser el aguafiestas que se orina en el ponche de la festiva comilona. Hay que mirar y remirar el origen social, la pertenencia al orden civil y la demostración objetiva de competencia en el ámbito profesional de un hombre político y toda una clase política si queremos saber casi a priori si se nos «gobierna mal, muy mal, regular, bien o muy bien». Luego, contrastar el modo de gobierno con lo obtenido a través de él en riqueza social, cultura material, civilización como refinamiento de los hábitos sociales, libertad real de la mayoría, justicia para todos por igual, orden en cuanto a protección de la propiedad y moralidad. Apenas exigentes, reconocemos que el Régimen del 78 es una barbarie inigualable y la clase política, mediática e intelectual que lo sostiene una piececilla averiada del engranaje.

El final de un sistema político es la experiencia colectiva más apasionante que pueda llegar a brindarnos una época. Los españoles no saben gozar de este espectáculo, enredados como están en viejas cobardías y nuevos complejos. Hay algo “estético” en esta agonía, algo que estimula intelectualmente como pocas cosas. Sólo por ver la bajeza de este acontecer diario entre arenas movedizas que nos hunden un poco más a cada momento, merece la pena ser observador de la muerte de lo que se ha odiado y despreciado. Que los poderosos inicuos, en su inconsciencia soberbia, experimenten miedo, miedo por su estatus social, por su vida incluso, eso trasmite el aroma sutil que nos ofrece el fruto prohibido de una libertad negada.

Conocemos el funcionamiento de un Régimen como el español hoy vigente, porque lo hemos observado con maliciosa perspicuidad casi desde niños, un Régimen para cuyo análisis se requeriría un grueso volumen en el que se describiera el tipo de relaciones que se han urdido y desarrollado siempre a oscuras entre sujetos enmascarados pasivo-agresivos, con una “libido” de riquezas y “honores” de proporciones patológicas, mientras que la pasión lujuriosa y codiciosa la monopolizaba el Garañón coronado. Debemos reconocer el meritorio e inolvidable reparto de papeles. Y gracias a esta experiencia histórica aleccionadora, ahora sabemos que la Soberbia es tanto mayor cuanto más ascienden los patanes en la escala social o en el escalafón administrativo.

Ya todos vamos desfilando con los culloncillos apretaos en el abdomen, porque dicen que los enculaos (de las damas nada podemos decir sobre gustos tales), algún día, ya mismo o tal vez pasado mañana, se están preparando para “hacer política”. A la derecha española se le puede acusar de todo, pero no de una cosa, grande, grande donde las haya: se buscó una pareja de baile que ha hecho honor a la elección. Casi todo el trabajo de “mayordomía” se lo han hecho unos tipos excelentemente dotados para aquello que se solicitaba de ellos: nos olvidamos de las cenizas del Patrón, pero a las criadas nos dejáis tocarles el culete y algún bastardillo nos lo colocáis como hijo de gran señor.

Por supuesto, las criadas a las que se les podía tocar el culete eran todos los cuerpos superiores de la Administración, los Jueces y su Gobierno, el Generalato, la Corona (aunque aquí ya el titular legal lo tocaba todo), el Servicio de Inteligencia, la composición de las Cajas de Ahorro, las Diputaciones, los Ayuntamientos, las Universidades… Y, claro, con tal licencia de los Señores, todas las instituciones se llenaron de bastardillos fruto de cópulas inmundas entre las viejas familias de la burguesía heredera del franquismo y la nueva chusma contratada en funciones de “Ayuda de Cámara” y así hasta hoy mismo. Dicen que Don Pablillos, el nuevo bufón cortesano, en realidad no conoce a su padre.

El adjetivo “franquista” no tiene connotaciones negativas y apenas es selectivo sino más bien identificador, como el collar de los perros de raza, integrador, como los partidos del Estado y totalizante, como una sociedad sin libertad política: designa una mera realidad hereditaria compartida, casualmente (?), por todos los miembros de toda la clase política, de extrema derecha, extremo centro, extrema izquierda, derecha moderada, izquierda neutra, nacionalistas catalanes, regionalistas navarros, iroqueses y pieles rojas varios, y puede que algún peneuvista rezagado.

Sólo me siento en buena forma física y espiritual cuando gobierna el PSOE: se acaba la representación del «Tartufo» molieresco a cargo de la compañía «Herederos, Deudos y Viudas de la Sociedad Corporativa Francisco Franco» y comienza el «Ricardo III» de los mismos que han cambiado el traje, la época, el argumento y los personajes, pero la historia es la misma y mucho mejor representada, con más convicción, más verosimilitud y realismo, porque por fin los traidores hacen el papel de traidores y el aplauso está asegurado entre un público que sabe su origen e intenta silenciarlo.

Aceptamos cualquier autoridad, incluso la de un simple ujier vestido de uniforme vistoso, por el solo hecho de ser “autoridad” en el sentido más trivial y rastrero. Desconocemos, hoy en grado de alelamiento existencial extremo, es la Autoridad de la Forma institucional en sí misma considerada. Es la Institución la que trasmite Autoridad a quien la ocupa si la Institución es verdadera y no un burdo apaño, el elemento personal añade Carisma si se poseen los dones naturales o los del espíritu y la personalidad. Por supuesto, todo esto nos queda muy lejos y sólo puede ser objeto de burla, pues lo degradado se ama a sí mismo con la estupidez que le es inherente a todo lo que carece de valor moral.

La clase política española ha llegado al punto exacto de confundir su poder institucional o formal con el Poder a secas. No se dan cuenta de que todo poder para serlo tiene que ser reconocido como tal, es decir, legitimado. Confunden legitimación formal con legitimación real. La primera es de orden técnico, institucional; la segunda es de orden psicológico y moral y se admira y obedece como Autoridad. El Estado en cuanto cargo público concede la primera; la segunda la da la sociedad civil en tanto que Nación histórica, y eso se expresa de muchas maneras, de las que el voto es apenas la síntesis abstracta. La ausencia de sociedad política libre que intermedie entre ambas instancias es lo que deslegitima a esta clase política desconectada de la realidad y la mata.

El sistema financiero, diseñado por Boyer-Solchaga. El sistema educativo, planificado por Rubalcaba. Todo el sistema institucional, pensado por Torcuato. El sistema judicial, ultimado por González-Aznar. El sistema electoral, “ideado” por Herrero de Miñón. El sistema autonómico, inventado por García de Enterría. El sistema mediático, administrado por Polanco, Lara, Roures y Berlusconi. El servicio de Inteligencia, supervisado por Juan Carlos de Borbón. Los cuerpos de seguridad, al servicio de profesionales como Villarejo. ¿Qué podía salir mal, con estos hombres al mando, patriotas altruistas entregados al bien de la sociedad española, sin egoísmos ni prejuicios “de clase”?

Orgullosos de cambiar las alpargatas por los botines lustrosos de señorito recién enriquecido por una herencia inesperada, los españoles habían accedido a una «democracia europea avanzada y homologada», cierto que sin sufrir ni luchar por ninguna «libertad», que iba envuelta en papel de regalo con la escritura de la herencia. Lo bueno del enojoso asuntillo catalán es que por fin se revela la verdad: los botines vuelven a ser alpargatas, la herencia está cargada de deudas y quizás, con mucho esfuerzo de imaginación, estamos a punto de homologarnos con alguna perdida tribu africana en lo que se refiere a la «racionalidad institucional»

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Élites, democracia, selección inversa. Todos los criterios que hoy funcionan en España en la selección del personal en el ámbito profesional que sea, siguen las mismas pautas y criterios: los más serviles, arriba; los indóciles, abajo. La lista de personalidades de cierto relieve sería demasiado ofensiva para citar en público.

El Régimen del 78, en su funcionamiento objetivo en toda la extensión horizontal y vertical de la sociedad civil que intenta dominar por todos los modos y vías imaginables, logra vencer siempre las resistencias mediante estas pautas de selección que todos conocemos como “inversa”, y de la que Andrés Hurtado, el protagonista de “El árbol de la ciencia” y “alter ego” del propio Pío Baroja, ya se daba cuenta para caracterizar el funcionamiento de la vida social y política en aquella Alcolea del Campo dividida en “Ratones y Mochuelos”, síntesis concreta de la Restauración.

Pero hay algo que no se nos debe escapar. Este tipo de selección inversa por sucesivas oleadas y capas, practicada una y otra vez, en todos los ámbitos directivos o subalternos, tiene como consecuencia, en la distribución de los roles y las jerarquías, que el principio de la circulación de las élites se realice de manera también inversa a la de su cometido originario: las nuevas élites que suceden a las anteriores se encuentran aún más degradadas en todos los aspectos. Cada espiral de selección inversa conlleva necesariamente que un nuevo grupo formado por un personal de inferiores prestaciones pase a un plano que en condiciones de una sana circulación de las élites no habría jamás llegado a ocupar ese lugar.

Se vio en 1982 con los cuadros del PSOE; se ha vuelto a comprobar otra vez con los cuadros de Unidos Podemos. Y no es un problema de la estructura de partidos, ni siquiera de los de una izquierda que en realidad no tiene nada de tal. Dado que los valores implícitos y las conductas aconsejables carecen de contenidos morales dignos de ese nombre, el personal regimental, en todos los niveles de la escala, es el peor elegible en cada momento.

Por ahí hay que ver una especie de defensa que la sociedad civil española tiene precisamente en la estupidez del propio Régimen, que practicando la selección inversa acabará por contar sólo con el apoyo en última instancia de los “lumpen” intelectuales, los desechos sociales y las aberraciones morales, como cada vez se ve con más claridad.

Las categorías valiosas no son cooptables, tan toscos son los criterios de la selección inversa generalizada, en buena parte, agente motriz de la corrupción como “factor de gobierno”. Por eso es tan dolorosa la corrupción (traición, deslealtad, egoísmo vanidoso…) de los “buenos”.

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Vejez histórica y lengua redentora. Bella es la lengua española. Se dice «esperar como agua de mayo» cuando un campo ha sufrido la sequía también en invierno y ya quizás tarde pero justo en sazón la recibe para fecundarse y fructificar. Nuestra sequía también “espera el agua de mayo” de otra experiencia política. Hay cierta profunda consistencia en la literaturización de la Hidalguía histórica, porque en España ser primogénito o hijo segundo ha tenido consecuencias en la jerarquía y estima social, aunque el patrimonio se repartiera según sabia inspiración del derecho romano. Nos ha tocado ser los hijos del Buen Hidalgo. ¿O somos raza de segundones porque los primogénitos no se parecían a nuestra Madre España?

Tenemos demasiada historia, somos unos «viejos» de la Historia, incluso esto es verdad cuanto más desconocido sea para las más jóvenes generaciones. Yo “me siento” español sólo ante el Mio Cid, ante un diálogo de La Celestina, ante un soneto de Garcilaso, ante una carta de Cadalso, ante un artículo de Larra, ante un poema de Cernuda. Somos liliputienses que desconocemos el mundo del que procedemos. Sólo las obras del espíritu salvan a un pueblo.

La lengua española, ahora protegida frente a su virtual exterminio programado por una clase política que sabe de su infinito poder nacionalizador en la pura espontaneidad de su uso y desuso cotidianos, es la raíz nunca envejecida de una Identidad cultural que es la que realmente ha hecho a la Nación española, dado que Estado que la protegiera y defendiera nunca tuvo. Gozamos de una lengua excepcionalmente rica porque somos muy pobres en Unidad política, pobres en razón de Estado para dar forma institucional a tan compleja Unidad.

Cuando Herder, el padre filosófico del nacionalismo «lingüístico» frente al universalismo ilustrado de las lenguas artificiales, ponía el acento en la lengua materna como fuente primaria de «nacionalización» en el sentido de dotar de una «comunidad de origen» en la pura expresión oral y escrita a un grupo humano que quería elevarse a la nacionalidad, no se equivocaba. Como filólogo sé que el horror del Régimen del 78 tiene por base la pretensión de eliminar la lengua nacional española retirándola del uso público y privándola en todas partes de su inmensa fuerza simbólica como vehículo necesario de la nacionalización espiritual. La poesía española es una pasión peligrosa, aunque sin duda, como fue en mi caso, es la mejor vía para penetrar en los recovecos de una «identidad nacional» que no se consigue escudriñar y asimilar, tal vez adquirir, por otros medios.

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Soberanía estatal y soberanía nacional. El titular de la Soberanía es el poder ejecutivo del Estado, porque la soberanía es un concepto puramente estatal: la efectividad inmediata de la fuerza legal para hacer cumplir la ley y ejecutar cualquier decisión del poder constituido como gobierno dentro del Estado. Cualquier otro concepto de soberanía es una mistificación idealista. Rousseau es el responsable de esta barbaridad constitucional de que la “soberanía” tiene que ver algo con un indefinido e indefinible “pueblo” místicamente pensado bajo las categorías metafísicas de la unidad, la totalidad y la auto-identidad, o igualdad consigo mismo. Ni siquiera Carl Schmitt pudo superar (o no quiso) esta destructiva idea rousseauniana. A partir de ahí, toda argumentación sobre el asunto constitucional y su presunta legitimidad se viene abajo.

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Men of good fortune”. El espíritu inmaculado y puro de Andrei Vichinsky y Roland Freissler se trasladó a España, se ha corporeizado, ha engordado, escribe sentencias y vuelve a sus días de gloria. La Judicatura española “hace honor” al elevado concepto que tiene de sí misma. Siempre avizorando con olfato independiente las exigencias del «momento político», siempre ahuyentando de los poderosos la sospecha de estigma, siempre escuchando con el oído avieso en el corrillo oportuno la voz conciliadora de las necesidades del consenso, siempre haciendo Justicia con el ojo puesto en los dictados de los baremadores de méritos profesionales…

Se discute sobre las decisiones de un juez a propósito de algo protagonizado por alguien. Es lícito hacerlo. Gran cosa la ley positiva del Estado moderno, bellamente administrada por los funcionarios del Estado moderno. Los golpes de Estado, las insurrecciones armadas o desarmadas, las revueltas instigadas por sórdidos intereses de clase (?), todo eso es «subsumible» bajo categorías penales de Derecho común. Ecuánime y humanitario logro de una civilización admirable. Bien, sigamos tan hermosa plática entre amables leguleyos. Pero para los pueblos que ya no distinguen entre el amigo y el enemigo, cuando el «hostis» se ha vuelto «inimicus» en la tranquila civilidad del orden social sometido al Estado, cabe todavía la desusada pregunta esencial en absoluto retórica: ¿qué hacer?

Con qué doméstica facilidad nos dejamos seducir por una Ley que no es Ley. Con qué acomodo mental nos recostamos en el seno prostituido de una Justicia que no es Justicia. Cuando bien sabemos, por amarga experiencia, que la Ley y la Justicia dictadas por la clase política dueña de un Estado de Partidos incivilizado y bárbaro es la Ley y la Justicia de quienes se han nombrado a sí mismos Legisladores, Ejecutores y Jueces. Indigno discutir sobre delitos políticos de comisión y omisión que implican a toda esa clase política más allá de toda normación positiva de las conductas públicas de los poderosos.

Nuestros leguleyos expulsaron al más sabio de todos, el viejo Carl Schmitt, para sustituirlo por el más abyecto teórico del Estado moderno, Hans Kelsen, y así nos va. El Estado es un «manojo de competencias» que se pueden repartir entre colegas de partido, e incluso se les puede «transferir» a las entidades territoriales (de partido) de nueva creación. En eso estamos, en una vuelta de tuerca del «kelsenianismo profundo» del Régimen del 78: «España» como «Estado» es un «manojo de competencias a repartir». Toda la teoría del constitucionalismo «español» del 78 se basa en esta increíble necedad.

El día que en España entregue su alma al Creador el último jurista verdadero, mejor será exiliarse, porque el sentido de la Justicia habrá muerto aniquilado por el Derecho propositivo, discrecional y coyuntural de los Partidos, tal como estamos viendo con la aplicación del artículo 155 de la Constitución vigente.

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Sistemas electorales, o la lucha contra el caos de las opiniones. Todos los males que han afligido a la vida política española, y por extensión, europea continental, son por completo desconocidos en las sociedades anglosajones, cuyos vicios connaturales son otros muy distintos. Se olvida deliberadamente que en el origen de su modernidad específica en esas sociedades hubo formas históricas concretas en que se manifestó la libertad política e interesadamente se tiende a confundir evolución histórica institucional, procedimientos técnicos y uniformización actual de las clases políticas en torno a aquel sistema que más las beneficia en su incivil estatalización de la política: la conversión del partido en institución estatal o cuasi estatal.

Yo no idealizo la representación, simplemente afirmo que existe o no, y si no existe, como es nuestro caso, es inútil debatir sobre un tema que ya es historia, como me temo que lo es. En las condiciones británicas de legitimación histórica del poder político, el distrito uninominal es la única medida de representación. La representación es una relación entre representante y representado y nada tiene que ver con el pluralismo social con que se validan los sistemas proporcionalistas de listas de candidaturas de partido del Estado. Se confunde con toda mala intención “representación” política sustancial con “representatividad” en cualquier vago y banal sentido sociológico. Cosa distinta es la forma técnica de obtener “representación” política: los sistemas mayoritarios y la distribución territorial de los agrupamientos de electores por distritos son los únicos mecanismos conocidos. Las superiores características de la política anglosajona se deben a estas condiciones “ténico-formales”.

Por otro lado, no hay que confundir principio de representación (liberal-parlamentario) y principio de legitimación mayoritario (democrático-formal): son cosas distintas. El sistema inglés nunca ha sido “democrático”, se quedó, y desde su origen, en “parlamentario” (el gobierno lo elige la mayoría parlamentaria del momento, lo que con toda evidencia es ajeno a la única forma de democracia conocida, la estadounidense) pero es “representativo” con una pureza en nada enturbiada por los “votos perdidos”. El sistema mayoritario simple inglés procede de la época del sufragio censitario y ya fue criticado nada menos que por John Stuart Mill, quien percibió que el régimen político inglés no podía evolucionar desde el parlamentarismo a la “democracia”, precisamente por su sistema electoral.

Los sistemas mayoritarios han sido falsamente caracterizados: se les critica su cierre al mundo moderno, rico, diverso y plural y, por contra, se atribuye la validación del sistema proporcional al “pluralismo social, cultural, político, ideológico”. La representación es el eje de la política civilizada, no ese “pluralismo” bastardeado.

Yo creo en la representación, no ese mítico “pluralismo”, que políticamente no he visto jamás reflejado, como lo articulan los partidos del Estado, en las unidades vecinales donde, por el contrario, sí es muy sólido, vivo y bien trabado el campo societario libre desplegado en intereses comunes de grupos a los que se les quitado toda voz, porque ése es el secreto de los Estados de Partidos: estatalizar la política, acontecer desconocido e inadmisible en los países donde la libertad política obtuvo sus únicas y permanentes victorias.

Añadamos a todos estos pormenores que la fabricación de “un liderazgo” es fácil en una Oligarquía de Estado y difícil en una democracia formal e incluso en un sistema parlamentario. Cualquiera puede ver las razones de ello. El carácter electivo directo del Jefe del Ejecutivo y Jefe del Estado vuelve relativamente responsable al ciudadano, incluso si la evolución de la “Democracia estadounidense” permite albergar serias dudas sobre ello. En España el liderazgo se obtiene con la Jefatura de Partido y el poder de nombrar diputados. La perversión del sistema aparece justo ahí, en el momento mismo en que el Jefe de Listas se inviste con ese sorprendente poder no registrado en ningún documento constitucional. La nulidad de los dirigentes tiene ese origen: no hay competencia ni excelencia mínima comprobable objetivamente.

No dudemos ni un solo momento que «votar partidos» es un acto de barbarie. Un acto de incivilidad al que sólo se someten sociedades bestializadas en las que el «individuo» moderno no ha llegado al grado de exquisita civilización que ya conocían y gozaban griegos y romanos como hombres libres «en origen», es decir, por el simple hecho de su nacimiento. El hombre-masa vota listas de partido, no el hombre que se sabe «libre». Por eso es un invento muy inteligente de la socialdemocracia austro-germana que dirigían intelectuales judíos y a los que Hitler venció utilizando su propia trampa en aquellas épicas batallas electorales de la República de Weimar.

Nadie puede decir el nombre de su «representante en el Parlamento español, nadie sabe a qué dedica su «tiempo de trabajo», a qué dedica «su tiempo libre», qué méritos personales y profesionales lo acreditan, sobre qué basa su confianza en él, qué cosas inenarrables ha hecho por el electorado y su comunidad, qué admirables iniciativas de ley ha reivindicado para sí o para su grupo, cuáles son sus virtudes y defectos, etc. Porque un listín telefónico de seres anónimos como los que se depositan en papel de color reconocible en una urna tales propiedades no las contiene. En un distrito uninominal, por lo pronto, le puedo decir cuatro frescas al tipo que me sea desleal. Entre gente culta y refinada no debe hacerse propaganda del sistema de listas, eso es cosa de la clase obrera y de la clase media con pretensiones un poco esnob.

Todo el mundo sabe que pensar (calcular las consecuencias de nuestros accciones) y votar son actos disociados gracias a los cuales pueden construirse y perdurar los Estados de Partidos. Pero todo el mundo dice: «No entiendo lo que hace mi Partido». Humanizan al Partido como otros humanizan a su Dios personal y hasta hablan con él y «oyen voces». No se dan cuenta de que viven en el «mito de la representación»: creen que lo Ausente puede simbolizarse en un Nombre de Partido, pues no otra cosa que este vulgar nominalismo se vota. El Partido como “Ecclesia Salutis Mundi”.

Existe suficiente evidencia empírica en el funcionamiento del sistema representativo anglosajón (inglés y americano) para saber que no hay ninguna representación que, adulterada o no, no sea de pura inspiración “liberal” en el sentido de la relación personal de una sola persona ligada a un espacio territorial delimitado. No hay “representación nacional”, “territorial”, “corporativa” o “estamental” sobre la base de partido y sistema proporcional: sólo la relación de derecho privado trasferida a la esfera pública es vinculante y es indiferente qué “corruptelas” pueda acoger siempre que se dé tal vinculación entre persona y unidad política vecinal. La representación es un principio absoluto: o existe o no existe. Y si existe, sólo en determinadas condiciones. En los Estados de Partidos no existe ni puede existir. La degeneración de la política tiene su origen ahí. Para obviar esta verdad, se emplean subterfugios indecentes.

Incluso Charles Wright Mills, muy crítico con la “democracia americana” a la luz de su evolución, en su canónica obra de 1956, “The Power Elite” (“La élite del poder”) reconocía que era el grupo político de los notables locales que llegaban desde los estados al Congreso y al Senado por el sistema de representación personal de distrito uno de los pocos factores que limitaba la oligarquización de la burocracia federal y corporativa y lo que frenaba sus aspiraciones de control sobre el poder presidencial. Por supuesto que la representación anglosajona tiene un marcado origen aristocrático, luego meritocrático, pero ése es su signo distintivo, que previno la plebeyización de la clase política que hoy es galopante en Europa.

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Lobos en el bosque. España es una singularidad admirable. Por muchos conceptos y en muchos sentidos. No es admirable por su elevada moralidad privada y pública, ni por su sistema institucional, ni por sus monumentos, ni por sus paisajes, ni por su historia, ni por su literatura, ni por su clima, ni por sus gentes. Es admirable porque es la única Nación moderna que tiene una clase dirigente formada íntegramente por ínfimos burócratas de partido «que hacen revoluciones». Un Estado cuyas partes perfectamente integradas en el presupuesto público hacen actos «revolucionarios» contra el propio Estado: «Revolución española» con bono de compra para Mango. Méteme en la cárcel, pero el sexenio me lo firmas.

Hay que escuchar, no leer el libreto, la representación dramática del proceso de reforma constitucional a manera de una ópera wagneriana. Una overtura acelerada con un fuerte «leit motiv» oculto, estilo «Rienzi», un amansamiento consensual, civilizadamente pactista en los despachos con aire acondicionado y espesas alfombras que amortiguan los pasos, para acabar con un vulgar «ritornello» en forma de referéndum «popular» para que la compacta pero difusa plebe pueda tararear la melodía principal más en la línea zarzuelera o «El barbero de Sevilla», con campaña de lavado de cerebro en un «molto vivace», con o sin «orgasmo democrático» y ateniéndose a la «legalidad» de compases fácilmente silboteables.

Ya es hora de decir la verdad que revolotea en el interior de nuestros maltrechos cerebros. El Régimen del 78 es incapaz de hacer política porque el Estado no puede hacer política. En España se ha confundido interesadamente la pura y trivial administración en el sentido más ramplón con la política. De repente, una facción oligárquica se pone a hacer política y se dota de los recursos para ello: un mito movilizador de masas, un designio y una pasión política. Enfrente, el vacío. Y en este contexto, quien tiene la iniciativa, manda; quien moviliza, decide; quien se organiza, gana. Leviatán es el albatros del poema de Baudelaire. Y nos reímos mucho con él.

Los «análisis» de lo que está sucediendo a lo largo del despliege del “mvimiento secesionista catalán” durante el otoño de 2017 como «fascismo», «golpe de Estado», «insurrección», etc, sólo demuestran la incompetencia e ignorancia histórica de los propagandistas del Régimen más antípolitico que hemos conocido. Corromperse es fácil. Lo difícil es hacer política, arriesgarse, crear condiciones para la irrupción de lo nuevo, arrojar a un adversario al enfrentamiento con sus propias contradicciones y su propia debilidad institucional. El discurso del Rey tan sólo vino a demostrar que en España no existe ningún principio de autoridad que pueda legitimar a unas instituciones apuntaladas en un vacío vertiginoso. Cualquiera que sea el resultado por venir, la secesión ya ha vencido en toda la línea.

Uno se pregunta por la extraña fascinación que puede llegar a ejercer observar las opiniones publicadas día a día, cuando uno ya tiene muy elaborados los propios juicios. Me pregunto si esa fascinación no responderá quizás a la búsqueda de un caos que sirva de base empírica para contemplar un orden, una pauta. Los juicios, las impresiones se multiplican, también el arbitrismo, pero uno en el fondo persigue algo en medio de la indeterminación. En los asuntos políticos es necesario que la verdad surja de esta libertad, es decir, de una cierta espontaneidad en la que lo irracional y lo racional juegan a replicarse. Nadie se ha preguntado por qué en el Parlamento no hay debates de ideas apasionados sobre lo que ocurre.

Y nadie se lo preguntado porque justamente ahí, en esa ausencia de toda libertad de pensamiento en la sociedad política que intermedia entre la sociedad civil y el Estado, se sitúa el problema español: no es la Nación genuinamente representada y dirigida la que hace Política, sino que el Estado, como pura administración en manos de partidos por completo despolitizados y antinacionales es el que la suplanta y decide en su lugar. El Jefe del Estado, el Jefe de Gobierno y los diputados no son responsables porque nadie los ha elegido. Son Estado, no Nación. Por eso destruyen la Nación.

Todos los que piensan bajo la coacción ideológica del Estado de Partidos, ni siquiera han vislumbrado las consecuencias de esa verdad histórica que implica la monstruosidad de que existan partidos políticos como «grupos de poder». Ya sólo hablar en estos términos lo define a uno como lo que es. El fascismo originario del Estado de Partidos español se funda justo en eso: el partido como un órgano del Estado. De ahí que los partidos españoles no puedan hacer política en ningún sentido. Sólo pueden apuntalar desde su vacío el vacío del Estado. El presente es una lección de esta evidencia. Ante una situación política real, los partidos no tienen nada que decir y hacer.

¿En qué se basa la autoridad? En el amor siempre inconfesado del hijo al padre. Ese hombre alto y serio que nos cogía de la mano y la apretaba mientras cruzábamos el bosque a oscuras en la noche profunda y escuchábamos ruidos inquietantes y nos decía de niños: «No tengas miedo, yo siempre estaré a tu lado y nadie podrá hacerte daño». Pero hemos crecido, estamos huérfanos y nos refugiamos en los partidos en vez de ser hombres y afrontar el peligro por nosotros mismos.

182

Falsa modestia. Es difícil responder a un elogio sin caer en la desmesura de la autoalabanza o en el cretinismo retórico de la falsa modestia. En cada momento y etapa de mi desarrollo intelectual y vital, me asigno una pequeña «misión vocacional», e intento cumplirla dentro de mis límites. Imaginar otra España no es pequeña tarea y, por supuesto, no puede hacerse desde la soledad. Pero el problema del elogio está en que obliga superarse, lo cual en realidad es lo mejor que puede pasarle a uno.

183

Apocalípticos e integrados, “ma non troppo”. En algún momento el apocalíptico futuro quiso ser un integrado; en algún momento el integrado del futuro pudo ser un apocalíptico. No, no son las circunstancias las que eligen fatalmente. Primero uno se elige a sí mismo y luego las circunstancias vuelven fatal la elección previa. Los que hoy son herederos son los integrados que nunca pudieron ser otra cosa, dada su limitación de espíritu y de impulso vital. No hay ninguna creación sin exceso, eso lo sabe cualquier esteta y mucho más cualquier poderoso y todavía más cualquier rico. Nosotros somos los muy modestos realquilados del Apocalipsis que ya sucedió.

184

Belleza y dolor. La categoría de lo estético (incluyo aquí el arte, el mito, el rito, la ceremonia religiosa, la etiqueta de la jerarquía social, las reglas de cortesía, el “ars amandi” y cosas que pasan desapercibidas para los historiadores positivistas de las materialidades empíricas) es lo único que ha hecho posible que el hombre en toda época y bajo toda circunstancia haya sobrevivido al principio de realidad, catastrófico para la vida, pues es la privación embrutecedora de la dimensión única en que la vida noble es habitable: la pura ilusión de la apariencia conscientemente creada. Apolo consuela del dolor de Dionisos, Dionisos da fuerzas para que Apolo pueda crear la apariencia de orden que el dolor quebranta.

185

El origen de lo noble. Sepultureros entre las sombras del cortejo fúnebre. Entre los túmulos de las familias ricas, cuyos nombres en las lápidas no impiden imaginar su mortalidad, viejos hacendados esclavistas que proclamaron los Derechos del Hombre y el Ciudadano. Antes que nada, el debilitamiento fisiológico. Luego, una cierta apatía y falta de discernimiento en los criterios de valoración. Avanzado el proceso, parálisis y ceguera, incluso dificultades para identificar el propio rostro en el espejo y articular el propio nombre. Se había roto algo muy sutil: la filiación, la línea de continuidad en el tiempo del Yo supraindividual. Pero no quedan perros rabiosos defensores del rebaño, sólo perros lazarillos.

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Tus miserias y frustraciones me interesan”. El panorama político occidental es el producto de una ya larga crisis del “dispositivo liberal” de los derechos abstractos y universales, ahora regurgitados por las identidades parciales de “grupo electivo”. Tiene una lógica histórica aplastante. El marxismo cultural es el liberalismo histórico, pero con más altas prestaciones simbólicas y afectivas, en la era del capital financiero trasnacional. De ahí su éxito en el inconsciente colectivo. “Tus miserias y frustraciones me interesan” es el logo publicitario hoy dominante, como en aquel anuncio de un banco francés que en los 70 exponía con cinismo la imagen de un banquero sonriente en formato de gran valla y la “leyenda”: “Su dinero me interesa”…

187

Estadísticas y ritos. En el esquema trifuncional indoeuropeo descrito por Georges Dumézil, entre dominadores y servidores se intercalaban los oradores. La clase decididora siempre inventa un intermediario para llegar a la conciencia gobernada. Antaño la clerecía y sus sacramentos y rezos, hoy la estadística como ciencia universal del control social. La norma se establece sobre esta base. La pérdida de costumbres arraigadas deja un vacío que es llenado por tecnologías de poder. Pero los decididores siguen ocultándose tras las cifras como antaño tras las plegarias y la conciencia libre sigue igual de desarmada ante el Uno vuelto múltiple.

Como en esas playas polinesias casi vírgenes, cuando la marea se retira dejando al descubierto las huellas de la “civilización” (latas de coca cola y preservativos), detrás de los estadísticos y programadores del sexo, del consumo, de la opinión, de la renta y el voto, asoman sus largas orejas rostros de lobos que aúllan en manadas al caer la noche. Los que deciden, esa conciencia insomne e hiperactiva de sociedades moribundas que presentan todos los síntomas resacosos de una historia fracasada.

La “tecnificación” del poder busca distraer la atención disparando fuera del centro de la diana. No son los “golden boys” de las técnicas de opinión, politólogos, comunicólogos, expertos en “merchandising” sociológicos los Sujetos de la actual voluntad de poder: ellos, como mucho, son los agentes instrumentales, los predicadores de la Nueva Palabra sin contenido a que aferrar conciencias dimitidas de libertad subjetiva. Los fabricantes del “término medio” y del “estándar humano” que hoy tiene un aspecto de homúnculo y mañana otro, con tal de que el lóbulo cerebral izquierdo o derecho quede operativo para la Causa.

188

Thinking operator”. Para la opinión dominante en el Gran Mundo de esta nueva “Belle époque” tardía en que la grata desidia de los grandes rentistas organiza la sociedad, las poblaciones son culpables de inadaptación a las reglas mercantiles de la competencia mundial de las grandes empresas que se reparten las zonas de influencia como nuevo campo de una geoestrategia que nada tiene ya de “Gran Política” con su sujeto histórico (el Estado nacional y sus implícitas aspiraciones “imperiales”) y sí mucho de “ingeniería antropológica” y “tecno-económica”: la realización despiadada del ideal cosmopopolita, apátrida, multifuncional, desnacionalizado, el “operator” desarraigado del nomadismo del turismo de masas, el trabajador autoservicio subcontratado veinticuatro horas disponible, el ejecutivo que no hace realmente nada valioso pero cobra diez o veinte veces el salario mínimo y que se pasa la vida en congresos, hoteles y aeropuertos; el creativo, el publicista, el comunicador, todo ese universo de profesiones vacías, sin ningún contenido, meramente reactivas en tanto que “creadoras ex nihilo” de la relación social superficial del contacto, la imagen y el eslogan…

189

“Lebensraum”. Lo implícito del momento mundial es una dialéctica no dicha: la que enfrenta a perdedores con los ganadores de determinados “procesos de civilización” enfocados como una lucha competitiva latente entre sociedades, proyectable hacia el futuro. En los parámetros de la división internacional del trabajo era ya bien conocido hacia 1990, cuando China salió a la superficie: las sociedades europeas perderán la lucha competitiva mundial (el término “globalización” se usa para evitar enfocar el asunto bajo la determinación darwinista subyacente, que llevaría al racismo y la xenofobia, que ya de hecho la “psique colectiva” articula casi espontáneamente como defensa ante lo incomprensible, creando sus propios chivos expiatorios).

Todo esto ya había sido visto como en sueños por ese hombre, hoy despreciado y maldito, degradado por la propaganda a figura acartonada, que sin embargo lanzó a millones de alemanes a las estepas rusas porque conocía por adelantado el porvenir de Europa en esta lucha (él lo comprendió como lucha racial y no estaba lejos de la verdad, porque toda lucha en el fondo pone sobre el terreno polémico un diferencial energético de formas de civilización a las que subyace la propia determinación biológica, racial).

Spengler y muchos más lo sabían. Es el meollo del “pesimismo de la cultura” alemán que hoy resurge banalmente en mil poses sin contenido trágico. Ahora bien, hay muchos que creen ingenuamente que nuestro problema es nuestra inadaptación colectiva al libre mercado y en sus propios términos más o menos individualistas no se equivocan. También creen que el sujeto de la inadaptación es el Estado nacional enfrentado a una geopolítica de grandes espacios (nuevamente el maldito soñador: “Lebensraum”) para lo que no tiene más respuesta que el proteccionismo o la empalizada anti-inmigración.

Lo inadaptado es una población que ya sólo sabe vivir con la respiración asistida del Estado, incluso cuando su nivel de vida y su renta disponible real harían innecesaria esta dependencia que forma parte de un estilo de vida llamado “europeo”. Uno se pregunta si esta visión del acontecer actual no es una repetición bastante desdramatizada de procesos que los europeos ya vivieron en su versión original, más desgarradora y grandiosa, a raíz del periodo 1918-1945.

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Sociedad líquida”. Multiforme o polimorfa, como la sexualidad caricaturizada en las mejores películas de Woody Allen. Da igual la posición, la técnica, el deseo: lo importante es que se obtendrá un placer que compensará todas las perversiones. Hay que ser “winner”, pues la vida, cuando se experimenta contra el orden social y fuera del orden social, como si éste fuera tan sólo un “envoltorio” de látex deformable y adaptativo, divide a los hombres, no en la estéril y denigrada confrontación “política” (hoy simulada, nunca real), sino en “winners” y “losers”. Colectivamente somos “losers”, y desde hace mucho.

Todos somos un poco nuevos Robinsones de esta “sociología” de los “American Psycho” de la relacionabilidad infinita integrada en las condiciones del mercado mundial. Sin duda, el tipo, en cuanto representante de una tipología humana e histórica, promete. No es el vanguardista “Arbeiter” técnico-heroico de Jünger, no es el resentido proletario fraternal de la Internacional, no es el decimonónico “buen burgués” egoísta y avaricioso, máquina puritana de la acumulación de capital, no es el “militante de las buenas causas”, y más de cerca, no es el antipolítico súbdito franquista ni el despolitizado ciudadano de las “democracias realmente existentes”, hoy unidos en la figura del votante medio o demediado.

Es otro tipo que se puede identificar porque la ideología crea a la tipología humana de su elección, coherente consigo misma. Nosotros no viajaremos a Ítaca sino al MIT, a la sede central de IBM, al despacho altruista de Steve Jobs, al corazón luminoso del mundo de los que entregarán su vida, su inteligencia y todo su ser a la buena causa personal de ser “hombres de provecho”, capital humano de envidiable cualificación y estatus meritorio y acorde con su esfuerzo.

Ay, ay, sólo que tanto lirismo tropieza con el otro lado oscuro de la utopía del Robinson de la liquidez mundial de los mercados abiertos al capital humano competitivo: el destino social es un cernidor muy selectivo. Este himno vibrante, también profundamente antipolítico, como lo ha sido siempre la mejor tradición liberal refractaria al mítico Estado tendría sentido verdadero si entre sus líneas un nuevo espíritu de lo público y una nueva moralidad pública reuniesen a los “winners” y a los “losers” en una nueva experiencia de lo político en la libertad política.

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Conexión universal, concordia musical. Uno se pregunta para qué sirven los espejos y los hilos musicales en los supermercados.

Algunos autores dicen, en una línea freudiana apenas disimulada, aplicada al consumo, que los espejos sirven para reforzar en el consumidor su deseo de comprar más, en una especie de competencia suntuaria envidiosa de los otros habitantes de ese espacio, aunque el objeto de lujo sean aquí los rollos de papel higiénico, objeto tan digno como otro cualquiera.

Otros creen que el consumidor necesita identificarse con su papel específico en este lugar: la idealización de la libertad de circular cogiendo aquí y allá, un poco haciendo el nómada entre las estanterías, pero siempre con un orden prefijado por la propia organización. Según creo, se paga muy bien a los gerentes que idean nuevos modos de reforzar la imagen que al comprar los consumidores deben creerse de sí mismos y de la empresa que les proporciona tales gratificaciones.

Es un poco como el hilo musical, la primera vez que lo escuché en uno de estos supermercados me llamó la atención, porque no entendía qué relación tiene una tierna y quizás cursi canción de amor con el acto, en apariencia desprovisto de sentido especial, de adquirir unas latas de berberechos o comida para los perros. Y luego leí que era porque se necesitaba crear un ambiente de confort, entre algodonoso y aterciopelado, ya que la mercancía entra tanto por la vista como por el oído, es decir, que la música, si está bien elegida, predispone al consumidor a un acto de consumo suntuario más desinhibido y placentero.

Sí, hay restaurantes y otros lugares de ocio, en los que también hay hilo musical en el retrete y aquí sí que falla mi mediocre erudición sociológica, porque no acabo de ver la relación entre el acto de evacuar, incluso si resulta, como suele, placentero, y una canción “pop” cualquiera, no digamos un concierto barroco, una sonata romántica o un madrigal renacentista. Sobre esto mis autores no dicen nada, pero sospecho que hay alguna relación con el periodo de lactancia y libre excreción con pañales…

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On les forçera d´être heureux”. El concepto de «felicidad» que maneja la burocracia trasnacional es el que se oculta en las carcajadas de los gestores del accionariado de los grupos industriales y tecnológicos que la «imparten» por el mundo a cuenta de la «civilización» concebida como disponibilidad de los bienes y servicios de que ya «goza» el promedio occidental. Se trata de un «estándar vital» mínimo para el «buen vivir» bajo condiciones «óptimas» en la era global. Es la «utopía realizada» del Occidente moderno trasladada como programa a todo el planeta. Lo discutible es si esto tiene sentido incluso en el mundo «desarrollado».

Es sabido que ante la aporía de una libertad que encontrara opositores según el principio rousseauniano de una voluntad general reflejada en la mayoría, ante la minoría no esclarecida en su mejor querer concordante sólo cabía decir: «Se les forzará a ser libres», y en este asunto de la felicidad sucede lo mismo. Ya hace tiempo que el hombre occidental es coaccionado para vivir según estándares de los que ni quiere ni puede prescindir. Ser civilizado significa querer universalidades abstractas que repriman la subjetividad «mala». El sistema económico ha hecho de ello, en sentido materialista atrozmente limitado, su razón de ser y nos la ha impuesto como sentido vital universal. Ese es el verdadero nihilismo del valor.

En las lenguas en que una clase de hombres de mente elevada imprime su forma de experimentar el valor de la existencia, lo relacionado con lo que nombramos con un sustantivo abstracto se expresa con palabras que hacen referencia a la ocasión, al devenir en la exaltación del momento afortunado. Tienen una concepción estética o poética de los fines inmanentes de la vida, que toda la tradición judeocristiana considera como lo Insoportable mismo. En francés, lengua apocada por siglos de civilización, se conserva la palabra “bonheur” para nombrar “felicidad”, y con ella aparece, ya deformada, la idea del “buen augurio”, del venir al encuentro la señal del buen momento.

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El signo de lo plebeyo. La comparación de uno mismo con otros se hace tanto más necesaria cuando más se siente la necesidad de justificarse a sí mismo, y se vuelve inevitable, malévola y maldicente cuando se sospecha la carencia definitiva de cualidades estimables que ofrecer a los otros. Entonces, los otros deben pagar por este déficit que se convierte así en deuda: lógica eficaz y destructiva de la forma plebeya de valorar. Los otros, todos los otros, me deben lo que a mí me falta. En esta peculiar forma estimativa se revela el carácter de un hombre en su más genuina expresión activa y creativa.

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Nominalismo del valor. Para juzgar a los hombres de una época, los contemporáneos, no hay que fijarse nunca en lo que hacen, ni siquiera hay que tomarse en serio lo que declaran creer, no hay que buscar en el vertedero de sus valores elogiados. Todo esto no es más la chatarra moral de una época. Para formarse un juicio, sobre todo si éste no debe ser público ni compartible abiertamente, hay que prestar atención, como en una composición musical que oculta el tema se aguza más el oído, a las palabras que se emplean de manera reiterada para referirse a los bienes y virtudes, a todo lo que se ha decidido “estimable” o “despreciable” sin saber cómo ni por qué.

Este nominalismo moral es el primer “considerando”: rara vez hay la menor correlación entre palabra, acto y valor. Lo más común en cada momento es que la palabra aparezca en circulación tal como lo haría la moneda falsa en el mercado, y con las mismas consecuencias de depreciación del buen valor asociado a la noble palabra.

El fraude moral, la estafa de todo discurso moral debe buscarse siempre en las palabras, empezando por las malas traducciones de los términos morales griegos y romanos, una catástrofe de consecuencias incalculables, no muy diferentes de las adherencias banalizadoras de los términos metafísicos clave. Pero hoy todo ha empeorado porque la convención y el desarraigo de lo que se llama “razón”, “voluntad”, “deber”, “obligación moral”, etc no permiten pensar nada real.

195

Tiempo límite. El presente que no dispone ya de fuerzas para la auto-instauración y la auto-institución tiene que disolverse con la paradójica lentitud vertiginosa con que se apagan las estrellas, entre los destrozos del tiempo acumulado. De ahí seguramente esta penosa impresión que lo afecta todo con el signo de la repetición interminable, pero en el sentido de un descenso del que se hubiera extraviado el cálculo de las pérdidas, como si las reservas por sí solas bastasen para perpetuar las fuerzas en detrimento.

Si bien sabemos que este presente no es empujado ya a ninguna parte y que incluso, casi con toda certeza, carece de motor, tenemos a nuestra disposición, para el ejercicio de juegos estériles e inofensivos de pensamiento, las informes “figuras de conciencia” en que se demora y se desmorona una época moderna que no sabe acabarse más que a través de la reproducción de unos principios y unos aconteceres todos ellos “devenidos” y por tanto “sin devenir” posible, agotados en su menoscabada virtualidad de sentido.

Pero para “otro” pensamiento ahí existe una tarea, por miserable que haya llegado a ser: el principio de realidad de nuestro presente no es caución para este pensamiento, ya que en él no contempla lo imperfecto o lo inacabado, sino que más bien avizora la conclusión y el punto límite de partida para un comienzo que siempre, y también ahora, está esbozado en el presente en tanto que cambiante “estado de abierto” de un horizonte que nada puede obliterar.

196

Ideologías políticas y malentendidos. El fascismo auténtico, no adulterado, es la forma espiritual de una Revolución pensada y sentida desde posiciones reaccionarias. Lo socialista y lo nacionalista son lo mismo vistos desde posiciones distintas. Lo que hay que conservar y lo que hay que destruir: ésa es la verdadera dialéctica del fascismo. Ser fascista es penetrar en el misterio de lo que significa ser «moderno» con todas sus consecuencias. Precisamente por esa complejidad nada menos que un Heidegger podía ser «nazi», incluso si él mismo no lo podía comprender, lo que ahora desmiente en parte la publicación de sus «Cuadernos negros» en la edición alemana de las Obras Completas.

Por el contrario, el «marxismo» es en realidad un puro universalismo del valor, una abstracción y generalización de los supuestos de una antropología de inspiración judeocristiana, cuyo principio constituyente es la unidad del Hombre creado por un solo Dios. Abolición de la multiplicidad, del politeísmo existencial, negación de la singularidad. Su forma económica intercambiable es capitalismo o socialismo o comunismo, «homo oeconomicus» socializado en el egoísmo del interés privado o en el colectivismo del interés del Estado.

En ambos casos, un «homúnculo» de la especie “hombre” sin ningún contenido específico e indiferente a la clase, la cultura, la religión, el sexo o la nacionalidad. La primera manifestación consecuente de esta ideología hoy dominante es una hibridación extravagante de la Ilustración burguesa y los supuestos marxistas a partir de ese texto difícil y admirable que es «La cuestión judía» de Marx.

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Muerte espiritual y ritos de paso en una sociedad secularizada ¿En qué momento uno empieza a morir de esta muerte espiritual impronunciable, que tan sólo viene a realizar en vida la anticipación de la muerte natural?

En todas las formas del infinito aburrimiento social contemporáneo, en todas las formas de la banalidad ambiental, en tantas y más formas del ocio y el tiempo libre, en todas las horas muertas en espacios laborales asfixiantes, en los que literalmente la vacuidad de la obra acometida, sea la que sea, sólo es igualada por la ausencia de destino en que se disuelve el individuo en el espacio de la oferta, igualmente lúdica, igualmente vacacional. Lo que se realiza en ausencia del hombre, ¿qué es sino el proceso de su muerte vista desde fuera, desdoblada, como contemplándola a cámara lenta?

Del mismo modo que hay un segundo nacimiento simbólico (bautismo, ritos de paso…), que hace pasar al hombre de lo natural a lo espiritual, del indiferenciado ser genérico al ser singularizado partícipe de una “comunidad” autoelectiva dentro de la comunidad, incluso hoy, en este desamparo de todo, tiene que haber también una muerte que hace pasar de lo natural a lo espiritual.

En cuanto a la vida, no disponemos en nuestro orden cultural, carente por completo de ritualidad cultual, de ninguna dimensión para el renacer, pero sí que encontramos una rica variedad de manifestaciones de la muerte espiritual, y en realidad uno no las elige siquiera, le vienen ya dadas.

Que todo vuelva a recomenzar, eso es lo que la lógica del sistema de la civilización productivista no tolera ni puede tolerar, porque se funda en el tiempo lineal de la acumulación. Y lo mismo que vale para el individuo, tiene vigencia para la sociedad, para todas las instituciones o sistemas, más aún quizás para la propia Historia como acontecer.

Esta muerte acecha por doquier, nada se le escapa. Lo que se pone en obra cada vez es sólo ella misma. Porque la muerte del espíritu es necesariamente al mismo tiempo la muerte espiritual, es decir, el sinsentido de toda obra y de toda acción humanas, y en definitiva, el verdadero nihilismo. Pero ¿adónde pasa el hombre que sufre esta doble muerte, más allá del reflejo mortecino de todas las cosas sobre su conciencia finalmente vuelta opaca?

Lo que sé decir es que el hombre que ha pasado al otro lado se ha convertido en un hombre puramente contemplativo, cuyo vacío interior, infinito y rico, está todavía por desplegar. No hay nunca que subestimar el poder positivo de la Nada.

Lo mismo que no hay que olvidar tampoco que el final de la obra, el desenlace del destino histórico que ya experimentamos y es de hecho toda nuestra vida real, es la apertura hacia la disponibilidad absolutamente liberada y que esto, que significa confusión y desánimo, es también a la vez la entrega involuntaria a la contingencia, el azar y el puro capricho subjetivo y objetivo, precisamente es eso lo que implica que toda nuestra racionalidad realizada se transforma en su contrario, pero este contrario sólo puede afirmarse en la libertad propia cuando se libera de aquella, ya que toda racionalidad mundana no es más que uno de los rostros de la muerte espiritual. El juego siempre empieza de nuevo y los dados son lanzados una y otra vez.

 

198

El tiempo se renueva cada vez. La constancia de este renovarse a sí mismo el tiempo es la única forma de permanencia. Nietzsche concibe este “renovarse” como un “volver” que siempre sería idéntico a sí mismo.

Expresar esta “idea” sobre el tiempo es casi imposible, es lo imposible mismo. Toda expresión verbal referida al tiempo habla de un tiempo que no es el tiempo fundamental de una experiencia filosófica. Lo místico o inefable que subyace en el fondo de todo pensamiento se pierde en la vulgarización a la que hay que someter la concepción proyectada en el concepto ya acuñado y “listo para llevar”.

Así sucede con el tiempo: en una experiencia originaria hay que verter lo captado en un concepto y en una palabra en los que por anticipado ya se ha pensado otra cosa. Tiempo originario es la inconmensurabilidad, lo “trascendental”; tiempo vulgar es la calculabilidad, lo “empírico”.

Heidegger conecta con Kant quizás para investir de una experiencia de respetabilidad “filosófica” académica lo que es del orden de una novedad radical. En la metafísica occidental, en el pensamiento que nos constituye en lo que somos y hemos devenido históricamente, no se ha experimentado jamás, salvo en los casos aislados de experiencias “místicas” (o de “alienación mental”) esta condición radical del tiempo. ¿Por qué? Porque esto no es decible, esta “verdad” no puede ser dicha en el lenguaje de la tradición metafísica.

Si el tiempo abierto oprime aún más que la reglamentación del tiempo, de dónde extraemos entonces la sensación que omite la repetición, si una conciencia superior, más lúcida sabe, su misión es saber exactamente eso, que la renovación del tiempo es el tiempo mismo y nada más, ni siquiera hay que olvidar la repetición: ser/devenir, pasar/permanecer, continuidad/discontinuidad, unidad/pluralidad, mismidad/diferencia, punto/línea, todo/parte (la imagen geométrica como forma primitiva de la metafísica como “abstracción” del ser de los entes…). Cuántas “diferencias” son las que fundamentan el tiempo desde Aristóteles a Hegel.

Si el “fundamento estructural” de la existencia es el tiempo, también el tiempo es el fundamento del pensar, si pensar es ante todo “poner diferencias” sobre la base de un continuo para llevar todo cuanto es a la unidad/identidad del propio pensar que se da a sí mismo sólo a través de esta operación.

¿Qué otra cosa podría ser entonces un “existir pensante” sino la asunción consciente de la unidad de esta determinación doble de la existencia misma y el pensar por el tiempo? Pero cómo pensar esa unidad, bajo qué categorías, eso es lo que resulta una tarea irresoluble.

El “animal de costumbres” que es el hombre vive fijado a la repetición, incluso cuando lo que busca es el goce, la diversión, el juego, el mero entretenimiento, incluso cuando la náusea y el vértigo del puro aburrimiento se apoderan de él y lo aniquilan, siempre lo que realmente busca es la repetición de todo eso. Su forma de permanecer ajeno al tiempo es exactamente la repetición que el tiempo conlleva.

Desde ahí es muy fácil llegar hasta la idea de eternidad como el goce supremo, la repetición que al suspenderse a sí misma se perpetúa, un “fuera del tiempo” que no es otra cosa que la imagen del tiempo del pensar metafísico por excelencia. La otra imagen, la de un “manar” o un “fluir” desde el hontanar inagotable: el tiempo “se emite” a sí mismo, el tiempo es emisión desde una fuente, el tiempo es origen puro, pero todo esto sólo como “futuro”, un devenir que es porvenir…

Cuando se dice que “nada es estable” no se piensa que nada es estable porque “pasa”, sino porque precisamente hay un tiempo en tanto que se emite desde un futuro con el que siempre contamos para proyectarnos.

Cuando pensamos el ser como constancia, permanencia, estabilidad, el tiempo queda convertido en la mera referencia a una presencia y a un presente, omitiendo entonces esta condición del tiempo “originario”: destinarse, proyectarse, adelantarse, anticiparse, renovarse, estancia hacia…, devenir desde… Así se piensa cuando el tiempo se concibe desde la linealidad hacia delante desde un pasado que es un “pasar hacia”.

199

Sobre el Idealismo alemán como metafísica del absoluto. El horizonte de problemas del “Idealismo alemán” reside tan sólo en esta sencilla pregunta: ¿cómo pensar lo Absoluto después de Kant?

Las vías resolutivas, muy expeditivas con respecto a la tradición cristiano-platónica, en apariencia muy radicales, son alguna de éstas: la autorproducción humana se presenta por primera vez lejos de una facticidad sinsentido y absurda: ahora es nada menos que algo así como un despliegue temporal, Espíritu e Historia; la autofundamentación afirma que en lo temporal está lo eterno, en lo finito está lo infinito, que la Humanidad es un “modus” de Dios, con lo que se apunta hacia otra forma de Redención; la Subjetividad incondicionada declara que el sujeto-espíritu es el Todo, es Todo es reflejo del Sujeto espiritual; la Subjetividad incondicionada asume el papel de Dios, esto es, traer lo Absoluto a este mundo es su misión; el mundo moral es “el abismo de la libertad”; el ser como “voluntad” (el querer originario: pues “querer es ser originario”, en tanto “ser” designa permanencia, eternidad, originariedad, ser igual, ser siempre, ser uno, ser primero: voluntad…).

Obsérvese el desdoblamiento en que consiste el “trasmundo metafísico”: en lo finito está lo infinito, en lo temporal está lo eterno; en el hombre yace la imagen de Dios; en el mundo se ha producido la encarnación de Dios una vez en la Historia; en la manifestación como exterioridad subyace la fuerza interior; en el devenir como desarrollo del “en sí” hacia un “para sí” reside el “ser originario”; en el mundo de la necesidad se encuentra la posibilidad misma de la libertad…

El Idealismo alemán sigue siendo la Metafísica y en su expresión suprema, porque cada uno de los términos segundos (infinito, Dios, eternidad) está puesto como base para someter a sí a los términos primeros.

Cuando se afirma que “en lo finito está lo infinito”, por ejemplo bajo la forma de misterio teológico de la Encarnación, como mito religioso que sirve de soporte a la metafísica secular de la subjetividad incondicionada como metafísica absoluta, lo que se dice es exactamente esto otro: lo finito “es” en tanto figura de lo infinito, no se dice que sea lo finito lo que funda, soporta y determina lo infinito.

En este sentido, se entiende que Heidegger afirme en “Kant y el problema de la metafísica” que su interpretación de Kant en la dirección de la búsqueda de un horizonte temporal del ser vaya precisamente en la dirección inversa a la del idealismo alemán.

Éste determina lo finito a partir de una infinitud que ya no es ciertamente Dios sino una “figura de pensamiento” en la que la función de Dios sigue vigente como verdadera determinación; mientras que Heidegger sigue el camino inverso, es decir, intenta fundar lo infinito a partir de la finitud, esto es, del tiempo mismo, ya que el “Yo pienso” de la conciencia, determinación metafísica con que la Modernidad funda el sentido del ser, es para Heidegger un “Yo soy el tiempo”.

De ahí que para la comprensión de este otro sentido del ser busque explícitamente en esa obra una “razón pura sensible” frente a la razón pura teórica, tanto práctica como teórica frente al Kant que abre paso a lo Absoluto del Idealismo alemán. Lo mismo para la función esencial de la “imaginación trascendental”: para Heidegger es fuente y señal de la finitud, ya que designa la constitución temporal misma del hombre como “Dasein”, mientras que para el Idealismo alemán es el punto de partida para una ampliación de la conciencia que se abre hacia lo Absoluto para pensarlo, legitimando así el paso al otro lado de la temporalidad como finitud.

200

El arte de la prudencia. El problema de los moralistas del comienzo de la Modernidad está raramente bien ubicado: la tradición romano-católica es una entre las posibles formas de una moral práctica de la cautela y la previsión, y ni siquiera aquí hay otra cosa que el jesuitismo de profunda raigambre que constituye la educación “ad usum principis”, extendida hacia abajo para el empleo cortesano.

Se parte implícitamente de la distinción no reflexionada entre exterioridad del carácter e interioridad del ánimo: en el mundo luterano el punto de partida es el mismo, pero la resolución es más compleja, o por lo menos, puede estimarse así. El mundo germánico-luterano, sin llegar a representar la grandilocuente epopeya del Espíritu que se reencuentra a sí mismo como lo concebía Hegel (no hace falta decir que un secular pastor luterano contrariado por las circunstancias históricas en su más genuina vocación), sí es por cierto una forma distinta, separada de la otra tradición a la que, conscientemente o no, nosotros pertenecemos: la romano-católica eclesiástica o su versión secularizada.

En la tradición romano-católica que representa Gracián, siempre prevalece el disimulo, la ocultación, el velamiento de un interioridad sin forma ni vida propia. Por eso los ateos renegados del luteranismo como Schopenhauer podían encontrar en la obra del autor barroco español una cierta vía de escape frente al asfixiante “espiritualismo” ya muy aburguesado de su entorno nativo.

Ahora bien, aún otra filiación es posible: no hay exterioridad que no sea nada más que la trasparencia misma de la interioridad (“en sí”: el movimiento del espíritu en el nivel psíquico de autoconocimiento). En este sentido, la forma social convencional, la costumbre y la cortesía pasan a significar algo distinto a una mera veladura del ser propio y se convierten en los signos de una apariencia que remite a la autenticidad humana, algo que el católico, en su instinto más arraigado, no cree que exista.

En la tradición romano-católica no hay lugar ciertamente para el irracionalismo de la pasión germánica, no hay espacio para las objetivaciones del espíritu, de ahí la ausencia relativa de “romanticismo originario” en el mundo católico, pues todo en ese mundo es ya desde siempre objeto de ocultación por una omnipotente semiología superflua que poco a poco se va quedando inane, como ocurre en todo el simbolismo eclesiástico, retomado de un mundo pagado en cuyo seno su vitalidad no había caído todavía en la abstracción de lo universal.

Lo que se da en Gracián es un sutil juego de la artificialidad de los afectos que nada expresan, tan sólo son “posiciones” en la escala de puntuación de la apariencia social: el “virtuoso” es el que mejor conoce y practica unas reglas que nada tienen que ver con la “virtud” en tanto que interioridad expresiva de una verdad personalizada en lo singular del individuo.

Lejos de censurar esta configuración estratégica, dondequiera que se manifieste (muy al contrario, me parece normativa bajo determinadas condiciones), será necesario vislumbrar hasta qué punto los juegos de signos de la exterioridad son por sí solos válidos para vivir en sociedad.

La tradición romano-católica es, en cierto sentido, improductiva, tiene a vaciar a los hombres privilegiados de su potencia, de hecho, espiritualmente hablando, la “prudencia” como cauteloso disimulo, sin liquidar por completo el valor para la sinceridad (para el romano-católico, la sinceridad es sólo un prejuicio que hay que superar para adaptarse al orden mundano de las apariencias), sin embargo destruye el afecto, mengua la pasión, hace abdicar del ánimo, convierte moralmente a los hombres en figuras de cera que participaran como comparsas en una comedia de muñecos donde los papeles ya están hace tiempo repartidos para la mayor gloria de la mayor impostura.

La situación, tras largo periodo de hegemonía cultural de semejante “moral práctica”, probablemente tenga mucho que ver con la extraordinaria aptitud y sobrecualificación de las sociedades mediterráneas para cierto tipo muy específico de corrupción política y social, pues en el fondo lo que late dentro de esa tendencia es el virtuosimo de las apariencias como señal de éxito de los “prudentes” y “precavidos”, es decir, de los que mejor disimulan la virtud que no poseen sin tener ni siquiera que simularla.

ALMA Y MÁSCARA (2004-2010)

201

“Compite como puedas”. Si el capitalismo puede identificarse con el “espíritu deportivo” y en general con las competiciones deportivas, ello se debe a que el deporte contemporáneo de masas, o cualquiera de sus numerosas variantes, representa bastante fielmente su propia figura: el deporte, como el capital, en cuanto formas modernas de competencia agonista, se basan en la victoria sin intercambio, en el hecho desnudo de ganar sin compensación, unilateralmente. Esa es la obscenidad de los deportes actuales y del funcionamiento del capital en su fase orbital especulativa.

202

Trasmundos. El mundo sensible es el mundo de los obesos. El mundo inteligible es el mundo de la silicona. Al fin, ambos mundos se reconcilian en una unidad superior: el cuerpo glorificado de la modelo.

203

Alma y máscara. Con el tiempo, se nos va esbozando en el rostro una mueca de asco. A partir de ese momento, ya puede decirse de un hombre que empieza a “tener alma”. Al principio la mueca es difícilmente perceptible; luego, a veces, nos sorprendemos a nosotros mismos indagando ante el espejo por simple curiosidad: algo extraño ha aparecido en la mirada, en la sonrisa, sobre todo, en las comisuras de los labios algo nos desnuda cuando sonreímos, pero apenas nos fijamos. Más adelante, esos pequeños tics parasitarios que empiezan a establecerse en nuestra cara como signos identificadores o delatores configuran lo que será muy pronto un verdadero rictus. Entonces sentiremos algo parecido al miedo, la inquietud o el desamparo. Por fin, al borde de nuestra máscara, el rostro auténtico, el que llevábamos oculto desde siempre, pugna por salir a la luz y desplegar sus derechos y su poder.

204

Lo contrario también es verdadero. En todo pensamiento “fuerte” hay una captación del devenir como destino, es decir, hay un momento en que la pregunta “¿qué quisieras llegar a ser?” se responde por sí misma en lo que realmente eres. Si alguna vez quisiste eso, llegarás a serlo, pero también llegarás a ser al mismo tiempo lo contrario, lo que no quisiste ser. Entonces, ahí aparece el plano utópico: la imaginación de lo real por llegar no imagina nunca lo peor.

205

Esclavos sin redención. Seamos magnánimos con nosotros mismos. Al tipo humano que hoy predomina en Occidente me lo imagino con verdadero deleite como el esclavo que servía en los banquetes de los emperadores o los patricios romanos. Además de servir los manjares a sus dueños, gozaba del privilegio exclusivo de que éstos utilizaran sus cabellos para limpiarse las manos, porque era un signo indudable de la predilección que los señores sentían por ellos y los esclavos elegidos les mostraban, por consiguiente, su agradecimiento. Nosotros, sin llegar a la delicadeza de estos esclavos, gozamos no obstante con cosas peores. Y lo más sorprendente es que en el horizonte no se vislumbra redención de nuestra alma, o quizás esta carencia sea también lo mejor que nos pueda suceder.

206

Obra y silencio. Un mundo que se funda o desfonda en el exceso de palabras es un mundo hecho sobre un almacén de antigüedades presentado al público como la pura Modernidad. Según nuestra dialéctica, la palabra-herramienta es un residuo, un desecho de la verdad del pensamiento. La palabra-valor caduca en su ser herramienta deyecta. Cierta teoría de la escritura ha querido oponerse a esta vampirización del lenguaje a través de una nueva metafísica literaria del silencio acumulador de tesoros infinitos de “significación” arrebatadora. Reivindicar lo infinito del sentido es una buena estrategia defensiva contra el ruido del mundo, pero la Obra es lo que silencia a lo excesivo y redundante en el mundo común.

207

Sobre “SuperCannes” de J.G. Ballard. Una de las más llamativas paradojas de la mejor ficción actual es lo que llamaré “la saturación del sentido marginal” para relatar precisamente la ausencia de sentido total. El detalle significativo aparece en función del sinsentido de lo que se cuenta. La superficie del texto se satura de referencias minuciosas pero menores cuando el mundo como un todo ya no tiene ningún sentido operable. Se trata de una “escritura holográfica” en la que cada detalle contiene ya por anticipado la totalidad y cada dato innecesario prefigura el conjunto. La propia trivialidad estereotipada de la trama clásica de investigación, sin la cual hoy no existiría ya la novela comercial, se presenta también aquí en función de otra cosa. Al hilo de las peripecias, observaciones y juicios del narrador testigo, víctima de todas las añagazas de los demás personajes, vamos descubriendo no tanto la verdad misma, inexistente, como el proceso de la imposibilidad de llegar a ella.

208

Ajuste de cuentas metafísico. Lo que más alcanza mi centro espiritual en los cuentos mayores y relatos cortos de Tolstoi es una cosa muy simple y conmovedora, que la literatura contemporánea raramente ha conseguido vislumbrar con tanta perspicacia salvo en raras iluminaciones. Si el relato acaba en la muerte es porque desde ella se ilumina la vida. El modo de morir dice tajantemente lo errado del modo de vivir. Pienso en “Divino y humano”, “Cuánta tierra necesita un hombre” y en esa joya única que es “La muerte de Iván Ilich”, relato en el que muy por anticipado está declarada toda la verdad del discurso existencialista.

209

“Game is over”. Del mismo modo que el sujeto moderno tuvo que producirse a sí mismo como fundamento del mundo, hoy, cuando el mundo como un caballo desbocado se niega a ser lo que él se representa y quiere que sea, realiza un último gesto desesperado: volverse otro, devenir otro, pero sólo bajo la condición de que ese otro sea producción de sí mismo para así continuar el viejo juego como apoderado del ser, en cuanto pura identidad especulativa complaciente que juega consigo misma. El sujeto nunca supera el estadio del espejo metafísico, precisamente porque él mismo es ese espejo y no puede ser otra cosa como sujeto.

210

¿Y si la cultura de masas fuera una forma de esquizofrenia? La esquizofrenia puede alcanzar la condición de un estado sistémico cuando la desimbolización ha llegado al límite de la insignificancia por sobresignificación forzada. El esquizo es el que ha sustituido la representación de la cosa por la representación de la palabra. La enfermedad resulta de una total trasparencia entre la cosa y la palabra, hasta el punto de que las palabras se convierten inmediatamente en las cosas significadas. Pérdida, por tanto, del dualismo simbólico, la realidad indiferenciada es absorbida íntegramente por un lenguaje que realmente ha dejado de serlo. Freud: “En la esquizofrenia quedan sometidas las palabras al mismo proceso que forma las imágenes oníricas… Las palabras quedan condensadas y se trasfieren sus cargas unas a otras por medio del desplazamiento. Este proceso puede llegar hasta conferir a una palabra, apropiada para ello por sus múltiples relaciones, la representación de toda una serie de ideas.”

211

Principio de reversibilidad. En el reverso está la plenitud de las cosas, porque el reverso implica la aceptación de la contradictoriedad de la existencia. Sólo esta admisión incondicional del reverso de todas las cosas justifica la existencia. El hombre “común y corriente”, el que ha establecido el sistema de todas las valoraciones morales hoy dominantes, escinde esta condición seleccionando lo que se le acomoda. Por tanto, este tipo de hombre será una especie escindida que vive en el rechazo y del rechazo del reverso, lo que supone una represión ontológica pura y simple, la prohibición implícita de conferirle al principio de reversibilidad que rige el mundo un valor interpretativo (Nietzsche, “La voluntad de poder”, 876)

212

Tu libertad te juzga. No creo que nadie pueda despreciarnos tanto como nosotros mismos somos capaces de menospreciarnos, sobre todo inconscientemente, a través de lo que hacemos con nuestra “libertad”. Nadie puede darse tantas razones para odiarse como uno mismo.

213

¿Quién es el animal doméstico? El hombre mira al perro y tal vez piensa: “¡Qué pereza ser perro!” El perro observa al hombre y tal vez concibe: “¡Qué hastío ser hombre!”

214

¿Y si el mundo existiera para ser imaginado y no sólo vivido, pensado y calculado? La imaginación es el conmutador de las demás facultades espirituales: éstas se apagan o se encienden según medida y dictado de la imaginación. O con otra analogía: si el alma fuera una trama hecha de hilos de diversos colores y varias calidades, el dibujo secreto o latente lo crearía la imaginación, que sería entonces el verdadero hilo conductor del alma. Y quien afirma esta verdad sobre la imaginación, reprimida siempre por el pensamiento formal de una racionalidad irrisoria, afirma nada más que el puro ciclo del aparecer-suceder-desvanecerse del tiempo que nos constituye.

215

Tus juegos nos ofenden. Quien rechaza la vida consciente, está poseído por el instinto de muerte, pero quien rechaza el principio de realidad, ¿está poseído por el principio de placer? Quizás por eso la muerte siempre está merodeando por los juegos de los niños, pero sobre todo tiende a apoderarse de los juegos de los adultos, al menos de los que saben ser niños todavía, de otra manera más insidiosa.

216

Sí, realmente el consuelo es cosa de tontos. No entiendo por “libertad” más que la decisión, el acto y la obra por los cuales uno les hace saber a los otros que no es lo que ellos esperan que sea, que no se convertirá en lo que ellos desean que sea.

217

Pulsiones. Lo que mueve a algo, sea lo que sea, pongamos “un impulso”, no es bueno ni malo: su fruto, lo que se llama “vicio” o “virtud”, es lo que calificamos muy a la ligera como bueno o malo. Pero antes que el fruto, está la semilla y ésta es por completo indiferente al juicio moral, está plantada en un más acá o en un más allá del bien y del mal. Y luego, con el fruto se hace lo que uno quiera hacer. La moral occidental, desde su origen hasta hoy, es una moral del juicio moral, puramente intelectualista, contemplativa, una moral hecha desde la óptica de un sujeto pasivo, y, salvo en autores como La Rochefoucauld y Nietzsche, jamás se ha practicado una moral teórica basada en un sujeto activo, pulsional, que es el que “produce” los actos morales, los vicios y las virtudes, si así queremos llamar a todo lo que es movido por otro.

Da igual cómo se entienda ese “algo que mueve”, siempre es algún impulso o “pasión”, algo que empuja afuera porque desde dentro empuja a uno mismo a algo, determina la “tendencia”, el “intentar” que es intención del acto. Moralmente somos movidos por impulsos que padecemos como “pasiones”. Ahora bien, en sí mismos impulsos y pasiones son neutrales, inclinan, tienden, pero esta misma inclinación y tendencia también es por completo neutra, sólo la exterioridad formal de una ley moral y la pereza intelectualista del juicio moral contemplativo enuncian un bien o un mal que son extraños en esencia a lo que realmente constituye el motor inmóvil de la moral, un núcleo secreto de verdad determinado por una naturaleza que ningún orden social puede aniquilar ni mermar. Carácter, temperamento, pasión, instinto, capricho, humor, genio, voluntad: nombres vacíos para designar la incógnita suprema y última de lo que nos lleva al movimiento del ánimo.

Si lo que ha prevalecido conceptualmente ha sido el juicio, la razón y la voluntad “racional”, ello se debe a la exigencia esencialmente “política”, siempre obedecida sin discusión por los hombres del “saber recto”, de crear, formar y adiestrar seres normalizados, previsibles, aplanados en una medianía calculable de la que se ha erosionado previamente toda la oculta dimensión caótica en la que el hombre se encuentra atrapado. Pero para poner un orden, un cierto tipo de orden en ese “caos” del alma, ha sido necesaria la erradicación de lo que nos hace verdaderamente humanos: el gusto sublime por el riesgo, la fe de hierro en el puro existir expuestos a un tiempo finito que se consuma y quiere consumirse siempre por adelantado, haciendo don de sí mismo.

218

Déficit de ser. Se llega a la estimulación cuando ya no hay estímulos: la hipestimulación como efecto de la solicitación sin descanso es como estar obligado a mantener una erección sin verdadera “libido”, tener ganas de algo pero sin saber qué, estar saciado pero seguir dominado por un apetito que ningún manjar podría saciar. Este estado no se parece a nada conocido, y sin embargo, eso y nada más que eso, anhelo, voluntad, deseo, inquietud es el hombre, tanto “más hombre” cuanto más desviado hacia esta extraña dirección en la que su ser se fatiga interminablemente a través de prolijas ideaciones de lo posible. De este desequilibrio originario y radical algo debe originarse, algo debe devenir, algo tiene que superarse, pero siempre en el mismo sentido: incremento o disminución no tienen sentido para este ser a quien sólo colma la obsesión misma de su déficit de ser y la larga marcha en la persecución de su sombra.

219

Heterosexualidad. El bastión del dominio del Esclavo: la heterosexualidad, no la simple reproducción biológica de la especie como medio para la producción del Esclavo. ¿Qué papel desempeñaría la homosexualidad en una cultura en la que “la moral de los señores” fuera la moral dominante? El “eros” como “agon” sólo puede abrirse en plenitud en la relación entre hombres, pero este agonismo en la cultura dominada por la heterosexualidad obligatoria impuesta por “la moral de los esclavos” ha sido trasferido a la competencia entre hombres por un objeto que degrada el principio mismo de lo masculino, experimentado en “la moral de los señores”: la mujer. El fin de la cultura es la hegemonía absoluta de la heterosexualidad dirigida a la mujer: no es raro, por tanto, que al final del proceso de civilización bajo las exigencias de un capitalismo que es la pura expresión del ideal esclavo del “servicio completo” al “liberar a la mujer” de la esfera privada, la cultura, en cuanto objeto cultual público, se afemine y todos los valores “femeninos” pasen a un primer plano (Marco Ferreri, “Adiós al macho” y Federico Fellini ,“La ciudad de las mujeres”): el eros agonístico, como elevación del hombre, desaparece y su vacío ya no es llenado por nada.

220

Mujer experimental. La mujer occidental actual vive a expensas de su poder de realizar el ser ajeno, sacrificándolo en aras de realizar el ser propio. Esta podría quizás ser una manera banalizada de expresar el sinsentido del aborto como norma social de comportamiento aceptable. La mujer occidental, que en modo alguno es “la mujer en sí” y menos aún encarna una clase de feminidad cualquiera, en absoluto “ideal”, es el tipo histórico tardío de una humanidad experimental que se lo ha jugado todo a una sola carta: la carta de un destino sacrificado a la ausencia de destino, humanidad que se destemporaliza incluso en un plano puramente biológico.

221

Intimidades. Cuanto más pobre se va haciendo la intimidad, más celoso se vuelve uno de ella: es como si la pérdida de toda pasión auténtica tuviera que compensarse con la forma vacía de toda pasión, esto es, el celo y su parafernalia, la preocupación avasalladora por protegerse y desocupar el mayor espacio disponible para preservar la poca intimidad en que ha acabado por refugiarse una existencia que, propiamente hablando, no es ni privada ni pública. En esa trasparente intimidad uno sólo busca perderse, desaparecer, borrarse: todo cambio en la corriente de los afectos es desequilibrio sobre el que hay que dirigir una y otra vez todas las fuerzas de la atención para que no llegue demasiado lejos su conocido impulso hacia el vacío.

222

Trato mundano. Hay maneras de aprecio y estima que son peores que las manifestaciones del menosprecio y del desinterés profundo por los demás. Sentirse menospreciado de esta forma tan sutil y caritativa, tan condescendiente y despreocupada es más hiriente que el menosprecio abierto y ofensivo.

223

Síntoma preocupante. El simple contacto con las personas me produce un extraordinario malestar, una insatisfacción que fácilmente se trasforma en consternación: en el trato mundano al que estoy obligado siento como si me asomara a un pozo desde cuyo fondo proviniese el ruido de las cadenas o el silbido de las serpientes. Algo no marcha en la percepción que siempre he tenido de las personas, un exceso o un defecto de impresionabilidad ante el caos, el vacío, la desorientación, el desarraigo, la ausencia de integridad, la pequeñez autoexhibida y complaciente del mundo interior. Todo junto me vuelve insoportables a casi todas las personas que he encontrado y da igual la opinión que haya llegado a formarme de ellas, incluso el afecto o la simpatía, la inclinación que haya podido manifestarles, nada cambia en este trasfondo de duda inquietante con que siempre se me presenta y se me representa el otro.

224

“Realización personal”. La normalización extrema del estándar humano, esa norma saturada de sí misma, esa restricción de la vida es la forma que adopta en la sociedad moderna el rechazo de la fatalidad del puro hecho de existir: todo lo que conlleva esa fatalidad, la diferencia que pone en el mundo cada destino individual que se toma en serio a sí mismo. Por eso se habla tanto en la actualidad de “realización personal”: hay que canalizar, pero siempre en la “buena dirección”, el destino individual, no sea que haya quien llegue a pensar que su vida es algo que tan sólo le concierne a él y no hay ningún sentido “listo para llevar” que haga las veces de sentido válido para todos. Como tal sentido no está ya disponible, salvo en la beatífica falsificación de lo universal vacío que no compromete a nada, llega la hora de las rebajas en la oferta sistémica de nuevos destinos individuales producidos para satisfacer una creciente demanda, dado que la inconsciencia del nihilismo omnipresente no evita que toda su latencia biográfica en los individuos no se manifieste de esta o aquella manera, aberrante o normalizada.

 

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