TERRORISMO Y PODER

LA CONCIENCIA DEL GUARDIÁN (ACTO 1º): ESTADO MUNDIAL DE EXCEPCIÓN (2001-2004)

En homenaje a Jean Baudrillard, 1929-2007

 

“…no hay creación en ningún orden sin cierta dosis de titanismo; que es, en verdad, la ausencia de dosis, el absoluto lujo de la vitalidad. Me importa, digo, subrayar esto, porque no creo posible la salvación de Europa si no se decide la humanidad de Occidente, perforando todos los prejuicios y remilgos de una vieja civilización, a buscar el contacto inmediato con la más ruda realidad de la vida, es decir, a aceptar ésta íntegramente en todas sus condiciones sin aspavientos de un artificioso pudor (…) No se trata de pensar que todo lo que es, puesto que es, además debe ser, sino precisamente de separar, como dos mundos diferentes, lo uno y lo otro. Ni lo que es, sin más, debe ser, ni, viceversa, lo que no debe ser, sin más no es. Ningún otro continente se la mostrado tan ligero, tan frívolo, tan pueril como el europeo, en dar en no existente lo fatal”.

José Ortega y Gasset, “Mirabeau o el político” (1927)

1

La época se esforzaba por olvidarse de sí misma, sin conseguirlo del todo. Lo que quedaba de historia era el lugar donde se vertían todos los valores residuales. Cada cadáver anónimo desintegrado por la historia era el signo decimal de una cuenta atrás. Aunque finalmente la máscara ha caído. La ausencia de sentido del ridículo nos impedirá durante algún tiempo reconocer nuestra propia cara en el espejo de los acontecimientos. Teníamos la cara muy perdida de vista, casi no nos acordábamos de que por debajo de la máscara había un rostro. Y sin embargo ocasiones no han faltado para descubrir la verdad “desnuda”: este rostro velado, mirado por fin de frente, tendría que causar espanto, vergüenza y náusea. Nunca es tarde para salir del aturdimiento. Por ahora, aquel que ejecuta el sacrificio es nuestro sustituto; pero nosotros, por nuestra parte, también sustituimos a la víctima.

Desde el 11-9-2001 sólo una cosa ha cambiado de verdad, aunque nadie quiera referirse a ella: ahora vamos a saber, de una vez por todas, quiénes somos nosotros, qué es Occidente, qué es el sistema mundial, qué es un poder innombrable. Gracias a los acontecimientos del 11-9-2001, secretas operaciones catalíticas nos retratan mejor de lo que esperábamos. Del cuarto oscuro de la inconsciencia, emerge una imagen pavorosa. Ahora vamos a medir el peso de nuestros valores, el sentido último de nuestros valores, los que justamente dan la medida de todos nosotros. Nos salpican gotas innumerables de culpabilidad colectiva de las que ya no nos podremos lavar. El genocidio es, virtualmente, un circuito paralelo de la realidad mundial; el exterminio y la carnicería son nuestra tarjeta de visita. Occidente ha perdido ya por completo toda legitimidad política, moral e histórica. La conducta de todos nuestros poderes e instituciones ha encontrado lo inconsciente inconfesable, su verdadera vocación; ya no podrá ocultar por mucho tiempo más su esencia.

Sólo por ofrecernos esta revelación esotérica, de la que muy pocos son dueños, algo como el 11-9-2001 tenía serias posibilidades de ocurrir. Era necesario que el sistema pudiese saltar sobre su propia sombra, era necesario obligarlo a que jugase su última baza; era necesario, por tanto, provocarlo para que transgrediese los límites de su legitimidad, ponerlo contra las cuerdas para que ya nunca más pudiese volver a apelar a esa sacrosanta legitimidad moral e histórica. Así, después del invisible genocidio afgano del otoño del 2001, se nos hará la gracia de proponernos el controlado genocidio palestino de la primavera del 2002, tan informativamente apagado como el anterior.

Ahora van a saber ustedes de qué trata el asunto. Que todo esto era previsible, no le quita nada al hecho de que siempre tengamos que escandalizarnos a posteriori en los habituales términos de nuestro deslumbrante fariseísmo moral. Como si no hubiéramos mantenido la misma “indisposición” moral ante Bosnia, Kosovo, Chechenia, Afganistán, Argelia e Iraq, en los años más recientes, que ya parecen remitir a otras edades, tal es la pérdida del tiempo en la era del tiempo real de las pantallas. Es el problema de una universalidad de pacotilla que no dispone de los atributos divinos de la ubicuidad y la omnisciencia, aunque los reivindique.

Durante mucho tiempo habrá que mantener el silencio sobre la naturaleza del conflicto: no habrá que mencionar que todo esto se inscribe, lisa y llanamente, en una guerra de exterminio, sometimiento y humillación de la totalidad del mundo islámico. Bajo el eufemismo revigorizante de la “lucha contra el terrorismo”, discurso que la clase dirigente europea ha hecho suyo sin saber muy bien lo que hace, se esconde, como piensa Jean Baudrillard, una estrategia paulatina de genocidio bajo control (hipótesis de la cuarta guerra mundial), dirigido contra todos los elementos refractarios al orden de la mundialización. Así ha ocurrido en diferentes escenarios a lo largo de la década de los 90, escenarios que siempre han estado localizados, como quien no quiere la cosa, en países de población islámica. Occidente, bifurcado en una cabeza militar y estratégica (Estados Unidos) y un enternecedor corazoncito moral y humanitario (Europa occidental), cuyos convulsos latidos se van apagando ante la mirada vigilante del Big Brother trasatlántico, es el cómplice, cuando no el agente de todos estos procesos. La destrucción del World Trade Center dicta un primer esbozo de sentencia universal.

Se ve con claridad: las personas y los papeles cambian, pero la función genocida permanece: a veces es un nacionalista serbio, otras un sionista recalcitrante, otras incluso un “condottiero” que oprime a su propio pueblo y lo sirve como carnaza y blanco de sus “enemigos”. Todos, por supuesto, simples ejecutores de designios que les sobrepasan y que en el fondo coinciden con los fines e intereses secretos del gigante de dos cabezas. Cuanto mayor sea la brutalidad de estos carniceros del enemigo, tanto mayor será la complicidad de Occidente, y, por eso mismo, la necesidad objetiva de deshacerse de ellos, quemándolos en la falsa hoguera de procesos penales irrisorios que lo único que hacen es desvelar el doble juego occidental.

De ahí que todos ellos soliciten tiempo, que se les deje el tiempo debido para acabar su trabajo, antes de que se ponga en marcha la comedia patética de la diplomacia y la máquina chirriante de la “dura lex” humanitaria. En todo caso esta duplicidad inconsciente o no se extiende hasta la propia opinión pública europea: mientras que se desprecia al inmigrante de origen árabe y en general islámico, esta opinión piadosamente dice compartir la “causa palestina” o cualquier otra causa, y siempre por razones puramente “humanitarias”. Es como si la misma duplicidad multiforme de la clase dirigente contaminase el inconsciente purulento de las masas serviles.

Hay que retener, por tanto, una idea de todo esto: los dilemas morales y políticos de Occidente se encierran en esta apelación al aplazamiento perpetuo: “Dejadnos acabar el trabajo”. Empezaremos a entender mucho mejor la naturaleza de los hechos cuando aprendamos a saber esperar: moral impúdica del séptimo día, pedigrí ético del que gozaremos durante algún tiempo, antes de la sentencia de la reversión.

Un cronista de televisión sintetizaba esta actitud a la perfección: mientras los todopoderosos reflectores informativos se dirigían a otra parte, señalando el no-lugar del crimen, el cronista nos informa de que el enojoso asunto de Jenín (y meses atrás los delicadamente evacuados incidentes de la prisión afgana de Massar-i-Sharif) forma parte de la historia del país, decorado macabro sobreañadido al escalofrío palpitante de la historia siempre pasada: expediente cerrado entre los legajos que un día lejano desempolvarán los jueces del Tribunal correspondiente, previamente incorporado a los libros de historia y los anuarios.

Congelación de los sucesos en la no-historia, donde los cadáveres permanecerán momificados a la espera de la resurrección bienintencionada de la soberana moral jurisdiccional con que los occidentales formalizarán el trámite de su condescendencia sobre el mundo, pues ellos no estaban allí. Todavía no saben que su destino más próximo será ocupar un día el lugar dejado por las propias víctimas.

2

La siguiente escena del guión mundial define bastante bien la situación moral y política europea de comienzos del siglo XXI, esperado nuevo siglo que, desgraciadamente, no ha traído consigo para esta Europa beatífica un bautismo en las aguas estancadas del río de la Post-historia, aunque sí una mayor frivolidad en el olvido de sí misma. Mientras un amenazador tribunal de derechos, o desechos, humanos se envalentonaba declarando investigar la responsabilidad del ahora primer ministro israelí Sharon, respecto de las matanzas en el Líbano en 1.982, el mismo Sharon, elegido democráticamente a primeros de 2001, se encargaba de organizar y dirigir otras matanzas, como las que han tenido lugar en el campo de refugiados palestinos de Jenín en abril del 2002.

Esta simultaneidad de los dos procesos habla a favor de la creciente orbitalización o satelización de la moral y el derecho en el mundo occidental, pese a todas las declaraciones bienintencionadas de lo contrario: disociación de los actos jurídicos que finalmente desemboca en la evacuación de los frentes podridos de lo político, que ahora ya sí pueden quedar definitivamente impunes. Para muchos, esta retorta automática del circuito paralelo es todo un alivio. Como respondía Napoleón a sus consejeros cuando se le pedía que se comprometiera en algo general, en uno de esos acuerdos de buenas personas satisfechas con el mundo y consigo mismas: “Bueno, se trata sólo de principios”. Y luego daba su palabra en la sarcástica conciencia de no cumplirla.

La Europa real es la que queda retratada en este acto fallido de la Europa oficial. La una es coartada de la otra. Los efectos de la ausencia de poder son ciertamente pasmosos. Entre la amoralidad del poder que se ejerce y la amoralidad del poder del que se carece, la infamia del poder se reduplica en su pura esencia, casi obscena. Europa, después de conocer ampliamente la amoralidad del poder, cuyas reglas ha inventado y practicado soberana y mortíferamente durante varios siglos, reconoce ahora la amoralidad inversa, la del no-poder, y sin embargo tiene que parecer que sí, que todavía hay algo de eso. Este papel de figurante entrometido, sin duda, constituye una ironía descarada de la historia. Es también la situación más patética, la que nos destina a todos los “lapsus” imaginables, y ya son muchos en los últimos años. Antes, Europa era amoral porque se lo exigía su grandilocuente papel hegemónico; hoy, Europa es amoral porque se lo exige también su papel, esta vez subalterno.

Después de dejar el mundo zurcido por el colonialismo y estuprado por la desestructuración, los europeos gozan de la buena salud de los libertinos seniles que se retiran al campo para pasar sus últimos años en la tranquilidad de la admiración de sus piezas de coleccionista. En este caso, la colección está formada por los horrores y desechos de la era post-colonial, la de los arreglos vergonzantes en manos de unos norteamericanos manifiestamente muy por debajo de un papel hegemónico que en el fondo no han querido ejercer nunca, porque reconocen su ineptitud para la vocación “imperial” que se les atribuye a la ligera, como si cualquiera, por el mero hecho de ocupar la posición de cabecera del poder, pudiera igualmente desempeñar una función imperial improvisada.

Alguien tenía que recoger las migajas del desastre de las entreguerras civiles europeas de 1914-1945, esa otra “guerra de los 30 años” que acabó con las patéticas veleidades europeas de encarnar el Super-sujeto de la Historia (los alemanes, como siempre, se tomaron demasiado en serio el guión y lo llevaron hasta su lógico apocalipsis). Los norteamericanos “pasaban por allí” en el momento oportuno. La deriva del mundo actual demuestra que el cetro les pesa mucho, se les cae de la mano cada vez que intentan levantarlo. Por no mencionar que el manto de armiño está completamente apolillado. Quizás todo resulta extremadamente coherente si se piensa que el poder mundial se funda justamente sobre esta alimentación continua de la deriva.

Más paradojas en el mismo registro de la volatilidad sin consecuencias: el gobierno holandés se ve obligado a dimitir en pleno en abril del 2002, al revelarse por un informe oficial, encargado por él mismo, que queda probado el hecho, ya barruntado, de que las tropas holandesas bajo mandato de la ONU decidieron no intervenir cuando se desarrollaba la matanza de musulmanes bosnios en Srebrenica en 1995. Más aún, fueron estas mismas tropas de cascos azules las que entregaron en mano a los serbios unos 7500 hombres que serían masacrados en los días sucesivos. Lo que a su vez corrobora las acusaciones de Milosévic contra los dirigentes europeos, a los que considera sus cómplices silenciosos, al abstenerse de toda intervención real en las matanzas en Bosnia, asunto al que se dio carpetazo y que consecuentemente ya ha desaparecido de nuestra memoria. Apenas siete años han bastado para que todo quede archivado.

Ahora bien, la realidad de los hechos es muy obstinada, pues no hace más que reproducirse continuamente y en todas partes, y siempre en las mismas condiciones de abstinencia, complicidad y silencio. El sobreseimiento permanente de los datos de la “catástrofe humanitaria” provocará que en el futuro inmediato se acumule tal masa de sucesos sin compensación que cualquier declaración de un dirigente occidental se tome por lo que realmente es: un “flatus vocis” cada vez más irritante.

Después de todo, para los efectos es lo mismo ser sujeto paranoico del poder o ser el payaso de las bofetadas de su carencia. La única diferencia es que ahora la obscenidad es todavía mayor, más fresca y descarada. No será todavía lo peor convertirse en el objeto vilipendiado de la amoralidad de los otros, los que sí tienen el poder. Los hechos de Israel (¿y cuántos hechos más?) colocan a los europeos en su verdadero lugar, o no-lugar, es lo mismo. La grotesca desproporción entre lo que Europa representa (o dice representar: la voz de su amo, el pedigrí de sus intelectuales tumefactos, la hinchazón de la conciencia universal) y lo que realmente es, constituye una de esas paradojas de la historia que bien vale vivirla en propia carne. Es nuestro privilegio, el de las generaciones de “los últimos hombres”. No hay que lamentar, sobre todo no hay que lamentar, esta reversión de los papeles. No hay nunca que lamentar las figuras que se encarnan en un destino, pues en ellas resplandece la verdad, por obscena y miserable que, debemos reconocerlo, sea finalmente.

3

La desusada palabra “plutocracia” designa bastante bien esta simbiosis entre clase dirigente oficial y clase directiva de las corporaciones nacionales y trasnacionales. Si le añadimos la perpetua demagogia mediática y periodística, si además la condimentamos con la sofística académica, encontraremos que la actual “democracia” es la cobertura jurídica que permite la cíclica renovación y relegitimación de esta coyuntura plutocrática. En cada convocatoria electoral, los ciudadanos-clientes son llamados a renovar el pacto de la corrupción interactiva de la totalidad del sistema. Con todos estos ingredientes, tenemos la combinación clásica de una tiranía en toda regla, en nuestro caso europeo, la tiranía supervisible de la corrupción generalizada, la corrupción también de la transparencia, la del poder de la trasparencia como ocultación del poder.

La sociedad y el Estado oficiales ya se han pasado ampliamente a la clandestinidad: desde lo más bajo hasta lo más alto, el funcionamiento social ”sicilianizado” está presidido por esta segunda existencia paralela, clandestina, más allá del precario pacto con la realidad oficial. Visto en perspectiva, el voto mariposa de Florida es la más hermosa metáfora de esta desregulación en cadena del sistema, que afecta a todos los estratos y niveles: gestión de corporaciones, gestión diplomática, gestión de los Estados-desguace, tipo Argentina; gestión de los golpes de Estado por los servicios secretos (caso de Venezuela); gestión de los genocidios en toda regla (caso de Palestina). La patología del sistema, su propio funcionamiento normal, avanza a un ritmo galopante, sin dejar huellas, quemando a una rapidez espasmódica todas las etapas.

¿Hacia qué espiral de vértigo y náusea se dirige tanta agitación de resultados nulos, por ahora? El prototipo de los grandes actos fallidos es la sobreacumulación de capital inactivo, sobreacumulación maldita que pone en jaque a la totalidad del sistema del valor. ¿Qué hacer con ella? Juegos de prestidigitación. El problema es que con cada jugada de dilapidación, la sobreacumulación sigue creciendo hasta volverse fantástica, un inmenso residuo inutilizable. Es imposible liberarse del exceso de capital, incluso destruyendo países enteros. El ciclo no puede acabarse, porque el valor no puede consumirse ni acabarse sin engendrar más valor. Es la espiral maldita del capital en la era de la mundialización, espiral que corrompe a la totalidad del orden social, cultural, moral, jurídico y político. La maldición que pesa sobre el capital es la de reproducirse infinitamente, siempre más. Todo se mimetiza a imagen de esta reproducción: es la espiral imperturbable de la corrupción, de la disuasión por el terror, del genocidio a cámara lenta, de la depauperación a marchas forzadas, de la devastación ecológica, del descerebramiento colectivo.

Como piensa Baudrillard, lo exponencial es un ciclo que no se puede parar, sobre el que no se puede intervenir con elecciones de ningún tipo: es la figura misma de lo fatal. Lo exponencial es el sustituto profano que realiza la eternidad divina, la omnipotencia negativa absoluta. Es la pornocracia, la trasparencia de la corrupción, cuando el capital degenera en el incesto consigo mismo, el incesto de su propia impunidad. La pornocracia es el estadio del capital universal, cuando éste derrama una inmensa mancha seminal de su corrupción sobre toda la sociedad que rige, cuando la sinergia entre poderes residuales y el propio capital produce la consaguineidad de todos los procesos de deformación.

La pornocracia es la democracia como régimen en el que los poderes degeneran produciendo una descendencia irreconocible para los propios padres indistintos del experimento: hijos bastardos de muchos padres anónimos, sin Hamlet purgativo sobre el que recaiga la tarea de la venganza. La actual democracia, con su clase dirigente, ideológicamente inseminada, es una comedia donde los cornudos siempre son los últimos en enterarse: infidelidad del capital con el que copulan en las horas libres y tal vez también en las horas de trabajo. Libido exacerbada y prepotente del capital que esta clase dirigente, pese a sus veleidades amorosas de experta meretriz, es incapaz de satisfacer.

4

La volatilización galopante del principio representativo avanza hasta niveles difícilmente perceptibles para la conciencia común. El reciente caso francés da mucho que pensar. La situación global de una representación política original resulta ya inencontrable con procedimientos clásicos de verificación ideológica o sociológica. El 5 de mayo del 2002 se produce un acontecimiento extraordinario para sondear esta evolución suicida del principio democrático evanescente. En la lógica del “voto mariposa” de Florida manipulado de las elecciones presidenciales norteamericanas de noviembre del 2000, debería haber llamado la atención la situación francesa como modelo de liquidación por saldo del principio democrático y representativo sobre los hechos mismos.

Que un candidato presidencial francés, incluso alguien como Chirac, obtenga el 80% de los votos debería significar algo realmente espantoso para todos esos buenos legitimistas del régimen representativo en su estado actual, debería sobre todo ser una pésima noticia para todos los que, desde principios abstractos que la historia ha arrastrado hasta su justa difuminación, se empecinan en relegitimar unas democracias ampliamente sobrepasadas por la liquidación de sus principios formales y sustanciales.

El candidato Chirac obtiene un 80% de los votos en las presidenciales. Mitológicamente se dice que la sociedad francesa, “aterrorizada” de sí misma ante la posibilidad de ascenso de la extrema derecha, se ha comportado en la segunda vuelta de un modo racional y sensato. Está por ver en qué consiste exactamente esta pretendida racionalidad “in extremis”, racionalidad catártica del incorpóreo y afásico cuerpo político democrático. Mejor habría que interpretar esta racionalidad como un modo pavoroso de conjurar su contrario, produciéndolo y precipitándolo al mismo tiempo.

Porque votar en tal proporción a un candidato cualquiera, inclusive al inofensivo y nulo Chirac tiene sus implicaciones exactas, bien visibles, poco correctas y elegantes: anula sencillamente la formalidad y el contenido del propio principio representativo, por simple saturación y exceso del espacio electivo, por unilateralidad de la representación, aniquilando de una vez el principio subalterno de la elección “libre” en una solución altamente concentrada pero vacía que muestra a la vez el profundo carácter no representativo, no electivo, no libre de la totalidad del sistema. Es como si el sistema se negase a sí mismo desde sus propios presupuestos (como ya ha ocurrido ampliamente en Estados Unidos, en Italia y pronto en todas partes). Es como si esta democracia, cuya capacidad de digestión es fantástica, se vomitara a sí misma una y otra vez, dejándose progresivamente más vacía de contenidos.

Las elecciones presidenciales francesas del 2002 materializan esta cooptación monopolística en que se ha transformado la “apertura” democrática de la libertad política moderna de los ciudadanos-comparsa. Este final del principio representativo, que ya conocíamos en la modalidad fraudulenta de unos regímenes irrisorios de partidos políticos clonados, se ha concretado inesperadamente en el país por excelencia de la “democracia” moderna surgida de los procesos revolucionarios de la modernidad. Si los partidos y los dirigentes electos que mantienen la dulce ficción del principio representativo resultan completamente intercambiables, en su gestión normativa y en sus insustanciales discursos, entonces entra dentro de la misma lógica suicida y aberrante que la población acabe por votar y hacer elegir sólo a uno de ellos de manera masiva e indiscriminada, con lo que efectivamente la malversación del principio representativo queda consumada, esta vez no sólo en los discursos sino, con toda coherencia, también en los recuentos electorales.

Así, la esfera morganática de la representación y los representados, devuelve a los representadores su verdad más profunda. Y de la colisión o colusión de estas dos versiones del exterminio del principio democrático, resplandece el carácter simulado y nulificado de la representación misma. Al menos, esta simulación sin tapujos tiene la gran virtud de dejarnos con el culo al aire, aunque siempre habrá intelectuales que acudan a tapar las partes vergonzantes del sistema.

5

Partes vergonzantes que la extrema derecha ha tenido la virtud de señalar con el dedo pero a beneficio del propio sistema porque todo discurso contra la xenofobia y el racismo es de hecho un discurso que opera desde la xenofobia y el racismo, inhibiéndolos al tiempo que prepara el terreno para su despliegue en una estrategia de precesión del modelo sobre sus variantes prácticas denostadas (las de la “extrema derecha”). Sobre esto, no hay ninguna duda acerca de la necesidad de diseñar artificialmente este tipo de conflictos. Basta observar el tratamiento informativo de los medios de comunicación y de los gestores públicos para darse cuenta de la estrategia: se asimila la inmigración a una “avalancha”, a una “invasión”.

Los términos catastróficos y militares no son en absoluto inocentes, aunque tampoco expresan más de lo que expresan. El inmigrante, por definición, no está lejos de ser para nosotros un extraterrestre, un “alien”, extraditado desde las reservas humanas del Tercer Mundo: tal es el grado de auto-asimilación, de auto-aculturación en el sistema, de integración en el modelo de la homogeneidad absoluta (existencial, mental, cultural) en que vivimos. Por eso, su llegada a “este mundo” es vivida y experimentada como el advenimiento de algo tan extraño como inexplicable. No olvidemos que también los conceptos de “física social” en sociología tienen por misión hacer ininteligibles, desde un punto de vista meramente “humano”, los procesos sociales de la modernidad. De ahí que se hable de “flujos de mercancías”, “flujos de capital” y, por supuesto, “flujos de inmigración”. El sistema se encuentra a gusto en el estado líquido: es de hecho su elemento natural (la importancia de las construcciones cristalinas en los edificios desde el funcionalismo se relaciona íntimamente con esta sublimación que el capital realiza en su anhelo de estado acuático total).

No es la opinión pública la que, en primera instancia, eleva al poder político sus malestares, sino que éste y la utilización tendenciosa de los medios de comunicación son los que arrojan a la opinión pública la carnaza de conflictos abiertos con el único fin de legitimar en el inconsciente de la gente la gestión de unos asuntos irresolubles. La precesión del modelo xenófobo, o como queramos llamarle, se opera virtualmente ya en cada uno de los aspectos informativos sobre la inmigración y las situaciones actuales de “conflictos” entre comunidades. Las palabras revelan el inconsciente de aquellos que juegan a negar las implicaciones profundamente racistas de los propios discursos informativos y “democráticos”. El verdadero temor de los cargos democráticamente electos consiste en que esta mina de malestar dosificado se les vaya de las manos y pase directamente a los que no se inhiben y sostienen el discurso xenófobo sin latencias freudianas del inconsciente. Aunque, por otra parte, la existencia de estos grupos, permite legitimar los discursos de la tolerancia como si éstos realmente creyeran y practicaran lo que afirman.

En este contexto de dulce hipocresía calculada, la clase política lleva a cabo sus experimentos locales, en vistas a una explotación del proceso inmigratorio, actitud de base cuyo oportunismo en nada difiere del “verdadero” discurso racista. Incluso resulta mucho más insidioso en la medida en que se filtra de la manera más piadosa un punto de vista fundado sobre la ignorancia, la ambigüedad y el sistemático emborronamiento de la realidad social. En cuanto al conjunto de la sociedad, de ella se puede decir lo que de los católicos: que hay xenófobos practicantes y xenófobos no practicantes, aunque todos comparten los principios borrosos de la misma fe etnocéntrica.

Se pretende que unamos el destino de la inmigración a la vez que pensamos en las “amenazas” que la “extrema derecha” hace pesar sobre unas sociedades supuestamente basadas sobre la tolerancia y la “apertura”. Este “fórceps” mental tiene un sentido y hay que situarlo en el contexto más amplio de las repercusiones de los atentados del 11 de septiembre. Después de estos atentados, en Europa se han acelerados todo los procesos que tienden al control, la exclusión y el chantaje a la integración de todos los que vienen de fuera. La excusa de la “seguridad” es a su vez la coartada que los poderes, todos los poderes, van a utilizar con descaro para cercar a las comunidades extrañas.

Por eso, se acusa a la extrema derecha de xenófoba, cuando en realidad la hostilidad al extranjero está en todas partes y es alimentada de todas las maneras posibles, fijando en el inconsciente de las masas europeas un determinado mensaje: el otro, es decir, el mal, tiene un rostro. Por supuesto, se dice que los xenófobos son una minoría social de perturbados y resentidos, a veces violentos individuos “extrasistémicos” que realizan eventualmente “un voto de protesta” contra una clase política que no atiende sus demandas. Nosotros, los que estamos del lado de la “tolerancia”, la integración pacífica y el respeto a los derechos y a las “diferencias”, no tenemos nada que ver con estos asuntos tan penosos. Y lo peor de la situación es que muchos se acaban creyendo su papel, lo que los hace todavía más grotescos.

Se produce un proceso reactivo en tres niveles, una precesión del modelo xenófobo que actúa de manera variable en el reparto del trabajo sucio: primero, se fija al otro en el imaginario (la fijación como intoxicación: en los informativos de la televisión no es extraña la asociación del otro, el agente patógeno islámico, con la delincuencia, la barbarie, el terrorismo y la intransigencia “fanática”; en las películas de Hollywood este dispositivo de asociación islam=terrorismo está todavía más claro, y suelen retrasmitirse, como que no quiere la cosa, en los momentos de mayor audiencia, después de partidos de fútbol: después de la celebración festiva de la victoria, el asesinato simbólico de la víctima sacrificial); luego, se concreta este vago estado de ánimo contra el otro en los discursos del inconsciente político europeo (la política reactiva como estimulación: entonces aparece en escena la extrema derecha racista, figurante de esta dramaturgia insensata, a sueldo de los benignos principios de las “sociedades abiertas”); finalmente, los virtuosos se toman los réditos de la estrategia (fase de la resolución final): los poderes “democráticos” y “liberales” toman a su vez las medidas oportunas en el absoluto silencio de las oficinas y los documentos oficiales, donde ya no llegan los ecos de la calle, debidamente utilizada en el momento apropiado.

Inútil, por tanto, referirse aquí a la eficacia de una “ideología”, pues no se trata en ningún caso de insuflar en la gente unos determinados “contenidos de conciencia”. Estamos más bien ante una cadena de estímulos, impresiones, imágenes, que quedan transferidas en el inconsciente poroso de las masas aculturadas. Se trata por ello de “provocar” y “manejar” las reacciones correctas del público (el ratón blanco y el psicólogo embatado: aunque todavía está por saber quién condiciona a quién en esta historia): esto no pasa por la ideología, como bien saben los norteamericanos, cuyo funcionamiento social tampoco pasa por la forma ideológica de la conciencia, sino por el puro condicionamiento cognitivo y el chantaje emocional abyecto. De ahí, la creciente asimilación del funcionamiento social europeo al modelo norteamericano, lo que algunos intelectuales nostálgicos de la conciencia estiman como una perturbación de su “trabajo crítico”.

La precesión del modelo xenófobo, en nuestro caso, pasa con toda naturalidad por la infiltración de la ficción mediática y cinematográfica en la realidad, y viceversa. Este es el elemento configurador y no la opinión, la ideología o la actividad de los políticos, antiguallas decimonónicas de las que convendría desprenderse en el análisis como elementos referenciales ya descalificados. El modelo precesivo es transversal a todas estas instancias caducas, que operan a su vez supeditadas a la precesión, en la misma dirección, mal que les pese. La previa incorporación de lo imaginario determina luego la “verdadera” realidad de los hechos.

6

Para nosotros como colectividad ya casi imaginaria sujeta a la actividad omnicomprehensiva del Estado regulador y protector, el problema de la política ha dejado de serlo. Al perder sus contenidos propios, la política, tal como existe hoy, se ha visto obligada a buscarlos en otra parte. ¿Dónde ha ido la política a buscar sus nuevos contenidos? Naturalmente, en la gestión de las miserias no sólo sociales, a las que hace tiempo trata el Estado con sus medios habituales de corrección de las desigualdades creadas por el mercado, sino también y sobre todo, ecológicas, pues lo ecológico es el nuevo rostro de la catástrofe y el objeto desinteresado de nuestra particular “lucha final”, en la que por supuesto, ya hemos perdido muy por anticipado.

Ahora, el Estado tiene que asumir sin más remedio la miseria ecológica, después de haberse hecho cargo de la miseria social provocada por la autonomía del mercado en la “fase heroica” del capital. En la fase superprotectora, desregulada, globalizada y residual, los efectos del capital ya no se dejan sentir principalmente sobre la población asalariada del mundo desarrollado, que está en su mayor parte a cubierto de los efectos directos del mercado, sino sobre el “entorno” vital de la población, lo que a la larga es todavía peor, pues la inexorable degradación de éste no tiene una solución real tan fácil como el otro problema.

La política ha quedado tan devastada por los desaguisados del mercado que actualmente sólo le queda la solicitud permanente como recurso para demostrar su existencia “a término negativo”: solicitud de los gobiernos hacia los gobernados abatidos por múltiples desastres y desdichas, pero también solicitación de éstos hacia una Administración, cada vez más, convertida en un seguro de vida y un seguro contra toda clase de riesgos. Por supuesto, toda esta solicitud administrativa se produce en simulacro puesto que se produce en vacío: es el arte de los gobiernos actuales por darse una última oportunidad para existir, un objetivo que consiste en simular una extraordinaria preocupación hacia los gobernados. Así se ha podido comprobar en las riadas centroeuropeas del pasado verano o en los terremotos del sur de Italia, entre otros casos. Sólo que cuando la cosa va realmente mal, la administración desaparece, se queda en servicios mínimos, o reaparece intermitentemente para obtener algún crédito y rentabilidad electorales efímeros.

En el caso de la marea negra provocada en las costas de Galicia por los vertidos de “fuel” del petrolero de “incógnito”, el “Prestige”, la indignación se desencadena a la medida de la hipocresía general. Ahora se comprueba con toda evidencia esta situación en la que la máxima extensión de la solicitud administrativa coincide con el máximo desamparo de la población afectada y con la mínima capacidad real del Estado por hacer nada para enfrentarse a esta nueva clase de “tareas de gobierno” que suponen las catástrofes y devastaciones ecológicas, climáticas o epidémicas. Pero esto era ampliamente sabido, y en todos los países occidentales se funciona de la misma manera, como ya demostraron las reacciones enloquecidas al “mal de las vacas locas” en el Reino Unido o las repercusiones del caso de la contaminación de la sangre en Francia durante los años 90.

El gobierno español ha dado un doble movimiento en zigzag: primero hizo todo lo posible por evitar entregarse con exceso de celo a esta labor de diligente solicitud hacia los gobernados y los abandonó a su suerte, quizás para demostrarles por las malas lo necesario que es el Estado como cobertura frente a la catástrofe (estrategia de incuria deliberada que podríamos llamar “resolución del problema a la rusa”, aunque en el fondo no exista ninguna estrategia y ésta es la mejor de todas, como bien saben los actores y figurantes de todas las catástrofes). Luego, cuando la cosa comenzó a ponerse realmente fea, el gobierno se autoactivó como un mecanismo de efecto retardado y se ha presentado heroicamente en la “escena del crimen” con todo su aparato de solicitud inmediata y mediática, incluido el de una propaganda y una contra-propaganda muy abultadas (suscitada tanto por el propio gobierno a su favor como por la oposición y los medios a su servicio), todo lo cual finalmente no hace más que sobrepujarse en una intensa actividad destinada a simular la misma solicitud que al principio estaba ausente.

La catástrofe, silenciosamente, pasa a convertirse en la principal baza del deteriorado “juego político” occidental, y es bien cierto que actualmente todo tiende a experimentarse como catástrofe programada: la caída de la tasa de natalidad o de consumo de bienes, los accidentes automovilísticos o la bajada de las cifras del transporte aéreo, la creciente desafección social o la baja participación electoral, el proceso inmigratorio con el que ya no se sabe qué hacer, las minorías culturales o la creciente delincuencia organizada, la proliferación de asociaciones de fines dudosos o la desestabilización terrorista, en fin, las cíclicas crisis y estancamientos de la economía mundial. Todo empieza a experimentarse como fatalidad, ante la cual lo único que podemos hacer es emprender una optimista huida hacia delante. Los partidos políticos, ya ampliamente confundidos, luchan por apoderarse de los despojos de la catástrofe como trofeo político insustancial en el juego super-regulado y asfixiante de la “democracia”.

Según las circunstancias, algunos gobiernos se harán cargo de la catástrofe, culpándose a sí mismos, protestando de su propia responsabilidad, en buena parte imaginaria. Se convierten así en los responsables expiatorios de todo el desorden social y económico que intentan parchear infructuosamente, para darle a la población la ilusión bastante conmovedora de un super-sujeto de la colectividad que toma sobre sí la “culpa” simbólica que corresponde al todo y a todos. En otras ocasiones, los gobiernos no tendrán tantas ganas de ser los cabezas de turcos de la situación general y preferirán por tanto desentenderse de cualquier imputación de responsabilidad, redoblando con ello la baza de la catástrofe como asunto “político”.

Al principio de la “crisis” de Galicia, el Estado-fantasma, puesto al desnudo ante la evidencia negada, disimula su ausencia; después, supuesto actor hábil e omnipresente de todo el tinglado catastrófico, simula un exceso de presencia, aunque en los dos casos, el Estado no tiene ninguna estrategia propia: se deja llevar por los hechos, a los que luego se añade la panoplia habitual: publicidad y propaganda, discursos confusos y contradictorios, infinidad de datos y detalles ya innecesarios, ayudas para los damnificados y programas de televisión extraordinarios para solidarizarse piadosamente con “Galicia”, como sujeto virtual de la catástrofe con el que somos convocados a identificarnos (y no está mal que así sea, pues cualquiera puede ser siempre el próximo en el desarrollo inexorable de la catástrofe: ya lo fueron los animalitos inútilmente protegidos y los agricultores damnificados de Doña Ana por los vertidos contaminantes de las minas de Aznalcóllar).

Se dirá que todo esto no es serio, pero es que la política actual en ninguna parte es seria, porque todos los actores están muy por debajo de los efectos catastróficos ante los que nada pueden por más que se esfuercen en demostrar lo contrario. Es cierto que todo el mundo acude desesperadamente a las categorías del sujeto-Estado como verdadero sujeto de imputación, además: responsabilidad, causalidad, legalidad, representación, servicio público, etc, pero esto tampoco funciona, porque la nueva solicitud, impotente y desgraciada, ya sólo se mueve en el escenario de los discursos y de la televisión, que es donde los gobiernos verdaderamente se sienten cómodos, según el nuevo pacto de credulidad e incredulidad colectivas.

En el fondo, la marea negra y el consiguiente deterioro ecológico es una prueba más del vértigo de la circulación mundial, así como también expresa patéticamente los aspectos siempre ocultados de esta desregulación generalizada en que se mueve actualmente todo el sistema. Esta vez ha sido un petrolero al servicio de una empresa rusa privatizada que exporta crudo de baja calidad a terceros: como es habitual, los rusos están detrás de estas situaciones en que se deja ver la naturaleza de desgüace que alcanza cada vez más a la totalidad del sistema, y no sólo en Rusia.

En cuanto a los medios, independientemente de la utilización interesada, de los efectos de propaganda y contra-propaganda que absorben todas las energías y saturan el espacio público de la información, hay que decir francamente que saben transformar un desastre ecológico en una épica colectiva de nuevo cuño, o más bien en un simulacro de épica colectiva y “heroísmo anónimo”. Durante días y semanas la televisión se ocupa a conciencia en seguir al minuto la catástrofe, haciéndole una “fotografía instantánea” repetitiva.

En efecto, la catástrofe ya ha ocurrido y sigue ocurriendo pero hay que transmitir “el pálpito” inquietante de la misma. Todo lo que queda por hacer ahora es realizar el filme de la catástrofe, una demorada descripción rica en detalles y pormenores del estado de la catástrofe. Nosotros no tenemos derecho al desastre real sino a su modelo mediático, a la copia fraudulenta y de segunda mano. La catástrofe ya ha tenido lugar, pero para nosotros, en el fondo, no ha tenido lugar: sólo nos está permitido asistir a su reproducción mediática inflamada, es decir, tenemos derecho a un “efecto de realismo” que se añade a una realidad perdida de antemano por la propia dilapidación de la información y el comentario.

La marea negra es complementada y amplificada por esta otra marea informativa: la una anula a la otra y la suplanta. Si el foco informativo se dirige a Galicia no es por la importancia y la magnitud del desastre, ni porque verdaderamente a nadie le preocupen los deterioros ecológicos del litoral gallego, es porque el desastre se ha convertido, a pesar de todos y contra las expectativas de todos, en una auténtica baza política supletoria. Por eso mismo, terrorismo y catástrofe (y habría que añadir, accidente) son perfectamente intercambiables en esta lógica de los medios que ayudan así al Estado en su magna tarea de solicitud y diligencia: la transformación en bazas y señuelos “políticos” de asuntos que no lo son en absoluto, pero ocupan el lugar dejado vacante por la desaparición de las verdaderas bazas políticas.

7

Y simultáneamente a toda esta desertización de la política, se nos invita a pensar en nuestra identidad europea. La extremada flacidez de la Europa actual ha quedado en evidencia, una vez más, en las reacciones “polémicas” ante la candidatura de ingreso de Turquía en el “club” selecto de los dueños del embrollo institucional que es la Unión Europea. En efecto, todos somos conscientes de que resulta muy difícil convertir esta risible parodia operativa que es la Europa actual en un organismo supranacional dotado de alguna identidad sólida que se baste a sí misma. La publicidad, las marcas, la mercadotecnia, todo eso está muy bien, pero no sirve para crear una identidad “cultural” que oponer a otras. Ni siquiera sabemos cuál debería ser la “lengua franca” europea, ¿cómo íbamos a saber cuál debiera ser nuestra identidad común dentro de un tinglado comercial semejante? El esperanto, como lengua de intercambio, sería una buena elección, ya que traduce exactamente el carácter artificioso y desarraigado de todo el proyecto “europeísta”, así como certifica la propia nulidad del intercambio.

Todo el mundo, sacudido de repente por esta carencia de identidad, se pone a buscarse una, ante la amenaza de ingreso de un país islámico que, por su parte, ya tiene una identidad y no necesita otra de sustitución, como nos ocurre infelizmente a nosotros. Por eso no debe asombrar que toda la estrategia europea y occidental se dirija a erradicar cualquier forma de identidad, de alteridad, de especificidad: así por lo menos todo queda nivelado y puesto a nuestra misma altura. Así por lo menos no se nota mucho la carencia virtual de toda definición. A los americanos les basta con mover a sus peones de vez en cuando para suscitar entre sus socios europeos inefables delirios de grandeza y expansión que traumatizan seriamente las veleidades de unidad, identidad y proyecto común. Sin quererlo, la estrategia de los norteamericanos contra la “casa común europea”, pone de manifiesto muchas más lagunas de las que tiene por objetivo promover su programa de desestabilización.

Desde ahora habrá que ponerse a buscar en los vertederos de la historia y de la cultura europeas para descubrir quizás algún material para el reciclaje que nos espera: nos toparemos, al otro lado de la Ilustración, con nuestra profunda e inconmovible “identidad cristiana”, y podremos servirnos de esta herencia como de una identidad “lista para llevar”. Todo vale cuando todo falta. La derecha y la izquierda viven de esta fastidiosa equivalencia, se alimentan de esta miseria que ellas mismas encarnan. Lo más conmovedor de todo es que tenemos un problema no tanto con la identidad misma, perdida de vista ya para siempre, como con la producción de los signos de la identidad, cuya demanda crece sin cesar a medida que se aleja de nosotros: es decir, al no disponer de una, sólo podemos producir sus signos, y como ocurre con la perversidad intrínseca a todos los signos, es inútil intentar discriminarlos en categorías de valor y jerarquías históricas, ya que la función primordial de los signos es suprimir de golpe el carácter problemático de la realidad, anular cualquier diferenciación semejante entre lo real y lo que lo sustituye subrepticiamente como signo, más allá de toda referencia realista a su origen y su sustrato.

Con la identidad, que todo el mundo reivindica a despecho de la desecación total de sus fuentes, convertidas más bien en fosas sépticas, pasa como con la historia: a falta de una y otra, la farsa debe continuar su curso, a fuerza de inflar réplicas y referentes deprimidos. Cristianismo, laicismo: ¡menuda lucha! Al paso que nos marcan, pronto estaremos discutiendo sobre las guerras de religión del siglo XVI: este “retroceso” a tan achacosas herencias es una victoria simbólica más para apuntar en el haber estratégico del Islam como fuente de desestabilización del inconsciente occidental. Pero la bufonada de la identidad es todavía menos creíble que la otra, la histórica. Cuando la falsa nostalgia se convierte en impostura es el momento del ensayo general, y entonces aparecen en el escenario todos los mediocres figurantes, todos los que tienen por misión sobreactuar y declamar. Sobre la escena de la identidad, “conservadores” y “progresistas” emiten los mismos gruñidos de una jerga ininteligible para un “diálogo” que ni ellos mismos entienden.

He ahí el problema que se nos arroja encima y que quisiéramos sacudirnos: hay que tener una identidad y nosotros no tenemos nada parecido a lo que echar mano, y lo peor de todo, ya es demasiado tarde para inventarse alguna. Con toda certeza, el material de reciclaje escasea, hay que reconocer francamente que los conceptos para el embalaje de que disponemos ya no son operativos: han caído en desuso al tiempo que los perdíamos. No podemos apelar a ninguna instancia para que nos justifique ni ante nosotros mismos ni ante los otros. La intimación ritual, y en el fondo disuasiva, a las “libertades” de que gozamos, no se apoya realmente en nada verosímil, pues precisamente la libertad política es lo que ha sido devorado y digerido hace tiempo por la lógica universal del mercado, a la que corresponde la liberación de costumbres y un código de control basado sobre la equivalencia general de todos los signos. De ahí es muy difícil extraer los contenidos de una identidad, pues esta lógica las asume todas para volverlas indiferentes, trasparentes unas a otras (opera lo que podríamos llamar una verdadera “reducción antropológica”)

Ciertamente, no somos cristianos, dejamos de serlo hace mucho tiempo, y del cristianismo sólo nos queda la estructura osificada del universalismo secular y laico; tampoco somos ya nacionalistas, pues no hay “nación” que construir cuyo destino sea convertirse en “sujeto de una historia” por hacer desde el “genio” de una colectividad diferenciada (no tenemos tal cosa entre nosotros); desde luego tampoco depositamos ya ninguna confianza en utopías de ningún género, salvo la del liberalismo total, con su corte burlona de liberaciones en el vacío; pero al mismo tiempo no creemos en el Estado y lo soportamos mal, ya que cada vez existe menos a medida que se extiende esta sociedad protuberante tan parecida a unas glándulas mamarias hinchadas.

Incluso somos precavidamente imperialistas, compañeros y cómplices a regañadientes de las aventuras norteamericanas, (pero sobre todo de sus inhibiciones estratégicas), siempre con mala conciencia y una siniestra hipocresía colectiva, de vez en cuando empañada por actos de violencia xenófoba y dudosas campañas bélicas, en medio de un océano de exclusión social que no hace más que crecer. En resumen, sólo nos quedan pedazos de estructuras córneas, queratinizadas, nada dúctiles y complacientes, como exige la época. El pasado está muy lejos, el futuro no tendrá tiempo de alcanzarnos. Así pues, nos instalaremos con bondadosa sensatez en los “días de un pasado futuro”, que ya están aquí. Por eso, el acceso de Turquía al club plantea serias dificultades de definición para las elites europeas.

En fin, no puede suceder que una país, además islámico, lo que por supuesto para nosotros es sinónimo de “medieval”, aun envuelto en el apropiado proceso de “desislamización” desde hace décadas, forme parte del club y tenga una identidad fuerte e incontestable, mientras nosotros, los “verdaderos” europeos, los de “pura cepa”, no podemos presentar las credenciales oficiales de ninguna identidad reconocible como tal. Nos encontraríamos así en una seria situación de inferioridad. Nosotros, los “nudistas” de la historia, nos podemos vanagloriar legítimamente de muchas cosas, pero desde luego no de disponer de una salvaguardia identificativa contra las eventualidades de la mundialización que hemos puesto en marcha contra nosotros mismos, después de dirigirla por control remoto contra los otros.

Ahí se da una diferencia cualitativa que evidentemente nos sonroja y avergüenza, y que hay que remediar rápidamente, o corremos el riesgo de vernos obligados a reconocer este déficit de identidad como una mancha que nos perjudicaría en nuestras relaciones de prevalencia y hegemonía moral sobre las demás sociedades, que podrían adivinar, tras los signos de la riqueza que exhibimos y el desahogo material que nos caracteriza, la penuria simbólica de nuestra identidad malograda. Sólo tenemos un “modo de vida” y sólo uno, del que nos costaría grandes esfuerzos sentirnos orgullosos, pero no podemos ser tan groseros como para definirnos solamente por él: escarneceríamos nuestro sentido histórico de ser la personificación de “valores superiores”.

Nuestro propio “modo de vida” real niega semejante estimación llena de fatuidad. Entonces pareceríamos americanos, y esto nos disgusta, porque sabemos firmemente que ahí no hay ninguna dignidad que permita suponer una superioridad moral a la que inconfesablemente aspiramos desde siempre, como descendientes virtuosos que somos del cristianismo y la Ilustración, nada menos (somos nosotros los que obligamos a los imanes importados a tomar lecciones de constitución, derechos humanos y demás, ¿qué sucedería si las relaciones funcionasen a la inversa?).

En este contexto general de desculturación avanzada, es lógico que hasta la menor señal de discriminación, hasta el menor signo distintivo de una cultura ajena, nos inquiete, nos desestabilice y acabe por crearnos graves dificultades, porque nos obliga a definirnos, y nosotros, los europeos de hoy, no tenemos nada que nos defina realmente, nada que nos especifique como singularidad real a la que remitirnos. Los valores universales no pueden servirnos, porque… justamente sirven para definir a cualquiera, y nosotros no podemos aceptar ser “cualquiera”. Además, estos valores se los hemos impuesto a los otros como señas de identidad que debían asumir obligatoriamente para poder ser tasados como “humanos” dignos de pertenecer al “mundo moderno”, de cuya contemporaneidad somos los árbitros, y ahora los otros nos piden que los midamos por el mismo rasero, como alumnos aventajados en esta escuela de universalismo a la fuerza.

Pero nuestro desconsuelo se hace cada vez más impotente. Lo sabemos pero luchamos resueltamente contra este discernimiento tan desgarrador: ni siquiera existe ya la posibilidad de una identificación europea, todo lo que aún podía identificarnos ha desaparecido sin dejar huellas. Y es dudoso que tengamos algunas ganas de que se nos atribuya una identidad, pues, al extraviarlas todas, lo que nos queda son réplicas y simulacros, prótesis y postizos, falsificaciones en las que nadie cree ya seriamente: hace tiempo que dejamos de creer también en los comprobantes de identidad originales. Los otros no han descubierto, como sí lo hemos hecho los europeos al borde de una historia petrificada, que lo mejor es no ser nada ni ser nadie, no tener cara ni máscara. Pues como dicen los que saben de la manipulación de las apariencias: “Lo más importante es ser tú mismo, y ahí entra todo”.

8

El último resorte del pensamiento político desfalleciente no se diferencia mucho del arsenal de argucias que explican confusamente lo que ocurre en otros ámbitos: ante la incertidumbre generalizada, ante la falta de causalidad por multiplicación de los efectos, ante la paradójica opacidad de la transparencia, las hipótesis más inverosímiles sobre los atentados del 11 de septiembre del 2001 empiezan a circular. La teoría de la conspiración, primero omitida y ocultada, casi censurada, vuelve a tomar relieve, e incluso se están empezando a conocer datos que complican aún más todas las anteriores hipótesis.

¿Qué ocurre exactamente? En primer lugar, el principio de realidad de los hechos “objetivos”, seriamente quebrantado tras décadas de simulación mediática y espectacular, ha abierto una brecha en su propia estructura de “credibilidad”: quizás por eso, ante la perspectiva apabullante de pérdida de realidad del poder, ante la perspectiva aún más siniestra de irresponsabilidad colectiva, ante la todavía más patética perspectiva de ausencia de causalidades, el pensamiento se aferra una y otra vez a las peores hipótesis conspirativas, que son precisamente las que preservan al poder de su condición de “causa sui”, es decir, de su condición formal de agente “histórico” de los acontecimientos, aunque sea bajo el signo más abyecto de todas los imaginables: el de su capacidad de maniobrar en la sombra, fuera de la ley y más allá del “bien y del mal”.

La escala de los hechos (asesinato de un individuo, homicidio de masas, genocidio, desestabilizaciones de países enteros por la manipulación del dinero) ya no interfiere en este mecanismo de un pensamiento delirante y de una práctica paranoica. Si se tiene en cuenta todo lo que hasta este momento conocemos sobre la desgarradora desfundamentación de todos los procesos “históricos” de los últimos veinte o treinta años, todo lo que ya sabemos sobre la completa falta de “responsables” y “causantes” de muchos acontecimientos recientes, con todo esto sobre el tablero de un juego, que literalmente es un juego, debiera hacernos un poco más precavidos a la hora de juzgar lo que sea.

Parece evidente que el grado de descomposición y desbocamiento del sistema mundial ha llegado a tal punto, que antes que admitir la ausencia de sujeto y estrategia en todos los procesos, es preferible buscar alguna explicación en la que los lugares del sujeto y de la estrategia del poder queden al menos conservados en su autonomía formal. De ahí todas estas hipótesis conspirativas en las que los norteamericanos aparecen como “enemigos dobles” de sí mismos, orquestando desde el fondo abismal del propio poder, su auto-provocación, cuyos fines son aún más misteriosos que las propias instancias del “poder oculto”.

Estas hipótesis, independientemente de su verosimilitud, o incluso de su verdad, tienen al menos una virtud: crean al adversario bajo la figura del gemelo antagonista, es decir, los norteamericanos, sin verdaderos enemigos y adversarios sobre los que jugar la baza del antagonismo, la disuasión y la competición de poder, se agreden a sí mismos con el objetivo de desestabilizar a todos los demás según unas reglas de juego que les serían propias, sobre las que seguirían ejerciendo el control absoluto.

Es evidente la función de esta hipótesis de la auto-agresión: con ella se pasa de golpe a mantener la autoridad, el origen y la finalidad del proceso, categorías rectoras sin las cuales el poder no puede preservar un mínimo de su “capacidad” de seguir siendo el poder. Así es como la hipótesis conspirativa recompone todos los datos con el fin de remitir al poder todas las posibilidades de iniciativa, todas las opciones de movimientos sobre el terreno, todas las alternativas en el campo de juego, sin que nada pueda reversibilizar su funcionamiento, ni siquiera una realidad que es de hecho su verdadero espacio operativo cuando ha perdido su oportunidad en lo simbólico.

Por tanto, la nueva intoxicación va a ser interminable, y a escala mundial, reproduce el juego prefigurado en la Italia de los años 70-80, con el terrorismo y la mafia, lo que da la razón a Baudrillard y a Virilio cuando piensan que Italia ha sido y está siendo el territorio experimental de las “apuestas” del futuro en torno a la “reestructuración” de todos los poderes occidentales, que intentan “inventar” un nuevo juego cuyas reglas no se les escapen. En este sentido, el terrorismo, ahora a escala mundial, le ofrece al poder occidental una última oportunidad para llevar a cabo una reestructuración general en la que, desde luego ficticiamente, el propio poder sigue detentando los mandos del proceso, lo que todos sabemos que ya no es en absoluto cierto, en una escala al menos conocida.

Este nivel de simulación desenfrenada alcanza su paroxismo en Estados Unidos, donde las “revelaciones” de la prensa sobre lo que el gobierno sabía antes de los atentados del 11 de septiembre provocan el tardío malestar de la gente, que se cree ahora “engañada” por sus representantes y dirigentes. A su vez, envuelto en esta tela de araña informativa, el gobierno responde lanzando desaforadas alarmas sobre la inminente proximidad de atentados hipotéticos. A la estrategia de “desgaste” de la prensa y la televisión, a la estrategia de puesta en evidencia de la oposición, el gobierno, con nocturnidad y alevosía, responde con otra estrategia banal, la de la neutralización por el pánico artificial inducido.

La situación, cuyo modelo de precesión está ya en todas partes, podría enunciarse así: “Si creéis lo que dicen los medios sobre las faltas cometidas en la seguridad por nuestra Administración, también debéis creernos cuando os advertimos de buena fe sobre la posibilidad de próximos y devastadores atentados”. Esta es la versión implícita edulcorada del choque contraproducente de estrategias abyectas intercambiadas en la ausencia completa de cualquier referencia “real” a un principio representativo cualquiera del poder y de la opinión. La otra formulación, más brutal, y por eso mismo más verdadera, podría enunciarse así: “Pensad lo que queráis, en cualquier caso tendrán lugar más atentados y nadie podrá hacerse cargo de vuestra seguridad. Por tanto, no os irritéis sintiendo pánico: no añadáis “pathos” sentimental a vuestra muerte”.

Los medios juegan al chantaje dirigido al gobierno, el gobierno juega al chantaje dirigido a la población; la población, espectadora de esta dramaturgia irrisoria, recibe inerme los efectos multiplicados y pánicos de ambos chantajes simultáneos. En este contexto, el gobierno funciona como una alarma programada de seguridad, doblemente impotente: impotente porque no puede prevenir el curso de los sucesos más que multiplicando los automatismos de la prevención; impotente en segundo nivel porque, cuando conoce los hechos, es demasiado tarde, ya nada puede cambiar en el curso de los hechos.

Cuanto más se blinda un gobierno o un poder cualquiera, cuantas más promesas utópicas de seguridad afirma cumplir, cuantos más dispositivos de vigilancia y control intenta poner en marcha, más se vuelve impotente al menor indicio de actividad terrorista real. Incluso dadas sus promesas y sus despliegues, el poder debe seguir alimentando el pánico de la gente, no por ningún maquiavelismo malévolo y astuto, sino simplemente porque el poder está comprometido en una interminable ficción consigo mismo, en un insalvable simulacro creado por él mismo, que lo alimenta y del que no puede prescindir sin dejarse literalmente la cara en este juego brutal de chantajes recíprocos entre todas las instancias de una representación fallida de lo real.

La consideración moral de esta situación no tiene el menor sentido: se trata del funcionamiento objetivo de un sistema de poder vacío basado únicamente sobre la mera credibilidad estadística de unos datos simulados grotescamente por modelos y estrategias cruzadas en el fondo inútiles y redundantes. De este se llega silenciosamente a la situación universal analizada ya por Baudrillard en “Las estrategias fatales” en la figura transpolítica del rehén: todos son, efectivamente, rehenes de todos. Los medios informativos son rehenes de su función coactiva de transparencia; la oposición política es rehén de su exigencia de oportunismo y control del gobierno; el propio gobierno es rehén de sus ocultaciones interesadas, de su opacidad, de sus manipulaciones, todo eso vuelto de una vez contra él mismo; la población, finalmente, es rehén de todas estas instancias, pero sobre todo es rehén de sí misma, de su propio pánico artificial, de su propia indiferencia, de su propia auto-inducción al pánico, de su propia auto-sugestión indiferente.

Pero si hubiera que buscar un catalizador de la desestabilización programada de la situación, éste sería sin duda el comportamiento inmanente de los medios de comunicación, cuyo auténtico poder es el poder virtual del chantaje encubierto, lo que tampoco tiene nada que ver con una intencionalidad específica de desestabilización, sino más bien es el propio ejercicio democrático de su función objetiva en tanto “árbitros” de una escena política a la que hace tiempo que han suplantado en Occidente, con el beneplácito del propio poder que así puede mantener un “diálogo” que ya no puede plantearse con su “pueblo” representado. De ahí que en medios intelectuales toda la crítica se dirija al “problema” de los desequilibrios internos del principio representativo: cuestión, sin embargo, ciega y anacrónica, muy retrasada respecto de la “verdadera” evolución del conjunto del sistema.

Actualmente, hay un doble sistema de representación que ya no es tal: por un lado, un dispositivo legitimista, convencional, el del régimen parlamentario de partidos, que en Occidente en nada se diferencia ya de un régimen de partido único, el cual, por su parte, tan sólo se representa a sí mismo en tanto que ausencia definitiva de polaridad; por otro lado, tenemos un dispositivo, más avanzado y ahora dominante, de carácter publicitario y mediático, que ha sustituido virtualmente al primero y que cada vez monopoliza más las funciones políticas tradicionales. Este aparato mediático, publicitario, especulativo, estadístico, es del orden de los procesos de simulación, como lo estima Baudrillard: no representa absolutamente nada. Por eso, el modelo operativo del chantaje, cuando la representación ha desaparecido del horizonte político, ocupa su lugar, convirtiendo al régimen representativo superviviente en un apéndice verdaderamente inútil y extemporáneo.

9

El “electrochoque” de irrisión traumática, de catarsis sin consecuencias reales, del que ha sido víctima todo Occidente después de los atentados del 11 de septiembre, podría describirse así: los terroristas nos han echado encima, repentinamente, lo peor que podrían habernos ofrecido como demanda, a saber, solicitan de nosotros una respuesta al sentido del poder y del orden que nos rigen, y lo hacen al precipitarnos al abismo de nuestra impotencia y sinsentido colectivo. Enfrentados a esto, nuestros poderes se han quedado literalmente atrapados en la añagaza hiperbólica del desafío.

Ciertamente que los poderes “responden”, pero dentro de una lógica que les es propia, lógica de vértigo y redoblamiento de la que quizás creían que ya no volverían a depender para seguir existiendo: el sistema imaginaba que los mercados podrían regularse e imponerse mundialmente por sí mismos sin la ayuda de “otras medidas” y “estrategias”. Conociendo como conocemos la evolución lógica del sistema en el último medio siglo, ésta era una postura cuando menos ingenua y apresurada. Todo parece indicar que asistiremos a una última “vuelta de tuerca” en el despliegue policial de la mundialización y la uniformización antropológica “democrática” cuyo horizonte se cierne sobre los últimos reductos de singularidad, oposición y antagonismo, sobre los últimos residuos de “sociedades tradicionales” (entre los que habría que clasificar todas las cuestiones de la inmigración que pesan sobre una Europa cogida en una horquilla de la que no sabe cómo deshacerse: la mundialización, en un extremo, y en el otro, el carácter inintegrable de sus cada vez más numerosas parcelas malditas de población no-aculturada en lo occidental).

Nosotros, por nuestra parte, los integrados, estamos extasiados, y anestesiados, entre el realismo incrédulo de las opciones y las estrategias, de una parte, y la simulación inconsciente de las mismas, que es lo verdaderamente actuante por detrás de un realismo inverosímil y, sobre todo, extenuado. El 11 de septiembre prueba que Occidente es ese lugar vacío o no-lugar del poder mundial, y los Estados Unidos, como encarnación o personificación de ese no-lugar, están haciendo todo lo posible para salir del paso, pero justo de manera que es lo contrario lo que consiguen: poner de manifiesto su propia ausencia como potencia. Sería bastante lógico que pasaran de las gestas tecnológicas a las microacciones antiterroristas, al estilo israelí.

Si hay un talento especial para conservar el poder, debe de existir otro no menos agraciado para parecer que se conserva cuando todas sus claves se han extraviado. Ahora bien, cualquier patología revela este mismo estado de fragilidad, independientemente de su dimensión y su incidencia. En un estado de uniformidad de conductas individuales y colectivas, cualquier diferencia produce pánico, tanto más cuanto nos alejamos de cualquier identidad que no esté de antemano modelada por el diseño “listo para llevar”. A escala del mundo, este pánico también actúa entre poblaciones y gobiernos. De hecho, este pánico eventual que provoca el terrorismo es la única pasión que queda en la esfera de lo público.

Por eso no es nada sorprendente la falta de imaginación occidental, no es sorprendente que la cómica campaña desatada de guerra-ficción contra el enemigo de mentira (Iraq), desde las oficinas y las filtraciones de planes cada vez más grotescos, coincida con los ataques reales del francotirador de Washington, quien, al parecer, es el único que realmente “ha pasado a la acción”, sólo que lo ha hecho contra sus propios conciudadanos, a los que caza como piezas en una competición vertiginosa. Aquí también todo se conjura para imaginar oscuras tramas del poder y complicidades ominosas, después de conocerse la identidad del principal sospechoso detenido, un jamaicano negro, antiguo veterano de la Guerra del Golfo convertido al Islam, ritualmente estigmatizado como “fracasado”, basura humana del “american way of life”, narcisista autodivinizado y tantas cosas más con las que nadie podría identificarse. Su identidad contribuirá sin duda a reforzar en algún etéreo imaginario de las masas la figura satánica del enemigo que justamente debe aniquilarse: la intriga de Hollywood tiene su encanto y no tiene por qué ser despreciada como mera estupidez.

Mientras, los clones de la clase gobernante estadounidense manejan todos sus guiones “pret-a-porter” y sus escenarios virtuales para una guerra que, nuevamente, sólo se producirá como objeto no identificado, en el más completo artificio de una estrategia propia de las “video-consolas” (a falta de una guerra “real”, los diseñadores de juegos virtuales se han anticipado con un escenario bélico cuya finalidad consiste en que el jugador consiga matar a Saddam: es casi lo único que quedará de todas estas informaciones que intoxican a los medios), el “asesino del rifle”, en la misma lógica del juego de vértigo, pone alegremente patas arriba todo el dispositivo de seguridad antiterrorista, mostrando que todas las formas de anomalía asesina son válidas para despojar al poder de sus atributos y convertirlo en una irrisión de sí mismo.

Incluso en este caso, las categorías de “delincuente” y “terrorista” quedan en suspenso, como en el caso de la guerra-ficción contra Iraq, nuestras nociones sobre la guerra quedan en el aire de lo indeterminado. Todo ha sido absorbido por la lógica del juego, es decir, en el fondo, por la lógica del simulacro, tenga éste efectos reales o no. Seguro que ni los propios generales del Pentágono se creen seriamente los guiones que manejan para uso de intoxicados, los primeros de los cuales son ellos mismos. Experimentos virtuosos y virtuales de gobierno por la anticipación de guiones inverosímiles.

Lo más llamativo es otra vez este hecho tantas veces repetido en los actos de este tipo: el vacío del sistema se refleja íntegramente en sus anomalías asesinas, patológicas y terroristas, que dicen justamente su verdad secreta. El francotirador no persigue ningún fin, no reclama nada, opera en el vacío, en el vértigo y el paroxismo de la indiferenciación, elige a cualquier víctima, es invisible, dispara a distancia y desaparece sin dejar rastro por las autopistas. Su única debilidad sería exactamente manifestar cualquier veleidad de sentido y finalidad, lo que la policía ha conseguido introducir tan artera como acertadamente en la personalidad del protagonista de la intriga, siempre al gusto de los integrados.

De todos modos, el asesino se coloca en la pura interfaz que conecta sus acciones con la masa a la que designa como pieza a cobrar en lo indiferenciado de cada uno de los individuos. Y si el poder está detrás de esta trama, entonces el poder es igualmente terrorista y mimetiza el terrorismo de su clon menor. La mimesis parece perfecta: el espacio de la circulación, de una socialidad superfluida de contacto “cash and carry”, es su territorio de caza, como las embajadas, los aeropuertos, las bases militares o los emplazamientos turísticos o de entretenimiento son los territorios operativos del terrorismo.

El francotirador invisible materializa la propia conducta del poder en su estado actual de ocultación y desaparición a escala mundial: un poder, conectado a la interfaz, que intoxica, es invisible, anónimo, irresponsable, actúa a distancia y de cuya errática acción casi no queda nada más que un perpetuo mensaje disuasorio genérico, en el que lo totalitario y lo democrático hace tiempo que intercambian sus papeles. Estamos ante un poder que simula una existencia que ya no posee y por ello cualquier incidente, e incluso los accidentes, se convierten en “asunto de Estado”, posición que induce al Estado a caer en la trampa de su propia nulidad. Un poder que puede provocar a distancia, con sólo operar en las terminales del dinero, crisis perfectamente criminales como la argentina, pero del que nadie sabe nada y al que nadie puede imputar nada.

La fuerza casi incomprensible de los “sistemas liberales” se basa exactamente en esta irresponsabilidad y en este anonimato de los procesos catastróficos, a diferencia de los sistemas totalitarios y utópicos, que han desaparecido ante la imposibilidad de enfrentarse a semejante vaciamiento de la sustancia del poder, lo que se une a la desaparición de la causalidad histórica de los agentes “revolucionarios” como “super-sujetos”: guión éste que ya no es el nuestro, pero al que seguimos apegados con la melancolía un poco sórdida de las parejas que ya no pueden vivir juntas aunque tampoco separadas.

El francotirador es el gemelo anómalo de los poderes instaurados que ya sólo viven en la sombra que proyectan de sí mismos. Porque el francotirador tampoco representa otra cosa que el asesinato abstracto, realizado en su forma pura, representando la anomalía en su forma desnuda. Es la violencia que ya sólo juega consigo misma, aquella violencia que ha sobrepasado toda imputación causal. El francotirador, el terrorista en general, en su frialdad sanguinaria, continúa y perfecciona la conducta tecnológica sofisticada del poder que hizo de la guerra del Golfo, por primera vez, un espectáculo y una “performance” armamentística. Desafía con la indiferencia de su acción la propia indiferencia de un sistema tan arbitrario y caprichoso como él mismo, reduplicando lo que el sistema tiene de maquinaria superflua que ha sobrepasado a su vez todo límite.

Por ello, el asesino en serie no necesita intercambiar nada con el sistema, sino que él y el propio sistema son los términos que se intercambian sus respectivas posiciones, como en un juego de simulación de roles. No sería extraño que un juego parecido estuviera en el origen de esta caza al hombre: algunas películas, en su nulidad estética pero en su profunda verdad como precesión del modelo reactivo y terrorista, presentan situaciones semejantes y la propia “lucha” contra el terrorismo ha sido imaginada y realizada de esta manera por los norteamericanos en cuyo imaginario toda defensa es pensada como agresión y viceversa: una interactividad donde el otro no existe ni como enemigo ni como adversario, sino como mera pieza de caza en una competición atlética.

La regla de juego implícita es la de una potencia que puede pasar al acto, pero sin otra finalidad que la pura performatividad del acto mismo. El “asesino del rifle” es ante todo un deportista que lleva hasta sus últimas consecuencias la lógica de la performatividad deportiva que preside también el funcionamiento de todos los sistemas actuales: mata porque puede matar, y, en tanto puede hacerlo, lo hace sin más, inversamente a lo que le ocurre al aparato tecnológico y militar estadounidense, que no actúa porque toda su potencia es virtual y el menor contacto con lo real podría provocar la catástrofe.

Por eso, el asesino ha podido dejar en un escenario del crimen el naipe con la nota “Yo soy Dios”. En cierto modo, es como decir “Yo soy el poder”, y dentro de las nuevas reglas del juego de simulación, es así realmente, pues él es quien determina cómo se juega y a qué se juega, aunque a decir verdad ya no se juega a nada: sólo se ejecuta el programa del asesinato en serie y el programa proporcional o desproporcionado de la seguridad, sin que las partes se respondan entre sí.

El poder, como le ocurre con el terrorismo, pierde la iniciativa y tiene que moverse en la misma ausencia de objetivos a la que lo induce el acto anómalo. Ausencia de objetivos que cae a su vez en la trampa de la identidad inevitable de los medios (en Afganistán hubo más muertos por carnicerías y masacres de los norteamericanos o sus “aliados” mercenarios que caídos en combate por el lado de los supuestos “terroristas” y talibanes: finalmente, los bien entrenados marines y otros miembros de los cuerpos especiales pudieron demostrar lo que valen frente a un enemigo realmente a su medida).

10

La exportación del modelo terrorista a través de acciones cuyos supuestos no parecen “terroristas”, demuestra además que el terrorismo no es de ninguna manera un fenómeno político, como se cree, sino que apunta a un estado de resolución del poder donde lo político como relación de intercambio ya no existe. Incluso dadas las condiciones generales de degradación de lo político, podría pensarse que el terrorismo es tan sólo una mera disfunción patológica del comportamiento euforizante de nuestras sociedades.

De todos modos, nuestra creencia común es bastante cándida: si el terrorismo existe, es que apunta realmente a algún poder real y con este razonamiento acabamos por tomarnos en serio la existencia del poder como salvaguarda frente al terror. Como si el sistema, tal como actualmente se está desarrollando, no fuera en sí mismo el terror, del que el otro terrorismo es tan sólo la forma refleja y exacerbada. Ahora bien, para nosotros desde hace tiempo, el desafío al poder ya no pasa por la oposición, la contradicción, la revuelta, el marcaje simbólico del adversario, la negación de las condiciones “objetivas” o cualquier otra forma dialéctica y mediatizada por valores en el intercambio. No hay pacto de sumisión ni de soberanía que valgan: se pertenece al sistema automáticamente, por inclusión y exclusión mecánicas, ligadas al “modo de vida” de masas aculturadas.

Porque el poder hoy no se intercambia: por el contrario se perpetúa a sí mismo en la corrupción endémica de las formas democráticas de gestión y consenso, cuya apariencia de tales cada vez nos resulta más inverosímil y pide unos esfuerzos casi sobrehumanos de comprensión. Sólo les pedimos que nos garanticen la libertad de movimiento, la felicidad y unos servicios que gareanticen la comodidad, la higiene y la salud, incluso si su solicitud por nosotros es francamente atosigante y finalmente inútil.

Pero se trata de un poder que niega el antagonismo, que vive en la negación de la violencia, de la resistencia, incluso de la mera diferencia, un poder al que el terrorismo le ofrece una última oportunidad de reivindicarse como tal, dirigiendo ciegamente una solicitud universal de seguridad, una coacción de seguridad, y con ello le permite implicarse a contrapelo en un juego que ya no es el suyo, pues en la fase actual, el sistema sólo funciona legítimamente en la ocultación de su propia violencia, que es la violencia de su universalización (en la forma eurocéntrica del Estado nacional, secular o no), de su homogeneidad y de su pérdida de perspectiva histórica. Ocurra lo que ocurra, dadas las condiciones actuales, todo poder en proceso de mundialización está condenado a mimetizarse con el terrorismo y confundirse con él, y esto ya sucede en muy amplia medida.

En un orden mundializado donde no se puede oponer ninguna resistencia real al poder, sea cual sea la fisonomía que adopte, ninguna oposición real a la aculturación en un sistema exánime, el modelo terrorista actúa como el único desafío que excede con mucho la lógica ya desaparecida de la designación del enemigo. Si el terrorismo parece jugar una última y desesperada baza política, no hay que caer en la trampa de imaginar que el poder puede hacer lo mismo. Es una de las más ingenuas y torpes posiciones la de querer hacer del terrorismo un “enemigo”, pues nadie puede oponer nada a la invisibilidad, la clandestinidad, la complicidad y el juego simbólico de la muerte.

Basta recordar que todas las formas de terrorismo han crecido exponencialmente desde hace treinta años y que, con independencia de los grupos, los objetivos y los medios, la baza del terror contra el poder, a su vez en proceso de mundialización, también se ha ido incrementando en un duelo del que no se puede decir que los Estados hayan salido victoriosos. Con el desarrollo de la mundialización en forma de redes transnacionales, de interrelaciones sin sujeto soberano ni normas meramente creíbles y válidas de derecho (cuya propia universalidad es finalmente regresiva, pues permite una utilización en el vacío de conceptos inofensivos de derecho), la baza del terrorismo también sufre una transformación de escala, se hace más virulento y se vuelve casi epidémico.

En la coyuntura actual, es un hecho cada vez más patente que el terrorismo como modelo de toda actividad de desregulación avanzada del poder mundial se ha extendido a todas las demás formas de anomalía del orden social. Recientemente, un joven finlandés se ha hecho estallar a la manera de un terrorista suicida en una zona de ocio, dejando siete víctimas, con la consiguiente perplejidad de las fuerzas de seguridad que no pueden vincular la acción con ninguna organización terrorista. Al parecer, el joven, había conseguido fabricar una bomba de cierta sofisticación a partir de los conocimientos que había descargado de Internet. Llama la atención esta imitación de la lógica del terror de masas en ausencia de cualquier referente “político” o ideológico, como en el caso del asesino de Washington y en tantos otros donde se trasparenta esta situación en la que el terror individual “patológico” corresponde secretamente en eco a otra forma de terror, diseminado y multiplicado en todas partes en la vida cotidiana.

Potencialmente es terrorista todo “paso a la acción”, incluidas todas las formas auténticas de protesta, disensión, desobediencia y rebeldía, siempre que estén movidas por un antagonismo que no se pueda reducir al “diálogo” y la “democracia”. Pero si esto es así, también habría que reconocer que el poder que llamamos “democrático”, al no moverse en la esfera “legal” del intercambio, la representación y la mediación, de las que afirma ser el titular, ha cesado realmente de ser lo que se nos propone: se ha convertido en un poder anónimo, innombrable, para el que no hay una categoría apropiada en el pensamiento político oficial, que por supuesto afirma sin ninguna prueba a favor el carácter apriorísticamente “democrático” del orden existente.

Ahora bien, en la dimensión transnacional desregulada y paralegal en la ya nos movemos, el concepto de democracia oculta una impostura indudable, vinculada a la baja definición o evanescencia de un concepto genérico inencontrable en la práctica. La democracia, primero confundida con un procedimiento, ha pasado luego a designar el espacio donde la indeterminación de todos los procesos puede acogerse a un título honorífico de reconocimiento.

Desde la toma del rehén y el chantaje lúcidamente analizado por Baudrillard en los años 80 en “Las estrategias fatales”, hemos pasado a la acción terrorista en estado puro, es decir, a una lógica en la que toda posibilidad de intercambio ha desaparecido. Pero el sistema también ha pasado al mismo estado de no-representación. El terror ya no tiene unas causas “objetivas” y precisamente al perderlas se ha hecho más intenso y virulento (lo que no significa que sea un fenómeno “nihilista”, como les gustaría pensar a algunos): es sólo un efecto que se multiplica como por contagio y crea las condiciones de un modelo que se autorreproduce en ausencia de un poder al que ya ni siquiera niega o combate en nombre de algún principio. Incluso el hecho de que el referente y el objetivo político exista o no, es indiferente a la nueva lógica del terror, como es indiferente al sistema el hecho de que represente una voluntad o refleje el sentido de alguna colectividad. Oscila, sin principios ni escrúpulos, en un espacio variable de proyecciones fantasmáticas que el terrorismo contribuye a producir.

De ahí que todos los análisis realizados hasta ahora en términos “realistas” de conflicto, correlaciones de fuerzas sociales y estrategias opuestas en lucha sean completamente ilusorios y se limiten a simular, con un regusto ciertamente decimonónico, unos principios de realidad social y política que ya no existen o no tienen la menor eficacia causal , no sólo en Occidente, sino también en el resto del mundo, pues la propia mundialización ha desencadenado procesos que no se corresponden con una lógica histórica de los acontecimiento que pueda analizarse según modelos derivados de la historia europea de los últimos siglos. Sirva como ejemplo, entre otros muchos, de este tipo de análisis realista pero miope, y en el fondo malintencionado, el libro titulado “La yihad” de Gilles Kepel sobre la historia de los movimientos fundamentalistas islámicos: su etéreo pero discreto “materialismo” histórico se disuelve en imputaciones y causalidades que ya no explican nada, al menos no el verdadero alcance de hechos que pasan a situarse en el contexto de la mundialización, a la que el autor no hace ninguna mención.

Las propias posiciones de los adversarios, de los antagonistas, han desaparecido, por más que el terrorismo se esfuerce por recrearlas. Lo que se corresponde con la propia “ideología terrorista” (nunca ha habido nada parecido), en el sentido de que ésta ha creído también ilusoriamente en la oportunidad de levantar a las masas contra el poder, aunque después de treinta años de terrorismo, sobre todo en Europa, es muy posible que los terroristas sepan que su simulación es tal simulación, sólo que más fuerte y decisiva que la del poder al que combate como si realmente existiera algo enfrente. De todos modos, los terroristas quizás le llevan al poder varios cuerpos de ventaja en el conocimiento de la lógica del chantaje, la disuasión y la simulación, pues el poder sólo sabe utilizarla a la defensiva y siempre como un medio de reacción histérica, mientras que el terrorismo apunta exactamente a esta incapacidad del poder de serlo hasta su autoliquidación, como bien ha visto otra vez Baudrillard en el artículo “El espíritu del terrorismo” sobre el atentado del 11 de septiembre.

La propia amplificación retórica de la que ha sido objeto el atentado del 11 de septiembre agota para Occidente la definición del fenómeno terrorista: es como si este acontecimiento señalase un límite intensivo y extensivo a partir del cual los demás sucesos del mismo tipo tan sólo pudieran actuar a manera de imitaciones que no sobrepasan el modelo, proyecciones mediocres de sombras sobre una superficie social y política aparentemente inalterable, pero que en el fondo ya se ha agrietado por varias partes dejando al desnudo las estructuras del poder, las vísceras sanguinolentas del sistema, seudo-sujeto descarnado que busca contradictoriamente el apoyo cómplice de aquello que lo despoja de su condición al exacerbar unos resortes de violencia gratuitos, que en el fondo ya no se dirigen contra nada y que no aciertan el blanco.

El éxito profundo del terrorismo se está empezando a comprobar: ha obligado a que todas las formas del poder, a que el conjunto del sistema mundial entren en un estado de promiscuidad, donde lo totalitario, lo democrático, lo liberal, lo apocalíptico, la seguridad como excusa paranoica, las tácticas policiales, la estrategia de lo peor y las soluciones finales se funden en un mismo programa. La desrealización del poder va acompañada de lo que podríamos llamar su “israelización” en profundidad: la “buena causa” no se detiene ante nada. No sólo es una cuestión de tácticas, es también una profunda alteración de su naturaleza a escala planetaria. Pero la buena causa siempre es la misma: la del intercambio total y la propagación de lo equivalente, el sistema de no-valores occidental, la nulidad de un “modo de vida” inerte y exangüe y una democracia que tan sólo es la invalidez o la incapacitación de toda una sociedad convertida literalmente en la “ocupadora” del resto del mundo.

Como occidentales que conocen su historia, aunque no la sepan digerir, deberíamos ser los primeros en no ignorar que en esta situación, todos somos terroristas y todos somos a la vez cómplices del sistema del que recibimos todos los beneficios y muy pocos de sus perjuicios. Da igual el campo en que nos situemos, pues tampoco se pueden reconocer ya a las víctimas y a los verdugos, porque históricamente y aún hoy, nosotros somos a la vez víctimas y verdugos, por el solo hecho de poseer el poder de determinar lo que es “humano” y lo que vale universalmente por tal: no hay siquiera noción de culpabilidad que pueda satisfacer a los protagonistas de una situación que ha superado hace tiempo cualquier definición moral. Es lo que nos ha enseñado la práctica del poder en su forma moderna, pues el poder ha sido el primero en amputar el orden social de cualquier normatividad moral que no sea un puro efecto ilusorio de un contrato social racionalizado. El terrorismo, sobre todo el que apunta a la dimensión mundial del sistema y lo hace de manera simbólica, saca sus conclusiones extremas de esta podredumbre.

11

Apenas un año después otras dos acciones aparecen a esta nueva luz como opacas, como insignificantes, y sin embargo implican la entrada del terror y del contraterror en un juego de espejos y en un encadenamiento exponencial pero igualmente indiferente: el atentado del centro turís­tico de ocio de Bali, en Indonesia, con casi 200 víctimas, el pasado 12 de octubre, y sobre todo el desenlace perfectamente terrorista (pero esta vez a cargo del Estado) de la toma de rehenes en un teatro de Moscú que se inicia el 23 de octubre y acaba apenas tres días des­pués, con la masacre de los terroristas y de más de cien rehenes a manos de las fuerzas de seguridad, en medio de una opacidad informativa, y unas imágenes de una perfecta profila­xis, que contrasta fuertemente con lo que suele ocurrir en Occidente, donde la “libertad” de la información no permite al poder desenvolverse con la pureza de medios a que aspira es­pontáneamente, aunque por supuesto toda esta “cobertura” sea hipocresía liberal.

En cierta manera, podría pensarse que este desenlace es la réplica occidental por represión interpósita de los atentados cometidos contra ciudadanos occidentales en el último año, después del 11 de septiembre. De ahí el carácter, moralmente anémico, de las reacciones occidentales que se han producido. Los occidentales reenvían su “mensaje” vía gobierno ruso al terrorismo internacional (y en efecto sin reconocerlo éramos sus aliados objetivos en diferentes asuntos turbios), quien a su vez había emitido otros tantos mensajes a los occidentales en forma de atentados “menores” en la periferia (turistas alemanes en Túnez, ingenieros franceses en Pakistán, petrolero francés en aguas de Yemen, turistas occidentales en Indonesia…). Literalmente, se trata de un “proceso de comunicación” donde no se comunica nada y donde la “retroalimentación” del sistema mundial y el terrorismo con­siste en el intercambio de la muerte y el exterminio bajo el lenguaje de las víctimas indiscri­minadas que actúan como signos volátiles y como lo único verdaderamente intercambiado de hecho.

Así pues, tenemos ya una operación “Septiembre negro” al “gran” estilo ruso, ampliado y corre­gido. El virtuosismo de los rusos en la manipulación de la imagen y de la táctica de lo peor no deja nada que desear, muy al contrario, ellos están en la vanguardia y serán utilizados como modelo en el porvenir inmediato. Se veía venir hace algún tiempo: la infinita “solicitud” de los gobiernos occidentales hacia sus poblaciones se corresponde con la ilimitada incuria de los gobiernos rusos hacia sus ciudadanos. En el fondo, existe la misma desafección y desprecio mutuos entre gobiernos y gobernados, pero en Occidente existe una hipocresía moral de la que no podemos acusar a los rusos. Occidente tiene mucho que aprender de este tratamiento profiláctico del terrorismo y desde luego no oculta su satisfacción. La acción contraterrorista, con uso de armas químicas que ya no discriminan a nadie, y con la ejecución “paralegal” de los asaltantes “anestesiados” (la profilaxis tiene la sangre fría), ofrece todos los indicios para constituirse en modelo. El gobierno chino está muy interesado en adquirir el potente gas tóxico: existe a partir de ahora un mercado “legal” para las armas eficaces en la lucha antiterrorista, incluso aunque estén prohibidas por convenciones internacionales.

Con esta versión de la lucha contra el terrorismo, es como si los rusos le espetaran brutalmente a Occidente: “Nosotros somos capaces de hacer a la luz pública, lo que vosotros hacéis en secreto y de tapadillo, si es que os atrevéis a hacerlo”. Desafío en la escalada antiterrorista con gran futuro pedagógico para Occidente. Milosevic, Sharon y otros ya estaban al tanto de “lo que había que hacer” en sus particulares luchas ¿contra quién? Los rusos le dan una nueva dimensión a la estrategia antiterrorista mundial. Los gobiernos europeos “toman nota”: pronto ciertas cosas también nos estarán permitidas. La Europa “humanitaria” camina, esbozando pequeñas curvas, sinuosidades inesperadas, hacia situaciones innombrables. Ha sido demasiado tiempo cómplice de ellas y muy pronto tendrá que pasar a convertirse en protagonista y ejecutora directa de tareas encomendadas a otros. La Europa “reunificada”, de Oeste a Este, se encuentra en una situación casi peor que la que resultó de la división de la guerra fría: ahora tiene que ser cómplice a la vez de los norteamericanos y de los rusos, asumiendo uno tras otro todos sus desquiciamientos, malversaciones de principios y manipulaciones estratégicas. La tarea de los moralistas y pedagogos de la cosa pública se vuelve realmente penosa.

La resolución de este último suceso de toma de rehenes, con el sorprendente beneplácito y felicitaciones de los gobiernos europeos, da una idea del estado general de deconstrucción en que nos encontramos: se da por bueno y se estima un éxito (como sucede con las económicas y satisfactorias tácticas israelíes de “un terrorista, un misil”, imitadas ahora por los norteamericanos, como ha ocurrido en Yemen) una operación de “liberación” en la que las fuerzas de seguridad utilizan un gas mortífero que no diferencia entre terroristas y rehenes (incluso los propios miembros de los cuerpos de seguridad se vieron intoxicados por sus compañeros), y esta indistinción simboliza a la perfección los designios profundos de nuestra propia “lucha contra el terrorismo”.

Evolución que sin duda muestra que el terrorismo ha conseguido ampliamente sus objetivos. “Terrorista” en lo sucesivo será asimilable a cualquiera que se encuentre en el lugar no debido. Si se da por bueno lo que ha ocurrido en el teatro de Moscú, (simultáneamente al asunto jurídico inclasificable de Guantánamo, a las tácticas israelíes como punta de lanza “antiterrorista” del Occidente “civilizado”), Europa evoluciona hacia una situación de “contraterrorismo” que cierra las últimas puertas de validez y legitimidad al concepto, cada vez más abstracto y etéreo, de democracia. Por supuesto, la comedia de la “opinión libre”, de la información y los valores occidentales seguirá representándose, aunque cada vez más escépticamente.

Desde ahora debemos aprender a vivir en esta representación de dos ausencias que monologan y se autorreplican en una estrategia que apunta a lo peor: la del poder como “sujeto”, que en realidad ya no ejerce su potencia sobre nada, y cuando lo intenta, lo hace indiscriminadamente y en falso, y la de una resistencia “irracional” y “nihilista” al poder, todo esto desarrollándose fríamente en una cadena de golpes y contragolpes que una y otra vez pegan en falso, dejando un suspenso y una incertidumbre crecientes sobre la naturaleza de ambos fenómenos. Entre estas dos figuras desencarnadas ya no queda espacio para la mediación ni para los valores morales, mucho menos universales, y justamente esta doble imposibilidad de ser lo que se aparenta ser, pues todos somos mutantes o alienígenas políticos, marca la señal más reveladora de que nos encontramos en un escenario mundial de simulación a dos que no se corresponde con nada conocido ni asimilable en nuestra lógica realista de los hechos “políticos”.

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