TERRORISMO Y PODER

LA CONCIENCIA DEL GUARDIÁN (ACTO 3º): CRÓNICA DE UNA GUERRA POSMODERNA (2003-2004)

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Un emperador de un país lejano recorre sus territorios. En una ciudad, varias veces se encuentra con flechas clavadas en el centro de una diana. Lo sorprende tanta destreza y pide conocer al arquero. Un dignatario de la ciudad le explica: “Oh, no, no se trata de un arquero diestro; es un pobre idiota. Primero dispara la flecha, y luego pinta la diana”. Así nuestro poder hipotenso, el que desesperada y angustiosamente llama la atención sobre sí mismo: ¡aquí estoy, soy yo quien dispara la flecha!. Para constatar su existencia, debe hacer incesantes demostraciones de presencia, sin entender nada de su naturaleza fantasmática.

Ahora bien, no pudiendo disparar flechas y acertar al mismo tiempo (realmente no tiene flechas que disparar, pero todo el mundo quiere imaginarse que sí las tiene), se contentará con pintar las dianas y hacernos creer que efectivamente acierta. Peor, incluso las flechas no serán nada más que parte del dibujo engañoso: trampantojo del poder en el que muchos caerán, perplejos más tarde por haberse dejado engañar tan fácilmente. Como tantas otras veces.

Ya se barruntaba, en la larga estela de los efectos del 11 de septiembre, incrementando una incertidumbre que ya existía, que no nos íbamos a librar de otra demostración de la sabiduría del Príncipe, o más bien del Idiota, que, como se sabe, es su doble y compañero en forma de loco de Dios o bufón cortesano. La cosa ésa de la “guerra” (pero ¿cómo llamar “guerra” a algo así, algo que escapa furtivamente a toda definición?) empieza a ser estomagante por todo lo que la rodea e inviste de un dramatismo efectista que ya no tiene en absoluto. No por espesar el caldo, añadiéndole tropezones diplomáticos, la sopa tendrá mejor sabor. Cuando hay que esforzarse por hacer las cosas creíbles, es que sin duda éstas no tienen ya ninguna “realidad” digna de creerse, y por tanto, ninguna necesidad de ocurrir. Pero todo lo que no tiene necesidad de ocurrir es radicalmente trivial y cuando finalmente ocurre ya se ha hecho tarde.

El recurso a la “guerra” es como una última apelación ante un imaginario Tribunal de la Historia, a fin de que éste quizás se constituya algún día de nuevo. La guerra es el último “chequeo” para demostrar que estamos en un espacio histórico identificable. Es como si todo el mundo se pusiese a sobreactuar y a intercambiar añagazas supuestamente astutas y envenenadas: cálculos y descuentos por anticipado. Deberíamos empezar por saber que lo mundial es la abolición del orden histórico, cuando no del orden antropológico sin más, y en eso estamos, pese a todas las trampas y ocultaciones.

Mucho antes de que se declare y, sin duda, después de que concluya, todo resultará igualmente increíble, no habremos tenido ni el tiempo ni la distancia para “creer” en la realidad de la guerra, pues tanto énfasis se pone en demostrarla y, más aún, tanto se alborota en mostrarla de antemano. A los que sientan la nostalgia de la Historia, todo esto debería provocarles una tristeza y una náusea infinitas. ¿Pero sigue habiendo alguien capaz de recordar qué cosa fue la Historia, no su espectáculo encerrado en los estudios de grabación o en las agendas y libretos que los publicitarios les pasan a los políticos?

Lo cierto es que, a estas alturas, nos viene ya demasiado ancho el traje militar de gala y los cantos épico-tecnológicos han rebasado ampliamente todo lo que pueden dar de sí: somos como el monte lleno de estruendo que parió un miserable ratoncillo. Otro nuevo embarazo histérico de un Occidente muy avejentado: inseminación “in vitro” de una seudohistoria entre amantes morganáticos. Y sin embargo, una vez más, los Grandes de la Tierra parecen no sospechar hasta qué punto sus servicios benefactores ya no son requeridos por la comunidad que los observa entre incrédula y divertida. Quizás porque ya no son necesarios tienen que hacer un último esfuerzo para demostrarnos que siguen ahí, dueños de no se sabe muy bien qué astucias de poder secreto.

En estas circunstancias hasta los más mediocres figurantes parecen grandes “estadistas”, y se nos hacen pasar por tales. Pero la taumaturgia o el hechizo del poder, incluso bélica, ya no funciona. El Príncipe se ha convertido en el Idiota del cuento. El Administrador del Presupuesto, el Gran Chambelán de las Sociedades de Valores, o incluso el Gran Bufón de la Corte, se hizo con las riendas del poder hace mucho tiempo y ahora es demasiado tarde para que el Príncipe retome por su cuenta la decisión. Y a fin de cuentas, ¿qué decisión podría tomarse cuando no hay ni la menor posibilidad de decidir nada en un orden hiperprogramado de disuasión y terror virtual donde las cosas no se producen nunca por sí mismas sino con vistas a evitar su propia ocurrencia o disimularla?

Todo se desgasta a velocidad de vértigo, pero hay que entender que las cosas no podrían remontar su curso lógico de postración sin desmentirse a sí mismas. Y por nada del mundo nos gustaría que se desmintiera el principio que dice que, cuando todo es pura estratagema, hasta los “acontecimientos” (que se han ganado un derecho inalienable a las comillas) acaban atrapados por este ciclón de motivos decadentes que gira sobre sí mismo, en un centrifugado tan locuaz como inane. Pese a todas las poses de juvenil exhibicionismo de gran potencia, la vieja prostituta ya no enardece a nadie. El poder está cansado, muy cansado de sí mismo, de ser eternamente igual a sí mismo. Lo peor es que ahora tampoco se cree ni su propia exhibición libidinosa: se limita a ejercer un vergonzante “voyeurismo” sobre su propia fuerza, en la sospecha desesperada de que ésta le ha abandonado.

Todos los que debían encargarse de dar verosimilitud a esta puesta en escena también muestran síntomas de agotamiento o disimulan mal su flojera: los medios y los políticos, cada uno repartiéndose un trabajo de recíproca estimulación a ver si juntos consiguen llegar al clímax inefable de la guerra. Como el terrorismo, y todo lo que se asimila a él, es nuestro verdadero espasmo político, todos estos impotentes se han dedicado a tomar reconstituyentes a ver si pueden igualarlo. Quizás por eso las alucinaciones y los fantasmas nos cercan. Se han equivocado de medicación. No hay Viagra de la Historia.

¿Cómo convencernos de que todavía puede suceder algo, cuando tenemos muy presentes las señales de todo lo contrario? ¿Cómo persuadirnos de que los meros signos de las cosas son autosuficientes y están más que sobrados para mover la realidad un ápice más allá de la nebulosa en donde suele encontrársela habitualmente? Este es el sentido de la taumaturgia del poder y de la realidad, por extensión, en la que vivimos sin darnos cuenta: los signos del poder hacen las veces del poder, los signos de la guerra hacen las veces de la guerra, como los signos de la riqueza hacen las veces de la riqueza misma o como los signos externos de la conciencia, la moral y el derecho hacen las veces de todas esas cosas de las que realmente se carece. Entramos en la etapa del consumo vicario de los signos de la Historia y de todo lo demás.

2

Si la guerra se ha vuelto imposible e improbable, no es porque nos hayamos vuelto de repente más “civilizados” y cautos en Occidente, conscientes finalmente de “peligros” en gran parte imaginarios, pacifistas alucinados, desengañados quizás de las peripecias sangrientas de la Historia; sucede más bien que la guerra, por principio y por cálculo, ya no puede ni plantearse ni conseguir sus objetivos tradicionales, tal vez porque ni siquiera existen ya verdaderas condiciones de conflicto, es decir, por lo menos combatientes y adversarios sobre un plano de hostilidad real y de igualdad de posibilidades sobre el terreno, condiciones en definitiva que permitan un intercambio “realista” de la guerra.

Por otro lado, para la guerra, para la Historia misma, se requiere una energía (¿pero venida de dónde sino de la definición clásica de lo político?) de la que estamos ciertamente muy escasos. Si nos fijamos sólo en el pasado, para la guerra, se necesitan Estados realmente soberanos (cuando la soberanía era un concepto “fuerte”), se necesita “política” (cuando la política era un verdadero arte de seducción del adversario); se necesitan verdaderos actores, es decir, estadistas (cuando los hombres de poder se creían investidos de verdaderas misiones porque realmente tenían pasiones y su desmesura creaba la gloria o la destrucción, o ambas a la vez); se necesita “razón de Estado” (cuando el Estado necesitaba constituirse sobre una racionalidad en buena media irracional); se necesita, en definitiva, una escena de lo político; se necesita lo simbólico de una relación de alteridad, una mínima reciprocidad, una condición dada de intercambio formal de una hostilidad compartida. Hace mucho tiempo que todas estos requisitos no existen, aunque todo vaya encaminado actualmente a reproducirlos en duplicados falsos.

Ahora bien, si no existen las condiciones de un conflicto, hay que inventárselas. En eso estamos. Los ciegos en comisión se dirigen a analizar qué cosa es un elefante, desconociendo que éste es de color rosa, por lo demás. Todo el enorme esfuerzo que se está dedicando a “crear” artificialmente los requisitos escenográficos del “conflicto” habla a las claras de su carácter de ficción, de farsa, de simulacro, por no decir de delirio ¡Qué tiempos aquellos en los que la escenografía de la Guerra del Golfo del 91 todavía pudo parecer verosímil!

En estas condiciones, o en ausencia de las mismas sería más apropiado decir, todo el mundo se pregunta: una guerra, ¿por qué, para qué, contra quién? Aquí ocurre algo inesperado: por primera vez se habla alegremente de una “guerra” donde no hay ni rastro de enemigo real, donde no hay señales de verdadera agresión y puesta en jaque, donde no hay tampoco ciertamente la menor hostilidad real de ningún Estado. Ya en la guerra del Golfo de 1.991 se dieron todas estas condiciones y ahora se repiten, sólo que todavía más herméticamente encerradas en el vacío. El potencial antagonista real está por completo ausente de todas las guerras actuales promovidas o financiadas por los occidentales, ya que éstos, en efecto, tienen el material y su valor de cambio, que monopolizan como tantas otras cosas, pero carecen del sentido auténtico del valor de uso en una dimensión diferente

La “crisis de Iraq”: menuda desilusión. ¿Dónde buscar el conflicto? ¿En la verdad de la información? ¿En los discursos vacuos de los políticos? ¿En la opinión nula de las masas “responsables” excitadas por la información desmesurada? ¿En la fabricación del montaje bélico? ¿En lo secreto de una astucia estratégica? ¿En los cálculos de unos políticos que parecen boxeadores noqueados? La “guerra” está en otra parte, y como ya se nos advirtió, sería muy silenciosa: está por supuesto más allá de la información, de los discursos, de la opinión y del montaje bélico.

Pero eso a que apelamos ya no es una guerra y la “oposición” misma de la opinión a la guerra lo único que hace es validar su principio de realidad, juega a un realismo ingenuo y, por lo tanto, es cómplice de alimentar una ficción conceptualmente peligrosa, pues ignora la metamorfosis que implica la mundialización en la lógica del poder y del sistema. La opinión es completamente cómplice del poder, es una prolongación suya, de acuerdo con el presupuesto implícito de salvar a todo trance la “realidad” de las opciones “políticas”.

Por no haber, no hay nada más que una presunta astucia de un poder esquizoide en estado terminal (los norteamericanos) que se cree muy listo desestabilizando a sus socios y aliados más débiles y más dependientes (los europeos y los árabes), los cuales, ahora, por primera vez, tienen la oportunidad de darse cuenta de que hay más cosas en común entre ellos de lo que suponían: les estigmatiza el mismo desprecio y la misma desconsideración de sus admirados amos. Pero la receptividad al desprecio, a la humillación y a la arrogancia es muy diferente en unos y en otros, quizás porque nosotros hemos perdido cualquier capacidad de experimentar una tensión apasionada que desestabilice realmente nuestra bonanza impuesta como normalidad “democrática”.

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Hasta qué punto hemos llegado en la desintegración de lo político, eso sólo puede comprenderse cuando observamos que bastan los simples signos de un conflicto hipotético para desestabilizar la precariedad de todas las bases del poder. Por más que nos pese, es bien cierto que actualmente es lo virtual la instancia que ejerce el poder: Por eso es sólo ella la que puede desestabilizarse a sí misma en tanto que virtualidad del poder, sin verdaderas consecuencias. Todo se analiza y se discute en otro ámbito distinto, el “realista”, y por eso mismo, no se exceden nunca los límites que impone el propio poder: todo realismo lleva un considerable retraso sobre la estrategia del poder, es decir, sobre su propia virtualización.

Esta guerra carece de sentido porque se está elaborando como un experimento, pero como un experimento donde se prueban cosas muy distintas de las que los experimentadores pretenden probar. Quizás incluso la larga crónica de su anuncio (ya hace casi un año que surgió el mensaje) es la prueba de que jamás se producirá. Ya fue así en la anterior “Guerra del Golfo”, aunque aquel experimento acabase a su vez en una experimentación armamentística de buen tono mediático, más o menos convenida por los presuntos contendientes.

Y de hecho no otra cosa es esta guerra super-programada: un banco de pruebas, un “test” experimental, no sabemos aún a propósito de qué (todas las apuestas giran sobre esta presumida certeza: la guerra tiene un sentido, unas claves secretas, no puede ser tan estúpida como parece); algo en fin cuyos hipotéticos resultados, previamente simulados, son previsibles en función de modelos, los cuales sirven primero en la preguerra informativa, como servirán en el transcurso estratégico de la guerra misma y sin duda también se aplicarán en las tareas de “reconstrucción” de la posguerra, a la cual probablemente pasaremos antes de que estalle la guerra (ya se han puesto a funcionar las instituciones encargadas de esta “reconstrucción” así como se han sacado a subasta los contratos por cooptación para las empresas encargadas de la tarea). Pero en este laboratorio experimental, quizás las ratas no son las que uno se piensa a primera vista.

Todas las posturas que se ven circular son el resultado de una profunda depresión de la política, y producen los mismos efectos deprimentes en los que padecen todas las hipótesis equivalentes sobre el “conflicto”. Es cierto lo que alguien observaba: a medida que las situaciones se hacen más complicadas y disponemos de medios tecnológicos casi fabulosos, las mentalidades se vuelven más arcaicas y todos caemos en un primitivismo extraño del que ni siquiera somos conscientes. El mismo primitivismo, a mayores dosis, se da en la opinión pública “mundializada”, que algunos escrupulosos quisieran convertir en nuevo “árbitro” de los consensos “racionales”

¿No vendrá dada esta situación por la disponibilidad, inconmensurable casi, de medios sin ningún fin real? El que dispone de tantos medios como nosotros (los informativos, en primera línea y por supuesto los materiales), tarde o temprano, acaba por perder todo sentido del equilibrio y de la realidad: enloquece o se entontece en su mundo imaginario e intoxicado por su mismo carácter de embuste hecho a medida. También la guerra forma parte de este subproducto vital que nos alimenta.

Hasta tal punto ha sido inverosímil lo de Iraq, que se ha tenido que buscar un “partenaire” achacoso en el escenario mundial, Corea del Norte, por ahora en segundo plano, convocado en última instancia para reforzar el efecto bélico simulado, en caso de “fallo” del primer actor. Con una diferencia: son los coreanos los que disuaden a los norteamericanos de toda veleidad de intervención, dado que disponen de bombas nucleares.

Los norteamericanos son tremendos cuando se ponen a hacer “gran política”. No contentos con asustar y vilipendiar a europeos y árabes, quieren meter en asuntos turbios a los chinos, quienes por supuesto no son tan ilusos y no se dejan mezclar las cartas en esta partida de tahúres tontos. Lo único que cabe preguntarse es si detrás de todo esto hay una gran inteligencia estratégica o por el contrario una estupidez y una ceguera asombrosas. Por lo pronto, el primer objetivo de esta “campaña” ha logrado alcanzarnos de lleno: la discusión siempre recomenzada sobre la situación de la entelequia europeísta en un mundo, al parecer, reestructurado por los norteamericanos.

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¿Se trata de una “gran política”, como se intenta que creamos de buena fe, o estamos más bien ante una completa carencia de política? Pregunta, se diría, posmoderna, pero inevitable, que cada uno responderá como le dé la gana, pues las opciones son intercambiables. Dada la naturaleza de los actores (los conocemos demasiado bien), es fácil desestimar la “seriedad” de toda posibilidad de auténtico “acontecimiento”, que ya incluso en su punto de partida cotiza muy bajo en la bolsa de la “credibilidad” de los propios políticos.

Existe un consenso confuso sobre este hecho: los problemas del mundo ya no pasan por la gestión “política” ni por las tareas hegemonistas y “heroicas” de misiones planetarias, como las que parecen querer encarnar tan a deshora los norteamericanos, pero tampoco hay que tomarse esto demasiado en serio: sobre el terreno, no hay la menor posibilidad de “tareas heroicas” y “grandes misiones” en la lógica del sistema mundial y de las tecnologías avanzadas. Precisamente son éstas últimas la verdadera “misión” y no dejan lugar a otras. En este cortocircuito de lo político teledirigido, las polaridades no desempeñan ningún papel.

Curiosamente, los actores están hechos a la medida de sus propios medios de destrucción, en lo que al automatismo mental se refiere. Como dice el presidente norteamericano, “se hará todo lo técnicamente posible para evitar víctimas civiles”, aunque las primeras víctimas son, como de costumbre, las víctimas incruentas del frente informativo, es decir, todos nosotros, incluso si deseamos “desconectarnos” de la red. La guerra hoy empieza primeramente circulando por la red mucho tiempo antes de que se materialice y aun entonces seguirá siendo una guerra en red. No hay sobresaltos que temer en este intercambio de astucias inanes. Tanto para nosotros como para los acontecimientos, lo único que cabe hacer es desprogramarse.

Ahora bien, la única dimensión artificial en la que el sistema puede situarse de modo reconocible es la dimensión “política”, sea ésta operativa o esté más bien en desuso, como es el caso. Lo primero que implica la supuesta “hegemonía” norteamericana es esta pérdida de la política y su sustitución por la escena espectacular. Los americanos llevan al exterior la propia configuración de su política interna: efectos especiales en ausencia de guión, como en sus propios productos cinematográficos. De otra parte, toda la actividad llamada política ha sido absorbida sin residuo por la dimensión policial, dado que si el mundo se ha convertido en la “casa común”, siempre habrá dueños de la casa y delincuentes que atenten contra el derecho de propiedad o de ocupación.

Y otra cosa está clara: la lucha por la hegemonía en el porvenir, sólo le otorgará a quien la consiga los réditos frágiles de las catástrofes que se avecinan en un horizonte imposible de gestionar como un todo desde los poderes en vías de mundialización. Por lo que sabemos, son precisamente los norteamericanos aquéllos sobre los que no puede ni debe recaer la tarea de “salvación”: pero el sistema tiene que aparentar al menos que se hace cargo de la catástrofe generalizada que ha provocado su despliegue mundial en las últimas décadas, acumulando además todas las devastaciones de los siglos anteriores de “movilización” y producción.

Todo el mundo se precipita alocadamente sobre un poder cuyo porvenir inmediato es la gestión catastrófica de su gigantismo inane: enormidad de medios para ausencia de fines y otras tareas irrisorias cuyo ridículo procede de esta misma desproporción. Ejemplo reciente de este dislate, en el registro de la lucha antiterrorista: cierre durante varios días del aeropuerto de Heathrow, en Londres, al descubrirse que un pasajero venezolano de origen árabe llevaba una granada escondida en su equipaje. Tropas y tanques toman posiciones en torno al aeropuerto, tomado militarmente. Suspensión de vuelos durante varios días.

Porque si algún sentido tiene toda esta estúpida trama de intereses y estrategias entrecruzadas es precisamente éste: por vía de Iraq, se busca desestabilizar aún más las extrañas y vacilantes situaciones geopolíticas de los europeos y los árabes, enfrentándolos entre sí y ofreciéndoles a la carta dilemas artificiales de los que no tienen ninguna gana de hacerse cargo. Cierto que toda este patetismo es una nueva mascarada posmoderna o cortina de humo tras la que se oculta un vasto dispositivo represivo a gran escala y que, en esta tarea, los europeos son perfectamente cómplices de los norteamericanos, a quienes siempre necesitan como coartada encubridora de sus trabajos más sucios y vergonzosos.

Por su parte, los americanos lo saben y aprovechan la ocasión para vestirse de armiño, pero se trata del armiño que se pondría sobre los hombros el bufón del rey, no el rey mismo. En cuanto a los estados árabes tutelados y en minoría de edad, o a los descarriados que desean ser admitidos en el redil, su situación es todavía más precaria: carentes de legitimidad y de toda base, en completa contradicción con sus intereses a largo plazo, cada vez son más dependientes de decisiones que se les escapan, incluso cuando cumplen debidamente sus tareas represivas y económicas, y no lo hacen peor que los europeos, aunque en otro sentido y con otros “métodos” son también eficaces a corto plazo.

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Sin ningún rubor, los analistas más avispados han encontrado la pieza maestra del conflicto: se trata, nada más y nada menos, que de reestructurar y reorganizar el reparto del poder en Oriente Medio, con vistas a una “democratización” controlada (¿?) de la zona. Por las buenas o por las malas, hay que hacer entrar a los atrasados en un mundo moderno realmente global. Se les ha tolerado durante demasiado tiempo su tribalismo corrupto y venal (aunque, a decir verdad, los corruptores éramos nosotros y a veces también los corrompidos, como en el caso de la compra de armas por Saddam Husein en los años 80), su mentalidad estrecha e intolerante, sus maneras y costumbres sociales retrógradas, en fin, sus veleidades de soberanía e independencia. Tampoco se les puede perdonar su complicidad secreta con los terroristas, vínculo del que sin duda una religión “anacrónica”, por supuesto mal interpretada, es la expresión más acabada. Así pues, dos por el precio de uno.

Ahí aparece, a las claras y sin tapujos, el sentido de esta “cuarta guerra mundial” de la habla que Baudrillard. Guerra que se desarrolla a lo largo de los años en un conjunto de conflictos aparentemente aislados e inconexos, pero a los que subyace una cierta estrategia general, sin duda compartida por norteamericanos y europeos, aunque con diferentes objetivos a largo plazo: los norteamericanos buscan sobre todo asegurarse el monopolio del suministro de petróleo a los futuros candidatos a la industrialización, principalmente China, para lo cual deben impedir que ésta tenga acceso a las fuentes directas de la materia prima en Asia Central y en el Golfo; los europeos intentan controlar el flujo demográfico oriental que se dirige hacia sus países y que, según las previsiones de los demógrafos de la ONU, no hará más que incrementarse en las próximas décadas.

En resumen, hay que enseñarles a los árabes lo que realmente necesitan para ser completa y definitivamente felices y libres, pues no han sabido hacer buen uso de la riqueza y los “arcana imperii” del estatalismo moderno que tan generosamente Occidente decidió compartir con ellos. Después del comunismo quebrantado y reconvertido, la lista de espera para recibir un tratamiento “modernizador” en el seno de lo global se amplía y alcanza por supuesto a la zona sensible de donde procede el petróleo. Como se ha dicho por lo bajo estos días, no podemos dejar el petróleo en manos de unos posibles “enemigos”: cantinela que lleva repitiéndose al menos desde 1.973, y con más intensidad desde la revolución “islámica” iraní de 1.979.

Las etapas de este ya largo conflicto latente son bien conocidas: el reparto colonial de los territorios del antiguo Imperio Otomano tras el acuerdo anglo-francés Sykes-Picot, la presión sionista sobre Palestina en los años 30, impulsada por los anglosajones, la creación del Estado de Israel y las consiguientes guerras árabes-isrealíes, en las que el naciente “nacionalismo” árabe encarnado por Nasser encontró su fracaso y su humillación; alianza estratégica norteamericano-saudí desde 1.945, con los servicios prestados por la “sociedad tradicional” a Occidente durante la “guerra fría”, servicios que más adelante cumpliría mejor que nadie Sadam Husein; uso del embargo petrolero, promovido por los norteamericanos, como arma contra Europa en 1.973 (desde 1.970, la producción europea había igualado a la norteamericana desde la segunda guerra mundial: había que controlar al competidor inmediato); desestabilización externa de Líbano desde 1.976, contención occidental del Irán radical del chiísmo revolucionario mediante la guerra a sangre y fuego de 1.980-1.988; posterior ajuste de cuentas entre los occidentales “engañados” e Iraq en 1.991 con la segunda “Guerra del Golfo” (el pacto de caballeros contra el Irán de Jomeini se convirtió en un compromiso bajo cuerda de asesinos); y siempre, como telón de fondo, la presencia israelí en una tierra simple y llanamente usurpada con el consentimiento occidental desde 1.967.

Siempre se ha seguido la misma política de contención de los árabes, promoción de conflictos artificiales, alianzas ambiguas, desestabilizaciones estratégicas: escenario enteramente colonial. Así pues, dadas estas condiciones donde el modelo colonial se reproduce de manera ahora mucho más sutil y envenenada, se dice que los árabes tienen que volverse “democráticos”, y en eso están de acuerdo los dirigentes y analistas europeos, atemorizados ante un Islam que imaginan hostil y del que sospechan en sus propios países, y los poderes norteamericanos de los WASP, más o menos influidos por un sionismo contumaz en el que se inspiran ampliamente en sus cometidos misioneros: como la sangría en la antigua medicina de los humores, la democracia, tal como existe actualmente, es el remedio universal. Por otra parte, los árabes no han sabido tampoco utilizar correctamente la “libertad” que Occidente les concedió con la independencia nacional. La coartada de la democracia siempre funciona para blanquear esta suerte de trabajillos cochinos de la policía mundial. Todo el mundo sabe que las mujeres afganas son más libres desde que pueden ver la televisión e ir a la peluquería.

Lo que en el fondo se está produciendo es un intento, deliberado y sin tapujos, de destruir los últimos residuos planetarios de las llamadas “sociedades tradicionales”. La modernidad, en tanto que mundialización, no admite excepciones y ahí reside su carácter profundamente integrista. Cada guerra, la primera y la segunda para Europa, mucho más que las revoluciones clásicas, francesa o rusa, ha sido el más perfecto mecanismo para destruir las estructuras “residuales” y precapitalistas de las sociedades “tradicionales”, al mismo tiempo que un medio de neutralizar los antagonismos sociales engendrados por el propio despliegue hegemónico del capitalismo en su fase “heroica” y movilizadora.

Habida cuenta del fracaso relativo de los Estados nacidos de la independencia de los países árabes en el tratamiento de esta “modernización” (han cumplido, o han intentado cumplir, la misma función histórica de “arbitraje” soberano y autonomización de la instancia política totalizadora que las monarquías absolutas en la formación de la sociedad burguesa europea: se ha separado la religión del resto de prácticas sociales, se ha creado una ficción de Estado-nación sin fundamento, se han creado algunas oligarquías y elites, algunos sectores de clases medias de mentalidad occidentalizada, pero la gran masa del pueblo no se ha “modernizado” y esto es siempre un peligro para Occidente, sobre todo si estas masas todavía pueden dejarse poseer por los vestigios de una cultura sacrificial nunca del todo aniquilada), los occidentales parecen querer tomarse a cargo “personalmente” la labor de “mundializar”, es decir, modernizar, a los árabes que todavía no participan en las delicias del nuevo orden mundial democrático y liberal.

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En este sentido, la reducción política del Islam es un éxito del sistema, por lo menos formalmente, en lo que se refiere a la superficie del poder y de la sociedad, es decir, de los signos de “democracia” y “modernización” (que, como los de la riqueza, se quedan tan sólo en eso, en los meros signos, pero éstos, en el goce alucinado que proveen, siempre producen una gran satisfacción en los mismos que padecen la eficacia de los efectos reales del proceso de mundialización). El principal “activo” del sistema consiste en que las poblaciones son engañadas una y otra vez sin que nunca se produzca la menor resistencia: la “democracia” sirve para dar libre curso a estas posibles resistencias, dilapidándolas en cambios de gobierno, es decir, cambios de decorado y actores para una y la misma representación en el vacío de las verdaderas apuestas. Se realiza un intercambio en el que la “voluntad del pueblo” se expresa sólo para ser mejor anulada.

De ahí la necesidad cada vez más acuciante del sistema de “democratizar”, pacíficamente o por la fuerza, el mundo (baza europea frente al “belicismo” norteamericano: nuevo juego de sombras chinescas: ¡cómo si los fines últimos no fueran los mismos!; pero los norteamericanos han retomado ahora por su cuenta el viejo proyecto europeo), justo cuando el sistema en Occidente hace tiempo que funciona en caída libre sin la menor necesidad de “democracia” política real. Siempre se trata de neutralizar a las poblaciones con la fantasía de una posibilidad renovable de cambio y mejora, ofreciéndoles la añagaza de que el poder puede ser ocupado por sus “representantes”, previamente sometidos a un lavado de cerebro profiláctico, cura higiénica que purga todo radicalismo real y convierte a los nuevos dirigentes en perfectos clones de la oligarquía mundializada a la que suceden y a la que, tarde o temprano, acaban por pertenecer en una promiscuidad endogámica que finalmente no engaña a nadie (“Lula” en Brasil y Erdogan en Turquía son dos buenos modelos de este proceso de decantación: perfectos agentes al servicio de las políticas del FMI y el Banco Mundial y de sus respectivas plutocracias internas).

¿Cuáles son estas armas todopoderosas de Occidente, en particular frente a las sociedades islámicas en proceso de “secularización” ¿Habría que hablar realmente de secularización o de otra cosa distinta?. Occidente no “seculariza” el Islam mediante su sistema de valores en franca bancarrota, ni tampoco mediante la deliberada imposición de un “liberalismo político” tan menguado en su propio solar histórico convertido en erial, ni por supuesto mediante la aplicación del código universal de los derechos humanos en retirada. Estos son tan sólo los oligoelementos vitamínicos del muy decaído discurso oficial “exotérico” de Occidente.

La realidad es otra: al Islam se le reduce y se le combate con otras armas mucho más insidiosas, son los códigos y los signos de la circulación y la liberación que ya actuaron en Europa durante la fase de formación de las sociedades de consumo desde los años 60 en adelante. Son las avenidas comerciales con sus grandes almacenes y sus anuncios de neón. Son las zonas de ocio con sus bares, sus discotecas y sus prostíbulos, donde el consumo de alcohol sea asequible para una mayoría recién “liberada” de sus obligaciones tradicionales. Son las películas con sus argumentos y sus efectos especiales al alcance de todos los públicos. Son las últimas canciones de moda y los “best sellers” en inglés.

A lo que todos tendrán derecho es a la mundialización, no a la secularización ni a ninguna verdadera “modernización” ideológica, aunque una y otra en la situación actual sean exactamente lo mismo para las sociedades islámicas, como lo demuestra el ejemplo de la fracción privilegiada de la juventud iraní nacida después de la revolución de Jomeini. Lo peor de todo esto es que estos países acabarán por someterse a sí mismos a la experiencia de la Modernidad, de la que sin duda saldrán apocados y nulos. Se habrán ahorrado el proceso, pero cargarán con las consecuencias inevitables de ser “modernos”.

Y para darle un rostro político a toda esta panoplia espectacular del mercado como único lenguaje social, por supuesto, habrá que transformar a los supuestos movimientos “islamistas moderados”, como el de Erdogan en Turquía, prototipo de experimentos futuros, en honestos partidos al estilo “democristiano” europeo, sin cuya cobertura el puro proceso de mercantilización de la vida sería mal recibido o poco tolerado. No ya Turquía es el centro de este experimento, sino la ciudad de Estambul con sus doce millones de habitantes: éste es el verdadero modelo de la operación “made in USA” de reducción del Islam a los límites de la “democracia” y el mercado. Los norteamericanos creen que Iraq es actualmente un “terreno virgen” para un nuevo “experimento” de esta misma especie.

Un reportero de un periódico nacional dice que esta ciudad es mucho más europea que el resto de Turquía porque en sus calles “la mayoría de sus habitantes son más altos y de piel más clara que el resto de los turcos”. Como se ve, la occidentalización no excluye la metamorfosis de los rasgos étnicos de la gente, pues sin duda una asimilación cultural bien temperada se refleja en el mejoramiento de la raza. Además hay que estimar que las costumbres también se vuelven más coherentes con el modo de vida: “los bares y las discotecas están más abarrotados en las noches que las mezquitas al mediodía del viernes”, lo cual expresa ciertamente el verdadero triunfo de la sociedad occidental en sus márgenes advenedizos. Hace mucho que Europa eligió qué Islam es el que se adapta a sí misma: el mejor Islam es el que ha dejado de existir, como para los norteamericanos el mejor indio fue el indio muerto o el que se pudrió alcoholizado en las reservas.

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De todos modos, ni siquiera esta desestabilización enloquecida en la que todos corren el riesgo de desestabilizar al otro mucho más de lo que éste puede hacerlo con él, ni siquiera esto puede dar cuenta de tanta simpleza llevada hasta el extremo de la caricatura. Que no hay bazas ni apuestas que jugar, eso lo sabemos todos desde hace tiempo. El 11 de septiembre, y todo lo que ha seguido, lo ha puesto aún más de relieve, si cabe. Que además los poderes se esfuercen por demostrar lo contrario, también lo sabíamos. Pero que se nos intente colocar otra vez la mercancía averiada, por no decir putrefacta y pasada la fecha de caducidad, de una “guerra” en Iraq, eso excede todo lo imaginable en el peor de los casos. Y que siempre haya todo tipo de cretinos para apuntarse a la escenificación, a favor o en contra, eso forma parte de la nulidad de la representación. Ciertamente, la imaginación del poder no da mucho de sí: necesita la ayuda de una inmensa intoxicación banal para realizar un metabolismo cada vez más defectuoso y, aun así, apenas lo consigue. Excreta lo mismo de que se alimenta: simulacros, falsificaciones, retórica entumecida, mugre de las informaciones inútiles: diarrea que lo enmierda todo.

Puede hablarse todo lo que se quiera, con el debido énfasis de los analistas, sobre el petróleo y una situación económica estancada hace varios años (la caída de los valores, el estallido de la famosa “burbuja financiera” de los años 90, data de finales de 1.999 y el sistema está todavía atrapado en este callejón sin salida de una sobreinversión enloquecida en forma de un capital financiero exponencial); sobre el carácter policial y paralegal del orden mundial, sobre la legalidad misma de la conducta internacional de los estados, sobre las vacilaciones e incertidumbres de la “lucha antiterrorista” a escala internacional, sobre toda clase de oscuros intereses, sobre la fuga hacia delante pero a ninguna parte del clan dirigente norteamericano (no hay ninguna novedad, es el mismo clan que el de la “era Reagan” en los años ochenta y se cree investido de semejantes misiones, sólo que ahora la base de su crédito se ha estrechado aún más); puede hablarse cuanto se quiera sobre la corrupción endémica y ya galopante del capitalismo trasnacionalizado, que se alimenta de su propia desintegración: en una palabra, se puede añadir todo el “realismo” y todo el “pathos” que se desee a los hechos (o a su ausencia, a su déficit, sería más exacto decir), pero, con todo, la situación de fondo no cambia nada.

Hace tiempo que entramos en un ciclo donde ninguna de las categorías del pensamiento político “realista” tienen ya el menor sentido y sólo sirven para llevar a cabo un encubrimiento implacable: operan sobre una superficie de hechos sin referencia a procesos “subjetivados” por una voluntad cualquiera de poder. Procesos sin sujeto para actores sin papel. Ahí estamos atascados y en completa desbandada. La propia aceleración es un síntoma de fatiga e inercia.

Lo único bueno de todo este cuento de Perogrullo es que, pase lo que pase, las cosas seguirán como están. Es la única seguridad con la que podemos contar por adelantado. Esto debiera fascinar a cualquier analista que intentara desentumecer su visión de las cosas tal como se nos dan actualmente. Habría que realizar una especie de “reducción fenomenológica” de los signos de la actualidad, pero para acceder a un saber específico que ya no es de un orden reconocible: quizás así llegaríamos a la verdad que afirma que los signos ya no ocultan nada, porque ya no están ahí en lugar de otra cosa que ellos mismos. No están en lugar del sentido y haciendo sus veces: son la abolición misma del sentido. Hay que achacar esta pérdida de sustancia en todos los ámbitos a esta situación de cambio de ciclo y de era que Jean Baudrillard en solitario lleva analizando desde finales de los años setenta tan lúcida como despiadadamente, desde la simulación generalizada a la virtualidad, como etapa más avanzada del mismo proceso de suplantación de la “realidad”.

Por esta razón, el sistema está bloqueado, no retrocede pero tampoco avanza: está atrapado en un remolino cuyas turbulencias ya no controla en un plano superior de sentido, en un entramado realista de referencia: no tiene una razón final de ser y he aquí todo nuestro drama colectivo, es decir, lo que llamamos enfáticamente nuestra “civilización” no tiene ya ninguna meta, ningún fin, porque los ha alcanzado y superado ampliamente todos.

Lo que se corresponde con la hipótesis de la “utopía realizada”, que primero se aplicará a Estados Unidos, pero que mediante la mundialización alcanzará a buena parte del mundo mismo: por supuesto, una utopía realizada en hueco, en el vacío, que unos vivirán en directo y como privilegiados, con su ocio organizado, su renta discrecional y su consumo vicario, mientras otros la vivirán en diferido, de segunda mano y como simples comparsas abocados al “voyeurismo” de los acomodados; y los más, finalmente, ni la conocerán, como tampoco han conocido el orden dialéctico e histórico occidental de la época explosiva y movilizadora.

Pero realizada o no, de la utopía puede decirse lo que ya estimó Cioran: es “crear, con la ayuda del diablo, una institución filantrópica”. La utopía actual, la de la seguridad total, complemento necesario de la utopía de la libertad y la felicidad, que florece en un desierto sin límites, es la imagen viva de esta institución filantrópica que ejecuta el sueño racional de las antiguas utopías. La máxima del Príncipe Salina, emblema de las “revoluciones burguesas” decimonónicas, sigue siendo cierta, ahora más que nunca: algo habrá que cambiar para que todo siga como estaba. Y en eso, todos son igualmente solidarios y cómplices: norteamericanos, europeos, árabes, rusos, israelíes y chinos.

Los norteamericanos, vuelven a salir a escena para declamar, con entonación afectada, un monólogo largo tiempo conocido y ahora más patético que nunca, ridículos Hamlet de la purgación vengativa: más de lo que se supone gratuitamente, están atrapados por su ficción hegemónica y su paranoia, envueltos en la red, urdida por ellos mismos, de misiones virtuosas y meliflua buena conciencia. Son de esa clase de gente de la que se dice que “ha nacido de pie”. Pero se ignora si también morirá de pie o lo hará en cuclillas. Ahora bien, esta misión no tiene nada nuevo que ofrecer; quizás actualmente asistimos a un giro en el que se ha comprometido con un maximalismo ciego que, en el fondo, significa su total fracaso.

Los europeos, realmente anquilosados, mucho más allá incluso de lo que se cree, atrapados en viejas dialécticas que los vuelven un poco más seniles a medida que ya no son aptos para ellas, limpiando su patio trasero, construyendo su dorada fortaleza (el geriátrico para la tercera edad de la Historia: no hemos salido voluntariamente de ella, es la vejez la que nos ha expulsado de esta dimensión histórica), gestionando como pueden su pérdida de identidad y su profunda minusvalía de poder.

Dicho sea de paso, los intelectuales occidentales, en especial los europeos menos cínicos, que no se enteran de nada desde hace décadas, vuelven a la carga con la ridícula dialéctica entre las “bellas almas” europeas y los feroces pragmáticos norteamericanos, dialéctica banal entre la moral y el derecho, el principio y los intereses, la norma y los hechos: pero reconocen también que se trata tan sólo de dos versiones igualmente mediocres de la misma “razón instrumental”. No hay nada que esperar de este tipo de análisis que responden a los planteamientos más rancios de la “conciencia burguesa” en su ya largo siglo de perpetua “crisis”, alimentada por el inútil moralismo de la “izquierda”: los supuestos “hobbesianos” y “kantianos” pueden seguir repartiéndose sin empacho los papeles de este guión largo tiempo caducado como figurantes que apenas si recuerdan el texto original a fuerza de repetirlo y deformarlo en contextos edificantes para el que aquellas hermosas dialécticas no estaban destinados.

Por su parte, los árabes, ahí están ya condenados de antemano a su liquidación antropológica bien temperada, sometidos a sus oligarquías venales (los egipcios son los segundos receptores mundiales de “ayuda” estadounidense, después de Israel, según parece, a fin de domesticar un desarrollo demográfico imparable), dejándose corromper, exterminados y emigrados, resistiendo a una mundialización que los arrastra en el vértigo de una desestructuración violenta de sus sociedades, a la que algunos han intentado resistir con lo que sin duda es el invento más portentoso de la imaginación política desfalleciente, al introducir en un escenario banal la fatalidad del sacrificio, el juicio divino de la trascendencia en el acto sacrificial, y eso ha descolocado a todo el mundo, que sigue envuelto conmovedoramente en el contrato superficial de la libertad, los derechos y la representación.

En cuanto a los rusos, reaparecen virtuosamente melancólicos pero nada nostálgicos de un poder perdido que en realidad nunca tuvieron sino sobre la base ideológica de su utopía quebrantada, pero ahora han aprendido a extorsionar como pueden a unos occidentales ricos y débiles, y siguen sobreviviendo a su propia catástrofe en una Post-historia o estado post-comatoso, que es para ellos un Purgatorio donde esperan el rescate del sistema mundial. Los países del Este europeo, por su parte, llegados los últimos al banquete, intentan colocarse como pueden en la mesa, a codazos, a ver si algunas migajas les pueden todavía caer encima. El Epulón norteamericano hace promesas que sin duda nunca cumplirá y pagarán los otros ¿Es que acaso la “casa común europea” es otra cosa que un barrio elegante de vecinos abonados a la misma compañía de gas y electricidad?

Los israelíes, resueltamente belicosos y superprotegidos, hoy niños mimados de una historia a la deriva, conservan su pequeño estado y no tienen la menor reserva sentimental para desplegar sus operaciones de castigo que Occidente secretamente admira y envidia, sionistas convalecientes en plena orgía de poder desnudo. Y finalmente, los chinos, astutos corredores de fondo en la partida de la mundialización.

Este consenso honrado en torno al despliegue de lo mundial, (y sustancialmente da igual la versión que acabe por imponerse, la normativa jurídico-moralista al serio estilo europeo, o la salvaje-espectacular hipócrita y misionera al desenfadado estilo norteamericano), no se debe a ninguna racionalidad compartida ni a ninguna moralidad superior, como se nos dice, ni tampoco a ningún proyecto: es simplemente una estrategia de esquivamiento y aplazamiento dirigida contra el resto del mundo como objeto de sus desvelos.

8

Lo decisivo sigue siendo que el poder y el conjunto del sistema han perdido de vista toda razón de ser y buscan desesperadamente encontrarla de cualquier manera. Esto se observa no sólo en las derivas puntuales de la lucha antiterrorista, en la fabricación del conflicto de Iraq y en tantas otras añagazas, apaños y fantasmadas que van a seguir (en lo más inmediato: debates sobre la incorporación de Turquía a la Unión Europea, manejos groseros para la construcción de un presunto “estado” palestino, “reconstrucción” hipotética de Iraq…), sino que llega hasta las legislaciones europeas que tienen por núcleo el enfermizo asunto de la seguridad: toda esa práctica paranoica y obsesiva de la seguridad en un momento en la que ésta sólo significa exclusión social masiva y persecución de las minorías culturales.

De todo ello es símbolo el casi plenipotenciario ministro francés del Interior, Sarkozy, pero como principio de gobierno funciona por igual en todos los estados europeos, después de la comedia del año 2002 sobre los “terribles peligros” de la extrema derecha: ahora sabemos qué sentido tenía todo aquello, en Francia y en otras partes. Se trataba de un movimiento de autoconversión de todo el sistema a término negativo, excluyendo en los discursos aquello mismo que el propio sistema es ya en la práctica y sigilosamente. Precesión universal del modelo policial, del modelo xenófobo, del modelo de seguridad, del modelo de la “solución final”. Las “democracias” hacen todavía mejor este trabajo exquisito, aunque necesitan de los efectos precesivos de los que les abastece alucinatoriamente la extrema derecha, resucitada a tiempo, a fin de conservar la “inocencia” democrática del sistema.

Todas las hipótesis sobre la tendencia dominante en esta evolución no agotan en nada el hecho irreductible y final: que todo un sistema mundial, en lo exterior de sus límites y en lo interior de sus fronteras, se ha puesto a la defensiva justo en el momento en que declaraba, de manera quizás prematura, su triunfo planetario y precisamente por ello (el resultado es un cierre creciente que intenta controlar los flujos “negativos”: la descripción de los continentes-fortaleza, de Naomi Klein). Es decir, todo lo que sucede se debe en muy amplia medida a esta doble consumación de un proceso: imposibilidad de ampliar más los márgenes de extensión del sistema hacia fuera, clausura en retroceso del sistema sobre sí mismo, repliegue que, sin duda, prepara una extensión ampliada y entonces ésta será la última palabra de la mundialización.

Lo que quizás esté en juego son las futuras modalidades de esta clausura repentina y violenta, que no obstante llevaba algún tiempo preparándose. Lo que ahora tenemos ante los ojos es el primer balizamiento del territorio para la continuación de la depredación: el gran macho occidental marca con el potente olor de su orina su dominio antropológico universal. Sin embargo, los límites de éste cada vez son menores; de ahí que, coyunturalmente, los machos se enfrenten cuando falta territorio de caza. Los que han descubierto que el sistema es una amalgama confusa de todos los poderes e instancias sin distinción que evolucionan por su cuenta, interfiriendo de vez en cuando en las otras (ejecutivo, legislativo, jurídico, mediático-espectacular, económico y tecnológico) han descubierto realmente las fuentes del Nilo. ¡El señor Livingstone, supongo!

Muchos acontecimientos tienen este aspecto de escapes o fugas de un espacio vacío por, paradójicamente, saturado y de aleación indefinible, pero sometido en todas sus dimensiones a presiones altísimas debidas a su propia dilatación y concentración simultáneas. El enrarecimiento mismo de todas las relaciones, institucionales, jurídicas, mediáticas, internacionales, pone de manifiesto que se trata de una implosión, sólo aparentemente controlada, del precario marco anterior, que en los años 90 había ya mostrado sus fisuras e indefiniciones. Los norteamericanos, por sí solos, no representan más que la avanzadilla de todo el proceso implosivo, cuya onda sigue siempre la misma dirección, del centro a la periferia con los efectos rebote y contragolpe desde la periferia al centro.

Son estos últimos efectos de distorsión y retorsión los que se trata de controlar. Y sólo en este escenario es en donde hay que situar la aparición fugitiva del efecto terrorista multiplicado y de todo lo que puede asimilársele: es de esperar que la mundialización del terrorismo esté sólo en sus inicios. El otro terror, el de muchas máscaras y ningún rostro, hace tiempo que promueve la deriva antropológica de la especie, y ahora, con la mundialización aspira a estabilizar esta misma deriva.

Por tanto, se desvía mucho la atención cuando nos dejamos atrapar por las categorías del pasado que sirvieron para analizar el estado del sistema en periodos anteriores, por muchas semejanzas aparentes que presente con ellos: despliegue de un supuesto “nuevo imperialismo”, escalada en un belicismo de farsa, formación de continentes-fortaleza al estilo orwelliano, que reproducen en nuevos términos los antiguos sistemas de bloques; liquidación apresurada de todos los marcos institucionales y legales de las relaciones internacionales; renovada dialéctica Norte-Sur, donde los excluidos habrían perdido ya por completo toda voz y serán simplemente “asistidos” de tercera categoría, como los ancianos enmudecidos y desaparecidos de las sociedades desarrolladas (nueva estrategia, de la que es portavoz la “buena voluntad” del recién estrenado Lula: que sean los propios hambrientos los que, como sujetos de su miseria, pasen a gestionarla, “Hambre cero”, maquillaje estético de la relegación y el olvido; ¡los chabolistas de las favelas que pasen por el registro de la propiedad!, -salvo que, al convertirse en propietarios decentes, deberán también pasar por Hacienda).

Incluso tal vez se podría hablar de un antagonismo ambiguo pero creciente entre las elites occidentales en medio de un estancamiento y de un embrollo económico del que no saben cómo salir y que se ven arrastradas a aventuras coyunturales aún más atropelladas. La situación que se ha derivado, por ejemplo, de la burbuja financiera de los años 90: es increíble observar las pérdidas supuestas de enormes compañías y corporaciones, pero más insólito es todavía comprobar que estas pérdidas no tienen el menor efecto sobre el empleo y sobre la actividad económica real, por no hablar del consumo, que tiende a la invariabilidad casi absoluta. Lo que da cuenta de que el sistema ha alcanzado un punto de metaestabilidad e inercia tal que puede lanzarse a un derroche frenético sin consecuencias aparentes. Y de todos modos son siempre los otros los que pagan la factura del banquete, por ejemplo, los infortunados argentinos.

Pero no hay que temer nada: la ceguera del carácter extremadamente calculador del sistema será lo que provoque su catástrofe, no ninguna aventura fallida, aunque a la larga la sucesión y acumulación de éstas tenga consecuencias insospechadas muy distintas a los efectos inmediatos que tendría cada una de ellas tomada por aislado. El 11 de septiembre es una de esas posibles consecuencias inesperadas, resultado de los cálculos ciegos y groseros del sistema, y es en esta situación donde las disfunciones se encadenan sin efectos inmediatos lo que permite constatar una profunda “vulnerabilidad”, que no se debe a los riesgos sino justamente a su metabolización permanente. Los riesgos reales son los “residuos” de esta pesada digestión. Todo eso es cierto, dentro del escaso margen para la certeza de que disponemos, todo está a la vista, pero no agota el sentido de la línea evolutiva que vemos apuntar después del 11 de septiembre.

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Sin embargo, todos los esfuerzos de la información de masas, de los hinchados analistas de la coyuntura, de los políticos en perpetua campaña electoral, parecen ir encaminados a persuadirnos de que somos nosotros los que llevamos la iniciativa en el proceso actual de una historia a la deriva, llegada a un punto muerto ante el que sólo se puede dar marcha atrás. Todo lo que vemos circular actualmente como medidas de reestructuración de lo mundial constituye sin lugar a dudas un verdadero efecto “placebo” de la Historia, una automedicación exasperada del propio sistema, a fin de ocultarse su verdadera patología.

El terrorismo, como también la catástrofe ecológica y el accidente generalizado, presenta la situación modelo de este proceso del que ya no somos agentes ni sujetos, pero seguimos creyendo que todo funciona como antes, en la época dorada de la causalidad y el encadenamiento racional de las cosas en el laboratorio mental e histórico del sujeto autocumplido. El sistema querría ser sujeto, e incluso sujeto racional, pero se encuentra enfrentado con su propia sombra, y ésta es la que le atormenta.

El sistema quisiera hablar en nombre de una “humanidad” a la que está exterminando de múltiples maneras, pero ésta sólo le devuelve en eco su propia falta de voz y cuerpo. Lo mismo ocurre con los políticos y las instituciones, y los “estadistas” actuales, que quisieran hacerse responsables de todo, catástrofes y accidentes incluidos, pero saben demasiado bien que no pueden: hace tiempo que el menor incidente les supera ampliamente y los deja con un palmo de narices. En esta coyuntura es en donde ha surgido el paradójico concepto de “catástrofe humanitaria”: lo humano en sí mismo es lo que se ha convertido en catastrófico, una vez liberado lo humano a su propia acción incondicionada sobre el mundo.

Sabemos, por imputación de nuestros propios miedos más inconfesables, las intenciones de los terroristas, sus medios, sus fines, nos parece que todo está bajo control o casi, salvo algunos “accidentes” de trayecto, como los atentados del 11 de septiembre del 2001. Creemos ingenuamente que todo antagonismo puede ser circunscrito, analizado y tratado, ofertándole los saldos de nuestros conceptos y prácticas fraudulentas de la libertad, la democracia, la igualdad y los derechos. Pero se nos olvida lo principal: el que designa al otro como enemigo y adversario es quien realmente lleva la iniciativa en el juego. Un juego de simulación política en el que los terroristas, y en general todas las formas de antagonismo radical que se están incubando, son dueños de todas las reglas. Y son dueños de las reglas, porque dominan la imaginación del adversario que han designado.

Y son los terroristas, en la clandestinidad y oscuridad de su mundo sacrificial, (al fin vamos a tener que vivir en un mundo en el que sea posible devolver la muerte, un mundo donde sea posible responder al poder con un desafío que lo vuelve inane), quienes nos han designado muy certeramente como enemigos, lo que implica además que poseen la energía y la voluntad necesarias para hacerlo. Ahora bien, no se puede decir otro tanto de los occidentales, quienes pasivamente se limitan a afrontar todos los “accidentes” del recorrido con medidas preventivas de seguridad que no aciertan casi nunca el blanco, medidas que caen en la indiferenciación ciega. Como de hecho va a ocurrir en esta presunta guerra contra Iraq.

Como en el viejo cuento de la rana y el escorpión, el sistema sólo puede responder con lo que es del orden de su propia naturaleza, incluso si de esta manera corre el riesgo de hundirse en el caos. Su naturaleza es reducir la indeterminación con más determinación, que a su vez crea más indeterminación. El terrorismo hunde al sistema en un ciclo que desarma su propia lógica secreta, al redoblarla en el vacío, en la aletoriedad que el propio terrorismo le impone. Por eso sin duda el sistema promueva que la imaginación popular fantasee sobre el terrorismo bajo las especies de las armas biológicas o químicas, miedos latentes con los que sale a la superficie la pulsión exterminadora del propio sistema, pues ésa es precisamente su verdadera lógica.

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En el inconsciente terrorista de nuestra sociedad, el sistema se retrata a sí mismo como lógica mundial del exterminio, pacífico o violento, como lógica del pánico por contagio. Inconsciente terrorista sobreimpresionado en todas partes, que la gente vive, y está inducida a hacerlo, en un pánico latente que puede conducir a situaciones como la de la discoteca de Chicago (o el incendio, pocos días después, durante un concierto de música “rock” provocado al parecer por los fuegos artificiales), donde mueren decenas de personas cuando los servicios de seguridad intentan sofocar una disputa usando un pulverizador de espray irritante, lo que produjo en la masa divertida el mismo efecto que una acción terrorista organizada: insignificancia de la causa, máximo efecto catastrófico. No deja de ser sintomático que la “guerra” no haya estallado, pero ya se puedan contar víctimas entre los norteamericanos, indirectamente ocasionadas por el propio dispositivo de la seguridad, que repercute a su vez en esta desproporción entre causa y efecto.

Como en otros caso similares, he ahí a las víctimas de un pánico invisible pero omnipresente. Ahí es donde sin duda está la derrota de Occidente. Esas decenas de jóvenes aplastados, asfixiados, y los restantes heridos, son nuestro emblema: la muerte involuntaria, accidental, indiscriminada, acechando en todas partes, muerte inducida por una violencia terrorista inmanente a una sociedad ella misma pánica: primeras bajas de una guerra no declarada ni declarable, pues la manera de morir resume seguramente la manera de vivir, ignominia de esta muerte aleatoria que los norteamericanos practican a su vez con tan buena conciencia en sus hipótesis de trabajo sobre “guerras” profilácticas, pero también, con toda coherencia, muerte indeterminada para una vida indistinta, la de los civilizados.

Trivialidad por trivialidad: el todo se refleja en cada una de sus partes. Se acumulan malos presagios para los norteamericanos en estos días en que los guerreros parten al frente en silencio, sin “canciones populares de taberna”: desintegración del transbordador espacial “Columbia”, por causas aún desconocidas (las hipótesis se superponen y encabalgan); incendios en discotecas y conciertos musicales, que provocan gran mortandad; amenazas de explosión en cadena en instalaciones petroleras… el terrorismo no necesita actuar en persona: le bastan los accidentes, la imputación insegura de los accidentes. Estos hacen su trabajo con toda espontaneidad.

El terror llama al accidente; el accidente llama al terror. No hay que hacer ninguna consideración moral en todo esto: si el terrorismo es juzgado nihilista, ¿a qué otro nihilismo emboscado e inconfesable responde el accidente? El pánico insufla más pánico; el miedo teme, pero no discierne lo que ahí delante provoca el miedo: ceguera que lleva al retroceso de la estampida. El incendio de una gabarra que realiza tareas de transbordo de gasolina o propano en una refinería motiva momentáneamente la caída de la bolsa de Nueva York. Los signos del poder estadounidense desfallecen: la conexión en cadena, la máxima integración de una multiplicidad de efectos, pero ya no mediante una verdadera determinación causal, afecta a un centro abstracto de poder y decisión.

A fuerza de llamar al pánico mediante la alerta exasperada, el pánico se materializa, parece que tiene independencia de las causas, que actúa por sí solo, sin mediadores. La muerte se anticipa a la muerte. El terror que se infligirá más tarde a los otros, se inflige primero sobre los que lo causarán. Hay como un vínculo secreto que va del terror al accidente y de éste a aquél, por vía de un miedo y un terror latentes. Desconocemos los lazos invisibles que la muerte mantiene consigo misma. Afortunadamente, no se puede racionalizar la muerte, sobre todo no la muerte de los que están al lado del poder: virtualmente, debido a la disuasión y el terror inmanentes al sistema, todos somos como el visir que huyó a Samarcanda, equivocando los signos que la muerte le presentaba pero acertando sin querer en el sentido de su propia predestinación.

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Nosotros no llevamos la iniciativa, y de nada valen todas las intoxicaciones en que nos vemos envueltos sobre las “estrategias” de dominación puestas en marcha: pura nostalgia inconsciente y necrológica de un imperialismo “fuerte” que ya no es posible. Para no engañarse y engañar a los otros, hay que partir de esta imposibilidad fundamental. A lo que sí tendremos derecho, y con creces, es a la violencia policial, represiva, mediática y virtual del nuevo orden, y eso desde luego, nada tiene que ver con ningún “imperialismo”, porque detrás de un “imperio” hay un proyecto realmente político y sobre todo una pasión desmesurada, insensata, y nosotros no tenemos nada semejante, fuera de las tácticas coyunturales de esquivamiento.

La violencia misma de la información está sustituyendo a la otra violencia, la de la guerra, aunque en ambas violencias, por principio, se trata siempre de la violencia derivada de la potencia del aparato tecnológico: aparato mediático o aparato militar. Violencia de la logística, violencia de la programación, violencia (la peor, la que da carta de naturaleza a la amoralidad colectiva) de la precesión de la violencia. No es necesario ningún control “externo” de la información, como temen algunas conciencias escrupulosas: ambas formas de violencia son modalidades del mismo principio de dominación por lo vacío, es decir, por lo virtual. Aunque, ciertamente, lo virtual puede tener efectos tan devastadores o más que lo real.

La posible “guerra” en Irak no será en absoluto tal guerra, sino una simple operación de represión policial, al estilo de la israelí sobre territorios palestinos ocupados; aunque los medios desplegados sean enormes o desproporcionados (a la táctica policial de “un terrorista, un misil”, lógicamente, es decir, logísticamente, corresponde la táctica militar de “un pueblo desarmado, un bombardeo masivo e indiscriminado”), no debemos confundir la magnitud de un dispositivo represivo con la definición del verdadero acontecimiento bélico.

Se utilizarán los signos de la guerra para realizar una operación policial, y nada más. Sucedió en Kosovo contra Serbia en la primavera de 1.999, luego en Afganistán contra el régimen talibán el otoño del 2001 y ahora quizás se planea lo mismo para Iraq. Vemos que sucede todos los días en Gaza y Cisjordania, y sin duda el estilo israelí es el prototipo futuro de este control mundial: la apariencia “virtuosa” e “irreprochable” (defensiva)) de la operación militar permite ocultar el carácter puramente policial y represivo de estas situaciones de terrorismo estatal públicamente legitimado. No es necesaria ninguna retórica militar o política para entender esto. Las “bombas inteligentes” son las nuevas “porras” de las fuerzas del orden público mundial, que sólo visten uniformes militares por equívoco y a despecho de su naturaleza. El chantaje de las cañoneras hecho exponencial.

De ahí que los autotitulados “liberales” se sientan tan identificados con este tipo de operaciones supuestamente militares y guerreras: se corresponden a la perfección con sus postulados sobre la “seguridad”, trasladando la represión del delito interno contra la propiedad privada a la categoría y la dimensión de las relaciones entre estados “soberanos” (que, por cierto, muchos no han podido serlo, pues entraron en la esfera de la soberanía, cuando se imponía simultáneamente el modelo de la disuasión, y ésta es la primera forma de neutralizar todas esas veleidades arcaicas de soberanía, decisión, guerra, hostilidad…).

Dadas las premisas pseudoliberales del orden mundial, no hay nada sorprendente. Todo esto estaba ya en las reflexiones de los “peligrosos fascistas” (“fascismo hegeliano” decían los marxistas a su vez devorados por sus adversarios liberales) del tipo de Carl Schmitt y Ernst Jünger desde hace cincuenta o sesenta años, en la época de entreguerras, cuando las democracias, sobre todo anglosajonas, intentaron ensayar un primer modelo de orden mundial, tomando a los alemanes como chivos expiatorios, y algunos intelectuales tuvieron el vigor y el coraje de reaccionar. Intelectualmente, nuestros “liberales” llevan un considerable retraso sobre sus antiguos adversarios ya desaparecidos, pero no les importa, dado que son dueños de la verdad y de la historia por apropiación legal.

12

Dicho todo esto, hay que saber finalmente que estamos en Occidente en una fase de progresiva hibernación, mientras el resto de mundo ha alcanzado la temperatura de ebullición (en sentido demográfico, pero también en todos los demás sentidos catastróficos): cómo congelarlos a ellos también, a los otros que siguen siendo otros, ése es nuestro verdadero problema y todo lo que hacemos va encaminado a evitar la explosión o retardarla cuanto nos sea posible, puesto que, en buena medida, de ellos, de los otros depende que nuestras fallas internas no se abran finalmente, dejando paso a un destino del mundo contra el que luchamos con nuestras últimas reservas de estado, ideología, derecho y violencia legal (la base moral está perdida hace mucho así como los valores reivindicativos y justificativos en que se envolvía la “superioridad” de Occidente: vivimos, o mejor, chapoteamos, hace mucho, en la “cloaca del valor”). Parece ser que la pura violencia de la hegemonía de lo económico librado a sí mismo no era suficiente para acceder a la Jerusalem Celeste del mercado pacificador y a la virtuosa “sociedad mundial” definitivamente pacificada.

La implantación coercitiva y policial de lo mundial en un desorden ampliamente retro-alimentado por el propio sistema no es una iniciativa nuestra, no responde a ninguna estrategia progresiva, no es sobre todo la expresión de una historia ascendente y creadora de sus propias condiciones, sino que más bien ocurre lo siguiente: ante la creciente desestabilización y desorganización que está provocando la mundialización económica y cultural, que antropológicamente constituye la peor regresión imaginable, ante el desprendimiento y el desarraigo de la población del planeta entero, ante las condiciones mismas de un planeta que se vuelve inhabitable, todo Occidente se ha visto obligado a desplegar “en efigie” un aparato coactivo de fuerza y disuasión que lo proteja a la desesperada de procesos futuros de todas maneras imparables, puesto que están en la misma línea lógica de la mundialización. De ésta queremos solamente los beneficios, pero no sabemos cómo filtrar los maleficios, y son éstos precisamente los que han tomado la iniciativa y para los que no hay ya ningún tratamiento, ninguna “terapia de choque”.

Lo que sí hay frente a los “maleficios” de esta mundialización brutal son prácticas “mágicas” y “míticas”, además de policiales, situación en la que hemos entrado imperceptiblemente (antes incluso en el mundo intelectual y moral que en el político), y no, por supuesto, en ninguna nueva “dimensión histórica”, como les gustaría pensar a todos los realistas del concepto, los más enardecidos defensores de la “realidad” de los hechos y la verosimilitud de las opciones, los que se creen que viven en el viejo periodo dialéctico de los antagonismos “reales” (Umbral ha descrito las recientes manifestaciones masivas del 15 de febrero del 2003 contra la guerra como la expresión más actual de una “inercia sin dialéctica”, pero esto es aplicable a la totalidad de lo político y de lo social en Occidente: el sí y el no constituyen siempre la expresión del grado cero, de la neutralización que constituye el lenguaje inarticulado de las masas, lo único que se les ha dejado: una voz débil que se pierde en la lejanía y en los ecos de consignas repetidas finalmente por automatismo reflejo).

Que estamos ante una situación, ya sobrepasada, de prácticas míticas, se demuestra mediante esta simple consideración: recitamos compulsivamente el mito de la dominación, de la refundación del orden mundial, el mito del poder mismo o incluso el mito de la Historia, en la esperanza de que todas esas cosas ya perdidas vuelvan a reaparecer de nuevo. Esta es una actitud perfectamente mítica y en ella andamos envueltos sin saber lo que hacemos. En todas y cada una de las peripecias actuales recitamos una historia mítica para atraer sobre nosotros quizás las virtudes de la historia “verdadera”. Ni siquiera “historizamos” el mito, como ha hecho siempre todo poder realmente imperial, más bien estamos mitificando, y tambien mistificando, lo que queda residualmente de Historia, pero convirtiéndola en una bufonada descarnada, ante la que deberíamos ser espectadores mucho más sensibles.

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En estas condiciones, el terrorismo no sustituye a ninguna polaridad, ni el Islam reemplaza en el papel del antagonismo ficticio al comunismo, aunque es cierto que todos los movimientos estratégicos de Occidente en los últimos veinte o treinta años vayan dirigidos, secreta o manifiestamente, a su liquidación, mediante diferentes estrategias de provocación y disuasión, y por eso el Islam ha pasado a un primer plano tras la desaparición del comunismo. A partir de 1.979, con la revolución iraní, Occidente comenzó a darse cuenta de las potencialidades “desestabilizadoras”, para su orden mundial profundamente reactivo y conservador, del Islam en cualquiera de sus modalidades.

El terrorismo llamado “islámico”, principalmente el “modelo terrorista” del 11 de septiembre, desvía la lógica exterminista de Occidente y la sustituye por otro tipo de lógica: la que Baudrillard interpreta como “desafío simbólico”. Los analistas tienden a confundir en la amalgama estas dos formas de “terror” contemporáneo: uno corresponde a la derivación natural del orden tecnológico puro emancipado y abandonado a sí mismo, evolucionando en su propia amoralidad, necesariamente impune siempre, el que rige nuestras sociedades, sin escrúpulos, pues se identifica para nosotros espontáneamente con el Bien, y el mal sólo se le puede imputar como accidente o perversión subjetiva; el otro es la forma contemporánea que adopta políticamente la cultura sacrificial arcaica cuando se ve enfrentada al orden dominante.

En Occidente llamamos “fanático” a todo lo que pertenece al orden sacrificial y simbólico, cuya crueldad nada tiene que ver con la violencia moderna alimentada por el terror tecnológico, que Peter Sloterdijk, en su reciente ensayo “Temblores de aire”, ha evocado oportunamente como recordatorio de nuestra actualidad. Nos guardamos mucho de aplicar este calificativo al tipo específicamente moderno de terror exterminista, el cual sólo en circunstancias favorables de simbiosis política puede aliarse con alguna ideología “fanática”.

Así ocurrió con el nazismo y de ahí los campos de exterminio, donde el asesinato en masa derivaba de la propia facilidad técnica de ejecutarlo unido a un ejercicio concienzudo del mal por sí mismo y a una alianza estética con la muerte; pero los verdugos de Dresde y las dos ciudades japonesas no estaban poseídos por ningún “fanatismo” y complacencia sádica y maligna: se limitaban a cumplir las condiciones del protocolo técnico de la muerte sin más, y eso es todavía más horrible porque se mata sin ninguna pasión, incluso la pasión intelectual e inhumana del ejercicio puro del mal, como ocurrió con muchos miembros de las SS encargados de los “Lager”. Cualquiera que sea su uso, a priori, toda tecnología implica una suspensión de lo humano a favor de la propia performatividad del instrumento.

Dice mucho de lo que somos en Occidente el que una religión considerada por nosotros como “retrógrada” y “bárbara” pueda poner en jaque a la totalidad de nuestro sistema de valores y de nuestro universo simbólico y cultural devastado. El comunismo era un límite utópico y una precipitación pragmática del orden burgués, pero el Islam nos hace remontarnos a la escena primitiva de la Modernidad, cuando todas las formas antropológicamente fuertes empezaron a ser desmontadas y sustituidas por el artificialismo moderno recubierto de los buenos valores universalistas: la escena de la desestructuración simbólica del orden social europeo llevada a cabo por las estructuras motrices del Estado y el Mercado que dieron luego lugar al nacimiento de “lo social” a partir de los siglos XVI al XVIII y a la propagación hegemónica de los valores concomitantes con el proceso (igualdad, libertad, felicidad como metas de una “humanidad” entregada a sí misma).

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De todos modos, nada de esto implica una nueva distribución de las relaciones de fuerzas, que produzca un horizonte histórico nuevo, coyuntura como la que existió (pero ya también ficticiamente pues el comunismo no era el verdadero enemigo de Occidente sino solamente una prolongación o excrecencia suya) durante el casi medio siglo de la “guerra fría”, cuando se produjo el reparto de la opresión mundial para estabilizarla mejor sobre las bases del duopolio, el cual es la lógica misma del sistema: el sistema no “inventa” el terrorismo para alimentarse de sus efectos, sino que ocurre más bien todo lo contrario: el terrorismo reinventa al sistema, le da solamente la coartada al sistema para reestructurarse a la defensiva, pero en lo sustancial la iniciativa sigue estando marcada por ellos, por los otros, en los aspectos propiamente “políticos” de la desestabilización ofensiva.

Por otro lado, la lógica sin sujeto de la mundialización exige la eliminación de todas las estructuras de civilización que resulten “opacas” a la liberación total de los intercambios materiales y semiológicos (consumo, “modos de vida”, publicidad, modas de todo tipo, liberación de costumbres y de los signos vacíos y equivalentes, turismo…): el Islam, independientemente de sus representantes y de sus fieles, es una de esas estructuras “opacas” que deben desaparecer. De manera que la identificación terrorismo=Islam resulta hoy muy operativa para Occidente, que a su vez se conforma espontáneamente con esta lógica de la mundialización, de la que pretende ser su sujeto, cuando quizás no sea sino otra víctima autocomplaciente pero que aún no lo sabe.

En lo banal de los hechos y las opiniones, lo que todo el mundo constata, el terrorismo, o lo que imaginamos confusamente que es el terrorismo, puesto que sus efectos dependen en buena parte de nuestra imaginación y su productividad fantasmática inagotable en la medida de su inmensa carencia de realidad, permite seguir alimentando la pantomima incesante de la hegemonía mundial de Estados Unidos, le otorga una última oportunidad de justificación a su “misión” planetaria de conversión al mercado y a la “democracia”, conversión de las aspiraciones “espontáneas” de las gentes a la bondad natural del bienestar pacífico y sosegado, aunque ciertamente ya nadie crea en todo esto como receta de “salvación”, y seguramente, en secreto, menos que nadie los propios norteamericanos, como están demostrando “a término contrario” con todos sus preparativos para una campaña militar irrisoria y como han demostrado ya con todas sus iniciativas “antiterroristas”, que son del orden del contagio y la epidemia más que de la política, cuyo arte desconocen; finalmente, le da un cheque en blanco a una industria armamentista desbocada, que ya no tiene ningún objetivo, realista o imaginario, que no está ligada a ningún plan de disuasión o dominación, y que es nada más que un instrumento de un nuevo terror preventivo.

Hay que insistir en que dadas las condiciones de esta inmersión general en un orden-desorden producto de la misma mundialización, estos factores no son realmente decisivos ni motivan ningún comportamiento particular que no fuera ya conocido. Lo radicalmente nuevo es la incertidumbre en que, a partir de ahora, se tienen que mover obligatoriamente todos estos factores, causalidades y motivaciones que corresponden a nuestra imaginación de la Historia y de los procesos como productos de subjetividades “heroicas” enfrentadas, capaces de generar una dialéctica (si el estado del mundo es virtualmente catastrófico y ya no dialéctico, las subjetividades humanas, el poder mismo, tarde o temprano, se convierten en igualmente catastróficas, apelan sin saberlo ni quererlo a la catástrofe, pues es nuestra condición irredimible).

Lo dialéctico no es ya nuestra dimensión “real”. Nosotros estamos más bien en una figuración fantasmática que se desconoce a sí misma, estamos inmersos en la otra escena del devenir, cayendo por una pendiente que conduce a cualquier parte o a ninguna, lo que implica un verdadero riesgo, el auténtico: el riesgo de creer que uno está vivo cuando ya está muerto, el riesgo de creerse activo cuando uno es arrastrado por una fatalidad cuyos encadenamientos son invisibles pero tenaces.

El realismo luctuoso de la muerte, el duelo anticipado por la muerte, nada puede hacer por cambiar ni el sentido ni la dirección de todos los procesos y menos que nada un lamento convertido en coartada, en complicidad con la propia muerte, al darle cartas de naturaleza ontológica fuerte en el seno de un orden que justamente se basa en la abolición unilateral y virtual de la muerte. Como se ha vuelto a comprobar en el debate entre Derrida y Baudrillard en febrero del 2.003, la utilización de la muerte siempre está al servicio de la verificación moral y emotiva de un realismo que desconoce por completo su carácter desnaturalizado y la impostura con la que juega inocentemente.

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En lo tocante a la superioridad armamentística norteamericana, a largo plazo, esta situación de desequilibrio de los presupuestos militares, no debería dudarse que amenaza más a los propios occidentales que a sus supuestos enemigos (en el orden internacional de los estados no hay ya ni rastro de verdadero antagonismo: todos los estados se han vuelto espontáneamente paralíticos y catalépticos, tras décadas de disuasión), pues esta industria pesa como una rémora sobre una economía y un desarrollo tecnológico a los que absorbe por completo y de cuyas excrecencias en buena parte se alimenta (se sabe que lo virtual, la computerización, las comunicaciones vía satélite y tantas otras innovaciones que saturan el consumo de masas, primeramente se han desarrollado en el campo militar y sólo después se les ha inventado un uso “civil” para diversión de las masas).

Lo peor es que Europa puede caer en la trampa de este gasto militar con el pretexto, por parte de sus elites, de contrapesar la superioridad norteamericana. Exactamente una de las pretensiones tácitas de la actual campaña de desestabilización norteamericana de Europa: obligarla a un compromiso para una posible carrera armamentista que sólo alimentaría al presupuesto del viejo complejo militar-industrial americano. Pero las cosas están tan sacadas de quicio que hasta este mismo complejo se muestra claramente reticente ante las aventuras en simulacro que se programan.

En esta situación, no hay nada original, nada imaginativo, nada innovador: es la enésima repetición de un “story board” demasiado visto, que se ha ensayado otras tantas veces desde la época colonial y la primera guerra mundial, aunque entonces fue diseñado y protagonizado por los europeos para su propia desgracia. Los norteamericanos, ahora, practican la dominación y la disuasión como un autista practica sus juegos mentales en el vacío, sin un “otro” con quien competir. Se han convertido en los impúdicos masturbadores de la Historia. Y si designan al terrorismo como enemigo, se encierran en una lógica paranoica en la que llevan todas las de perder. Están autoseducidos por el poder, precisamente porque no lo tienen: los signos narcisistas del poder pueden ser muy engañosos.

Pero si alguien corriera peligro de ahogarse en el agua que refleja su propia imagen, no habría que advertírselo: habría que susurrarle al oído que realmente es el más bello del mundo, invitándole a mirarse sobre las aguas. Deberíamos saber, ante todo, que la partida ha terminado, que ya no hay ninguna posibilidad para una lucha por la hegemonía, que hay que abandonar a los hegemonistas a su propia suerte y, quizás, esperar su derrumbe bajo el peso de sus propias pretensiones. Esta sería la verdadera estrategia: una acción que consiste en la suspensión de toda acción, dejando todo el espacio libre para los que, tarde o temprano, sucumbirán a sus propios esfuerzos de dominación incondicional.

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Los europeos, por su parte, como no disponen de otro poder que el moral, y éste saben inconfesablemente que es de un patetismo vergonzante, se mueven con sigilo entre las sombras largo tiempo anticipadas de su desaparición, quizás aliviados pero también sorprendidos por la creciente sospecha de que ya no hay un verdadero poder que pueda hacer por ellos a escala mundial todos los trabajos sucios. Con nuestras leyes y nuestras policías (pero sobre todo con nuestras inhibiciones) nos bastamos de puertas adentro para la ejecución de estas tareas, pero somos muy dependientes para llevar a cabo estos mismos trabajos en el exterior: ahí los norteamericanos siguen siendo nuestra policía. ¿De qué quejarse cuando la policía quiere erigirse en juez, fiscal, testigo, legislador y ejecutor? ¿Quién ha entregado todas esas instancias, ahora ya embrolladas, a cambio de una protección mundial de sus siempre turbios intereses compartidos? Los europeos se han acabado por convertir en los rehenes objetivos de los americanos, dispuestos incluso a blanquear todas sus vergüenzas, a aceptar su condición de víctimas, como se ha visto en el asunto de las escuchas telefónicas en las sedes de las comisiones de exteriores en Bruselas.

Es pura hipocresía, o algo peor para lo que no hay juicio moral alguno, a estas alturas, hablar en nombre del orden legal para seguir sosteniendo la posición hegemónica de Occidente. Y es la posición que desgraciadamente seguimos queriendo encarnar, cuando todo orden legal se revela como una simple tapadera forzada de esta olla a presión que es un mundo que se resiste a la mundialización. El ministro de Exteriores francés, De Villepin, oponiéndose con aparente contundencia a la guerra en Iraq, no encontraba mejores argumentos que éstos, refiriéndose al papel de los estados congregados en la ONU ante el Consejo de Seguridad: “Somos los guardianes de un ideal, somos el guardián de la conciencia” (¿no habría sido más exacto decir que somos la conciencia del guardián?)

Y así es como esta coartada de la lucha contraterrorista sobre el papel permite en Europa “acordonar” legalmente a las minorías, disciplinarlas y someter el proceso de inmigración a una regulación completamente policial, sin que se pueda oponer ningún argumento y hasta se hará, se está haciendo, con toda la buena conciencia de que somos capaces. De ahí la profunda complicidad entre norteamericanos y europeos, aun cuando éstos saben perfectamente que son la parte más perjudicada a largo plazo, no sólo porque Europa será el escenario del terrorismo y la desestabilización en un futuro cercano, sino porque todo esto se producirá en una situación conflictiva de creciente “multiculturalidad” difícilmente tolerable para gobiernos y poblaciones educados desde hace siglos en el más puro etnocentrismo universalista.

Pero más que la defensa particular de intereses comunes, monopolísticos y oligárquicos, más que del reparto de una dominación sostenida sobre una base cada vez más frágil y vacilante, lo que hay en Europa es un miedo atroz al futuro de un continente que habrá perdido toda supuesta identidad y unidad en medio de un océano de inmigración y exclusión social y cultural que nadie podrá parar, aunque todas las medidas actuales se destinen a un maquillaje bastante precario de la situación.

Si ya las minorías resultan “amenazadoras” dentro de los planes de uniformización y “limpieza étnica y cultural” del social-liberalismo que presiden el proyecto de la Unión Europea, el fantasma de hipotéticas minorías en oposición abierta y rebeldía hace temblar a los precavidos funcionarios de Bruselas como la peor de las pesadillas. No saben que la nueva alianza excluyente que están sellando con Estados Unidos a largo y medio plazo tendrá un coste mucho mayor del que esperan. Y esto al margen de las “diferencias” coyunturales, que tocan a las formas y nunca al fondo mismo, de un proyecto uniformador compartido, para cuyo éxito Europa necesita del “arbitraje” norteamericano del resto del mundo.

Como se puede observar, el acuerdo unánime, pero también el desacuerdo más fingido que real, entre las dos partes del Atlántico, se debe a intereses diferentes, pero ambos miopes y muy rezagados respecto del porvenir, puesto que es precisamente el porvenir libre y fatal del mundo lo que se intenta congelar en una estrategia puramente reactiva que, sin embargo, se recubre con las insignias de una buena causa, incluso humanitaria y legal, cuando realmente no manifiesta más que el miedo, la cobardía y la impotencia de Occidente ante el destino de un mundo que se le escapa de su planificación.

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El 20 de marzo del 2003 comienza el remate de la guerra, que no su inicio absoluto propiamente dicho, pues en los errabundos ficheros de la historia olvidada esta guerra comenzó en septiembre de 1.980, cuando Iraq fue utilizado por Occidente para detener y sabotear la primera gran revolución no inspirada por ideologías occidentales “modernizadoras”: la revolución islámica de Jomeini. O quizás empezó en 1.979, cuando los Estados Unidos recibieron en el Irán del “shah”, su guardián militar en la zona, la peor humillación hasta el 11 de septiembre de 2001. Y lo que empezó como un gran acontecimiento histórico en 1.979 y se ha convertido en el mayor desafío simbólico hacia Occidente y su disuasorio orden mundial desde el atentado del 11 de septiembre, nosotros los occidentales lo cancelaremos en medio de un espectáculo bochornoso y banal hasta el hastío, con este montaje de guerra de agresión y ocupación contra nuestro antiguo aliado y cliente.

Si voluntariamente omitimos toda dramatización interesada, lo único estimulante, y esto es del orden de la desolación, si ésta puede resultar apasionada, es la profusión de los dobles de la guerra, las réplicas arbitrarias y alucinatorias de sus efectos y las prótesis morales y políticas de sus violentas afectividades, que a nosotros nos están vedadas. A doce años de distancia de la publicación del texto de Baudrillard, “La guerra del Golfo no ha tenido lugar”, los actuales acontecimientos, y los que los han precedido, verifican a posteriori todas y cada una de las hipótesis contenidas en aquel libro, que el propio autor decidió olvidar, argumentando que la reseña de un no-acontecimiento es ella misma un libro destinado al olvido. Con esta guerra hemos quemado una etapa más en el mismo proceso de irrealización del poder, de la guerra y de las estrategias.

Así pues, nuevamente, nada de originalidad e “inspiración”, nada de genio y espontaneidad creativa: una guerra de “vanguardias”, entregada a los automatismos de un “proceso creador” desmontado desde dentro. Como la otra guerra del Golfo antes, esta guerra lleva a cabo la iconoclastia de la guerra y nos deja aturdidos, si supiéramos aún estarlo y no simplemente narcotizados por el indeformable “way of life” en que yacemos, permanentemente chantajeados por la imagen y la verborrea mediática y política. Y no sólo vale esto para la tecnología de la guerra: ésta ha convertido a sí misma el resto de actitudes en lo que al automatismo desencadenado se refiere. Automatismo cerebral de los reflejos de todo tipo, de los “tics” nerviosos en que ha quedado atrapada toda sustancia ideológica vuelta meliflua e inofensiva: extravagante síndrome de Tourette en que hemos caído con todos los desastrosos pertrechos de nuestra historia.

Lo único interesante de verdad es ver si este automatismo de la programación, si esta superioridad tecnológica, si este despliegue inverosímil de medios, si este pudoroso y a la vez desvergonzado “modo humanitario” de hacer la guerra (nos estamos conteniendo para no multiplicar las víctimas civiles: a la humillación añadimos la insolencia), pueden sufrir alguna contrariedad profunda al entrar en contacto con la realidad; si los anglo-americanos, con los que la Historia ha sido demasiado benévola, tendrán algún enemigo a la vista con posibilidades de plantarles cara, cosa ésta que sería la más espantosa que nos podría suceder, sobre todo para los que tanto se han autoengañado y nos siguen entrampando con las potencialidades reorganizativas de esta guerra. Pero hay que saber desengañarse: respecto del orden político actual desconocemos todavía el sentido de la máxima que dice que de la nada, nada se crea.

Ya antes del comienzo, preparación detallada y premura al mismo tiempo, aceleración e inercia, como que sí como que no de toda esta parafernalia diplomática y mediática, abundancia desenfrenada de argumentaciones viciadas, réplicas de mala sofistiquería, réplicas de acciones antiterroristas, réplicas de alarmas frente a amenazas fomentadas con minuciosidad. Desgraciadamente la pasión clandestina del terrorismo no hace más verdadera nuestra situación actual.

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Obligados a vivir bajo estas circunstancias coactivas en todos los órdenes, ¿cómo es posible llevar a cabo algún proceso de pensamiento que no se deje apresar en todas estas trampas, en todas estas alucinaciones, en todas estas inseguridades, morales, jurídicas, informativas y estratégicas, multiplicadas por sí mismas hasta el infinito? Éstas, por otra parte, son la verdadera revelación de todo lo que ocurre ahora. Es falso atribuir todas estas incertidumbres a la lógica de la guerra en sí; ésta sin duda se basa en la astucia, en el engaño o en la propaganda, pero actualmente no es la astucia la que esconde la fuerza y el poder, es más bien la mentira la que crea por sí misma la verdad del poder: el hecho de que toda su potencia es igualmente de mentira.

Pero ni siquiera nuestras reservas de sarcasmo son suficientes para suplir la falta de sentido de todo lo que nos rodea: no hay mecanismos de defensa ni de inhibición de una angustia latente, pero sí formas universalmente aceptadas de vómito y expresión. Sabemos que la expresión es meramente la expansión inflacionista de lo que no debe decirse: al “voyeurismo” audiovisual corresponde naturalmente el exhibicionismo de las actitudes “realistas”, sin darnos cuenta de la profunda desproporción, que intentamos solapar, entre estos dos órdenes de la contemplación hipnotizada, y en el fondo indiferente, y la reacción que se hace pasar por “realista”.

Al occidental se le puede privar de todo (vemos cómo se le ha privado primero de la realidad, luego de la libertad auténtica, a cambio de señuelos y fraudes sin que nadie se haya dado cuenta, para eso sirve exactamente la democracia y todas sus coartadas vergonzantes), pero no se le puede privar de su pulsión elemental: la voluntad de servir de carnaza al espectáculo, la voluntad autopunitiva de sentirse ligeramente mal de vez en cuando, pero sin excesos ni insistencias. Nuestro estado de ánimo dominante es sin duda contradictorio: una apatía apasionada, sacudida por accesos repentinos de realismo pero no demasiado violentos. El realismo indulgente de los comparsas y los figurantes.

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Los dobles de Sadam, en primer lugar. Lo irrisorio de la situación no escapa ni a los más serios creyentes en la objetividad vagamente manipuladora de los medios y en la importancia “histórica” de esta guerra-fantasma. Había que eliminarlo, ése era el objetivo inicial del ataque que debía inaugurar la campaña el primer día de “bombardeos selectivos”, porque eliminarlo, suponían los estrategas norteamericanos, significaría ahorrarse una guerra que quizás, en lo más recóndito de su inconsciencia, no quieren hacer. Y como en el fondo no querían hacerla, no debe entonces extrañar la gran acumulación de actos fallidos, lapsus y situaciones dramáticamente chistosas que se están dando en esta guerra. En fin, no se sabe nada del jefe. Sus sosias aparecen en televisión: análisis de la CIA para desentrañar el misterio que cualquiera, por desatento que estuviera, reconocería a distancia. ¿Está vivo, está muerto? ¿Cuántas réplicas tiene en realidad?, ¿3, 5 o 7 réplicas?. Y cuando se consiga el objetivo, ¿será el verdadero sujeto el que aparezca en las imágenes capturado, evadido o muerto?

Una parte no desdeñable de la verdad de esta guerra se refleja aquí: los estadounidenses buscando al “verdadero Sadam”, es decir, focalizando un objetivo que no encuentran, en medio de copias sometidas a cirugía estética. Ya antes, por su parte, ellos habían utilizado dobles de Ben Laden para elaborar videos falsificados. Y también fraudulentas eran las pruebas y demostraciones de la implicación de ambos en proyectos terroristas, presentadas por Blair en su parlamento y por Powell en el Consejo de Seguridad de la ONU: burla cínica y amarga a los medios, a las instituciones y a la opinión, que ofrece el valor al menos de revelar la indulgente consideración en que los tiene el poder. En buena lógica, todo lo que comienza con el fraude debe terminar en el desengaño.

Luego, los dobles, mucho más desgarradores aún, de la muerte en combate de los soldados occidentales: las bajas por “fuego amigo”, los accidentes de los helicópteros por fallos mecánicos, los aviones derribados por los propios misiles, los soldados enloquecidos lanzando granadas sobre sus compañeros y oficiales (11 heridos y un muerto), hasta el punto de que las primerísimas bajas de los anglosajones se contabilizan en función de sus accidentados: unas cuantas bajas en combate, 12 muertos por accidentes. Malos augurios: una proporción de 1 a 12 es claramente desventajosa para reafirmar el “heroísmo” de la muerte guerrera. Una progresión que no hará más que crecer, en la medida en que los atacantes, pese al escudo tecnológico avanzado que los protege, están aún más poseídos por el miedo y la desconfianza que los atacados.

Las tormentas de arena de los desiertos iraquíes tienen también todos sus equivalentes bélicos, informativos, políticos y no en último término, psicológicos. Por cierto que el incidente provocado por un soldado estadounidense, mentalmente poco operativo, estaba protagonizado por un ciudadano negro convertido al islam, al parecer sometido a vejaciones por sus compañeros y por los oficiales a los que odiaba: ¿cómo es que los demás no son tan eficaces en el auténtico frente contra el enemigo con ejemplos de pasiones fuertes como ésta? La lucha racial también ha sido llevada por los americanos consigo.

¿Y si las guerras no debieran hacerse porque el cúmulo potencial de accidentes las hiciera desaconsejables, contraviniendo el principio de “cero muertes”?. ¿Y si finalmente el pacifismo tuviera razón, debido a los riesgos de accidente que conlleva la guerra? ¿Qué estatuto tienen los muertos por accidente en una guerra en que la proporción de éstos será casi mayor que la de los caídos en el frente militar? Al menos las bajas por accidente (laboral, eso es bien cierto) le dan un aire de persuasivo realismo a esta guerra. También es cierto que los desgraciados iraquíes están haciendo todo lo posible y más por adentrarnos en el peligroso terreno de una guerra de verdad, pero cabe preguntarse si estamos preparados mentalmente para un reto semejante.

Simbólicamente, para nosotros, es como si la propia muerte se hubiera vuelto autista: mata al otro y mata al mismo, sin pasar por el contacto de un antagonismo querido y buscado. Porque cuando los adversarios apenas si entran en juego, la muerte, libre de la obligación de un reparto equitativo de las víctimas, comienza a hacer de las suyas, como cualquier otra realidad “primitiva” que es desviada de su propia función.

Pronto, los dobles de la batalla, de la lucha, de la ofensiva, de la resistencia, de la derrota. Por supuesto, por anticipado, los dobles de la victoria: bandera estadounidense izada por un soldado en la primera localidad fronteriza “ocupada” por el invasor-liberador: primera imagen de la “guerra-réplica”. Se lleve a cabo o no, la victoria (pero la victoria como secuencia argumental lógica implica todo lo anterior, que también debe ser redoblado, y en cierto sentido “rebobinado” desde cero) debe anticiparse cuanto antes por la imagen, para transmitir una impresión agradable a un público ciertamente receptivo a estas ilusiones del espectáculo sabiamente administrado. Tampoco esto ha sido posible por ahora. Ya sabemos que si el “programa-guerra” se hace demasiado largo y repetitivo, la opinión estadounidense acabará por hartarse y aburrirse de él, con las consecuencias “políticas” también conocidas.

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Si toda esta guerra es como un desganado “flash back” de la anterior (y esta desgana no sólo se ve sobre el terreno, entre los actores, sobre todo puede observarse en la información que se desinfla con toda facilidad al menor contacto con lo real), conclusión en la que hasta los más inveterados realistas están ya de acuerdo a pocos días de su comienzo, entonces todo está condicionado meticulosamente a un desenlace, quizás efectista, previamente planeado y sin duda también trucado. Los americanos querían una guerra-ficción, pero parece que se han encontrado durante unos pocos días con una guerra casi real sin quererlo, por supuesto. O al menos se han topado con una pequeña guerrilla abandonada a su suerte, pues el ejército iraquí no ha aparecido por ninguna parte.

Desde el punto de vista occidental, peor que la “resistencia” iraquí sobre el terreno, es esta otra resistencia del enemigo a dejarse ficcionalizar por parte del disuasivo aparato tecnológico. La anterior guerra del Golfo tenía un contrato cuyas cláusulas debían conocer los supuestos contendientes; ésta, por el contrario, parece que va a tener que llevarse a cabo sin pactar nada. Pero ¿será verdaderamente así o bien a lo que asistimos no es nada más que un efecto de “macgufin”, y lo realmente decisivo se desarrolla en otra parte? Porque donde no hay un intercambio de cosas equivalentes y negociables, producidas para tal fin, los occidentales se encuentran siempre en un serio aprieto, cercano a la verdadera angustia. Entonces sólo queda la fuerza bruta de la superioridad tecnológica.

Se podría recordar que el verano pasado el ejército estadounidense llevó a cabo un ensayo de guerra por simulación: a un mando millitar desafortunado se le ocurrió tomar la iniciativa, desobedeciendo las instrucciones del “war processing” al que debía ajustarse, y consecuentemente se produjo el caos. El mando fue severamente amonestado: ya no es la traición, la cobardía, el desaliento, el derrotismo, la desobediencia lo que puede penalizarse en la acción militar, ahora lo digno de sanción es no seguir al pie de la letra la programación automática. En el caso de los iraquíes como enemigos de carne y hueso, no virtualizados de antemano, sucede lo mismo: si toman alguna iniciativa dentro de lo limitado de sus posibilidades y recursos, pueden descolocar a los autómatas programados de la guerra. Y al parecer eso es lo que estamos viendo sobre el terreno, con ese puñado de “fedayin” resistiendo durante unos días, por otro lado los días justos, convenidos sin duda por su jefe para dar verosimilitud a todo este tinglado.

Si fuera así, si las cosas se desmadraran, si se salieran del programa, los americanos serían derrotados fácilmente por cualquiera en el verdadero “teatro de operaciones”: habrían perdido su capacidad para inventar y ejecutar “guiones” con éxito de taquilla. Pase lo que pase, ocurre que, contra toda la preparación o programación que la precede, esta guerra se ha ejecutado por eyaculación precoz, de manera que no tiene nada extraño que todo el mundo sienta la tristeza poscoital como un síntoma más de un acto fallido y alusivo a una realidad política mundial en vías de desestructuración total. En la anterior guerra del Golfo hubo que esperar hasta el final para constatar su suspensión; en la actual, la suspensión está en el origen mismo y lastra el desarrollo convenido por la parte anglo-americana.

Por otro lado, es necesario que la rumorología de la prensa rosa y de los “reality shows” se mezcle en la tele española con la rumorología de la guerra: así todo queda en su justo lugar, todo queda justipreciado en la ecuanimidad de la información. Nuestro apetito de sentido y de realidad queda asimismo saciado temporalmente en este doble movimiento del rumor constituido en verdadera y única fuente de información. Las imágenes, sin consecuencias, leídas rápidamente, se intercambian como cromos infantiles en el mercado internacional de los medios y así son también recibidas por los decodificadores automáticos en casa que somos nosotros mismos. Las imágenes de los primeros caídos y prisioneros estadounidenses exhibidas por la tele iraquí pasan de puntillas sobre los boletines televisados, y por supuesto, son eliminadas por los canales americanos. La foto en primera plana en algunos periódicos de la niña mutilada de Basora por una “bomba de racimo” ha sido retirada rápidamente de la circulación, como la de aquel niño palestino muerto entre los brazos del padre acuclillado en un rincón que no pudo desviar las balas israelíes. El efectismo tiene sus límites y es tan hipócrita como el que más.

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Nueva incertidumbre de la victoria, no ya anticipada sino concluida: ¿serán los estadounidenses bien recibidos por los oprimidos? Más aún, ¿los oprimidos saben que lo son? Ni siquiera está claro el estatuto real de los oprimidos. Hay que obligar a los iraquíes a que se sientan emocionalmente oprimidos, como por otra parte se nos induce a nosotros a sentirnos emocionalmente implicados en una guerra por completo aleatoria y artificial, pero que no por eso deja de tener un sentido que sólo más adelante saldrá a la luz, quizás mucho más tarde, en el momento en que todos sus efectos reales sean expiados.

Una de las quejas de los enviados especiales de los medios informativos occidentales consiste en que los iraquíes no están bien informados, es decir, no se les obliga a sentirse suficientemente consternados por la guerra en red televisiva. Claro, es que el espectáculo de la guerra es tan sólo para el consumo interno occidental, un privilegio más de los privilegiados; ellos, los otros, tienen bastante con el original de la guerra: sin duda, un déficit imperdonable para ellos, que dice muy poco de su “calidad democrática”. Condenados a sufrir la guerra y además a verse a sí mismos sufriéndola en la tele. Un sutil sadismo occidental, con el que en buena parte nos autoinfligimos.

En todos los campos, la verdadera misión del occidental es hacer del otro una réplica de sí mismo y los medios contribuyen ampliamente a este mimetismo: en este caso, los iraquíes antes de ser “liberados”, deben experimentar con queja deleitosa su propia “opresión”, a fin de que, en efecto, se produzca la adecuada catarsis, que no obstante sólo servirá como escena publicitaria para los invasores benévolos y su amplio público de autodisuadidos (los fantasmas de todos los sondeos de opinión y de todas las pantallas, de todos los eslóganes y todas las elecciones “libres”, es decir, todos nosotros).

22

Los duplicados de la posguerra asimismo se anticipan, y no hace falta decir que se trata aquí de la muy occidental lógica mercantil de las rebajas: ¿quién y cómo reconstruirá Iraq? Sensata preocupación de los europeos que no querían saber nada del asunto: Chirac, pelmazo, en primera línea de la gran “responsabilidad”, con la que los europeos satisfacen sus grandes dotes para la autoestima y la bajeza en dosis simultáneas y equivalentes. Uno hace una guerra fuera de la ley y luego recibe todas las bendiciones por parte de la misma ley que había burlado para administrar los saldos del país ocupado y reconstruido: no se puede negar que los europeos saben nadar y guardar la ropa, somos decadentes pero también muy pillos. Esta complicidad profunda demuestra que todo lo que ocurrió en el Consejo de Seguridad de la ONU fue una partida de truhanes: vosotros los americanos hacéis el trabajo sucio fuera de la legalidad internacional, pero nosotros, cuando lo acabéis, vamos a socorreros en nombre de la moral humanitaria y, a la par, blanqueamos la anterior ilegalidad. Todo se queda siempre en casa de los sinvergüenzas que jugaban a oponerse entre sí: en realidad, todo eso no era más que la tensión nerviosa previa al reparto de las cartas.

En esta ocasión, es la clase política e intelectual europea la que está realizando sobre la marcha la cancelación de la guerra, sin esperar la luminosa exasperación de ninguna hipótesis hiperrealista, ejerciendo el sobreseimiento en acto, quizás como gesto de expiación por no haber querido evitarla de verdad (pero tampoco teníamos los recursos para hacerlo ni por supuesto la voluntad, ¡pobres europeos!). Mientras se preparaba la carnicería, y ahora que se realiza en acto pero como en una carrera contrarreloj, los europeos discutían sobre sus querellas intestinas, y a toda esta confusión se le llama “proyecto europeo”, muy a sabiendas todos de que los norteamericanos trabajan para nosotros cuando creen estar demostrando su potencia.

Mientras todo siga como hasta ahora en la Europa-balneario de que se burlan los llamados “neoconservadores” estadounidenses, poco tienen que temer los americanos de sus particulares “graeculi”: siguen siendo grandes retóricos, manieristas de una verbosidad y de un papeleo agotadores. Su desprecio hacia nosotros está más que justificado, por indigno que sea el sujeto del que provenga, pero entre pillos y canallas no es cosa de hacer distinciones jerárquicas y mucho menos de tomar partido.

Precesión inevitable también de la catástrofe humanitaria de los refugiados, convertida ahora también en baza política de primer orden, pues existe gran competencia entre unos y otros para mostrar más ampliamente la complaciente generosidad del mundo occidental hacia los desvalidos que nosotros mismos hemos producido, obteniendo encima los réditos de la autojustificación moral correspondiente: antes de que comience el éxodo imaginado, miles de tiendas de campaña e instalaciones de acogida, precarias sin duda pero elementalmente humanitarias. La ONU sigue recaudando fondos para esta tarea de ayuda. ¿Se va a producir o no este gran éxodo masivo de la población?

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Simultáneamente, aquí en Occidente, toda la desorientación en amalgama, el achaque de todas las averías del espíritu público: los calcos del pacifismo, los plagios de la buena conciencia, los facsímiles del moralismo, los trasuntos del lamento, todas ellas actitudes a su vez que juegan con la muerte en hueco y “en efigie”, dado que como ha dicho alguien, poseído por la lucidez que da la conciencia pura que inspira una conmiseración exhibida como arma arrojadiza y pasaporte moralista, “los muertos no se dejan virtualizar”.

Pero no nos apresuremos: no vamos a experimentar todos esos decentes sentimientos humanos en versión original, como auténtico duelo, sino en versión subtitulada, en forma meramente publicitaria. Prótesis ubicua de la pasión en ausencia de verdaderas pasiones locales, ¿cuáles podrían ser éstas, en cualquier caso, privados como estamos de realidad y sentido? La escena internacional se ha convertido en el único campo libre para las pasiones vicarias, para el consumo masivo de las emociones seudopolíticas de sustitución. Como tantas otras cosas (paisajes, prostitutas, inmigrantes, arte primitivo, dietas vegetarianas, creencias esotéricas…), los occidentales deben importar también las pasiones políticas para agitarse un rato y parecer humanos. Hay que constatar que ni aun así lo consiguen.

Guerra adventicia, pasiones adventicias: cultura sinuosa del chasco, experimentado gustosamente por anticipado también. Nuestra aflicción, siempre fundada en la aparente contingencia de unos hechos ininteligibles, es sólo una añagaza, porque no sabemos ni queremos ejercer este duelo sobre nosotros mismos, y causas para dirigirlo contra nosotros hay de sobra; siempre necesitamos al otro como coartada para llevar a cabo este desvío de la energía negativa, que, abandonada a sí misma podría, realmente, perjudicarnos.

Lo peor de la guerra es que se nos obliga, con un imperativo que es del orden de la consternación y el terrorismo moral, a aceptar el chantaje de la realidad, como si los hechos, verdad última de una inmensa desilusión e impotencia colectivas, hablasen por sí solos y lo único que nos quedara fuera aceptarlos como tales.

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Esta guerra quisiera despertar cosas adormecidas, pero que aparecen no con un nuevo rostro fresco y juvenil, sino con un rostro extremadamente senil y poco creíble. Rebeldía, protesta, desacuerdo, disensión: nada evoca la verdadera revuelta, tal vez ya imposible, todo son ceremonias no excesivas frente al poder, concesiones parásitas en la escala ecuánime y pasiva de la servidumbre que va bajando a medida que sus contenidos van adelgazando la ya delgada línea carnosa de una cultura incierta.

Masiva cura de desintoxicación ideológica que lleva finalmente al desnudo como proclama y como reclamo, como señuelo de la verdad (y el eslogan es a la ideología lo que el desnudo publicitario a la verdad estética del cuerpo): verdad desnuda que materializa la desnudez de la verdad. Ideología: falsa conciencia, falsa representación, velamiento por los signos. ¿Que ocurre cuando la ideología se ausenta? ¿Adónde van a parar ahora los signos errabundos? ¿Y qué van a significar si ya no tienen nada que significar?

La ideología era la última seducción perversa, por pasional, de la verdad, también la degradada forma de la creencia en un mundo desencantado, este mundo objetivo donde la creencia es innecesaria para el funcionamiento normal de la vida. Ahora bien, la ideología nos protegía de la propia objetividad del mundo, como la ciencia nos protege actualmente de la fatalidad primitiva del “ser-en-el-mundo”. Frente a esa amenaza, la peor de todas, la de una inmanencia del mundo que juega a la trascendencia y viceversa, la pérdida de la ideología, y en general de toda dimensión simbólica del ser y del devenir, debe permanecer compensada de alguna manera, a fin de que el sujeto encarnado siga disponiendo “libremente” del mundo, en esta mistificación de mundo en que vivimos.

En Occidente oponemos al espesor confuso e irradiante de la guerra, a la profundidad horrible de los signos de la muerte (que desgraciadamente sólo sabemos moralizar, es decir, volver superficiales), la desnudez de la gente que se manifiesta contra la guerra, es decir, contra la muerte, del mismo modo que oponemos a los riesgos, largo tiempo psicologizados, de la pasión, la superfluidad de la cópula interactiva: pornógrafos diletantes de un placer incalculable que sólo en la diferencia y el aplazamiento es realmente lo que promete pero siempre menos.

En Occidente, el “no a la guerra”, ese grito lacerante, inarticulado, pero de una festividad misteriosa, esa interjección apenas más expresiva que el ladrido de un perro maltratado por su propio amo, parece que se llena de sentido cuando un cuerpo desnudo, que ha perdido toda dimensión apolínea, brinca en un escenario espectacular sólo ante miradas ciegas y equivalentes de seres anónimos que ciertamente no participan místicamente en la pasión desmesurada de ninguna verdadera revuelta: la celebración festiva no se dirige mitológicamente a una ceremonia, dionisíaca y colectiva pero momentánea, en gesticulación hiperbólica de éxtasis mundano de victoria sobre la muerte y comunión con ella, sino que el cuerpo desnudo está ahí para significar que la muerte es rechazada como condición inhumana irreductible. Aquí, entonces, la desnudez sustituye al luto hipócrita y es una de las formas festivo-publicitarias del mero lamento, que en su propia lógica ya ha virtualizado por anticipado la experiencia “real” de la muerte, entre otras razones porque la muerte real siempre es la de un “otro” inventado en el momento mismo de morir.

Egocentrismo multiplicado de una masa narcisista sobre la que todo poder puede operar sin reservas. Pero al decir esto, la desnudez también nos revela sin querer la naturaleza del poder como vacío, como manipulación sobre signos vacíos. La mitología y el ritual de la revuelta imaginaria son evacuados por el orden bien temperado de los signos de antemano convencionalizados, que, al exhibir la desnudez, nos privan de la dramaturgia cínica frente al poder.

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La democracia es el poder que se instituye sobre la liberación total de los puros intereses. Pero la dureza de estos intereses, su carácter áspero y amargo, no pueden presentarse sin más: se necesita algún edulcorante que a la vez actúe como acicate, quizás como lubricante de su puesta en juego. Entonces aparecen los principios que blanquean los intereses desnudos. Intereses y principios tampoco se bastan a sí mismos para dinamizar y motivar a la gente. Se necesita otro móvil para organizar lo político: las pasiones públicas.

Ahora bien, en democracia no hay pasiones, ni siquiera “políticas”. Cuando éstas aparecen en diversas coyunturas, son del orden de lo “patológico”, de la histeria. Antes esta histeria se atribuía a las masas y engendraba cosas como el fascismo y la utopía; hoy son los propios gobernantes los que se encargan de desatarla para darle aires de existencia veraz a lo político. De todos modos, como no hay pasiones públicas, hay que inventarlas e inducirlas artificialmente. Las dictaduras, el terrorismo, las guerras cumplen este papel: son los blancos contra los que dispara el “furor” democrático. Como por sí misma la democracia no puede engendrar verdaderas pasiones, necesita el recurso reconfortante pero fraudulento de estas formas “arcaicas” de violencia o dominación, por otro lado criminalizadas para poder manejarlas mejor dentro de los cauces morales reglamentarios.

Pero de ahí también la secreta fascinación de la democracia por todo lo que constituye su reverso y la alimenta, aunque sea por nutrición intravenosa. Sin embargo, donde hay reverso hay juego inesperado de reversibilidad. La democracia, ese régimen exangüe que deja a los pueblos desapasionados, necesita, también literalmente, de la sangre fresca y siempre renovada de toda clase de violencias, trasgresiones y afectividades motoras que trascienden el pacífico marco de los intereses habitualmente bien temperados y sensatos.

Durante un tiempo, los intereses y los principios, autopropulsados “históricamente” produjeron sus propios sistemas de pasiones (revoluciones, luchas de clases, utopías, nacionalismos, comunismo, fascismo; debe observarse que nada de esto llevó jamás lógicamente a la democracia: su contenido pasional desbordaba el estrecho envase de la democracia). Más tarde, los intereses se liberaron por completo de la tutela de los principios y de las pasiones (de donde necesariamente surge el “liberalismo” como paradoja irrisoria cuya aspiración es nada menos que construir un sujeto político plenamente despolitizado y vacuo de pasiones).

El relativo éxito de esta empresa puede medirse por la situación a la que hemos llegado: los principios han desaparecido, sólo queda su retórica flatulenta; las pasiones, largo tiempo sofocadas, se han marchitado; y los intereses, por su parte, frenéticamente entregados a sí mismos, no saben ya lo que quieren ni a dónde van. En este contexto, se construye el embrión del “poder mundial” que empezamos a conocer por sus primeros efectos visibles. La democracia, a través de la figura macilenta de este “poder mundial”, consigue finalmente realizar su concepto, pero de manera inesperada para todos, incluso para sus ubicuos defensores, que raramente son tan ingenuos y bien pensantes como parecen: hace tiempo que vemos cómo a todos se les va poniendo cara de vampiro.

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9 de abril de 2003: se suspende el combate por KAO técnico de uno de los contrincantes. A decir verdad, no había contrincantes, del mismo modo que no habrá jueces. Pero este KAO virtual es un evidente tongo bien amañado El acontecimiento final en esta iconografía de la “guerra” en Iraq ya está servido para todos los públicos: la caída de una estatua de Sadam Husein en Bagdad, imagen fija, retenida durante largos minutos en nuestras televisiones, trasmite la impresión imborrable de un acontecimiento prefabricado, uno de esos platos precocinados (y por tanto congelados) que tanto contribuyen a la “credibilidad” de los medios como portavoces de una “historia viva” cuyo curso de diseño publicitario nada perturba. Los “creativos” de esta guerra de puro “marketing” no se han estrujado los sesos para inventar un final: han acudido al archivo, con lo que toda la falsedad de lo ocurrido se vuelve trasparente.

La estatua estaliniana de Sadam (brazo en alto saludando a masas ausentes) a punto de ser derribada y luego abatida efectivamente, con la cabeza velada por una bandera estadounidense (cuyo rojo quisiera connotar tal vez en nuestro inconsciente la sangre vertida pero improbable del dictador): recuerda esas condenas medievales de la Iglesia, cuando la efigie del herético era lanzada a la pira de fuego en un auto de fe simbólico. Entretanto, el malvado de carne y hueso ya hace tiempo que ha pactado con sus adversarios astutamente, a espaldas de sus resistentes expiatorios, las condiciones de su legítima evasión (legítima porque ha cumplido con su parte).

Incluso es más que probable que haya habido que prolongar la guerra unos días para que se llegase a este pacto final de los cómplices y no ha sido pequeño el ridículo de ver deambular por el desierto iraquí a todas esas potentes divisiones acorazadas en busca de un enemigo inexistente, a la espera del fruto bienaventurado de este embarazo morganático; pero de todos modos, irrisorio sí que ha sido este “paseo militar” renqueante o velocísimo según las exigencias del guión. ¡Pobres belicistas de verdad que soñaban con un verdadero Alamein o un verdadero Stalingrado! No les será dada semejante oportunidad de heroísmo y realidad. Deberán seguir jugando en sus escenarios bélicos simulados por ordenador o consolarse con películas de guerra, mucho más verosímiles que ésta que nos han ofrecido. Porque desgraciadamente, las víctimas por sí mismas, no hacen más verdadera esta guerra. Cuesta trabajo decirlo, pero el reconocimiento de este hecho no le quita nada al dramatismo: también ellas no son nada más que los extras aleatorios que cubren las apariencias de la guerra irreal y caricaturesca, con lo cual hasta su propia muerte está degradada por la vulgar estratagema del poder y por la hipocresía colectiva.

Pero lo cierto es que la imagen de la estatua, la efigie multiplicada de Sadam es lo único que ha caído. El Sadam real y lo que representa como principio de corrupción de todo poder (el suyo personal y, en especial, el poder “democrático”, que intenta mundializarse, de los que han hecho la guerra contra él) se han salvado, después de sacrificar en la pira verdadera a unos millares de comparsas, después de haber ultrajado una vez más la ya humillada virilidad de los árabes y haber sometido a la vejación del hipócrita la fe de los creyentes.

Mientras la imagen se mantiene fija en este plano cansino y vacío (donde precisamente no ocurre nada, y por eso mismo puede ser reconocido como nuestro indudable “documento histórico”, pero sólo a medida de nuestra “historia” actual), los comentaristas hacen cada uno toda suerte de hipótesis verosímiles sobre el final de esta guerra truncada y maravillosamente orquestada, en la que empiezan a plantearse las primeras sorpresas.

Como por ejemplo, la sorpresa de saber que la mayor parte del ejército iraquí ni siquiera ha entrado en combate: el único combate real lo han llevado a cabo unos pocos miles de civiles armados, pronto asimilados simplemente a terroristas, a los que por supuesto Sadam y los americanos han sacrificado para dar verosimilitud a esta guerra, y con más razón porque “a priori” ya eran designados como terroristas. Desde luego, para ellos, más valía morir en Iraq que acabar en Guantánamo: otra modalidad de “privación sensorial”.

Por eso, se transmitirá al mundo entero esta imagen para hacernos creer que algo ha sucedido verdaderamente, para convencernos de que la guerra tenía un objetivo cierto y éste se ha cumplido finalmente: ficción impotente que nos induce a tomarnos en serio este apocalipsis averiado, esta carnicería de los figurantes, estos extras realmente muertos de las guerras imposibles. Unas decenas de iraquíes arrojan zapatillas a la efigie: debe de ser la idea que se hacen los americanos sobre su heroica lucha contra la tiranía.

Este derribo de la estatua del dictador-mercenario iraquí (su segunda cualidad ha sido obviada) reproduce en facsímil aún más mediocre la caída del muro de Berlín en 1.989 y emula asimismo acontecimientos perfectamente programados como las escenas de Rumanía en diciembre de aquel año o estas otras más recientes de Belgrado en octubre del 2000: todos ellos, “acontecimientos” en sustitución de los verdaderos acontecimientos, meras desintegraciones de residuos volátiles en ausencia de las verdaderas revoluciones. Siempre en todas partes experimentamos la misma insoportable sensación de ser engañados, el olor repugnante a refrito y fritanga seudohistóricos, a película enlatada, algo que produce un extraño malestar y desemboca en lo políticamente nulo. Si los pueblos se “liberan” a través de esto es porque su “liberación” no vale realmente nada, es decir, vale lo que vale la “democracia”.

Visto y no visto de esta guerra y de su desenlace, cese de hostilidades como por arte de magia, todo el mundo desaparecido sin dejar huellas y en primerísimo lugar el malvado contratado como estrella invitada. Y luego, a los pocos días, sabremos cómo todos los desaparecidos irán reapareciendo para recomponer la baraja de “póker” en que aparecen sus rostros: sin duda después de su arrepentimiento, pasarán a formar parte del alto funcionariado del nuevo poder. Por eso, nada, y menos aún la imagen, puede borrar esta impresión abominable de estar ante un acontecimiento radicalmente fracasado en la medida en que su simulacro tiene tal éxito, pero es esto lo que en efecto cuenta. Se nos han presentado como caída de un régimen unas pocas imágenes; se nos ofrece como documento histórico en vivísimo directo lo que no es sino figuración irrisoria: esas decenas de extras iraquíes junto a los tanques o ante la estatua de Sadam. Ni batalla por Bagdad, ni cerco, ni resistencia: sólo figuración sin incluso verosímil efectismo.

Todo parece efectivamente confabulado para dar este aire de decepción y desengaño que ya suponíamos que sería el desenlace inevitable de esta guerra grotesca. Desenlace que sin duda verifica retrospectivamente el sentido del montaje de estas tres últimas semanas. Nuevamente Sadam se ha portado como se esperaba de él: ¿con quién vamos a sustituir a este extraordinario actor? Por lo pronto, ya hay un tal Chalabi aerotransportado como asesor de Finanzas para la futura “reconstrucción” del país: un hombre procesado y condenado por malversaciones en diferentes lugares. Pero ¿qué íbamos a llevar a Iraq los occidentales si Bush representa un inmenso fraude electoral, mientras Berlusconi y Chirac están igualmente perseguidos por la justicia y no deben responder de nada ante nadie?

Todo tiene un aire demasiado familiar, porque muestra sin tapujos retóricos todo el aspecto podrido hasta la médula de un acuerdo oculto entre las dos partes, acuerdo y complicidad de los que los dudosísimos “actos guerreros” han sido la exhibición publicitaria durante estos días, en los que el fatigoso patetismo de la muerte ocupaba la escena sólo para ocultar mejor lo que ocurría entre los bastidores. Esta facilidad aparente con que “caen” los regímenes políticos más dispares no muestra tanto su debilidad interna o su desfallecimiento siempre inminente como más bien exhibe una misteriosa y nueva modalidad de desaparición de aquello que, justamente al desaparecer, reaparece remozado pero aún idéntico a sí mismo, o incluso más corrompido y perverso que antes: el poder.

En el caso particular de Sadam, hemos vuelto a comprobar que éste ha cumplido de manera inmejorable su verdadero papel de bocazas ruin al servicio de los intereses occidentales, ejecutando virtuosamente su tarea de canalla en el epílogo de este “remake”. Para hacer aún más creíble el derrumbe, no estaría de más procesar o ejecutar a uno de sus dobles; esto sería aún más satisfactorio de cara a la taquilla. Y luego, por supuesto, unos cuantos procesos penales por “crímenes contra la humanidad” en los que aparecerían otros tantos desgraciados extras de tercera fila.

Un régimen actualmente no es derribado ni resiste, ni lucha ni muere: ahora desaparece, según el modelo inaugural de los países excomunistas, que los norteamericanos, grandes émulos y ávidos de hiperrealidad, reproducen en Iraq sin ningún remilgo (la comparación que establece Rumsfeld con la caída del muro de Berlín no deja lugar a dudas sobre lo que ha ocurrido). En el escenario mundial, asistimos pasmados a una maravillosa estética de la desaparición política sin más, a una suerte de elegante transformismo de los altos funcionarios del FMI y acreedores: por ejemplo, Fujimori perseguido pero huido de Perú a Japón, Menem ahora volviendo a Argentina victorioso después de estar desaparecido una temporada y convaleciente aún de graves acusaciones por su gobierno infamante en los años noventa. Por fin, en todo caso, tenemos, la imagen, la iconografía fraudulenta que los norteamericanos soñaban con ofrecer al mundo (eso dice un comentarista de la tele) y que en los días sucesivos no hará sino incrementar el número de extras jubilosos por su “liberación”, dando libre curso a todas las mistificaciones de las que nos abastecerán, empezando por el “renacimiento” chií y todas las subsiguientes hipóstasis de democracia, soberanía, federalismo y desarrollo.

La caída real de Sadam será sustituida por el desplome de su estatua y todo lo que siga a continuación en el libreto será de la misma naturaleza: el polvo de la Historia, con todas las estructuras tribales y religiosas que el Estado traspuesto dejará en su lugar, como ocurre en todas partes donde el poder delegado en soberanía ficticia no es otra cosa que la caricatura vengadora del viejo imperialismo occidental. Cualquier intervención occidental en el exterior es actualmente una verdadera prueba experimental sobre nuestra propia flojera interna, y esto es una virtud que debemos apuntar en la cuenta de todas estas penosas campañas militares y de tantos otros procesos ya en curso.

Creemos que la degradación por la dominación a la que sometemos a los otros no puede tener repercusiones sobre nosotros, pero nos equivocamos, porque ellos, los otros, son el reflejo exacerbado de lo que nosotros somos secretamente, aunque cada vez más lo que somos es un secreto a voces (como esta tarjeta de visita de Occidente en los saqueos de museos y bibliotecas en Bagdad, que, se ha denunciado, han sido orquestados desde fuera: ¡el mercado del arte se anticipa a obtener liquideces!, ¡los “pobres”, por fin “liberados”, inmediatamente puestos al servicio del valor exponencial y clandestino, de la liquidez segura del arte en el mercado paralelo!).

Así es como, a falta de valores fuertes que exportar, organización política duradera que imponer, certera voluntad de construir algo, inverosímil superioridad moral “blanca” sobre la que legitimar el dominio o verdadero colonialismo al antiguo estilo que ejercer sobre los otros (¿de dónde íbamos a sacar todo esto, si tampoco las convicciones y las pasiones las tenemos ya en casa?), a los iraquíes, como a los demás, les llevaremos nuestra propia descomposición en dosis todavía mayores. Les concederemos al derecho a ser nuestra réplica degradada. Les llevaremos nuestro propio vacío y nuestra nada virtuosa, pues debemos también ser generosos con nuestro vacío, no sólo con nuestra riqueza “humanitaria”.

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En la preparación, desarrollo y resolución puramente virtual de la guerra contra Iraq, vista desde fuera, cabe destacar en primer lugar (y se ha hecho notar pero en un sentido equivocado) la inutilidad de todos los valores, principios y leyes comúnmente aceptadas hasta ahora. Es decir, estamos ante un nuevo ejemplo flagrante de excepcionalidad espontánea, a partir de la cual lo que queda destruido simbólicamente por el ejercicio de la fuerza ya no es recomponible más que como nueva farsa, lo que obligará al poder a desplegar mayores reservas de cinismo y usar de estratagemas sucesivas en una espiral descendente respecto del umbral de legalidad.

En realidad, esta guerra significa la irrupción de un principio estratégico nuevo, idéntico al que subyace a la resolución de la toma de rehenes en Moscú en octubre del 2002: todo el espacio global, el escenario de la mundialización, reestructurado por el principio emancipado de seguridad (que vale contra la delincuencia, las mafias, la inmigración, el terrorismo y los estados situados fuera de una supuesta legalidad universal), se transforma en un espacio de control presidido por el chantaje, la amenaza y la “ejemplaridad” del castigo (pero ni siquiera esto es seguro); es decir, una disuasión que aparentemente no quiere engañarse a sí misma al pasar al acto del que durante largo tiempo se abstuvo, cuando las condiciones de intercambiabilidad de la guerra eran reales, pero a ese precio la guerra ha dejado de serlo cuando se convierte en la disuasión unilateral, ejercida en el vacío, sin otro enfrente.

Que se trate de una guerra pactada y ficticia, como debemos reconocer que ha sido ésta, no le quita nada a la verdad del modelo dominante: el poder mundial no necesita justificaciones ni legitimaciones, no tiene ningún principio libremente compartido que observar. Este poder está más allá de la legitimidad, la soberanía, la representación y la legalidad. Es cierto que la legalidad era el último fetiche de los poderes que se proclaman democráticos: esta guerra rubrica por su parte un proceso de varias décadas de superación incondicional del legalismo, cada vez más irreal y anacrónico, de las formas, pero el terreno para esta experiencia estaba ya abonado en el propio funcionamiento interno de las democracias.

En otro sentido, más allá de su representación mediática, a decir verdad bastante pobre, la guerra trataba de demostrar algo: que lo anómalo de un poder sin base es la nueva normalidad, pero una normalidad dentro de la pura figuración de un centro cuya visibilidad se impone en tanto mera visibilidad. Asimismo, hemos comprobado también aquí lo que significa la vida humana, como en el acto de ”liberación” de rehenes en Moscú: objeto de un puro cálculo al que nada conmueve y no precisamente un cálculo militar, bélico, sino un cálculo de otra naturaleza distinta, más cercana al cálculo terrorista donde la muerte es contemplada y asumida como cantidad negligible, equivalente, en la lógica del puro exterminio, que no es la lógica de la guerra en sí misma.

No tiene nada de raro que no se hayan dado verdaderos combates bélicos entre unidades militares: esto hace más evidente (y no se puede achacar sólo a la “maldad”, en este caso bastante funcional, de un dictador) que todos los poderes son cómplices contra sus respectivas poblaciones, y los miles de civiles muertos en los bombardeos o los centenares de víctimas en las “acciones preventivas” de los ocupantes no pueden significar más que un éxito, como ya lo fue en la operación policial de Moscú la muerte del triple de rehenes respecto de los terroristas.

Las diferencias entre una y otra forma de ejercicio de la violencia represiva (antiterrorista y bélica) son menos aún que aparentes: la violencia del poder se ha vuelto puramente operativa, no se funda en nada. Ni siquiera sirven ya las categorías amigo-enemigo para describir esta situación indefinida y confusa: en la lógica del sistema, todo el mundo es potencialmente enemigo. Habría que preguntarse si en realidad para el sistema no es el propio mundo el que se aparece como su enemigo en la medida en que no se deja normalizar por completo. No es que el poder se haya vuelto deliberadamente terrorista, es que para seguir siendo “poder” debe pasar al campo de juego del adversario sin que el propio poder sepa muy bien lo que está haciendo.

El cinismo de todos los círculos de poder podría hacer creer lo contrario, pero todo apunta a que la actual mutación está todavía muy lejos de ser ni siquiera una forma deliberada de su ejercicio. Lo será con el tiempo, también de una manera normalizada. Por eso, puede hablarse de una adopción sistemática por parte de Occidente, en primer lugar de los Estados Unidos, de un “estilo israelí” de ejercicio del poder: de hecho, Israel es un modelo de esta dinámica, precisamente porque vive desde su fundación como Estado soberano en la impunidad.

En estas últimas semanas, ninguna diferencia entre la actuación de las tropas norteamericanas de ocupación en Iraq y la actividad antiterrorista de los israelíes en territorios ocupados de Gaza y Cisjordania: es el mismo modelo operativo, como ha demostrado lo ocurrido en la pequeña ciudad de Faluya y en otros lugares, donde una reducida manifestación de civiles chiíes fue sometida a una acción de “autodefensa preventiva”: al parecer, los soldados acuartelados en una escuela dispararon indiscriminadamente al ser atacados con piedras. El resultado: 15 muertos y decenas de heridos. La totalidad de la población iraquí es enemiga virtual, pero esta virtualidad, a fuerza de pasar al acto, puede transformarse en real.

Nuestra moral en Occidente, al expulsar la violencia de sus representaciones y sus valores, de algún modo obliga a que ésta, libremente secretada por todas partes, se reintroduzca por lo más alto y por lo más bajo: se instala en el propio corazón del poder y en las múltiples formas de clandestinidad. Ahora bien, esto también indica que el poder se ha vuelto ampliamente clandestino en su ejercicio, pues se sitúa más allá de la ley. Por eso cabe hablar sin atenuantes de una verdadera situación de excepcionalidad, que no ha hecho más que irrumpir y que sin duda pronto se institucionalizará: esta excepcionalidad va más allá de la quiebra o suspensión del derecho, que siempre ha tenido serias dificultades para vérselas justamente con este extremo de lo fáctico que es el estado de excepción y de violencia.

La paradoja de esta excepcionalidad anómala, no prevista, consiste en que en ella conviven sin ningún perjuicio la normalidad legal y la excepción no declarada ni reconocida como tal. Estados Unidos ya experimentó estas modalidades de forma más o menos clásica en los países sudamericanos en los años 70. Pero lo que empezó designando a otros como objetos y víctimas de la excepción (dictaduras chilena y argentina en sus “operaciones” sobre su población civil, por ejemplo) se ha infiltrado lentamente en el propio corazón del sujeto del poder y por fin ha hecho estallar los marcos convencionales también en el orden internacional.

Las luchas sociales y políticas internas en las sociedades modernas, desde la Revolución Francesa a los estados fascistas europeos, han sido durante algún tiempo el escenario apropiado para las situaciones de excepción, y buena parte de ellas ha constituido la forma de ejercicio del poder dominante en no pocos países europeos, y más tarde, tras la descolonización, de muchos otros países a los que Europa dejó en herencia esta misma excepcionalidad del poder, más o menos camuflada por la fachada constitucional, después de desestructurar las sociedades tradicionales. En el momento actual, cabría preguntarse a qué otras modalidades de lucha corresponde esta necesidad de excepcionalidad en la relación del conjunto del sistema con todo lo que le es externo (un mundo en el que crece un caos irresoluble) y con muchos otros elementos internos (la política oficial hacia los inmigrantes y las minorías).

En cierto modo, la verdad y la “virtud” póstumas de Sadam ha sido ofrecerles a los norteamericanos y, tras ellos, a Europa y al resto de poderes, la oportunidad para poner en práctica este desconcierto estratégico de un principio de poder terrorista que carece a su vez de todo principio en que sustentarse. Y si carece de fundamento es porque la violencia se le ha metido al poder dentro y ahora lo reconfigura desde dentro, de modo que sólo puede conjurar la violencia con otra violencia: ésta es la situación bien conocida en que se da la suspensión de las convenciones normativas del derecho.

Podemos preguntarnos sin duda por la necesidad de esta nueva situación, podemos determinar causalidades y procesos que han llevado al estado actual, es decir, podemos evocar y narrar de manera realista basándonos en datos y hechos acumulables al infinito e interpretables como se quiera, casi siempre ideológicamente, pero hacer esto sería desconocer por completo el sentido de la excepcionalidad en su nivel más avanzado como anomalía e irrupción de lo otro.

Sabemos que toda violencia implica una trasgresión frente a una prohibición: el mundo occidental y el sistema en su conjunto sufrió con el 11 de septiembre una violencia que lo ha obligado a entrar en el juego de la trasgresión por la violencia. Esta es una situación simbólica, no jurídico-política, en el sentido bastante banal que tiene entre nosotros esta interpretación del poder. Los velos sobre los múltiples rostros de una violencia global no han hecho más que levantarse.

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De todas maneras, da igual lo que ocurra. Una marea de conciliación, de moderación, de consenso, de reuniones y asambleas, de giras y visitas, de proyectos y programas recorre el mundo después de la “Guerra de Iraq”: una nueva apariencia desvergonzada de apaciguamiento general. Por poco tiempo, porque las apariencias guardadas no impiden en absoluto que el desorden, el caos y la anomalía, en su sordera y obstinación, sigan siendo el verdadero elemento en que todo se desenvuelve, con total desprecio hacia la buena voluntad de la mala fe que tan certeramente caracteriza a todos los ángeles de la gran conciliación.

Sin embargo, el topo del terrorismo (atentados de Riad y Casablanca a un mes de “acabada la guerra”) sigue su trabajo de excavación en las galerías subterráneas por las que muchas cosas están condenadas actualmente a circular para evitar caer en esta portentosa “corrupción de lo visible” en la que se ha acomodado el poder oficial. La blanda lombriz de la desvergüenza de los poderes sigue su trabajo removiendo un barro ya reblandecido: la ONU no se puso de acuerdo para la guerra, pero sí se pone de acuerdo para la continuación de sus resultados, con este consenso fácilmente alcanzado sobre el levantamiento del embargo petrolero a Iraq.

Lo que esperábamos e imaginábamos se materializa sin dilación. La guerra ha sido nada más que una mera operación técnica de escala, para reponer material averiado y realizar ajustes; una vez realizados, el viaje puede continuar como antes y las potencias y sus poblaciones, responsables o no, eso es ya indiferente, se colocan en la cómoda primera clase en la que siempre han estado alojadas, pese a todas las francamente débiles ofuscaciones transitorias entre gobernantes y gobernados, entre potencias mandatarias sin mandato y potencias comanditarias sin negocio.

Apenas a un mes de la guerra de Iraq, ¿qué se ha hecho de los grandes “proyectos” y de las promesas “bienintencionadas”, de las cautelas y las moralinas? En donde había algo, aunque sólo fuera un efecto del discurso groseramente deslenguado de todo Occidente, ahora ya no hay nada, es decir, sólo los hechos brutos con los que un cinismo del poder que se pretende sutil tiene que enfrentarse sin saber cómo. En todos los sentidos, sólo somos capaces de producir ruinas, y no sólo ruinas de guerra.

La producción de piltrafas políticas se está convirtiendo en una tarea inacabable. Es como si hubiéramos perdido la letra de la historia y sólo supiéramos tararear una tonadilla vaga e indescifrable. En Iraq, la estrategia de la desmoralización y la decepción colectiva encuentra un nuevo campo experimental: hay que desenterrar a las víctimas de las guerras y las represiones a fin de que un sufrimiento impúdicamente administrado haga olvidar la situación actual resultante de otra guerra dirigida a su vez a reproducir a otra escala el horror ya vivido.

Lo peor de todo es que la insistente marea negra del consenso (cuya magia blanca se aprende en todos los manuales de nuestra “razón cínica”) ofrece la misma consistencia y verosimilitud de la “guerra de Iraq” y responde a idéntica estrategia de decepción en todos los frentes: no es difícil hacerse cargo de que actualmente todo acontecer pasa al olvido en el momento mismo de producirse. Precesión inevitable del olvido, lo que no es nada sorprendente porque hace mucho que nos instalamos en una amnesia voluntaria, que nos sirve sencillamente para no ser arrojados a los escombros de todos los acontecimientos vividos en la impostura y en la vicariedad. Porque realmente producimos acontecimientos sin destino ni sentido, a la medida de lo que somos. Que esto pueda convertirse en estrategia de gobierno, no debe sorprendernos: ya las democracias actuales no son otra cosa que un automatismo bastante herrumbroso destinado al reciclaje de la desilusión, la corruptela clandestina organizada y la mentira insolente.

Si la guerra ha sido lo que ha sido, podemos confiar en que la futilidad de los resultados no necesariamente serán también catástróficos, pues una dosis todavía mayor de conciliación y sensatez en el mundo puede bastar para que el estado de cosas se vuelva francamente insufrible. Por ejemplo, Colin Powell afirma que las negociaciones de paz entre israelíes y palestinos no deben ser “contaminadas” por los atentados y las represalias.

Fijaos bien en la palabrita: la negociación no debe ser contaminada. Hace tiempo que nada debe ser contaminado, sobre todo si pertenece al campo de los grandes intereses vitales obligados a capitular ante los “grandes valores positivos”. Hay que elegir entre unos y otros: los valores positivos siempre ganan. En cuanto a los “intereses vitales”, si no son los nuestros, siempre debe ser sacrificados. La violencia, que es demasiado real y verdadera, y por tanto inaceptable, no puede impedir un proceso “lógico” y razonable: los hechos no pueden modificar las programaciones, motivo por el cual los programadores bien podrían decir que tampoco “su reino es de este mundo”. En efecto, ahora lo que muy eufemísticamente llamamos “la paz”, sobre el papel, se cultiva en un laboratorio experimental, paz de invernadero en condiciones de sala de hospital totalmente aséptica y abstracta.

Todo el mundo es sujeto paciente en esta extraña gramática de los poderes consensuales: ellos mismos son un verbo en voz pasiva que se cree hiperactivo, como los americanos, aun no está claro si realmente marciales heroicos o meros marcianos de película de serie B (pero tanto marcianos como marciales de tebeo, no de la mitología: no parece muy marcial tener a los soldados en Iraq haciendo funciones de policía de tráfico o persiguiendo raterillos por las calles mientras se desvalijaban museos, bibliotecas o centrales nucleares). Por supuesto, la guerra es una simple cuestión de “orden público”: ¿qué otra cosa podría ser si no?

No consensuamos, no se nos ha dejado nada que consensuar: somos consensuados. Queremos la paz, pero en realidad somos pacificados. No elegimos: somos elegidos y, lo que es todavía peor, se nos hace elegir cuando ganas ya no quedan ningunas ni hay nada que elegir, como en todas las elecciones democráticas y en todos los supermercados del mundo. No participamos: somos participados, ni siquiera participantes… Finalmente, si no nos aterrorizamos y disuadimos suficientemente a nosotros mismos, seremos aterrorizados y disuadidos por el propio poder, Aunque, a decir verdad, después de habernos dejado escandalizar tantas veces y por tantas cosas verdaderas o fraudulentas, el siguiente paso ya está dado y sólo falta “colocar” a la gente en situación de darlo también. Debemos confesar que disposición y presencia de ánimo para eso nos sobra.

La realidad no debe interferir en nada en el desarrollo convenido del orden, un orden verdaderamente performativo (“yo hago hacer al otro lo que el otro no haría por sí mismo, pero si yo hago lo que el otro no haría, entonces yo mismo acabo por entender que es mejor hacer lo que sea para parecer que se hace y así yo mismo me hago hacer lo que en el fondo no quisiera hacer…”). Así es como se construye, en una nueva tentativa tan raquítica como la anterior, el orden como cobertura subliminal, y apenas, del desorden.

Estamos siempre en el mismo punto de inercia. El nuevo orden es enteramente virtual: no debemos confundir el cinismo del poder y sus deseos con la realidad que reproduce una y otra vez. En todas partes, se produce una extraña operación de injerto a través de la cual crece la separación entre todos los poderes en coalición y coalescencia, y la gente a la que gobiernan, en un clima de total irresponsabilidad e impunidad de esos mismos poderes cada vez más descarados y desentendidos.

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En Iraq, en plena desintegración del país, a la vez programada y torpe, a pocos meses de acabada la guerra, ya hay sondeos de opinión “científicamente” elaborados, ¡a fin de conocer la opinión de los iraquíes sobre su propia ocupación!. Mucho antes de cualquier atisbo de organización política estatal reinvestida de legitimidad y legalidad, antes de toda representación y constitución, mucho antes de que todo ese pastiche cuaje en la fraudulenta fórmula ultracongelada que les pasaremos a los iraquíes, ya hay al menos un sondeo de opinión.

La precesión del sondeo de opinión sobre la elaboración onírica de la democracia virtual dice la verdad también de nuestra situación occidental: declara aquello a lo que realmente concedemos prioridad. Esta robinsonada seudosociológica es verdadera, todo lo que puede serlo para nosotros, ya que dice la verdad de lo que somos. La verdad de lo que somos histórica, política y moralmente se juega lejos de nosotros, pues aquí, con toda evidencia, ya no podemos responder de lo que somos: tarea inacabable de reconocimiento que en realidad todavía no ha comenzado.

Por otra parte, en los “ataques” que sufren a diario los angloamericanos en Iraq, se habla de que son víctimas de su propia arrogancia e insolencia en el trato con la población ocupada. Al parecer, se intenta desarmar a la población para “pacificar” el país. Los métodos adoptados por las tropas de ocupación indignan e irritan a la gente, que se resiste, para nosotros extrañamente, a ser tratada como potencial “terrorista”. Después de declarar acabada la campaña militar, en apenas unos pocos meses los estadounidenses se han cobrado un número mayor de bajas que en la supuesta campaña militar, y eso sólo entre las reconocidas públicamente. Otro dato interesante. Muchos “incidentes” no son ni siquiera consignados o reconocidos como verdaderas consecuencias de los efectos de la ocupación militar: accidentes o incidentes, poco importa, se equivalen.

Por ejemplo, los primeros seis británicos en caer en la zona chií en torno a Basora han sido atacados por civiles chiíes, en respuesta a los métodos de control policial: los soldados entraban valientemente en casas con perros, lo que significa una ofensa al buen musulmán, y apuntaban desconsideradamente con sus armas a niños y mujeres. Los iraquíes, aunque empobrecidos y humillados, saben hacer funcionar un sistema de compensación ante la soberbia y el ultraje, lo que significa al menos que les queda un fuerte sentido de la dignidad (ésta, si bien impotente, ya sólo se encuentra entre esa gente que ha sido vejada por los occidentales desde siempre).

En otras ocasiones, ha sido la técnica del cacheo de mujeres veladas la que ha ocasionado auténticos conflictos y malestar en varias partes del país. A este respecto, no deja de ser sintomática la situación: mientras en Iraq se cachean mujeres que no deben ser tocadas ni vistas por ningún hombre desconocido ni conocido (según las normas culturales de la buena educación árabe e islámica), en Europa, en Francia, volvemos a la carga con el asunto del velo islámico y se anuncia la próxima aprobación de una ley que prohibirá su uso en la escuela pública.

Otra nueva estupidez occidental, pero estupidez igualmente altanera y chulesca que el cacheo en Iraq: la prohibición de un signo fuerte de identidad no hace más que reforzarlo como tal signo y la prohibición lo convierte precisamente en una transgresión frente al poder, en una forma de resistencia, pasando entonces a significar lo que no significaba en su origen, de la misma forma que la defensa del honor de las mujeres puede convertirse en una fuente de la resistencia espontánea de la gente.

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Un poder que aspira a constituirse en lo mundial y como mundial es un poder que formalmente tiene que mantenerse en el orden de lo visible, porque lo visible es hoy el engaño y la mistificación mejor urdidas: tanto es así cuanto que el poder actual está moralizado y aparentemente fiscalizado por una conciencia que se imagina pura moralidad del bien absoluto. El dispositivo del poder debe ejercerse en la transparencia: superficie que absorbe toda violencia y corrupción, sin consecuencias. Pero todos los procesos “reales” que lo conforman se dan en la opacidad, sin agentes aparentes y sin causalidades determinantes. A partir de esta contradicción que aflora espontáneamente en cada enunciado cínico del poder sobre sí mismo (la tarea del periodismo y de la información en general) podríamos hablar por tanto de “un espíritu burlón del poder”.

¿En qué consiste este espíritu burlón? El poder sólo puede ejercerse en la pura visibilidad soberana de los signos, pero un poder moralizado no puede ejercerse como tal, porque precisamente los signos del poder son contrarios al orden moral (recuérdese el rompecabezas de la soberanía moderna, los debates interminables sobre la llamada “razón de estado”: la hipocresía moral de la crítica liberal del poder siempre ha sido una coartada para el incesante incremento del poder como extensión del control social).

El residuo indeleble de mal que anida en el poder, en estas condiciones, queda transferido a la “zona oscura” del poder. Aparece entonces un poder imaginado como “conspiración”, pues el Mal, es decir, el verdadero poder como exceso y función social irreversible y unilateral de dominación (lo que a escala mundial se vuelve exponencial y abstracto) sólo puede aparecer, ante los ojos de la bondad que encarna y que simula controlarlo, como el Mal en sí que ha quedado a priori excluido.

En la conciencia puritana anglosajona, y en general cristiano-humanista que permanece como sustrato de la mentalidad occidental actual, el poder es exorcizado en los términos de la “teoría conspirativa”, que por ejemplo tanto abunda en las películas producidas por Hollywood: el poder, por esencia malvado, pero precariamente sometido al Bien por el ejercicio pastoral “democrático” y “liberal” de la Idea, sólo puede manifestarse como Mal si se mueve en la “zona oscura” de la conspiración llevada a cabo por malvados, y los malvados pueden ser tanto los “ambiciosos” sin escrúpulos dentro del sistema como los agresores externos, los “bad guys” que los americanos y sus aliados exterminan en su lucha contra el terrorismo en todo el mundo. También aquí siempre adoptamos las posturas más cómodas para permanecer con la conciencia tranquila.

Un poder así sólo puede producir “no-acontecimientos” en la medida en que todo acontecimiento es en el fondo una manifestación del Mal, una señal de algo maligno e innombrable. Para suprimir el Mal (el destino, lo fatal, la contradicción, las pasiones), por tanto, hay que suprimir previamente todo acontecimiento. Ésta es la esencia de las democracias modernas y la llamada “seguridad” es tan sólo uno de los resortes ideológicos que contribuyen a su eficacia. Para estos sistemas toda verdadera libertad es la patología que hay que erradicar.

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El hilo conductor de un no-acontecimiento propone dificultades de interpretación idénticas a las de un verdadero acontecimiento, aunque ambos sin duda pertenezcan a niveles de realidad que un cierto análisis puede discriminar. Con una diferencia: el no-acontecimiento pertenece al orden de la estrategia que se cree dueña del acontecer, pero todo lo que puede hacer es del orden de lo reactivo, es decir, desplegar una simulación de un control amortiguador de efectos que la golpean. Por su parte, el acontecimiento auténtico, como despliegue de lo fatal, puesto como origen absoluto, mantiene toda su fuerza gravitatoria y además atrae sobre sí toda la fuerza contraria, que a partir de ese momento se mueve en su órbita y ya no puede actuar con la autonomía que se presupone a sí misma.

La fuerza reactiva de la estrategia introduce el desorden en la justa medida en que pretende restaurar el orden, pero de antemano toda iniciativa está neutralizada y anulada desde el desencadenamiento inicial. No tiene nada de extraño entonces que todo un sistema de poder mundial haya pasado a la defensiva y en esta posición todo tiende espontáneamente a su desestabilización. El poder se vuelve pura resistencia, alcanzado un límite, pero a la vez su acrecentamiento obligado lo destina a la trasgresión de ese límite, iniciando una evolución que ya no controla.

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Si observamos la conducta de los estadounidenses en Iraq, siempre será fácil entenderla en términos de la técnica del judo o del aikido. Imaginemos un fornido luchador, bastante desequilibrado por su propio exceso de volumen que satura todo el espacio, por la grasa informe que se acumula en su cuerpo, que se mueve torpemente y que cuenta a su favor tan sólo con la enormidad de su mole. Enfrente tiene a otro luchador, delgado, esbelto y que sabe moverse con sentido de la oportunidad, con un fuerte sentido de la puntualidad en cada momento de la acción. Todas las ventajas están a favor de este último. Su propia fragilidad lo vuelve invisible, pero la determinación de lo invisible siempre juega en contra del que se determina primero a atacar.

El terrorismo, omitiendo todo lo que en él pueda escarnecerse desde un punto de vista moralizador, es como el judoka hábil y entrenado: el atacante no puede ni tocarlo porque su movilidad es tal que cada golpe y movimiento del atacante sólo encuentra un vacío que provoca que todas las fuerzas del atacante se vuelvan contra sí mismas. “El judoka derriba a su atacante utilizando la misma fuerza movilizada por el agresor a la que agrega la suya propia en el mismo momento en que éste comienza a desequilibrarse, aprovechándose así de la fuerza de la gravedad”.

La lucha contra el terrorismo desencadenada por estos autoparódicos sistemas obesos y sofisticados se encuentra precisamente bloqueada por lo mismo que favorece la aparente superioridad de todo el sistema. Desde hace meses en Iraq toda la iniciativa auténtica está de parte de un puñado de “resistentes” e infiltrados que ponen en jaque a unas fuerzas de ocupación de más de 150.000 soldados que nada pueden hacer contra un movimiento que hace el vacío en torno a ellos.

Así, todos los atentados de agosto del 2003, perfectamente sincronizados en un “crescendo” catastrófico, han ido dirigidos a desestabilizar por duplicación táctica la propia desestabilización interna del país introducida por la invasión y ocupación anglosajonas. La desestabilización controlada de toda la zona, encubierta bajo las consignas de “normalización”, se encuentra con una desestabilización añadida e inversa que a su vez neutraliza los esfuerzos de la primera.

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Por otra parte, los estadounidenses, al intentar desviar hacia Iraq la tensión de los “yihadistas”, se encuentran con que éstos no pican el anzuelo en los términos requeridos de una verdadera guerra de guerrillas masiva y generalizada donde siempre podrían exterminarlos, como ocurrió en Afganistán. La potencia mundial juega a “entretener” a los terroristas en Iraq, tal como revela el presidente Bush cuando afirma que se trataba de convertir Iraq en un nuevo “campo de batalla” contra el terrorismo (y el discurso a la nación del 8 de septiembre confirma lo anterior: de hecho, si hay una estrategia general detrás de la invasión de Iraq, ésta tan sólo consiste en la desviación del terrorismo hacia objetivos ilusorios).

La estrategia americana parece ser entonces el cambio de escenario del terrorismo, ahuyentar su fantasma, conjurarlo a través de un decorado político de sustitución. El sistema intenta hacer volver al terrorismo a un esquema ya conocido de enfrentamiento de fuerzas desiguales pero sobre superficies localizables, es decir, se trata de re-territorializar al terrorismo que se había desterritorializado, volverlo inocuo y desgastarlo en una lucha simulada donde realmente ya no hay nada en juego.

En definitiva, hay que reinscribir el terrorismo en un campo de fuerzas identificables, utilizables por los poderes constituidos en el intercambio programado de “astucias” que se neutralizan. El poder sólo puede combatir contra lo que es de su misma esencia: poder visible contra enemigo visible. Toda la fuerza y eficacia del terrorismo se deben a esta negación a emerger en el campo de lo visible, que es el campo dominado por el poder.

Por ejemplo, los saudíes usarán a sus disidentes en la contra-desestabilización de Iraq, dando así salida a su radicalismo interno, mientras los americanos fingen promover un poder chií como contrapeso. Se trata siempre de llevar la “irracionalidad” de las posiciones irreductibles a un campo visible previamente asignado donde todo se vuelve negociable. Lo que los israelíes han hecho con los palestinos al dejarles jugar sobre un campo de legalidad perfectamente acotado donde sólo ellos son dueños de todas las reglas, reglas de convertibilidad que transforman al adversario en su propio rehén. Hace tiempo que el modelo sionista es el arquetipo de la dominación occidental. Todo el mundo se vuelve rehén no de su impotencia sino precisamente de su propia posibilidad de potencia antagonista, encadenada ahora a un espacio de juego que no es el suyo.

Por eso, una de las cartas actuales de Occidente es promover el enfrentamiento entre comunidades religiosas dentro de Iraq, implicando en esta desestabilización a los países vecinos. La meta es transferir por tanto la hostilidad hacia Occidente al propio cuerpo del Islam, para debilitarlo aún más en luchas intestinas de distracción: repetición de la operación ya ensayada ventajosamente tras la revolución iraní de 1.979, con la utilización por Occidente de Iraq y los saudíes como fuerzas de contrachoque militar e ideológico, respectivamente. Operación exactamente igual a la de los israelíes frente a los palestinos.

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En realidad, la presuposición implícita de toda la campaña militar y de la ocupación no difiere en nada de la estrategia israelí de dividir y enfrentar al campo adversario, a la espera de su autodestrucción. En este caso, con el cebo iraquí, se trata de arrojar a la autodestrucción a las fuerzas dispersas del “radicalismo” y el terrorismo “yihadista”, al que se supone realmente capaz de llevar a cabo de manera autónoma una lucha frontal contra el ocupante, como si nada hubieran aprendido de la experiencia afgana de los dos últimos años.

Además, la intención estadounidense sería la de crear un foco muy localizado donde se agotarían los esfuerzos de este terrorismo, desviándolo así de sus objetivos en el campo occidental, sobre el propio territorio estadounidense. Maniobra dilatoria de distracción que, por otra parte, no distrae a nadie sino a los propios norteamericanos, a la espera entretanto de que todo el mundo pique en el cebo que le han preparado.

Pero cada jugada (enfrentar, por ejemplo, a chiíes y sunís, dentro y fuera de Iraq, como parece deducirse del juego de los ocupantes) sólo provoca más desorden y es previsible que los norteamericanos acaben por disiparse, transfiriendo sus problemas a los otros, como ha venido siendo la norma en toda intervención exterior: siempre hay mercenarios dispuestos a hacer el trabajo sucio. La presunción de un control a voluntad de la situación se corresponde perfectamente con esta arrogancia del cálculo racional en todos los niveles de nuestras vidas.

El nuevo “derecho de ingerencia” bajo la lógica de la prevención instaura el estado de excepción mundial para desde él establecer una nueva legalidad. Pero esta legalidad es tan sólo una prolongación del estado de excepción original. Se trata siempre de volver cómplices de su propia dominación a aquéllos que la padecen, y eso dentro de un marco de legalidad simulada que se vuelve precisamente contra aquéllos a los que sirve: nuevamente tenemos aquí la táctica israelí llevada a una escala mayor.

De todas maneras, resulta muy divertido ver cómo estos espíritus tan puros, cuando quieren ser cínicos y soberbios, salen como gatos escaldados de todas y cada una de sus aventuras en las que participan casi como turistas de ese “imperialismo exprés”, del que es tan fácil burlarse. La participación de los norteamericanos en los desórdenes del mundo se parece a la conducta del muchacho ingenuo en sus primeros escarceos sexuales: precipita el goce con su eyaculación precoz. Sin duda, el poder es estúpido, pero además se nos hace saber su estupidez con un exceso de evidencia, salvo que la evidencia de un poder idiota no es ella misma una realidad tonta que podamos menospreciar.

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Paradoja, paroxismo y cinismo se anudan en esta “guerra contra el terrorismo” de modo irónico. El Pentágono, el mayor órgano de la seguridad militar del mundo civilizado, o para ser más exactos, del sistema, ha decidido poner en juego, literalmente, la inseguridad y la incertidumbre como medios de obtener liquidez en un mercado bursátil de apuestas sobre hipotéticos atentados futuros y otros acontecimientos imprevisibles. Cierto que el propio complejo de edificios oficiales fue objeto de unos de esos actos imprevisibles que ahora justamente se trata de “valorizar” y volver útiles.

“Mercado de análisis político”: ahí hay algo que dice toda la verdad de una situación (también mental) a la que el traumatismo del 11 de septiembre ha conducido a sus límites, o más bien, ha puesto mas allá de sus límites, ha sacado fuera de sus goznes. Podemos analizarla desde muchos puntos de vista y todos ellos son igualmente válidos. Universo de soluciones imaginarias, éstasis de la razón cínica y de un poder enloquecido, delirio de fábula a lo Borges.

¿Qué hacer con el terrorismo? Después de comprobar que las matanzas no resuelven el asunto, después de verificar con los hechos mismos en curso (Chechenia, Afganistán, Iraq o Palestina) que las llamadas “guerras” y victorias militares no resuelven nada, después de confirmar que todas las iniciativas no llevan a ninguna parte, es hora por tanto de acudir a las “verdaderas” soluciones, aunque sean imaginarias, pero ¿quién ha dicho que los “problemas reales” del mundo deban ser resueltos también con “soluciones reales”?

Nuestro melancólico realismo patina ante una lógica venida de fuera, la lógica de otro orden de realidad que empieza a filtrarse secretamente por todas partes. Esta otra lógica es la de la incertidumbre total: el aprovechamiento económico de la inseguridad y de la imprevisibilidad es un síntoma que apunta a que la totalidad del ordenamiento programado del mundo (en términos de valores) se encuentra en notoria fase de desquiciamiento, pero el sistema se ve obligado a jugar con aquello que lo niega, beneficiándose incluso con ello. Es esta obsesiva voluntad de autoaseguramiento y autoconservación de un determinado principio moderno de humanidad lo que está detrás del delirio actual del poder en su volatilización regresiva. El caos y la anarquía sólo lo son para quien ha determinado por adelantado qué deber ser la realidad en la que pueda habitar.

Así es como la fábula remodela la realidad. Cuando Borges escribió “La lotería de Babilonia” como algo más que crítica ingeniosa del peronismo, se podría haber pensado que se trataba de un juego puramente intelectual al que tan aficionado era el escritor argentino. Medio siglo después, la realidad hace posible lo que sólo era imaginable y lo era por alguien de la capacidad fabuladora de un Borges. Algún oscuro funcionario la supera. Pero nuestro sentido (moral) de la realidad no permite semejantes veleidades, semejante juego de espejos entre lo real serio y su doble extremo y paródico. No estamos a la altura del desafío a que nos somete nuestro propio amoralismo inexpresable.

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La realidad es peligrosa, no hay que dejarla andar por ahí suelta. Sin duda, la realidad puede ser dócil, se la puede domesticar, es conveniente ponerla a buen recaudo. Así empieza una incesante actividad “desconstructiva” a la que todo el mundo se apresta de buen grado o a la fuerza: la realidad parece la patología extrema de todos los productos intoxicantes. Ni siquiera fabricándola de pies a cabeza como “verdad” es posible atraparla y detenerla de una vez por todas. Escapa a todas las trampas: narraciones, modelos, esquemas, signos, trucaje, versión doblada, efectos especiales…, siempre está un poco más allá de todos los montajes con que los iluminados modernos se complacen en imaginarla para siempre normalizada.

Quizás la pulsión final de una cultura de la objetividad (de la que los medios de comunicación son la versión caricaturesca y por ello más auténtica) sea la de querer sorprender y encadenar el puro modo de aparición de las cosas en la escena desolada de lo real. Incluso determinado hasta el agotamiento potencial de la novedad (previsión, seguridad, disuasión, experimentación, anticipación…: nombres para una misma voluntad de aseguramiento y verificación por miedo a lo peor), el modo de aparición de lo real sigue causando alarma entre los vigilantes higienistas del mercado de la verdad “objetiva” y el buen orden mundano.

Ahora bien, para acabar de una vez por todas con la realidad, se necesita crear un doble irrisorio que se burle de la propia realidad, a falta de poder suprimirla definitivamente, como sería nuestro deseo más secreto y vehemente: hay que falsificarlo todo, confundir las pistas. Ya nadie puede ostentar la sublime diferencia entre lo real y lo que no lo es, entre lo que pudo ser real y jamás volverá a serlo, entre lo que por ahora sigue pareciendo verdadero y tan sólo hace señas o muecas indecentes de serlo, entre lo que es falso pero ya no puede demostrarse ni aceptarse como falso, porque cumple justamente la función de estar en lugar de lo verdadero y así, en la complicidad general, tendrá que continuar siendo verdadero. Pura praxis a la que nos hemos encomendado con un sensato “a priori” del orden de la desesperación post-nihilista: que las cosas jamás lleguen a la verdad si no es como nulas.

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Veremos más claro lo que sucede en Iraq cuando apreciemos las condiciones en que actualmente aparece el principio de realidad en todas partes. De la misma manera que el principio de realidad occidental, con toda su arrogancia y soberbia, ha construido un mundo que es justamente la negación de lo real sobre lo que se sustenta, así todo acontecimiento ha quedado absorbido sin residuo por este extraño dispositivo de reduplicación en la ficción. El conflicto como tal no tiene un sentido político, estratégico ni histórico y es inútil buscar por esos “frentes podridos”. Los órdenes referenciales respectivos que enmarcaban los acontecimientos ya no existen, por tanto no hay que caer en la trampa de la interpretación convencional, entregada como está a todas las postulaciones vacías de sentido. Entre otros muchos acontecimientos, las llamadas “guerras” son quizás un experimento inconsciente y extremo de esta mutación de todos los órdenes consabidos.

Más bien ocurre lo siguiente: en Iraq, y en todas partes, pero en Iraq precisamente de modo exacerbado, casi habría que verlo como campo experimental, lo que se enfrenta es un principio de realidad poshistórica consigo mismo, es decir, una sombra que lucha con su propia opacidad, un aparente dinamismo transpolítico confrontado al vértigo de su propia inercia. Toda exhibición de dominio y poder por parte de la potencia mundial va orientada en este sentido, que es una ausencia de sentido, una reducción al absurdo que el poder opera sobre sí mismo. El antagonismo “real”, si así puede decirse, es un antagonismo entre la realidad desestructurada del mundo y la ficción puramente operativa de un pragmatismo ciego y sin escrúpulos que tiene la convicción de seguir estando aferrado a la realidad, cuando lo que ocurre es que se ha envuelto definitivamente en su propia trampa.

No cabe duda de que todo apunta al carácter fuertemente reactivo del ámbito desde el que se toman las decisiones, aquí y en todos los frentes (la política internacional es un banco de pruebas para procesos emergentes también en el ámbito de la política interior de Estados desprovistos de sustancia, como son actualmente todos los estados acoplados a la mundialización). Pero esto es así porque el principio de realidad del sistema en su conjunto está completamente desintegrado y para sustituirlo todos los poderes se ha visto obligados a entregarse sin reservas a una simulación patética que en esta “guerra” ha encontrado su auténtico despliegue incondicional.

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Como tantas otras veces, la guerra de Iraq podría haber sido un buen pretexto para realizar alguna reflexión sobre el sentido de la muerte en el mundo actual. La consigna de no dramatizar ha sido ciertamente respetada. Pero no ha podido ocultar una pulsión desesperada: arrojar votos y exabruptos para verificar que la muerte no sea absurda. Pues absurda es cuando no ha podido determinare por sí misma, cuando no ha podido verificarse como una intercambio favorable. Un ideólogo norteamericano: muchas bajas estadounidenses serían la demostración de que ellos no son unos cobardes, como afirma con desprecio Ben Laden en sus comunicados. La cantidad prueba la calidad. Los americanos son incapaces de escapar, incluso en la muerte, a este razonamiento sobre el que se origina su bien conocido “gigantismo”. El tamaño de las cosas demuestra su valor, lo que ya no es tan cierto en la era de los virus, los genes, las neuronas y el microchip.

El cuerpo que abulta es un cuerpo pleno, verdad como receptáculo de la plétora animal, pero al mismo tiempo el principio estético recomienda omitir dicho valor de lo obeso para reemplazarlo por su contrario: lo anoréxico. La verdad es obesa, pero la belleza es anoréxica. Así también en la guerra destilada por la información: la verdad (la muerte) es groseramente obesa, pero la belleza (la perfección de los dispositivos tecnológicos del armamento y de la propia información) es delgada, fluida, cuerpo sutilísimo en el que no se refleja más que la simetría bondadosa y la inteligencia abstracta de la muerte neutra y objetiva.

Entregándose a la impiedad de la copia, al ascetismo estético de la imagen donde lo visible ya no tiene poder de verdad (las fotografías premiadas en los grandes concursos internacionales: el preso iraquí con la cabeza cubierta, como en vísperas del ahorcamiento, con el hijo entre los brazos; la niña destrozada de Basora; el hospital destrozado de Bagdad que más parece un matadero abandonado), el mundo occidental retrata al moribundo, esboza el perfil de la muerte, rinde culto estético a la violencia vuelta abstracta: y es así como él mismo se retrata, a través de esta ofensa a la misma “dignidad humana” de la que dice ser la encarnación absoluta.

Las precauciones simbólicas que preservaban a la muerte han sido eliminadas; en cierto modo, la ausencia de imágenes en esta guerra, pese a los votos del ideólogo norteamericano, y su sublimación estética, siempre “a posteriori”, en fotografías premiadas por las agencias internacionales de prensa, cumple la misma función que las medidas con que los primitivos ritualizaban la pérdida de los miembros de su comunidad. Allí significaban la dramatización ceremonial, el respeto al miedo y la angustia, el conjuro ante las fuerzas que destruyen la vida, un acto de exorcismo en definitiva. Aquí, para nosotros, todo esto sigue latente, pero el significado es el de la elusión, la elipsis del mal que en su lugar nos deja la contemplación puramente estética; elipsis de lo insoportable en la representación que es exactamente ocultación del sentido por la visibilidad. Ironía moderna, cinismo trivial, hipocresía bien calculada como actitudes en el fondo amargas pero desencantadas ante el reconocimiento de lo inhumano.

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En semejante orden de cosas, encontramos a la desaparecida ONU realizando una importante función, juiciosamente degradada a ejercerla, como agencia funeraria internacional: el desenterramiento. A falta de encontrar las famosas “armas de destrucción masiva” en Iraq, o no importa dónde, la nueva labor de la organización será la búsqueda de los cadáveres de todas las devastaciones. La ONU cumple una extraña función, de la que no debemos burlarnos apresuradamente, pues su degradación como institución internacional del consenso a la fuerza sobre los hechos consumados no evita que pueda ejercerla con verdadera vocación de sirvienta rezongona: su función imprescindible de desenterradora de los horrores que ella misma no quiso encarar en su momento. Organizar falsas elecciones democráticas y desenterrar fosas comunes: extraña ambivalencia la de esta ONU.

Así, por ejemplo, en Iraq: la nueva labor perentoria de la organización será la búsqueda de los cadáveres de todas las devastaciones, guerras y matanzas del mundo (y alguien que ya no puede responder de nada habrá sobrevivido en silencio a través del pacto con la conciencia descubridora y desenmascaradora: imposible moralizar una situación semejante de contrato de sicarios, de los que Pinochet, Milosévic o Sadam son sólo muestras perturbadoramente bienquistas en el fondo del poder mundial).

La ONU levantará acta de la “catástrofe humanitaria”. No puede hacer más: albacea testamentario del desorden múltiple del mundo, sabiamente administrado, astutamente descubierto en los momentos oportunos. Crítica intempestiva, a veces, del humanismo a su propio proyecto, pero carente de repercusiones sobre la conciencia de la época envanecida. Así ahora en el Congo, en Iraq: los buenos motivos, las buenas causas siempre llegan demasiado tarde al lugar de los hechos convertido a posteriori en escena del crimen. Mientras el crimen se desarrollaba al abrigo de todas las complicidades, la ONU estaba interesada en otros asuntos; después de realizado, la ONU reaparecerá beatíficamente, con todo el candor de la buena fe para levantar acta objetiva de los desastres consentidos. Casi siempre, los efectos de la omisión deliberada son cadáveres irreconocibles.

No hace falta ir tan lejos: en España, los residuos de la guerra civil comienzan a emerger a la superficie en forma de fosas comunes donde las represiones arrojaron sus detritus políticos. ¿Qué ocurre cuando la memoria sólo puede reconocerse en la pura desnudez de los cadáveres largo tiempo yacentes bajo tierra? Entonces la memoria pierde toda dimensión simbólica: los restos calcificados de la historia significan exactamente la descalcificación avanzada de la historia que nosotros padecemos.

El “tema histórico” se cadaveriza en todas partes; ya no es el espíritu ascendente hegeliano, engreído hacedor de una historia puramente humana, sino el resto perpetuo de lo humano devuelto a la tierra primigenia y desenterrado como portaestandarte de un tiempo desaparecido entretanto. El que se trata de una nueva modalidad de conciencia epocal, lo demuestra el hecho de que todos los países europeos se encuentran en la misma situación de desamparo frente a su historia; un desamparo que puede adoptar todos los ademanes, moralizantes, luctuosos o desenfadadamente cínicos.

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A partir de la “guerra de Iraq”, el análisis de los procesos de simulación entra en una nueva fase, quizás se nos injieren en la fase donde el propio concepto de simulación queda superado por los procesos “reales” mismos. Eso está por ver a partir de ahora. Las comillas puestas a la expresión “principio de realidad” sirven algo más que para ironizar la situación: las comillas son una forma demasiado débil y elitista de argumentación, una forma elíptica que ya hace imposible tomarse en serio lo que ocurre. Pero todavía hay que tener fuerza para afrontar lo más desesperado de lo banal. No estamos a las alturas del sarcasmo inmanente a lo que ocurre, pero esta inmanencia mordaz del sarcasmo es lo que hoy hace al mundo ser lo que es.

De ninguna manera resulta posible para nosotros intentar explicar (pero esto de “explicar” ya no significa nada: es una coartada para la impostura del saber inútil), el “suicidio” de David Kelly, el rescate de la soldado Jennifer Lynch, los 54 cuerpos desaparecidos de los “resistentes” muertos por las tropas estadounidenses y los procesos estratégicos ocultos, nunca explicitados, de esta “campaña” militar-policial a la que ni siquiera podemos calificar de “neocolonial” o “neoimperialista” sin incurrir en serio anacronismo. Se necesitaría todo un análisis previo del vocabulario heredado para empezar siquiera a entender algo de lo que ocurre. Esto nos indica ya que el lenguaje se halla desvalido para la comprensión mínima de la historia a la que estamos condenados.

En realidad, ninguno de esos sucesos supera la prueba del pavo de plástico con que aparecía Bush en la bandeja el Día de Acción de Gracias el pasado 27 de noviembre. Todo esos sucesos e imágenes, y muchos más, son al pavo de verdad lo que el pavo de plástico: todo está igualmente afectado de una mistificación que ya supera también ampliamente la mitomanía de toda una cultura enfangada en su propia nulidad.

Del mismo modo que el fin decisivo del capital es actualmente valorizarse como dinero que no existe (y la corrupción de los grandes grupos industriales o financieros es indicio de un paso a la clandestinidad generalizado de las oligarquías económicas: ahora por ejemplo Parmalat en Italia, hace unos años el Crédit Lyonais francés o nuestro inenarrable “caso Banesto”, junto con todas las quiebras fraudulentas); o la principal tarea de los intelectuales y artistas es la dedicación obsesiva a valorizar las formas y las ideas de un mundo que ya no es el nuestro, el trabajo, tan impotente como despiadado, de nuestros hombres de poder, es valorizar las figuras alegóricas disminuidas de un poder que imaginan tener, cuando en realidad son ellos los poseídos por las figuras eclípticas de su ausencia.

Para una mentalidad obtusa acostumbrada a los efectos especiales en el cine, a los trucajes de la televisión, y en general al trampantojo de la imagen vacía, el golpe de efecto de la perfectamente falsa “captura de Saddam Husein” no puede ser sino uno más de los muchos efectos de este guión psicodramático en que se ha convertido todo el asunto de Iraq: un “trágala” más que echar como carnaza a un público al que en el fondo se desprecia soberanamente desde todas las instancias del poder.

Pero a medida que estos efectos se multiplican, los que creen llevar la iniciativa se engañan con un mayor enceguecimiento y a la larga son ellos los únicos en quedar envueltos en las espesas neblinas tóxicas que desprenden sus fábricas de mentiras, estos nuevos molinos de viento de la era del contrahecho generalizado. Por otra parte, hace mucho tiempo que la gente sabe cómo vivir con todas estas mentiras, que imaginamos anodinas y, oficialmente, todo el mundo se hace su propia “composición de lugar” en este impúdico menú interminable del trampantojo sin conciencia lúcida de sí mismo.

Si durante meses todo fueron “malas noticias” de un frente bélico que jamás existió y de una “posguerra” que tampoco tuvo la posibilidad de existir, pues lo único que ha habido es un dispositivo represivo sin más al estilo israelí, con las imágenes de esta noticia todo parece nuevamente encarrilarse por el buen camino: el de la hipersimulación incondicional. Iba a ser difícil librarse de este regalo de Navidad con que nuestros hombres de poder nos pensaban obsequiar a su debido tiempo, con el propósito quizás de que los ánimos, un poco deprimidos por las numerosas bajas de los atentados, recuperen un aliento que los aleje de todas esas celebraciones luctuosas, en las que exhiben una notable autoestimulación casi erótica los poderosos y sus portavoces: pues ya se sabe que para todo poder siempre es provechoso enterrar con honores patrióticos a “nuestros caídos”, a los que todo el mundo considera heroicos, eso es una tarea memorable, incluso si los caídos cumplían funciones policiales bastante abyectas o eran, peor aún, simples figurantes o figurines de un decorado.

Pero en un mundo donde los policías son héroes, poco más se puede esperar que convertirlos también en mártires. En ese mismo mundo donde todos los gobiernos atemorizados por el terrorismo con que se asustan a sí mismos y a sus poblaciones patologizadas acuden a pedir ayuda a los servicios de inteligencia israelíes o a formar escuelas de torturadores y asesinos a sueldo, pues sin duda el personal israelí es el que menos escrúpulos manifiesta, son los mejor entrenados para estas tareas ominosas: su superioridad moral implícita y su odio al árabe les facilita su trabajo. Realizan a la luz del día nuestro propio inconsciente (inconsciente de sí mismo).

Todo esto suena francamente achacoso, pero es que desde los grandes atentados del 11 de septiembre todo el sistema y todo Occidente han entrado en una fase retrógrada sin salida, salvo a través de estos saltos al vacío que empiezan a ser los verdaderos sucesos de época. En todo esto hay quizás un único propósito: construir la fortaleza para que el mundo destinado a la reproducción del consumo y el bienestar pueda gozar un poco más de su nulidad satisfecha. De cualquier manera, como todos los golpes de efecto de la simulación contemporánea, este regalo caído del cielo con la captura en Iraq del “supermalvado”, también acabará por convertirse en un regalo envenenado, que el poder tendrá que volver a manipular una y otra vez para hacer inocuo.

Con lo que necesariamente se entra en un ciclo vertiginoso donde el poder mundial tendrá que inventarse a sí mismo como instancia de manipulación absoluta, pero sólo dominará en la imagen, en la esfera aplanada del tiempo reducido de las pantallas, en la secuenciación operativa de los efectos perversos de los golpes de efecto. Todo este mundo occidental va tomando el aspecto del monólogo de un mitómano consigo mismo: ya no es tan sólo que la vida en general parezca el relato contado por un idiota, ahora además los idiotas son los protagonistas de la propia historia narrada a su vez por otros idiotas que se dirigen a su vez a otros idiotas… Los signos de trastorno programado que se perciben ya en todas partes tienen mucho que ver con este encierro paranoico de la vida en los límites de su propia futilidad mistificadora.

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Si la hipótesis del “no acontecimiento” de la guerra de Iraq (Baudrillard, “La máscara de la guerra”) se pudo enunciar días antes del comienzo de las “operaciones”, casi un año después todo queda verificado en el mismo sentido. El “no-acontecimiento” como acontecimiento, el estatuto bastardo del acontecimiento que no lo es, constituye la condición a partir de la cual intentar comprender mínimamente algo del embrollo actual. Lo primero será verificar la hipótesis también respecto de los agentes. ¿Cómo afecta un “no acontecimiento” a los sujetos que creen protagonizarlo? ¿Se comportarán de la misma manera que en el desarrollo de un “verdadero” acontecimiento?

Todo lleva a pensar que, paradójicamente, nos encontramos atrapados en una doble situación: una programación absoluta del acontecimiento invertido, pero a la vez una absoluta incertidumbre sobre su sentido, su desarrollo, sus causalidades y consecuencias. Lo único verdaderamente “real” del acontecimiento fallido consiste en esta exclusiva programación. Sólo ella parece del orden de lo real, pero nuevamente nos encontramos con la misma paradoja: lo real de la anticipación está totalmente condicionado por la virtualidad del horizonte. Todo esto es como una película que pudiéramos ver desde el final hasta el principio. No se trata aquí de la incertidumbre que provoca la inseguridad dadas unas condiciones iniciales donde verdaderamente algo se pondría en juego, algo se arriesgaría en un cara a cara. No se trata de la fatalidad, de la decisión, ni de un juego vehemente de astucias que intentaran engañarse (no queda en este mundo suficiente inteligencia para nada parecido).

El sistema no pone en juego realmente nada, porque no puede jugar a intercambiarse contra sí mismo. Ese es el riesgo auténtico en el que evita caer una y otra vez, evadiéndose de él en cada jugada ficticia. Pero la irrupción del 11 de septiembre cambia la apuesta y sus dimensiones: por primera vez lanza al sistema a un juego en el que, para triunfar definitivamente, el sistema se ve obligado a un intercambio inesperado que teme, abocándolo a un pánico del que la aparente normalidad no es sino un doble irrisorio de angustia contenida: el intercambio contra sí mismo.

Basta observar a los sujetos “responsables” del proceso: políticos a los que esta guerra ha costado hasta las últimas reservas de credibilidad; medios de comunicación que ya no saben qué hacer con los sucesos, impotentes para dar sentido; opinión pública ultrajada, burlada; intelectuales encerrados en su penoso museo de ideas trucadas por obstinación en sus rituales de higiene mental. Todos parecen embarcados en la inseguridad total de la que dicen protegernos con sus cuidados, informaciones y reflexiones. Vemos cómo se apodera de todos ellos una especie de automatismo mental alucinado, que con todas sus patéticas inverosimilitudes, nos arroja a otro automatismo general, el de todos los procesos “auto” que conmutan al vacío encerrados en sí mismos. Hasta la guerra se ha convertido en una actividad extraña, irreconocible, sin duda debido a todos los aspectos hiperracionales que la envuelven en una atmósfera enrarecida que nos oculta cualquier percepción clara de lo que es actualmente.

Si tuviéramos mayor perspicacia, percibiríamos la misma conversión en la totalidad de nuestras tareas y actividades, incluso las más cotidianas y triviales. Como decía Cioran de esta sociedad occidental, para vivir en ella se necesitan un grado increíble de embotamiento e insensibilidad que agotaría las reservas de cinismo de cualquiera, por muy avezado que fuera en la práctica de estas actitudes (y los intelectuales son los que más saben de todo esto, tanto o más que los “hombres de estado”). En efecto, el embotamiento es la categoría dominante, un embotamiento finalmente querido y cultivado como virtud. Un embotamiento que hace todo contacto con la realidad un suceso poco probable. A esta abstinencia por saturación del filtro contribuye no poco el hecho de que la realidad nos llega en muy gran medida por una vía poco favorable para entrar en verdadera relación con ella: la información.

Todo lo que sabemos por ella constituye un “saber” que en nada se parece a la realidad a la que remite de buena voluntad el principio de información. Todo proceso, especialmente los protagonizados por el poder, han quedado atrapados por esta pérdida de contacto con la realidad que impone la información muy a pesar suyo. A mayor exposición al filtrado de la información, el propio poder acaba por desnaturalizarse, sobre todo cuando utiliza con descarado desenfado los artilugios mediáticos a favor de sus precarias estrategias. En el actual “no-acontecimiento”, todo esto se ve con claridad inhabitual, porque todavía tendrá que prolongarse, pues lo que no ha empezado, no puede acabar, es un proceso infinito, abierto a todas las posibilidades combinatorias de un universo vuelto aleatorio.

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En Iraq, durante todo este periodo congelado de vagas especulaciones, nada tenía la fuerza de la conmoción, ni siquiera la reflexión sobre el significado de la ocupación militar en las condiciones en que se produjo tuvo la oportunidad de descubrir su propia estupidez. Sospechábamos allá, en aquellas lejanas tierras, una realidad poco digerible, pero ni los peores maquillajes de los hechos pudieron hacer despertar nuestros escrúpulos. La información, poco precisa, la ausencia de auténticos reporteros sobre el terreno, la prohibición de los testimonios directos, en fin, la suspensión de la libertad de información, tampoco sorprendió a nadie. Eran “tiempos de guerra”, según se nos hizo creer.

Por lo demás, Guantánamo era anecdótico, nadie hubiese aceptado que lo anecdótico ocultase la categoría y el principio rector que dictaría el sentido de los acontecimientos. Los bombardeos sobre civiles con bombas de racimo formaban parte del decorado de la “guerra”, que había que hacer creíble por todos los medios, y los de masas, colaboraron, dentro de sus limitaciones, a la verosimilitud. La represión que le siguió, también era imprescindible. Eso podía y debía aceptarse sin más.

Toda guerra refleja un estado de civilización; la crueldad puede asumir los rostros apropiados a la época. El mal, incluso banalizado, y nosotros sabemos algo de eso, también expresa lo que una civilización es en su totalidad. No miremos por el lado, siempre engañoso, de los valores bienquistos de la época. Acumulemos tópicos: Roma fue las grandes vías de comunicación, el derecho abstracto y la organización política centralizada, pero también el agradable espectáculo de los gladiadores en el Coliseo; la Edad Media tuvo sus catedrales, pero también gozó con el exterminio a sangre y fuego de las herejías, como la de los cátaros; la época contemporánea se abre con la libertad, la igualdad y la fraternidad, entidades aparentemente asépticas y abstractas, pero también tuvo sus guillotinas para realizar concretamente esas abstracciones. El siglo XX, heredero convulso de esa misma época, permitió el despliegue del bienestar técnico de masas… al precio de dos guerras mundiales, hiperracionales en sus aspectos tecnológicos, en las que el sistema del capital internacional engrasó su maquinaria y eliminó los últimos obstáculos a su total imposición como “sociedad civilizada”.

Todo esto, en fin, forma parte de lo sabido hasta el hastío. Ahora bien, nosotros ya no vamos a innovar en los procedimientos de la aniquilación, porque nuestro mal estará hecho a medida de lo que somos. Por eso en Iraq, en esta última campaña del mundo occidental en las fronteras del antiguo Imperio romano, el mal presentará rostros con los que podremos reconocernos porque son los nuestros. Que actualmente los prisioneros de una guerra, que en realidad son “no personas” orwellianas, tengan por único destino ser fotografiados por cámaras digitales mientras se les somete a sevicias pornográficas (y su imagen además sea difundida por Internet), eso, desde luego, expresa sin lugar a equívocos lo que hoy es este Occidente: un “gran hermano” cuyas prácticas perversas sólo pueden otorgarle un “plus” de narcisimo psicótico. Es lo bueno que tiene el ser frívolo y superficial: todo te está permitido. Ya que los otros no pueden amarnos, aunque nos imiten, pues por lo menos vamos a humillarlos un poco: además eran “extras” de la guerra, eso formaba parte del contrato de sicarios.

Una cultura que en su conjunto no es más que una mezcla de pornografía, pseudoviolencia, actividades alternativas, banalidad y diversión en sesión continua no podía ofrecer otro espectáculo, porque de eso se trata quizás en estas fotografías, de puro espectáculo, de medio sin mensaje, de forma sin contenido, de envase y marca de la civilización que dejó de serlo, pero ya no recuerda cuando ocurrió la transformación sicotrópica. Hasta en las acciones de crueldad Occidente chorrea su vacío, hasta en sus ratos ociosos de malos modos se comporta como un turista vulgar, hasta en su abyección autocomplaciente sólo puede reproducir un espectáculo para mirones en avanzado estado de complicidad con la lógica profunda del sistema.

¿Cómo escandalizarse si en todas partes sucede ya lo mismo? ¿Cómo recriminarles algo a los patéticos norteamericanos si la podredumbre hace tiempo que nos salpicó a todos, desde lo más alto a lo más bajo de la escala de espectadores? Cuando se hace difícil distinguir entre un “problema de imagen” o un “crimen de guerra”, como ha sido el caso de estas fotografías (y aquí viene a ser perfectamente cierto que toda imagen lleva a cabo un sobreseimiento de la realidad que muestra), el mal ya se ha instalado entre nosotros como un huésped incómodo pero que sabe que puede contar con nuestra vacilación.

Y lo peor es que ahora, con las fotografías de las vejaciones a los presos iraquíes, siempre demasiado tarde, todas nuestras circunspecciones de escrupulosidad están listas para desbordarse y, protestando de su virtud, mostrarán su desconfianza sobre la bondad de nuestras intenciones más queridas. Por supuesto, hemos aceptado que entre nosotros también hay malvados y pervertidos, lo que ya es un ejercicio de autodisciplina y consideración admirables: pero esos pobres diablos serán sin duda “castigados” (ya sabemos, por otra parte, cómo). No podemos dejarnos avasallar por nuestro propio mal, incluso si éste presenta un rostro banal: seremos ejemplares, ya hemos demostrado en todo lo demás que somos ejemplares, el modelo es digno de seguirse.

Como mucho, admitiremos, como buenos demócratas autocompasivos pero puros, que la culpa de todo la tiene una camarilla oscura e infame de personajes medio “fascistas”: la democracia, ontológicamente buena, bendecida desde no se sabe dónde por una bondad intrínseca, no puede ser sujeto de ninguna imputación de mal. Pero existe algo como el mal por impostura, el mal como debilidad, el mal como indiferencia de toda distinción. Desregulación moral que sigue lógicamente a la de los mercados, si es que no la había precedido.

Lo peor de esas fotografías no es lo que son por ellas mismas sino lo que dan a entender, el “no dicho” de un sistema en su conjunto: el enemigo, no reconocido siquiera en tal estatuto, se convierte en espectáculo de irrisión (se hacían las fotos para divertirse, confiesan trémulamente los implicados de último rango). Con la humillación convertida en reclamo publicitario, la arrogancia occidental se vuelve “voyeurista”, se contempla a sí misma con todo desparpajo. “Snuff movie” con carnaza real. Es eso lo que hay que leer en las fotografías. Y si las fotografías pueden ser verdaderas o falsas, eso poco importa: lo que es verdadero en ellas es lo que delatan, y lo que delatan es algo así como una caricatura chusca y chulesca de todo Occidente (caricatura que se limita a exagerar rasgos ya existentes, que en todas partes nos retratan).

Si todo es hoy un “montaje” (categoría que describe todo el espacio profano de la figuración colectiva), es porque precisamente el conjunto demacrado de lo real sólo puede llegar a nosotros como tal: ahí la complicidad del poder, los medios y las masas muestra el cortocircuito o colusión moral de Occidente. A los clientes, es una reconocida práctica comercial, sólo se les puede tratar como imbéciles potenciales, con todo el desprecio que se merecen. Y hoy todos somos clientes y nada más: las reacciones “morales” entran dentro de lo previsible, porque derivan del mero consumo de signos a los que se encadenan los tópicos que los enjuician. Lo más que podemos solicitar es que nos devuelvan nuestra inversión de confianza malversada en nuevos fondos de liquidez de credulidad y credibilidad renovadas. La democracia es como un banco en perpetua amenaza de quiebra fraudulenta: se nos certifica que nuestros activos siguen disponibles y que algún día se nos reembolsarán, cuando todos sospechamos hace mucho que el banquero se fugó con ellos.

Cuando nuestro propio mal es pretexto para este ejercicio hipócrita de una virtud escarnecida, entonces veréis quiénes somos verdaderamente. En fin, que las fotografías grotescas de las sevicias infligidas a los detenidos iraquíes, repentinamente, nos hacen descubrir los peligros de la virtud democrática, como todo el mundo sabe, siempre amenazada o debilitada por la inconmovible presencia de un mal, del que en todo caso no podríamos ser responsables. Ciertamente, es cosa sabida hasta la náusea, lo hemos transgredido todo, pero todavía nos quedaba algo por pisotear y a ello nos apresuramos: teníamos todavía que burlarnos zumbonamente de nuestros elevadísimos principios y valores incomparables. Los lamentos, que ya forman parte de las formas cínicas de conciencia al portador, nos vienen demasiado anchos.

Hay que demostrar todavía que podemos practicar la impunidad como tal, probando que podemos ser tan malvados como el que más. En otros muchos campos de nuestra frenética actividad mundana, hemos demostrado ya que podemos caer lo suficientemente bajo como para fundar incluso toda una “civilización”. Pero en el fondo, queremos que nuestro demonio siga con nosotros, le suplicamos que no nos abandone. Todo Occidente sueña, quizás nostálgicamente, con ser lo que fue: brutal, sádico, ofensivo, astuto, imperial, dominante. Es un objetivo elevado y ambicioso, poco importa lo menguadas que estén las reservas de una voluntad errática, que pese a todo ha logrado triunfar con su proyecto, aunque en un sentido inesperado.

Cansados hasta el más perfecto tedio de la medida y el buen sentido, queremos volver a la desmesura, para satisfacer unos apetitos marchitados. Oportunidades no nos van a faltar, puede que las tengamos que crear nosotros mismos. De todos modos ya coreamos en secreto las desmesuras de los otros y podemos blanquear cualquier brutalidad, con tal que sea efectivamente la nuestra, pero distamos mucho de reconocerlo. Eso siempre consuela. Pero a lo que vamos a tener derecho es a esta penosa pornografía de aficionado. Nadie dijo que la guerra no pudiera acabar por convertirse en un acto turístico donde se practicara el cine o la fotografía caseros. Si ya se ha convertido en un mercado de rápido beneficio para los cuerpos de seguridad privados, no hay que sorprenderse del resto.

El imperativo de Occidente es volver a ser lo que fue cuando ya no puede serlo: vamos por fin a desafiar nuestra propia descomposición para demostrarle al mundo quién manda todavía en un planeta desquiciado, producto de nuestros esfuerzos de devastación. Si la historia se desliza irremisiblemente hacia abajo, en remolinos cada vez más vertiginosos, probemos a remontar el curso de la corriente.

El 11 de septiembre levantó el interdicto sobre el “todo está permitido”. Fue nuestra noche de Walpurgis, nuestra “noche de los cristales rotos”, nuestra alucinada aclamación colectiva del emperador cuya mano señalaba el vacío con el pulgar extendido hacia abajo. Da igual, por otra parte, que algunos de los fámulos de la “Domus aurea” de Domiciano “imperatore” sean rápidamente sustituidos por otros aún más necios: virtud de los clones del poder. Fue, sobre todo, nuestra liberación karamasoviana para matar al Padre, en este caso el padre era nuestra propia constitución democrática, o lo que de ella se sostenía, desusada, entre las ruinas de las virtudes públicas ya mancilladas por sus mismos delegados (esas putas histéricas). De golpe, la democracia se encuentra atrapada en sus propias ilusiones, suponiendo que le queden algunas. ¿Cómo ser benéficos y “humanos” cuando nuestro orgullo está herido? Pero la democracia, como régimen moralizante que es, vive a expensas de su mala conciencia desde entonces. Por otra parte, no hay ningún orgullo que herir.

Sin duda que para un demócrata “convencido”, lo mismo que para un nihilista la voluntad de nada, lo que viene a ser lo mismo, más vale una mala conciencia que ninguna, pero aun así no está claro que la mala conciencia nos redima de lo peor de nosotros mismos. Lo contrario parece cada vez más cierto. Nadie ignora que cuando Macbeth comete su primer crimen, se obliga a sí mismo a perseverar en el crimen. Nadie ignora tampoco que la suspensión transitoria del derecho se convertirá en suspensión permanente y, consolidada la nueva situación, la supresión será definitiva. En ello trabajamos ciegamente desde hace casi tres años. ¿Quién había dicho que la superestructura no iba a desregularse una vez desregulada la infraestructura? Lo que realmente se mundializa es la policía, al tiempo que lo que la policía está ahí para proteger: la circulación de valores mercantiles, financieros o humanos. Pero da igual, viene a ser lo mismo: hoy los valores universales, es decir, las pautas de la circulación aleatoria en un mundo convertido en pura fluxión de equivalentes, sólo pueden sobrevivir bajo un efectivo régimen policial, que es poco más que una policía discrecional de tráfico.

En los ya cerca de tres años transcurridos desde el 11 de septiembre del 2001, una fecha que va tomando un valor epocal impensado para aquellos cuya profesión es administrar la seriedad banal de los hechos, uno no puede evitar someterse a las inconveniencias molestas de una sugestión creciente: el convencimiento, entre fascinado y melancólico, de que todo este mundo occidental vive de hecho bajo libertad condicional. En cierto sentido, al volverse criminal, este mundo occidental vive también en el remordimiento. Pero no seamos tan optimistas: apenas si nos quedan reservas morales con que enfrentar esta disgregación. La descabellada fusión de moral y poder que es la democracia acaba con cualquier oportunidad para pensar fuera de este recinto carcelario asfixiante.

Vuelto explícitamente criminal, haciendo demostración y alarde de ilegalidad consumada, protegiéndose de lo peor con lo peor de sí mismo, el mundo “libre” vigila su libertad y se toma a sí mismo en su conjunto como rehén y secuestrador, como víctima y verdugo, como ley y trasgresión. Imagina enemigos a la vista y construye un precario “nosotros” paranoico y visceralmente excluyente en el que, una vez más, funciona un inconsciente deseo de desaparición colectiva. Todavía expiamos en los otros la angustia indecible de no poder reconocernos en lo que somos. Es muy complicado que la nada llegue a la autoconciencia.

Enero 2003-junio 2004

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