CUADERNOS DE TRABAJO DIETARIO DE UNA NEUROSIS POLÍTICA (2016-2018)

DIETARIO DE UNA NEUROSIS POLÍTICA: MIRADA A UNA ESPAÑA TERMINAL (2016-2018)

“Los vicios vienen como pasajeros,

nos visitan como huéspedes

y se quedan como amos” 

Confucio

1

“Pasiones privadas”. Schopenhauer hubiera expresado la moraleja de la pasión como inspiradora de lo mejor y lo peor en el hombre con esta sentencia: “La vida es un negocio que no cubre los gastos”A lo que Nietzsche replica, exactamente en el sentido que atribuimos a las formas artísticas, que para muchos son tan sólo artríticas de la mente y del corazón: “Sólo como fenómeno estético la vida está justificada”El café y el buen brandy después de la comida dicen lo mismo, pero en el plano prosaico de lo finito, de lo pasajero y de lo temporal. El esteta kierkegardiano del momento frente a la metafísica del artista nietzscheano de la transfiguración de la vida.

Lo mejor del amor es que acaba, da igual que sea para bien o para mal. Pero eso sólo lo pueden decir los hombres que se acercan a la cincuentena, más o menos. Si Werther hubiera esperado, Lotte apenas habría sido nada más que el rostro neblinoso que acompañaría sus noches invernales cumplidos los cuarenta en celibato beatífico, o apenas una palabra suspirada entre los sordos sollozos del orgasmo conyugal más anodino.

2

“La mujer es un animal auricular”. La mujer ama escuchar y que la escuchen. Toda la gran literatura que gira en la cultura europea sobre el amor se relaciona directamente con esta oscura verdad: la cortesía, la galantería, la coquetería tienen este origen y nacieron a la vez como etiqueta social y como discurso amoroso.

En la vida real, incluso hoy en día, una mujer inteligente, e incluso una que no lo sea tanto, detectan en los hombres el interés relativo que pueden despertar en ellas según la forma que tienen éstos de dirigirse a ellas, entonar la voz, hacer las menores inflexiones. En este sentido, los hombres somos auricularmente trasparentes para ellas. Nuestro fenómeno auditivo se convierta para ellas en nuestra esencia descubierta de par en par. Aprovechar esta “debilidad” femenina por la voz masculina y por su discurso es algo que los hombres no saben hacer ya, o quizás esto que yo percibo nunca ha sido real, sólo un producto literario más de una mente solitaria.

La insinceridad de muchas relaciones procede de un malentendido, es decir, de un asunto de palabras mal dichas, no dichas o no suficientemente bien dichas.

3

“A cada uno según su esnobismo”. La pedantería sólo lo es efectivamente cuando se muestra con afán de superioridad intelectual y/o social para humillar a alguien y señalarlo como “inferior” y entonces constituye una forma de “esnobismo” muy vituperable.

Pero cuando lo que uno sabe forma parte de su vida y es como la respiración y el aire que lo envuelve, tan sólo es muestra de cortesía y trato educado ofrecerlo a los demás, simplemente porque en ello consiste la cultura personal o la sensibilidad. En España siempre se ha sentido como pedantería lo que en otras sociedades con una civilización más refinada es manifestación de tacto, buen gusto y etiqueta social. Es un tema sobre el que Ortega escribió muy buenas páginas.

4

Saber popular”. La apología del saber popular ya la hacían los humanistas del Renacimiento contra la doctrina eclesiástica de los “Auctores” como las únicas “autoridades” respetables del saber, cuando se dedicaban a editar libros que comentaban refranes y proverbios, como se puede observar en nuestra “Celestina” o en la “Filosofía vulgar” del humanista sevillano Juan de Mal Lara. Es posible encontrar mejor sabiduría y sentido común en gente sencilla que entre eruditos, expertos y otros funcionarios de la inopia. Pero no apologicemos en exceso el valor de lo que sólo es una oportunidad para no exigirse lo que cada uno se debe a sí mismo según sus aspiraciones y su rango espiritual, escondiéndonos detrás de lo General.

5

Cultura mandarinesca” y socialización. Dejemos el “objeto” hegeliano para Félix Duque y compañía, no sea que la plebe se contamine. Dejemos el saber en las manos adecuadas de los especialistas adecuados. La “dificultad” de los textos de Hegel es el mito mejor conservado de esos departamentos universitarios, que a su vez arrojan oscuridad a todo lo que entra en su campo, pues esa es la esencia de la cultura mandarinesca. La dificultad de Hegel se debe fundamentalmente a las dificultades que encontraba el propio Hegel para expresar sus pensamientos en un lenguaje heredado que a él ya no le valía.

La jerga de la tradición escolástica y kantiana de las Universidades alemanes en que se educó y formó le resultaba opresivo y pese a ello no lo desechó sino que siguió utilizando las palabras clave con nuevos sentidos creados por él mismo y refundidos en cada ocasión en los que los utilizaba contextualmente.

Sobre esto puede leerse el libro que recopila las lecciones que en los años 30 pronunció Kojève ante un auditorio pocas veces tan bien dotado. Ahí puede encontrarse una buena guía temática sobre el sentido de las palabras clave del pensamiento hegeliano, explicadas de tal manera que hasta los alumnos del grotesco bachillerato español lo entenderían.

Desconocemos lo que es la opinión pública. Se ve de lejos que nuestra concepción mandarinesca de lo que debe ser el espacio público es la misma que la aquellos otros que controlan los medios de comunicación. No hablemos de nada que pueda resultar peligroso, es la máxima de Gobierno de los Despotismos. Se empieza con los “lenguajes especializados” y se termina en la prohibición por dar un sentido definido a los conceptos políticos, que es lo que realmente les preocupa a los nada confucianos Maestros del Pueblo: que se ponga de relieve toda la impostura política española. La excusa del “tecnicismo” es la de aquellos que siempre consideran que el saber es algo patrimonial y patrimonializable, lo mismo que los cargos del Estado en manos de los partidos.

6

El destino de una civilización se deja leer en su forma de estetizar la vida. La mejor manera de entender un estado histórico de cosas es el recurso a las formas artísticas, por ejemplo, el cine. «La gran belleza» del italiano Paolo Sorrentino. La presentación de la historia del periodista protagonista consiste en una larga secuencia de casi un cuarto de hora en la que entre ruinas romanas un coro canta antiguas obras frente a un público de turistas asiáticos que fotografían a los cantores. La cámara rápidamente cambia de plano entre monumentos romanos y luego nos planta ante una fiesta en que a ritmos tribales «la gente guapa» y famosa de la TV baila en agitación desacompasada en medio del ruido y de una vulgaridad ambiental empapada de alcohol y desinhibición erótica.

Al ver la escena, me vinieron a la mente muchas referencias: «La dolce vita», cierto Peter Greenaway, textos de Baudrillard sobre la sustitución de la realidad vivida por los sistemas de signos evocadores de esa misma realidad perdida. Toda la cultura europea permite leer esta pérdida de sentido, que en las sociedades e individuos apenas si puede reflejarse a través de una conciencia ahistórica y apolítica como expresión de una dimisión colectiva.Donde no existe la voluntad de seguir viviendo, la vida consume su patrimonio simbólico y se aferra a un presente cerrado a todo horizonte nuevo de sentido. Eso es la Europa del total desarraigo y de la amnesia.

Para los españoles con cierta conciencia de la realidad, la liquidación del mito europeísta es la mejor noticia. Pues sabemos que uno de los resortes de nuestra clase dirigente (y dominante, pues ahí está incluida la oligarquía patrimonial hereditaria dueña del capital trasnacionalizado) ha sido confundir modernidad, desarrollo, «democracia» y Europa. Ahora que sabemos que los cuatro Reyes Magos no son los dadivosos y benévolos que imaginamos, hora es ya de desnudarlos para ver qué esconden tras las vestiduras y los mitos infantiles.

7

La esencia de la política es la imaginación, es decir, lo estético ilusorio devenido real: proyectar configuraciones de fuerzas esbozadas en la realidad y darles forma institucional. En la Historia europea se puede rastrear este impulso, primero religioso, luego político: estamos en la conclusión de esa forma de practicar el arte del poder como construcción (¿utópica?), que presupone una etapa de demolición de lo anquilosado. Europa se muere porque no hay material con que construir, pero subsisten escombros culturales que nadie retira de la vista. Tarea que anuncia lasituación prerrevolucionaria que algunos creen ver como horizonte a no más de 20 años. Aquí en España, creemos que Europa es el AVE, las autovías y la seguridad social… y tal vez el Mercedes clase B para todos.

El secreto mejor guardado: Europa morirá una noche de primavera en medio de las alharacas de las aficiones de forofos, “hooligans” y otra gente que se permite unas horas de tribalismo y mal vivir antes de reparar fuerzas para volver al aire acondicionado o la calefacción de las oficinas y pasar largas horas matinales ante pantallas que nos miran devolviéndonos nuestro reflejo de ahogados a la espera de un encantamiento que nos saque de esta“Death by drowning of numbers”.

8

Pragmatismo e ilusionismo político. “Son españoles los que no pueden ser otra cosa.” “En política lo que no es posible es falso.” Las dos citas de Cánovas del Castillo resumen todo el pensamiento derechista español y no va más de esa comprensión. Es interesante destacarlo porque precisamente expone todo aquello que debe ser demolido en la derecha oficial española. Esa concepción del poder político instaurada por Cánovas y la Restauración, institucionalizada por el turnismo, conservacionista de lo caduco, como cauces de promoción de la burguesía más estúpida de toda la Europa civilizada es directamente la responsable de la Guerra Civil.

¿Qué grandeza puede tener una concepción de la política y de su sujeto histórico que no pudo evitar, con sus artes realistas de atender en cada caso a “lo posible”, el peor conflicto civil al que puede estar sometido el destino de una sociedad?

Y la derecha oficial hoy vigente está todavía más ayuna de pensamiento y valores morales genuinos que la de anteriores etapas, de manera que tarde o temprano tendrá que enfrentarse a este vacío que sólo perdura porque la burocracia del partido oficial de esa derecha tiene decenas de miles de cargos públicos en su manos.

9

Nacionalidad e Historia”. La pregunta que yo me hago sobre el siempre enturbiado asunto de la Nacionalidad proviene originalmente del estudio de la literaturas nacionales y del conocimiento de la producción filosófica nacional, cuando ya era estudiante. Procedo de la filología, que fue en el XIX el campo estratégico de lucha para la formación de las identidades nacionales y algo me llega de todo eso. No entro en cuestiones de desarrollo científico técnico ni de las condiciones coyunturales de la Revolución industrial en cada país, junto con sus repercusiones sociales.

No estoy de acuerdo con las respuestas demasiado partidistas, ni en general me he encontrado con respuestas válidas en todos los que se plantean la famosa cuestión sobre el “problema de España”, pongamos de Cadalso a Julián Marías, pasando por Unamuno y Ortega.

La pregunta de origen ya estaba muy mal planteada, porque es inútil debatir sobre “esencias” tratando de acontecimientos y procesos históricos. Suponiendo que la interpretación de los posibles sentidos de la historia española no estuviera errada ya desde que surgió el conflicto entre el liberalismo y el catolicismo, con todas las variantes y avatares de este conflicto durante el siglo XIX, hasta llegar a 1936. Las cosas bien planteadas pueden responderse de manera comparativa con otras sociedades.

Desde luego no vamos a comparar Bulgaria, Rumanía, Grecia o Portugal con España. La escala de la grandeza y la pequeñez la marca América, la creación artística y literaria españolas. Los problemas de la Modernidad, con distintos ritmos y profundidad de aparición, son los mismos en las únicas cinco sociedades nacionales europeas en las que merece la pena detenerse por la grandeza de sus historia política y cultural.

La peculiaridad de España hay que buscarla, de manera parecida a Rusia, pero sin la grandeza de la indagación de los rusos del XIX, en la relación entre las clases dirigentes españolas y el resto de grupos sociales.

Si se entiende la siguiente tesis, se entienden muchas cosas, incluso buena parte del presente inmovilizado: las clases dirigentes españolas no han cumplido ninguna de las funciones que sí han cumplido las demás clases dirigentes europeas: socializar, disciplinar, nacionalizar al resto de grupos, absorberlos bajo sus pautas de civilización, educarlos en sus valores, satisfacer en algunos casos sus necesidades básicas, en una palabra, trasformarlos con fines de dominación a gran escala.

10

El Conservador Revolucionario”. La experiencia histórica, en tanto que “auto-comprensión” de la Historia” por el Sujeto finito, nosotros como grupo humano retenido por un ver y prever este devenir, es lo que te sitúa ante el acontecer.

Lo que sucede en las sociedades humanas no reviste la forma de fenómenos como el vulcanismo, las mareas o los terremotos. Para que éste, el acontecer histórico, no sea concebido como “acontecer” puramente natural, que es la actitud “normal” ante los acontecimientos, al pensarlos al modo de la causalidad natural mecanicista, como por ejemplo sucedía en la interpretación marxista del conflicto entre fuerzas productivas y relaciones de producción, la experiencia histórica es un saber hecho de la observación que correlaciona lo que sucede en mi entorno con una comprensión siempre limitada de los acontecimientos del pasado inmediato que condicionaron aspectos del presente.

La experiencia histórica requiere el esfuerzo de comprensión y superación de las interpretaciones recibidas, sean éstas las que quiera que sean. Contra Hegel, no hay una experiencia histórica absoluta. El perspectivismo nietzscheano procede de ahí, de la crítica frontal al hegelianismo en este aspecto fundamental de la interpretación de la experiencia histórica, así como todo el vitalismo, y llega aquí con Ortega.

La experiencia histórica vuelve siempre problemático el comprenderse a uno mismo y a su presente desde el propio presente aislado. La comprensión histórica esencial es siempre una cuestión de “cultura”, que es el modo como se presenta para nosotros el “mundo”, pues siempre se afronta, se vive y se concibe el acontecer dentro de una “cultura” en el sentido más amplio posible, tanto individual como colectiva.

Antes que Dilthey, Heidegger y Gadamer, fue Nietzsche quien convirtió esta cuestión en el tema de su reflexión en una de las “consideraciones intempestivas” a la que me remito, a fin de que ahí cada uno tenga pasto para su espíritu: “Sobre la utilidad y perjuicios de la Historia para la vida”, uno de los textos más hermosos y profundos que pueden leerse sobre el sentido para nuestra vida de la interpretación de la Historia

No hay experiencia histórica que no lleve necesariamente a la teoría del cambio y a un enfoque historiográfico basado en el estudio de la trasmisión de los contenidos y las formas de la tradición. Toda esta tradición alemana tiene una orientación conservadora y revolucionaria, algo típicamente alemán.

11

Francisco Umbral, mesías y mártir de sí mismo. Umbral pagó muy caro su concentración en la práctica de un estilo que, una vez superado el momento creativo y su inmediata difusión industrial, queda empequeñecido por la enormidad de la época que no quiso o no pudo «ver» más allá de los tópicos de la bohemia dorada. Esa es la impresión general que me produjo la relectura de «La década roja». Demasiada complicidad con cosas y personas abyectas. Hoy sólo su mezcla de erotismo y buen lirismo merece recordarse.

Para un baudelairiano como él, el más puro y sincero de demasiado castiza y cerrada tradición literaria, el sacrificio de la vocación lírica «pro pane lucrando» supuso un trauma que sólo conseguía mitigar la exquisita evocación de sus amores medio vividos medio inventados. Ahí está de cuerpo entero el Umbral que yo admiro, en el que por fin se reconcilian el estilo y el hombre. El resto es pura coacción de la necesidad social, que tantas vocaciones destruye o consume en vano.

Creo que Umbral era consciente de que después de “Mortal y rosa”, tan doloroso en lo personal, debía guardar un largo silencio y quizás si lo hubiera hecho su escritura habría alcanzado alturas y profundidades poco comunes por estos lares tan avulgarados en lo expresivo como en lo ideal. Umbral también es el símbolo de una pérdida irreparable: lo que podría haber sido la sociedad política e intelectual bajo otras condiciones más favorables a la libertad.

La fluidez se exige en el modo de trabajo de manufactura por encargo que él eligió en contra de sus verdaderos dones naturales y aprendidos. Sólo se tiene derecho a la crítica de aquello que mucho se ha admirado y querido. Umbral reunía todas las cualidaded para ser un Rilke español pero se vio obligado a rumiar la rutina de un modo de escribir intrascendente que acabó por depauperarlo espiritual y literariamente.

La influencia de Umbral es una de las cosas que hace al columnismo de la prensa española una especie entre autista y sonámbula debido a que confunde estilización del coloquialismo y el más adocenado pseudolirismo con la opinión. El Umbral columnista será el más popular si se quiere, yo mismo lo admiro incondicionalmente, pero no es el escritor que deja una obra admirable que perdure más allá de su propia generación. Hay que medir a los escritores por lo que podrían ser y no por lo que sus concesiones a la época hace de ellos: traidores a su mejor vocación.Dejando a un lado que el columnismo tiende a abandonar la escena del crimen político tras esa celebrada intrascendencia. Si al menos hubiera vuelto legible la realidad…

En cuanto a que Umbral sea el creador de la prosa lírica de mayor fuste en la literatura española, eso es innegable. Y además cualquiera puede llegar a entender que es la forma más difícil de expresión. Lo que a Umbral le estaba negado no era el dominio de la métrica sino cierto sentido del ritmo, que alcanza en la prosa disimulado entre el impresionismo sensorial ligeramente apuntado, que es su gran dote singular.

Era el maestro de la construcción de esos sintagmas chocantes coordinados por la conjunción «y». Su problema consiste quizás en que a fuerza de «cafetazos» y copitas convierte «su arte» en una manufactura de calzado unisex.

Me permito criticar a Umbral porque es uno de los pocos escritores españoles que me parece estética y moralmente un juicio en el que lo excelente se halla realizado sin tacha. Las notas negativas apuntan a un mejoramiento de obra y autor, nunca a su depreciación o rebajamiento. Querer que un maestro alcance la perfección es homenaje de discípulo, no pesadumbre rencorosa de vano seguidor.

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Herejía e interdicto. Comparar a Proust con Dostoievski roza el menoscabo de la jerarquía natural del orden literario contemporáneo.

Proust es un puro “snob” procedente, como no podía ser de otro modo, de la burguesía financiera de origen judío, ennoblecida por el arte y la literatura a falta de otros títulos para acreditar y legitimar su alta posición social. No veo qué interés pueden tener sus personajes para nadie que no se mueve en ese mundo moralmente vacío y repelente.

Lo que pueda decirse de Dostoievski se resume en una mera observación erudita: Nietzsche copiaba párrafos enteros de sus novelas traducidas al francés en sus cuadernos de trabajo y los comentaba prolijamente. No me lo imagino haciendo lo mismo con Proust, si bien las digresiones de éste son a veces muy profundas, pero ajenas a la narración y a los personajes.

Y no hay comparación entre cualquiera de sus personajes, incluso los más insignificantes, y los de Proust. Hay hombres de verdad en Dostoievski, homúnculos de la decadencia de las clases altas de la “Belle époque” en el Proust parisino.

Proust es la conclusión francesa de un tipo de literatura que convierte en interesante la trivialidad del modo burgués de vivir y pensar. El ruso se mueve en unos estratos de humanidad a los que ha llegado, porque personalmente él los conoció y experimentó todos.

La virtud de profundidad, o por lo menos sutileza, de pensamiento que se atribuye a Proust es cierta y es lo que lo salva. Pero no es una cualidad destacable en alguien que debe inventar la verosimilitud de los estratos más oscuros de la conciencia en relación con el mundo social real que esa conciencia habita. Proust practica una especie de mirada fenomenólogica: todo lo real queda filtrado por un análisis de la conciencia en la vaciedad de su referencia al mundo. El mundo es elidido, suprimido.

Dostoievski analiza cómo el mundo actúa sobre los individuos y cómo éstos adoptan, no una mirada pasiva, una contemplación inocua, sino que los describe en su lucha para dar a luz su propio ser frente al mundo. El ruso está todavía en la línea del idealismo alemán, es decir, es un constructivista de la subjetividad ampliada a esferas espirituales hasta entonces impensadas; el francés es, por adelantado, un deconstructivista de esa misma subjetividad humana en el momento en que inicia su crisis histórica.

La novela, la gran novela murió con Dostoievski. Los cuatro grandes del siglo XX, que son materia de estudios académicos y han tenido una muy desafortunada influencia en la élite literaria occidental, Kafka, Proust, Joyce y Faulkner, ni siquiera resisten la comparación con una página lograda de Joseph Conrad.

Quizás con los años se va comprendiendo que hay una literatura de gran fuerza moral y otra que sólo presenta como en un espejo roto el vaciamiento moral de la cultura europea. Nada de lo que digo menoscaba los valores literarios de estos autores, tan sólo enuncio la idea de que hay un canon literario relativamente objetivo, pues su objetividad se funda en la resistencia al paso del tiempo, que, salvo catástrofe cultural siempre posible, da una pauta a los valores.

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Diferentes tipos de talentos. Los viejos escritores españoles eran de esa clase de usuarios del idioma que más que hablar o escribir con elegancia y temperalmente, usaban la escritura para “producirse” en escena, en el sentido antiguo en que se decía “producir” por “presentar” o traer delante de alguien: “El actor se produjo en escena como mejor pudo, sin demasiada convicción”. No es vicio de ellos, Juan Ramón Jiménez pensaba que era una cualidad connatural al ejercicio del talento literario románico frente al germánico y anglosajón, al menos en lo que respecta a la lírica.

El talento románico tiene por base una tradición humanista hibridada de catolicismo en el sentido de exhibición desmesurada del aparato retórico. La tradición germánica procede de una contrición anticipada ante la pompa del estilo recargado. Una favorece la subjetividad escénica del escritor ante el público, la otra quisiera que el espíritu hablara directamente al espíritu como si no existiera el público.

La universalidad de los ingenios españoles da para mucho. La sublimación a los Cielos de Cervantes no es cosecha española, sino inglesa y alemana: modelo del humorístico narrador irónico a lo Sterne y modelo de romantización de la vida como conflicto entre idealidad noble y realidad vulgar. En España sólo provoca una risa con aires de superioridad. Eso dice mucho del modo de ser español. Allí se ve el espíritu frente al mundo, aquí un pobre tonto recibiendo palos. Allí la risa inteligente, aquí la risa ante la humillación ajena.

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El Duque de Lerma como Protoforma Politica españolaÚltimamente pienso en el Duque de Lerma, ese gran desconocido, como todo un precursor ideal de un cierto estado de cosas, por encarnar en su personalidad y su función históricas la primera ocasión en que cuaja realmente esta modalidad específica de gobierno por la que un grupo social se posesiona del Estado en el momento de su bancarrota hacendística, financiera, naval, comercial y militar, como está sucediendo ahora misma y desde hace varias décadas con esta España regida por segundones, delincuentes confesos y auténticos facinerosos.

Hay una extraordinaria correlación entre lo que sucedió en el régimen de los Habsburgo “españoles” entre 1598 y 1648 y lo que hoy está ocurriendo, incluso el retrato moral del Duque de Lerma que esboza Leopold Von Ranke en “La monarquía española”(1827), me recuerda extrañamente la figura del actual Presidente del Gobierno Mariano Rajoy por muchísimos puntos de contacto.

Es como si en nuestra Historia hubiese claves de continuidad de procesos que jamás han sido correctamente enfocados. La concesión a Lerma del capelo cardenalicio como una forma de inmunidad, frente al encausado y ejecutado Rodrigo de Calderón, cobra entonces sentido: esa Roma sí pagaba bien a sus servidores. Hoy es la Unión Europea, ese inmundo artefacto antihistórico producido por la cobardía alemana de posguerra, la que paga a sus servidores.

Los autores historiográficos españoles, digámoslo claramente, sirven para hacer consultas bibliográficas de carácter administrativo, pero no para entender nada sustancial de la Historia española. Les pagan para que actúen como “policía del pensamiento”, y no sólo ahora, esto viene de lejos, de las insulsas polémicas decimonónicas entre tradicionalistas y liberales sobre “las ciencias en España”.

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Reformemos, que algo quedará”. El “reformismo” llenaría bibliotecas, de hecho, las llena y allí se pudren los reformismos convertidos en bibliografía para tesis doctorales: reformismo de la Restauración canovista (la Alemania unificada tenía a Bismarck, nosotros a Cánovas); reformismo de la dictadura de Primo de Rivera (la Italia “renacida” tenía a Mussolini, nosotros a un general colocado arriba para encubrir las responsabilidades militares de otro infame Borbón); reformismo de la Segunda República; reformismo dentro del régimen franquista en la fase de expansión capitalista; reformismo desde el propio franquismo como medio de transición “pactada” hacia la siempre supuesta y presupuesta “democracia” española.

Pero uno se puede remontar más atrás y siempre encontrará al irredento reformismo español, que a cada generación de herederos le pareció la vía de parecer dignos de la herencia: el reformismo del Conde-duque de Olivares para salvar una “monarquía católica” descompuesta en bancarrotas y humillaciones militares (Francia tenía a Richelieu, nosotros a un beato atolondrado); el reformismo de los ministros de Carlos III, con su “despotismo ilustrado a la francesa”, para modernizar un aparato estatal y un sistema económico atrasados y poco competitivos para un Imperio de la amplitud geográfica del español; el reformismo de los liberales a la española de las Cortes de Cádiz.

Bien mirada, la historia española es el ropavejero de los reformismos fracasados antes de ponerse en marcha. Quizás porque jamás se ha intentado ninguna verdadera ruptura con ninguna de las herencias trasmitidas para hacerlas “productiva” y no limitarse a vivir sólo de sus rentas acumuladas pero menguantes. Para que los hijos puedan gozar de su herencia, los padres han de morir y los hijos han de merecer lo recibido y, sólo entonces, transformar el patrimonio recibido en mejor herencia por su propio ingenio.

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Victimismo hermenéutico. Las reflexiones de carácter determinista (o causal) sobre el pasado, sobre el “ser” de un pueblo histórico, incluso cuando ofrecen visiones sintéticas bien fundadas me parecen una forma de excusar el estado de un presente inasimilable y, por tanto, difícil de comprender. Cada generación que viene a la vida se encuentra, sin duda, con una herencia dada, partiendo de la cual tiene que vivir, a partir de la cual tiene que volver a instalarse en el mundo.

La fuerza de los pueblos se mide, si esto fuera posible, por las ocasiones en que se ha visto obligados a llevar a la realidad este impulso de renovación que potencialmente puede darse en cada cambio generacional. Ahora bien, para cada pueblo sólo hay una oportunidad de grandeza. Luego viene un estado vegetativo (políticamente hablando), que sólo la creatividad cultural puede compensar. Es una verdad histórica que la mayor parte de los pueblos que han desempeñado alguna función de importancia universal siguen un ciclo vital y los pueblos mueren, como mueren los individuos. Los antiguos ya lo sabían, e incluso lo asociaban a las “crisis” de las formas de gobierno (teoría de la “anaciclosis”).

Los españoles de hoy no son una excepción. Los mismos “europeos” occidentales en su conjunto se encuentran en la misma fase del ciclo que nosotros. Incluso diría que los británicos, franceses y alemanes han recorrido las fases del ciclo después que nosotros y son unos recién llegados a un estado de “décadence” fisiológica que nosotros conocemos bien desde finales del XVI. Para quien vegeta, los impulsos nerviosos de una pronta recuperación forman parte de su bagaje espiritual.

La Historia española puede interpretarse como el conjunto de microrreacciones nerviosas de un cataléptico que sueña con el vigor y la fortaleza que en realidad nunca tuvo.

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La política, una cosa demasiado moderna para ser verdad”. “La política” es una actividad muy moderna, que sólo puede darse bajo determinadas condiciones: la separación funcional entre una clase económicamente dominante que opera en la esfera privada y la clase política que se hace cargo de los intereses de aquélla y se ocupa profesionalmente de una actividad que, en principio, se define como gestora de unos intereses públicos, comunes o generales. “La política”, en ese sentido y sólo en este, es el objeto de discusión aquí. Esta política es una racionalización de intereses y una gestión “racional” del conflicto social siempre latente.

Es la política de una comunidad mercantil contractual de individuos atomizados a los que se superpone el Estado como organización mecánica totalizante de los asuntos de esa comunidad mercantil. El verdadero problema surge cuando la política, en este sentido, se construye sobre la represión de todo un vasto campo de intereses que exceden con mucho los puramente “mercantiles”, “sociales”, “jurídicos”, “económicos”, “distributivos”. Estos otros intereses son los verdaderamente “políticos” y se relacionan con la supervivencia de la comunidad en tanto comunidad política.

“La política” como la designamos hoy es la política entendida desde el dominio de unos intereses muy limitados, incluso cuando un Estado inmenso se hace cargo de ellos como administrador omnipresente (Carl Schmitt lo llamaba “Estado cuantitativamente total”, que se identifica con los Estados surgidos a raíz de las consecuencias de la 1ª Guerra Mundial). Lo que hay surge en el horizonte es esa otra dimensión reprimida de la política: la lucha por la supervivencia biológica, cultural y simbólica de la comunidad política. Es fácil entender por qué tiene que entrar en conflicto con una concepción y una práctica de “la política” que ve en la comunidad política una especie de asociación de usuarios de servicios.

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El origen de la clase política española. En España, desde Cánovas por lo menos (en realidad desde las desamortizaciones: alguien tenía que encargarse del nuevo derecho de propiedad adquirido de manera fraudulenta), es cosa bien sabida que los abogados han ocupado los puestos avanzados de las élites políticas españolas en tanto “advocati diaboli” de los intereses privados transvestidos de intereses públicos.

El Régimen del 78 es la apoteosis de esta inflación de leguleyos, los mismos que hicieron esa magna obra del constitucionalismo esperpéntico. El derecho, en el puro sentido de los procedimientos más rutinarios, es la fuente de poder, prestigio e influencia por la que toda una clase subalterna (siempre ligada a los nuevos ricos favorecidos por cada época de desgobierno) se ha abierto las puertas del ascenso social.

Los ejemplares más grises de este vasto conglomerado de grupos coalescentes, unido sólo por el interés de explotar las rentas de un Estado al que manejan a su antojo, son los que desde hace cuarenta años gobiernan y legislan, camuflados en las listas de los partidos como “representantes” electos, embozados de “expertos” en los cargos de confianza de los ministerios, abiertamente vividores, conseguidores y comisionistas en la mayor parte de sus actividades “paralelas”. Vidas, en fin, nada ejemplares, pero que la propaganda del Régimen presenta como las de honrados y abnegados hombres públicos, solícitos del bienestar del “pueblo”, al que dirigen una no menos solícita legislación.

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“Timor Dei, principium sapientiae”. El “pueblo” siempre y en todas partes lo ha sabido. Y Espartaco fue crucificado por no saber suficiente latín y no nacer judío para entender la gran máxima de los Libros Sagrados, de tal modo que, retraducido al castellano contemporáneo diremos: La participación democrática es el comienzo de la sabiduría siempre que sepas elegir a un Señor y servir a un Amo, y aprendas a temerlo”.

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Objeto teórico fascinante. Una sociedad no tiene otras propiedades ontológicas reconocibles que aquéllas que vuelve trasparentes el tipo de Poder que la gobierna y la moviliza. El comunismo produce masa encuadrada en estabulización cuasi-animal; el fascismo, masa encuadrada en movimiento bélico ofensivo; los Estados continentales de Partidos, masas aserviladas de consumidores de “derechos sociales”. La “democracia formal”, ¿qué podría producir como “masa social” si existiera? No lo sabemos y eso me fascina como objeto teórico.

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No hay libertad sin la pasión del orgullo. Pensar que uno mismo es mejor en cuanto ser pensante y ser moral que cualquiera de los individuos que ocupa la escena pública española es condición sin la cual ninguna crítica realista tiene un buen comienzo.“Yo no soy ni quiero ser como ellos” (me refiero a todos los miembros de nuestra clase dirigente) debe ser la máxima de todo hombre honesto, de todo español que no quiera ser cómplice de todos estos renacuajos espirituales.

Uno no llega a ser un verdadero “sujeto político”, en ausencia de libertad política, más que a través de cierta arrogancia (y esto vale para los individuos y los pueblos). Se requiere mucha presunción, mucho orgullo herido, mucho amor propio ultrajado para llegar a las evidencias que deben conducir el pensamiento y la acción.

Quienes hablan de ciudadanía, de sociedad civil no acaban de entender que el trasfondo de nuestro malestar es de orden moral: cuando un número suficiente de españoles se proponga como gran meta no aceptar jamás que tipos encanallados, tipos vulgares, tipos hipócritas, tipos cobardes, tipos arribistas ocupen posiciones de poder, riqueza e influencia, porque ellos, todos ellos sin excepción, están muy por debajo de nosotros, entonces y sólo entonces algo verdaderamente nuevo estará en marcha.

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El relato breve y la maestría. Siempre se olvida un texto menor de Thomas Mann, “Mario y el mago”, una novela corta de finales de los años 20. En los textos pequeños es en donde un escritor se la juega a todo o nada, como ocurría con la elegía póstuma de la bohemia en su versión más aristocrática y asfixiante en “La muerte en Venecia”. Un escritor que puede escribir una novela de mil páginas, pero también un relato de diez o quince y en ambos es maestro de modo diferente, ése resiste la prueba del paso del tiempo.

El Dostoievski menos conocido es el más legible y el que más “placer textual” actualmente es capaz de inspirar. Joyas como “Bobok” o “La sumisa” o “El cocodrilo” o “El sueño de un hombre ridículo” deberían formar parte de las Academias para escritores principiantes. Dan las claves de sus obras mayores en cápsulas estilísticas de un refinamiento y un sarcasmo a la vez conmiserativo y despiadado poco habitual en el ruso.

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La belleza musical. La belleza musical, en parte, se perdió cuando se empezó a olvidar el sentido de la voz humana como lo que realmente es, el más espiritual instrumento musical, algo que todavía, llevado al extremo de la perfección, perdura en las obras de Claudio Monteverdi, por ejemplo, esa belleza inigualable que es “Lamento de la Ninfa”, perteneciente al Libro VIII de los famosos “Madrigales”.

Entré en conocimiento de Monteverdi por una referencia de pasada en una entrevista a Jean Baudrillard, el intelectual francés que más y mejor ha escrito contra lo “políticamente correcto” (de hecho, el primero que lo denunció muy pronto, cuando nadie lo hacía, malquistándose con toda la élite intelectual francesa).

Le preguntaron: “¿Cuáles son algunas de las cosas más bellas de que ha gozado en su vida?”. Y él respondió: “Los madrigales de Monteverdi”. Y eso fue suficiente para que empezara escucharlos, tal era mi admiración de entonces por aquel francés tan mal conocido en España.

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La voz humana y la seducción. Nietzsche: “Nadie sabe lo que puede un cuerpo”. La voz humana es el don del espíritu para espiritualizar al hombre. Pero es lo más físico que existe como cualidad articulatoria y acústica.

En Oriente lo saben bien. En Europa grecolatina y judeo-cristiana, la vista ha sustituido la función preeminente del oído y de la voz, sobre todo a partir de la invención de la imprenta y la privatización de la cultura con la lectura solitaria. Antes de ese momento todo arte, toda comunicación cultural era pública, viva, en presencia, un cara a cara entre la voz personificada y el público, la obra sólo recreada por la omnipresencia de la voz humana. Trovadores, juglares, antiguos aedos, bardos: nombres de una misma función creativa de la voz como dueña del discurso.

Las mujeres más espirituales son las que ven a los hombres a través de su voz.

La fascinación de los hombres de gran poder, el poder carismático genuino, siempre ha estado ligado a su voz. El caso de Hitler es proverbial y por supuesto se oculta siempre con la rutinaria imprecación: ¿cómo un “criminal genocida” pudo tener una voz tan extraordinariamente atractiva e hipnótica, sobre todo en privado? La voz de Hitler ha sido deformada en la propaganda para este fin de desactivarla como fuente de seducción.

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“Las instituciones no hacen a las personas”Este es el juicio tras el que se pertrecha la defensa última del Régimen actual.

Lo que significa entonces que las Constituciones de los Estados no sirven para nada. Bastaría “colocar” a las personas adecuadas con los procedimientos adecuados en los lugares adecuados. Y eso, por supuesto, lo pueden decidir un grupo muy pequeño de personas “adecuadas” que ocupan los lugares adecuados según los procedimientos adecuados. Según esta descripción, basta que en lugar de esas instituciones impersonales, se sitúen (¿pero cómo?) las personas.

Exactamente lo que ocurre en España. Como no hay verdaderas instituciones, y si las hay carecen de toda legitimidad democrática, las personas que las ocupan hacen lo que les viene en gana, pues las instituciones son esas cosas tan extrañas que garantizan que las acciones públicas (gobernar, legislar, aplicar leyes, sentenciar, reprimir el delito, vigilar…) se hagan de una u otra manera desde las instancias de los poderes del Estado.

Según la doctrina inconfesada de la clase política española en su conjunto (ahí no hay diferencias, sólo variaciones semánticas muy vagas), las instituciones son lo que en cada caso decide quien las ocupa. Esa “constitución informal” se llama “Autonomías”.

Por eso el ocupante de la institución, desde esta perspectiva, es más importante que la propia institución que ocupa. El razonamiento es impecable si no fuera completamente corrupto desde la base. Y de razonamientos corruptos vienen instituciones corruptas que a su vez originan personajes públicos corrompidos. Y vuelta a empezar.

Porque la sociedad civil española, al no estar estarle permitido constituir desde sí misma el poder político limitándolo constitucionalmente, sólo puede ratificar la corrupción y la ineficiencia que ya sin apenas veladuras se le presentan como la única forma de gobierno posible, sin ninguna elección posible.

Y luego, seguidamente, con total desparpajo y aires de superioridad, se dice que “los españoles tienen lo que merecen”, que “la sociedad está infantilizada”, que “la gente no sabe lo que vota”, que “no hay lugar en la democracia a las preferencias individuales”… Y todos los déspotas y sus mediáticos proveedores se parten de risa y pagan bien.

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Fariseísmo contemporáneo. Fuera de un orden tradicional, consuetudinario, heredado, de distribución y asignación de funciones y roles, ¿quién determina lo que “está bien”?

Sin darse cuenta, cuando uno refiere lo políticamente correcto a cuestiones esenciales de designación de bien y mal, entra en el meollo de la cuestión.

Lo que se llama “ethos” (moral colectiva que regula lo público y lo privado) en sentido etimológico estricto determina el bien y el mal en una sociedad.

Cuando ese bien y ese mal empiezan a discutirse públicamente a partir de Sócrates con criterios puramente intelectuales, es decir, argumentativos, el “ethos” queda desestabilizado en la vigencia de su espontaneidad y surgen las escuelas “éticas” individualistas (estoicismo y epicureísmo sobre todo por su gran trascendencia histórica). Primera racionalización seguida de la primera individualización de la conciencia moral occidental.

El cristianismo se extiende como religión de salvación individual de todos los hombres que acepten una determinada fe (la fe en un Dios que se ha hecho hombre para salvar a sus fieles). La nueva distinción entre bien y mal queda establecida dogmáticamente por un sistema institucional de creencias cuya guardián es la institución eclesiástica. Segunda racionalización e individualización de la conciencia moral occidental.

Cuando aparecen los Estados modernos y la Reforma protestante, se deja en manos del individuo el criterio sobre el bien y el mal si y sólo si sigue perteneciendo a una confesión religiosa que le impone esos criterios morales de bien y mal, pero que ahora puede elegir dentro de un amplio margen de autonomía en función de la nueva libertad de conciencia religiosa. Tercera racionalización e individualización de la conciencia moral occidental.

Durante un periodo largo, que corresponde al periodo clásico del liberalismo y el parlamentarismo, el Estado se desentiende de la cuestión moral (¿qué está bien y qué está mal?), porque todavía no es una cuestión “política” en sentido schmittiano (el contenido moral no se distribuye ni inmiscuye en la oposición amigo/enemigo, tanto interno como externo).

¿Cuándo se convierte “lo moral” en una cuestión política en sentido siempre schmittiano?

Probablemente con los Juicios de Nüremberg ya se dio el primer paso decisivo de la terrible confusión interesada entre los criterios políticos y morales, que es lo que filosóficamente hablando subyace a la corrección política. Las matanzas de la guerra se convierten en crímenes de unos, ordenados personalmente por unos, pero son “acciones legítimas de guerra y liberación de pueblos” si los cometen otros.

Esta hipocresía fundacional es el sedimento de la mentalidad que permite desenvolverse al espíritu farisaico de lo políticamente correcto. Su crítica ya fue esbozada repetidas veces por Carl Schmiitt en casi todos sus textos de los años 20 y especialmente en“El concepto de lo político”.

Entonces centró la triple crítica en la burguesía, su liberalismo político y la forma anglosajona de confundir moral y política (el Tratado de Versalles, a mi juicio, es el primer documento histórico de lo políticamente correcto, aberración que desencadenó lo que es bien conocido).

Es lógico que la hegemonía mundial de los EEUU haya producido extraordinarias distorsiones en los criterios del bien y el mal, porque la mentalidad americana cree que en lo público deben predominar las mismas categorías morales que en lo privado. Ellos mismos han acabado por enredarse en lo que primero impusieron a otros.

Se olvida con frecuencia que la mentalidad de origen en EEUU es la de un fariseísmo llevado al extremo de la inconsciencia más ciega, como demuestran los personajes de la película “Un Dios salvaje” de Roman Polansky. La reconciliación con la verdad primitiva del ser humano sólo llega con la pequeña Walpurgis del whisky de 12 años consumido con alegría inhibitoria por las dos parejas de exquisitos, activos y cultos ejemplares de la clase media neoyorkina.

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La política y el aburrimiento. Existe poca literatura política sobre el aburrimiento. Y mucha menos sobre el aburrimiento propiamente político. Quiero decir: uno puede preguntarse si es posible pensar el final de algunos regímenes como cansancio colectivo ante el aburrimiento que pueden llegar a inspirar.

Incluso los pueblos más sumisos, las sociedades más oprimidas (hasta las parejas más enamoradas y ardientes) acaban por rebelarse, de mil modos que la historiografía no concibe, no capta y no puede describir con sus torpes fuentes documentales y sus métodos académicos de exposición. Yo no creo que los españoles se vayan a rebelar por aburrimiento. No tengo tan buen concepto de ellos. Pero el aburrimiento hará por ellos lo que ellos no son capaces de hacer con el aburrimiento.

¿Quién sabe si muchas grandes catástrofes históricas, muchos sucesos de relevancia mundial no son fruto del mortal tedio, del fastidio más intenso que una clase dirigente en una época apocada puede llegar a provocar en sus gobernados?

Si esa hipótesis fuera plausible y tuviera algún fundamento en la“psicología histórica de los pueblos”, los españoles, bajo la coyuntura actual y la promesa de prórroga consentida por todos de un Rajoy y un PP al frente de un gobierno que no lo es como pieza maestra de un Régimen que muere un poco más cada día que se escenifica a sí mismo en el impudor de su incapacidad para inspirar “confianza” y “credibilidad”, habrían alcanzado el punto crítico sin percibirlo, tal es la inconsciencia colectiva.

Porque la gente, cuanto más ignorante es, más se aburre y no sabe que se aburre ni puede siquiera decir lo que le aburre. Gracias a Heidegger sabemos que el aburrimiento, que en alemán es designado por una palabra que por sí misma lo expresa de manera referencial trasparente, “Langweile”, “momento largo”, tiempo que se extiende vacío sobre sí mismo desplegando toda su “potencialidad” sin realización, es una categoría ontológica existencial de primera magnitud.

Nosotros padecemos, en su grado sumo y óptimo, este aburrimiento que llamaremos “político” por convención, cuando en realidad es un aburrimiento “civil”, “histórico”, “nacional” incluso, tal vez inspirado remotamente por un deseo cada vez más acuciante “de otra cosa”, de otra vida colectiva sostenida por otros valores, otras instituciones, otras reglas y otros hombres.

Y cuando se nos ofrece lo mismo una y otra vez, cuando percibimos que cada acto, cada palabra, cada cara, cada opinión evocan en nosotros lo ya conocido, ese efecto perverso con que nos anticipamos a todo el “déjà vu” con que nos obsequian gentes obtusas y ruines a las que despreciamos incluso sin reconocerlo abiertamente, entonces sentimos con una intensidad indescriptible ese aburrimiento, que lentamente se va trasformando en fuerza de resistenciaen reserva de voluntad y fortaleza que no se arredra ante ningún pesimismo ni ante el temor a ninguna aventura.

La fuente existencial de las trasformaciones políticas, su motor secreto es el aburrimiento.

Políticos profesionales, opinadores pagados y publicistas de las mentiras que conocen como tales, insinuadores de reformas continuistas, todos ellos y sus camarillas secretas de intereses perecen de aburrimiento y nos arrastran con ellos a un aburrimiento aún mayor.

Quizás el Régimen español actual se está deslegitimando no tanto por sus errores, su corrupción ilimitada, su incompetencia, sus traiciones y cobardías, como más bien por su incapacidad de seguir reproduciéndose sin provocar esa angustiosa impresión de “fin de partida”, “de momento largo” que se sucede en sí mismo, como después de un largo acto de amor (y de odio), cuando los cuerpos yacen en su cerrazón indiferente y en profundo aburrimiento por desocupación de su potencia,- aburrimiento al azar que es a su vez la emoción que postula la áscesis del gran aburrimiento como paso previo a lo que ha de venir: o el pánico final o la catarsis.

Desde luego no la simplificación de las leyes, el “patapúm parriba” rajoyano y el juego en campo embarrado del resto superfluo de los practicantes de los patapunes. El aburrimiento político se agrava en la época de las masas a medida que la exhibición del poder debe ser un espectáculo más o meno trivial.

28

Sobre la risa como categoría políticamente orientativaTal como estamos obligados a vivir como «ciudadanos libres e iguales» bajo las condiciones de este Régimen cuyo “ethos” crea hábitos de conducta y pensamiento francamente mejorables, algunos sólo tenemos como vías de expresión y liberación el humor, la cultura, el ingenio y, sobre todo, la risa, una risa dirigida contra toda esa seriedad impostada que intenta convertir la más vulgar banalidad en «artículo de fe» o, lo que es peor, «opinión política».

En las relaciones personales e incluso íntimas, la risa efectivamente «libera tensiones» entre personas del mismo «rango» o grado de intimidad. Ahora bien, en las relaciones jerárquicas de poder entre gobernante y gobernado, la risa implica una sutil forma de «deslegitimación», cualesquiera que sean las consecuencias. Nadie imagina a Macbeth, Lear o Ricardo III como objetos de irrisión en una comedia. Pero toda nuestra clase política la protagoniza, y en grado desternillante, así que extraigamos las consecuencias sobre dónde nos encontramos…

Elecciones y burbujas necesitan del optimismo en cuanto conmutador de la operación de dominación, porque como el amor entra por la vista y el oído, el Poder entra en nosotros por los afectos de aquiescencia, volubilidad emocional y pérdida del sentido de la realidad. El discurso mediático sobre la «economía» es necesario como terapia de grupo, pues sin la producción del imaginario efecto de la riqueza, el sistema político no puede funcionar a pleno rendimiento. Las vacas sólo dan leche si previamente se han abastecido de jugosa hierba en los prados verdes. Pero se olvida decir que tales prados son en realidad desiertos donde los escarabajos peloteros ejecutan su interesante labor.

Cada Nomenklatura tiene su forma cómica de actuar. La tardosoviética metía a sus despojos disfuncionales en un féretro y les hacía funerales de Estado con la marcha de Chopin como señal de reconocimiento póstumo. La democracia cristiana italiana gustaba de soga y cuerpo bamboleante bajo un puente, hábitos adquiridos por las malas compañías calabresas. En España somos más de enterrar a los miembros del «establecimiento» como a una mascota en el jardín, fingiendo un aire inocente y atolondrado, no sea que pregunten los vecinos por el mal olor.

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Paseo vespertino con la mujer literaria. Hagamos un breve y errático paseo cultural. La literatura es mi verdadero “territorio de la bestia” y no la política, que es para mí un juego mucho más peligroso por lo adictivo y pasional.

Entre caña y caña de cerveza todo está permitido según con quién y cómo. Un amigo y yo, a partir de cierto momento de la post-sobremesa ampliada hasta lo vespertino, cuando los gintonics especiados suavizan el ánimo, pasamos directamente a Sade y “Las ciento veinte jornadas de Sodoma”, para consternación de nuestros cercanos compañeros de mesa, nada complacientes con las “artes” sadianas más expeditivas.

He de decir que las mujeres de las mesas vecinas, o incluso de nuestras propias mesas, aguzan las orejas y la sonrisa se torna rictus, que poco a poco se cambia en mirada de estupor comprensivo y luego en franco interés. A alguna hemos convencido de la necesidad de leer “La filosofía en el tocador” a fin de completar su educación sexual y literaria, y esto es completamente cierto. Yo tengo a gala haber convencido a algunas compañeras de trabajo de las excelencias de la lectura correctamente dirigida del texto sadiano.

Aquella célebre frase de Goethe es ingeniosa, pues Lo Femenino y Lo Alto están asociados muy estrechamente. Para acceder a Lo Alto, hay que pasar por la creencia incondicional en la posibilidad de lo “antinatural” tomado como “sobrenatural”. Es la esencia de la forma del elemento mítico en toda religión. En la literatura, funciona como gran tema ya secularizado.

No creo que Goethe pensara el sentido de esa frase en un contexto religioso, si bien, en el “Fausto”, la figura femenina, Margarita, no está lejos de cumplir esta función “mariana” de intercesora o mediadora en la salvación o regeneración moral de Fausto. Werther no tuvo tanta suerte y anticipó su final, precisamente porque Carlotta no pudo o no quiso ejercer esa función salvadora: las pistolas del marido se las entrega ella misma a su criado, luego simbólicamente ella es su asesina.

En la vida real, no hay muchas mujeres de carne y hueso que sean conscientes de lo que pueden llegar a hacer para librar a un hombre de sus demonios: el matrimonio burgués clásico, ahora degenerado en actividad lúdica de itinerancia contractual sucesiva, es un sedante demasiado fuerte.

La función de “salvadora” atribuida a la mujer está omnipresente en la mejor literatura romántica y en la que sigue su descendencia: doña Inés en la leyenda de don Juan, según una tradición más estrechamente católica o en la reelaboración de Espronceda en “El estudiante de Salamanca”. Además, son bien conocidas las mujeres misteriosas de los cuentos de Poe como Berenice o Ligeia, también en la línea de lo sobrenatural regenerador.

Y por último no deseo acabar sin evocar al Maestro Dostoievski, en especial, “Crimen y castigo”: siempre, cómo no, una humilde prostituta con el corazón lleno de amor por la humanidad sufriente (el origen histórico de otro socialismo histórico reprimido por el marxista, más levítico y dogmático), se hace cargo de acompañar en su prisión siberiana a un Raskólnikov, que gracias a ella comprende que siempre existe para el hombre una posibilidad de renovación espiritual para superar la culpabilidad y su horror:redención personal por mediación de la mujer.

Como Werther, Nietzsche tampoco tuvo esa buena fortuna de que sí gozaron los personajes de ficción.

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Dominación por el lenguaje. La tesis de las tendencias lingüísticas actuales, las que analizan y describen el discurso, el texto, los actos de habla, las acciones verbales, los contextos de situación, los marcos cognitivos, la performatividad y todos los fenómenos lingüísticos “nuevos” ligados a estos conceptos, apuntan efectivamente a que el dominio del lenguaje público es la clave de la dominación política y los cambios en la misma.

Pero esto ya lo sabían los sofistas, sin necesidad de concepciones académicas de última moda, en el momento crítico mismo en que se inauguró en Atenas la “demokratía”: quien domina el arte de decir lo que es y no es, domina lo que debe creerse. De ahí la lucha entre la “doxa” (opinión pública o privada) y el “logos” (el saber racional que se rige por la formalidad vacía del razonamiento), es decir, entre el mejor de los sofistas (Sócrates) y el resto de los grandes sofistas retratados en los diálogos platónicos (Protágoras, Gorgias, Calicles, Trasímaco…). De ahí también nada menos que la invención de la dialéctica y la filosofía e incluso del arte retórico.

La ventaja de la dominación no democrática que rige la relación gobernante/gobernado en España es que la tosquedad y el primitivismo intelectual de la clase política española es tal que no necesitan ningún conocimiento de estas técnicas. La política española, es decir, el arte de la dominación formal mediante el discurso público, es inexistente. Toda nuestra clase política es disléxica, afásica y arretórica.

Razón por lo que la población sólo puede recibir de ella señales acústicas redundantes, que ni siquiera alcanzan la naturaleza de signos lingüísticos, mensajes, textos, discursos y cosas parecidas. El reino de la mentira es el reino del anacoluto organizado como estrategia antirretórica. “Ruido semántico” en un canal roto.

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La crítica «liberal» del Régimen del 78, una impostura acomodaticia. La crítica «liberal» del estado de cosas político e ideológico en la España actual se desenvuelva entre tópicos de un «relato» añejo cuya categoría central, el misterioso «individuo», aparece míticamente asediado por monstruos caníbales y procústeos, de entre quienes sale malograda la Historia que tantas bondades prometía. La crítica liberal, simulando caballerescos mandobles, mata gigantes ficticios y arremete contra una Historia que no entiende, prodigando alusiones veladas a una realidad política que se le escapa y que por ello «mitifica».

Así pues, el «individuo», ese travestido ennoblecido del «homo oeconomicus», está amenazado. Cuando el discurso liberal enfrenta lo social y lo político, no se le ocurre pensar que su sujeto pensante y libre no es más que un postulado y que el Todo precede y define a las partes. Pero de un error epistémico o gnoseológico se siguen funestas consecuencias en la comprensión de los datos empíricos y lo que quisiera ser una crítica de la oligarquía de partidos se transforma en una crítica ciega de la «democracia» realmente existente.

Lo que unos verdaderos liberales deberían defender de modo insistente y pragmático, cosas como la representación, el sistema mayoritario, los distritos electorales en que pueda desplegarse una vida política que acoja esa homenajeada individualidad, la separación real de poderes, la emancipación del poder legislativo respecto de su tutela y subordinación burocrático-estatal, de todo eso que sería genuinamente «liberal» y «democrático», ni una palabra.

Es más fácil hacer «crítica cultural o ideológica» a toro pasado, con algún capotazo vistoso para un público despistado que mira nubarrones amenazadores sin entender la causalidad de la tormenta.

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El problema del liberalismo. Ya desde sus fundamentos clásicos, el liberalismo consiste en que toma como punto de partida la ficción abstracta del individuo frente al Estado, desconociendo que entre este individuo y el Estado se intercalan dos instancias mediadoras:

1º.- La “sociedad civil” como sistema propiamente económico o “sistema de las necesidades” (profesiones, división del trabajo, propiedad de los medios de producción, fuerza “libre” de trabajo, etc). Toda la esfera de lo contractual, que este liberalismo siempre ha modelizado como ideal para todas las relaciones humanas, concebidas abstractamente como contratos entre particulares, exponiendo así una clara vocación utopista, reprimida en su fase álgida, exhibida inescrupulosamente ahora en su fase de declive total. Siempre un discurso apoyado por un reduccionismo ontológico de lo social que es completamente ciego a las realidades políticas (al ser esta sociedad civil la pura esfera de las libertades civiles individuales, el contractualismo obvia niveles superiores de organización e “integración” de esos individuos abstractos).

2º.- La “sociedad política” propiamente dicha, esfera de lo conflictual emergente del anterior primer plano: representación de intereses de grupos a través de partidos políticos, sindicatos, grupos organizados y concertados de presión, medios de comunicación (esfera de las libertades públicas de carácter transicional entre lo individual privado y lo público). Esta es la verdadera instancia de la representación política, de la libertad de pensamiento y de la creatividad cultural en cuanto es formalizada desde la base de la pluralidad inmanente a la sociedad civil.

El liberalismo clásico no suprime estas dos instancias, sino que las conserva y las sabe articular en la forma limitada de la representación parlamentaria clasista, pero el liberalismo actual (su degeneración parlanchina e inconsciente) las liquida y, al suprimirlas, deja al individuo frente al Estado, pretendiendo luego estos intelectuales realizar la crítica del Estado desde supuestos completamente erróneos y con los que ya sus ancestros ideológicos prepararon y han dado lugar a los totalitarismos.

Porque sin cuerpos intermedios y sin instancias de mediación, el Estado queda liberado para un acción devastadora, y el liberalismo, con su individualismo inconsciente e irresponsable, es cómplice de este “estatalismo” que tanto denuncia con la fruición del pirómano bombero.

Allí donde la etapa individualista, parlamentaria y de debilitamiento oligárquico de las instancias de la sociedad civil y política triunfaron como régimen de poder pero conservaron la relativa autonomía de estas dos instancias, como el Reino Unido, el liberalismo, aunque muy enmagrecido, sobrevivió convertido en hábito, o allí donde el sistema político conservó la representatividad y los poderes del Estado quedaron relativamente debilitados por su separación en origen. Pero allí donde el liberalismo político fracasó en su forma pura de parlamentarismo en los años 20-30, lo que se impuso primero fueron o dictaduras corporativistas o dictaduras de partido único.

Lo que hoy se llama “socialdemocracia” es tan sólo el discurso y la práctica uniforme de las burocracias políticas de los Estados de partidos europeos continentales posteriores a 1945. En España, el uso del término “socialdemocracia” oculta el rechazo a encarar abiertamente el verdadero problema político de fondo: la naturaleza y funcionamiento objetivo del “Estado de partidos” como forma muy específica de régimen de poder.

Oponerle “el liberalismo” es una impostura, porque el liberalismo político murió de muerte natural o asesinado por su propia clase, esto es, la clase dominante, cuando ésta ya no puedo controlar la pluralidad política de las sociedades europeas hacia 1900 y tuvo que deshacerse del parlamentarismo, cuyos peligros la gran burguesía y sus clases aliadas vieron demasiado tarde, cuando ya el comunismo se perfilaba como fuerza de choque.

Desconfíemos por principio de quien habla de “libertad” sin adjetivarla y explicar su concepto diferencial.

33

Miedo a pensar. Quien tiene miedo no puede pensar más que en “su tema” monomaníaco: cómo evitar el miedo y huir de lo que le da miedo. El medroso, por lo que sea, no piensa. Es un poco como el hambriento.

Lo que en España se presenta como izquierda es el reflejo de la incultura política de 80 años de represión concienzuda y minuciosa en la sociedad española de toda libertad de pensamiento, en los medios académicos y en la prensa escrita. En España el marxismo jamás ha sido una corriente intelectual dotada de alguna consistencia. Los podemitas no tienen ni capacidad intelectual ni tiempo para leer y mucho menos entender a Marx. El manejo que hacen de Gramsci es penoso, propio de gente que tiene lecturas de tercera o cuarta mano, pasada por interpretaciones indirectas.

En España, toda la gente de izquierda es políticamente tan ignorante como la de derecha. Bases, votantes, “intelectuales” y “hombres orgánicos de partido”. Quien tiene el poder no piensa, ni necesita la libertad de pensamiento de los demás.

Se dice de los españoles: “No se les ha dejado pensar”, siempre se podría contradecir: “Tampoco han realizado un desmesurado esfuerzo por hacerlo”.

No soy tan optimista sobre esa autonomía de los españoles hacia el propio pensamiento ni hacia la propia iniciativa. Habría que demostrarlo con obras de cierta trascendencia en todos los ámbitos de la vida espiritual que mostrasen esa libertad creativa (una redundancia, porque todo lo creativo es libre y sólo la libertad es creativa, aceptemos este principio romántico elemental ya muy gastado y que evidentemente ya sólo vale para ejercicios de estilo).

«La verdad os hará libres». Tal vez. Pero a los españoles se les ha trasmitido más bien este otro principio: «La mentira cómplice os hará ricos, o al menos, no os perjudicará en vuestra mundana dedicación a lo que fuere». El idealismo de la verdad no es un asunto mundano del que, dadas las condiciones, convenga ocuparse, no sea que se pierda de vista que la mentira es el principio constituyente de la forma de gobierno, de la moral impuesta, de la conciencia social y nacional y de toda percepción de la realidad presente, pasada y futura. El silencio es ya una forma de delatarse como partícipe en la cosa mentida.

La mentira en que viven los españoles de que aquí se habla no es la de un sutil arte de gobierno que desde Maquiavelo preside la lógica de poder del Estado y que consiste en hacer creer a los sometidos en su «libertad» y que con Hobbes funda el «pacto de sumisión», es decir, la nueva libertad del súbdito-ciudadano moderno a cargo del Estado. La mentira española del Régimen actual va mucho más allá. Es la mentira burda y obscena erigida en principio consensual de gobierno, la obliteración de todo el espacio público, la falsificación de toda la vida intelectual, el hecho mismo de tener que justificar la crítica ante lo evidente.

No me dirijo a esclavos morales. Los hijos les debemos a los padres la compensación simbólica de hacer verdadero un deseo que una vez le fue hurtado y usurpado. La libertad y la verdad son una reversión y una devolución de esta deuda. A ellos los engañaron, a nosotros no, precisamente porque nos ha sido dado por la experiencia y la cultura pacientemente acumulada el descubrir la mentira. La primera manifestación de la libertad es decirse a sí mismo: «Ya no quiero seguir viviendo en la mentira».

Nuestro presente, pasado y futuro nos concierne pensarlo y vivirlo sólo a nosotros, de tal manera que las estimaciones comparativas con otras sociedades no vienen al caso, porque esos otros pueblos son los que, al igual que nosotros y desde sus propias condiciones, pueden y deben plantearse su devenir. Aunque suene un tanto anacrónico y de un voluntarismo irrealista, nosotros, más que nunca antes, necesitamos un cierto «remozamiento» o rejuvenecimiento moral de largo alcance, pues los pueblos viejos tienden a creerse las mentiras oficiales de su propia historia y ahí habita la negligencia de la esclerosis colectiva.

En una interpretación intelectualista, el miedo a la libertad, además de pereza engendrada y adiestrada por el hábito, es una forma de conciencia muy limitada de lo real. Es la terrible impresión de lo limitado de nuestra cultura actual, nuestra política y nuestro horizonte colectivo. Pensar, en tanto que adelantarse a lo desconocido, eso es la libertad.

Un gnóstico diría que un Dios creador de la materia no puede ser un Dios bueno, y que el Dios del mundo visible sólo podría ser un Dios tarado de pestilencial degeneración, un Dios ajeno al Espíritu “puro” y cuyos agentes en este universo degradado serían una multiplicidad variopinta de espíritus “manqués” de un orden inferior, por debajo incluso del “aciago demiurgo”, que al menos todavía es creador de algo, aunque material.

En el plano de lo estético, siempre un ámbito exclusivo monopolizado por minorías sociales educadas en valores estéticos dados, entiendo que el impulso, que se manifiesta de muchas maneras, va hacia lo excelso, o lo noble de una ambición de realización, pero, ¿qué pasa en lo colectivo, en lo político, necesariamente ha de ser el lugar de las bajas pasiones, de los impulsos decadentes? Fingir ingenuidad idealista es necesario para hacerse las preguntas correctas.

Entonces debemos sobrentender que lo que desfallece hoy es lo mismo que Nietzsche hubiera llamado un “orden moral del mundo” a la vez que “una interpretación moral del mundo”, cualquiera que fuese su fundamento. Quizás porque la pulsión dominante hoy, el “élan” vital, la “voluntad” se dirige y apunta a unas metas de inferior valor o incluso de nulo valor moral. Quizás porque la separación moderna entre moral y política, operada por el poder estatal autonomizado, es algo en cuyas consecuencias extremas empezamos a vivir y ahora por fin podemos comprobar cómo se imprimen en nuestras propias carnes desnaturalizadas esos efectos.

Todo idealismo es una extraña aleación del mejor idealismo y del mejor altruismo. En España, caso único en la Europa moderna, el idealismo, en cualquiera de sus manifestaciones, política, filosófica y moral, ha recibido el mismo trato que su modelo español a la luz de su interpretación alemana: el destinatario de los palos, pues aquí la realidad es la primera «fuerza armada» que apoya el vejamen a cualquier «ilusión».

34

La actitud de la sociedad española ante la crisis política actual. No hay ninguna incapacidad del español medio, porque tiene ojos y oídos, para percibir toda la sarta de estupideces, imbecilidades y falsedades que rodean su vida política, obligadamente reducida a los esquemas más pobres y simples.

Claro que “la gente” vota partidos, pero sólo porque en el fondo de su conciencia íntima los desprecia, como desprecia a todos los que le hacen creer que “trabajan” para ella. Sin ese mínimo destello de duplicidad moral, de connivencia defraudada, la situación sería mucho peor: la gente se identificaría de verdad, emocionalmente, con los partidos. Hay una cierta vaciedad interna del vínculo entre partidos y ciudadanía, y eso no es mala señal, sino lo contrario.

Los partidos estatales, pese a las apariencias, no son partidos de masas sino partidos para reclutar cuadros para el propio Estado. Eso la gente lo ve y lo siente en sus pueblos y ciudades y sabe qué sucede con todos ellos, a los que observa distanciarse, elevarse y desaparecer tras el cargo ascendente, creando una cierta envidia y un cierto resentimiento.

Por otro lado, yo no creo que podamos hablar de la perduración de un fondo de resistencia (“sustrato de autenticidad”) a las mentiras o verdades oficiales que, inconscientemente, entre balbuceos, muchos más adivinan. Hay mucho de esa ancestral pequeña lógica latina del “porco governo” como objeto de todas las malas imputaciones y peores deseos, lo que quizás desvelaría más bien una gran impotencia resignada y la autoprotección preventiva de una sociedad civil que sabe confusamente que el Estado es su enemigo.

También tiene que haber por la fuerza misma de las cosas, ese “sustrato auténtico” que casi no logra “decir su nombre” y que probablemente nunca ha tenido oportunidad de salir a la luz, porque las condiciones para ello han sido casi siempre tan difíciles que la renuncia, el silencio, la soledad o el exilio interior han acabado por hacerse dueñas de los más dotados.

Hoy vivimos, una vez más, esa situación que ya han conocido muchas generaciones de españoles obligados a renunciar a lo mejor posible para conservar lo peor en mano. Aquí los riesgos siempre los pagan los mejores de espíritu y la cara para las bofetadas de la Historia la ponen los de mente despejada.

Siempre se nos ha manejado por el miedo a la Confrontación, que por supuesto se pone de relieve como deplorable actitud antisocial y revoltosa frente a la “Convivencia” y la “Reconciliaión”, ambos pilares “morales” del Consenso político oligárquico.

Observemos que la palabra está muy bien elegida y tiene su pedigrí detrás. Yo era apenas un adolescente en la Transición y es una de las palabras que más recuerdo haber escuchado. Nadie debía confrontarse con nadie. Si alguien perseveraba en posiciones de “confrontación”, se le reeducaba y se le ponía un documental sobre la guerra civil. Como en Alemania: si alguien quiere hacer política de verdad, se le recuerda Auschwitz. Es el mito fundacional que cauciona el Consenso.

Entonces yo no sabía bien lo que podía significar. Según el diccionario de la RAE, es “acción y efecto de poner a una cosa o persona frente a otra”. Inocente definición que cobra otros sesgos semánticos en la política española, mucho más inquietantes.

Ésta se funda en una inhibición de la defensa de las propias posiciones ideológicas, sometiéndolas a un acuerdo previo que las anula. Hay quien piensa que así, por lo menos, la lucha política de facciones se mantiene en los límites prefijados de las alturas elitistas, mientras el “pueblo” observa el espectáculo y no se le trasmite la “confrontación”. Porque de eso se trata: de mantener al “personal” al margen de las luchas políticas de intereses para ofrecerles el menú precocinado listo para llevar.

Es evidente entonces que la evitación consciente de la confrontación cumple una función de control social de gran potencia e influencia: nunca nadie debe ponerse frente a nadie, no sea que lleguen “a la confrontación”. El término se usó mucho en la prensa española en los tiempos finales de aquel gran simulacro hollywoodense que fue la llamada “Guerra Fría”. Y cumplía el mismo papel inhibitorio y preventivo.

Donde ya no quedan energías vitales y espirituales para la lucha real, a la escala que sea necesaria y en los modos que exija, la negación de la confrontación presupone la voluntad de consenso, es decir, la negación de sí mismo como forma vital diferenciada de pensamiento y acción.

A pesar de las apariencias “turbulentas” de una superficie agitada por los medios, no hay una sociedad europea donde se den menos posibilidades de confrontación auténtica que la española. Lo que en cierto modo quiere decir que es la sociedad más enferma, precisamente porque no presenta síntomas ni siquiera de una mínima confrontación interna o externa.

Uno de los factores que más negativamente ha influido en la formación del Estado Español y su sociedad ha sido esta carencia de enemigos exteriores con los que medirse y probar sus fuerzas. Históricamente, sólo las guerras y las revoluciones destruyen acumulativas formas cuajadas de poder oligárquico, despótico o tiránico.

A diferencia de otras sociedades europeas, España no ha conocido jamás esos procesos, al menos no desde el siglo XVI. Lo que podría servir de ejemplo contrario, la Guerra de la Independencia, cada vez es más discutible, incluso en la propia historiografía especializada, que tuviera las virtualidades revolucionarias que se le han atribuido.

Las analogías orgánicas son siempre socorridas en estos casos: el cuerpo por el que hay que preocuparse es aquel que no sufre fiebres e infecciones cuando se pone en contactos con riesgos reales de contagio, porque entonces algo marcha realmente muy mal…

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¿Hubo alguna vez alguna «izquierda»? Se da por realidad histórica y política la existencia de una «izquierda». Pero la pregunta radical hay que dirigirla al pasado para saltar a este presente.

¿Hubo alguna vez alguna «izquierda»?

La mítica figura del «proletario» de la Revolución industrial imaginado por Marx, ¿era la fuerza y la fuente de la «izquierda» y no más bien una fantasía, un invento de intelectual «burgués»? ¿Realmente hubo alguna vez un conflicto entre Capital y Trabajo, si se piensa en Saint-Simon como mediador entre el hegelianismo filosófico de Marx y las invenciones ideológicas de Marx, que Lenin y Stalin explicitaron en su concepción de la Modernidad como «industrialización a marchas forzadas» y desarraigo a la fuerza de la «conciencia popular alienada por la religión»?

«Izquierda» es el nombre histórico de la barbarie sofisticada de la civilización moderna, civilización y barbarie del mismo origen y la misma naturaleza: un atroz materialismo, del que toda la «intelligentsia» de origen judío emancipado es directamente responsable.

Fue Max Weber el único entre los «científicos sociales» que introdujo el concepto de «Razón», limitado al Estado moderno en el que este extraño Sujeto de la Historia expresa la conciencia instrumental de la clase dominante para establecer la distinción entre «fines» y «medios».

Racionalizar el orden social es aplicar ciertos medios a ciertos fines y esto es lo que se llama «racionalidad instrumental», luego criticada como factor creador de «inautenticidad existencial» por Adorno-Horkheimer bajo influencia severa no declarada del primer Heidegger de la analítica existencial.

Toda la temática «gauchiste», inspirada en mescolanza caótica en la Escuela de Frankfurt, la «New Left», el progresismo social estadounidense, la crítica de la cultura, la deconstrucción derridiana y la arqueología de los saberes de Foucault, la microfísica del poder de Deleuze, etc, adopta en la España del Régimen del 78 un rostro deformado por su identificación retro con un argumentario banalizado para uso de una inculta burocracia de partido estatal (nadie en la izquierda española ha leído las fuentes originales del Discurso) que sólo puede parecer amenazadora (?) para una derecha sociológica todavía más inculta que su compinche estatal.

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La desigualdad sin rostro. La desigualdad es o real o mítica. En España es un mito publicitario. Si es real se funda en la realidad de la diferencia de nacimiento, patrimonio y clase, y eso es un hecho estructural de toda sociedad y por lo tanto no entra en discusión. Es un «factum brutum» anterior al «pacto social».

Lo que cae en este lado de la discusión es lo que el Poder del Estado en un Régimen político determinado puede proponerse como programa de Gobierno para limitar o combatir la desigualdad de origen de un determinado orden social. Por lo tanto aquí las singularidades de las históricas diferenciaciones de clase de origen cobran un papel muy relevante y decisivo.

Ahora bien, en España esas diferenciaciones de clase intentan recubrirse bajo diferencias territoriales de Identidad Cultural Nacional para encubrir su origen clasista. Lo que quiere decir que la Dominación de las clases populares está doblemente ocultada: por el criterio de lo social objetivo y por el criterio de lo nacional identitario de orden imaginario. Entre un pobre andaluz, un catalán, un madrileño o un gallego se interpone, como elemento de descoordinación de clase, el viscoso elemento «nacionalista».

Uno percibe bien su función: la debilidad de la burguesía española en conjunto la lleva a fragmentar territorialmente su dominación de clase para rearticularla en un Estado descentralizado bajo condiciones de oligarquías de partido que distribuyan el excedente social de la tributación, ya que bajo condiciones democráticas no podría conseguir el mismo objetivo.

Bajo condiciones realmente «democráticas», sin oligarquías territoriales de partido, sin Monarquía, sin sistema electoral proporcional de listas de candidatos, sin forma parlamentaria de elección del Jefe del Ejecutivo, sin financiación pública de partidos, quizás entonces algo «democrático» podría empezar a hacerse, y decir “democrático” es lo mismo que decir “nacional”, por primera vez en nuestra historia, “español” sin calificativos añadidados ni otros colorantes tóxicos. Pero sólo si una Constitución se escribe al margen de la firma de los Florentino, Fainé, Del Pino, Entrecanales, Grifols, Carulla, Escarrer, March, Koplowitz y el resto del Club Hípico de los Amigos del Estado Español… y la “Marca España”.

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¿Narcisismo de masas? No. Identidad de masas socializadas sobre la base de modelos simulados de identidad. Es una dialectizacion de individuo frente a masa. La Identidad nada tiene que ver con este asunto. NARCISO se enamora de su imagen porque necesita a un Otro en que reconocerse en su pura idealidad: si él es bello, lo igualmente bello sólo puede ser su propia imagen reflejada en la corriente de agua.

El mito griego, comoquiera que se interprete, quiere decir que incluso en la soledad el hombre se desdobla en amante y amado.

La plenitud del amor omite el paso hacia la Otredad y se satisface con el Único. Es de hecho la práctica de la Homosexualidad griega tal como es descrita por Foucault en su «Historia de la sexualidad».

El Arquetipo mítico cambia de sentido aplicado a las masas de la era electrónica y digital. La idealidad de lo mismo no es mi Yo redoblado por la imagen sino un Modelo estándar creado industrialmente para todos los Yoes indifenciados de un mundo indiferenciado.

Las sociedades modernas de masas en ningún sentido son «narcisistas» e «identitarias» en sentido fuerte (ideológico, político) ni sus «individuos» son Individuos en el sentido de una tradición humanista burguesa y liberal.

Lo que cierta sociología llama «narcisismo de masa» es el sentimiento que experimentarian los automóviles montados en cadena si tuvieran conciencia «humana». Por supuesto, es el «tipo humano» que necesita el Capital Global para reproducirse: una piececilla dentada del engranaje a la que basta convencer de que es igual e incluso mejor que otra piececilla dentada para volverla activa.

Narciso: frente a la pantallla de su ordenador portátil que refleja las variaciones bursátiles en tiempo real. Aquí el amor no es posible. Por eso la Psiquiatría se hace cargo de ellos.

Toda la raíz de la Sociología académica americana y europea deriva subrepticiamente después de 1980 de una lectura muy superficial y antifilosófica de la obra de Jean Baudrillard, el más profundo “nietzscheano” de su generación intelectual tan cacareada (Barthes, Deleuze, Derrida, Foucault), a quien tengo el gusto de conocer demasiado bien desde hace casi 30 años, cuando nadie en España había oído ni visto escrito nada sobre la crítica de la publicidad, la sociedad de consumo, los sistemas de signos del capitalismo tardío, la cultura semiológica de la imagen, la Simulación, los modelos de simulación, la hiperrealidad, la cultura del espectáculo (y la sociedad del espectáculo, ese Débord únicamente lo entendió y desarrolló el propio Baudrillard y gracias a su influencia secreta es conocido) y una considerable cantidad de nociones que hoy son moneda corriente sin saber quién las pensó por primera vez y les dio carta de naturaleza en el discurso público. No fueron los “marxistas” sino Baudrillard el que silenciosamente destituyó a toda la crítica de las ideologías de origen marxista de su poder de fascinación.

Toda las tesis sobre la teoría del narcisismo de masas son un derivado anglosajón de lo que Gilles Lipovestky en “La era del vacío” (1980) desarrolló a partir de su lectura del propio Baudrillard y sus tesis sobre la personalización de la “diferencia mínima” de los productos trasladada a los sujetos desde “El sistema de los objetos” y “La sociedad de consumo”, sus libros más convencionalmente “sociológicos”. “La Cultura del narcisismo” es de 1979 en su primera publicación y su éxito se debe a la base cultural francesa anterior.

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“Pensamiento conservador”. ¿Dónde? En el congelador, como los pollos y las croquetas. Descongelarlo es tarea hercúlea en este fin de Régimen. Necesitamos algo, un placebo, una paracetamol contraideológico frente a la patota montonera. Vale, pero ya es tarde. Nunca lo hubo en la Derecha española. Anglosajonia es el punto de vista de Sirio.

Aquí, el último que pensó yace en alguna cuneta: angelico al Cielo, chocolate a la barriga y la familia, bien, gracias. Los ricachones españoles nunca fueron demasiado idealistas. El catolicismo era una buena cataplasma y una buena sangría. No daba para mucho en la época contemporánea, así que ni siquiera en su versión nacional-católica nos era útil.

Así que los sujetos de la clase dominante se dijeron: “Bueno, nos hacemos socialdemócratas, total tampoco hay tanta diferencia con lo que ya éramos”. Y de ahí al Cielo del felipismo prometido por Boyer-Solchaga, la época en que se hacían butrones en el Estado. Y ahora, la de Dios es Cristo. Arrechuchos, desfilemos cara a Hayek. Reformemos, de perdidos al río…

Antorchas en mano para iluminar el viejo desván cubierto de polvo y despertar al pequeño Eros, como Psique avejentada por onanismos estatales que mucho afean la dignidad del Conservador. Y en cuanto a las ideas, tradúzcanse de algún manual en inglés. Total, para lo poco que leen las clases acomodadas…

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La tecnocracia como forma de dominación. Una tesis muy fuerte: la disociación entre propiedad de los medios de producción y órganos estatales de la planificación social. O en términos marxistas clásicos: separación entre el Capital y el poder político formal.

Resulta que ésa es simplemente la singular esencia histórica según la cual domina el sistema capitalista en todas sus fases (léase la obra de Louis Dumont «Homo oeconomicus»), dado que el sistema capitalista se funda desde su origen en esta separación formal de las instancias de dominación refiriéndose la una a la otra a través de diferentes «lenguajes políticos formales». La economía por unn lado, la política por otro, como si no fuesen dos expresiones de lo mismo: la dominación de unos hombres sobre otros.

Ese ejercicio de la forma de la dominación priva a la mayoría de la población de independencia económica, medios de sustento y libertades reales, concretas, vividas.

Ahora bien, la «tecnocracia» contemporánea no es ningún sujeto de la Historia sino más bien sucede que la hegemonía pura del sistema del capital mundializado o global ha llegado a tal grado de perfección que ahora, y sólo ahora, puede definir los parámetros de su específica «configuración civilizatoria», que equivale desde otra perspectiva a una «descivilización».

La falacia argumentativa consiste en la suposición de un «conflicto» interno entre Capital y Gerencia, debido a las «ambiciones de poder» de ésta. En realidad, la Gerencia adopta todo tipo de ideologías subalternas en función de los intereses directos de la nueva figura histórica de la dominación: hoy, el proceso «descivilizatorio», invirtiendo la expresión de Norbert Elias en su admirable libro.

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Ideocracias políticas vacías para masas ausentes de la escena pública. Comparar y asimilar a las vulgares ideocracias actuales para uso de los funcionarios de los Estados de Partidos con cualquier antecedente histórico (mito, religión o ideología política) no deja de ser una majadería propia de un pensamiento muy muy débil que ni osa entrar en el problema de la jerarquía de valores.

Si se parte de la premisa de que la Humanidad occidental actual ha alcanzado la plenitud, es decir, ha realizado todos sus «ideales modernos», afirmación implícita en toda la corriente de pensamiento de descendecia nietzscheana más pura, frente a la tendencia inaugurada por Marx y amplificada por la Escuela de Frankfurt que afirma la «utopía de la esperanza» y la vocación por las «promesas incumplidas de emancipación» del «proyecto ilustrado», entonces habría que declarar como vencedora en este combate intelectual a la corriente nietzscheana, por ser la descubridora de la grosera mentira fundacional de la Modernidad: la vida no es una comedia que acaba en la felicidad universal sino una tragedia que acaba mal, en el plano individual y colectivo. Cierto que la vida siempre sigue su curso, pero a costa de ser una vida disminuida, mutilada, empobrecida.

En efecto, lo que hoy constituye todos los relatos y discursos públicos de las Oligarquías que detentan el poder en los Estados occidentales en su fase de adaptación a la mundializacion de los Mercados es una versión amplificada de la «promesa de felicidad» y todos los relatos son relatos de emancipación para consumo sectorializado de masas desnacionalizadas.

Esta verdad histórica, la de una utopía que al realizarse pierde su sentido y por ello ha de sobreactuarse (es el cansino papel atribuido a la «izquierda» en los hiperburocratizados Estados de Partidos) es el estado de cosas que intentamos esclarecer hoy dando golpes de ciego en el vacío.

Pero para deshacer el entuerto, basta pensar que el relato antiguo produce a Ulises y La Odisea como arquetipo de la aventura humana mientras que el relato posmoderno produce a Pablo Iglesias en un plató de televisión hablando con autoridad académica acreditada de los «males» y «necesidades» de la llamada abstractamente «sociedad»: prototipo de la aventura «espiritual» de la utopía realizada de la felicidad estatalizada, defectuosilla.

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Aburrificación del erotismo. La institucionalización del Aburrimiento como forma de vida es un logro de la avanzada civilización occidental del que no debemos despreciar las consecuencias hoy vigentes. El erotismo murió de muerte natural hace ya tiempo, de eso tratan las grandes novelas del adulterio del siglo XIX. Ya entonces los más perspicaces se dieron cuenta de que la relación convencional hombre/mujer en la sociedad burguesa clásica sólo podía acabar en histeria y neurosis, y como mucho en un adulterio, que sólo grandes escritores pudieron convertir en objeto de tragedia.

Si uno compara “Werther”, “Les liasons dangereuses” y “Sans lendemain” con “Madame Bovary”, “Anna Karenina” y “La Regenta” percibe de golpe cómo ha degenerado el juego sexual y erótico a medida que los roles funcionales del mercado se han impuesto por igual a hombre y mujer, animales de carga.

Como hoy todo trascurre entre risas ante el televisor y pequeños espasmos con las debidas precauciones en las cámaras oscuras del deseo incompartido; como todo lo que era un juego y una intimidad, una seducción rica en añagazas de coquetería, se ha trasformado en algo entre animal y maquinal, en fin, el género y sus “políticas de identidad” poco tienen que ver con procesos de fondo que ya detectaba Nietzsche cuando hablaba sobre la “aburrificación” de la mujer a medida que ésta ingresaba en la esfera social del animal laboral en igualdad de condiciones con el hombre.

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Los maestros censurados. Todos los autores valiosos que me han fascinado pertenecen a corrientes ideológicas europeas tradicionalistas, fascistas, integristas…, es decir, a formas de pensamiento “reaccionario” vencido por el proceso de Modernización o por las armas aliadas del comunismo soviético y el capitalismo estadounidense.

En todo caso, tendencias dialécticas y polémicas de oposición a diversos aspectos de esta Modernidad, en especial, el tipo específico de Modernidad técnica, burocrática y sovietizante que se le impuso a Europa occidental tras la derrota alemana de 1945.

Se afirma de manera sospechosamente condescenciente que el valor histórico de estas obras merecería al menos una circulación limitada y controlada “académicamente” que pudiera usarse tal vez como “testimonio de una época”.

Ya es mucho poder leer algo valioso, en el “Fahrenheit 451” en el que ya de hecho vivimos sin percibirlo, es casi lo mismo quemar los libros o publicarlos con “glosas” (recuérdese: técnina medieval del comentario a Aristóteles y a los Padres de la Iglesia, no mentían aquellos intelectuales italianos que hablaron de una “Nueva Edad Media” cultural a mediados de los 70).

Me temo que tan buenas intenciones llegan tarde. Los vencidos desaparecen de la memoria, un poco como también lo hacen los seres más queridos a medida que su imagen y el revivido trato cotidiano con ellos se van envolviendo en una niebla negligente que es peor que el olvido mismo.

Nietzsche, Cioran, Schmitt, Jünger, Heidegger y pocos más, pronto serán prohibidos o perseguidos, y si no lo son eso debe a que la Academia universitaria occidental no sería nada sin ellos, de quienes se alimentan parasitariamente incluso las corrientes llamadas, muy mal llamadas “izquierdistas” y “progresistas” con revisiones de tercera mano, y mejo así porque en realidad a Marx y los frakfurtinos nadie los ha leído por esta comarca.

Y como los liberales se confíen un poco, pronto también serán censurados los peligrosos Hayek y Von Mises (pobrecillos, creían en la “libertad imdividual” en la era de los oligopolios y los Estados de Partidos), demasiado “humanistas” y “sentimentales” todavía para el juicioso gusto de una tecnoburocracia (¿modelo Guindos?) carente de ideas y principios más allá de las ficciones consoladoras pero “objetivas” de la Macroeconomía.

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Sovietización de la cultura”. Retengamos estos nombres en la memoria a manera de ensayo preeliminar: Clara Zetkin, Emma Goldman, Aleksandra Kollontai.

Leamos algunos datos biográficos, cotejemos algunas de sus actividades, sumerjámonos mentalmente en el contexto político europeo del periodo 1914-1933, observemos los orígenes, las filiaciones, los ambientes culturales, los desarrollos iniciáticos, los postulados, las iniciativas.

Se puede arrojar cierta luz suplementaria a lo que todavía yace en la oscuridad.

Piénsese si todos los discursos de la igualdad, tal como hoy aparecen revestidos de institucionalidad burocratizante, no indican, sin sutilezas, ya de hecho un proceso exhaustivo de “sovietización de la cultura” que, alcanzado su objetivo en esa esfera aparentemente “trivial”, avanza en la dirección política de vanguardia: el trasfondo de todos estos “procesos”, inspirados por ciertos “intereses y composiciones de escenarios futuros”, son la destrucción del residual tejido orgánico de las sociedades europeas, y ello es así desde el periodo inaugural de la primera guerra mundial, cuando la primera avanzadilla obtuvo sus primeras victorias clave.

El discurso y la práctica del “bolchevismo” es hoy el discurso y la práctica de la burocracia europea al servicio del gran capital mundializado. Incluso en los menores detalle, el primer “experimento comunista” ha dejado sus huellas en una estela que, no por olvidada, deja de envolver nuestra ambientación de época.

La hipótesis se reitera: pudiera haber sucedido ya así en 1917, era la sospecha de los más observadores, incluido el por entonces joven, poderoso e influyente Winston Churchill en su destino de alto funcionario británico del Ministerio de Exteriores.

Pudiera suceder que el bolchevismo en sentido político restrictivo fuera tan sola una casi inocente onda expansiva recubridora de otras tendencias mucho más profundas que están todavía por definir, incluso por descubrir en su verdadero ser y apariencia (la socialdemocracia europea era tan sólo el aperitivo, la creación del contexto existencial necesario para ulteriores “operaciones”…).

Porque lo realmente serio de la descomposición cultural europea apenas si ha mostrado todavía su rostro.

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Marxismo cultural”. La base teórica del discurso de lo políticamente correcto, lo que subyace a él, no es una cuestión teórica menor ni insignificante.

Las mejores intérpretes de la corriente, por supuesto mujeres, Nancy Fraser y Judith Butler, procedentes de la “intelligentsia” progresista estadounidense de origen judío, sostienen un discurso filosófico que no es nada más que la ampliación de la categoría hegeliana del “Reconocimiento” (“intersubjetividad” o “principio de reciprocidad”) a nuevas formas de socialización de los estratos “liberados” dentro del orden “dominante”.

Se autorreconocen explícitamente como teóricas de un “marxismo cultural” al que corresponde la cita que entresaco, a título informativo, de una “jugosa” polémica que a mediados de los años 90 mantuvieron las dos citadas Fraser y Butler a propósito de “la lucha de clases según lo material y lo cultural”, conflicto interno al viejo marxismo. Es evidente que el nivel intelectual de la clase política, académica y mediática españolas no permiten semejante “tour de force”:

“La distinción normativa entre injusticias de distribución e injusticias de reconocimiento ocupa un lugar central en mi marco teórico. Lejos de relegar a estas últimas en la medida en que son «meramente culturales», trato de conceptualizar dos tipos de ofensas iguales en cuanto a su importancia, su gravedad y su existencia, que cualquier orden social moralmente válido debe erradicar. Desde mi punto de vista, la falta de reconocimiento no equivale simplemente a ser desahuciada como una persona enferma, ser infravalorado o recibir un trato despreciativo en función de las actitudes conscientes o creencias de otras personas.

Equivale, por el contrario, a no ver reconocido el propio status de interlocutor/a pleno/a en la interacción social y verse impedido/a a participar en igualdad de condiciones en la vida social, no como consecuencia de una desigualdad en la distribución (como, por ejemplo, verse impedida a recibir una parte justa de los recursos o de los «bienes básicos»), sino, por el contrario, como una consecuencia de patrones de interpretación y evaluación institucionalizados que hacen que una persona no sea comparativamente merecedora de respeto o estima.

Cuando estos patrones de falta de respeto y estima están institucionalizados, por ejemplo, en la legislación, la ayuda social, la medicina y/o la cultura popular, impiden el ejercicio de una participación igualitaria, seguramente de un modo similar a como sucede en el caso de las desigualdades distributivas. En ambos casos, la ofensa resultante es absolutamente real”. (Nancy Fraser, “Heterosexismo, falta de reconocimiento y capitalismo: una respuesta a Judith Butler”)

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La libertad carnavalesca del último hombre civilizado. El constructivismo moderno, la descabellada idea de que la naturaleza de las cosas no existe y de que todo debe llegar al ser, a existir como producto de la voluntad subjetiva del hombre para ser reconocido como «obra propia» (algo que ni siquiera tiene sentido en el terreno del Arte), principio que está en la base del Estado, la ciencia y la técnica modernas, cuando se traslada al campo de juego de la «identidad» y la relación del cuerpo/espiritu del hombre consigo mismo, produce monstruos, los mismos que ha llegado a producir en esos otros campos de la actividad humana.

Las ideologías de género, toda esta discusión bizantina, apunta al corazón de lo que subyace a la forma como la Modernidad entiende su relación con lo dado de una naturaleza concebida como lo opuesto a la infinita libertad del hacer subjetivo. Es la forma extrema del nihilismo destructivo que es consustancial a todo constructivismo mundano.

Ahora bien, en la España actual todas las ideologías decadentes de la Posmodernidad, que exacerban esta concepción de fondo, son ideocracias faccionales de Estado introducidas muy superficialmente en los medios de comunicación de masas y tratadas con no mucha mayor profundidad en los ambientes académicos. Son ideologías-pseudosaberes disciplinarios de importación, de ahí su aire extravagante y ajeno a toda tradición de pensamiento autóctono.

Vivimos en una civilización en estado terminal, de manera que la sintomatología de las aberraciones forma parte de una vida que, abandonada a sí misma, sin criterios de valoración, sólo puede satisfacerse con esa forma de libertad carnavalesca, porque no otra cosa se nos presenta ante la «licencia» que un sistema social desestructurado puede conceder a quienes padecen los rigores de las carencias y privaciones de libertades tal vez más sustanciales.

El homúnculo occidental va camino de convertirse en un ser asexuado y hacia esa dirección señalan todas estas distopías antropológicas con las que las legislaciones de los Estados decadentes se solazan.

Basta leer a Suetonio para entender que cuando el Emperador es un viejo degenerado, las vestales abandonan el templo, los senadores se ponen coloretes en las mejillas y los niños acarician a sus hermanas sin pudor…

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Ética y orines. Observo la moda de los lacitos de colores para señalar que uno se hace cargo del “dolor” de las víctimas de este mundo tan cruel, imperialista, capitalista y machista… mientras en una terraza junto a las playas del Mediterráneo se pone morado de langostinos con cargo al presupuesto, es decir, subiéndose a la chepa de los impuestos pagados por los mil euristas de todos los mercadonas y mercadones y mercadillos de este mundo.

Hay huelgas orgánico-estatales de funcionarios/as exclusivamente convocadas para humillar a esta pobre gente y marcarles con la indigna condición de trabajar bajo sueldo en contratos privados y libres. El privilegio de clase no lo es si no se muestra como ofensa de superioridad incondicional por estatus a la vista perpleja del mundanal gentío.

No se necesita a un teórico hiper-intelectualizado del nihilismo epocal, no hace falta ni siquiera leer a Nietzsche, a Heidegger, a Cioran ni a nadie para entender la lógica de este mundo de hombres-sombra.

Cuando los hombres se ponen lacitos en la solapa del traje para indicar su identificación con algo, es que no tienen nada propio en la cabeza para afirmarse. Lo que les cuelga, literalmente, les cuelga y nada más. Lo sobrante del hombre es el símbolo de su diferencia superflua.

Quiero decir que, cuando los hombres no se “producen en escena” ante otros hombres a través de sus propias señales, incluso olfativas, el olor a orín mezclado con Hugo Böss de cien euros siempre es indicio de una virilidad apocada, a diferencia de los lobos de raza, porque ya no tienen nada que los acredite y valide como hombres.

El pensamiento libre es al hombre lo que el orín es al lobo para reconocer a los suyos.

Y como las mujeres tienen un sentido del olfato más desarrollado y huelen de lejos la cobardía y el sonrojo en el hombre que mana de su ser calostros de leche regurgitada, pues eso mismo:

El futuro tiene nombre de Mujer”…, o de Drag Queen, es lo mismo.

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La belleza del español americano. Los únicos patriotas desinteresados, cultivados y autoconscientes que quedan en esta España tan empobrecida en el espíritu como ahíta del vino peleón de la política bajo el Régimen del 78 son los viejos españoles del Ultramar.

Aunque ya era evidente la superioridad del hablante culto hispanoamericano en comparación con el rarefacto español peninsular, lo pudimos comprobar con vergüenza y orgullo cuando leímos a los grandes escritores hispanoamericanos del siglo XX como si fueran nuestros clásicos redivivos. Obsérvese que lo sintomático de una degeneración moral y política, como ésta tan aniquiladora que padecemos en el ámbito cultural, se introduce silenciosamente sobre todo en la perversión y desuso sistemático de la lengua.

El español sólo puede escucharse y leerse sin enrojecer entre hispanoamericanos, de quienes tanto hemos aprendido los que amamos y cultivamos nuestra lengua. Sí, son los últimos patriotas españoles, porque los de la península ya hace tiempo que abandonaron tales ínfulas, so pena de la máxima descalificación de sus “conciudadanos”.

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Opinión publicada… a medias. Adviértase bien hacia dónde se dirige siempre mi crítica “literaria” a toda tentativa de emulsionar la mini-opinión “conservadora” o “liberal” de la derecha sociológica: no se puede hacer la masa a medias, con grumos y exceso de sal, hay que hacerla comestible y para ello hay que ir hasta el final del proceso si se quiere comer un buen pan candeal.

La opinión crítica conservadora me recuerda demasiado aquella “escena” de Gila en la que el cómico afirma que fue ayudante una vez de Sherlock Holmes y ambos se dirigieron en sus pesquisas a un hotel donde, al parecer, se había ocultado el sospechoso, cuya paciencia agotaron haciéndole observaciones, cuando se cruzaban en el pasillo, del tipo “alguien ha matado a alguien…”. Y claro el hombre acabó confesando la verdad por hastío.

Pues bien, en la mejor opinión publicada estamos atascados y estancados ahí: todos sabemos lo que está muerto, quiénes son los culpables, pero cuidado con decir en voz alta nada referente a las verdaderas causas de la muerte, y por supuesto me refiero a la muerte de la sociedad española, a la muerte de la Nación política española y a la muerte en ciernes del Estado que aún los cobija, agujereado de goteras…, pero con tronío e ínfulas de Gran Señor….

Si queremos hacer “crítica neoconservadora”, o algo así, de la “Civilización occidental decadente”, hagámosla, es legítimo, pero con otra inspiración y con otra perspicuidad.

Allá por el año 1987, segundo año de mi estancia como estudiante de Filología en una Granada todavía no hollada por la infame turba turística internacional, sexto año de la era felipista y noveno desde la Fundación del “Nuevo Estado Español de 1978”, conseguí por azar encontrarme con un libro titulado “Las ideas de la Nueva Derecha francesa”, publicado por la Editorial Laberinto, de Barcelona, libro que durante un tiempo se convirtió en mi “vademécum” personal, manoseado y leído hasta oscurecer sus páginas malamente traducidas de un francés más que elegante.

Me gustaba su portada en la que aparecía una Estatua de la Libertad explotando en mil pedazos: esa imagen, por sí sola, me causaba un placer indefinible.

Hay fenómenos universales y de época en toda Europa.

Los conozco muy bien desde mucho antes de que a nadie interesaran. La mentira institucional no es necesaria donde la tradición política nacional no está rota, quebrada por el fenómeno de una guerra civil irresuelta y las dos formas políticas de organización que le han seguido, cada una a su manera un modo de no responder a los problemas planteados.

Hay que calibrar los problemas de civilización generales y comunes a toda Europa (demografía, natalidad, inmigración, pérdida de referencias culturales y herencias simbólicas, progresión ciega de un estatalismo nihilista, impotencia militar, pérdida de las capacidades creativas innovadoras y un largo etcétera) y los problemas resultado de una historia específica como la española.

La afirmación es dura. En otras partes se vive en la literalidad de la Modernidad, sin secuencias con subtítulos. En España, además de la dimensión epocal común, hay un serio, gravísimo problema: la mentira institucional es el Poder mismo y todo Poder basado sobre una mentira de tal envergadura no puede sino convertirse en una amenaza ominosa para la vida civilizada.

Todos los extranjeros, franceses o ingleses, que he conocido en mi ámbito, con un poco de conocimiento de lo que sucede en España, se quedan perplejos, no entienden nada, y yo les digo que los españoles tampoco entienden nada, pero aprueban todo cuanto les sucede, y entonces es cuando la perplejidad se convierte en pasmo y boca abierta durante varios segundos de silencio embarazoso.

El desorden español no es descriptible bajo categorías heredadas de cualquier descripción teórica o histórica. Nuestra miseria es tal que no tenemos derecho a la abstracción, la referencia erudita y las teorías enjundiosas, válidas quizás para los privilegiados de la Historia, no para sus pajecillos y otro lumpen servil. Ya incluso Trevijano nos pesa como la losa que cubre nuestra tumba mucho más que la suya.

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No confiéis jamás ni en el parte meteorológico. La información es producción de realidad, manufactura industrial y serializada de una realidad inexistente. La “producción de realidad” es uno de los motivos más desarrollados por la mejor crítica de la cultura de masas, uno de cuyos pivotes es “la información”, una categoría demasiado a menudo muy groseramente analizada y descrita.

La información no tiene nada que ver con la verdad, ni con la realidad, con la objetividad o el conocimiento, no digamos ya con ninguna forma de “racionalidad comunicativa” que posibilite el ejercicio de esa idealizada “comunidad de diálogo” en que la concepción socialdemócrata de Habermas ha venido a hacer coincidir la “democracia realmente existente” en Europa.

La información es una relación social instantáneamente consumida a través de la cual el conocimiento de lo real queda en suspenso y es sustituido por todo aquello que forma el espesor de las fantasías y deseos de los destinatarios: la información, cualquier información, desde “la política” en los telediarios hasta las crónicas deportivas en directo, desde las tertulias hasta los documentales, todo es un proceso de mitificación, automitificación publicitaria de toda una sociedad que sólo así puede mirarse al espejo y “comprenderse”, puesto que hoy nadie tiene una experiencia directa, personal, reflexionada y pensada con la realidad.

La información no es la representación de la realidad por los signos (palabras, imágenes) sino su sobreseimiento por el Código mismo de la Información: algo, lo que sea, debe ocupar el lugar vacío del sentido social y político desvanecido. La información ocupa ese vacío, pero no lo colma. Hoy toda verdad, incluso la más cotidiana y trivial, debe pensarse precisamente contra la “información”.

Algunos los percibieron ya hacia 1900, a través de la observación de la vida cotidiana trasformada por la Revolución industrial en las grandes ciudades europeas y americanas.

Nietzsche fue el primero en verlo hacia 1870-1880: ya la lectura del periódico como hábito burgués significaba un profundo desarraigo, una dependencia enfermiza de un tiempo reducido a actualidad e inmediatez sin fondo.

Simmel reflexionó mucho sobre el cambio cualitativo de la percepción sensorial del entorno y la afirmación de la abstracción y el cálculo como modelo de una relación social dominada por lo económico en grado superlativo: no se recibe nada del mundo significativamente socializado que no haya sido filtrado de antemano por algún tipo de abstracción.

Benjamin lo observó en las técnicas de reproducción de la imagen en la primera cultura de masas en los años 20 y 30 del siglo XX: la estética del “shock” del tráfago mundano acelerado en las ciudades exige modalidades muy específicas de comunicación y difusión de la cultura, una cultura que desde entonces sólo es “imagología”, como demuestra la experiencia del arte desde las vanguardias.

Se pasó de una cultura de la palabra escrita y oral a una cultura de la imagen en apenas una o dos generaciones. Pero una imagen por vez primera serializada, reproducida y destinada al consumo, no a la enseñanza e ilustración de masas, como había sucedido hasta bien entrada la Modernidad.

Toda la teoría de la “industria cultural” a partir de Adorno gira sobre los mismos motivos, con el añadido ya muy desgastado de la “alienación” marxista de la pobre conciencia humana bajo el capitalismo monopolista.

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El Estado de Partidos español mete la figura del enemigo exterior en casa. Los romanos, pueblo de extraordinaria sabiduría política, distinguían entre “inimicus” y “hostis”: el enemigo privado, como adversario, dentro del propio orden social y el enemigo exterior, extranjero, que venía “de fuera”.

Estas claras nociones pierden sus perfiles nítidos cuando “lo ideológico” se convierte en el campo de lucha partidista y faccional como coartada para apropiarse de los poderes del Estado y volverlos contra una de las facciones contendientes. Ya las guerras confesionales de religión dentro de un territorio “nacional” en el sentido de los Reinos bajo los nuevos Monarcas Absolutos y Príncipes modernos apuntan a una grave quiebra que luego se reprodujo en términos sociales de ideologías secularizadas.

Ahora bien, sucede que en el contexto contemporáneo, al surgir las luchas de clases promovidas desde las posiciones de izquierdas en el ámbito primero puramente económico, luego social y finalmente político, la forma y contenido a través de los cuales se experimenta la percepción de la “enemistad” cambia muy sustancialmente. La designación del “enemigo de clase”, del enemigo “ideológico”, introduce los parámetros virtuales de toda “guerra civil”: el enemigo privado (las clases y sus ideologías pertenencen al ámbito de lo social) pasa a enemigo público (la lucha pasa a otro nivel o plano: el de la dominación instrumental de las instituciones estatales). Marx es el conmutador teórico de esta proposición en que consiste todo el mito de la “Revolución”, Lenin es su conmutador práctico y ejecutivo.

Todo esto es bien sabido gracias a los brillantísimos y profundos textos del mejor Carl Schmitt. Desde el momento en que las diferencias se plantean en el terreno de las sociedades civiles burguesas y sus configuraciones de “derechos públicos y privados” (que se legitiman “racionalmente” sobre la base de una “universalización” muy discutible de sus fundamentos y contenidos, puramente históricos y muy “coyunturales”), la apelación a lo que el Otro de la facción adversaria tenga o no derecho es un juego dialéctico que apunta a la dominación política entendida como puro agenciamiento de aparatos represivos para la liquidación o acallamiento coactivo del contrario.

Dicho en otros términos más actuales: el Sujeto Concreto de la Enunciación del Derecho (el grupo en el poder) es al mismo tiempo el Sujeto destinatario universal del Derecho, y quiere serlo de manera absoluta y monopolista, porque su aspiración es la posesión de los poderes del Estado para desde ellos “acallar” a la facción o clase o partido adversario.

Toda la lógica del periodo zapaterista es una nota a pie de página a esta forma de entender el ejercicio del poder político, que por supuesto nada tiene que ver con la “democracia formal” y sí mucho con las formas de dominación en los Estados de Partido único, que en la España actual reproduce unas condiciones de dominación muy mejoradas, debido a las altas prestaciones que la ficticia “pluralidad” de partidos estatales introduce en el juego posicional.

Si este juego dialéctico se traslada al campo de las normaciones éticas, es decir, al vasto campo de las prácticas consuetudinarias, ahora deconstruidas por el puro positivismo normativo, como sucede en la actualidad, la lucha toma un nuevo cariz, y toda nueva apelación a las libertades y derechos presenta en realidad una simple veladura de una “voluntad de poder” faccional.

Los Estados de Partidos funcionan a gran rendimiento a partir de este tipo de planteamientos, dado que en esta especie estatal peculiar, las libertades no están sostenidas por la Libertad política colectiva, sino que son puras donaciones “gratuitas” de derechos revocables sin ningún fundamente real en un verdadero Sujeto o Grupo Constituyente que haya “creado” las condiciones de esa libertad.

Todo el que quiere dar un contenido sustancial, definido y delimitado a cualesquiera de esos derechos en realidad quiere erigirse en tal Sujeto constituyente, aunque para ello tenga obviar una parcialidad que expulsa a gran parte de la opinión social.

En esta clase de regímenes de partidos estatales además las luchas ideológicas son ficticias porque no ascienden desde las genuinas fuentes de las inquietudes espontáneas de la sociedad civil sino que son puestas en juego por artificiosas y burocracias profesionales de estructuras partidistas, por completo desligadas de tal sociedad.

En España hoy no puede entenderse nada de lo que sucede en la esfera de lo público-político si no se concibe la forma desarraigada, ahistórica, antinacional y antipolítica de la conciencia social y su fraudulenta reproducción partidista.

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La Forma de Gobierno, lugar estratégico de la lucha ideológica actual.La organización de las formas de gobierno, los sistemas de gobierno en su terminología más clásica, es un fundamento esencial en la estructura política de un Estado. Y, al decidir por una u otra forma, se determina la existencia o no de una verdadera democracia”. (Javier Castro Villacañas, “La forma de gobierno es más importante que la ley electoral”, DISIDENTIA, 17 de marzo de 2018).

Ahí está la clave del asunto. Los inspirados por Trevijano hacemos la opción del sistema de gobierno presidencial, supongo que cada uno por sus razones. En mi caso, está muy claro que la relación entre el Estado, como puro aparato procedimental, técnico, administrativo debe estar fuera del control permanente de los partidos, por lo que la única salida histórica es una forma de gobierno presidencial con unas características muy específicas adaptadas a la situación española, que es la única que debe dictar esas condiciones formales y no ninguna imitación de modelos extranjeros.

La experiencia del Régimen del 78 ha concluido y ya no sirven subterfugios: el Estado ha intentado y sigue intentado destruir a la Nación a través de uno partidos que, como tercero en discordia, necesitan, para subsistir como organizaciones burocratizadas de poder, apoderarse del Estado y neutralizar a la Nación.

El proceso secesionista no tenía otro sentido y respondía a esta lógica inmanente al funcionamiento de los partidos, dada su posición intersticial entre Estado y Nación, entre pura administración y sociedad civil administrada.

La discusión sobre el “parlamentarismo”, incluso reducida a la pura técnica de elección del poder ejecutivo encarnado en el Gobierno como factor estratégico que conduce el todo funcional unitario del Estado, no es anecdótica, es de hecho una cuestión de una profundidad que todavía apenas se ha planteado y que es la más vital para la supervivencia de España como Nación política independiente y como Nación estatalmente unida.

Porque en efecto, todos debieran saber que donde la Magistratura suprema, integrando Jefatura del Estado y Jefatura de Gobierno, limitada en mandato y revocable por diferentes procedimientos de garantía constitucional, no tiene un fundamento electivo directo, no hay en ningún sentido “democracia”, pues ésta es su definición máxima y la única posible. Y esto no es opinable ni debatible: es o no es.

El resto es “Parlamentarismo” en su versión más degradada y destructiva, la del Estado de Partidos. Pero es que jamás en ninguna parte antes de 1945 el parlamentarismo clásico de tipo inglés, modelo originario de todos los demás, fue reconocido como “democracia” por ningún teórico, sino que entonces, hasta el periodo de entreguerras, se sabía perfectamente que el parlamentarismo era una de las formas de prohibir y proscribir ya en la forma del sistema de gobierno cualquier tentativa de gobierno “democrático”, el verdadero horror de las oligarquías político-empresariales y de los grandes rentistas.

Castro Villacañas, siguiendo a Trevijano, lo explicó muy bien en su libro “El fracaso de la Monarquía”: el trasfondo histórico de la persistencia anacrónica de la figura del Rey en toda Europa entre 1789 y el presente es el impedimento que instaló la forma de Gobierno parlamentaria en toda Europa occidental, en vez de la forma democrática, por miedo a las masas controladas, supuestamente por las izquierdas obreristas, como “fuerza de choque” contra el orden social.

De ahí todas las extravagantes alianzas por la “estabilidad” entre forma de gobierno parlamentaria, monarquías y reformismos sociales varios, a cambio de la renuncia de los socialismos al mito irrisorio de la Revolución: las oligarquías de las sociedad civil y de la sociedad política aceptan todo antes que el gobierno democrático electivo directo.

Para acceder a los poderes del Estado y controlarlos, la forma de gobierno parlamentaria, reforzada e invertida por la partidocracia, es ideal.

El caso español es un objeto teórico modélico de esta verdad, que ya lo era en los años 20 bajo la República de Weimar, hacia cuyo horizonte caótico caminamos a pasos agigantados sin apenas percibirlo, por muchas señales difusas esparcidas ya por todas partes.

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El Gobierno de los Ricos y la compasión estatalizada por los “pobres”. Los ricos, y en general toda clase dominante verdaderamente capaz y orgullosa, no tiene ninguna “conciencia que calmar”. Si la tuviera, dejaría de ser aquello que le permite ser. Cuando llega a ese momento, digamos “histórico”, de evolución, es decir, cuando necesita justificarse y legitimar su “estatus”, quizás suceda que ya no es clase dominante sino otra cosa muy distinta. Muchas experiencias históricas nos lo advierten.

El futuro de buena parte de las sociedades europeas, y de la española en grado de modelo vanguardista, parece ajustarse al concepto de lo que los estadounidenses denominan “poor white trash” (pobre basura blanca).

Apenas lo advertimos entre la hojarasca bien macerada de los anuncios publicitarios, pero hoy todo nos exhorta a acondicionar nuestro grado de conciencia social a este nuevo nivel de “desarrollo estancado” que alcanzaremos probablemente en un futuro que ya está aquí. En ese sentido, hemos devenido una suerte inédita de moralistas invertidos, es decir, con buen propósito aconsejamos asumir cuanto antes, por adelantado, lo que ya somos en los nada borrosos perfiles de nuestro próximo “llegar a ser” colectivo.

Además, tenemos el buen gusto de no llamarnos directa sino oblicuamente “poor white trash”. Y, por mi parte, acepto el reto, porque parece evidente que el “eslabón débil” de la cadena forjada por el ya desmitificado mito europeo del Estado social y democrático somos nosotros, que ni siquiera percibimos lo que está pasando más allá de nuestras fronteras y cuando lo percibamos y reaccionemos, la cosa ya no tendrá solución, como tantas veces ha acontecido en nuestra historia contemporánea.

No permitamos que las clientelas electorales del Régimen hoy vigente gocen de una tranquila conciencia social tan retrasada, aquella con que el discurso melifluo y apocopado de nuestros benefactores estatales nos conforta y alivia.

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Escena de una “lucha política” nada convincente. Todo deberíar estar mal, pero todo va bien. Yo padezco cáncer de pulmón, pero tú eres terminal de colon. Tú eres un corrupto al descubierto y todo el tiempo, yo tan sólo uno cualquiera que pasaba por ahí y a quien el partido de golpe se le llenó de malas personas.

Yo soy un manirroto, tú tan sólo un desquiciado. Tú exprimes a todas las clases con impuestos confiscatorios por deleite sádico y colectivista, yo tan sólo confisco con delicadeza a todo el mundo lo que es necesario al bien de la sociedad. Yo soy un delincuente atrapado en un cuerpo de político con traje caro, tú un miserable vulgar atrapado en un delincuente con camisa arremangada. Tú mientes cuando hablas, yo miento cuando callo. Yo no tengo ideas, tú estás poseído por malas ideas.

Tú eres apolítico, yo hiperpolitizado, pero nos entendemos bien cuando nos asignamos las subvenciones por las cuotas de los votos y nos repartimos las cuotas de pantalla y las cuotas en los órganos de la Justicia y en los consejos de administración. Tú te dejas la barba por higiene y espíritu caballeresco, yo por falta de higiene y desarreglo bohemio. Todo os debería ir mal, pero todo nos va bien. Ilusos.

Todo está en su lugar cuando todo es mentira. Y hasta cierto punto la mentira es necesaria, pero la mentira política generalizada y en sesión continua es efectivamente vomitiva.

De ahí quizás que todo huela tan mal en los medios universitarios y en los medios de comunicación de masas. Y dicen que circulan muchas “fake news”, pues que rebusquen en la Constitución española, el BOE, las gacetillas autonómicas, los editoriales de prensa, los artículos de opinión y las tesis doctorales de ciertas materias especialzadas del ámbito politológico (el nombre ya horroriza).

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Reforma constitucional para “dummies”. Con un poco de buena voluntad se comprenderá esta mínima verdad histórica subyacente a tanta propaganda: para los andaluces, catalanes, valencianos, gallegos, vascos, asturianos, manchegos, castellano-viejos, leoneses, mallorquines, menorquines, aragoneses, extremos, canarios, etc, en el fondo, ya se ha llegado a un punto de degeneración de la conciencia nacional que ya parece lo mismo  ser gobernado por una corruptísima oligarquía local de partidos o por una corruptísima oligarquía “central” de partidos.

Quizás el siguiente paso sea percibir que de lo que se trata es de librarse de la presupuesta inevitabilidad histórica de que cualquiera de ambas oligarquías sea la que tenga que desvirtuar el espontáneo, libre y fluido sentimiento de una conciencia común. Lo impostado de la identidad obligada por la patrimonialización del Estado por los partidos es la causa de tanto desafuero.

Los partidos del Estado (todos sin excepción alguna), en cuanto instituciones que usurpan nuestra libertad política como españoles, constituyen la primera y última causa de un malestar que tarde o temprano tendremos que afrontar.

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Voluntad de corromperse. La corrupción española es tan rutinaria y pública que incluso sirve como campo mediático de lucha intra y extrapartidista. El régimen político español no admite otra forma de gobierno que el de las prácticas corruptas, porque en su ser le va el no poder ser otra cosa.

La política es el mal, el mal es la política. Podemos darle todas las vueltas que queramos, al final caemos en la cuenta de que tan sólo somos españoles contemporáneos vivos bajo todas las determinaciones históricas de este presente.

Y este presente es el que limita el horizonte de posibilidades del Régimen del 78. No la política en abstracto y en general sino la totalidad de las prácticas de gobierno en que este Régimen encuentra su expresión y su verdad es lo corrupto: la voluntad de corromperse presupuesta como finalidad de toda la clase dirigente (burocracia de los partidos).

Esta voluntad existe porque así se decidió en su origen que el poder vigente tuviera tal naturaleza en su funcionamiento y todo retorna a él en todos y cada uno de los epifenómenos tribunicios y policiales que se utilizan para reforzar la inconsciencia colectiva por sobresaturación hasta el límite de lo absurdo y lo esperpéntico.

La verdadera política es un arte de la más alta nobleza, cuyos medios pueden ser muy discutibles, pero al menos propone fines. Maquiavelo no ha sido apenas entendido Lo que nosotros padecemos es la traición de toda la clase dirigente, además de su explotación confiscatoria, carente de fines y propósitos más allá de la próxima vuelta de esta Rueda de la Fortuna presupuestaria de reparto de cargos y privilegios. Lo demás son “lágrimas en la lluvia” y moralina senil de periodistas, burócratas de partido e intelectuales orgánicos.

El crítico con la situación, el denunciante de la corrupción, el abstencionista contumaz, en fin, el Tersites del Régimen del 78 es necesariamente también el bufón de la Corte del último Borbón bajo su inexpresivo valido de barbas teñidas. Entretanto, ni el rubor ni la estupidez nos impedirán ejercer un juicio no desprovisto de juguetona “mala leche” castiza, a falta de algo mejor en que practicar el epigrama y tal vez exhibir una lujosa libertad perdida de vista en algún momento ya lejano… Por favor, señores, desconecten de una vez a los simuladores de ideología, conflicto y dialéctica, no sea que el piloto se estrelle con una tripulación ebria de riqueza mal adquirida y toda la clase turista rumbo a las Bahamas.

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Un “conflicto” fraternal entre Herederos del Franquismo. Siento una enternecedora piedad indescriptible por quienes creen que en la España actual hay un «conflicto político» entre el «Estado español» y la «Nación catalana» que aspira a convertirse en «Estado catalán independiente».

Si es cierto que la ignorancia está en el origen del error moral, quizás no sea menos cierto que la ignorancia está en el origen del error político que a la larga desemboca en conflicto y guerra. Nos falta un Sócrates político.

Todo lo que circula como moneda acuñada en la visión «crítica» del supuesto «Nacionalismo catalán» es un puro disparate, pues tal «Nacionalismo» no existe más que como presunción vanidosa de una Voluntad de Poder expresada en un Estado propio para que unos individuos muy concretos puedan ejercer esa Voluntad que tiene además la mágica facultad de hacer abultar innumerables peculios personales. Eso ya existe hasta en La Rioja y Murcia, y sin hacer tanto ruido mediático.

Lo único que se le puede reprochar a la clase dirigente y dominante catalanas es el bien caracterizado egocentrismo del primogénito, vástago insufrible que se cree con derecho de pernada incluso con la Santa Madre (la tierra, el territorio histórico) que comparte lecho y caricias con papá Estado (el artificial ente que administra sus recursos y que desde la instauración del Régimen con la C78 es una máquina de guerra contra la Nación histórica, cultural y política).

Detrás no hay nada psicopatológico, salvo la muy humana ambición de poder y tal vez el calambre o cosquilleo de placer que a todo Oligarca con ínfulas produce la sensación imaginaria de esa extremidad mutilada que él quisiera ver ya convertida en Estado, algo que ni una corrupción bien administrada consigue sugerirle, como demuestra el nunca bien descrito Régimen andaluz, el gemelo del catalán sin tales ambiciones, como benjamín que es de la Sagrada Familia Borbónica.

El recubrimiento «historicista» forma parte de la gran invención teórica alemana.El resto es farfolla retórica para analfabetos (austracismo puro y duro, trasvestido con las categorías  del constitucionalismo ítalo-alemán corrupto de posguerra y la argucia del “pacto territorial”), y abundan en los bandos partidistas y mediáticos contendientes, que por supuesto, no han leído nada para ganarse un sueldo público nada desdeñable.

En fin, la crítica al ««Nacionalismo catalán»» va a acabar por hacer verosímil la consolidación de la ««Democracia española»», a poco que los Grandes Rentistas del Estado se den cuenta del filón que puede ser promover una «fuerza política expansiva» de carácter ««españolista»» (?), esa burda estafa preventiva que es “Ciudadanos”.

Creo que es el siguiente capítulo de la serie que los guionistas están escribiendo. No hay nada como una narrativa y una dialéctica folletinescas de bajas pasiones y enredos familiares para hacer Alta Política delante del televisor, que en realidad es el único ser consciente, aunque puramente técnico, que sabe votar.

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A propósito de la aplicación del artículo 155 de la CE 78. «Rajoy hace todo lo que la Ley y la Constitución vigente establece». No es un asunto meramente «técnico-formal» o «procedimental».

La C78, en su pura literalidad o en otra cualquier «interpretación alternativa», típica del Derecho Constitucional italiano de posguerra, imitado con fruición en España, no habilita al Jefe del Ejecutivo ni a nadie (incluido Jefe del Estado) a nada de lo que realmente se ha llevado a cabo en la comisión de una flagrante actuación de extraconstitucionalidad. No se ha aplicado el artículo 155, es decir, directamente se ha suplantado su texto preceptivo y prescriptivo y se ha inventado otro muy distinto. El hecho de que los secesionistas catalanes no hayan empleado este argumento es clave para entender muchas cosas extrañas.

El Jefe de Gobierno español, en su ejercicio de tal, no está facultado por ese artículo para el ejercicio de la potestad «excepcional» de cesar de sus funciones a nadie dentro de los poderes del Estado y mucho menos para «disolver» un Parlamento autonómico cuya legalidad y legitimidad no derivan de ninguna otra instancia, porque un Parlamento por definición es «soberano» en un Régimen parlamentario.

Pero en España se da una anormalidad: se han inventado Parlamentos regionales sin ninguna base histórica que pudiera fundarse en una «soberanía» simbólica. Porque donde haya un Parlamento debe existir un Pueblo fundado sobre su Independencia, de lo contrario una Cámara Legislativa no tiene sentido y la C78 no reconoce ni siquiera quién es el Sujeto Constituyente del que emanan los poderes: «pueblo español» es incompatible radical y totalmente con Comunidades Autónomas, salvo si existiera un previo Pacto de Federación entre ellas y entonces cada una por separado pudiera apelar a su propio Sujeto Constituyente como «pueblo independiente» que ha decidido unirse a otros como él por sus intereses comunes.

En la España del Régimen del 78 el fundamento «austracista» del Pacto extraconstitucional secreto (derechos históricos, foralidad identitarismo estatal burocrático, regionalismo, imposición de las hablas locales, deconstrucción de la Historia nacional…) es lo que la derecha política que se dice “española” (y españolista) oculta culpando a la izquierda de ser «identitaria» y «pronacionalista», pero la defensa de la Disposición Transitoria y su inclusión en la C78, además de su alta estimación como modelo para Cataluña por Herrero de Miñón para una Reforma Constitucional es cosa exclusiva de los grupos mas «reaccionarios» que habitan, todos ellos, en los grandes edificios donde los contables monetizan la Nación española.

Hay que fijarse bien en la imposición desde arriba de una homogeneidad del discurso público. Se dice: “El Estado ha actuado automáticamente”. Una frase de naturaleza tan fetichista y vacua ya es sospechosa. Y se ponen como ostensibles ejemplos al Rey, el Motor inmóvil de esa mítica “actuación” del Estado”, y a una Judicatura que opera única y exclusivamente en una determinada línea prestablecida por los intereses momentáneos de los Partidos.

La consigna es “Salvar las Apariencias” de Legalidad, Constitucionalidad y Normalidad, cuando en realidad es eso justamente lo que falla con estrépito y eso es lo que hay que encubrir como sea, empapelando los platós de televisión de autos judiciales y demás parafernalia de la “opinión” bien consensuada de los “radicales” con nómina del propio Estado.

Nadie imagina que el propio Presidente del Gobierno de España pudiera ser legalmente imputado de acuerdo con lo que ahora se sabe sobre su actuación desde 2012 con relación al destino de los recursos del FLA, cuya desviación era perfectamente conocida por el Ministerio de Hacienda.

La falsificación de la “dialéctica” Estado/Gobierno central frente a un movimiento “secesionista”, que es también y nada más que Estado/Gobierno en su dimensión territorial autonómica, es todo lo que se está escenficando para una opinión que jamás ha entendido nada, porque no es más que el reflejo pasivo de una propaganda de usar y tirar.

No hay nada secreto, no hay cloacas, no hay acuerdos secretos, no hay planes estratégicos ni de contingencia. El Régimen se ha exhibido en su esencia de impunidad y coalescencia de grupos estatales, se muestra en lo que es y ha sido siempre: una mamarrachada protagonizada por unos patanes que manejan los cargos del Estado en todos sus niveles.

El miedo sobrecogedor no confesado al fracaso del proyecto reformista, la inconsciencia y la incultura política profunda de todos ellos, el hecho de que, a poco que piensen en serio por un momento, sospechen que el destino carcelario de los “secesionistas” pueda ser un día no muy lejano el de todos ellos, ese extravagante “Memento mori” que persigue a todo Poder, y mucho más al carente de fundamento y legitimidad, eso es lo que tal vez resulte conmovedor entre una gente que nos conduce colectivamente a una catástrofe día a día sepultada por un anecdotario que ya no logra ocultar la verdad de su traición y su incompetencia.

58

Extraño suceso judicial no identificado. La decisión del juez alemán sobre el delito de rebelión imputado a Puigdemont es una jugada más sutil de lo que se imagina.

El Gobierno y el «Estado» del Régimen español, por supuesto, no van a cortar en carne propia, es decir, no van a procesar ni condenar realmente a los secesionistas, como no se ha condenado a todos los Consejos de las Cajas de Ahorro, como no se ha procesado y condenado a los expresidentes de la Junta de Andalucía, como nadie ha pedido cuentas a Pujol, antes a González o ahora al Jefe y beneficiario primero y último de toda la corrupción interna de un partido como el PP.

La jugada consiste, como siempre, en «delegar» en un tercero la «responsabilidad» de asumir una decisión, porque ésta no puede tomarse abiertamente en España: la absolución implícita y nunca declarada del movimiento secesionista es el objeto secreto que se debate en los círculos reales del Poder.

Toda la algarabía y alharaca sobre Alemania es puro ensimismamiento inducido en una opinión artificialmente creada.

El Régimen español no va a juzgarse y sentarse en el banquillo a sí mismo: el Gobierno alemán debe echar una mano.

Dentro del Régimen nadie se cree lo de la Rebelión y la Sedición (porque todas sus instancias formales e informales conspiraban en el mismo y único sentido de la Reforma constitucional tal como se declara en el documento muy explícito de los Catedráticos de Derecho Constitucional del 20 de noviembre de 2017), pero a algo «legal» y «constitucional» había que acudir en la lucha, por primera vez abierta entre facciones estatales de un mismo Poder político compartido, para pararles los pies a los precipitados y demasiados ambiciosos.

La impureza de los conceptos jurídicos delata la suciedad de las intenciones políticas.

La gente habla como si cuanto vemos ante nuestros ojos encajara con alguna normatividad y alguna excepcionalidad.

La ignorancia sobre el funcionamiento del Régimen español se la pueden permitir los que creen en los telediarios y leen maquinalmente la prensa panfletaria, no las personas observadoras, críticas y formadas, entrenadas en esta grosera mentira diaria que nos suministran como adormidera desde aquella adolescencia mía en que se ejecutó al ««pueblo español»», una vez más, con el referéndum sobre la OTAN.

Véase sino el siempre jugoso juego dialéctico entre el discurso autodenigratorio que promueven las instancias del poder cultural y mediático del Régimen y las poses casticistas del victimismo que las replica.

Todo es un «bluf», a la vez trágico y desternillante. Quienes han vivido toda su vida adulta en la mentira carecen ya de sensibilidad para percibir la verdad de la muy peculiar forma de ejercer el Poder que padecen.

Por cierto, el ensimismamiento en prejuicios es siempre en toda sociedad preludio de lo innombrable: el miedo a la violencia del Poder sólo puede conjurarse a través de la violencia de quien lo padece contra el Poder.

59

Juego de sombras chinescas. ¿Qué se oculta detrás de Albert Rivera? Es evidente. Discursivamente, nada o casi nada. Materialmente, Criteria y el resto de la organización empresarial dominada por este grupo. Electoralmente, la vergüenza desvergonzada de los avergonzados. Ideológicamente, lo que sea. Políticamente, lo que sus comanditarios le permitan. “Derecha moderna”: por supuesto, como el nuevo envase de Coca Cola “Coke”. Un universo mental tan apolítico y desnutrido como el de las clases medias españolas más o menos acomodadas no pide más. Tal vez, menos azúcar, tal vez menos gas…

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Una chabacana sensibilidad civil y política. La percepción expresada en el discurso político español más elaborado (?) de los círculos que dentro del Régimen del 78 no dejan ni dejarán de postular la “vía negociada” al supuesto “conflicto catalán” es una percepción tan artera como desvergonzada.

Lo sorprendente es la total pobreza conceptual (“democracia liberal”, como dicen los gacetilleros de la derecha periodística, Cacho, Jiménez Losantos, Pedro J y el resto de los “reformistas” mediáticos: qué izquierda tan consensual… con una derecha tan “reaccionaria”), la impostura moral, la mentira política convertidas en Discurso público reconocido que circula en los propios medios de comunicación financiados secretamente y mantenidos por un reducido Club de Grandes Rentistas.

Ahora bien, sucede que el Discurso contrario, el de la “defensa” de España, la “democracia” y la Constitución de 1978 dice exactamente lo mismo desde el otro punto de vista permitido por el Régimen: el del “constitucionalismo”, que los secesionistas y sus ideólogos de muy variado pelaje tachan de “Nacionalisnmo español” (los intelectuales orgánico-académico-mediáticos: los hay hasta financiados por los March o los Del Pino “e tutti quanti” del Gran Mundo Invisible, además del incombustible y omnipresente Fainé, el gran “Capo dei Capi”, siempre en la sombra).

Ambos discursos se retroalimentan y se consolidan en su mutuo vacío referencial y en sus ficciones intercambiadas como golpes bajos en esta pelea de gallos sin espolones y que en realidad ponen huevos de serpiente: la lucha por la Hegemonía dentro del Estado patrimonializado por el bloque oligárquico se traduce en “Nacionalismo”, da igual lo que esto quiera significar, pero desde luego nada tiene que ver ni con Cataluña y España como “cosas reales” sino con la imagen que el Régimen produce de ellas desde sus peculiarísimas condiciones de poder, anómicas y perversas.

En España la lucha interna entre los Privilegiados de Clase y Jefes de Partido se expresa y solapa con la lucha entre Señores Territoriales (qué casualidad, son los mismos). Ambos discursos afirman la “democracia” como “realmente existente” para referirse a sus actividades delictivas y propagandísticas.

A partir de ahí, todo está por desbrozar en este “psycothriller” en el que, si algo hay, es una total carencia de ideas positivas sobre lo que sea.

La miseria del pueblo español, la gran miseria moral, está en su chabacana sensibilidad ante los enigmas de la vida y la muerte.”

Yo, siguiendo a Valle-Inclán, quiero añadir que esa miseria moral es extensible a un orden mundano más trivial: el de las relaciones de poder dadas, más que nada porque “los enigmas de la vida y de la muerte” pueden o no llegar a experimentarse en función de cómo organizan los hombres sus vidas en el plano colectivo: es decir, qué grado de libertad son capaces de imponerse como ideal normativo.

61

Efecto purgativo de la crítica política. La generación de nuestros padres fue obligada a elegir entre el esperpento y la tragedia. No le dieron opción para la libertad. La tragedia ya la conocían de primera o segunda mano. El esperpento se les presentó como lo que era, pero todo el mundo cerró los ojos a cambio de las migajas de un mediocre bienestar. Así que ahora, yo, hijo del deshonor y la mentira forzadamente aceptada, gloso el esperpento y le pongo acotaciones, sabedor de que la obra en realidad no tiene ninguna gracia. Pero su efecto purgativo es necesario.

62

Hombres e instituciones. Las verdaderas aristocracias históricas no se dedican a menesteres tan burdos y envilecedores como el gobierno de los hombres, o al menos no exclusiva y prioritariamente. Su terreno es el arte, la estetizacion de la vida y la muerte. El poder político, cuando es verdaderamente aristocrático, es una sublimación de valores morales que a nosotros nos harían palidecer o enrojecer. Que yo sepa sólo Nietzsche ha expresado algo profundo sobre este asunto, que no compete ni al pensamiento político ni a su degenerada bastarda, la llamada «ciencia política».

Según la naturaleza del espíritu de cada hombre y de cada cultura se gobierna. Gobernar un pueblo guerrero es noble, gobernar un pueblo de comerciantes es trivial. No es lo mismo gobernar Roma que gobernar Cartago. El valor de un gobernante y de un sistema político lo determina a priori la condición espiritual y material de un pueblo.

Fijémonos en la generación española de nuestros padres. Bajo Franco, incluso oprimidos y humillados, eran gente decente, honesta, cumplidora de su palabra, tenaz, orgullosa y hasta valiente. Hoy los mismos hombres, nosotros, sus hijos, somos viles, cobardes, oportunistas, parasitarios, serviles, amorales y mentirosos. Casi parecen que nos han clonado con material genético de Falstaff, aunque el laboratorio de genética aplicada de la C78 se olvidó de la agudeza y profundidad del personaje shakesperiano.

Somos los mismos hombres bajo formas institucionales de gobierno muy distintas en sus principios normativos.

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¿Se piensa como se vive o se vive como se piensa?”. Se intenta focalizar al culpable de la “debilidad occidental”. Gran tarea que requiere un trabajo hercúleo del que todo el mundo se siente capaz.

Sin duda, cuando se encuentra una palabra, todos respiramos aliviados. Llamémosle “socialdemocracia” al culpable, pintémosle con tintes caricaturescos (el objeto tampoco da para más, de suponer su existencia empírica observable). Volquemos todo nuestro sentido de la indignación en tan vituperable objeto.

¿Qué se resuelve y consigue con un loable trabajo de “inquisición ideológica”? Nada, porque sigue habiendo una inmensa “X” donde hemos escrito “socialdemocracia”. Nadie debería hacerse ilusiones sobre este tipo de exorcismo “crítico”. Como cuando la izquierda afirma ritualmente: “El capitalismo o el neoliberalismo o la globalización tienen la culpa”. Invertir el enunciado y cambiar el sujeto de la imputación no cambia el carácter fraudulento de la operación intelectual, por mucho que cambiemos sus atributos y las causas de la imputación.

Entrando en materia, lo que ha sucedido respecto a todo lo relacionado con la inmigración, la integración de las minorías, el paternalismo estatal, el menosprecio dogmático y autosatisfecho de unas “tradiciones” y “costumbres” europeas (?), todo este discurso del resentimiento defensivo invertido desde la derecha del discurso del resentimiento ofensivo desde la izquierda olvida un hecho capital: el hecho de que bajo determinadas circunstancias históricas, las opciones de actuación colectiva son muy limitadas. Respecto al acontecer no hay optatividad.

En la escena pública occidental hay sólo lo que puede haber y nada más. La Europa de después de 1945 era el resultado de heroísmos trágicos, de un largo desangramiento material y espiritual de 30 años durante ese periodo que el historiador Ernst Nolte bautizó con buen juicio como el de la “guerra civil europea”. Esa “socialdemocracia” pasaba por allí y se le hizo responsable de gestionar los desechos históricos y los escombros morales. Y eso es lo que ha hecho.

Como comisarios políticos que son del capital europeo refundido y superviviente, sus estrategias son las que son: una Europa vacía, subalterna, desarmada, vencida, humillada, desmoralizada que ni siquiera sabe que lo está, es el objeto ideal para un tipo de dominación que, de todas maneras, no podría ser algo distinto de lo que es. Esa misma Europa vacía, subalterna, desarmada, vencida, humillada y desmoralizada es la que vive los atentados islamistas comiendo palomitas en un cine de gran superficie y cada uno se felicita de no estar entre las víctimas.

¿Alguien se cree en serio que de esa Europa, que acumula 70 años de felicísima automarginación histórica, puede salir algo distinto de la “socialdemocracia” o como quiera llamarse a lo encargado de gestionar un mundo espiritual devastado, a una sociedad civil muerta, a unos pueblos históricos que dejaron de serlo?

Se vive como se piensa, es decir, de cualquier manera.

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“El hombre es la indumentaria o el hábito sí hace al monje”. Es bien conocido, la documentación filmográfica lo muestra, hacia 1977-1979, las chaquetas de pana “nacional-sindicalista” de los líderes del PSOE hicieron furor entre las clases medias.

Trasmutados alquímicamente, sin Merlín de oficio, por trajes elegantes que disimulaban el buen corte con adventicias tallas superiores o inferiores, si bien en los ochenta, y sobre a principios de los años 90, los jefes de la izquierda política, que no social, ganaron bastantes kilos de más, en el cuerpo y en otras partes, y en consecuencia hubo que reacondicionarlos y hasta sustituirlos, como a los maniquíes tan admirables de “El CORTE INGLÉS”.

Y henos aquí que de repente aparecen en escena, o en el escaparate de la “boutique”, la crisis “social” lo manda, las camisas abiertas de “Al Campo” de tonos deslucidos y tejido indefinido, ahora los personajes posan remangados (viejo estilo falangista inconfundible en la indumentaria de los “nacional-charnegos” de última generación…) y las cámaras, estudios de televisión, inclusos sedes parlamentarias ilustran este ilusionismo de lo indumentario a que ha quedado reducida la significación política, sustituida por los significantes “de clase” (política institucional).

La próxima generación de políticos-burócratas de partido vestirá como los Altos Cargos del “Big Brother” en la película “1984”: los distintos colores del “mono” de trabajo en la fábrica indicarán los grados y niveles en el escalafón de la “Nomenklatura” española.

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“A cada uno según su capacidad de desnacionalización”. Las izquierdas españolas durante la Segunda República y en la Guerra Civil podían definirse como “nacionales” si “nacionales” significa que su “proyecto” se dirige uniformemente y abarca a la totalidad de la Nación política, manteniendo su unidad y su identidad.

“Lo desnacionalizador servil (“charnego”) es una excelente categoría para describir un estado de enajenación profunda de una sociedad desvinculada de su pasado, incapaz de enfrentarse a él sino es mediante recurso míticos, como le sucede a la sociedad española actual.

La izquierda, o lo que se hace pasar por tal (conozco y comparto la tesis de Trevijano sobre el hecho de que en un Estado de partidos de carácter profundamente oligárquico y reaccionario no existe una verdadera izquierda social sino sólo un remedo estatalista al servicio de la alta finanza) es calificable como “charnega” porque su estatalismo lo transforma en voluntad de destruir los residuos de Nación política y por ello todo su discurso directo e indirecto lo centra en el antifranquismo, a través del cual encubre su verdadero proyecto, que no es otro que alcanzar una especie de Estado Confederal (por supuesto, otra ficción, pero es ideológicamente operativa) en que cada territorio absorba la totalidad del poder ejecutivo.

El proceso ya está ampliamente desarrollado y sólo queda rematarlo. La burocracia política residual del PSOE, esclerotizada incluso en sus territorios más clientelares y corruptos, ya sólo representa un obstáculo en este camino. Por eso en buena medida ha aparecido Podemos. Es la fuerza encargada de hacer el trabajo que, debido a la encrucijada de la crisis económica, no le dio tiempo a ejecutar a Zapatero y su círculo de intereses oligárquicos catalanistas.

Eso que convencionalmente se llama «izquierda» no ha tenido jamás ninguna veleidad «rupturista» de nada. Esa izquierda «sistémica», «regimental, monárquica, profundamente antiobrera, partidocratica, oligárquica, antisocial, etc, es el perfecto «compañero de viaje» de una derecha con las mismas características, a ella connaturales, pero antinaturales en una sedicente “izquierda”. Ni derecha ni izquierda saben lo que es «democracia» y sus formaciones políticas no son más que asociaciones faccionarias dentro de un Estado a su exclusivo servicio, compartido con los nacionalistas, sus hermanos gemelos, más avispados y mejor organizados. Ningún parásito mata al organismo en que se hospeda.

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“Medidas profilácticas”. Bajo el franquismo se gobernó con la presunta legitimidad de las salvación “in extremis” de la unidad nacional. El grupo oligárquico que permaneció en los aparatos del Estado y en los oligopolios estatales tuvo que lavarse la cara, como ellos mismos se la lavaron a los comunistas, exterroristas estalinistas, importados del exilio como la carne argentina de vacuno congelada.

Yo no hablo jamás de “complejo de la derecha”, porque eso es suponerle una decencia moral de la que carece por completo, y no soy tan inocente como para creerme semejantes boberías tartufonescas fábrica de la marca esperancista del PP cuyo conspicuo portavoz es Federico Jiménez Losantos.

A mí nadie tiene que convencerme de qué rol juega, ha jugado y jugará la derecha heredera del franquismo: es ella la que quiso borrar su pasado con el Estado de las Autonomías, entre otras “medidas profilácticas”. Aquí de lo que se trata es de definir qué papel tiene cada facción estatal.

El PP es puro charneguismo elevado al cubo, en el sentido muy preciso en que un travestido puede ser mujer y hombre a la vez. Pero intentan disimularlo, no sea que a “las bases electorales” les dé por pensar por sí mismas, suponiendo que eso sea posible en la derecha sociológica española.

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“Oligarca no come Oligarca”. En España no hay ninguna legalidad, sólo Derecho Administrativo. Ninguna legalidad puede sostenerse sobre la base de la inmoralidad generalizada, que consiste en aceptar las condiciones de vida bajo un régimen del que todo el mundo sospecha que es inmoral. La legalidad real y auténtica sólo es compatible con una alta moralidad pública y privada.

Son los personajes públicos más corruptos los que hablan de legalidad, como bajo el felipismo se hablaba de ética, y en el franquismo terminal se mentaban “las instituciones” como salvaguarda de la forma oligárquica de Gobierno. Todo es la misma impostura. Cataluña hará lo que venga en gana a las pocas decenas o centenas de burócratas que saben que son intocables, como sus conmilitones madrileños, andaluces, vascos valencianos y demás caterva.

Oligarca no come ni muerde oligarca, aunque esa inhibición o complicidad tenga como resultado la secesión o la negociación sobre sus términos pactados.

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Decisionismo por consenso oligárquico” ante la “Secesión catalana. Subsunción de lo colectivo-público (la entidad a la vez estatal y nacional) por los Partidos, lo que quiere decir que no puede producirse situación de excepción que a la vez no sea producto del previo consenso de los Partidos para modificar su posición en el Estado. De ahí la impresión certera de encontrarnos ante un escenario de simulación sobreinterpretado mediáticamente, como corresponde al funcionamiento de ese peculiar decisionismo oligárquico, que apunta a crear la situación excepcional para a continuación proponer la situación normativa que la supere en un nuevo consenso oligárquico. Lo característico de la oligarquía como forma de gobierno es su circularidad.

Para entender nuestra situación, hay que olvidar la retórica y la fraseología oficiales, todo lo que los medios de comunicación emiten como consignas. La única realidad política es la constituida por el acuerdo implícito (“consenso oligárquico”) de unos partidos que no son nada más que ramificaciones “orgánicas” de un tipo de Estado muy específico cuyas normas de funcionamiento reales nada tienen que ver con las legales y visibles.

Al final, tras tanta divagación y politiquería chusquera revestida de retórica legaliforme, lo único que quedará claro será la boutade del bilbaíno convertida en nuevo «principio constituyente»: «Yo soy de donde le salga a mis cojones». Y cada uno, con la respectiva testosterona nacional inoculada como hormona egocéntrica, acabará siendo de donde le salga a sus cojones. No deja de resultar curioso que, a pesar de la «vacuna» del «europeísmo», los oligarcas retornen a su esencia: un cierto casticismo pasado por el posmodernismo de lo identitario en formato testicular.

Quienes legislan y gobiernan en las Autonomías son los viejos “fidalgos” sin honor, trasmutados en funcionarios de aparato de partido: los que, a falta de oficio y beneficio, se apadrinaron a sí mismos a través de un partido, señoritos huérfanos de herencia paterna pero con unas ganas no disimuladas de llegar a la vejez con un pibón amanuense, un casoplón en la costa y una cuenta saneada, a resguardo del fisco que ellos engordaron para reventar como puercos de matanza a los mismos que los aclamaban. Carne de nuestra carne mancillada…

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Amoralidad y desgobierno. “Los vicios vienen como pasajeros, nos visitan como huéspedes y se quedan como amos” (Confucio). La situación española es anormal. Se ve o no se ve. Hay quien prefiere no ver, y hay quien no puede sino ver. Y sobre todo hay quien prefiere encubrirlo conscientemente. No es asunto de grados o matices que se puedan discutir como el tono de un color, el efecto sentimental de una melodía musical o lo agradable o desagradable de un rostro.

No es un más o un menos. Se nos gobierna bajo la figura, la forma, el método de implicar a todo el mundo en la corrupción con el propósito de obtener el consentimiento y la obediencia. Es corrupta la palabra pública en su totalidad, de la que derivan todas las conductas públicas y privadas.

Hay sujetos morales y sujetos amorales, como hay sociedades bien gobernadas o mal gobernadas. En la España actual se unen los dos peores factores, los más destructivos para cualquier sociedad, algo que ya sabían los altos funcionarios confucianos en la antigua China de los emperadores: los sujetos son amorales y se desgobierna. Pero los sujetos se han vuelto amorales precisamente porque se les desgobierna.

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Ideocracias para consumo de “dummies”. Conceptos históricos de relativa solvencia no tienen sentido para entender lo que se vive en España como “partidos”, “política”, “proyectos de gobierno” o “ideologías”. En el Régimen español del 78 no hay ni ha habido jamás nada de eso. Ni liberalismo, ni conservadurismo, ni socialdemocracia y ni siquiera fascismo. A ver cuándo nos metemos en la cabeza que un partido del Estado como burocracia política que vive por y para el Estado del que se ha adueñado carece por completo de inspiración ideológica alguna.

Las ideologías, como los partidos que las asumen, han sido (quizás hasta 1945), pero ya son, el producto intelectual de la creación civil libre en el seno de una sociedad no estatalizada, como lo son todas las actuales o la mayor parte de ellas en el mundo “desarrollado”. Donde no hay libertad de pensamiento, difícilmente pueden producirse discursos ideológicos, porque incluso una conciencia social falsa, o relativamente falsa, debe poder crearse y pensarse en condiciones de libertad política y civil.

Lo que los partidos venden a sus electorados, aprovechando esa negligencia de espíritu público que padecen sociedades estatalizadas, son “ideocracias”, es decir, discursos de poder de burócratas, “logos” comerciales, tópicos sin fondo, prejuicios banales, herrumbre histórica que se sirven de referencias muy difuminadas en medio de esa envolvente atmósfera hecha con partículas contaminantes de los “se dice”, “se publica”, “se comenta”, absoluta impersonalidad de la voz del Estado y sus cuerpos de políticos profesionales (no muy distintos del resto de cuerpos administrativos) que tienen el eco obligado en una sociedad indefensa, pues por el sólo hecho de vivir en ella, se reciben sin querer todas estas señales acústicas que no trasmiten nada y que simulan “discursos políticos” por parecer emitidos por centros de opinión o por instancias públicas y partidos o personalidades adscritas a ellos.

Todo lo que se publica en la prensa insiste en falsificar los datos iniciales del problema político español para conducir a conclusiones igualmente tendenciosas e interesadas en desviar la atención respecto del problema clave del Régimen: la ausencia de democracia formal.

Si ya hay una izquierda cegada ante la realidad y ante su propia definición, no contribuyamos a oscurecer las cuestiones que tarde o temprano también tendrá que enfrentar la derecha política y sociológica más allá y fuera del PP, que calculo que, de proseguir así, estará hacia 2020 en las mismas condiciones que un PSOE, que nunca ha sido otra cosa que el fraude montado por unas cuantas familias de banqueros, grandes industriales y contratistas del Estado para continuar posesionados del Estado y utilizarlo a su antojo como fuente patrimonial de ingresos.

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Desnacionalización y transnacionalización. Hay en curso de ejecución una estrategia de consolidación de la UE que consiste en promocionar aquello que parece negarla. Los partidos identitarios son parte del sistema político que intenta dar una salida controlable a un malestar real, volviéndolo inocuo. Tras este «conflicto multiculturalista» está la liquidación de un Estado-nación que es el verdadero obstáculo por salvar.

Ningún Estado europeo es ya una comunidad política homogénea sobre la que construir nada. El Islam es sólo el chivo expiatorio que permite operar la trasnacionalización europea, es decir, la extroversión al vacío.

El caso español es modélico. Frente al caso francés, alemán o británico, en España la desnacionalización precede a la trasnacionalización, por lo que no es necesario que el sistema segregue la hormona identitaria y el reflejo defensivo.

Pero en todos los casos «lo islámico», que plantea un problema real de ruptura con el orden simbólico europeo, es un factor dependiente de un dispositivo de desintegración deliberadamente usado para destruir aquello que más miedo produce a la clase dirigente europea: la puesta en cuestión de su propio poder erigido sobre la voluntad de liquidar la Europa de los Estados nacionales.

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“Spanish Réquiem”. ¿Genocidio cultural? Ya se ha producido, con los pre-exterminados amontonando cadáveres de los post-exterminados. Toda la cultura “española”, la que se fabrica y vende en el mundo audiovisual, mediático, cinematográfico, literario, artístico y académico, es una cultura de auto-exterminio programado. Ni una verdad mínimamente humana que no sea una pura deyección expelida por una entidad espiritual innombrable. La categoría de “lo español” en esa infracultura es el producto de consumo para la socialización de la charnegada “ilustrada”. De hecho, esa categoría, asumida como “lo propio”, produce la imagen nada ambigua, como objetivo de exterminio cultural, de un mítico “Untermensch” español.

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«Fascistas» póstumos, orteguianos de oídas y Régimen del 78. Al final del Régimen de Franco, era difícil seguir siendo «franquista». Al menos para un andaluz, un gallego, un castellano, un extremeño, etc. Pero los vascos y los catalanes (sus élites sociales, económicas y culturales) fueron más listos. A través de su recién estrenado «Nacionalismo de Estado», institucionalizado por la Monarquía del Régimen del 78, pudieron seguir siendo auténticos «fascistas» póstumos… precisamente a través de un simulacro de «antifranquismo», que la izquierda política corrió a comprarles. En cuanto al resto del «franquismo» sociológico, se acharnegó dividiéndose entre el PP y el PSOE, y por eso los verdaderos fascistas, el nacionalismo localista, son los que realmente mandan. Permanecieron fieles a sus raíces.

Cualquier persona culta sabe qué es fascismo, qué es franquismo y qué relación existe entre uno y otro. Por lo demás, el concepto «Nacionalismo de Estado» o «Nacionalismo estatista» es un concepto perfilado con fundamento por Trevijano en sus últimas conferencias. En cuanto a «charnego», es evidente que designa la forma de conciencia política dominante en una masa social desnacionalizada, carente de una imagen positiva de sí misma, desarraigada y en el fondo indiferente a toda cuestión relacionada con su ser histórico.

Hay un hecho incontrovertible: en el País Vasco y Cataluña, la ideología dominante (y los grupos sociales que la sostienen y se sirven de ella para implantarse dentro del Estado) es verdaderamente fascista porque es una ideología constituida sobre un principio esencial del fascismo histórico realmente «existido»: un tipo de nacionalismo exarcebado, bajo coartada irredentista, que usó el poder del Estado como si Nación y Estado fuesen una unidad real, y no la fusión violenta de una comunidad «natural» y un puro artificio técnico de administración. El sistema de valores fascista es un modo de socialización de masas para la guerra. El fascismo real es una forma nihilista de agonismo.

Concibo el fascismo como un determinado tipo de nacionalización de las masas en el momento mismo en que surgen como «sujetos pasivos» de la acción política al mismo tiempo que se imponen los partidos obreros como organizaciones de clase para la toma del poder. La fascistización de las clases medias es un reflejo defensivo que pronto pasa al ataque con el apoyo de fracciones de la clase dominante. La Transición en Euskadi y Cataluña debiera ser enfocada en este sentido.

Un análisis muy acertado de este proceso se encuentra en el libro de Enmanuel Rodríguez, «¿Por que fracasó la democracia en España?», escrito desde un planteamiento izquierdista que cree ver en el nacionalismo vasco y catalán una fuerza «progresista» en tanto que «desestabilizadora» y abierta a «otra democracia posible». En realidad, sin saberlo, está describiendo un típico proceso de fascistización social y política trasvestido hasta resultar irreconocible.

Los nacionalismos vasco y catalán, tras el éxito de su nacionalización regional de las masas a ellos entregadas por el poder político heredero del régimen franquista, han entrado en la fase «expropiadora», es decir, se adentran en la tentativa de tomar el Territorio y erigirse en su Soberano. El nacionalismo estatalista es «posesivo» y «expansivo», porque esa es su lógica y su vida. En España, muchas cosas todavía no se han manifestado en la plenitud de lo que su origen contenía.

El nacionalismo estatalista es la más perfecta sublimación moral de la desigualdad dentro de una comunidad política y entre comunidades políticas. El carácter «fascista», originario, no derivado ni metafórico, del nacionalismo periférico apunta en esa dirección. No haberse tomado en serio el proceso de fascistización en Cataluña es una clave para entender la naturaleza del Régimen español, que es quien lo ha engendrado estatalmente.

El consenso sobre las nacionalidades en 1978 era un compromiso implícito del nacionalismo español, de estirpe orteguiano-falangista, obligado a disimularse, y el nacionalismo catalán, con la misma fuente ideológica de inspiración germánica, reconocido en su exigencia de convertirse en realidad «estatal» (primero autonómica, luego ya veremos) y ambos tenían en por sustrato común (de ahí la posibilidad de acuerdo permanente) una concepción voluntarista de la Nación política: la Nación es algo siempre por hacer como «proyecto, tarea, misión, deber». Como en tantas otros aspectos de su critica del Régimen del 78, Trevijano encontró la llave para abrir este “enigma español”.

La concepción subjetivista de la Nación casi por fatalidad histórica acaba pasando a las manos de los verdaderos sujetos hacedores de Naciones artificiales: las oligarquías de partido. Éstas juegan con la Nación, como juegan a su arbitrio y capricho con la riqueza, la defensa, las fronteras, la seguridad, las infraestructuras estratégicas, las pensiones públicas, la educación y los sistemas de referencias y valores colectivos.

Una reescritura del consenso, con pequeños roces de procedimiento, siempre es planteable como hecho político normal, mas aún, es el lubricante del Régimen político español: como en 1977-1978 no se constituyó la Nación política a través de la Representación para un periodo de libertad constituyente que fundase y delimitase los poderes del Estado en forma de una Constitución auténtica, ni se instituyó su Forma de Gobierno democrática, desde entonces hasta hoy, cada pacto de consenso, cada acuerdo de partidos implica en realidad una tentativa, no siempre lograda, de “proceso constituyente secreto” (el “pacto territorial” no es otra cosa, porque afecta nada menos que a la Soberanía estatal, que no “nacional”), es decir, proceso ocultado a la opinión pública acerca de la constitución interna del Estado, siempre abierta a la negociación de los poderes, entonces distribuidos entre las facciones oligárquicas, como parece haber ocurrido con la Conspiración para la Secesión catalana y la Reforma constitucional este otoño de 2017.

La evidencia de que esta descripción es certera se encuentra en el propio documento del 20 de noviembre de 2017 publicado con el título “Ideas para una reforma constitucional”, que delata en cada línea argumentativa y en cada propuesta el funcionamiento real del Régimen así como su verdadera ideología “constitucional” (“oligárquica”) inspiradora, todavía vigente, quizás con más fuerza que nunca.

Se dice muy explícitamente: “… no se trata de adoptar decisiones por mayoría sino de hacer propuestas para buscar acuerdos”.

El principio del consenso oligárquico (“el acuerdo” de camarillas que no representan más que intereses de facción, nunca un sentido mínimo de interés común o “nacional”), del que son portavoces los Catedráticos de Derecho Constitucional o Administrativo (como antes sus pares franquistas defendieron la unidad de poder bajo el franquismo y su “división funcional”), se exhibe a lo largo de todo el documento como la esencia del Régimen del 78, que por supuesto desprecia siempre toda apelación a un principio mayoritario democrático y nacional, pues el Estado y la Forma de Gobierno españoles bajo el Régimen del 78 no son ninguna de ambas cosas.

Se llega incluso al extremo de afirmar seriamente la disociación de Democracia y Constitución en el movimiento mismo en que tal disociación, defendida por los secesionistas catalanes, se niega, en un pasaje clave del texto:

“… el Gobierno del Estado ha apelado a la legalidad como instrumento de superación del conflicto, dejando desatendido el flanco político para su reconducción. El Gobierno de Cataluña, por su parte, decidió impulsar la vía unilateral hacia la independencia a partir de un entendimiento del principio democrático como criterio absoluto que permitía contradecir la Constitución y el Estatuto, esto es, pretendiendo disociar democracia y Constitución.”

Ahora bien, resulta que esta “Legalidad” no deriva de ninguna fuente legítima y ese principio mayoritario, localizado en un territorio dominado por una facción estatal de orientación identitaria particularista, es una burla atroz de cualquier idea de “Democracia formal”.

Todo el Documento, sorteando sus propios meandros y filisteísmos, se evapora en divagación hasta que llega a lo mollar, lo realmente decisivo y práctico: la liquidación formal consensuada y negociada de toda Soberanía estatal unitaria para repartirse la Hacienda pública y controlar en exclusiva la fiscalidad sobre las masas de súbditos desnacionalizados, regionalizados en una suerte de “apartheid” federal o confederal.

Véase cómo y por qué este Documento, que manifiesta a las claras y con franqueza inusitada el “programa consensuado” del ahora denunciado falazmente como “Golpe de Estado” (en realidad, una típica conspiración oligárquica de facciones dentro del Estado que controlan contra todo criterio público de verdad política democrático-formal), ha sido sepultado, olvidado, transitoriamente sometido a las cautelas sobre su publicidad y circulación.

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“Revolución legal” e ilegitimidad democrática de origen. La descripción objetiva de lo que está sucediendo en Cataluña entre septiembre y octubre de 2017 no es posible hacerla con categorías, nociones y criterios rutinarios y vulgares. La represión preventiva de un referéndum es un caso de excepción ante la excepcionalidad misma del acontecimiento. Pero no se puede llevar a cabo la represión de un acontecimiento no realizado sin reconocer su excepcionalidad. La legislación de excepción no puede ser considerada como realista y ejecutable sin una declaración previa de la excepcionalidad del hecho que se intenta atajar. Ahora bien, el Gobierno no se enfrenta a una situación de excepción sino a una forma de «Revolución Legal» desde dentro del propio Estado (ni golpe ni sedición).

Cabe imaginar «ex hypothesi» una situación como la siguiente: las Cortes franquistas en octubre-noviembre de 1976 se niegan con una mayoría abrumadora a aprobar la Ley de Reforma Política de Fernández Miranda y Suárez. Las diferentes familias del Régimen franquista se alinean unas contra otras y apelan al Ejército, preparando cada una un golpe de Estado. Pero en la realidad histórica la LRP se aprobó y se evitó la realidad conflictiva sugerida por la hipótesis. Ahora bien, la LRP era de hecho una Revolución Legal. A esta luz, cabe describir tal vez el proceso secesionista catalán, haciendo verdadera la posibilidad de la escisión oligárquica apuntada.

La idea de Revolución Legal y la LRP no están traídas por los pelos. Si todo el proceso secesionista apunta en la dirección de llevar la límite de su elasticidad el consenso constitucional de las fuerzas oligárquicas participantes en el momento fundacional de este Régimen, entonces el objetivo de la Reforma constitucional sólo puede alcanzarse simulando una «crisis constitucional» mediante el instrumento de una previa Revolución legal creadora de unas nuevas condiciones para la distribución posterior del poder, cambiando incluso su legitimación. Lo que se juega es la radicalidad de esa Reforma, pues a priori ya está decidida.

Nadie, que yo sepa, se ha hecho una pregunta tan aparentemente trivial como ésta: ¿Cuál es el sujeto de la soberanía capacitado para legislar en el Parlamento de Cataluña? Desde luego, no es el mismo sujeto que el reconocido en la Constitución del 78. El poder ejecutivo y el poder legislativo catalanes no son estratos dependientes en la cascada de competencias jerárquicas descendentes del grotesco modelo kelseniano adoptado por el diseño autonómico. Lo no dicho (que son virtualmente poderes soberanos) es lo que hace creer que estamos ante una «ilegalidad». Pero si tienen fuerza para instaurar su propia legalidad, entonces son soberanos. Y ésa es la cuestión conflictiva.

Por un lado, el sujeto constituyente español no ha constituido las instituciones políticas que lo rigen desde un momento originario y fundacional de libertad política, por lo que la C78 no establece unas condiciones de ejercicio del poder con legitimidad democrática. Por ello, la C78 no es defendible en ningún caso. Por otro lado, derivado de lo anterior, la Nación histórica no ha podido trasformarse en Nación política real porque su fundación en ningún momento ha pasado por la representación política. Dos privaciones formales que definen la situación actual, que es la de conclusión lógica y el desenlace histórico de un Régimen oligárquico derivado de una Dictadura personal.

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La fórmula política: el conflicto Estado/Democracia y el lugar de la Política. “España necesitaba un partido que defendiera al Estado, entendiendo al Estado como defender la unidad y la igualdad de todos los ciudadanos, no como un mapa cerrado”. (Rosa Díez, entrevista en DISIDENTIA, 5 de abril de 2018)

Alguien que ha vivido gran parte de su vida de la política en cuanto actividad ejercida dentro del propio Estado es lógico que afirme, ya como base y presupuesto, esta monstruosidad inconsciente, que no es una cuestión menor: decir “un partido que defienda al Estado” es tanto como afirmar “un partido que no defienda a la Nación”.

Porque ésta, lejos de no se sabe qué apriorística “igualdad” abstracta y legaliforme, que es la noción que recubre la puramente formal “ciudadanía” estatal, tiene como fundamento real una Libertad, cuya captura monopolizada por el Partido, el que sea, es justamente lo que está diciendo la frase citada, a partir de lo cual ya no queda nada más que añadir.

Desde estos presupuestos, no se puede “hacer política”, todo queda viciado por la presunción apriorística de la abstracción del Estado como único Sujeto agente de la política.

Aquí se encuentra el meollo, lo más jugoso, de la profunda discusión casi constante entre Dalmacio Negro y Antonio García-Trevijano en los coloquios mantenidos en Radio Libertad Constituyente, que figuran entre lo más inquietante, apenas explicitado en el debate, del pensamiento de ambos autores: la pregunta, de vital importancia para nosotros, acerca de si es posible que exista la Política bajo las condiciones modernas en las que el Estado se ha acabado por atribuir toda posible acción política como monopolizador que es no sólo del Derecho, la Seguridad, la Fiscalidad, la Defensa y la Legislación sino también y, sobre todo, la Representación de la Nación, apropiada mediante la fórmula política (en el sentido de Gaetano Mosca) de los Estados de Partidos impuestos a los pueblos europeos desde la posguerra a nuestros días.

La contradicción entonces se relaciona con esta situación de hecho y de derecho: ¿puede ser la Democracia como Forma de Gobierno algo real y realizable allí donde el Estado se ha convertido en el único Sujeto político actuante en todas las esferas que anteriormente ponían en juego los intereses de una sociedad civil separada del Estado, tal como pareció conocerse y desplegarse en el periodo clásico del Liberalismo parlamentario?

¿No sería tal vez que ya entonces algo marchaba muy mal y el camino hacia la Democracia como Forma de Gobierno quedó cortado por la necesidad del sistema capitalista de objetivarse en la esfera política como Estado interventor, que es en realidad finalmente una de las figuras siempre posibles del Estado Total, pero en su vertiente o versión de naturaleza marcadamente antipolítica, antisocial y antinacional, según su innegable trayectoria de posguerra hasta la situación actual?

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El Partido político estatal, o el instrumento maquiavélico de la obstrucción sistémica de la democracia formal y la libertad política. El único hecho, el fundamental y decisivo, el que define y determina la verdad de la absoluta identidad de todas las fuerzas políticas que «participan» del poder político constituido, desde ETA-Bildu hasta la CUP, ERC, Mareas, Compromis, Podemos, IU, PSOE, PNV, PdeCat y, por supuesto, PP, C’s consiste en que yo las financio a todas ellas porque son partes orgánicas del Estado, y en tanto que lo son, viven del Estado y sirven al Estado. Corporativa y profesionalmente son órganos del Estado, gremios de poder, parásitos del presupuesto. Y toda la masa de sus votantes vota lo Mismo, al Estado configurado por facciones oligárquicas del propio Estado.

Quien todavía se muestra rezagado en el puro conocimiento fenomenológico de este ser-así de la realidad política española, necesita recorrer un trecho muy largo para llegar, siquiera sea al umbral, de la idea de «democracia». Si un tipo que hace las listas electorales de su partido eligiendo a sus candidatos sale en la tele y de su boca cae obscenamente la palabra «democracia», tened por seguro que os toma directamente por gilipollas integrales, pues él mismo, por su sola existencia, es la más absoluta negación de toda idea de «democracia». Benditos los puros y los ignorantes, pues el Reino de la Oligarquía de partidos los reconocerá como suyos.

El Estado, como órgano, aparato, máquina o instrumento, no puede por su naturaleza misma de Administración jerárquica, ser «democrático», de ahí la horrorosa expresión «Estado democrático», que es como decir «Ejército democrático», «Policía democrática» y cosas así.

Ahora bien, si un partido político es «estatal», entonces, por definición, allí donde tal realidad empírica exista, no puede haber un sistema político «democrático», sino tan sólo un Estado autosuficiente basado en el reparto interno de cuotas de poder.

Para que exista democracia, un partido deber ser nada más que una agencia electoral que busque a los mejores y más competitivos candidatos y no que éstos, como Jefes de Partido, se impongan a sí mismos como candidatos ilegítimos a Jefes del Poder Ejecutivo.

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Los hombres valen lo que su época les ofrece como campo de actividad creativa. Padezco el síndrome de una concepción esteticista de la Historia. Pedro Crespo, el protagonista de «El alcalde de Zalamea», esa tópica historia sobre el hidalgo español, no existió; la belleza de su contenido moral fue realizada. Pero los otros hidalgos, los verdaderos, que marcharon a América y no precisamente a sacudirse las migas de pan de la barba, sí existieron y algunos hasta rechazaron el contrato de vasallaje con el lejano rey español.

No hay progreso moral, sólo material. Y si hay progreso moral, éste se debe a las instituciones derivadas de un cierto “ethos” colectivo.

Lo comercial, que es el núcleo irradiador de la civilización, sólo cobra sentido histórico cuando es compañero subordinado del guerrero fundador de órdenes de vida. Fijémonos en lo queda del Imperio británico y en lo que queda del viejo Imperio español. O en lo que los EEUU construyen en Iraq o Afganistán. Hay pueblos que crean nuevos órdenes de vida y pueblos incapaces de ello. Los regímenes políticos operan de la misma manera. El del 78 español es una forma suprema de destrucción de la potencia individual y degeneración de la potencia colectiva: yo soy testigo y doy testimonio.

No hay ningún progreso, sólo facilidades de vida para masas socializadas cada vez más inútiles y parasitarias. Con 5 millones de habitantes, una obra literaria como «La Celestina» era conocida, leída, escuchada, admirada y seguida por unas pocas decenas de miles de oyentes/lectores. Hoy con 47 millones de habitantes, cosas inmundas atraen la atención de varios millones. La diferencia es cualitativa, no cuantitativa, ni expresable en términos de oferta y demanda.

El siglo XVI era civilizado porque no existían todavía masas mercantilizadas; el siglo XXI es abyecto, en el plano espiritual, porque produce cuantitativa y cualitativamente más basura, de la que nada quedará en la memoria humana, a diferencia de «La Celestina».

El progreso es una droga para mentes infantiles, cerebros reblandecidos y hombres que temen llegar a serlo alguna vez. Nada puede hacer soportable la condición humana.

Que al ladrón no le corten la mano, no es un progreso, es que la sangre me impide hacer la digestión. Que al violador de mi hija no lo ejecuten en la horca, no es un progreso, es que yo no tengo estómago para verlo. Que el asesino de masas o en serie, no se le descuartice e incinere, no es un progreso, sino un espectáculo que me impide ver el partido de fútbol de las 21’00 de la noche… Mi sensibilidad me hace ser tan «humano» que he dejado embarazada a mi amante ocasional, y le voy a pagar un aborto en una clínica para gente VIP.

Progreso es el nombre que en la época científico-técnica se da a todo aquello que aleja a los hombres civilizados de lo trágico de su condición natural. Ni el automóvil, ni la lavadora, ni el avión, ni la electricidad, ni la tarjeta de crédito evitan que yo muera, sufra de dolor físico, me queje de mi frustración vital, sienta el amor como fuerza irracional fuera de mi control, vea cómo pasa el tiempo desbaratando mis fuerzas, en fin, la historia bien conocida de Buda, sabiduría que inspira la renuncia al progreso material, pues el espiritual no existe.

Por eso queremos la Democracia institucional, para que sea un campo liberado a la manifestación de las potencias creativas competitivas, es decir, para dar curso a otro poder ser libre y arriesgado, el que tal vez hasta podría conllevar “un progreso moral”… transitorio.

78

El ideal español de vida juancarlista. “Por ingresos, las clases medias parecen haberse reubicado en la Administración y en los pensionistas; el resto, se proletariza, vive en la precariedad o es carne de paro. Lo que explicaría en alguna medida que los segmentos más jóvenes aparezcan en las estadísticas como los grandes perdedores: todavía no han opositado y la jubilación les queda muy lejos”. (Javier Benegas, “La conspiración de los burócratas”, VOZ PÓPULI, 25 de Junio de 2016)

Esta situación se podría definir, con un poco de sentido del humor del que la política y su análisis está muy necesitada, como lo que yo bautizaría como el ideal de vida juancarlista, que los españoles inconscientemente han interiorizado y tomado como modelo: ser empleado público a perpetuidad, inamovible (como el rey), aunque, digamos, un poco corruptible (como el rey), irresponsable pero impune (como el rey) y luego jubilado a cuenta del resto (como el rey).

Pero sobre todo vivir de las migajas de las rentas de otros grupos más productivos (como el rey) y disfrutar de una larga ancianidad consumiendo la renta alcanzada (como el rey).

Quizás también tenga sentido la analogía con el hijo: de una sólida partidocracia con reparto siempre incrementado de nuevos fondos, cargos, regalías, prebendas y despojos varios, presidida por el Cazador Mayor del Reino (en todos los sentidos), el hijo (como los actuales “universitarios” desclasados, aunque casi siempre de clase media-alta) pasa a gestionar un régimen de partidos achacoso, “proletarizado” en sus interminables rondas de reuniones con jefes de partidos, con mucho más trabajo y, sin duda, con menores ganancias que las obtenidas por el padre.

No es lo mismo ser Rey en una Partidocracia porno-versallesca que en una Partidocracia tabernaria y barriobajera, y con la esposa “plebeya” tratándote como a un guiñapo de fregar la vajilla.

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Los incorruptibles corrompidos del Régimen del 78. El 15-M era el fruto de muchas causas y todas reflejo de la impotencia y la barbarie política en que se halla la sociedad civil española “mantenida” por el Estado, absorbida por los partidos.

La mano de ciertos servicios de inteligencia, españoles por supuesto, no estaba demasiado lejos en estos supuestos “acontecimientos” de “disensión pública masiva”. Una de sus consignas (“No nos representan”) era la única que tenía contenido político, pero ha desembocado en la intensificación de la ausencia de representación a manos de ese instrumento de integración delictiva de jóvenes desmoralizados que es “Podemos”, que en cuanto organización es una colmena de ambiciosos replicantes de sus mayores, más “profesionales” en la organización corporativa de la estafa.

Bajo otras condiciones, las de unos “ciudadanos” quizás más ilustrados, mejor organizados, pero al margen de los partidos, dirigidos a otros fines más explícitos, ese movimiento hubiera sido precursor de algo original.

Desde la “indignación”, sentimiento infantil de niños mimados de la sociedad del bienestar que exhibe la contrariedad de no tener a mano todo lo que se desea, provisto por el Estado, es decir, mediante la explotación de sí mismos, nada puede construirse más que discursos sobre el demérito de los “de arriba”. El indignado es el votante que no ha sido por completo seducido por el sistema. Éste le permite dedicarse a sus “funny games” de “chicos malos”, como hacen en Madrid y Barcelona los apoderados de estos “incorruptibles”.

Se ha repetido en los medios de comunicación que “Podemos tiene un buen diagnóstico, pero sus soluciones son malas” (en el sentido banal de “utópicas”).

La práctica real de este movimiento demuestra que no tenía ningún diagnóstico ni cosa parecida. Es “Régimen de 78” en su forma más acabada: “la conquista del poder” como un medio de emplear ese poder en beneficio propio de un grupo que sabe que las reglas son las de la impunidad. El ideal español de vida juancarlista, con bandera republicana tricolor, vacaciones pagadas y pensión completa de por vida a los cuarenta años, con ocho años de diputado. Viva la vida loca y me pongo a la clase obrera por montera: campechanía juancarlista.

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Legislación, Representación, Estado. La sociedad civil española, en cuanto mundo de las actividades profesionales y productivas, está atada por el Estado a través de un tipo específico de legislación obstruccionista, puesta intencionadamente en marcha por unos gobernantes que obtienen mediante este simple procedimiento un “plus” de poder y un “plus” de riqueza, a costa de la “libertad” de libre iniciativa que ellos, los gobernantes, recortan, limitan, controlan, es decir, “normativizan”.

El poder legislativo que actúa de esta manera desde todas las instancias del Estado está en manos de los partidos que ocupan todos los cargos oficiales que permiten este “monopolio legislativo”.

La pregunta es: ¿el Estado legisla a través de los partidos o los partidos legislan a través del Estado? Planteado así, el asunto empieza a tener sentido, porque la potestad legislativa (como la ejecutiva, la administrativa y la judicial) está en manos de los partidos y el Estado es sólo su instrumento técnico, de donde se explaya su corrupción.

A partir de ahí surge la cuestión decisiva. No se trata de hiperproducción legislativa, que podría corregirse según una especie de “dieta” en la voracidad normativa. Esta es la solución fácil. El problema empezará a vislumbrarse correctamente cuando nos demos cuenta de que esa potestad legislativa no corresponde al Estado (los partidos) sino a la propia sociedad civil representada en una institución legislativa distinta y separada del poder ejecutivo del Estado. Es decir, el problema de fondo no es otro que el de la representación real de la sociedad civil al margen y fuera del dominio que hoy ejerce el Estado (los partidos) sobre la legislación.

No hay libertad de iniciativa en la actividad económica sin que la propia sociedad civil se haga cargo de la legislación a través de una forma de representación sin partidos estatales.

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Reglas de juego y forma de gobierno. “Sistema democrático” o “democracia” política es algo de lo que nosotros los españoles no tenemos ni la más remota noticia en nuestra muy deteriorada Nación.

Si afirmamos esto, mentimos como bellacos: “La clase política se caracteriza por la utilización torticera de unas reglas de juego formales de distribución y separación de poderes con representación de la sociedad civil para su propio beneficio y no para el interés general”.

Deberíamos analizar esta descripción de las reglas de juego del fútbol y extraer conclusiones sobre lo que es un sistema institucional real:

“Al equipo atacante siempre le estará permitido coger el balón con la mano (comisiones, prevaricaciones, malversaciones), derribar al portero en los “córners” (control de la Justicia), imponer faltas al contrario (denuncia de la corrupción ajena y negación de la propia), arrojar el balón fuera del campo, con lesión grave de los defensores, cuando el equipo contrario avance (modificar la legislación para favorecer a algunos), sacar los córners cuando le dé la gana (arbitrariedad de todas las decisiones administrativas)”.

Nadie reconocería en esta descripción las reglas de lo que conocemos como el fútbol. El deporte descrito así sería otro muy distinto.

La idea de democracia y su práctica “se inventó” (pues no es más que un artificio del ingenio humano al que pueden atribuirse valores morales) para que una clase gobernante cualquiera no aumentase su poder de manera constante, sin control y en completa impunidad, separándose cada vez más de la sociedad civil, es decir, de aquellos a quienes gobiernan. Si no se dan estas condiciones tan simples, no hay ningún sistema democrático al que apelar. Habrá otra cosa, como en el ejemplo del fútbol.

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Ambigüedad de la Modernidad española (1). La diferencia de la Modernidad española ha de evocarse al referirla comparativamente con otras antiguas naciones europeas en la fase de acumulación de capital previa a la industrialización (hegemonía del imperio comercial británico, calidad competitiva del “capital humano” alemán y gran organización técnico-empresarial ya desde el principio con predominio del capital industrial sobre el financiero).

De esta consideración se deduce que el problema esencial en España ha sido éste en el plano de nuestra singular “economía política” nacional”: el tipo de oligarquía española siempre ha absorbido capital en modalidades no creativas de valor y nunca lo ha puesto a funcionar si no es bajo la coacción de un poder político fuerte que la protegía y evitaba los riesgos competitivos (proteccionismo canovista, primeros monopolios estatales bajo Primo de Rivera, autarquía franquista, la fase autóctona de acumulación española de capital).

El capitalismo vasco y catalán son ejemplos memorables de esta coyuntura especial. Ahora bien, como demuestra la Historia española de los siglos XIX y XX, la oligarquía económica nunca ha tolerado la formación de un verdadero Estado nacional y, por supuesto, mucho menos, la instauración de una “democracia” genuina.

Al respecto, la historia del franquismo es aleccionadora: no hay mayor falsedad histórica, desde el punto de vista de la pura sociología política, que atribuir al Régimen franquista una especie hipostática de unidad “nacional” de la clase dominante. Realmente no hubo tal combinación más que temporal y forzadamente, sin poder construir la Nación política y su Estado nacional bajo semejantes condiciones políticas y económicas.

La manera como se llevó a cabo la transformación interna del franquismo y como luego ésta se trasladó a las instancias del poder estatal con la Transición es la clave para entender el funcionamiento del Régimen actual, como está mostrando, treinta y tantos años después, el acontecer político a raíz del movimiento secesionista catalán desencadenado para forzar la Reforma Constitucional. La imposibilidad por parte de un Estado y una Forma de Gobierno de reprimirlo y cortar por tanto en carne propia no exhibe otra cosa que lo debiera ser un conocimiento de dominio público ya trivializado: el Régimen del 78 evoluciona en una dirección predeterminada por los acuerdos secretos entre sus facciones desde su origen hasta el día de hoy.

Si el poder informal de la oligarquía económica es el “Ello” del Régimen actual, los partidos y los medios de comunicación son el “Yo”, ¿quién es el “Super-Yo”? (la lógica oculta del franquismo y el antifranquismo que aparece en todos los partidos como su núcleo de identidad, incluidos los nacionalistas).

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Ambigüedad de la Modernidad española (2). Mi visión de la Historia española deriva de las conclusiones personales a las que llegué ya en la época en que estudiaba en la Licenciatura de Filología Hispánica la Historia literaria de los Siglos de Oro.

Por mi propia cuenta estudié sistemáticamente a algunos autores que me orientaron en una dirección muy determinada. La obra historiográfica de José Antonio Maravall me resultó muy fructífera en lo que concierne a la explicación del problema de cómo una sociedad tan dinámica como la castellana en un corto intervalo que apenas va de 1480 a 1530, capaz de crear un embrión del más perfecto y refinado Estado moderno y una cultura humanística de gran estilo, pudo llegar a finales del siglo XVI a una situación de postración extrema.

Últimamente, he tenido la oportunidad de leer la obra clásica de Leopold von Ranke sobre la España Imperial (“La monarquía española de los siglos XVI-XVII”) y en ella se puede comprobar cómo la concepción patrimonial del poder de los dos primeros Habsburgo en el contexto de un incipiente Estado moderno fue devastadora para la organización económica y política de la sociedad española, a lo que se añade la idea de la Monarquía Católica” llevó a superfluos enfrentamientos interminables con los países que podrían haber sido potenciales aliados y socios comerciales.

En este sentido, el peso del catolicismo como ideología estatal en España en el momento de la Reforma y la creación de las Iglesias nacionales en otros países, junto al problema de la libertad de conciencia como núcleo de la evolución hacia formas de organizar el poder desde supuestos “individualistas”, todo eso que no llegó a fructificar en la experiencia española de la primera modernidad, ciertamente ha marcado el devenir con unos rasgos indelebles que aún perduran.

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“Derecho a decidir”. El derecho a decidir sobre la Nación ya hace tiempo que ha calado entre una población española embrutecida por décadas del bárbaro concepto del “derecho a decidir sobre el propio cuerpo” (legitimación moral del aborto desde los supuestos de la teoría del individualismo posesivo, asumidos por la “izquierda más radical” y el feminismo antipatriarcalista: ejemplo de que aquí todos los gatos son pardos y todos cazan ratones).

Lo que el cuerpo es para la mujer identificada con el cuerpo propio, es decir, su propiedad absoluta, como si fuese un bien exterior apropiable individualmente, eso mismo es el territorio, la lengua y la población para el nacionalista sin Estado: un bien apropiable mediante decisión “colectiva” incondicionada.

La producción de la Nación es previa a su fecundación por el Estado, como la producción del óvulo es necesaria para que el espermatozoide lo fecunde. Estamos en la fase del parto.

Los españoles aceptan lo que sea con tal de no tener que enfrentarse al espectro de su propia imagen degradada en el espejo de la Calle del Gato. El poder sabe que puede contar con la adhesión por confusión y cobardía de millones de súbditos: su ignorancia juega a favor de este oligopolio patrimonial encastillado dentro del Estado.

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Despotismo y eunucos. Si el centro de gravedad político se sitúa en personas, que no personalidades, detrás de las que no hay absolutamente nada más que clientelas de gentes de aparato de partido y demás hacedores de comisiones y sueldos vitalicios, hablar de política en poco se diferencia de los chismorreos de las esposas y amantes legales del Gran Sultán de la Puerta de Oro.

Analogía brutal pero certera.

Habladurías de eunucos y personal de serrallo, todo el material humano que puede encontrarse en la desertizada vida pública española: esta noche el Gran Sultán no logró satisfacer a sus tres primeras esposas, es decir, el futuro repartidor de las gracias y mercedes todavía no ha alcanzado el punto más allá de la inercia para integrar “en su proyecto personal de país” a los jenízaros de la Corte y otros chambelanes del presupuesto (aquí risas y aplausos de la “claque” gentilicia, vivaqueando entre las hogueras de las vanidades y los juegos de dados a que se entregan los patricios del compra y vende accionarial…).

El PP es esa misma Corte en la que el rey casi difunto, o al menos con cara de estarlo pronto, ameniza las horas de espera antes de la feliz nueva con juegos de carta astral sobre el signo del nacimiento del heredero/a, ubicua práctica en todos los despotismos con o sin partidos estatales.

El modo como el pueblo de estos regímenes abyectos se comporta antes sus gobernantes veleidosos responde a los propias reglas opacas de funcionamiento de ese poder despótico: cálculos azarosos de príncipes y princesas desleales, futuros asesinos del hermano o el padre yacente, apuestas populares sobre los colores vencedores de las cuadrigas bizantinas, aquí con más certeza de ser animales semovientes los que agitan, al compás de la trompetería circense y de los vítores encendidos de bajas pasiones, sus cansados miembros de futuras bestias de carga, y carne de matadero en que pronto se convertirán: elecciones.

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La pasión pornopolítica. Que yo sepa, nadie, salvo quizás los intelectuales vinculados a la Escuela de Frankfurt, han intentado describir la realidad política, la realidad del poder, a partir de conceptos procedentes del campo de la psicología freudiana. No me refiero a la psicología de masas de Freud revisada por Reich, Marcuse y otros, sino al tema más fundamental del principio de realidad y el principio de placer aplicado, no a la psique individual sino colectiva, en los términos de la expresiva reacción a los estímulos que el poder político les lanza a las masas.

Es una variación, vía Sade, del principio de la servidumbre voluntaria. No creo que exista tal cosa, para vamos a proceder “ex hypothesi” como si existiera.

La España actual está por completo sometida a un “principio de placer” que consiste en alimentarse de ficciones apaciguadoras, invenciones “ad hoc” para satisfacer todas las pulsiones y pasiones, encubriendo la realidad profunda de la corrupción integral con fracciones cinematográficas de su proceso, encuadres y planos aislados.

Se obtiene tanto más placer cuanto mayor es la percepción de la corruptibilidad infinita del Régimen.

Se adquiere tanta mejor conciencia cuanto mayor es la capacidad de tolerancia a lo intolerable.

El placer extraído de estas condiciones de adversa apariencia es el placer sadomasoquista con que se le exprime el jugo a cada pequeño detalle de un plano pornográfico por parte de los aficionados inconfesados a este tipo de espetáculo.

En la política, en nuestra pornopolítica de sesión continua, el público experimenta un secreto placer en la abyección colectiva, un regocijo secreto en cada declaración judicial, proceso penal, imputación o sentencia, verdaderas formas de lujuria y codicia imaginativas ante la corrupción de la clase política.

La repulsión y la atracción son lo mismo cuando la obscenidad manda y tiene el poder, incluso el de juzgar.

Es un misterio inexplicable, pero ya los italianos llegaron hasta este punto, e incluso perseveraron en él cuando depositaron su confianza en un gran corrupto empresarial, lujurioso extremo en su vida privada y asiduo pornógrafo, Berlusconi, que hasta invitaba a jefes de Estado y gobierno a sus orgías de terapia grupal.

En este contexto, no podemos apelar a un principio de realidad inverosímil: tras tantos años de irrealidad, es decir, de habernos dejado sobornar colectivamente por los fraudes con que un principio de placer pornopolítico nos ha administrado sus adormideras y sus escenas de cópulas ideológicas incestuosas, ya es tarde para tomarse en serio la “lucha final” con que otra vez, nuevamente, se nos invita a perseverar en el error de buscar a tientas una realidad del poder para la que ya no tenemos instinto ni pasión.

Nuestras pasiones son domésticas y rutinarias, las que sólo nos proporcionan el placer estéril pero vivaz de contemplar, como mirones tras los visillos, la corrupción ilimitada de nuestros gobernantes, un poco como se expía a la vecina nueva y prometedora antes de abordarla en el ascensor.

Uno se desinhibe de la monotonía conyugal imaginando los futuros escalofríos de placer extraconyugal que todavía están por llegar.

Se vota por las mismas razones desinhibitorias y procaces y en eso consiste toda la “democracia” actual.

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