CRÍTICA DE LA CULTURA CONTEMPORÁNEA DIETARIO DE UNA NEUROSIS POLÍTICA (2016-2018)

APUNTES EN GRIS CLARO PARA UN VIAJE TURÍSTICO POR LA ESPAÑA INTERIOR (2) (2016-2017)

El relato breve y la maestría. Siempre se olvida un texto menor de Thomas Mann, “Mario y el mago”, una novela corta de finales de los años 20. En los textos pequeños es en donde un escritor se la juega a todo o nada, como ocurría con la elegía póstuma de la bohemia en su versión más aristocrática y asfixiante en “La muerte en Venecia”. Un escritor que puede escribir una novela de mil páginas, pero también un relato de diez o quince y en ambos es maestro de modo diferente, ése resiste la prueba del paso del tiempo.

El Dostoievski menos conocido es el más legible y el que más “placer textual” actualmente es capaz de inspirar. Joyas como “Bobok” o “La sumisa” o “El cocodrilo” o “El sueño de un hombre ridículo” deberían formar parte de las Academias para escritores principiantes. Dan las claves de sus obras mayores en cápsulas estilísticas de un refinamiento y un sarcasmo a la vez conmiserativo y despiadado poco habitual en el ruso.

La belleza musical. La belleza musical, en parte, se perdió cuando se empezó a olvidar el sentido de la voz humana como lo que realmente es, el más espiritual instrumento musical, algo que todavía, llevado al extremo de la perfección, perdura en las obras de Claudio Monteverdi, cuyo “Lamento de la Ninfa”, perteneciente al Libro VIII de los famosos “Madrigales”.

Entré en conocimiento de Monteverdi por una referencia de pasada en una entrevista a Jean Baudrillard, el intelectual francés que más y mejor ha escrito contra lo “políticamente correcto” (de hecho el primero que lo denunció muy pronto, cuando nadie lo hacía, malquistándose con toda la élite intelectual francesa).

Le preguntaron: “¿Cuáles son algunas de las cosas más bellas de que ha gozado en su vida?”. Y él respondió: “Los madrigales de Monteverdi”. Y eso fue suficiente para que empezara escucharlos, tal era mi admiración de entonces por aquel francés tan mal conocido en España.

La voz humana y la seducción. Nietzsche: “Nadie sabe lo que puede un cuerpo”. La voz humana es el don del espíritu para espiritualizar al hombre. Pero es lo más físico que existe como cualidad articulatoria y acústica.

En Oriente lo saben bien. En Europa grecolatina y judeo-cristiana, la vista ha sustituido la función preeminente del oído y de la voz, sobre todo a partir de la invención de la imprenta y la privatización de la cultura con la lectura solitaria. Antes de ese momento todo arte, toda comunicación cultural era pública, viva, en presencia, un cara a cara entre la voz personificada y el público, la obra sólo recreada por la omnipresencia de la voz humana. Trovadores, juglares, antiguos aedos, bardos: nombres de una misma función creativa de la voz como dueña del discurso.

Las mujeres más espirituales son las que ven a los hombres a través de su voz.

La fascinación de los hombres de gran poder, el poder carismático genuino, siempre ha estado ligado a su voz. El caso de Hitler es proverbial y por supuesto se oculta siempre con la rutinaria imprecación: ¿cómo un “criminal genocida” pudo tener una voz tan extraordinariamente atractiva e hipnótica, sobre todo en privado? La voz ha sido deformada en la propaganda para este fin de desactivarla como fuente de seducción.

“Las instituciones no hacen a las personas”. Este es el juicio tras el que se pertrecha la defensa última del Régimen actual.

Lo que significa entonces que las Constituciones de los Estados no sirven para nada. Bastaría “colocar” a las personas adecuadas con los procedimientos adecuados en los lugares adecuados. Y eso, por supuesto, lo pueden decidir un grupo muy pequeño de personas “adecuadas” que ocupan los lugares adecuados según los procedimientos adecuados. Según esta descripción, basta que en lugar de esas instituciones impersonales, se sitúen (¿pero cómo?) las personas.

Exactamente lo que ocurre en España. Como no hay verdaderas instituciones, y si las hay carecen de toda legitimidad democrática, las personas que las ocupan hacen lo que les viene en gana, pues las instituciones son esas cosas tan extrañas que garantizan que las acciones públicas (gobernar, legislar, aplicar leyes, sentenciar, reprimir el delito, vigilar…) se hagan de una u otra manera desde las instancias de los poderes del Estado.

Según la doctrina inconfesada de la clase política española en su conjunto (ahí no hay diferencias, sólo variaciones semánticas muy vagas), las instituciones son lo que en cada caso decide quien las ocupa. Esa “constitución informal” se llama “Autonomías”.

Por eso el ocupante de la institución, desde esta perspectiva, es más importante que la propia institución que ocupa. El razonamiento es impecable si no fuera completamente corrupto desde la base. Y de razonamientos corruptos vienen instituciones corruptas que a su vez originan personajes públicos corrompidos. Y vuelta a empezar.

Porque la sociedad civil española, al no estar estarle permitido constituir desde sí misma el poder político limitándolo constitucionalmente, sólo puede ratificar la corrupción y la ineficiencia que ya sin apenas veladuras se le presentan como la única forma de gobierno posible, sin ninguna elección posible.

Y luego, seguidamente, con total desparpajo y aires de superioridad, se dice que “los españoles tienen lo que merecen”, que “la sociedad está infantilizada”, que “la gente no sabe lo que vota”, que “no hay lugar en la democracia a las preferencias individuales”… Y todos los déspotas y sus mediáticos proveedores se parten de risa y pagan bien.

Fariseísmo contemporáneo. Fuera de un orden tradicional, consuetudinario, heredado, de distribución y asignación de funciones y roles, ¿quién determina lo que “está bien”?

Sin darse cuenta, cuando uno refiere lo políticamente correcto a cuestiones esenciales de designación de bien y mal, entra en el meollo de la cuestión.

Lo que se llama “ethos” (moral colectiva que regula lo público y lo privado) en sentido etimológico estricto determina el bien y el mal en una sociedad.

Cuando ese bien y ese mal empiezan a discutirse públicamente a partir de Sócrates con criterios puramente intelectuales, es decir, argumentativos, el “ethos” queda desestabilizado en la vigencia de su espontaneidad y surgen las escuelas “éticas” individualistas (estoicismo y epicureísmo sobre todo por su gran trascendencia histórica). Primera racionalización seguida de la primera individualización de la conciencia moral occidental.

El cristianismo se extiende como religión de salvación individual de todos los hombres que acepten una determinada fe (la fe en un Dios que se ha hecho hombre para salvar a sus fieles). La nueva distinción entre bien y mal queda establecida dogmáticamente por un sistema institucional de creencias cuya guardián es la institución eclesiástica. Segunda racionalización e individualización de la conciencia moral occidental.

Cuando aparecen los Estados modernos y la Reforma protestante, se deja en manos del individuo el criterio sobre el bien y el mal si y sólo si sigue perteneciendo a una confesión religiosa que le impone esos criterios morales de bien y mal, pero que ahora puede elegir dentro de un amplio margen de autonomía en función de la nueva libertad de conciencia religiosa. Tercera racionalización e individualización de la conciencia moral occidental.

Durante un periodo largo, que corresponde al periodo clásico del liberalismo y el parlamentarismo, el Estado se desentiende de la cuestión moral (¿qué está bien y qué está mal?), porque todavía no es una cuestión “política” en sentido schmittiano (el contenido moral no se distribuye ni inmiscuye en la oposición amigo/enemigo, tanto interno como externo).

¿Cuándo se convierte “lo moral” en una cuestión política en sentido siempre schmittiano?

Probablemente con los Juicios de Nüremberg ya se dio el primer paso decisivo de la terrible confusión interesada entre los criterios políticos y morales, que es lo que filosóficamente hablando subyace a la corrección política. Las matanzas de la guerra se convierten en crímenes de unos, ordenados personalmente por unos, pero son “acciones legítimas de guerra y liberación de pueblos” si los cometen otros.

Esta hipocresía fundacional es el sedimento de la mentalidad que permite desenvolverse al espíritu farisaico de lo políticamente correcto. Su crítica ya fue esbozada repetidas veces por Carl Schmiitt en casi todos sus textos de los años 20 y especialmente en “El concepto de lo político”.

Entonces centró la triple crítica en la burguesía, su liberalismo político y la forma anglosajona de confundir moral y política (el Tratado de Versalles, a mi juicio, es el primer documento histórico de lo políticamente correcto, que desencadenó lo que es bien conocido).

Es lógico que la hegemonía mundial de los EEUU haya producido extraordinarias distorsiones en los criterios del bien y el mal, porque la mentalidad americana cree que en lo público deben predominar las mismas categorías morales que en lo privado. Ellos mismos han acabado por enredarse en lo que primero impusieron a otros. 

Se olvida con frecuencia que la mentalidad de origen en EEUU es la de un fariseísmo llevado al extremo de la inconsciencia más ciega, como demuestran los personajes de la película “Un Dios salvaje” de Roman Polansky. La reconciliación con la verdad primitiva del ser humano sólo llega con la pequeña Walpurgis del whisky de 12 años consumido con alegría inhibitoria por las dos parejas de exquisitos, activos y cultos ejemplares de la clase media neoyorkina.

La política y el aburrimiento. Existe poca literatura política sobre el aburrimiento. Y mucha menos sobre el aburrimiento propiamente político. Quiero decir: uno puede preguntarse si es posible pensar el final de algunos regímenes como cansancio colectivo ante el aburrimiento que pueden llegar a inspirar.

Incluso los pueblos más sumisos, las sociedades más oprimidas (hasta las parejas más enamoradas y ardientes) acaban por rebelarse, de mil modos que la historiografía no concibe, no capta y no puede describir con sus torpes fuentes documentales y sus métodos académicos de exposición. Yo no creo que los españoles se vayan a rebelar por aburrimiento. No tengo tan buen concepto de ellos. Pero el aburrimiento hará por ellos lo que ellos no son capaces de hacer con el aburrimiento.

¿Quién sabe si muchas grandes catástrofes históricas, muchos sucesos de relevancia mundial no son fruto del mortal tedio, del fastidio más intenso que una clase dirigente en una época apocada puede llegar a provocar en sus gobernados?

Si esa hipótesis fuera plausible y tuviera algún fundamento en la “psicología histórica de los pueblos”, los españoles, bajo la coyuntura actual y la promesa de prórroga consentida por todos de un Rajoy y un PP al frente de un gobierno que no lo es como pieza maestra de un Régimen que muere un poco más cada día que se escenifica a sí mismo en el impudor de su incapacidad para inspirar “confianza” y “credibilidad”, habrían alcanzado el punto crítico sin percibirlo, tal es la inconsciencia colectiva.

Porque la gente, cuanto más ignorante es, más se aburre y no sabe que se aburre ni puede siquiera decir lo que le aburre. Gracias a Heidegger sabemos que el aburrimiento, que en alemán designa una palabra que por sí misma lo expresa de manera referencial trasparente, “Langweile”, “momento largo”, tiempo que se extiende vacío sobre sí mismo desplegando toda su “potencialidad” sin realización, es una categoría ontológica existencial de primera magnitud.

Nosotros padecemos, en su grado sumo y óptimo, este aburrimiento que llamaremos “político” por convención, cuando en realidad es un aburrimiento “civil”, “histórico”, “nacional” incluso, tal vez inspirado remotamente por un deseo cada vez más acuciante “de otra cosa”, de otra vida colectiva sostenida por otros valores, otras instituciones, otras reglas y otros hombres.

Y cuando se nos ofrece lo mismo una y otra vez, cuando percibimos que cada acto, cada palabra, cada cara, cada opinión evocan en nosotros lo ya conocido, ese efecto perverso con que nos anticipamos a todo el “déjà vu” con que nos obsequian gentes obtusas y ruines a las que despreciamos incluso sin reconocerlo abiertamente, entonces sentimos con una intensidad indescriptible ese aburrimiento, que lentamente se va trasformando en fuerza de resistencia, en reserva de voluntad y fortaleza que no se arredra ante ningún pesimismo ni ante el temor a ninguna aventura.

La fuente existencial de las trasformaciones políticas, su motor secreto es el aburrimiento.

Políticos profesionales, opinadores pagados y publicistas de las mentiras que conocen como tales, insinuadores de reformas continuistas, todos ellos y sus camarillas secretas de intereses perecen de aburrimiento y nos arrastran con ellos a un aburrimiento aún mayor.

Quizás el Régimen español actual se está deslegitimando no tanto por sus errores, su corrupción ilimitada, su incompetencia, sus traiciones y cobardías, como más bien por su incapacidad de seguir reproduciéndose sin provocar esa angustiosa impresión de “fin de partida”, “de momento largo” que se sucede en sí mismo, como después de un largo acto de amor (y de odio), cuando los cuerpos yacen en su cerrazón indiferente y en profundo aburrimiento por desocupación de su potencia,- aburrimiento al azar que es a su vez la emoción que postula la áscesis del gran aburrimiento como paso previo a lo que ha de venir: o el pánico final o la catarsis.

Desde luego no la simplificación de las leyes, el “patapúm parriba” rajoyano y el juego en campo embarrado del resto superfluo de los practicantes de los patapunes. El aburrimiento político se agrava en la época de las masas a medida que la exhibición del poder debe ser un espectáculo más o meno trivial.

Sobre la risa como categoría políticamente orientativa. Tal como estamos obligados a vivir como «ciudadanos libres e iguales» bajo las condiciones de este Régimen cuyo “ethos” crea hábitos de conducta y pensamiento francamente mejorables, algunos sólo tenemos como vías de expresión y liberación el humor, la cultura, el ingenio y, sobre todo, la risa, una risa dirigida contra toda esa seriedad impostada que intenta convertir la más vulgar banalidad en «artículo de fe» o, lo que es peor, «opinión política».

En las relaciones personales e incluso íntimas, la risa efectivamente «libera tensiones» entre personas del mismo «rango» o grado de intimidad. Ahora bien, en las relaciones jerárquicas de poder entre gobernante y gobernado, la risa implica una sutil forma de «deslegitimación», cualesquiera que sean las consecuencias. Nadie imagina a Macbeth, Lear o Ricardo III como objetos de irrisión en una comedia. Pero toda nuestra clase política la protagoniza, y en grado desternillante, así que extraigamos las consecuencias sobre dónde nos encontramos…

Elecciones y burbujas necesitan del optimismo en cuanto conmutador de la operación de dominación, porque como el amor entra por la vista y el oído, el Poder entra en nosotros por los afectos de aquiescencia, volubilidad emocional y pérdida del sentido de la realidad. El discurso mediático sobre la «economía» es necesario como terapia de grupo, pues sin la producción del imaginario efecto de la riqueza, el sistema político no puede funcionar a pleno rendimiento. Las vacas sólo dan leche si previamente se han abastecido de jugosa hierba en los prados verdes. Pero se olvida decir que tales prados son en realidad desiertos donde los escarabajos peloteros ejecutan su interesante labor.

Cada Nomenklatura tiene su forma cómica de actuar. La tardosoviética metía a sus despojos disfuncionales en un féretro y les hacía funerales de Estado con la marcha de Chopin como señal de reconocimiento póstumo. La democracia cristiana italiana gustaba de soga y cuerpo bamboleante bajo un puente, hábitos adquiridos por las malas compañías calabresas. En España somos más de enterrar a los miembros del «establecimiento» como a una mascota en el jardín, fingiendo un aire inocente y atolondrado, no sea que pregunten los vecinos por el mal olor.

Paseo vespertino con la mujer literaria. Hagamos un breve y errático paseo cultural. La literatura es mi verdadero “territorio de la bestia” y no la política, que es para mí un juego mucho más peligroso por lo adictivo y pasional.

Entre caña y caña de cerveza todo está permitido según con quién y cómo. Un amigo y yo, a partir de cierto momento de la post-sobremesa ampliada hasta lo vespertino, cuando los gintonics especiados suavizan el ánimo, pasamos directamente a Sade y “Las ciento veinte jornadas de Sodoma”, para consternación de nuestros cercanos compañeros de mesa, nada complacientes con las “artes” sadianas más expeditivas.

He de decir que las mujeres de las mesas vecinas, o incluso de nuestras propias mesas, aguzan las orejas y la sonrisa se torna rictus, que poco a poco se cambia en mirada de estupor comprensivo y luego en franco interés. A alguna hemos convencido de la necesidad de leer “La filosofía en el tocador” a fin de completar su educación sexual y literaria, y esto es completamente cierto. Yo tengo a gala haber convencido a algunas compañeras de trabajo de las excelencias de la lectura correctamente dirigida del texto sadiano.

Aquella célebre frase de Goethe es ingeniosa, pues Lo Femenino y Lo Alto están asociados muy estrechamente. Para acceder a Lo Alto, hay que pasar por la creencia incondicional en la posibilidad de lo “antinatural” tomado como “sobrenatural”. Es la esencia de la forma del elemento mítico en toda religión. En la literatura, funciona como gran tema ya secularizado.

No creo que Goethe pensara el sentido de esa frase en un contexto religioso, si bien, en el “Fausto”, la figura femenina, Margarita, no está lejos de cumplir esta función “mariana” de intercesora o mediadora en la salvación o regeneración moral de Fausto. Werther no tuvo tanta suerte y anticipó su final, precisamente porque Carlotta no pudo o no quiso ejercer esa función salvadora: las pistolas del marido se las entrega ella misma a su criado, luego simbólicamente ella es su asesina.

En la vida real, no hay muchas mujeres de carne y hueso que sean conscientes de lo que pueden llegar a hacer para librar a un hombre de sus demonios: el matrimonio burgués clásico, ahora degenerado en actividad lúdica de itinerancia contractual sucesiva, es un sedante demasiado fuerte.

La función de “salvadora” atribuida a la mujer está omnipresente en la mejor literatura romántica y en la que sigue su descendencia: doña Inés en la leyenda de don Juan, según una tradición más estrechamente católica o en la reelaboración de Espronceda en “El estudiante de Salamanca”. Además, son bien conocidas las mujeres misteriosas de los cuentos de Poe como Berenice o Ligeia, también en la línea de lo sobrenatural regenerador.

Y por último no deseo acabar sin evocar al Maestro Dostoievski, en especial, “Crimen y castigo”: siempre, cómo no, una humilde prostituta con el corazón lleno de amor por la humanidad sufriente (el origen histórico de otro socialismo histórico reprimido por el marxista, más levítico y dogmático), se hace cargo de acompañar en su prisión siberiana a un Raskólnikov, que gracias a ella comprende que siempre existe para el hombre una posibilidad de renovación espiritual para superar la culpabilidad y su horror: redención personal por mediación de la mujer.

Como Werther, Nietzsche tampoco tuvo esa buena fortuna de que sí gozaron los personajes de ficción.

Dominación por el lenguaje. La tesis de las tendencias lingüísticas actuales, las que analizan y describen el discurso, el texto, los actos de habla, las acciones verbales, los contextos de situación, los marcos cognitivos, la performatividad y todos los fenómenos lingüísticos “nuevos” ligados a estos conceptos, apuntan efectivamente a que el dominio del lenguaje público es la clave de la dominación política y los cambios en la misma.

Pero esto ya lo sabían los sofistas, sin necesidad de concepciones académicas de última moda, en el momento crítico mismo en que se inauguró en Atenas la “demokratía”: quien domina el arte de decir lo que es y no es, domina lo que debe creerse. De ahí la lucha entre la “doxa” (opinión pública o privada) y el “logos” (el saber racional que se rige por la formalidad vacía del razonamiento), es decir, entre el mejor de los sofistas (Sócrates) y el resto de los grandes sofistas retratados en los diálogos platónicos (Protágoras, Gorgias, Calicles, Trasímaco…). De ahí también nada menos que la invención de la dialéctica y la filosofía e incluso del arte retórico.

La ventaja de la dominación no democrática que rige la relación gobernante/gobernado en España, es que la tosquedad y el primitivismo intelectual de la clase política española es tal que no necesitan ningún conocimiento de estas técnicas. La política española, es decir, el arte de la dominación formal mediante el discurso público, es inexistente. Toda nuestra clase política es disléxica, afásica y arretórica.

Razón por lo que la población sólo puede recibir de ella señales acústicas redundantes, que ni siquiera alcanzan la naturaleza de signos lingüísticos, mensajes, textos, discursos y cosas parecidas. El reino de la mentira es el reino del anacoluto organizado como estrategia antirretórica. “Ruido semántico” en un canal roto.

La crítica «liberal» del Régimen del 78, una impostura acomodaticia. La crítica «liberal» del estado de cosas político e ideológico en la España actual se desenvuelva entre tópicos de un «relato» añejo cuya categoría central, el misterioso «individuo», aparece míticamente asediado por monstruos caníbales y procústeos, de entre quienes sale malograda la Historia que tantas bondades prometía. La crítica liberal, simulando caballerescos mandobles, mata gigantes ficticios y arremete contra una Historia que no entiende, prodigando alusiones veladas a una realidad política que se le escapa y que por ello «mitifica».

Así pues, el «individuo», ese travestido ennoblecido del «homo oeconomicus», está amenazado. Cuando el discurso liberal enfrenta lo social y lo político, no se le ocurre pensar que su sujeto pensante y libre no es más que un postulado y que el Todo precede y define a las partes. Pero de un error epistémico o gnoseológico se siguen funestas consecuencias en la comprensión de los datos empíricos y lo que quisiera ser una crítica de la oligarquía de partidos se transforma en una crítica ciega de la «democracia» realmente existente.

Lo que unos verdaderos liberales deberían defender de modo insistente y pragmático, cosas como la representación, el sistema mayoritario, los distritos electorales en que pueda desplegarse una vida política que acoja esa homenajeada individualidad, la separación real de poderes, la emancipación del poder legislativo respecto de su tutela y subordinación burocrático-estatal, de todo eso que sería genuinamente «liberal» y «democrático», ni una palabra.

Es más fácil hacer «crítica cultural o ideológica» a toro pasado, con algún capotazo vistoso para un público despistado que mira nubarrones amenazadores sin entender la causalidad de la tormenta.

El problema del liberalismo. Ya desde sus fundamentos clásicos, el liberalismo consiste en que parte de la ficción abstracta del individuo frente al Estado, desconociendo que entre este individuo y el Estado se intercalan dos instancias mediadoras:

1º.- La “sociedad civil” como sistema propiamente económico o “sistema de las necesidades” (profesiones, división del trabajo, propiedad de los medios de producción, fuerza “libre” de trabajo, etc). Toda la esfera de lo contractual, que este liberalismo siempre ha modelizado como ideal para todas las relaciones humanas, concebidas abstractamente como contratos entre particulares, exponiendo así una clara vocación utopista, reprimida en su fase álgida, exhibida inescrupulosamente ahora en su fase de declive total. Siempre un discurso apoyado por un reduccionismo ontológico de lo social que es completamente ciego a las realidades políticas (al ser esta sociedad civil la pura esfera de las libertades civiles individuales, el contractualismo obvia niveles superiores de organización e “integración” de esos individuos abstractos).

2º.- La “sociedad política” propiamente dicha, esfera de lo conflictual emergente del anterior primer plano: representación de intereses de grupos a través de partidos políticos, sindicatos, grupos organizados y concertados de presión, medios de comunicación (esfera de las libertades públicas de carácter transicional entre lo individual privado y lo público). Esta es la verdadera instancia de la representación política, de la libertad de pensamiento y de la creatividad cultural en cuanto es formalizada desde la base de la pluralidad inmanente a la sociedad civil.

El liberalismo clásico no suprime estas dos instancias, sino que las conserva y las sabe articular en la forma limitada de la representación parlamentaria clasista, pero el liberalismo actual (su degeneración parlanchina e inconsciente) las liquida y, al suprimirlas, deja al individuo frente al Estado, pretendiendo luego estos intelectuales realizar la crítica del Estado desde supuestos completamente erróneos y con los que ya sus ancestros ideológicos prepararon y han dado lugar a los totalitarismos.

Porque sin cuerpos intermedios y sin instancias de mediación, el Estado queda liberado para un acción devastadora, y el liberalismo, con su individualismo inconsciente e irresponsable, es cómplice de este “estatalismo” que tanto denuncia con la fruición del pirómano bombero.

Allí donde la etapa individualista, parlamentaria y de debilitamiento oligárquico de las instancias de la sociedad civil y política triunfaron como régimen de poder pero conservaron la relativa autonomía de estas dos instancias, como el Reino Unido, el liberalismo, aunque muy enmagrecido, sobrevivió convertido en hábito, o allí donde el sistema político conservó la representatividad y los poderes del Estado quedaron relativamente debilitados por su separación en origen. Pero allí donde el liberalismo político fracasó en su forma pura de parlamentarismo en los años 20-30, lo que se impuso primero fueron o dictaduras corporativistas o dictaduras de partido único.

Lo que hoy se llama “socialdemocracia” es tan sólo el discurso y la práctica uniforme de las burocracias políticas de los Estados de partidos europeos continentales posteriores a 1945. En España, el uso del término “socialdemocracia” oculta el rechazo a encarar abiertamente el verdadero problema político de fondo: la naturaleza y funcionamiento objetivo del “Estado de partidos” como forma muy específica de régimen de poder.

Oponerle “el liberalismo” es una impostura, porque el liberalismo político murió de muerte natural o asesinado por su propia clase, esto es, la clase dominante, cuando ésta ya no puedo controlar la pluralidad política de las sociedades europeas hacia 1900 y tuvo que deshacerse del parlamentarismo, cuyos peligros la gran burguesía y sus clases aliadas vieron demasiado tarde, cuando ya el comunismo se perfilaba como fuerza de choque.

Desconfíemos por principio de quien habla de “libertad” sin adjetivarla y explicar su concepto diferencial.

Miedo a pensar. Quien tiene miedo no puede pensar más que en “su tema” monomaníaco: cómo evitar el miedo y huir de lo que le da miedo. El medroso, por lo que sea, no piensa. Es un poco como el hambriento.

Lo que en España se presenta como izquierda es el reflejo de la incultura política de 80 años de represión concienzuda y minuciosa en la sociedad española de toda libertad de pensamiento, en los medios académicos y en la prensa escrita. En España el marxismo jamás ha sido una corriente intelectual dotada de alguna consistencia. Los podemitas no tienen ni capacidad intelectual ni tiempo para leer y mucho menos entender a Marx. El manejo que hacen de Gramsci es penoso, propio de gente que tiene lecturas de tercera o cuarta mano, pasada por interpretaciones indirectas.

En España, toda la gente de izquierda es políticamente tan ignorante como la de derecha. Bases, votantes, “intelectuales” y “hombres orgánicos de partido”. Quien tiene el poder no piensa, ni necesita la libertad de pensamiento de los demás.

Si dice de los españoles: “No se les ha dejado pensar”, siempre se podría contradecir: “Tampoco han realizado un desmesurado esfuerzo por hacerlo”.

No soy tan optimista sobre esa autonomía de los españoles hacia el propio pensamiento ni hacia la propia iniciativa. Habría que demostrarlo con obras de cierta trascendencia en todos los ámbitos de la vida espiritual que mostrasen esa libertad creativa (una redundancia, porque todo lo creativo es libre y sólo la libertad es creativa, aceptemos este principio romántico elemental ya muy gastado y que evidentemente ya sólo vale para ejercicios de estilo).

«La verdad os hará libres». Tal vez. Pero a los españoles se les ha trasmitido más bien este otro principio: «La mentira cómplice os hará ricos, o al menos, no os perjudicará en vuestra mundana dedicación a lo que fuere». El idealismo de la verdad no es un asunto mundano del que, dadas las condiciones, convenga ocuparse, no sea que se pierda de vista que la mentira es el principio constituyente de la forma de gobierno, de la moral impuesta, de la conciencia social y nacional y de toda percepción de la realidad presente, pasada y futura. El silencio es ya una forma de delatarse como partícipe en la cosa mentida.

La mentira en que viven los españoles de que aquí se habla no es la de un sutil arte de gobierno que desde Maquiavelo preside la lógica de poder del Estado y que consiste en hacer creer a los sometidos en su «libertad» y que con Hobbes funda el «pacto de sumisión», es decir, la nueva libertad del súbdito-ciudadano moderno a cargo del Estado. La mentira española del Régimen actual va mucho más allá. Es la mentira burda y obscena erigida en principio consensual de gobierno, la obliteración de todo el espacio público, la falsificación de toda la vida intelectual, el hecho mismo de tener que responderle ante lo evidente.

No me dirijo a esclavos morales. Los hijos les debemos a los padres la compensación simbólica de hacer verdadero un deseo que una vez le fue hurtado y usurpado. La libertad y la verdad son una reversión y una devolución de esta deuda. A ellos los engañaron, a nosotros no, precisamente porque nos ha sido dado por la experiencia y la cultura pacientemente acumulada el descubrir la mentira. La primera manifestación de la libertad es decirse a sí mismo: «Ya no quiero seguir viviendo en la mentira».

Nuestro presente, pasado y futuro nos concierne pensarlo y vivirlo sólo a nosotros, de tal manera que las estimaciones comparativas con otras sociedades no vienen al caso, porque esos otros pueblos son los que, al igual que nosotros y desde sus propias condiciones, pueden y deben plantearse su devenir. Aunque suene un tanto anacrónico y de un voluntarismo irrealista, nosotros, más que nunca antes, necesitamos un cierto «remozamiento» o rejuvenecimiento moral de largo alcance, pues los pueblos viejos tienden a creerse las mentiras oficiales de su propia historia y ahí habita la negligencia de la esclerosis colectiva.

En una interpretación intelectualista, el miedo a la libertad, además de pereza engendrada por el hábito, es una forma de conciencia muy limitada de lo real. Es la terrible impresión de lo limitado de nuestra cultura actual, nuestra política y nuestro horizonte colectivo. Pensar, en tanto que adelantarse a lo desconocido, eso es la libertad.

Un gnóstico diría que un Dios creador de la materia no puede ser un Dios bueno, y que el Dios del mundo visible sólo podría ser un Dios tarado de pestilencial degeneración, un Dios ajeno al Espíritu “puro” y cuyos agentes en este universo degradado serían una multiplicidad variopinta de espíritus “manqués” de un orden inferior, por debajo incluso del “aciago demiurgo”, que al menos todavía es creador de algo, aunque material.

En el plano de lo estético, siempre un ámbito exclusivo monopolizado por minorías sociales educadas en valores estéticos dados, entiendo que el impulso, que se manifiesta de muchas maneras, va hacia lo excelso, o lo noble de una ambición de realización, pero, ¿qué pasa en lo colectivo, en lo político, necesariamente ha de ser el lugar de las bajas pasiones, de los impulsos decadentes? Fingir ingenuidad idealista es necesario para hacerse las preguntas correctas.

Entonces debemos sobrentender que lo que desfallece hoy es lo mismo que Nietzsche hubiera llamado un “orden moral del mundo” a la vez que “una interpretación moral del mundo”, cualquiera que fuese su fundamento. Quizás porque la pulsión dominante hoy, el “élan” vital, la “voluntad” se dirige y apunta a unas metas de inferior valor o incluso de nulo valor moral. Quizás porque la separación moderna entre moral y política, operada por el poder estatal autonomizado, es algo en cuyas consecuencias extremas empezamos a vivir y ahora por fin podemos comprobar cómo se imprimen en nuestras propias carnes desnaturalizadas esos efectos.

Todo idealismo es una extraña aleación del mejor idealismo y del mejor altruismo. En España, caso único en la Europa moderna, el idealismo, en cualquiera de sus manifestaciones, política, filosófica y moral, ha recibido el mismo trato que su modelo español a la luz de su interpretación alemana: el destinatario de los palos, pues aquí la realidad es la primera «fuerza armada» que apoya el vejamen a cualquier «ilusión».

La actitud de la sociedad española ante la crisis política actual. No hay ninguna incapacidad del español medio, porque tiene ojos y oídos, para percibir toda la sarta de estupideces, imbecilidades y falsedades que rodean su vida política, obligadamente reducida a los esquemas más pobres y simples.

Claro que “la gente” vota partidos, pero sólo porque en el fondo de su conciencia íntima los desprecia, como desprecia a todos los que le hacen creer que “trabajan” para ella. Sin ese mínimo destello de duplicidad moral, de connivencia defraudada, la situación sería mucho peor: la gente se identificaría de verdad, emocionalmente, con los partidos. Hay una cierta vaciedad interna del vínculo entre partidos y ciudadanía, y eso no es mala señal, sino lo contrario.

Los partidos estatales, pese a las apariencias, no son partidos de masas sino partidos para reclutar cuadros para el propio Estado. Eso la gente lo ve y lo siente en sus pueblos y ciudades y sabe qué sucede con todos ellos, a los que observa distanciarse, elevarse y desaparecer tras el cargo ascendente, creando una cierta envidia y un cierto resentimiento.

Por otro lado, yo no creo que podamos hablar de la perduración de un fondo de resistencia (“sustrato de autenticidad”) a las mentiras o verdades oficiales que, inconscientemente, entre balbuceos, muchos más adivinan. Hay mucho de esa ancestral pequeña lógica latina del “porco governo” como objeto de todas las malas imputaciones y peores deseos, lo que quizás desvelaría más bien una gran impotencia resignada y la autoprotección preventiva de una sociedad civil que sabe confusamente que el Estado es su enemigo.

También tiene que haber por la fuerza misma de las cosas, ese “sustrato auténtico” que casi no logra “decir su nombre” y que probablemente nunca ha tenido oportunidad de salir a la luz, porque las condiciones para ello han sido casi siempre tan difíciles que la renuncia, el silencio, la soledad o el exilio interior han acabado por hacerse dueñas de los más dotados.

Hoy vivimos, una vez más, esa situación que ya han conocido muchas generaciones de españoles obligados a renunciar a lo mejor posible para conservar lo peor en mano. Aquí los riesgos siempre los pagan los mejores de espíritu y la cara para las bofetadas de la Historia la ponen los de mente despejada.

Siempre se nos ha manejado por el miedo a la Confrontación, que por supuesto se pone de relieve como deplorable actitud antisocial y revoltosa frente a la “Convivencia” y la “Reconciliaión”, ambos pilares “morales” del Consenso político oligárquico.

Observemos que la palabra está muy bien elegida y tiene su pedigrí detrás. Yo era apenas un adolescente en la Transición y es una de las palabras que más recuerdo haber escuchado. Nadie debía confrontarse con nadie. Si alguien perseveraba en posiciones de “confrontación”, se le reeducaba y se le ponía un documental sobre la guerra civil. Como en Alemania: si alguien quiere hacer política de verdad, se le recuerda Auschwitz. Es el mito fundacional que cauciona el Consenso.

Entonces yo no sabía bien lo que podía significar. Según el diccionario de la RAE, es “acción y efecto de poner a una cosa o persona frente a otra”. Inocente definición que cobra otros sesgos semánticos en la política española, mucho más inquietantes.

Ésta se funda en una inhibición de la defensa de las propias posiciones ideológicas, sometiéndolas a un acuerdo previo que las anula. Hay quien piensa que así, por lo menos, la lucha política de facciones se mantiene en los límites prefijados de las alturas elitistas, mientras el “pueblo” observa el espectáculo y no se le trasmite la “confrontación”. Porque de eso se trata: de mantener al “personal” al margen de las luchas políticas de intereses para ofrecerles el menú precocinado listo para llevar.

Es evidente entonces que la evitación consciente de la confrontación cumple una función de control social de gran potencia e influencia: nunca nadie debe ponerse frente a nadie, no sea que lleguen “a la confrontación”. El término se usó mucho en la prensa española en los tiempos finales de aquel gran simulacro hollywoodense que fue la llamada “Guerra Fría”. Y cumplía el mismo papel inhibitorio y preventivo.

Donde ya no quedan energías vitales y espirituales para la lucha real, a la escala que sea necesaria y en los modos que exija, la negación de la confrontación presupone la voluntad de consenso, es decir, la negación de sí mismo como forma vital diferenciada de pensamiento y acción.

A pesar de las apariencias “turbulentas” de una superficie agitada por los medios, no hay una sociedad europea donde se den menos posibilidades de confrontación auténtica que la española. Lo que en cierto modo quiere decir que es la sociedad más enferma, precisamente porque no presenta síntomas ni siquiera de una mínima confrontación interna o externa.

Uno de los factores que más negativamente ha influido en la formación del Estado Español y su sociedad ha sido esta carencia de enemigos exteriores con los que medirse y probar sus fuerzas. Históricamente, sólo las guerras y las revoluciones destruyen acumulativas formas cuajadas de poder oligárquico, despótico o tiránico.

A diferencia de otras sociedades europeas, España no ha conocido jamás esos procesos, al menos no desde el siglo XVI. Lo que podría servir de ejemplo contrario, la Guerra de la Independencia, cada vez es más discutible, incluso en la propia historiografía especializada, que tuviera las virtualidades revolucionarias que se le han atribuido.

Las analogías orgánicas son siempre socorridas en estos casos: el cuerpo por el que hay que preocuparse es aquel que no sufre fiebres e infecciones cuando se pone en contactos con riesgos reales de contagio, porque entonces algo marcha realmente muy mal…

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