CRISIS DE REPRESENTACIÓN POLÍTICA Y REVOLUCIÓN FUTURA NACIÓN, ESTADO, DEMOCRACIA

SOBRE EL PRESIDENCIALISMO COMO FUNDAMENTO DE LA DEMOCRACIA FORMAL Y EL CASO DE TRUMP COMO SU ACTUALIZACIÓN (2017)

Es una afirmación banal decir que el discurso de Trump se basa en una cultura política que no es la europea, por lo que difícilmente puede ser entendido traduciendo sus expresiones a las que dominan en las obtusas mentalidades partidocráticas de las izquierdas y derechas.

Éstas, en si antipoliticismo profundo, prejuzgan con sus nociones el significado del mensaje literal respecto del sistema valores institucional estadounidense. Un monoteísta no puede hablar del politeísmo más que como capítulo de una bastarda demonología, cosa de la que estamos saciados en los discursos mediáticos de todos los colores.

Lo actores no recitan poemas del más puro romanticismo durante la filmación de escenas del “hard porno”: el contexto pragmático de comunicación lo impide. Algo parecido sucede con esta trasliteración de la cultura política estadounidense en y por la codificación política europea y en especial española.

Todos los términos, uno a uno, del discurso de Trump (y en general de la vida política americana) están vertidos por “glosadores” y “traductores” políticos “traidores” (traduttore/traditore).

Veamos algunos ejemplos:

http://cnnespanol.cnn.com/2017/01/20/este-es-el-discurso-completo-de-donald-trump/#0

“…hoy no solamente estamos transfiriendo el poder de un gobierno a otro, o de un partido a otro, estamos transfiriendo el poder de Washington para devolvérselo a ustedes, ciudadanos estadounidenses.”

Esta frase nada tiene que ver con ningún “populismo” y quienes emplean esta palabra no saben nada de qué es una democracia formal. Es la simple expresión de la tradicional dialéctica fundacional de los EEUU como Nación política y como Estado: la idea subyacente de que el poder ejecutivo electivo (Washington) es delegación de otro poder siempre vigente pero que sólo se ejerce a través de la propia elección. La idea se refuerza por la naturaleza “federal” del Estado: el centro del poder también es el producto de la fuerza de las partes (Estados y ciudadanos) que lo integran.

El presidencialismo por sí solo no es la “piedra filosofal de la democracia”, dado que sólo define como pieza institucional una de las condiciones de la República (“Constitucional”) como Forma de Estado.

La piedra filosofal de la democracia, de haberla, es quizás de un orden teórico distinto y es el aspecto que falta o falla en el sistema político americano: la separación de poderes en su origen existe está lograda, pero carece de una verdadera garantía de su mutuo control en situaciones extremas de conflicto. La politización del Tribunal Supremo en EEUU o la presenciade un Tribunal Constitucional de estilo europeo son ambas muy malas soluciones para el arbitrio de “conflictos intitucionales” .

El modelo de la “República Constitucional” de Trevijano añade un perfeccionamiento a este sistema americano de cuyo ejemplo histórico y estudio parte: al crear una garantía constitucional permanente para el ejercicio de la libertad constituyente, Trevijano deja abierta la puerta institucional a que la “libertad constituyente” permanezca activa para un ejercicio al límite cuando los poderes del Estado (ejecutivo) y el poder de la Nación representada (legislativo) entren en colusión, o en colisión, de manera que cese el funcionamiento normal de esas instituciones.

Esta libertad constituyente como “retorno del poder a su origen” es la apelación al pueblo a que decida, después de la disolución de ambos poderes, como sujeto político y electorado libre capaz de decisión arbitral, según el modelo de la garantía de esa libertad constituyente que debe estar recogida en una Constitución (el mando retorna a su fuente originaria, “el pueblo”).

Planteado desde la hipótesis del funcionamiento real de los poderes ya separados, los excesos del ejecutivo pueden ser el origen de graves conflictos con el legislativo o viceversa (pues en la tradición parlamentaria histórica el poder legislativo también puede cometer toda clase de excesos), por lo que ambos poderes deben ser puestos en condiciones de provocar la disolución del otro poder a instancias de uno de ellos, siempre y cuando a la vez el que interpone el veto esté obligado a disolverse, a fin de que ambos poderes institucionales, distintos en su legitimidad de origen, estatal y nacional, entreguen la decisión última al Pueblo, es decir, se celebre la nueva elección por separado, que finalmente pueda resolver el conflicto.

Desde este punto de vista, la libertad constituyente permanece latente pero en vigor siempre que se den las condiciones para una apelación al pueblo que en el conflicto de poderes debe resolverse por este veto cruzado que lleva a nuevas elecciones para ambos poderes, lo que implica su mutua desautorización. La separación de poderes no tiene ningún sentido valioso si no está sometida siempre a la amenaza que la disolución y cese de funciones de sus órganos haga pesar sobre la clase política.

Es una frase que, como todas las demás, sólo cobra sentido en el contexto de un verdadero sistema presidencial.

Los dos siguientes párrafos inciden en esta idea desde el ángulo de la relación entre poderes del Estado y ciudadanía. Trump se limita a decir que esos poderes se han utilizado para el enriquecimiento de una minoría, que no identifica pero a la que designa en un ejercicio de clarificación impagable, desconocido en los páramos europeos de las partidocracias: “un pequeño grupo en la capital de nuestra nación se ha beneficiado de las recompensas del gobierno…”.

Aquí aparece otra idea característica de la cultura política americana: el poder político al servicio de una oligarquía y la imagen, si se quiere mítica, pero efectiva, del poder presidencial como instrumento de su contención y limitación.

Lo que pone de relieve Trump es el hecho de que, por su origen, el poder presidencial se legitima como ejercicio del poder ejecutivo contra la permanente estrategia de concertación de las oligarquías de la sociedad civil, de la economía privada y de la propia burocracia profesional constituida en clase política autónoma.

Históricamente, entre otras razones, ésta fue aquella para la que sus teóricos Hamilton y Madison concibieron el poder presidencial electivo. Exactamente aquello para lo cual los Estados de Partidos europeos, y en grado desquiciado y corruptísimo el español, han sido creados por esas oligarquías, por lo que éstas tienen un verdadero horror al sistema presidencial electivo directo.

Cuando se dice que Trump es un “outsider”, aun cuando por su origen de clase pertenezca a la oligarquía económica y por su ideología personal pueda ser un republicano “radical” no convencional, se está reconociendo justo lo que es imposible que ocurra en los regímenes europeos: que un miembro de la oligarquía económica, un rico, pueda acceder por elección al cargo máximo de un poder estatal y se mantenga como un hombre relativamente libre y no condicionado por compromisos que obligatoriamente tendría que cumplir si fuera también jefe de partido, y por tanto, quien maneja la burocracia del partido.

Precisamente en esta condicionalidad está uno de los rasgos más degenerados y abyectos de los regímenes partidocráticos europeos. Ningún poder del estado, ninguna institución, ninguna forma o método puede limitar al jefe de partido que es el vértice hacia el que converge la concertación de todas las oligarquías.

Desde este punto de vista, en el presidencialismo estadounidense hay una virtud difícilmente discernible, en particular por los apologistas de la izquierda europea del Estado de partidos: el hecho de que dentro de la propia clase dominante el ejercicio de su poder económico y social puede ser limitado en cuanto pretensión de traducirse e instalarse en el Estado.

El estatalismo europeo tiene mucho que aprender de la inteligencia institucional de EEUU, aunque ya es demasiado tarde para nosotros.

La mayoría de la ciudadanía europea embrutecida por tantas década de partidocracia y despotismo de los partidos estatales cree que la cancerígena excrecencia política que hay en Europa es parangonable con el ingenioso y genial experimento político americano, por razones que a mí no se me escapan.

La burocracia federal de los demócratas, la supuesta “izquierda” en EEUU, no es el país real y la envidia que degrada a los europeos de mentalidad estrecha y servil es que allí pueden elegir de verdad lo que a nosotros se nos tienen prohibido hacer las Oligarquías aliadas del Estado y el Mercado oligopolista. Y eso levanta pasiones extrañas, las de aquellos que en el fondo saben que algo muy valioso se les ha quitado. Lo que subyace a la simpatía por Trump no es el personaje sino el modo como este personaje, o cualquier otro, puede llegar a ser elegido.

Es estúpido confundir la burocracia “federal” (central) de Washington con el sistema institucional americano. Afortunadamente para los americanos, la burocracia no es una clase autónoma autoconstituida en clase política, como nos ocurre a nosotros con nuestros serviciales partidos políticos estatales, desechos ideológicos y morales de la historia contemporánea del liberaliosmo, el socialismo y el fascismo, amalgamados hoy en confusa turbamulta de prácticas de poder irreconocibles.

Es muy banal hablar de los Bush o los Clinton, salvo como argumento minusválido y antojadizo. Basura que se lleva el viento, porque allí en EEUU se puede elegir algo, y hay corrientes oscilantes de vientos cálidos y fríos, incluso templados en una sociedad civil no del todo muerta, desasistida o anestesiada, pero aquí sí, aquí los partidos y su aliento fétido de bestias saciadas de pitanza grasienta permanecen siempre los mismos, ya se multipliquen por dos, por cuatro o por cien.

Basura que ningún vendaval consigue arrancar de su amurallada fortaleza estatal. Pequeñas diferencias de sociedad política y pequeñas diferencias de sociedad civil. Cada uno elige las que mejor le cuadran a sí mismo y a su moral.

No es Trump quien hace daño, es el sistema presidencial estadounidense el que causa este vértigo y este malestar en todos los círculos. No es su voluntad política personal, clara y distinta, sino el hecho de que haya alguien que manifiesta “voluntad política” lo irritante para quienes sólo quieren su “negociado” funcionarial de por vida.

En EEUU, el verdadero peligro para la democracia formal procede desde los años 40 de la concertación entre la alta burocracia federal procedente del keynesianismo y los oligopolios de los grandes contratistas del Ejército.

De ahí que la personalidad y la independencia del jefe del Estado, jefe del ejecutivo y jefe de las Fuerzas Armadas tengan tal importancia en cuanto aquí la responsabilidad es directa e inmediatamente personal. La elección del poder presidencial se funda en la confianza personal, no en la ideología política subrepticia impuesta por un partido impersonal.

El juramento del Presidente de EEUU es un juramento de obediencia, es el cumplimento formal de una función delegada y controlada sobre todo hacia dentro. En la práctica, los presidentes de EEUU han estado muy por debajo de las potencialidades que el cargo para el que han sido elegidos les abre, dentro de los límites conocidos. Sobre todo debido a que su personalidad humana también era muy limitada. Por ejemplo, sobre la eficiencia del sistema presidencial basta comparar tan sólo un dato asombroso, que expresa a las claras en qué situación calamitosa estamos los españoles.

Trump puede nombrar directamente a unos 4000 altos funcionarios para dirigir una Administración federal (central) que aplica la legislación vigente a más de 300 millones de habitantes. En España, en noviembre pasado, fueron 4000 los cargos que se designaron para formar el personal directivo de toda la estructura administrativa superior que gobierna a una población de 45 millones.

A partir de ahí, se pueden seguir comparando estructuras administrativas superfluas, como lo son todos los ridículos ejecutivos regionales para poblaciones de entre 500.000 a 8 millones de habitantes, todos los fraudulentos parlamentos regionales, todos los corrompidos tribunales autonómicos y demás panoplia bufonesco-parasitaria.

Ahora bien todo lo dicho sobre las inmensas virtudes del presidencialismo como salvaguarda de la Democracia Formal, no impiden reconocer los problemas derivados de una práctica imperialista evidente. En relación con ese plano en que EEUU ejercen potestad ilimitada y salvaje de potencia mundial, en realidad no hay nada nuevo que decir, porque es sólo Trump el nombre que da cobertura y que engloba intereses de grupos de poder dentro de la estructura muy deteriorada del capitalismo estadounidense, los intereses nacionales menos competitivos, que son los que primero patrocinaron la deslocalización para intentar detener después la enorme sangría de los intercambios comerciales en los que ya hace tiempo empezaron a perder la guerra que nunca ganaron realmente en el campo de batalla ni en cualquier otro y ahora que siguen perdiendo acuden al proteccionismo y a la ideología que le da sustento.

Sólo en ese sentido del Gran Juego de intereses mundiales, Trump es el epifenómeno de cara a la galería de procesos muy simples pero nunca evocados en su determinación causal: la desvalorización galopante del capital estadounidense. A diferencia de cualquier otro poder imperial, el de EEUU, desde 1945, no se sustenta sobre sí mismo, sobre su superioridad de organización técnica, militar, industrial, etc, sino sobre la debilidad extrema que arrojó la derrota de los dos verdaderos competidores, Alemania y Japón.

La URSS fue el grotesco “partainer” o espantajo del juego simulado de la “guerra fría” (¿alguien se imagina a los romanos hablando de “guerra fría” y practicándola con los enemigos fronterizos del Imperio?), colega elegido dadas sus inferiores condiciones de partida, es decir, debido a la imposibilidad del comunismo de competir realmente en su propio terreno con el capitalismo, dado que evolutivamente es una forma inferior de organización económica.

Los hechos, como todos los que han constituido el periodo posterior, dan la razón al Hombre Malvado por antonomasia (Hitler): el capitalismo anglosajón carece de cualidades constructivas de civilización y cultura, es lo que Gustavo Bueno llamaría acertadamente un “imperialismo depredador”. De ahí no saldrá nunca ningún orden sobre el que sostener nada.

Los marxistas clásicos dirían que el capitalismo estadounidense ha entrado con Trump (en realidad siempre ha estado ahí desde el Tratado de Versalles con las reparaciones de guerra impuestas a Alemania y los préstamos depredadores impuestos al Imperio británico y Francia) en la fase de la extracción extraeconómica de la plusvalía, es decir, la necesidad de acudir a medidas políticas para garantizar la valorización de los capitales invertidos, en este caso mediante la estratégica administración del llamado “proteccionismo”.

Todo esto no son novedades históricas: es algo que cualquier hombre más o menos leído sabe a propósito de la evolución de los capitalismos nacionales, cuya base territorial y comunitaria el Mercado no puede abolir, aunque la ideología dominante finja que eso es una verdad ontológica indiscutible (el Mercado abstraído del suelo nativo en que una comunidad extrae, produce e intercambia valores reales).

Al final, en el recodo en que Tierra y Capital se miran al espejo, ven sus rostros reflejados como lo que nunca dejaron de ser: radical apropiación excluyente de tierras, hombres, recursos, fuentes de vida, energía, máquinas y finalmente, coronándolo todo, poder territorial. Hoy todo esto aparece abstraído en las figuras múltiples del valor llamado “capital”. Desgraciadamente, la peor y más estúpida forma de evocar la dominación y la territorialización de la misma, aunque en cierto modo sea la más “humana” y soportable para el hombre contemporáneo.

El éxtito de EEUU se debe a que es la consecuencia y producto de un vacío de poder mundial que ya dura casi 100 años. No es fácil sustituir a los imperialismos europeos, aunque Hollywood en algún momento tuvo más encanto “democrático” que la esnobista y senil Belle Époque europea.

En este preciso y limitado sentido histórico, visto en gran perspectiva, EEUU es un inmenso “bluf” antihistórico y antipolítico, pero necesario en una época en que hasta la evocación de Imperio se ve destilada por una pérdida de sentido de todos las ideas.

Por otro lado, las “sitcom” estadounidenses hacen la vida más llevadera y eso ya es mucho en un mundo tan aplanado.

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