CRÍTICA DEL RÉGIMEN ESPAÑOL DE 1978

PASIÓN DE LIBERTAD (2016-2017)

En la España de hoy, y de ayer, y de antesdeayer, la de nuestros padres y abuelos y tal vez más atrás, sólo el exilio, la soledad y el silencio han sido las salidas si el destino, la educación o la fortaleza de carácter moral los arrojaron a la desgracia de poseer conciencia política, es decir, el saber subjetivo cierto de sí mismo a partir del cual juzgar el ser y el devenir de la sociedad y del Estado bajo los que tenían que vivir una existencia sin libertad política. Nuestro problema es el de ellos.

Para volverse contra un estado de cosas, saber juzgarlo y saber combatirlo, hacen falta cualidades temperamentales, reciedumbre desacostumbrada, saberes muy variados, cultura política, pero sobre todo aquello sin lo cual estas dotaciones y adquisiciones subjetivas no tienen efectividad y se pudren en la conciencia aislada: se necesita la pasión por una clase de libertad que nosotros no hemos conocido, que sólo podemos imaginar y desear con la certidumbre de los deseos más elevados, se necesita un cierto idealismo y una disposición de espíritu muy raras y unas condiciones materiales de existencia que den una cierta independencia, ya que no holgura total.

Todas estas cosas, que en España casi tan sólo Antonio García-Trevijano ha logrado alcanzar con sobrada suficiencia y altura de miras, son, para desgracia nuestra, condiciones de las que carecen, y quieren seguir careciendo, los españoles mejores de todas las generaciones y clases sociales que hoy conviven en nuestra sociedad, aun teniendo posibilidad de acceder a ellas, pues están al alcance de la mano con un poco de esfuerzo y buena voluntad.

Pero ni siquiera la atrocidad de vida pública que tienen todos los días delante de las narices les hace reaccionar, sino que todavía más de dos tercios obedece las consignas baratas de los patanes criminales que les ofrecen “la muerte civil y nacional” a crédito.

Yo no critico a los que desconocen lo mejor, porque esos todavía tienen que aprender con dolor lo que les espera. Yo critico a los que conocen lo mejor y lo silencian. Los españoles de hoy no son todo lo que podrían ser, están muy por debajo del nivel de conciencia que una minoría de entre nosotros va alcanzando en sorda lucha interior contra un cúmulo insoportable de mentiras, prejuicios, mitos e imposturas que se recubren unas a otras en monstruosa coyunda que produce engendros dignos de la mitología griega: minotauros, medusas, cíclopes y centauros políticos de la más innoble catadura.

Es mentira que se nazca “libre”. Se puede llegar a serlo y no sin infortunio cuando toda una sociedad se niega a serlo. Si se tiene el sino maldito de nacer entre gente servil e infamada desde tiempo inmemorial, si se tiene el deshonor de vivir entre gente que asiente a los actos más inmorales como si fuesen la normalidad misma de las costumbres civiles más exquisitas, uno no tiene más opciones que volverse un rebelde y un solitario, incluso a sabiendas de que si la verdad está de su parte, ésta no será escuchada y es mejor el silencio que la ofensa.

El único consuelo es saber que otros mucho mejores que uno mismo pasaron por ello y no se arredraron y siguieron adelante y consiguieron convertirse en el modelo para un pueblo que se desconoce a sí mismo, porque si se mirara a un espejo vería el monstruo deforme en que se ha convertido y en el que lo han convertido.

Cualquier hombre medianamente decente, para lo público y lo privado, sabe que él no vale más que el sentido de la libertad, en todos los aspectos de la vida, que pueda llegar a alcanzar.

Trevijano fue una “rara avis” en este yermo de toda libertad espiritual que es la España actual.

Un modelo único cuya ejemplaridad y obra es evidente para mí que tendrán un éxito póstumo, desgraciadamente póstumo. Un país que puede producir a un pensador de tal calidad y a un hombre de tal integridad ya está maduro para cosas grandes, porque, en las cuestiones de libertad, no sólo intelectual, moral, civil y política, sino de libertad esencial, interior, la valía es excepcional pero los modelos humanos, cuando existen, son decisivos para el porvenir de los que vienen a continuación.

Nosotros tenemos el hilo de Ariadna, sabemos quién es el Minotauro y cómo matarlo (la publicidad, la libertad de pensamiento y expresión son armas de muerte para este régimen que vive en lo oculto y el secreto, la oscuridad de las camarillas y el hermetismo, la ignorancia de sí mismo y de la realidad envuelta de sus mentiras groseras).

Está herido de muerte (deslegitimado) y no lo sabe. Se arrastrará todavía mucho tiempo arrojando aquí y allá sus mugidos de animal herido, pero su tiempo se ha acabado. Hoy vive una especie de prórroga que ya sólo se sostiene sobre la voluntaria ignorancia colectiva de una verdad para nosotros trasparente.

Trevijano, acusado de cosas indignas, quizás sólo pueda ser censurado en su trayectoria pública “clandestina” por su confianza en el Partido Comunista, al haber estimado que podía ser una fuerza capaz de promover la Libertad política de los españoles. Siempre se arrepintió de haber confiado en los comunistas cuando entre 1974-1976 se produjo el vacío de legitimidad del régimen de Franco. Trevijano pensó que, al menos, como posible fuerza de oposición real, la gente del PCE en el interior, y sobre todo CCOO, podrían haber colaborado en la propuesta “reforma o ruptura” a favor de la ruptura. Lo ha contado muchas veces y los hechos narrados objetivamente por otras fuentes lo corroboran (los cables de la Embajada de EEUU hace pocos años desvelados y los propios informes de los servicios de información españoles de entonces).

La cercanía a los comunistas de un miembro ejemplar de una burguesía profesional ilustrada como Trevijano no es una excepción en los contextos de lucha política contra un régimen autoritario terminal. Es la historia misma de una parte de la intelectualidad europea más consciente, que se halla separada de su propia clase social y profesional por el abismo de la incomprensión y la ignorancia de los verdaderos intereses de grupo, que si es inteligente puede llegar a presentarse como representante de los intereses nacionales.

El trasfondo, entonces y ahora, de la estrategia y el muy depurado pensamiento de Trevijano apunta precisamente a esto.

Para nosotros, su “República constitucional” es más que una cuestión política teórica o ideológica, mucho más que una praxis constitucional e institucional. Es una cuestión de vida o muerte de cada individuo consciente que quiera todavía vivir integrado en una comunidad política como Estado y como Nación, por no hablar de que su forma política es el santo y seña de la emancipación de una sociedad civil española por primera vez en su historia contemporánea.

Ojalá en la España de aquellos años hubiese habido una burguesía, tanto intelectual como profesional y capitalista, numerosa y arriesgada, capaz de enfrentarse a la oligarquía económica y política instalada ya entonces en el Régimen franquista, en cuya continuidad y reproducción todavía vivimos. Porque ésta y no otra es la cuestión que determinará el porvenir, hoy, como entonces. Hubo un esbozo de eso, pero fue liquidado y la verdadera historia de aquellos años está por escribir, en el plano intelectual sobre todo.

Cada uno trabaja con la materia prima y los recursos humanos que tiene a mano. Trevijano tenía a aquellos individuos y grupos humanos impresentables, que entonces a nadie se lo parecían, aunque el propio Trevijano los caló ya entonces como los elementos deleznables y vacuos que eran.

Cómo no, “compañeros de viaje”: ese material ahora sabemos lo que vale y también sabemos lo que vale Trevijano. Unos trabajan en consejos de administración y son reconocidos “lobistas” y otros han escrito obras modélicas y perdurables a lo largo de una especie de acomodado exilio interior, obras que, a no dudarlo, determinarán el futuro español, incluso contra la voluntad de aquellos que prefieren vivir ensimismados en el vacío amoral y autista del presente.

Siempre que hablemos de Libertad, en un sentido serio y respetuoso, nos encontraremos de cara con el “hegelianismo” de los grados de conciencia como grados de adquisición de un conocimiento teórico-práctico de los objetos, entre ellos, todos los problemas de pensamiento suscitados por la obra de Trevijano.

Su riqueza está en lo que motiva a esforzarse en una dirección extraordinariamente complicada. Su obra es un punto de partida preñado de posibilidades teóricas, nunca un punto de llegada. Yo estoy en esa línea. No busco recetas ni expedientes acomodaticios para una coyuntura pasajera que tal vez no llegue nunca. Busco el núcleo de la cuestión política y no está nada claro para mí que la obra de Trevijano no sea una cumbre desde la que se divisan otros picos de montaña aún más difíciles de escalar.

En efecto, llegados a un cierto punto evolutivo de nuestra conciencia, es decir, de nuestro saber del objeto y de nosotros mismos como conocedores de ese objeto (la libertad política colectiva, la democracia formal y el Estado contemporáneo, las dificultades de una genuina separación de poderes en los Estados de sociedades por completo despolitizadas y sometidas a ideologías antipolíticas), todo empieza a girar sobre sí mismo y a volverse muy problemático y digno de un constante cuestionamiento.

Nuestra ventaja es que, al existir ya un punto de partida de la consistencia de la obra de Trevijano, los siguientes peldaños de la conciencia están asegurados.

¿Pero lo están realmente si todavía ni siquiera entrevemos una mínima posibilidad fáctica para una libertad política cuyo concepto es fácil de conocer y expresar, en apariencia, y sin embargo es lo más difícil de conseguir en su forma acabada, es decir, institucionalizada, aunque sea por vía negativa de imaginación de futuro?

En parte, nuestro problema, aunque enfocado de modo mucho más realista desde el punto de vista del realismo político, antropológico y psicológico, gracias a la obra de Trevijano sobre los datos de la “servidumbre voluntaria”, es el mismo que el de los anarcocapitalistas consecuentes con sus postulados.

La acusación de “idealismo” sería casi mejor expresada como “utopismo” si no fuera porque la realidad histórica de la democracia formal puede constatarse y compararse en su funcionamiento con los Estados europeos actuales, que apenas sin son una síntesis monstruosa y a la vez coherente de liberalismo, socialismo y fascismo.

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