CRÍTICA DEL RÉGIMEN ESPAÑOL DE 1978

LA VISIÓN DE LO ESPAÑOL “IDIOSINCRÁSICO” COMO INSUSTANCIAL CRÍTICA DEL RÉGIMEN DEL 78 (2018)

Gran artimaña argumentativa del Discurso oficial para sortear el peligro de una crítica “integral” del Régimen del 78 (procedente de mentes muy primitivas, sin duda, de pobres aprendices de Trevijanos “menores”): nuestra clase dirigente está formada por hombres y/o mujeres que no están dispuestos a hacer “política”.

Con ello se parece indicar que tal vez, algún día, después de salir del estupor incomprensible de este “paro técnico” (es decir, “tecnocrático”), provocado por una pantagruélica indigestión de cargos públicos, esas buenas gentes de conciencia recta y juicio sano empezarán a hacer “política”…, como si alguna vez se hubiera hecho política en la España del Régimen del 78, cuyas reglas son precisamente las que prohíben, censuran e inhiben toda tentativa de “hacer política”.

No se puede hacer política bajo condiciones políticas en las que los sujetos no son libres para hacer política.

La captura oligárquica de un Estado en desguace establecida por los Partidos (“se constituye” cada tarde con el café de las cinco, según las ocurrencias de los eternos opositores a la jefatura de algún partido viejo, nuevo o en saldo por reformas) es por su naturaleza misma una forma muy depurada, aunque muy grosera, de prohibir la política, y con ella la libertad para hacer política, porque se instituye nada menos que un Monopolio cerrado que, como tal, no permite el libre juego con el mínimo grado de apertura a los elementos de la sociedad civil que quieran “libremente” participar en el juego sin pasar por su incorporación al Estado hasta en el sueldo y los medios básicos de supervivencia material.

En un Régimen en el que los partidos son instituciones del Estado y sus miembros funcionarios (lo cual está bien para una Alemania que no ha conocido otra forma de Gobierno y gracias a ella o contra ella incluso ha llegado a ser poderosa), no hay reglas que permitan ninguna Libertad política para nadie, ni siquiera para las exiguas camarillas de burócratas de los partidos, que no son libres para ejercer su propio poder virtualmente ilimitado e incontrolado, como está demostrando todo el desarrollo del proceso secesionista catalán: cualquier iniciativa real, por cualquiera de las partes, amenaza con desestabilizarlas a todas, de ahí un “impasse”, que es por definición irresoluble, cuando las reglas de juego del Régimen no dan ya más de sí.

Lo que es seguro es que no hace política quien quiere sino quien puede, y en la España del Régimen del 78 es esa imposibilidad real objetiva, no la incapacidad puramente subjetiva, de hacer política lo que demuestra la carencia de su principio: nadie es libre desde el punto de vista político, ni los sujetos de poder ni los vulgares ciudadanos que se someten a cualquier cosa con tal de que no se note demasiado el vacío político que sin duda les aterraría más que vivir en la pasable irrisión diaria de los boletines de noticias.

En esta neutralización, que es muy característica de las situaciones oligárquicas terminales, se halla una de las claves secretas del proceso de autodestrucción del Régimen.

Imaginar que Rajoy, un Partido, o cualquier otra instancia, puede “hacer política” bajo este Régimen, ignora que todo en él no es nada más que una simple “coyuntura de poder” carente de cualquier profundidad “institucional”.

La expresión de Montoro sobre los “Presupuestos para funcionarios y pensionistas”, que cualquier otro partido y grupo de burócratas de partido firmaría encantado y con más fuste retórico, dice en su trivialidad toda la verdad política de este Régimen.

Y si hay que amenazar al PNV con la denuncia en el TC del mismo acuerdo sobre el cupo vasco firmado por el Gobierno hace unos meses, pues va y se hace y tan frescos, porque “hacer política” es eso y nada más que eso: un dar vueltas de la noria sobre asuntos trillados agrandados por los medios de comunicación como “cosas muy importantes” en las que nos va la vida misma.

La prueba de toda esta falta de “legalidad”, o lo superfluo de la misma, es todo lo que estamos viendo hasta en los menores detalles en el proceso secesionista: los jueces mismos viven en la más alegre improvisación sin nada sólido sobre lo que apoyarse, pero les da igual, pues los políticos de partido que los controlan son todavía más ignorantes e incompetentes que ellos mismos, y los autos están hechos de recortes de prensa que nadie lee salvo quizás el secretario de juzgado que le encarga al bedel que haga las fotocopias para la prensa.

El Régimen se había blindado contra las situaciones internas de excepción mediante la omisión de toda legislación de excepción que pudiera poner en cuestión el poder de los Partidos y será precisamente esta carencia de fundamento legal para el ejercicio de la cuestión clave de la Soberanía la que, como ya sucede, termine por crear la situación definitiva de vacío de poder (del 155, irrisorio a más no poder, en el texto y en su legendaria “aplicación”, un tal Roca es responsable; y el artículo del Código Penal sobre el delito de rebelión redactado nada menos que por el siempre solvente López Garrido, reconocidos patriotas españoles ambos, vivientes solecismos de la clase política más estúpida...).

Van a morir achicharrados por agarrarse a Kelsen y su distribución de “competencias” para evitar la apelación al odiado Soberano.

Rajoy no puede gobernar, ni nadie va a poder hacerlo ya, porque todos están sentados sobre una bomba de relojería que todos ellos sin darse cuenta han construido.

En fin, quien quiera defender seriamente este estado de cosas, omitiendo toda reflexión objetiva sobre sus condiciones reales, que lo haga pero que no juegue a engañar con la crítica acerca de las viejas y desgastadas idiosincrasias patrias que ya no entretienen a nadie ni justifican ninguna forma de arbitrariedad del Poder instituido.

Como si el “carácter” español o la Historia política española contemporánea explicasen nada de lo que es acción de la pura voluntad y ambición de unos individuos instalados en los órganos del poder del Estado, cuyos males desaparecerán cuando todos esos individuos desaparezcan y con ellos las Instituciones y Reglas de las que se han servido para manejar ese Estado.

4 comentarios

  1. Está muy bien esto que expones aquí, ¿pero, de verdad, crees que el estado de las cosas puede cambiar está cerca de llegar a su fin? En mi opinión, el circo político-mediático funciona, los poderes dicen que amar y odiar y la gente traga con todo.
    y una pregunta, ¿cuál sería, según tú, la forma de gobierno más adecuada?

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    1. Tengo bien claro desde siempre que el problema político español hay que situarlo en el modo como el ciudadano español encara su relación personal vivida con la Autoridad, el Poder, el Estado y toda Jerarquía social heredada.

      En una sociedad donde no ha habido jamás una experiencia de libertad de pensamiento, sino siempre un abyecto servilismo a toda instanciacion de poder, el que sea, eclesiástico, económico, político o cultural, en una sociedad siempre atiborrada de mentiras sobre sí misma, su Historia, su ser y su devenir, la vulgar experiencia de la libertad política, o en cualquier otra esfera de la vida práctica, reviste un carácter casi «místico» y desemboca en la marginalidad y la excentricidad.

      Yo no hablo de otra cosa que de mi personal enajenación de la realidad histórica española en la que estoy obligado a vivir sin haberla elegido, haciendo un esfuerzo de comprensión al que nada ayuda en el mundo cultural y humano que me envuelve.

      Yo no postulo formas de Gobierno como dogmas o postulados doctrinales de fe. Sólo afirmo que la necesidad histórica es una categoría objetiva que obliga por ella misma a una destrucción creativa de lo existente, que es una pura negatividad y en cierto sentido lo real hoy es la Encarnación de la Anti España en su versión más criminal y pastueña.

      Toda negación de lo hoy constituido en poder del Estado engloba la definición misma de lo que debe y puede, con o sin masas escenograficas y electorales, llegar a ser la alternativa: nueva Constitución que establezca la separación de los poderes legislativo y ejecutivo, República presidencial como forma de Estado, Estado unitario y centralizado como forma de organización administrativa, sistema electoral mayoritario por distritos muy pequeños, diputados individuales, partidos financiados por los ciudadanos de cada distrito, candidaturas no sometidas a direcciones de partido, partidos sin burocracia pagada por el Estado, elección presidencial a la Jefatura del Estado y del Gobierno en distrito electoral nacional, único por supuesto, supresión de Autonomías y liquidación por amortización de plaza del personal excedentario en los cargos de libre designación, centralización de competencias clave, ley de inhabilitación para cargo público de buena parte de la clase política actual congregada en los partidos, ley contra la participación del capital financiero y oligopolista en los medios de comunicación, en fin la lista de deseos es interminable.

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      1. Sí, estoy de acuerdo con muchos de los puntos de tu lista de deseos, pero para que todo eso fuera realizable la gente debería tener un mínimo interés en la gobernanza de su país. Vivimos alienados y no creo que fuera posible combatir esta enajenación apelando a la razón. La sola posibilidad que existe de cambiar algo, en mi opinión, es a base de la misma manipulación que usan para con nosotros. Pero para eso se necesitaría una clase de personas de una pasta que no existe, capaces de ver e influir en la realidad con altruismo e inteligencia, y no usando estas capacidades para beneficio propio, y eso, amigo, lo veo más que complicado.

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  2. Toda discusión política es un terreno resbaladizo, incluso entre personas que comparten presupuestos, quizás porque siempre existe un trasfondo de malentendidos.

    Yo no he hablado nunca de “razón” o racionalidad política: cierto que no la hay en la sociedad española, pero mucho menos la hay en la clase dirigente y ahí es donde se va a jugar la partida: ella misma exhibe su proceso de autodisolución como un espectáculo para las masas, porque es justo lo único que le queda como resorte de atracción.

    En sentido estricto yo sí hablo de “inteligencia institucional”: los más obtusos entienden a estas alturas que en las instituciones, percibidas sólo a través de las personas que las ocupan, son ya por completo disfuncionales, y la corrupción generalizada no es otra cosa que la disfuncionalidad producida por una muy determinada forma de uso de una cierta “inteligencia institucional” radicalmente pervertida por el principio de la más burda autoconservación.

    Ahí estamos ya instalados pero ésa, con toda evidencia, no es ni va a ser una situación duradera.

    Las cosas son mucho más sencillas de lo que nadie imagina. Tenemos una percepción demasiado intelectualizada de la vida política (yo mismo soy un ejemplo paradójico de esta afirmación), y todavía más abstracta es nuestra concepción de la acción política. Vuelvo sobre lo mismo: no es cuestión “antropológica” la existencia de hombres con las propiedades requeridas o requeribles para lo que está por venir tarde o temprano,

    El momento real del hallazgo de lo necesario llegará con la conciencia de una libertad que aparecerá de la misma manera: como un estallido colectivo de lucidez, sobre todo cuando las masas, y no sólo en España, no puedan ya ser satisfechas en sus veleidades de comodidad existencial.

    El prejuicio sobre la idea de que las Revoluciones y los cambios políticos profundos “se preparan” largamente en salones de discusión erudita y educada es una construcción de la Historiografía europea sobre la Revolución francesa, de la que el propio Antonio García-Trevijano padecía prisionero, si bien suya es la más apasionante interpretación reciente del sentido profundo que ha tenido dicha Revolución en el devenir político europeo, en el doble plano ideológico e institucional.

    Le agradezco sinceramente su interés por el blog y espero que sea posible más adelante seguir la discusión.

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