LA INMIGRACIÓN Y LA DESESTRUCTURACIÓN CULTURAL DE LAS NACIONES HISTÓRICAS EUROPEAS

EL ÚLTIMO TANGO DE LO UNIVERSAL (2005)

¿Quiénes somos? Los dueños de la Verdad cuando no queda rastro de verdad en un mundo hipersimulado. ¿Quiénes somos? Los amos de las designaciones del Bien cuando ya no hay un solo acto humano que evoque vagamente un contenido moral cualquiera. Pero las cosas están así: la maquinaria universalista, resabiada e indecente como la vieja puta que es, herrumbrosa y exangüe, necesita una vez más combustible, y hay que proporcionárselo pronto, si no queremos que sus estridencias insufribles nos aturdan aún más de lo que habitualmente estamos.

Además, como no nos tomamos en serio a nosotros mismos (nadie tiene suficiente estómago para hacerlo, a pesar del ministro italiano de la camiseta con las caricaturas de Mahoma), ¿cómo íbamos a tomar en serio a los otros? Peor aún, ¿hay realmente “otros” para nosotros? Nadie existe que no sea candidato a la perpetuación del “way of life”, por las buenas o por las malas. Hasta tal extremo llega nuestra presunción, esa jactancia y la bravuconería impertinente del occidental, desde lo más alto a lo más bajo de la escala, que creemos que nosotros constituimos la última palabra de la especie humana.

Nuestro apocalipsis doméstico, invisible y cotidiano, es precisamente éste: porque si nosotros somos el último hombre, mejor sería acabar rápido y no seguir esperando el final en el aplazamiento permanente. Pero es que realmente el final ya está aquí y nosotros somos su encarnación (sin redención posible). No tenemos el valor para el verdadero suicidio colectivo, así que lo iremos destilando poco a poco, a pequeñas dosis: habrá que seguir produciendo chivos expiatorios que compensen las horribles ulceraciones de nuestro universo simbólico. Pero los otros deberán ser los encargados de llevar a cabo la ejecución, el acto definitivo. Con el 11 de septiembre del 2001, para nosotros, y silenciosamente, “incipit tragoedia”.

Hasta dónde han tenido que llegar nuestra miseria espiritual, nuestra sordidez intelectual, nuestro aplanamiento moral para que algo como las caricaturas del fundador del Islam sean nuestra arma secreta en la lucha de lo universal por una hegemonía en crisis ahora creciente, eso nadie sabría describirlo. Porque todo este asunto es, ante todo, un retrato nuestro, algo que nos coloca en el lugar exacto donde estamos abismados desde hace tiempo. La mutua contaminación entre lo universal y lo mundial aparece en este cortocircuito donde la confusión es la regla.

Dejando a un lado todas las estrategias en curso, que muestran ambiguamente una frivolidad muy a tono con lo que estamos llegando a ser, sólo resulta sugestivo poner de relieve esta supuesta ofensiva de un Occidente tan desquiciado que sólo sabe arrojar exabruptos, añagazas de un narcisismo sicótico que juega con el otro como el fantasma de sus alucinaciones políticas. Porque lo mismo que nuestros pedófilos acomodados en sus búsquedas de los objetos de deseo por el Tercer Mundo, nuestras clases política, mediática e intelectual sufren sus propias alucinaciones y delirios… y por otros objetos de deseo.

Desde el 11 de septiembre asistimos en las llamadas “sociedades democráticas” a un vasto retorno en potencia de lo reprimido bajos las especies del control, la prevención, el higienismo exacerbado, la extorsión, el chantaje o la disuasión: nada de autoritarismo, fascismo o totalitarismo, no en el sentido histórico real de estos términos, sea lo que sea lo que quieran significar. Lo que primero fue patrimonio de la clase política italiana travestida en la mafia, hoy es herencia común de todas las oligarquías occidentales. Es como si un Sciasca retrasado mental fuera el guionista de nuestros poderes.

Lo que hace pocos años fueron prácticas rusas, soviéticas, luego empezaron a contaminar a una democracias sin enemigo visible: primero la norteamericana, luego las europeas. Más aún, lo que Orwell  describe en  su novela “1984” constituya desde ahora mismo la esencia de nuestro universo, sustituyendo la maniobra de la penuria deliberada por la de la abundancia igualmente embrutecedora. Nuestra razón cínica no es otra cosa que el nombre eufemístico del sistema del “doble pensar” orwelliano que hoy, hasta el más obtuso de los individuos occidentales, practica sin el menor escrúpulo.

Al hilo de la década de los 90, a lo largo de un aparente estancamiento global, en este periodo de apenas 20 años, las relaciones amigo/enemigo del mundo desarrollado han cambiado sigilosamente. Ya antes, en los 70 y 80, el Islam jugó un papel de subalterno como peón en las “luchas geoestrátegicas” entre los dos imperialismos gemelos, el soviético y el occidental (revolución iraní, guerra de Afganistán, guerra del Golfo, la auténtica, entre Iraq e Irán, con un Saddam a nuestro servicio). Pero en aquellos momentos, todavía el Islam como tal no aparecía designado como el enemigo. Hoy, sin embargo, el Islam es la última estructura de una civilización tradicional que hay que dinamitar mediante el universalismo de los valores, la tolerancia y la neutralización de sus “elites” moderadas, no necesariamente mediante la guerra, la ocupación militar, la persecución sangrienta o el exterminio lento, si bien éstas son las prácticas a cuya ejecución inexorable asistimos sin conciencia apenas de ello. Los llamados “terroristas” son los primeros y los últimos en saber el destino que les espera: quizás por eso se precipitan a tomarlo en sus manos antes que nosotros les privemos de él.

Las caricaturas del Profeta, además de ser una estrategia para neutralizar a las minorías islámicas del continente europeo (y piénsese, por una vez en serio, en el sentido de  las interpretaciones que se han dado a los sucesos de noviembre de 2005 en Francia, desde el social-liberalismo en el poder hasta la extrema derecha que habita su inconsciente), representan la consabida táctica del ultraje al otro con presunción de inocencia y buena conciencia universalista “listas para llevar”. Precisamente en estos días se da a conocer nuevamente el tipo de trato que las tropas de ocupación en Iraq infligen a no importa a quién. Una táctica es gemela de la otra en el plano posmoderno en que se equivalen: las imágenes de la vejación física al otro y los “valores” que sostienen una forma mental incluso peor de negación son solidarios en este proceso. Pero como cada esfera funciona en su propio dominio, no hay verdadera contradicción y nadie la percibe como tal.

Ya se ha observado que en el inconsciente occidental, desde hace muy poco tiempo, el Árabe, el Musulmán ha reemplazado al Eterno Judío de la historia anterior. Todo actualmente va en esa dirección, de la que en absoluto es responsable la extrema derecha xenófoba, la cual, por su parte, se ha limitado a anticipar alucinatoriamente lo que hoy es ya nuestra realidad cotidiana. Por supuesto, nuestros intelectuales, políticos y periodistas no tienen nada que ver con los llamados “brotes xenófobos”: ellos también se limitan a hacer su trabajo, es decir, a simular un espacio público libre y tolerante del que aquéllos forman la “patología” que permite a éstos hacernos creer que, por su parte, son la salvaguardia de los valores, que a su vez nadie ha visto nunca manifestarse en algún comportamiento público o privado real.

Es el caso, ahora mismo, de Chirac protestando de la publicación en los semanarios satíricos franceses (“Charlie Hebdo”, “Le canard enchainé”), al tiempo que se sacraliza, en un espacio totalmente desacralizado desde hace mucho, el llamado derecho a la libertad de prensa, el cual, para nosotros, en el mundo del “El Show de Truman” y de los magnates de la comunicación, es un fósil como tantos otros grandes derechos con los que se nos corrompe a través de una credulidad forzada que debemos prestarles, dejándonos atrapar por esta otra forma de violación “pacífica” pero no menos sádica.

Toda esta tela de araña quizás sirva para pillar a algunos; en cuanto a lo que se juega de verdad, no debemos ser ingenuos. Y ellos, precisamente los musulmanes, no lo son, aunque juguemos con su buena fe, que estos días ha sido evocada por los medios como violencia (ni un solo ciudadano occidental ha sido atacado, herido o maltratado, pero algunos manifestantes sí que han muerto a manos de la policía de sus propios Estados): unas cuantas banderas quemadas de países europeos, unos cuantos cócteles Molotov sobre las pulcras fachadas de consulados o embajadas…, no parece una furia temible y pavorosa.

Quizás a través de toda esta algarada barriobajera de nuestras élites lo que tratamos de conjurar es nuestra propia violencia, la que todavía colectivamente no sabemos dirigir contra nosotros mismos. ¿O quizás es precisamente lo que estamos intentando?

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