LA INMIGRACIÓN Y LA DESESTRUCTURACIÓN CULTURAL DE LAS NACIONES HISTÓRICAS EUROPEAS

“EL CABALLERO INEXISTENTE” (2003-2004)

EUROPA. Identidad de un conjunto excluyente de naciones coaligadas sin identidad colectiva real. Nos encontramos con el mismo “problema”: la obligación de definirse frente a un “enemigo interior”. La extremada flacidez de la Europa actual ha quedado en evidencia, una vez más, en las reacciones “polémicas” ante la candidatura de ingreso de Turquía en el “club” selecto de los dueños del embrollo institucional que es la Unión Europea.

En efecto, todos somos conscientes de que resulta muy difícil convertir esta risible parodia operativa que es la Europa actual en un organismo supranacional dotado de alguna identidad sólida que se baste a sí misma, y desde luego el proyecto de Constitución europea no contradice esta situación de desamparo sino que la confirma. La publicidad, las marcas, la mercadotecnia, todo eso está muy bien, pero no sirve para crear una identidad “cultural” que oponer a otras. Ni siquiera sabemos cuál debería ser la “lengua franca” europea, ¿cómo íbamos a saber cuál debiera ser nuestra identidad común dentro de un tinglado comercial semejante? El esperanto, como lengua de intercambio, sería una buena elección, ya que traduce exactamente el carácter artificioso y desarraigado de todo el proyecto “europeísta”, así como certifica la propia nulidad del intercambio.

Todo el mundo, sacudido de repente por esta carencia de identidad, se pone a buscarse una, ante la amenaza de ingreso de un país islámico que, por su parte, ya tiene una identidad y no necesita otra de sustitución, como nos ocurre infelizmente a nosotros. Por eso no debe asombrar que toda la estrategia europea y occidental se dirija a erradicar cualquier forma de identidad, de alteridad, de especificidad: así por lo menos todo queda nivelado y puesto a nuestra misma altura.

Así por lo menos no se nota mucho la carencia virtual de toda definición. A los americanos les basta con mover a sus peones de vez en cuando para suscitar entre sus socios europeos inefables delirios de grandeza y expansión que traumatizan seriamente las veleidades de unidad, identidad y proyecto común. Sin quererlo, la estrategia de los norteamericanos contra la “casa común europea”, pone de manifiesto muchas más lagunas de las que tiene por objetivo promover su programa de desestabilización.

Desde ahora habrá que ponerse a buscar en los vertederos de la historia y de la cultura europeas para descubrir quizás algún material para el reciclaje que nos espera: nos toparemos, al otro lado de la Ilustración, con nuestra profunda e inconmovible “identidad cristiana”, y podremos servirnos de esta herencia como de una identidad lista para llevar”. Todo vale cuando todo falta. La derecha y la izquierda viven de esta fastidiosa equivalencia, se alimentan de esta miseria que ellas mismas encarnan.

Lo más conmovedor de todo es que tenemos un problema no tanto con la identidad misma, perdida de vista ya para siempre, como con la producción de los signos de la identidad, cuya demanda crece sin cesar a medida que se aleja de nosotros: es decir, al no disponer de una, sólo podemos producir sus signos, y como ocurre con la perversidad intrínseca a todos los signos, es inútil intentar discriminarlos en categorías de valor y jerarquías históricas, ya que la función primordial de los signos es suprimir de golpe el carácter problemático de la realidad, anular cualquier diferenciación semejante entre lo real y lo que lo sustituye subrepticiamente como signo, más allá de toda referencia realista a su origen y su sustrato.

Con la identidad, que todo el mundo reivindica a despecho de la desecación total de sus fuentes, convertidas más bien en fosas sépticas, pasa como con la Historia: a falta de una y otra, la farsa debe continuar su curso, a fuerza de inflar réplicas y referentes deprimidos. Cristianismo, laicismo: ¡menuda lucha! Al paso que nos marcan, pronto estaremos discutiendo sobre las guerras de religión del siglo XVI: este “retroceso” a tan achacosas herencias es una victoria simbólica más para apuntar en el haber estratégico del Islam como fuente de desestabilización del inconsciente occidental.

Pero la bufonada de la identidad es todavía menos creíble que la otra, la histórica. Cuando la falsa nostalgia se convierte en impostura es el momento del ensayo general, y entonces aparecen en el escenario todos los mediocres figurantes, todos los que tienen por misión sobreactuar y declamar. Sobre la escena de la identidad, “conservadores” y “progresistas” emiten los mismos gruñidos de una jerga ininteligible para un “diálogo” que ni ellos mismos entienden.

He ahí el problema que se nos arroja encima y que quisiéramos sacudirnos: hay que tener una identidad y nosotros no tenemos nada parecido a lo que echar mano, y lo peor de todo, ya es demasiado tarde para inventarse alguna. Con toda certeza, el material de reciclaje escasea, hay que reconocer francamente que los conceptos para el embalaje de que disponemos ya no son operativos: han caído en desuso al tiempo que los perdíamos. No podemos apelar a ninguna instancia para que nos justifique ni ante nosotros mismos ni ante los otros.

La exhortación ritual, y en el fondo disuasiva, a las “libertades” de que gozamos, no se apoya realmente en nada verosímil, pues precisamente la libertad política es lo que ha sido devorado y digerido hace tiempo por la lógica universal del mercado, a la que corresponde la liberación de costumbres y un código de control basado sobre la equivalencia general de todos los signos. De ahí es muy difícil extraer los contenidos de una identidad, pues esta lógica las asume todas para volverlas indiferentes, trasparentes unas a otras (opera lo que podríamos llamar una verdadera “reducción antropológica”)

Ciertamente, no somos cristianos, dejamos de serlo hace mucho tiempo, y del cristianismo sólo nos queda la estructura osificada del universalismo secular y laico; tampoco somos ya nacionalistas, pues no hay “nación” que construir cuyo destino sea convertirse en “sujeto de una historia” por hacer desde el “genio” de una colectividad diferenciada (no tenemos tal cosa entre nosotros); desde luego tampoco depositamos ya ninguna confianza en utopías de ningún género, salvo la del liberalismo total, con su corte burlona de liberaciones en el vacío; pero al mismo tiempo no creemos en el Estado y lo soportamos mal,  ya que cada vez existe menos a medida que se extiende esta sociedad protuberante tan parecida a unas glándulas mamarias hinchadas.

Incluso somos precavidamente imperialistas, compañeros y cómplices a regañadientes de las aventuras norteamericanas (pero sobre todo de sus inhibiciones estratégicas), siempre con mala conciencia y una siniestra hipocresía colectiva, de vez en cuando empañada por actos de violencia xenófoba y dudosas campañas bélicas, en medio de un océano de exclusión social que no hace más que crecer. En  resumen, sólo nos quedan pedazos de estructuras córneas, queratinizadas, nada dúctiles y complacientes, como exige la época. El pasado está muy lejos, el futuro no tendrá tiempo de alcanzarnos. Así pues, nos instalaremos con bondadosa sensatez en los “días de un pasado futuro”, que ya están aquí. Por eso, el acceso de Turquía al club plantea serias dificultades de definición para las elites europeas.

En fin, no puede suceder que una país, además islámico, lo que por supuesto para nosotros es sinónimo de “medieval”, aun envuelto en el apropiado proceso de “desislamización” desde hace décadas, forme parte del club y tenga una identidad fuerte e incontestable, mientras nosotros, los “verdaderos” europeos, los de “pura cepa”, no podemos presentar las credenciales oficiales de ninguna identidad reconocible como tal. Nos encontraríamos así en una seria situación de inferioridad. Nosotros, los “nudistas” de la historia, nos podemos vanagloriar legítimamente de muchas cosas, pero desde luego no de disponer de una salvaguardia identificativa contra las eventualidades de la mundialización que hemos puesto en marcha contra nosotros mismos, después de dirigirla por control remoto contra los otros.

Ahí se da una diferencia cualitativa que evidentemente nos sonroja y avergüenza, y que hay que remediar rápidamente, o corremos el riesgo de vernos obligados a reconocer este déficit de identidad como una mancha que nos perjudicaría en nuestras relaciones de prevalencia y hegemonía moral sobre las demás sociedades, que podrían adivinar, tras los signos de la riqueza que exhibimos y el desahogo material que nos caracteriza, la penuria simbólica de nuestra identidad malograda. Sólo tenemos un “modo de vida” y sólo uno, del que nos costaría grandes esfuerzos sentirnos orgullosos, pero no podemos ser tan groseros como para definirnos solamente por él: escarneceríamos nuestro sentido histórico de ser la personificación de “valores superiores”.

Nuestro propio “modo de vida” real niega semejante estimación llena de fatuidad. Entonces pareceríamos americanos, y esto nos disgusta, porque sabemos firmemente que ahí no hay ninguna dignidad que permita suponer una superioridad moral a la que inconfesablemente aspiramos desde siempre, como descendientes virtuosos que somos del cristianismo y la Ilustración, nada menos (somos nosotros los que obligamos a los imanes importados a tomar lecciones de constitución, derechos humanos y demás, ¿qué sucedería si las relaciones funcionasen a la inversa?).

En este contexto general de desculturación avanzada, es lógico que hasta la menor señal de discriminación, hasta el menor signo distintivo de una cultura ajena, nos inquiete, nos desestabilice y acabe por crearnos graves dificultades, porque nos obliga a definirnos, y nosotros, los europeos de hoy, no tenemos nada que nos defina realmente, nada que nos especifique como singularidad real a la que remitirnos. Los valores universales no pueden servirnos, porque… justamente sirven para definir a cualquiera, y nosotros no podemos aceptar ser “cualquiera”. Además, estos valores se los hemos impuesto a los otros como señas de identidad que debían asumir obligatoriamente para poder ser tasados como “humanos” dignos de pertenecer al “mundo moderno”, de cuya contemporaneidad somos los árbitros, y ahora  los otros nos piden que los midamos por el mismo rasero, como alumnos aventajados en esta escuela de universalismo a la fuerza.

Pero nuestro desconsuelo se hace cada vez más impotente. Lo sabemos pero luchamos resueltamente contra este discernimiento tan desgarrador: ni siquiera existe ya la posibilidad de una identificación europea, todo lo que aún podía identificarnos ha desaparecido sin dejar huellas. Y es dudoso que tengamos algunas ganas de que se nos atribuya una identidad, pues, al extraviarlas todas, lo que nos queda son réplicas y simulacros, prótesis y postizos, falsificaciones en las que nadie cree ya seriamente: hace tiempo que dejamos de creer también en los comprobantes de identidad originales. Los otros no han descubierto, como sí lo hemos hecho los europeos al borde de una historia petrificada, que lo mejor es no ser nada ni ser nadie, no tener cara ni máscara. Pues como dicen los que saben de la manipulación de las apariencias: “Lo más importante es ser tú mismo, y ahí entra todo”.

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