LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN DE MASAS Y EL PODER

LA VERDAD ESTADÍSTICA O LA MODELIZACIÓN DADAÍSTA DEL MUNDO (2000-2002)

 

Conocemos bien el proceso de reducción a la unidad de lo diverso: un término propuesto como modelo de identidad, cuyo modelo a su vez es la magnitud, lo mensurable, encierra y contiene lo múltiple, independientemente de su condición mensurable o no. Es el principio estadístico de realidad, que suele jugar campechanamente con la probabilidad y el azar sólo para darse aires de pensamiento veraz y creíble. La regla de este juego es sencilla, si bien sabe envolverse en pesadas operaciones de cálculo (el número aparece cuando algo real desaparece): es la regla de la equivalencia generalizada.

Aplicada primero a la materia, al movimiento, a la energía, a las fuerzas naturales, fue pronto transferida a los intercambios económicos (históricamente, desde el siglo XVIII, lo económico se convierte en el modelo de la regla de anticipación por magnitudes previamente conocidas, equivalentes), más tarde invadió el terreno de las ciencias humanas “positivas”, se alzó con el cetro finalmente en la teoría de la información, y hoy, coronando el éxito del mismo proceso de cuantificación, es el modo de pensar dominante hasta en la vida cotidiana, a través del funcionamiento práctico de los medios de comunicación de masas.

Un enunciado vertiginoso en su inocencia estadística: “Un ciudadano suizo es cuatrocientas veces más rico que un habitante de Mozambique”. Inapelable, real como proyección que, a su vez, representa lo real como potencia: virtualidad pura de una riqueza que existe como multiplicación, pero: ¿dónde estaría el referente, el término real de comparación?, ¿hay algo aquí verdaderamente medido, mensurable, comparado de hecho, a no ser la propia lógica de la equivalencia presupuesta, explicitada en una facticidad fantasmagórica que concierne tanto a los individuos como a los pueblos?; ¿en razón de qué principio es posible comparar y medir estas “realidades”?, ¿y en dónde residiría la objetividad de semejante operación sino en los términos de la misma? Las respuestas a estas preguntas y otras semejantes resultan inútiles, porque el propio modelo las da ya por resueltas, en la medida en que el patrón de conocimiento es la mera anticipación por equivalencia formal.

Todo lo que de golpe cae bajo esta lógica de la evidencia estadística y proyectiva configura un tipo de verdad enteramente “virtual”, una verdad-simulacro, pero en el fondo, a través de un ejemplo trivial (de cuya “realidad objetiva” no tenemos otro dato y demostración que el propio enunciado como resultado de una operación mental de cálculo perfectamente aberrante), captamos algo más terrorífico, algo quizás angustioso y sobrecogedor: lo que llamamos actualmente “conocimiento”, “verdad” y “realidad”, apoyándonos en la resonancia tradicional de estas palabras, son los puros términos de una interminable transfusión ideal operada a través de simulacros cuya verdad específica, si alguna pudieran reivindicar, es la mera exactitud aproximativa de magnitudes no sólo ausentes sino también inconmensurables entre sí, quizás incompatibles, pertenecientes a órdenes paralelos sin comunicación entre sí.

En el terreno de lo social, de lo histórico o de lo cultural, en defintiva de lo genéricamente humano, esta verdad-simulacro, esta objetividad operativa y fantasmática constituye la forma acabada de la desaparición de cualquier proyecto, ideología o voluntad colectiva: es el amortecimiento, la petrificación, la congelación de todo movimiento, entretanto, calculado en la trasparencia engañosa de su cifra

La información es la figura actual de este movimiento petrificado y opaco de las cosas: un mundo hecho, vivido en la verdad-simulacro de esta clase todopoderosa de enunciados es un mundo ya desaparecido, una reliquia vital, el grado potencial de la abstracción operada sobre lo humano, el máximo distanciamiento entre la conciencia y sus prácticas, la pérdida del espejo donde pensar, por sobresaturación objetiva del dato anticipado, su sustitución por una pantalla absorbente y reflectante con luz artificial y terminal humana, encargada de reflejar un procesamiento que ha tenido ya lugar en otra parte.

Es el final de la conciencia como forma de conocimiento, una nueva relación del hombre programático con su ser, redefinido desde ahora por el aparato de producción de realidad-verdad-simulacro (todos estos términos son intercambiables) como operador de la síntesis, sin ningún otro soporte para el sentido que la función inmanente del proceso de almacenaje y manipulación informativa, pues como principio de una energía muy peculiar, la información ni se crea ni se destruye: sólo se almacena, se olvida, se reutiliza, se recicla…

En un relato de Italo Calvino, La memoria del mundo”, una corporación trabaja en el almacenaje interminable de todos los datos sobre la vida y la cultura humanas. Los criterios de selección sólo los conocen los grandes jefes de la empresa, pero éstos, de subalterno en subalterno, acaban por extraviar cualquier referente o principio de jerarquía, al tener que modificar constantemente el orden de importancia de los datos, conforme éstos van siendo conocidos y clasificados. Se acaba por desembocar en una situación en la que deja de existir ninguna certidumbre sobre aquello que, en un futuro lejano, otros pobladores o invasores del planeta Tierra, podrán interpretar a través de la información recibida, acumulada sin ningún criterio discriminativo.

Por lo tanto, los almacenadores de información se ven obligados a dejar lagunas, espacios en blanco, zonas intersticiales desinformadas. De hecho, esta parte de su trabajo se acaba por convertir en el auténtico objetivo de la empresa: se cree que con este proceder deliberado de simulación informativa en precario, se ofrece la posibilidad de interpretar en direcciones diversas, divergentes, pues sin contradicción, sin vacíos de sentido, la interpretación de lo desconocido se reduce a repetición de los datos iniciales del problema, no queda incentivo alguno para la imaginación productiva, para la síntesis que produce verdadero conocimiento y no una mera tautología formal.

Así pues, sólo en este hueco informativo surge la virtualidad del sentido propiamente humano: no hay sentido en la acumulación, ni en la definición enciclopédica y exhaustiva, ni en los modelos de equivalencia que producen la verdad-simulacro. Sólo puede haber sentido en las pérdidas, en los retrocesos, en las grandes disgregaciones culturales, en el volver sobre los pasos, incluso en ignorar lo importante, lo valioso, para recuperar lo insignificante, lo desaparecido o recubierto por una valoración transitoriamente superior. Imaginemos ahora aquel enunciado estadístico, desde la perspectiva sugerida por el cuento de Calvino: “Un ciudadano suizo es cuatrocientas veces más rico que una habitante de Mozambique”. Hay un principio de información, un destello fluorescente de verdad, pero ya no histórica, ni siquiera económica, tan sólo un dato o una apariencia de dato, a propósito del cual ¿qué se nos pide?

La ininteligibilidad de este enunciado: ¿procede tal vez de los términos en que está formulado, como suponíamos antes, o se origina más bien en la imposibilidad de imaginar una situación existencial en que podamos verificarlo? Desde luego, por ahora es innegable que hay suizos y mozambiqueños, y también es fácil suponer una gran diferencia de disponibilidad de bienes materiales, servicios y expectativas de nivel de vida (tal vez ¿calidad?: sería muy aventurado afirmarlo) entre ciudadanos suizos ricos (incluidos inferencialmente en el sujeto de la proposición) y habitantes de Mozambique, pero la diferencia es de cuatrocientas unidades de riqueza, medidas en “renta per cápíta”, es decir, en un modelo de magnitudes que ya es en sí mismo una verdad-simulacro.

Ahora bien, esta verificación supone a su vez que conocemos perfectamente y poseemos además esa riqueza inefable a cuya comparación diferencial apelamos, peor aún, imaginamos que hay una unidad a partir de la cual es mensurable la riqueza y que ésta es un valor idéntico para todos, pues todos aspirarían a ella, etc. Pero de suposición en suposición, la verificación de lo supuesto se hace imposible y se convierte sólo en un postulado del que formalmente, y sólo así, se pueden extraer algunas inferencias y algunas consecuencias. Todo lo óntico, todo lo fáctico queda así subsumido de golpe en una verdad-simulacro, que sirve para sostener y garantizar el consenso de un modelo de conocimiento proyectivo con su respectiva realidad suprimida.

La riqueza que postulamos es la forma acumulativa del trabajo muerto en los objetos de la demanda (automóvil, vivienda, alimentos, ropa, ocio, viajes…), es decir, es una pura forma de la circulación mercantil generalizada a todo y a todos: objetos de consumo, de estatus, de prestigio, de competición, y no “riqueza”, lo que implica la totalidad del aparato de producción y sólo con vistas a incrementar los objetos de una demanda, previamente creada, educada, vigilada. De modo que tal riqueza fantástica es sólo un efecto del funcionamiento de un sistema, es decir, la forma de un condicionamiento reflejo fundado sencillamente sobre la ilusión del goce-uso de objetos únicamente producidos para tal fin, mucho más allá de cualquier “necesidad”, igualmente creada o inducida.

El fin de esta riqueza peculiar (que no tiene nada que ver con ninguna otra forma social de riqueza) es sólo contribuir a producir aún más riqueza en este sentido y sólo en él: lo que prueba que en este circuito de la reproducción del capital como “productor de riqueza social distribuida”, la satisfacción de las necesidades no tienen nada que hacer, porque precisamente éstas nunca han sido su objetivo sino su coartada moral e ideológica, y lo sigue siendo exactamente en enunciados como éste.

La solución al problema de la desigualdad entre la “riqueza” de los suizos y la “no-riqueza” de los mozambiqueños se puede replantear así, tan sólo cambiando los términos, pues en una verdad-simulacro los términos, los modelos, son lo único que puede cambiarse: “Un ciudadano mozambiqueño es cuatrocientas veces menos rico que un habitante de Suiza”. Con esta proposición las inferencias cambian al colocar como sujeto de la misma la expresión “ciudadano mozambiqueño”, antes degradada a la condición subalterna de término infamante de comparación. Ahora es sólo “menos rico”, antes era absolutamente “no-rico”.

La nueva proposición, además de disuasoria del espíritu de conmiseración, con el que tan amablemente nos identificamos, despeja otras presuposiciones y favorece un planteamiento más sereno del problema implícito que la pura proposición estadística: pues de proposición en exceso materialista, poco ética quizás, aunque la ciencia no tenga escrúpulos de este tipo, pasa a convertirse en un enunciado esperanzador, que abre perspectivas ilimitadas de progreso, acorta distancias y suprime sintácticamente la colusión semántica que evidenciaba un cierto aire de irreverencia hacia la condición económica de una parte de la humanidad.

Respecto del futuro, sería deseable que reescribiéramos todas las proposiciones que delatan abiertamente nuestra infamante superioridad occidental, a fin de que nuestros descendientes, herederos o incluso invasores, como los futuros pobladores del planeta en el cuento de Calvino, haciendo reversibles los datos con que se encuentren sobre nosotros, puedan guardar una memoria no demasiado dañada de sus antecesores.

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