CRÍTICA DEL RÉGIMEN ESPAÑOL DE 1978 LA CRÍTICA DE LA CORRECCIÓN POLÍTICA Y SUS PROBLEMAS

SOBRE EL ESNOBISMO INTELECTUAL DE CIERTA DERECHA CRÍTICA CON EL RÉGIMEN DE 1978 (2018)

En la prensa española de los últimos años aparecieron dos comunicadores-ensayistas muy notables, que imaginaron la extravagante osadía de tratar abiertamente asuntos hasta entonces no examinados ni de lejos por un periodismo español cuya corrupción profesional sólo era comparable con su inanidad ideológica.

Los textos de Juan Manuel Blanco y Javier Benegas despertaron mi curiosidad allá por los comienzos de 2016, sobre todo a raíz de un artículo memorable titulado “El Régimen más estúpido de la Historias de España” (VP, 16 de enero de 2016), momento en que muy poco antes se había producido ya mi giro radical a favor de las posiciones doctrinales de Antonio García-Trevijano.

Muchos artículos publicados en Voz Pópuli exigieron mi atención polémica desde entonces, hasta el punto de verme obligado, como filólogo profesional que soy, a investigar las fuentes. Leí apasionadamente su libro “Catarsis”, publicado en 2013, prologado por un Jesús Cacho devenido defensor de una Reforma política de la que hoy ya no se acuerda.

Tuve que ser crítico con esas posiciones, con las que con toda evidencia podía identificarme sin resquicio.

En su crítica del sistema de valores instaurado como “corrección política e ingeniería social”, los ensayistas de VP hablaban del ser humano genérico y a través de esta «categoría» abstracta intentaron decir algo a propósito de un «contexto histórico» concreto como el español actual, que exigiría menos sociologismo y psicologismo «ad hoc», que ya huele a alcanfor, y mucha más intuición de la libertad posible.

Yo pensaba que la dimensión de los crímenes políticos de subversión de valores dentro del Estado, perfectamente orquestados, que se han estado produciendo ante nuestros ojos durante décadas, no matan a nadie en particular inmediatamente, tan sólo aniquilan el sentido profundo de una comunidad política, que es infinitamente más que sus ínfimas partes desnortadas por sus clases dirigentes, responsables de este «malestar de época».

Sospechaba hace mucho que los españoles nos enfrentábamos a la acción sinuosa de un poder identificable a la perfección con el que Leonardo Sciascia evocara en su novela «Todo modo».

En las sociedades «tradicionales», pensar es seguir un modelo y reproducir una herencia en su pureza originaria. En las sociedades modernas, «pensar» es crear discursivamente las condiciones futuras de esa misma sociedad imaginada como «otra» sociedad. Pensar «distinto» es un acto de violencia que consiste en anticipar el corte del cordón umbilical entre pasado y futuro a través de la crítica destructiva del presente. Eso es «Modernidad». Hay que invitar a Benegas, Blanco y a todos los demás críticos de una cierta derecha intelectual, a contextualizar su crítica de la “España oficial”.

Sus artículos, lo único digno de la prensa española, parecen moverse en un limbo de referencias y citas que oscurecen el objeto del que pretende hablar: esta España real de aquí y ahora, la que nosotros creemos conocer como algo «nuestro» cuyo estado moral nos hiere y ofende. Pero Benegas, Blanco y el resto de los que escriben en su línea, se cuidan mucho de «referenciar» su descripción de esta situación. Matan el “contexto” que da sentido a su discurso, por lo que éste tartamudea hartas veces.

Es llamativo que para hablar de la situación española, en el ámbito de que se trate, sea requisito necesario establecer comparaciones con tradiciones culturales y políticas que jamás han tenido que ver nada con nosotros. Jamás nos imaginamos a nosotros mismos y “nuestra circunstancia” como el problema idiosincrásico que somos planteado en sus propios términos. Aquí todo llega a destiempo y por pura pereza es acogido como novedad.

Este esnobismo cultural forma parte del sistema de creencias típicamente “español” de la élite intelectual, desde hace ya varios siglos, según el cual las sociedades son comparables como se comparan los cerdos de una piara, salvo que entre estos animales sólo interesa el engorde para el matadero, aunque de la opinión española también interesa electoralmente lo mismo. Ya todo el sistema institucional vigente es un remedo de lo peor de la constitución política alemana e italiana, así que poco más puede añadirse para empeorar el asunto, condimentos suecos de ingeniería social y tal con guarnición de paleto anacronismo de la muy madrileña Corte y Villa borbónica (lo que la peluquera de Letizia va diciendo por ahí es cuestión política de primer rango o pronto lo será).

Perdamos cuidado, ninguna “ingeniería social” privará jamás a los españoles de su específica forma colectiva de gregarismo doméstico (ser como el vecino es la norma suprema, aunque el vecino no ofrezca nada que emular o “envidiar” y, a decir verdad, sea un cateto de los pies a la cabeza, pero con dinero mal adquirido…).

Pese a toda la retórica “antiestatalista” y “antiestatista”, en España, la verdad sea dicha por una vez, apenas si hay un verdadero Estado que haga algo que se pueda considerar “intervencionista” con un grado de planificación y coherencia a largo plazo, el personal subcontratado en los partidos no da ni para corregir la ortografía de un reglamento de tráfico: lo que se publica en el BOE y en los gacetillas autonómonicas es poco más que nombramientos y licitaciones, pero casi nada relacionado con leyes y actos de Gobierno. Por ese lado, estamos a salvo.

Preguntémonos en serio: ¿cuál es la extensión, intensidad y profundidad de las operaciones del control social del Estado en el objeto, es decir, el propio orden social? Resulta que seguramente es el modelo político dominante, y efectivamente dominante, con la brutalidad de las cosas materiales, el que decide ese parámetro de penetración de lo estatal en el espesor de lo social, en este caso a través de la ingeniería social.

Mi censura personal a esta corriente crítica de pensamiento, algo realmente novedoso en la prensa española, está inspirado por el rechazo de la comparación sociológica y política entre EEUU y España, a causa del modelo político que administra cada sociedad.

Sé perfectamente que la lucha ideológica del futuro inmediato ya no está partida y distribuida convencionalmente entre izquierda y derecha políticas, sino entre partidarios y adversarios de ciertas formas de lo políticamente correcto y sus tendencias de control social. Eso es algo bastante evidente. La corrección política es la ideología corporativa de todos los grupos en el poder en los Estados más avanzados, obligados por la mundialización, a una puesta en forma universalista de un sistema coercitivo de valores que fluidifican las sociedades en el sentido del puro intercambio mercantil abstracto y desarraigado. Sé muy bien que su instrumento es esa forma de ingeniería social. Pero todo esto se juega en el circuito cerrado de Estados sin fondo de legitimidad política y que, como los personajes de Pirandello, buscan desesperadamente una identidad, una función y un autor.

Dalmacio Negro sostiene la tesis de que los Estados actuales se dedican ya sólo a destruir el «ethos» de las Naciones europeas (moral colectiva heredada y asumida de raíces históricas difícilmente desarraigables). También yo lo creo y en el caso de España eso ha alcanzado el nivel máximo imaginable.

Hay una jerarquía de prioridades. Mi reproche a esta novedosa y creativa de tendencia crítica cultural de derechas se refiere a esto: lo prioritario no es la lucha ideológica de facción contra una izquierda imaginaria, anacrónica, malamente utópica y en el fondo carente de valores serios y dignos de discutirse, sino la búsqueda de una fórmula política para instaurar un nuevo sistema político y una nueva Constitución para todos los españoles a partir de cuyas reglas sea posible un verdadero debate ideológico bajo condiciones de una libertad de pensamiento que hoy no existe.

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