CRÍTICA DE LA CULTURA CONTEMPORÁNEA

LA MUJER DESENCANTADA (2001)

Feminidad soñada: la que sólo vive en la mente y en el deseo del hombre. Las mujeres podrán congregarse por millones pero jamás producirán esa imagen que no puede provenir sino de otra parte. Si las mujeres ya no aceptan ser soñadas –incluso en la fantasía de la violencia- perderán hasta su goce y su derecho. El hombre ha pretendido expulsar de su cabeza la influencia de la seducción femenina; el privilegio aterrador del sexo liberado consiste en pretender el monopolio de su propio sexo: “Yo no viviré ya ni siquiera en vuestros sueños.” El hombre debe seguir siendo dueño de la mujer ideal.

JEAN BAUDRILLARD, Cool Memories, I

Cuanto más se aprecia a la mujer, tanto más procura uno mantenerse alejado de su trato. Quizás porque con el trato se acaba perdiendo toda noción de la distancia necesaria para mantener la objetividad del aprecio. Hoy, la horizontalidad de la experiencia remite casi siempre a la pérdida del juego, de la dignidad esencial con que se presenta la alteridad: vivimos una enfadosa continuidad horizontal sin distinciones donde resulta embarazoso mantener la distancia, devorada por lo cotidiano y por lo lisamente real de los encuentros sin promesa, puro desencanto de la alteridad improbable.

En cuanto a la mujer, la igualdad banal con que aspira a realizar los “papeles” masculinos sólo puede producir un ahondamiento de esta apatía mutua que se palpa en cada aproximación de los sexos. El “infierno de lo mismo” (Baudrillard) en que se ha convertido esta sociedad no tarda en producir estragos: cuando las mujeres están cerca, demasiado cerca, se acaba por ignorarlas, dejan de ser “animales raros” y se convierten en animales domésticos, hundidos, por ejemplo, en la trivialidad del trabajo. Y esta pérdida no la compensa ningún nuevo encanto, ninguna otra forma más viva de relación. Es la ambigüedad de un doble papel que, sin embargo, no crea nuevas máscaras, se limita a hacer caer hasta las últimas máscaras de la mujer.

El fin del secreto de la alteridad femenina (¿cómo goza una mujer?, ¿qué siente, qué opina?, ¿por qué esta absurda disponibilidad aparente de cuerpos rehechos según modelos casi caricaturescos, de una belleza vacía, producto del simulacro y del diseño?) pone al descubierto que no hay tal secreto, que éste tal vez fue siempre nada más que una trampa tendida por el imaginario del hombre, pero hoy sabemos que sin tal imaginario puede existir deseo, de pobre energía y baja definición, deseo pero no seducción fundamental, ahogada como está por una convivialidad neutra en la que ya no sobrevive apenas el otro como campo de juego, donde todo movimiento del “alma” ha sido rebajado al nivel plebeyo de los afectos casi contractuales, al menos implícitamente.

Todo este proceso de “nivelación”, cuyos resultados conocemos bien hoy, aunque se anunciaran en el siglo XIX, como otros procesos semejantes característicos de la Modernidad, sólo podía desembocar en el “desencantamiento” y la “aburrificación de la mujer, como detectaba ya Nietzsche, es decir, la pérdida sin compensación de una “naturaleza” que nada tiene que ver con la reivindicación “obscena” de la “mujer en sí” y sí mucho con la ausencia de identidad “fuerte”, pues la búsqueda de la identidad es la forma más insidiosa de la asimilación de lo otro por lo mismo.

Pues bien, ésta es la situación que nos arrastra en su delirio de nivelación a la fuerza, nada se opone a que “lo eternamente aburrido” se convierta en el leitmotiv de una sociabilidad blanda, feminizada, que juega con los signos vacíos de una feminidad desencantada, ni verdadera ni falsa, abstracta y desencarnada, disolución de lo femenino en la apariencia superflua de una seducción impotente, mediatizada por una imagen sin ilusión. Hace su aparición la mujer-simulacro, cuya esencia desdoblada en sujeto y objeto mantiene vivos todos los discursos de la liberación bajo el dominio de una exigencia también doble: libertad e identidad, valores débiles frente a la objetivación simultánea de la mujer occidental como caricatura del valor de cambio, sexual, comercial.

Metáfora irrisoria de todos los deseos artificialmente mantenidos como señuelo de la demanda, símbolo de una cultura vacía de la trasparencia. Esta simultaneidad de los dos valores, moral y político de un lado, puramente económico y libidinal por otro, dice la verdad del devenir-liberada de la mujer occidental: su degradación en todas las formas de la obscenidad como valor-signo y forma vacía de la representación del deseo es contemporánea, y aquí existe una secreta paradoja, para muchos inexplicable, de la adquisición de derechos iguales, de la nivelación de estatus.

La igualdad democrática por abajo siempre deja huérfanos de singularidad a aquéllos que, en lo sucesivo, ya sólo podrán buscar una identidad de sustitución respecto de la singularidad perdida. Las mujeres se encuentran, por el solo hecho de ser mujeres, en esta situación de esquizofrenia, de desdoblamiento autovictimista y autoconmiserativo, lo que casi asumen como un destino.

No hay ninguna contradicción entre la “mujer como dependiente de comercio” y la mujer como objeto pornográfico: ambas imágenes pertenecen a la mujer-simulacro, son corresponsables de la violencia que se ha ejercido sobre la mujer para “integrarla” en el orden de la producción, el trabajo asalariado y el consumo de masas.

Desgraciadamente, la mujer asumió este destino de diseño y lo ha erigido en su marca de identidad o en su demonio, da igual, pues a fin de cuentas, la “libertad” siempre juega malas pasadas: hace de los liberados sujetos y objetos a un mismo tiempo en una “dialéctica” inextricable, donde lo único que sucede siempre es la reconciliación de los despojos y abyecciones del uno y del otro: intercambio fatal, psicótico para la seducción, el erotismo y el amor-pasión.

En “La ciudad de las mujeres” (1980), Fellini, en un tono acre y sarcástico, presenta este conflicto entre la mujer-sujeto y la mujer-objeto: el final del “eterno femenino” es el final también de lo “eterno masculino”, aunque tras este doble final tragicómico no aparece ninguna regla nueva de juego en la relación dual entre los sexos, tan sólo la perplejidad del hombre que no entiende nada del “asunto”.

En el fondo, la película parece decirnos que hay un terrorismo secreto en esta nueva figuración donde cada cual está obligado a presentar sus credenciales de identidad, confrontado a la vez con la imagen degradada del otro sexo y sin poder encontrar una verdadera alteridad que no esté ya caducada en papeles superados.

El tipo de mujer “virilizado” es monstruoso y obsceno como caricaturesco es el tipo “masculinizado” de hombre, pero el primero tiene todo el aspecto de un “fórceps” mental para un sexo desaparecido en lo mismo de una identidad rechazada, la de la mujer-mujer, es decir, el imaginario de un hombre ahora por fin despojado del ideal ambivalente que se creó de la mujer.

Ahora bien, la mujer, en tanto que tal mujer, no como sujeto psicológico, jurídico o moral aplanado en la pura indiferencia de los signos equivalentes (precisamente ante la igualación de los roles, real o no, ha sido necesario inventarse, como compensación, toda una ideología de “género”, junto con la frívola auto-disvaloración y vulgarización femenina que la acompaña), no existe más que por la mediación del imaginario masculino, de la misma manera que el hombre, como forma de una relación esencialmente antagonista y efímeramente complementaria de la mujer, no existe más que ante la mirada de la mujer.

Hoy lo único que queda es el juego puramente formal de la diferencia sexual y su panoplia grotesca de un “quantum” también diferencial de goce: cualquier otro nivel de aproximación entre los sexos es superfluo, “el resto es literatura” (Baudrillard).

El tiempo de los signos más complejos y ricos de la dualidad hombre-mujer ha pasado a mejor vida: todo ritual, toda seducción, toda coquetería espiritual (todavía como la describía brillantemente Simmel a principios del siglo XX, en el momento anterior a su desaparición como forma cultivada y ritualizada del “eros”), todo encantamiento o fascinación han desaparecido bajo el peso de la literalidad de los afectos “expresivos”, bajo la obscenidad de la confrontación de superficies niveladas, bajo el maquillaje de la convivencia sin secreto en una tumultuosa equivalencia de todas las diferencias muertas: sin pudor, sin reserva, la mujer ya no tiene secretos ni los desea, se encuentra “realizada” (es decir, producida y reproducida como “real”, cuando la verdadera mujer, desde luego, no pertenece en ninguna manera al orden de lo meramente real, sino al de la ilusión, mucho más fuerte y poderoso): perfectamente desilusionada con respecto a sí misma, aunque todavía tardará tiempo en averiguarlo, en descubrir la pérdida del otro, la pérdida del hombre y su sustitución por seres vacuamente domesticados como compañeros de no importa qué.

La mujer todavía no ha descubierto lo más doloroso de su “condición”.

Infantes, primavera de 2001

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