CRÍTICA DE LA CULTURA CONTEMPORÁNEA

EL CHANTAJE A LA VERDAD GENÉTICA (2002)

El afán pragmático por hacer útiles los resultados de la investigación científica se cobra su presa sobre todo en el terreno genético de las enfermedades trasmitidas por esta vía de los genes. Actualmente se puede saber con un simple análisis genético de un paciente qué enfermedad padecerá décadas después (en realidad, aún no es tal paciente: pero ya ha caído en manos de la ciencia antes de sufrir la enfermedad: enfermo virtual al que socialmente ya hay que empezar a tratar como enfermo real, ni siquiera imaginario).

La previsión se convierte muy exactamente en precesión de la enfermedad sobre la vida a muchos años vista de su efectividad o acaecimiento real. En los casos en que no hay tratamientos de curación ni de terapia, tenemos una situación delirante e inhumana, de la que nadie quiere sentirse consciente. Entre nosotros, todo se resuelve, como mucho, transformando en problemas “éticos” lo que es realidad son asuntos existenciales elementales, cuando no llanamente ontológicos.

El futuro enfermo es colocando desinteresadamente ante una penosa cuenta atrás en la que lo que se agota es su propia vida, convertida a priori en verdadero despojo de la actividad científica (se podría sacrificar a estos pacientes virtuales para evitarles el sufrimiento de tener que corroborar la verdad de la ciencia, lo mismo que se hace con los animales de laboratorio: la diferencia en el tratamiento de unos y otros es idéntica).

El futuro enfermo se convierte en un auténtico doble de sí mismo: una parte de su ser físico sigue el curso normal de una vida indeterminada e inconsciente de sí misma; otra parte de su ser es condenada y entregada a la devastación de la enfermedad, con la antelación suficiente para que los efectos morales y psicológicos resulten quizás todavía más devastadores que los daños físicos y psíquicos de la propia enfermedad.

Ni siquiera se trata de una enfermedad incubada que se lleva dentro, es algo peor: es una enfermedad literalmente fatídica y artificialmente predestinada, en el sentido de que se lleva en sí mucho antes de que aparezca por primera vez en el individuo, si bien ha aparecido ya muchas veces en la familia. Con esta verdad genética y hereditaria de la enfermedad, el individuo acaba siendo un eslabón aislado en la larguísima cadena no-humana de una enfermedad que se reproduce a sí misma por el rodeo ahora monstruoso del “principium individuationis”.

Pero saber precisamente esto, llegar a este grado extremo de determinación del ser humano por el código genético, para lo bueno y para lo malo, es una completa deshumanización del sentido de la propia enfermedad, algo que evidentemente está en los orígenes de la medicina moderna tal como se ha configurado desde el siglo XIX. Contra esta soberana y despótica verdad genética, el hombre ya no está protegido por nada: tiene que enfrentarse a su propia naturaleza mortal sin la cobertura de ninguna ilusión, de ningún engaño, de ninguna metafísica.

Esta condena a la verdad genética es un verdadero chantaje a la verdad de la ciencia, como por lo demás ocurre en otros muchos ámbitos de nuestras existencias. Con la previsibilidad absoluta de la enfermedad mediante el diagnóstico genético, la vida es privada hasta de su última huella de soberanía: la ingenua soberanía de la indeterminación de su devenir.

Descubrir una enfermedad, incurable especialmente, que se hace previsible equivale a incorporar la muerte, física y simbólica, a la vida; es unir la muerte y lo muerto a la desprotegida dimensión cotidiana de la vida, sin que esto signifique para nosotros la vuelta a la verdad metafísica de una finitud del sujeto bien entendida, moralmente reparadora. Por el contrario, la dinámica de la ciencia es el chantaje abyecto, es la simple creación de una transparencia de la muerte en la vida, de la vida en la muerte.

Esta trasparencia tiene algo de terrorista, de insensato, de embrutecedor, por más que se lleve a cabo en nombre del bien de la humanidad y en nombre de la sacrosanta verdad científica, que en este caso no es otra cosa que la propia verdad inhumada del código y su infinita reproducción en los seres individuales.

Por todo esto, no sorprende la visión neutra y objetiva del neurólogo responsable del programa de diagnóstico genético que ha llevado a cabo las pruebas sobre los pacientes hereditarios de síndrome de Alzheimer en el Hospital Clinic de Barcelona. Ante la pregunta de si es “ético” informar a alguien que va a sufrir esta enfermedad sin curación actual, el neurólogo no se plantea ningún supuesto problema “ético”, pues todo puede reducirse a un razonamiento de eficiencia pragmática: “Si voy a desarrollar la enfermedad quisiera saberlo con antelación para planificar mi vida profesional, mi vida personal y decidir cómo quiero enfrentarme a mi dolencia y qué quiero que se haga conmigo cuando esté en un momento determinado de mi demencia.” (Diario “El País”, 8/6/02).

La “libertad” del individuo debe prevalecer sobre cualquier otra consideración: si hace un uso racional de esa libertad, querrá saber exactamente cuándo va a padecer la enfermedad para organizar racionalmente su vida futura de enfermo. Es casi como irse de vacaciones dejando a unos vecinos simpáticos al cuidado de la casa, del jardín y de los animales domésticos. Uno se ausenta de sí mismo en la enfermedad que conduce a la demencia, pero debe ausentarse dejando los papeles en regla.

Esta omisión deliberada, como de pasada, de cualquier otra consideración moral, actitud aséptica y objetivista que es la propia del hombre de ciencia (cuya “voluntad de verdad” le ciega para todo aspecto realmente decisivo de una existencia no reducida a la de las moléculas de una solución líquida: lo valorativo está excluido a priori como primitivismo y barbarie, como procedimiento no reglamentario) significa que actualmente no hay suficiente moral como para hacerse cargo de los conflictos irresolubles que plantean las investigaciones y decisiones científicas, del tipo que sean (ahí las estructuras del mercado y de la objetividad científica se unen en una misma estrategia inconsciente de total neutralización del juicio, de la voluntad y de toda regla o norma moral: su amoralismo es innato, por eso se entienden tan bien y trabajan en el mismo sentido y con los mismos resultados).

Todo se reduce a una cuestión de información. Del mismo modo que nos informamos por el parte meteorológico sobre el tiempo que va a hacer cuando nos vamos de vacaciones a la costa, el paciente tiene que informarse ante todo, ejerciendo su derecho efectivo a la información. El sujeto, aun condenado a la enfermedad y a la demencia, debe ser libre de elegir lo mejor para sí mismo. Lo mejor para sí mismo es conocer su enfermedad, aceptarla y dar las gracias a la ciencia biológica por los servicios prestados tan desinteresadamente.

Continúa el neurólogo: “Siempre se tiene que respetar el principio ético de autonomía. En nuestro caso, la persona es autónoma, viene de forma voluntaria y decide si quiere tener la información. También respetamos los principios de beneficiencia y maleficiencia. En cuanto al de maleficiencia, siempre hacemos los exámenes psicológicos necesarios para saber si la persona podrá afrontar la noticia. El de beneficiencia se cumple porque las personas que vienen suelen quedarse más tranquilas, después de tener el diagnóstico, aunque sea positivo, que mientras permanecen en la incertidumbre de si van a desarrollar o no la enfermedad.”

Todo parece efectivamente muy razonable y sensato, siempre que previamente se hayan eliminados algunos asuntillos enojosos, como preguntarse si una persona que llega a este conocimiento no es ya de hecho un producto con fecha de caducidad incorporada, con lo que queda reducida “racionalmente” a convertirse en un ser obsolescente, socialmente descalificado de manera implícita y precisa, porque sobre él recaerán todos los cuidados médicos ya inútiles, pero que sirven a la propia ciencia como coartada altruista de su carácter profundamente humano.

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