CRÍTICA DE LA CULTURA CONTEMPORÁNEA

LO SOCIAL COMO ESTIGMA DE LA NORMA (2001)

Los habituales de la lectura de periódicos constituyen un género de seres sólo aparentemente superficiales, pues la ilustración de que les provee la información está hecha con todos los desperdicios de un mundo inalteradamente actual, de una actualidad con sabor agridulce, una salsa indefinible que acompaña todos los menús informativos.

Las páginas bajo el rótulo “Sociedad” son, sin embargo, las más apasionantes. Frente al grado de brutalidad contumaz, de inmoralidad sabiamente administrada de las secciones de “Internacional”, o frente a la estilización del exabrupto y la banalidad de las columnas de “Opinión”, las páginas de “Sociedad” nos ofrecen auténticas perlas cultivadas a las que hay que saber engarzar en el lugar adecuado para que cobren su genuino resplandor mate sobre el fondo de unos sucesos que delatan la dimensión “real” de lo irreal en una situación dada.

¿Qué se agrega en estas páginas? ¿Qué sucesos son dignos de ser considerados como pertenecientes a este orden de lo social?

Veamos: la mayor parte de las veces, nos encontramos ante anomalías, casos clínicos, todo tipo de delincuencias (prostitución, pedofilia, malos tratos, violaciones, sentencias jurídicas irrisorias…), inmigración, epidemias, catástrofes tecnológicas o naturales. Todo lo inasimilado, todo lo expulsado, todo lo abyecto, todo lo que representa un reverso de nuestra pacífica convivencia bien engrasada. Esto quiere decir que lo social, lo que confusamente se recoge bajo su nombre, es ya de hecho lo innombrable, lo que no admite ser integrado en el cuadro programático de las regulaciones habituales, lo extrasistémico, lo comportamentalmente desviado, lo que actúa como lapsus de todo un orden, como prueba “a contrario” de las bondades de tal orden.

 Hagamos un breve repaso de informaciones elegidas al azar, por ejemplo, las del día 9 de junio de 2001. Nos encontramos lo siguiente: preocupación de las autoridades por los efectos del tabaco, matanza en Japón provocada por un perturbado, aves muertas a millares a causa del empleo de palangres para pescar, entrevista con un excondenado a muerte, después de su liberación. ¿Qué criterio permite agrupar todas estas noticias bajo un mismo título como hechos concernientes a lo social y a la sociedad? Sin duda, el criterio de la exclusión de la norma, es decir, todos estos hechos son llamativos en la única medida en que significan dentro de un código determinado, el código de la normalización, y estos hechos son subproductos, residuos de tal código, representando todas sus variantes: superprotección del poder, anomalía “clínica” de lo social enervado, desastre ecológico, banalidad de la vida y la muerte ante la omnipotencia arbitraria de la ley (rehumanización del caso particular para saldar la deuda de esta amoralidad de la ley).

Lo que subyace al fondo es la propia lógica del sistema, la facticidad “dura” de sus efectos de superficie, ya sobre el individuo, sobre un grupo, o sobre la naturaleza. Porque, de hecho, el sistema es la forma que adopta la normalidad universal de la anormalidad como principio de organización. Lo que queda excluido de esta normalidad es justamente lo que está llamado a convertirse en noticia, según la lógica cínica, de todos conocida, con que funciona toda la información de masas.

Si sólo es noticia lo que excede el principio de realidad de la norma, lo que por tanto queda al margen, lo que ella no puede reciclar, entonces habría que considerar de cerca hasta qué punto la información no funciona como un modo de legitimación negativo del sistema, una legitimación fundada íntegramente sobre la abyección y la obscenidad con que se envuelve un mundo fácticamente insoportable que solicita de los individuos la pérdida completa del juicio, de la voluntad y hasta seguramente de la conciencia de lo real.

Pero es efectivamente así como la información, sin tener sentido, sin poder dar sentido, contribuye de manera decisiva a la obstrucción y obliteración del sentido, según una estrategia de neutralización basada a su vez en el juicio disuasorio sobre lo real y sus patéticas aventuras, las que ligeramente mortifican los estados de ánimo inducidos sobre las masas una y otra vez solicitadas por esta contaminación de lo desintegrado, lo inintegrable por la voluntad y la representación de nadie.

El principio de equivalencia del dinero y la mercancía, la reducción del valor a equivalencia, y la de ésta a su vez, al intercambio de iguales, aplicado al sentido y a la experiencia, da lugar a una humanidad que, a éste y al otro lado de la “pantalla total” de la información, queda convertida en una mera concavidad sobre la que rebotan infinidad de impulsos de sentido que resultan sistemáticamente defraudados, pues la única expectativa real es la multiplicar, y siempre más, todos estos impulsos negativos de un sentido imposible de rellenar con lo que sea.

Es evidente que la información se funda desde sus orígenes (la propaganda de guerra organizada, por ejemplo las técnicas de condicionamiento de los soldados norteamericanos en la segunda guerra mundial) en una psicología puramente conductista cuya petición de principio nunca satisfecha consiste en que la información está ahí para satisfacer una “demanda” de las masas(?), una demanda de sentido en el momento en que todo el universo referencial del sentido, a través de las ideologías públicas y la experiencia vivida y acumulada de los hombres, su patrimonio simbólico, han sido pulverizados por la lógica expansiva y artificialista de un sistema fundado sobre la innovación tecnológica y sobre las motivaciones más superficiales y más fácilmente explotables de una humanidad en adelante convertida en mero apéndice de la reproducción autónoma de la ley del valor económico.

Desde luego, mucho más de lo que Marx imaginaba a través del concepto de “alienación” puramente económica. Aquí habría que decir de pasada que ni Marx ni sus seguidores han llegado a entender nunca la verdad histórica del dominio del capital, en la medida en que los conceptos de superestructura e ideología son demasiado pobres para poder dar cuenta de lo que realmente es el sistema o lo que empezó a ser después de la última guerra mundial.

Hay que releer las críticas de Baudrillard sobre el concepto de “producción” como imaginación social global que, llegado un momento, se apodera de todos los signos y códigos de significación social y cultural; y las críticas de Dumont sobre la sociología marxiana que supedita las relaciones de dominación y jerarquía entre hombres a las relaciones instrumentales y equivalentes entre cosas, aceptando implícitamente el principio esencial de la propia economía política burguesa, la cual tan sólo pide de nosotros que aceptemos su lógica como lógica universal de lo social mismo.

Existe entonces una economía política de la información que produce el sentido como valor que entra en una circulación y en una reproducción acelerada pero en tanto que ausencia de sentido, y mera demanda inducida de su simulacro, en un medio socialmente enervado. Cada noticia es exactamente eso: un residuo de sentido en un mundo fragmentado por las técnicas de explotación del presente como actualidad a su vez reproducida según modelos de narración que en nada difieren de los modelos literarios.

De ahí la profunda pertenencia mutua de literatura y periodismo, es decir, de relato ficcional y relato referencial. La categoría de consumo de bienes culturales unifica todas las prácticas sociales asociadas a la “cultura”. También la información constituye para el sistema un estratégico “bien cultural” que se legitima como órgano de la opinión pública, cuando todos sabemos muy bien lo que realmente se juega en la información tal como se practica hoy en todas partes: una trasposición del modelo catastrófico a través del que el sistema simula una esfera de libertad, de trasparencia, de verosimilitud de un mundo por completo opaco y atomizado, por completo deconstruido por los poderes que se ocultan detrás de esta pantalla que mantiene en permanente estado de catalepsia a las masas.

Esta nivelación de todo horizonte histórico de sentido, esta entrada en la normalidad de todos los procesos es el objetivo inconfesado de la información, es la tarea productiva que se le ha encomendado.

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