CRÍTICA DEL RÉGIMEN ESPAÑOL DE 1978 LA DISTINCIÓN DERECHA/IZQUIERDA COMO IMPOSTURA

SOBRE LA DERECHA ESPAÑOLA Y LA INCONSISTENCIA POLÍTICA DEL LIBERALISMO ACTUAL (2017)

Pobres almas en pena de la Derecha española, conciencia infeliz de los acomodados acomodaticios, siempre con el vacuo lamento de que sus valores no son admitidos como “válidos” y “moneda de buena ley” en el mercadeo político-cultural en que gustosamente se prestan a competir con las listas de partido, el sistema proporcional y las cuotas de reparto, a sabiendas de que ahí los inventores del engaño (la vieja SDP de Kautsky y Berstein) llevan las de ganar, pues el ascenso social para muchos sólo puede lograrse como ignaros “delegados” de partido… Quien mata la representación personal del viejo liberalismo, que muera por no haber sabido defenderlo.

A esa derecha española tan sufriente habría que aplicarle la «navaja de Hanlon»: «No atribuyas a la maldad lo que es obra de la estupidez».

Es lógico que «el régimen más estúpido de la historia de España» esté coprotagonizado por la derecha más estúpida de la historia contemporánea. Y sin embargo empezó su metamorfosis con un éxito inigualado: consiguió hacer pasar un régimen sin libertad política por una «democracia avanzada». Y claro, como ella misma se creyó su mentirijilla, ahora todo anda confuso. De ahí que pululen a su alrededor las vocaciones criminógenas con grave desacato a una moralidad que algunos recuerdan de oídas, un poco con el recuerdo adormecido del eco de una monserga de viejecillas arrugadas, como nuestras abuelas.

Pero no hay que desesperar. Siempre habrá un «verdadero liberal» que oponer al «perfecto funcionario de partido», y entretanto, en medio de la rica disputa «ideológica» entre ambos, siempre «se colarán entre sus filas» advenedizos que, por supuesto, nada tendrán que ver con un partido devoto del dogma de la Inmaculada Concepción, por lo menos de sus cargos y fortunas. La «picaresca» felipista convertida en una cosa más elaborada y «técnica», como corresponde a gente con «más formación» y «buena educación familiar».

Parte no exigua de los votantes del PP es responsable directa del mantenimiento del Régimen del 78, porque el acto de «matar al padre» que supondría su abstención consciente y masiva conlleva la decisión política fundamental que el franquismo sociológico subyacente no quiso ni pudo tomar en 1976-1978, a sabiendas de que la «ruptura democrática» y no la reforma oligárquica dentro del propio Estado franquista era la única «salida honorable» para refundar la Nación política y abrir a una sociedad que ya había superado el trauma de la guerra civil al espacio de su «libertad política». La verdad política fundamental del presente es el retorno de lo reprimido entonces.

La prensa de derechas, dirigida a la fracción de la sociedad que se reconoce con ella, es, a día de hoy, la mayor responsable de mantener neutralizado y anestesiado al único sector social que, por cultura e independencia económica, podría convertirse en el núcleo del futuro «grupo constituyente». De ahí la importancia que tienen los grandes líderes de opinión que sofríen a mentiras y anécdotas triviales ese «caldo sociológico» en ebullición del que sólo salen por ahora «bluf-bluf» de llanto sobre la leche derramada.

Severidad redundante entonces de los críticos de la derecha política, el gran partido de los «patriotas españoles». Se le acusa, osadía sin igual, de desamparar a sus más conspicuos seguidores. Se llega incluso a pensar que no saben (ni quieren ni pueden) hacer política. Cometen errores de parvulario. No conectan ni trasmiten. Están acomplejados. No arriesgan nada. Están vacíos de ideas. Carecen de principios. Son amorales. Pero, ya es mucho pedir, ni una sola palabra lúcida sobre las causas históricas reales de tan «anómala» indisposición de espíritu. Ya basta de «complejos». Dígase la verdad. ¿O es demasiado peligrosa?

Quizás suceda, en la hipótesis más optimista y casi ingenua, que Rajoy y el PP sean el retén anti-incendios de la derecha política oficial, consensual, partidocrática, en contra de la derecha real, social, ideológica e intelectual, en el desarrollo de esta operación estratégica de retroalimentación del Régimen del 78. Rajoy y el PP son absolutamente necesarios para neutralizar la conciencia nacional española y por eso los nacionalistas periféricos están tan cómodos, porque gracias al PP, esa conciencia, que en su incultura básica es sin embargo mayoritaria, no tiene representación política real en un sistema que existe para que sus intereses, los de esa mayoría, no puedan tener ninguna vigencia existencial ni ninguna fuerza creativa.

La acción pública real de Rajoy y de los cuadros «superiores» del PP ha disipado la última certeza voluntarista de la derecha «social» menos embrutecida: la ilusión de que al menos era «gente más profesional y competente en la gestión». Ahora es evidente la universal igualación de todos los miembros de este escalafón adherido a los partidos. Un mismo tipo humano, una misma metodología de gobierno, unos mismos intereses. Y hacia abajo y en la juventud regimental se abre el abismo, del que Andrea Levy trae noticia y certificado de garantía a prueba de «cultura política».

Rajoy, ese hombre: sólo como fenómeno y síntoma de la descomposición de un Régimen político ofrece algún interés el personaje. Factor típico retardatario y reactivo en medio de una corriente «reformista» a la espera de precipitarse en el vacío, es precisamente la angustia reprimida ante ese vacío de poder y de legitimidad lo que ciertos círculos de poder y una parte de la población quieren «proyectar» sobre Rajoy. De ahí que, como el miedo vergonzoso e inconfesable, su permanencia pueda prolongarse indefinidamente. Cualquier cosa puede ocupar el lugar vacante del poder.

A la «izquierda ideológica» se le acusa de «utopismo», de imaginar mundos en los que una «igualdad por decreto» hace las delicias de burocracias corruptas y criminales. Pero no es menos cierto que hay unas actitudes muy determinadas, que dominan en la «derecha ideológica» y que quizás no estén tan lejos del «utopismo». Se podría llamar, según una larga tradición típicamente española, «arbitrismo», contrapunto de un anestésico conformismo satisfecho. Desde esta posición ensoñadora, las soluciones a los problemas reales no pasan por el ejercicio de la racionalidad institucional sino por el apaño, la imaginación quijotesca, el condicional hipotético: si existiera la Autoridad, si Rajoy no fuera Rajoy, si el mar se pudiera absorber con una esponja gigantesca…

En España, bajo las condiciones de un régimen que tan sólo permite una identificación muy primitiva entre jefes de partido y electorado, un personaje como Rajoy u otro semejante cuenta por adelantado con el beneplácito de un tercio de la población. Rajoy es antipolítico por naturaleza y una parte de la población también. El secreto de Rajoy es ése: ejerce soberanamente la antipolítica que representa cierta derecha oficial, necesaria como contrapeso frente a la artificial sobrepolitización aparente que maneja la izquierda oficial. Pero antipolítica y sobrepolitización son juegos intercambiables en el vacío cavernoso dentro del Estado. La sociedad civil registra sus ecos duplicados y el vacío ideológico se hace Hombre: Rajoy.

Detrás de cada jefe de partido hay una sedimentación “sociológica” inducida, invisible pero muy efectiva: la derecha juega a la desdicha de no ser capaz de “politizar” nada, ni siquiera un concepto de Nación, por razones obvias, mientras que la izquierda juega con júbilo a politizarlo todo, incluso las compresas y los semáforos. Todo son roles y juegos de roles. Rajoy ocupa el casillero que le corresponde como el “espía” Pablo, el “secesionista” Puigdemont, el “rebelde reformista” Sánchez, el reformista moderado Rivera, los “peligrosos anticapitalistas” de la CUP, los viejos “terroristas reinsertados amantes de la paz” de ETA-BILDU: todo funciones actanciales dentro del mismo Estado.

La «derecha» española se ha visto obligada a «modernizarse» fuera de la camisa de fuerza que es su partido oficial, corroído de creciente desafección, de manera que su apariencia moderna disimule su esencia extemporánea, a imitación de su gemela la izquierda, que al menos disimula su senil compostura con lacitos rosa en la calva reluciente… Así que Hayek vale como señal de «Modernidad» si y sólo si el partido gangrenado de la derecha oficial puede operar en la dirección contraria mientras los «intelectuales liberales» se dan el pedigrí de la crítica y la «neutralidad axiológica» sin cuestionar para nada la estatalidad del partido a cuyos intereses en el fondo sirven, encubriendo las causas de la ausencia de libertad política con la promoción utópica de la «libertad de empresa y de oferta» y luego… ya veremos.

Me interesa destacar que todas las presuntas tendencias «reformistas», desde las más «técnicas» e intelectuales hasta las más demagógicas y toscas, ponen de relieve involuntariamente la debilidad extrema de los «materiales» de que está hecho este Régimen. Las personas son casi anecdóticas. No creo en la tesis del «proceso degerativo» del sistema institucional, porque ya era pésimo en la letra, la inspiración y en la ejecución. Tampoco creo en el «proceso degenerativo» de la clase política, que era una colección de patanes pedantes, presuntuosos y relamidos, los «chulos del Estado», como los designa Antonio García-Trevijano con buen conocimiento del personal originario. Lo que sí hay es una acumulación de errores multiplicados por omisiones e inhibiciones que da como resultado lo mismo que un trastero en el que se meten todos los muebles viejos y cachivaches inservibles.

No hay reforma posible. La palabra «reforma» no tiene sentido y ya no evoca nada. En un Régimen oligárquico puro como el español, la idea de reforma es la expresión de la autoindulgencia de los delincuentes con sus propios delitos. Es el principio del pecador auto-absuelto con leve «contrición» y nulo arrepentimiento. La reparación de la avería para la continuación de la misma peripecia. El alcohólico que bebe agua azucarada al comienzo del día, pero por la tarde ya está trompa.

Para quienes conocemos algo de la teoría política moderna y la Historia europea, que el planteamiento liberal «puro» y maximalista acepte el sistema electoral proporcional de listas de candidatos de partido ya nos pone sobre la pista de la total impostura de esos planteamientos. Porque cualquier persona medianamente cultivada sabe que el liberalismo inventó la representación política personal, y no de partido, para cumplir su propósito originario de oponerse a la arbitrariedad fiscal del Estado. Pero jamás superó el horizonte del sistema parlamentario y el liberalismo histórico jamás luchó en ninguna parte por romper con la estatalizacion de los Partidos y la supresión de la representación personal.

Así que si ahora quieren luchar contra esa barbarie fiscal socialdemócrata, que es algo perfectamente objetivo y no está sujeto a discusión, que estos liberales maximalistas se atrevan a declarar cuál es la forma de gobierno que mejor convendría a sus intereses y a los de una mayoría. Pero no pueden y no se atreven, porque el liberalismo es como el «ketchup»: lo mismo se le pone a la carne que a las patatas. La carencia de pensamiento político, que ya es desesperante en Popper, Hayek, Berlin o Aron, se convierte en juego de espejos en estos liberales de pacotilla que ignoran la historia de su propia corriente de pensamiento, quizás porque son unos redomados falsarios. Liberarse de la exacción fiscal, sí, pero digan bajo qué condiciones políticas.

Habría que fijarse en el cambio del estado de conciencia que ha llevado a ver en la matriz histórica de las ideologías igualitarias y materialistas, que no otra cosa ha sido el liberalismo “clásico”, un asunto tan enojoso. En su fase creativa (economía política, derechos individuales, parlamentarismo, utilitarismo moral) el liberalismo vivió rodeado de una pobreza abyecta, pero en el imaginario dominante, la pobreza no existía porque no era percibida. Hoy la verdadera pobreza ha sido virtualmente suprimida en las sociedades occidentales, pero todo el imaginario hegemónico está imbuido de míticas referencias a una “igualdad” que ahora va mucho más allá de lo material de las condiciones sociales.

El liberalismo se suicidó en su lucha contra las clases privilegiadas del Antiguo Régimen al recurrir a la idea de una dudosa “naturaleza humana”, de cuyas pavesas se extraen hoy todos los discursos de la igualdad. El liberalismo creó un mito de pasmosa insensatez: la imagen de una sociedad en que lo desigual se justifica por una naturaleza cuyos dones eran repartidos y cada uno debía “aprovisionarse” de cuantos pudiera atrapar en una lucha competitiva por la posesión. En una sociedad de desposeídos en masa, retorna el mito de la igualdad, no construido sobre la posesión (“atrapa lo que puedas arrebatarle a la naturaleza y corre”) sino sobre las carencias sociales (“muestra tus carencias de naturaleza o situación social, que el Estado ya te reconocerá”).

Los verdaderos “liberales” actuales no están donde uno creería a primera vista. Dado que “defraudar” se ha convertido en la base de un nuevo relato heroico del “Hombre Libre” (sólo si su apellido es Borbón, Pujol, Entrecananales, Del Pino, March, Botín, Grifolls, Carulla, Escarrer y algunas decenas más de este jaez) cada vez es más difícil hacer creíble un discurso con semejante carta de presentación, dado que aquí “libre” se adhiere a “desvergonzado”, “cínico” y “enriquecido por vías dudosas”.

Supongo que a estas alturas todos sabemos que, cuando el liberal se aburre de no tratar los asuntos serios que su tradición ideológica le impone, recurre a la analogía con los males antropológicos indudables ocasionados por las «socialdemocracias» austro-germana y nórdica para reafirmarse en sus convicciones mezcla de anacronismo y utopía. Pero de la libertad política ni una palabra, no sea que el jefe de filas de partido o sus sátrapas mediáticos y académicos nos llame al orden y se acaben los discursos exquisitos sobre lo mal que tratan los Estados socialdemócratas a los «pobres individuos indefensos», sin evocar jamás cómo ese malestar difuso podría encontrar soluciones prácticas y políticas.

La confusión mental de nuestros “liberales” es casi aparatosa. Defienden a ratos un Estado mínimo en el contexto de un parlamentarismo de estilo inglés con una Presidencia en la Jefatura del Estado al modo partidocrático puro. Es decir, mezclan lo peor de cada casa. Demasiados esfuerzos para desprestigiar un «liberalismo» que ya se desprestigia todos los días con Rallo y los apologetas del «secesionismo fiscal» para ricos de solemnidad.

Toda la alta especulación de origen liberal circula en el desvencijado vehículo conceptual de los contenidos formales del sentido “liberal” de las “libertades” como crítica a los límites del poder político. Ahora bien, el liberalismo no excede ni puede exceder el límite del cuerpo individual cuyo anexo es la propiedad (hoy el dinero en su forma más abstracta y vacía) y cuyo discurso es el de los “derechos naturales” como legitimación de aquélla. Es una cuestión de fe y confianza: humana y moralmente, el liberalismo es superior al socialismo tan sólo porque permite conservar un angosto espacio “civil” al concepto humanista de “personalidad”, que el socialismo reprime a través de las múltiples formas de “igualdad” a la fuerza. Políticamente, el liberalismo murió al abandonar la “representación personal” genuina y hoy es cómplice de las más envilecidas y criminales oligarquías europeas de los Estados de Partidos.

Las posiciones liberales expresan a la defensiva el elogio de la libre espontaneidad del emprendimiento o espíritu empresarial, pero esa misma libertad en lo económico no saben ni quieren reconocerla en el ámbito político, de ahí una impostura que me resulta personalmente repugnante. La misma duplicidad de la conciencia se da en todas las demás posiciones y se reproduce en la vida privada. Vivir conociendo el Mal y ser su cómplice es terrible para las raíces de la vitalidad del individuo y de la comunidad. Y el régimen español es una extravagante forma del Mal, la más dañina, porque la forma oligárquica aparece muy mitigada en la opinión pública pese a su visibilidad omnipresente.

Como botón de muestra de esta grosería de concepto, véanse las posiciones específicas del núcleo duro del “Liberalismo madrileño” respecto a la cuestión teórica del proceso secesionista, “tour de force” para estos modernísimos ideólogos al servicio directo de los grupos corporativos bien representados en las grandes Fundaciones de los Oligarcas patrimoniales y corporativos del Ibex 35, en el Instituto Juan de Mariana, el Instituto Cato, la Fundación Rafael del Pino, la Fundación March, la Cátedra Economía-Sociedad de La Caixa etc. El más explícito y exquisito es Lorenzo Bernaldo de Quirós, cuyas posiciones, centradas en el “federalismo competitivo” trascriben a la esfera mercantil y hacendística las inhibitorias nociones contractualistas, historicistas, foralistas y austracistas de Miguel Herrero de Miñón. Como botón de muestra, véanse sus dos artículos de septiembre de 2012 nada más comenzado el proyecto secesionista.

Lorenzo Bernaldo de Quirós, ya en septiembre 2012:

“El debate sobre el autogobierno en Cataluña está ligado a dos líneas de pensamiento (…): la de quienes consideran al Estado o a la nación como seres con entidad y vida propia cuyos fines y metas son distintas y, en gran medida superiores, a las de los individuos; y la de quienes las contemplan como asociaciones voluntarias cuya principal justificación es la protección de los derechos individuales a través de un marco institucional que permita a cada persona vivir como desee (…). Desde esta perspectiva, el ser miembro de cualquier comunidad es una elección (…) frente a la tesis según la cual la identidad de las personas está definida por su pertenencia a un ente colectivo. Ese derecho de los individuos puede satisfacerse a través de numerosos arreglos político-institucionales desde la independencia hasta el federalismo.”

Dicho en pocas palabras, éste es el pensamiento de la Oligarquía de Partidos y de la Oligarquía del Ibex 35, madrileño y catalán, sobre lo que esta buena gente entiende por “Estado” y por “Nación”. Lo único que hacen los dirigentes catalanes es explicitar este pensamiento, añadiendo a la liberal “libre elección” de pertenencia, la componente “histórica” (historicista y “colectivista”) de la “identidad diferencial”. La Riqueza en España ya ha decidido qué Estado quiere y para alcanzarlo y perfeccionarlo sigue necesitando de la Monarquía, como ha podidso comprobarse este otoño con la intervención “in extremis” del nuevo Funcionario de Zarzuela.

Una cosa debería quedar clara. Bajo una Monarquía no puede existir la “Ciudadanía” en sentido moderno. Bajo la Hegemonía de los Partidos no puede existir ninguna Libertad Política. Bajo el persuasivo poder del nacionalismo periférico con su “derecho a decidir” inoculado en vena no tiene existencia legítima una conciencia “nacional” unificadora. Si a esos tres factores de enajenación, se añade la concepción contractualista o pactista del Estado, tenemos que a la Nación política se la priva además de Estado propio. El Sueño de todas las Oligarquías: ni ciudadanos ni “libres” ni “nacionales” y además desprotegidos y sin cobijo de un Estado nacional: judíos errantes en los multiversos del capital globalizado. Los Lobos ya pueden cazar sin ponerse piel de Cordero.

La libertad del individuo es un mito profundamente reaccionario si no ofrece una fundadora manifestación política. El individuo “moderno” habita sólo los límites que el derecho, que es derecho del Estado, le permite. La libertad individual sólo es un apriori, un dato previo, a partir de la imaginación de un “derecho natural”, del que proceden curiosamente las declaraciones “positivas” de los “derechos del hombre y del ciudadano” registrados en las Constituciones, que por supuesto son también mitos del origen del poder del propio Estado. Llamamos “libertad” a las “parcelas de actividad” en las que el Estado nos concede el derecho a ejercer cierto grado de “espontaneidad no condicionada”. Ahora bien la Libertad política colectiva comienza más allá de este límite formal porque ella es fundadora, y precisa y solamente ella, de esa formalidad.

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