CRÍTICA DEL RÉGIMEN ESPAÑOL DE 1978

LA CUESTIÓN DE LA “PLURINACIONALIDAD” (2017)

Retengamos este dato. El primer teórico formal del Estado plurinacional es nada menos que Miguel Herrero de Miñón en un importantísimo artículo desconocido de 1996, “Nacionalismos y Estado plurinacional”, en que sentencia con inapelable espíritu leguleyo que ese modelo de Estado plurinacional es la verdadera conclusión del diseño constitucional de 1978 y aquello hacia lo que confusamente apuntaba, dentro de las coordenadas del pensamiento inspirador de toda la Oligarquía post-franquista, el deseo o pulsión de Nación política de nacionalistas de derechas vascos y catalanes.

El texto de Herrero, examinado en su pormenor, es una demostración de que toda la derecha “española” no tiene nada de española. Su posición de poder territorial le resulta a sus burocracias de partido más seductora que todo principio nacional histórico. Por eso, es ilustrativo leer el artículo para comprobar cómo Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, al día de hoy, son meros apéndices de una Oligarquía retrógrada, aprendices de brujo al servicio de otros designios más oscuros que a la ciudadanía jamás se le presentan abiertamente como tales: la vanguardia del movimiento desnacionalizador intraestatal constituyente” de la izquierda es ampliamente superado, y con excelente “buena conciencia” intelectual, por el viejo prohombre de la “derecha”, presunta defensora de la presunta “Nación española”.

Recordemos la sugerencia de Pablo Iglesias sobre el mítico «Ministerio de Plurinacionalidad». Nada de esto es banal, nada de esto es una majadería. Algún día, dentro de 30, 40, 50 años, estas ideas, hoy juzgadas tan a la ligera, producirán mucho dolor, porque España se encamina silenciosamente a una fractura tal de su identidad colectiva que las generaciones que nos sigan tendrán que verse obligadas a definirse en una lucha muy real que ya no será de palabras y de intercambios corteses de palabras. Como con la deuda y tantas cosas, el Muerto se lo pasamos a la posteridad.

La plurinacionalidad, aplicada a España, es un concepto tan profundamente reaccionario, que sólo puede ser concebido por una derecha, tan sobrada ella con la posesión del Estado y del gran capital privado trasnacionalizado, que se lo puede dejar como juguete propagandista a una izquierda que sabe bien cumplir con su función evangelizadora, es decir, creadora de nuevos «españoles desnacionalizados», pues los «Viejos Charnegos de la VIctoria» fueron los propios traidores del franquismo que aún perduran en la forma de la dislexia «nacional» rajoyana.

Si se mete en el Estado, a través de innumerables cargos públicos con libre disposición presupuestaria, a una multiplicidad de facciones estatales, cada una de ellas con una «idea» propia de lo que es la Nación, el resultado no puede ser otro que el que nadie se atreve a analizar: que todas y cada una de esas facciones de partido estatal intenta «reconstruir» artificialmente la Nación histórica, política y cultural según su arbitrio, capricho y antojo, y siempre en función de las posibilidades de «recolocar» a decenas de miles de individuos candidatos a los nuevos puestos diseñados a este fin.

La estructura administrativa del vigente Estado español acumula como capas de polvo histórica a cuál más inútil e ineficiente la siguiente Nómina de Próceres ilustres: la forma liberal decimonónica de la provincia como circunscripción electoral ficticia; la corporación local heredera del «concejo medieval» con un régimen de autonomía local incontrolado; la Diputación provincial que reduplica funciones; la Autonomía de un Ejecutivo-legislativo pseudofederales totalmente incontrolados, autodestructivos y parasitarios.

Si a eso se le añade la forma de Estado plurinacional y/federal, el negocio de los nuevos cargos anexos a la forma autodeterminada de una nueva soberanía real o simbólica es sencillamente fabuloso. Toda una bien pensada “salida profesional digna” para unas clases medias en proceso de depauperación y expulsión de los mercados competitivos más avanzados en la lucha a cuerpo abierto de la globalización.

Pero 24 millones de españoles se muestran proclives a votar ese «sadismo» institucionalizado contra la Nación y muchos de ellos se refieren genéricamente a los «políticos», sin ver siquiera el trasfondo de aquello que parecen cuestionar con tanto énfasis retórico oral. De lo que se deduce que no hay conciencia pública ni privada de los verdaderos fundamentos, orígenes y alcance de la situación actual.

Las «políticas de identidad», de origen liberal-conservador, luego asumido por la Nueva Izquierda anglosajona, son la estrategia para destruir la universalidad abstracta liberal de la «igualdad jurídica», introduciendo entre el individuo y el poder público el derecho identitario de grupo como apriori a los «derechos fundamentales».

Esta misma argumentación, en su versión originaria, es asumida por el «contitucionalismo alternativo» de Herrero de Miñón para fundamentar su posición favorable a la diferenciación de las «nacionalidades históricas». El «reconocimiento» es un concepto fuerza no trivial en el marxismo cultural de matriz hegeliana invertida por un igualitarismo aparente, que es realidad siempre, social y teritorialmente, “derecho a la diferencia”.

Esta tesis de Herrero se puede leer en un artículo de 2010, publicado en una revista vasca de Derecho, «Iura Vasconiae», «El derecho constitucional de la plurinacionalidad», en que la categoría de lo identitario es aceptada como principio de singularización para dar forma a un Estado de «soberanía compartida» mediante el «pacto» de cada «fragmento de Estado». Señalo enfáticamente esto porque creo que ésta será la fórmula final de «resolución» del «conflicto» entre oligarquías estatales españolas integradas en el bloque de poder hoy dominante.

El panorama político occidental es el producto de una ya larga crisis del “dispositivo liberal” de los derechos abstractos y universales, ahora regurgitados por las identidades parciales de “grupo electivo”.

El marxismo cultural es el liberalismo histórico, pero con más altas prestaciones simbólicas y afectivas, en la era del capital financiero trasnacional. De ahí su éxito en el inconsciente colectivo. “Tus miserias y frustraciones me interesan” es el logo publicitario hoy dominante, como en aquel anuncio de un banco francés que en los 70 exponía con cinismo la imagen de un banquero sonriente en formato de gran valla y la “leyenda”: “Su dinero me interesa”…

Históricamente, las luchas políticas por el “reconocimiento” del postmarxismo son una continuación de las luchas de las burguesías europeas contra los privilegios estamentales y corporativos vivos en el Antiguo Régimen. El liberalismo detiene sus reivindicaciones en lo económico, como corresponde a su lógica del individualismo posesivo. La izquierda postmarxista sigue la misma lucha dirigiéndola a otros objetos que deben disolverse para que el Hombre encuentre su Verdad desnuda: la pura libertad imaginaria de la total In-dependencia utópica.

Observaré de pasada y sin ambición reivindicativa que Max Stirner (antes que Juan Donoso Coertés, desde el ámbito teórico del tradicionalismo católico y con mucha más penetración teórica) fue el primero en darse cuenta de que liberalismo y socialismo eran exactamente lo mismo desde el punto de vista de la lógica histórica (mítica) de la Sublime Emancipación del Hombre “Encadenado”.

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