LA DÁDIVA (2009) LÍRICA 2009-2010

CELEBRACIÓN (INFANTES, 2009)

Los cielos grises nos acompañaban
en nuestros viajes, a veces eran cárdenos,
con las ofuscaciones de metales
oxidados hace mucho.

Dábamos vueltas girando sobre el vacío,
lo encontrábamos en todas partes,
los cielos seguían grises o cárdenos -,
a veces, por algún resquicio de tiempo,
como la sonrisa en un rostro que sorprendemos
tras la cristalera de un tren en marcha,
podíamos ver un sol lejano…

Por un momento, confiábamos
en lo imposible o en lo posible,
estar poseídos sin estar aplastados
era lo único que nos consolaba.

Pero todos los amaneceres que no compartiremos
me acusan de negligencia.

Pero mudos todos los poemas
en que quise adivinar quién eras,
sin saber cómo reconocerte,
me reprochan la impostura.

Ahora que los poemas y los amaneceres
-en un silencio creador de esta verdad-
se alían para que nada olvide
de este tiempo únicamente tuyo,
dejo vagar el advenir en lo cumplido,
pues haber vivido con pasión
en lo incumplido fue fatalidad.

 

Oculto fluir se adensa
en penumbras insondables
que dividen los días y las noches;
los momentos se vuelven grumos,
acideces, nada realmente decantado:
como algo perdido en habitaciones
con muebles realquilados.
Todo es ahora lugar sin nombre,
estancia vacante,
espacio excesivo, deshabitado,
para un cuerpo cualquiera
que vaga encerrado en su desnudez.

Sobrevueles o te sumerjas:
los polos no se aproximan,
ni agitación violenta en el sueño,
ni ánimo renovado en la vigilia:
imágenes sin referencia a afecto,
sólo más y más lugares para desaparecer,
cuando toda mirada daña
un pudor enajenado de sí mismo.

Osificaciones de alma,
escarificaciones rituales del espíritu
aquietado en la bonanza del insomnio salvaje,
tiempo que crece como arenas
que se deslizan hacia un mar
imaginariamente embravecido:
sin margen ni poder para ser otra cosa,
un yo lentamente aniquilado
por la sombra, pero sin sombra.
Entonces, no hace falta multiplicar el dolor:
no lo mide ningún reloj,
no se deja sorprender por el pensamiento,
no se deja suspender por la canción,
se expande por todas partes
y sus senderos llevan
adonde menos se espera:
hallazgo para las aves oscuras
que te depredan entre escombreras
hechas de hábitos, afanes, perdones.

 

El paisaje nevado, hoy, dónde -,
no recuerdas tampoco la primera vez
al despertar lejano, tristeza incomunicable
de humedad en patios de recreo.

La belleza ya entonces oprimida
contra los muros de la rutina,
la belleza invisible que tantas ansias
reunió desde la infancia humillada,
el anuncio de la pobre libertad del niño
encerrado entre las sienes pensativas
de su soledad, todavía no plateadas
por brillos de ofuscaciones interiores.

Este paisaje, que fue blancura
siempre prometida de futuro,
se ahoga ahora de normalidad fingida,
decrepitud de legajos humanos,
cuando inevitablemente se posa en ti
el largo gesto detenido del adiós,
la pueril sonrisa petrificada del amor,
todo lo que al fin vuelve idénticos
los horizontes aplanados.

Si los cielos se vaciaban desde su origen,
qué quedará para después,
para cuando el tiempo se haya consumado -,
cómo, si no en la pérdida creciente
de toda memoria, seguir en la paciente espera:
otra vez arrojar a la hoguera los poemas,
otra vez recontar decoloraciones y escamas,
otra inmisericorde celebración de las cenizas
para aventar los momentos ya sidos pero por venir.

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