CARTAS A UN AMIGO LIBERAL (2011) CRÍTICA DEL RÉGIMEN ESPAÑOL DE 1978

LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA COMO ANACRONISMO (2011)

Querido compañero:

Me quedé con ganas de hablar de Suárez el otro día por teléfono y no suelo dejar nada a medias en asuntos que me conciernen casi personalmente. Aunque parezca inverosímil, me tomo demasiadas cosas en serio. Hasta puede que también tú, vete a saber qué designios oculta tu mente maquiavélica y pragmática.

Se le ha puesto a Suárez por las nubes, donde políticamente siempre estuvo, con lo cual ninguna alabanza hace otra cosa que constatar un hecho. Este miembro poco brillante del Movimiento hizo carrera, como todos sus correligionarios de la segunda generación franquista, a la sombra de los designios, etéreos e insustanciales, de Su Majestad el Augusto Borbón.  (Acotación: Un sector del franquismo se dio -pronto pero tarde- cuenta de que hubiera sido mejor elegir como sucesor de Franco a su primo Alfonso, el que “murió accidentalmente” en Estados Unidos, mientras realizaba el “peligroso” deporte del esquí. Alfonso no parecía dejarse seducir por los mensajes apaciguadores de una izquierda que sólo buscaba una lenta revancha a largo plazo).

Las cosas así, hacia 1976, la gerontocracia del In-Movimiento todavía lloraba la pérdida de su amado Caudillo.

Los americanos y los alemanes eran quienes desde fuera movían todos los hilos de esa marioneta que era por entonces Juan Carlos de Borbón, cuyas virtudes y capacidades no hará falta comentar. Los americanos querían un régimen lo más presidencialista posible, con un fuerte ejecutivo, bipartidista pero de apariencia pluralista, lo que cuadraba bien con los deseos de los llamados reformistas que rodeaban a El Augusto, entre ellos, ese pedazo de cabeza constitucional que era Torcuato Fernández de Miranda, el teórico de la cosa.

Se eligió a Suárez porque era lo más presentable de cara a la galería, que ya por entonces no era más que “marketing” político del más bajo nivel: no chocheaba como Arias Navarro y los vejestorios lacrimosos y babeantes; era guapo y hasta seductor (ya se sabe quién vota con el coño y quién con la cartera…), con buen porte, caballero castellano de Ávila la Vieja, con su muralla y su momia de Santa Teresa, pasablemente formado, “curricularmente adaptado”, diríamos hoy, metido en las faenas burocráticas de un tiempo histórico para siempre perdido, en que el Estado, sin apenas impuestos directos, podía controlar una sociedad con apenas 600.000 funcionarios.

El tal individuo formó un partido frankensteiniano, la llamado “Unión de Centro Democrático”: retazos de liberales (intereses del gran capital extranjero: la familia Garrigues Walker y sus acólitos), socialdemócratas (lectores analfabetos de periódicos alemanes, promiscuos universitarios financiados ya por entonces por la SPD y el socialismo francés: Francisco Fernández Ordónez, el del divorcio y la gran reforma tributaria que introdujo el IRPF sobre el modelo progresivo anglosajón), democristianos (con o sin bandera Vaticana: Joaquín Ruiz Giménez, entre otros), en fin “azules”, unos pasados por el coche oficial, los cargos públicos y el bienestar de clase media. Otros no tanto. Nomenklatura del INI, incorporada, por supuesto. Funcionarios de carrera, diplomáticos, economistas y abogados del Estado.

El pajinismo, el bibianismo todavía no era bien visto entre unas masas a las que cuatro décadas de disciplina no habían todavía liberado del prejuicio de que cualquiera no puede hacer cualquier cosa, a pesar de que el propio Franco era el peor o el mejor ejemplo de eso mismo: un simple general metido a estadista aficionado. Hitler prefería a Mola y yo estoy de acuerdo.

Pero el asunto se puso feo, muy feo, cuando Suárez intentó ejercer de verdad de presidente de un ejecutivo construido sobre este vacío de un apoyo artificial, todo él levantado sobre ficciones sociológicas y jurídicas: los resultados electorales del 15 de junio de 1977 dan una mayoría relativa a la UCD, insuficiente para conducir las reformas por una senda despejada. El tardofranquismo, liberado de viejas ataduras formales (partido único, sufragio no representativo) decide pactar con el PSOE, repito, financiado por los alemanes (de ahí los Frick y los Flock de las cuentas falsas de los años 80, los Filesa, Malesa, Time Sport y demás): víctima de sus viejos fantasmas comunistas, no se da cuenta toda esta nueva nomenklatura de que la supuesta izquierda moderada es mucho más sibilinamente peligrosa que un PCE deslegitimado, ante una opinión tímida, y, en realidad, sin cuadros.

El PSOE se formó “ad hoc” sólo desde 1974 durante y después del Congreso de Suresnes, sobre la base de avispados muchachotes de dudoso porvenir profesional, pero de una ambición descomedida. Basta consultar el currículum de Felipe, Guerra, Benegas, Chaves y una larga nómina de individuos que hacia los 30-35 años, no habían dado un palo al agua, aparte de repartir panfletos y “agitar” algún que otro bar de copas o, lo que es peor, mera taberna, entre los “viejos camaradas” que soñaban con la muerte de Franco para hacer la gran Revolución proletaria y campesina: sólo que ellos eran tan seniles como el recién finado “dictador”, que dejó de serlo casi 20 años atrás, con el Plan de Estabilización.

Esos “socialistas” tampoco eran, salvo el grupo madrileño de los Solana y los Maravall o pocos más, gente con carrera brillante o con patrimonio. Lo cual determinó, ya desde el comienzo de la transición, el mal radical: la profesionalización de la política y el traspaso de esta nómina electa a los puestos de la totalidad de la Administración (desprofesionalización al pairo de la burocracia, que ahora funciona por abierta cooptación).

Donde el poderoso no es además rico de nacimiento, la política es una variante de la pornografía, mucho más aburrida que ésta misma. Pero la burguesía es perezosa y políticamente nula, como ya vio Marx y como bien comprobaron, para beneficio de su voluptuoso sueño de gran política, Lenin y Hitler. Cítame, si te place, un político burgués presentable que no sea el alcohólico Churchill, cuyas memorias políticas y de guerra no le llegan ni a las somnolientas conversaciones de sobremesa de un Hitler… y te invito a langosta… o a almejas al vapor.

Siguiendo la crítica de Burke, ya en 1789, a los cuadros de la Asamblea revolucionaria francesa, nuestros cuadros socialistas de entonces estaban formados por gentes acomodaticias y de limitado horizonte personal, resentidos y leguleyos, sindicalistas y otras mentes sencillas,  a los que los tardofranquistas se atrajeron fácilmente con el señuelo de las elecciones municipales de 1979, base del poder territorial perdido exactamente este 22 de mayo de 2011, sin esperar todavía el desastre del 82, que ha condicionado toda la evolución de la sociedad y del Estado en una dirección que no era la planeada:

  • incrementos salariales incontrolados para afianzarse entre los sectores potencialmente peligrosos,

  • creación de un modelo de bienestar que no se podía realmente financiar más que empeñando cada vez más la producción y la productividad de los sectores realmente creativos del valor, a los que se ha ido esquilmando lentamente hasta volverlos estériles:

  • liquidación del INI a cambio de servicios asistenciales indiscriminados (las llamadas “pensiones no contributivas” son, exactamente, el contrapago a los grupos “desfavorecidos” por las duras políticas de reconversión industrial masiva de los años 80)

  • concentración del sector financiero (conspiración de la banca del Opus contra sus recalcitrantes, caso RUMASA y “lucha final” entre las grandes familias)

  • déficits estructurales enjuagados mediante constantes manipulaciones macroeconómicas (devaluaciones).

Suárez es el responsable de haber conducido a toda esta “derecha” política y sociológica al suicidio, entre 1980-1981. Su falta de reflejos se observa en un solo ejemplo: no supo comprender que el paso de una dictadura, con fuerte determinación militar, a un régimen parlamentario (como quiera que se lo diseñe de cara a las masas), sólo puede y debe efectuarse si el estamento militar cumple funciones abiertamente políticas y policiales, en un primer momento en el que debe ser reconocido y utilizado como tal fuerza de choque, más allá incluso de lo que el formalismo legal permite. Suárez no supo ser un “dictador constitucional”, reservándose palancas de excepcionalidad que una personalidad mucho más decidida, inteligente y temeraria no habría dudado en poner a su alcance. Este papel le correspondería a un Felipe González, pues el régimen parlamentario y constitucional español desde 1982 está muy cerca del modelo plebiscitario. Ahora mismo vivimos constitucionalmente una de esas situaciones de excepcionalidad bajo cubierta legal que sólo puede engañar a los muy faltos de lecturas acerca de la naturaleza moderna del poder en las llamadas “democracias avanzadas”.

Suárez se enajenó al ejército, se dice, por el asunto urgente del proyecto autonómico, desde 1979, pero en realidad lo que ocurrió fue más bien esto otro: por prejuicios, por cobardía, por apatía no se atrevió a emplearlo activamente (cuando el ejército estaba deseoso de ello y se habría convertido en su guardia de corps…) para amedrentar tanto a nacionalistas burgueses catalanes y vascos como a esos ridículos muchachotes izquierdistas, a los que unos cuantos estados de excepción, con el pretexto del terrorismo (asesinato de generales), en su debido momento, bien conducidos por unos jefes militares y una oficialidad experta, podrían haber llevado por un camino de mayor seriedad y claridad de ideas… junto a sus bases sociológicas, que algo necesitadas han estado siempre de alguna violencia y puede que algo más.

Como la propia vida, la historia es el resultado final de una suma cero: cobardías, traiciones y oportunidades perdidas. Todo se neutraliza en una peripecia que acaba ahora en el escalofriante e irrisorio “Gladiator” que será la ya abierta campaña electoral entre “La Carpanta” y “El Dormilón”, como soluciones, o más bien recambios, al desastre.

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