PENSAMIENTO CONTEMPORÁNEO

“FELICIDAD, VENTAJA PREMATURA DE UNA PÉRDIDA CERCANA” (2017)

“El arte es profundo”, porque, como todo buen nietzscheano sabe, el arte es el único “phármakon” que hace vivible el dolor, cura del resentimiento y del espíritu de venganza contra la propia vida, el único remedio que hace soportable lo trágico de nuestra finitud, y ejecuta su milagro en la superficie ilusoria de las cosas, lo que implica una doble profundidad: de sentido y de forma.

Lo bello es la ilusión del enfermo, del animal enfermo.

Quizás por eso la definición de la felicidad de Rilke es la más cercana a la experiencia trágica de Nietzsche: “felicidad, ventaja prematura de una pérdida cercana”.

Mucho más próxima que su más famosa sentencia sobre la “belleza no es nada sino el principio de lo terrible”.

Toda belleza es anticipación de un goce y la felicidad no consiste más que esa anticipación.

Lo terrible se oculta y anida en la temporalidad, pues sólo ésta es el trasfondo de lo trágico: que de nada de lo que hombre hace, vive y crea pueda predicarse “el ser”.

De ahí la unidad inextricable entre la ilusión vital, la belleza y la felicidad: la experiencia de los griegos, en la nostálgica interpretación alemana del “pueblo niño”, del “pueblo artista”, del “pueblo del devenir y la apariencia”, es por supuesto la inspiración secreta del artista moderno que no ha sido aherrojado a la nulidad por la moral del resentimiento, que hoy domina todo criterio de valor.

Este acto creativo que se consuma a sí mismo, de ahí que su reivindicada analogía con el puro acto sexual, consiste en esa captación del momento en que el hombre su autoafirma como hombre sobre la base de un modelo estético de sí mismo pero olvida su fundamento, al quererse remitir a otros ámbitos distintos del puramente estético, creyendo que son más bien ellos, los de orden religioso, moral o político, los que dan “seriedad” a la vida.

El animal enfermo, cuanto más degenera, más tiende a huir ante la seriedad de lo estético, y, como ya no puede crear un orden moral, religioso o político, huye al vacío de los simulacros.

El “olvido de la belleza”, del que mucho se ha ocupado Kundera como objeto de reflexión en acertados pasajes de sus novelas, es uno de los olvidos más dolorosos de una cultura occidental convertida ya hace tiempo en fábrica dispensadora de embrutecimiento.

Porque para la forma de dominación actual, producir fealdad es producir y reproducir la degeneración fisiológica de la futura “european white poor trash” de la civilización multiétnica, plurinacional y meteca.

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