TERRORISMO Y PODER

“AMERICAN WAY OF WAR”: SOBRE EL PRINCIPIO DE REALIDAD DEL PODER MUNDIAL (2002-2004)

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La época se esforzaba por olvidarse de sí misma, sin conseguirlo del todo. Lo que quedaba de Historia era el lugar donde se vertían todos los valores residuales. Cada cadáver anónimo desintegrado por la historia era el signo decimal de una cuenta atrás. Aunque finalmente la máscara ha caído. La ausencia de sentido del ridículo nos impedirá durante algún tiempo reconocer nuestra propia cara en el espejo de los acontecimientos. Teníamos la cara muy perdida de vista, casi no nos acordábamos de que por debajo de la máscara había un rostro. Y sin embargo ocasiones no han faltado para descubrir la verdad “desnuda”: este rostro velado, mirado por fin de frente, tendría que causar espanto, vergüenza y náusea. Nunca es tarde para salir del aturdimiento. Por ahora, aquel que ejecuta el sacrificio es nuestro sustituto; pero nosotros, por nuestra parte, también sustituimos a la víctima.

Desde el 11-9-2001 sólo una cosa ha cambiado de verdad, aunque nadie quiera referirse a ella: ahora vamos a saber, de una vez por todas, quiénes somos nosotros, qué es Occidente, qué es el sistema mundial, qué es un poder innombrable. Gracias a los acontecimientos del 11-9-2001, secretas operaciones catalíticas nos retratan mejor de lo que esperábamos. Del cuarto oscuro de la inconsciencia, emerge una imagen pavorosa. Ahora vamos a medir el peso de nuestros valores, el sentido último de nuestros valores, los que justamente dan la medida de todos nosotros. Nos salpican gotas innumerables de culpabilidad colectiva de las que ya no nos podremos lavar. El genocidio es, virtualmente, un circuito paralelo de la realidad mundial; el exterminio y la carnicería son nuestra tarjeta de visita. Occidente ha perdido ya por completo toda legitimidad política, moral e histórica. La conducta de todos nuestros poderes e instituciones ha encontrado lo inconsciente inconfesable, su verdadera vocación; ya no podrá ocultar por mucho tiempo más su esencia.

Sólo por ofrecernos esta revelación esotérica, de la que muy pocos son dueños, algo como el 11-9-2001 tenía serias posibilidades de ocurrir. Era necesario que el sistema pudiese saltar sobre su propia sombra, era necesario obligarlo a que jugase su última baza; era necesario, por tanto, provocarlo para que transgrediese los límites de su legitimidad, ponerlo contra las cuerdas para que ya nunca más pudiese volver a apelar a esa sacrosanta legitimidad moral e histórica. Así, después del invisible genocidio afgano del otoño del 2001, se nos hará la gracia de proponernos el controlado genocidio palestino de la primavera del 2002, tan informativamente apagado como el anterior.

Ahora van a saber ustedes de qué trata el asunto. Que todo esto era previsible, no le quita nada al hecho de que siempre tengamos que escandalizarnos a posteriori en los habituales términos de nuestro deslumbrante fariseísmo moral. Como si no hubiéramos mantenido la misma “indisposición” moral ante Bosnia, Kosovo, Chechenia, Afganistán, Argelia e Iraq, en los años más recientes, que ya parecen remitir a otras edades, tal es la pérdida del tiempo en la era del tiempo real de las pantallas. Es el problema de una universalidad de pacotilla que no dispone de los atributos divinos de la ubicuidad y la omnisciencia, aunque los reivindique.

Durante mucho tiempo habrá que mantener el silencio sobre la naturaleza del conflicto: no habrá que mencionar que todo esto se inscribe, lisa y llanamente, en una guerra de exterminio, sometimiento y humillación de la totalidad del mundo islámico. Bajo el eufemismo revigorizante de la “lucha contra el terrorismo”, discurso que la clase dirigente europea ha hecho suyo sin saber muy bien lo que hace, se esconde, como piensa Jean Baudrillard, una estrategia paulatina de genocidio bajo control (hipótesis de la cuarta guerra mundial), dirigido contra todos los elementos refractarios al orden de la mundialización. Así ha ocurrido en diferentes escenarios a lo largo de la década de los 90, escenarios que siempre han estado localizados, como quien no quiere la cosa, en países de población islámica. Occidente, bifurcado en una cabeza militar y estratégica (Estados Unidos) y un enternecedor corazoncito moral y humanitario (Europa occidental), cuyos convulsos latidos se van apagando ante la mirada vigilante del Big Brother trasatlántico, es el cómplice, cuando no el agente de todos estos procesos. La destrucción del World Trade Center dicta un primer esbozo de sentencia universal.

Se ve con claridad: las personas y los papeles cambian, pero la función genocida permanece: a veces es un nacionalista serbio, otras un sionista recalcitrante, otras incluso un “condottiero” que oprime a su propio pueblo y lo sirve como carnaza y blanco de sus “enemigos”. Todos, por supuesto, simples ejecutores de designios que les sobrepasan y que en el fondo coinciden con los fines e intereses secretos del gigante de dos cabezas. Cuanto mayor sea la brutalidad de estos carniceros del enemigo, tanto mayor será la complicidad de Occidente, y, por eso mismo, la necesidad objetiva de deshacerse de ellos, quemándolos en la falsa hoguera de procesos penales irrisorios que lo único que hacen es desvelar el doble juego occidental.

De ahí que todos ellos soliciten tiempo, que se les deje el tiempo debido para acabar su trabajo, antes de que se ponga en marcha la comedia patética de la diplomacia y la máquina chirriante de la “dura lex” humanitaria. En todo caso esta duplicidad inconsciente o no se extiende hasta la propia opinión pública europea: mientras que se desprecia al inmigrante de origen árabe y en general islámico, esta opinión piadosamente dice compartir la “causa palestina” o cualquier otra causa, y siempre por razones puramente “humanitarias”. Es como si la misma duplicidad multiforme de la clase dirigente contaminase el inconsciente purulento de las masas serviles.

Hay que retener, por tanto, una idea de todo esto: los dilemas morales y políticos de Occidente se encierran en esta apelación al aplazamiento perpetuo: “Dejadnos acabar el trabajo”. Empezaremos a entender mucho mejor la naturaleza de los hechos cuando aprendamos a saber esperar: moral impúdica del séptimo día, pedigrí ético del que gozaremos durante algún tiempo, antes de la sentencia de la reversión.

Un cronista de televisión sintetizaba esta actitud a la perfección: mientras los todopoderosos reflectores informativos se dirigían a otra parte, señalando el no-lugar del crimen, el cronista nos informa de que el enojoso asunto de Jenín (y meses atrás los delicadamente evacuados incidentes de la prisión afgana de Massar-i-Sharif) forma parte de la historia del país, decorado macabro sobreañadido al escalofrío palpitante de la historia siempre pasada: expediente cerrado entre los legajos que un día lejano desempolvarán los jueces del Tribunal correspondiente, previamente incorporado a los libros de historia y los anuarios.

Congelación de los sucesos en la no-historia, donde los cadáveres permanecerán momificados a la espera de la resurrección bienintencionada de la soberana moral jurisdiccional con que los occidentales formalizarán el trámite de su condescendencia sobre el mundo, pues ellos no estaban allí. Todavía no saben que su destino más próximo será ocupar un día el lugar dejado por las propias víctimas.

La siguiente escena del guión mundial define bastante bien la situación moral y política europea de comienzos del siglo XXI, esperado nuevo siglo que, desgraciadamente, no ha traído consigo para esta Europa beatífica un bautismo en las aguas estancadas del río de la Post-historia, aunque sí una mayor frivolidad en el olvido de sí misma. Mientras un amenazador tribunal de derechos, o desechos, humanos se envalentonaba declarando investigar la responsabilidad del ahora primer ministro israelí Sharon, respecto de las matanzas en el Líbano en 1.982, el mismo Sharon, elegido democráticamente a primeros de 2001, se encargaba de organizar y dirigir otras matanzas, como las que han tenido lugar en el campo de refugiados palestinos de Jenín en abril del 2002.

Esta simultaneidad de los dos procesos habla a favor de la creciente orbitalización o satelización de la moral y el derecho en el mundo occidental, pese a todas las declaraciones bienintencionadas de lo contrario: disociación de los actos jurídicos que finalmente desemboca en la evacuación de los frentes podridos de lo político, que ahora ya sí pueden quedar definitivamente impunes. Para muchos, esta retorta automática del circuito paralelo es todo un alivio. Como respondía Napoleón a sus consejeros cuando se le pedía que se comprometiera en algo general, en uno de esos acuerdos de buenas personas satisfechas con el mundo y consigo mismas: “Bueno, se trata sólo de principios”. Y luego daba su palabra en la sarcástica conciencia de no cumplirla.

La Europa real es la que queda retratada en este acto fallido de la Europa oficial. La una es coartada de la otra. Los efectos de la ausencia de poder son ciertamente pasmosos. Entre la amoralidad del poder que se ejerce y la amoralidad del poder del que se carece, la infamia del poder se reduplica en su pura esencia, casi obscena. Europa, después de conocer ampliamente la amoralidad del poder, cuyas reglas ha inventado y practicado soberana y mortíferamente durante varios siglos, reconoce ahora la amoralidad inversa, la del no-poder, y sin embargo tiene que parecer que sí, que todavía hay algo de eso. Este papel de figurante entrometido, sin duda, constituye una ironía descarada de la historia. Es también la situación más patética, la que nos destina a todos los “lapsus” imaginables, y ya son muchos en los últimos años. Antes, Europa era amoral porque se lo exigía su grandilocuente papel hegemónico; hoy, Europa es amoral porque se lo exige también su papel, esta vez subalterno.

Después de dejar el mundo zurcido por el colonialismo y estuprado por la desestructuración, los europeos gozan de la buena salud de los libertinos seniles que se retiran al campo para pasar sus últimos años en la tranquilidad de la admiración de sus piezas de coleccionista. En este caso, la colección está formada por los horrores y desechos de la era post-colonial, la de los arreglos vergonzantes en manos de unos norteamericanos manifiestamente muy por debajo de un papel hegemónico que en el fondo no han querido ejercer nunca, porque reconocen su ineptitud para la vocación “imperial” que se les atribuye a la ligera, como si cualquiera, por el mero hecho de ocupar la posición de cabecera del poder, pudiera igualmente desempeñar una función imperial improvisada.

Alguien tenía que recoger las migajas del desastre de las entreguerras civiles europeas de 1.914-1.945, esa otra “guerra de los 30 años” que acabó con las patéticas veleidades europeas de encarnar el Super-sujeto de la Historia (los alemanes, como siempre, se tomaron demasiado en serio el guión y lo llevaron hasta su lógico apocalipsis). Los norteamericanos “pasaban por allí” en el momento oportuno. La deriva del mundo actual demuestra que el cetro les pesa mucho, se les cae de la mano cada vez que intentan levantarlo. Por no mencionar que el manto de armiño está completamente apolillado. Quizás todo resulta extremadamente coherente si se piensa que el poder mundial se funda justamente sobre esta alimentación continua de la deriva.

Más paradojas en el mismo registro de la volatilidad sin consecuencias: el gobierno holandés se ve obligado a dimitir en pleno en abril del 2002, al revelarse por un informe oficial, encargado por él mismo, que queda probado el hecho, ya barruntado, de que las tropas holandesas bajo mandato de la ONU decidieron no intervenir cuando se desarrollaba la matanza de musulmanes bosnios en Srebrenica en 1995. Más aún, fueron estas mismas tropas de cascos azules las que entregaron en mano a los serbios unos 7500 hombres que serían masacrados en los días sucesivos. Lo que a su vez corrobora las acusaciones de Milosévic contra los dirigentes europeos, a los que considera sus cómplices silenciosos, al abstenerse de toda intervención real en las matanzas en Bosnia, asunto al que se dio carpetazo y que consecuentemente ya ha desaparecido de nuestra memoria. Apenas siete años han bastado para que todo quede archivado.

Ahora bien, la realidad de los hechos es muy obstinada, pues no hace más que reproducirse continuamente y en todas partes, y siempre en las mismas condiciones de abstinencia, complicidad y silencio. El sobreseimiento permanente de los datos de la “catástrofe humanitaria” provocará que en el futuro inmediato se acumule tal masa de sucesos sin compensación que cualquier declaración de un dirigente occidental se tome por lo que realmente es: un “flatus vocis” cada vez más irritante.

Después de todo, para los efectos es lo mismo ser sujeto paranoico del poder o ser el payaso de las bofetadas de su carencia. La única diferencia es que ahora la obscenidad es todavía mayor, más fresca y descarada. No será todavía lo peor convertirse en el objeto vilipendiado de la amoralidad de los otros, los que sí tienen el poder. Los hechos de Israel (¿y cuántos hechos más?) colocan a los europeos en su verdadero lugar, o no-lugar, es lo mismo. La grotesca desproporción entre lo que Europa representa (o dice representar: la voz de su amo, el pedigrí de sus intelectuales tumefactos, la hinchazón de la conciencia universal) y lo que realmente es, constituye una de esas paradojas de la historia que bien vale vivirla en propia carne. Es nuestro privilegio, el de las generaciones de “los últimos hombres”. No hay que lamentar, sobre todo no hay que lamentar, esta reversión de los papeles. No hay nunca que lamentar las figuras que se encarnan en un destino, pues en ellas resplandece la verdad, por obscena y miserable que, debemos reconocerlo, sea finalmente.

La desusada palabra “plutocracia” designa bastante bien esta simbiosis entre clase dirigente oficial y clase directiva de las corporaciones nacionales y trasnacionales. Si le añadimos la perpetua demagogia mediática y periodística, si además la condimentamos con la sofística académica, encontraremos que la actual “democracia” es la cobertura jurídica que permite la cíclica renovación y relegitimación de esta coyuntura plutocrática. En cada convocatoria electoral, los ciudadanos-clientes son llamados a renovar el pacto de la corrupción interactiva de la totalidad del sistema. Con todos estos ingredientes, tenemos la combinación clásica de una tiranía en toda regla, en nuestro caso europeo, la tiranía supervisible de la corrupción generalizada, la corrupción también de la transparencia, la del poder de la trasparencia como ocultación del poder.

La sociedad y el Estado oficiales ya se han pasado ampliamente a la clandestinidad: desde lo más bajo hasta lo más alto, el funcionamiento social ”sicilianizado” está presidido por esta segunda existencia paralela, clandestina, más allá del precario pacto con la realidad oficial. Visto en perspectiva, el voto mariposa de Florida es la más hermosa metáfora de esta desregulación en cadena del sistema, que afecta a todos los estratos y niveles: gestión de corporaciones, gestión diplomática, gestión de los Estados-desguace, tipo Argentina; gestión de los golpes de Estado por los servicios secretos (caso de Venezuela); gestión de los genocidios en toda regla (caso de Palestina). La patología del sistema, su propio funcionamiento normal, avanza a un ritmo galopante, sin dejar huellas, quemando a una rapidez espasmódica todas las etapas.

¿Hacia qué espiral de vértigo y náusea se dirige tanta agitación de resultados nulos, por ahora? El prototipo de los grandes actos fallidos es la sobreacumulación de capital inactivo, sobreacumulación maldita que pone en jaque a la totalidad del sistema del valor. ¿Qué hacer con ella? Juegos de prestidigitación. El problema es que con cada jugada de dilapidación, la sobreacumulación sigue creciendo hasta volverse fantástica, un inmenso residuo inutilizable. Es imposible liberarse del exceso de capital, incluso destruyendo países enteros. El ciclo no puede acabarse, porque el valor no puede consumirse ni acabarse sin engendrar más valor. Es la espiral maldita del capital en la era de la mundialización, espiral que corrompe a la totalidad del orden social, cultural, moral, jurídico y político. La maldición que pesa sobre el capital es la de reproducirse infinitamente, siempre más. Todo se mimetiza a imagen de esta reproducción: es la espiral imperturbable de la corrupción, de la disuasión por el terror, del genocidio a cámara lenta, de la depauperación a marchas forzadas, de la devastación ecológica, del descerebramiento colectivo.

Como piensa Baudrillard, lo exponencial es un ciclo que no se puede parar, sobre el que no se puede intervenir con elecciones de ningún tipo: es la figura misma de lo fatal. Lo exponencial es el sustituto profano que realiza la eternidad divina, la omnipotencia negativa absoluta. Es la pornocracia, la trasparencia de la corrupción, cuando el capital degenera en el incesto consigo mismo, el incesto de su propia impunidad. La pornocracia es el estadio del capital universal, cuando éste derrama una inmensa mancha seminal de su corrupción sobre toda la sociedad que rige, cuando la sinergia entre poderes residuales y el propio capital produce la consaguineidad de todos los procesos de deformación.

La pornocracia es la democracia como régimen en el que los poderes degeneran produciendo una descendencia irreconocible para los propios padres indistintos del experimento: hijos bastardos de muchos padres anónimos, sin Hamlet purgativo sobre el que recaiga la tarea de la venganza. La actual democracia, con su clase dirigente, ideológicamente inseminada, es una comedia donde los cornudos siempre son los últimos en enterarse: infidelidad del capital con el que copulan en las horas libres y tal vez también en las horas de trabajo. Libido exacerbada y prepotente del capital que esta clase dirigente, pese a sus veleidades amorosas de experta meretriz, es incapaz de satisfacer.

La volatilización galopante del principio representativo avanza hasta niveles difícilmente perceptibles para la conciencia común. El reciente caso francés da mucho que pensar. La situación global de una representación política original resulta ya inencontrable con procedimientos clásicos de verificación ideológica o sociológica. El 5 de mayo del 2002 se produce un acontecimiento extraordinario para sondear esta evolución suicida del principio democrático evanescente. En la lógica del “voto mariposa” de Florida manipulado de las elecciones presidenciales norteamericanas de noviembre del 2000, debería haber llamado la atención la situación francesa como modelo de liquidación por saldo del principio democrático y representativo sobre los hechos mismos.

Que un candidato presidencial francés, incluso alguien como Chirac, obtenga el 80% de los votos debería significar algo realmente espantoso para todos esos buenos legitimistas del régimen representativo en su estado actual, debería sobre todo ser una pésima noticia para todos los que, desde principios abstractos que la historia ha arrastrado hasta su justa difuminación, se empecinan en relegitimar unas democracias ampliamente sobrepasadas por la liquidación de sus principios formales y sustanciales.

El candidato Chirac obtiene un 80% de los votos en las presidenciales. Mitológicamente se dice que la sociedad francesa, “aterrorizada” de sí misma ante la posibilidad de ascenso de la extrema derecha, se ha comportado en la segunda vuelta de un modo racional y sensato. Está por ver en qué consiste exactamente esta pretendida racionalidad “in extremis”, racionalidad catártica del incorpóreo y afásico cuerpo político democrático. Mejor habría que interpretar esta racionalidad como un modo pavoroso de conjurar su contrario, produciéndolo y precipitándolo al mismo tiempo.

Porque votar en tal proporción a un candidato cualquiera, inclusive al inofensivo y nulo Chirac tiene sus implicaciones exactas, bien visibles, poco correctas y elegantes: anula sencillamente la formalidad y el contenido del propio principio representativo, por simple saturación y exceso del espacio electivo, por unilateralidad de la representación, aniquilando de una vez el principio subalterno de la elección “libre” en una solución altamente concentrada pero vacía que muestra a la vez el profundo carácter no representativo, no electivo, no libre de la totalidad del sistema. Es como si el sistema se negase a sí mismo desde sus propios presupuestos (como ya ha ocurrido ampliamente en Estados Unidos, en Italia y pronto en todas partes). Es como si esta democracia, cuya capacidad de digestión es fantástica, se vomitara a sí misma una y otra vez, dejándose progresivamente más vacía de contenidos.

Las elecciones presidenciales francesas del 2002 materializan esta cooptación monopolística en que se ha transformado la “apertura” democrática de la libertad política moderna de los ciudadanos-comparsa. Este final del principio representativo, que ya conocíamos en la modalidad fraudulenta de unos regímenes irrisorios de partidos políticos clonados, se ha concretado inesperadamente en el país por excelencia de la “democracia” moderna surgida de los procesos revolucionarios de la modernidad. Si los partidos y los dirigentes electos que mantienen la dulce ficción del principio representativo resultan completamente intercambiables, en su gestión normativa y en sus insustanciales discursos, entonces entra dentro de la misma lógica suicida y aberrante que la población acabe por votar y hacer elegir sólo a uno de ellos de manera masiva e indiscriminada, con lo que efectivamente la malversación del principio representativo queda consumada, esta vez no sólo en los discursos sino, con toda coherencia, también en los recuentos electorales.

Así, la esfera morganática de la representación y los representados, devuelve a los representadores su verdad más profunda. Y de la colisión o colusión de estas dos versiones del exterminio del principio democrático, resplandece el carácter simulado y nulificado de la representación misma. Al menos, esta simulación sin tapujos tiene la gran virtud de dejarnos con el culo al aire, aunque siempre habrá intelectuales que acudan a tapar las partes vergonzantes del sistema.

Partes vergonzantes que la extrema derecha ha tenido la virtud de señalar con el dedo pero a beneficio del propio sistema porque todo discurso contra la xenofobia y el racismo es de hecho un discurso que opera desde la xenofobia y el racismo, inhibiéndolos al tiempo que prepara el terreno para su despliegue en una estrategia de precesión del modelo sobre sus variantes prácticas denostadas (las de la “extrema derecha”). Sobre esto, no hay ninguna duda acerca de la necesidad de diseñar artificialmente este tipo de conflictos. Basta observar el tratamiento informativo de los medios de comunicación y de los gestores públicos para darse cuenta de la estrategia: se asimila la inmigración a una “avalancha”, a una “invasión”.

Los términos catastróficos y militares no son en absoluto inocentes, aunque tampoco expresan más de lo que expresan. El inmigrante, por definición, no está lejos de ser para nosotros un extraterrestre, un “alien”, extraditado desde las reservas humanas del Tercer Mundo: tal es el grado de auto-asimilación, de auto-aculturación en el sistema, de integración en el modelo de la homogeneidad absoluta (existencial, mental, cultural) en que vivimos. Por eso, su llegada a “este mundo” es vivida y experimentada como el advenimiento de algo tan extraño como inexplicable. No olvidemos que también los conceptos de “física social” en sociología tienen por misión hacer ininteligibles, desde un punto de vista meramente “humano”, los procesos sociales de la modernidad. De ahí que se hable de “flujos de mercancías”, “flujos de capital” y, por supuesto, “flujos de inmigración”. El sistema se encuentra a gusto en el estado líquido: es de hecho su elemento natural (la importancia de las construcciones cristalinas en los edificios desde el funcionalismo se relaciona íntimamente con esta sublimación que el capital realiza en su anhelo de estado acuático total).

No es la opinión pública la que, en primera instancia, eleva al poder político sus malestares, sino que éste y la utilización tendenciosa de los medios de comunicación son los que arrojan a la opinión pública la carnaza de conflictos abiertos con el único fin de legitimar en el inconsciente de la gente la gestión de unos asuntos irresolubles. La precesión del modelo xenófobo, o como queramos llamarle, se opera virtualmente ya en cada uno de los aspectos informativos sobre la inmigración y las situaciones actuales de “conflictos” entre comunidades. Las palabras revelan el inconsciente de aquellos que juegan a negar las implicaciones profundamente racistas de los propios discursos informativos y “democráticos”. El verdadero temor de los cargos democráticamente electos consiste en que esta mina de malestar dosificado se les vaya de las manos y pase directamente a los que no se inhiben y sostienen el discurso xenófobo sin latencias freudianas del inconsciente. Aunque, por otra parte, la existencia de estos grupos, permite legitimar los discursos de la tolerancia como si éstos realmente creyeran y practicaran lo que afirman.

En este contexto de dulce hipocresía calculada, la clase política lleva a cabo sus experimentos locales, en vistas a una explotación del proceso inmigratorio, actitud de base cuyo oportunismo en nada difiere del “verdadero” discurso racista. Incluso resulta mucho más insidioso en la medida en que se filtra de la manera más piadosa un punto de vista fundado sobre la ignorancia, la ambigüedad y el sistemático emborronamiento de la realidad social. En cuanto al conjunto de la sociedad, de ella se puede decir lo que de los católicos: que hay xenófobos practicantes y xenófobos no practicantes, aunque todos comparten los principios borrosos de la misma fe etnocéntrica.

Se pretende que unamos el destino de la inmigración a la vez que pensamos en las “amenazas” que la “extrema derecha” hace pesar sobre unas sociedades supuestamente basadas sobre la tolerancia y la “apertura”. Este “fórceps” mental tiene un sentido y hay que situarlo en el contexto más amplio de las repercusiones de los atentados del 11 de septiembre. Después de estos atentados, en Europa se han acelerados todo los procesos que tienden al control, la exclusión y el chantaje a la integración de todos los que vienen de fuera. La excusa de la “seguridad” es a su vez la coartada que los poderes, todos los poderes, van a utilizar con descaro para cercar a las comunidades extrañas.

Por eso, se acusa a la extrema derecha de xenófoba, cuando en realidad la hostilidad al extranjero está en todas partes y es alimentada de todas las maneras posibles, fijando en el inconsciente de las masas europeas un determinado mensaje: el otro, es decir, el mal, tiene un rostro. Por supuesto, se dice que los xenófobos son una minoría social de perturbados y resentidos, a veces violentos individuos “extrasistémicos” que realizan eventualmente “un voto de protesta” contra una clase política que no atiende sus demandas. Nosotros, los que estamos del lado de la “tolerancia”, la integración pacífica y el respeto a los derechos y a las “diferencias”, no tenemos nada que ver con estos asuntos tan penosos. Y lo peor de la situación es que muchos se acaban creyendo su papel, lo que los hace todavía más grotescos.

Se produce un proceso reactivo en tres niveles, una precesión del modelo xenófobo que actúa de manera variable en el reparto del trabajo sucio: primero, se fija al otro en el imaginario (la fijación como intoxicación: en los informativos de la televisión no es extraña la asociación del otro, el agente patógeno islámico, con la delincuencia, la barbarie, el terrorismo y la intransigencia “fanática”; en las películas de Hollywood este dispositivo de asociación islam=terrorismo está todavía más claro, y suelen retrasmitirse, como que no quiere la cosa, en los momentos de mayor audiencia, después de partidos de fútbol: después de la celebración festiva de la victoria, el asesinato simbólico de la víctima sacrificial); luego, se concreta este vago estado de ánimo contra el otro en los discursos del inconsciente político europeo (la política reactiva como estimulación: entonces aparece en escena la extrema derecha racista, figurante de esta dramaturgia insensata, a sueldo de los benignos principios de las “sociedades abiertas”); finalmente, los virtuosos se toman los réditos de la estrategia (fase de la resolución final): los poderes “democráticos” y “liberales” toman a su vez las medidas oportunas en el absoluto silencio de las oficinas y los documentos oficiales, donde ya no llegan los ecos de la calle, debidamente utilizada en el momento apropiado.

Inútil, por tanto, referirse aquí a la eficacia de una “ideología”, pues no se trata en ningún caso de insuflar en la gente unos determinados “contenidos de conciencia”. Estamos más bien ante una cadena de estímulos, impresiones, imágenes, que quedan transferidas en el inconsciente poroso de las masas aculturadas. Se trata por ello de “provocar” y “manejar” las reacciones correctas del público (el ratón blanco y el psicólogo embatado: aunque todavía está por saber quién condiciona a quién en esta historia): esto no pasa por la ideología, como bien saben los norteamericanos, cuyo funcionamiento social tampoco pasa por la forma ideológica de la conciencia, sino por el puro condicionamiento cognitivo y el chantaje emocional abyecto. De ahí, la creciente asimilación del funcionamiento social europeo al modelo norteamericano, lo que algunos intelectuales nostálgicos de la conciencia estiman como una perturbación de su “trabajo crítico”.

La precesión del modelo xenófobo, en nuestro caso, pasa con toda naturalidad por la infiltración de la ficción mediática y cinematográfica en la realidad, y viceversa. Este es el elemento configurador y no la opinión, la ideología o la actividad de los políticos, antiguallas decimonónicas de las que convendría desprenderse en el análisis como elementos referenciales ya descalificados. El modelo precesivo es transversal a todas estas instancias caducas, que operan a su vez supeditadas a la precesión, en la misma dirección, mal que les pese. La previa incorporación de lo imaginario determina luego la “verdadera” realidad de los hechos.

Para nosotros como colectividad ya casi imaginaria sujeta a la actividad omnicomprehensiva del Estado regulador y protector, el problema de la política ha dejado de serlo. Al perder sus contenidos propios, la política, tal como existe hoy, se ha visto obligada a buscarlos en otra parte. ¿Dónde ha ido la política a buscar sus nuevos contenidos? Naturalmente, en la gestión de las miserias no sólo sociales, a las que hace tiempo trata el Estado con sus medios habituales de corrección de las desigualdades creadas por el mercado, sino también y sobre todo, ecológicas, pues lo ecológico es el nuevo rostro de la catástrofe y el objeto desinteresado de nuestra particular “lucha final”, en la que por supuesto, ya hemos perdido muy por anticipado.

Ahora, el Estado tiene que asumir sin más remedio la miseria ecológica, después de haberse hecho cargo de la miseria social provocada por la autonomía del mercado en la “fase heroica” del capital. En la fase superprotectora, desregulada, globalizada y residual, los efectos del capital ya no se dejan sentir principalmente sobre la población asalariada del mundo desarrollado, que está en su mayor parte a cubierto de los efectos directos del mercado, sino sobre el “entorno” vital de la población, lo que a la larga es todavía peor, pues la inexorable degradación de éste no tiene una solución real tan fácil como el otro problema.

La política ha quedado tan devastada por los desaguisados del mercado que actualmente sólo le queda la solicitud permanente como recurso para demostrar su existencia “a término negativo”: solicitud de los gobiernos hacia los gobernados abatidos por múltiples desastres y desdichas, pero también solicitación de éstos hacia una Administración, cada vez más, convertida en un seguro de vida y un seguro contra toda clase de riesgos. Por supuesto, toda esta solicitud administrativa se produce en simulacro puesto que se produce en vacío: es el arte de los gobiernos actuales por darse una última oportunidad para existir, un objetivo que consiste en simular una extraordinaria preocupación hacia los gobernados. Así se ha podido comprobar en las riadas centroeuropeas del pasado verano o en los terremotos del sur de Italia, entre otros casos. Sólo que cuando la cosa va realmente mal, la administración desaparece, se queda en servicios mínimos, o reaparece intermitentemente para obtener algún crédito y rentabilidad electorales efímeros.

En el caso de la marea negra provocada en las costas de Galicia por los vertidos de “fuel” del petrolero de “incógnito”, el “Prestige”, la indignación se desencadena a la medida de la hipocresía general. Ahora se comprueba con toda evidencia esta situación en la que la máxima extensión de la solicitud administrativa coincide con el máximo desamparo de la población afectada y con la mínima capacidad real del Estado por hacer nada para enfrentarse a esta nueva clase de “tareas de gobierno” que suponen las catástrofes y devastaciones ecológicas, climáticas o epidémicas. Pero esto era ampliamente sabido, y en todos los países occidentales se funciona de la misma manera, como ya demostraron las reacciones enloquecidas al “mal de las vacas locas” en el Reino Unido o las repercusiones del caso de la contaminación de la sangre en Francia durante los años 90.

El gobierno español ha dado un doble movimiento en zigzag: primero hizo todo lo posible por evitar entregarse con exceso de celo a esta labor de diligente solicitud hacia los gobernados y los abandonó a su suerte, quizás para demostrarles por las malas lo necesario que es el Estado como cobertura frente a la catástrofe (estrategia de incuria deliberada que podríamos llamar “resolución del problema a la rusa”, aunque en el fondo no exista ninguna estrategia y ésta es la mejor de todas, como bien saben los actores y figurantes de todas las catástrofes). Luego, cuando la cosa comenzó a ponerse realmente fea, el gobierno se autoactivó como un mecanismo de efecto retardado y se ha presentado heroicamente en la “escena del crimen” con todo su aparato de solicitud inmediata y mediática, incluido el de una propaganda y una contra-propaganda muy abultadas (suscitada tanto por el propio gobierno a su favor como por la oposición y los medios a su servicio), todo lo cual finalmente no hace más que sobrepujarse en una intensa actividad destinada a simular la misma solicitud que al principio estaba ausente.

La catástrofe, silenciosamente, pasa a convertirse en la principal baza del deteriorado “juego político” occidental, y es bien cierto que actualmente todo tiende a experimentarse como catástrofe programada: la caída de la tasa de natalidad o de consumo de bienes, los accidentes automovilísticos o la bajada de las cifras del transporte aéreo, la creciente desafección social o la baja participación electoral, el proceso inmigratorio con el que ya no se sabe qué hacer, las minorías culturales o la creciente delincuencia organizada, la proliferación de asociaciones de fines dudosos o la desestabilización terrorista, en fin, las cíclicas crisis y estancamientos de la economía mundial. Todo empieza a experimentarse como fatalidad, ante la cual lo único que podemos hacer es emprender una optimista huida hacia delante. Los partidos políticos, ya ampliamente confundidos, luchan por apoderarse de los despojos de la catástrofe como trofeo político insustancial en el juego super-regulado y asfixiante de la “democracia”.

Según las circunstancias, algunos gobiernos se harán cargo de la catástrofe, culpándose a sí mismos, protestando de su propia responsabilidad, en buena parte imaginaria. Se convierten así en los responsables expiatorios de todo el desorden social y económico que intentan parchear infructuosamente, para darle a la población la ilusión bastante conmovedora de un super-sujeto de la colectividad que toma sobre sí la “culpa” simbólica que corresponde al todo y a todos. En otras ocasiones, los gobiernos no tendrán tantas ganas de ser los cabezas de turcos de la situación general y preferirán por tanto desentenderse de cualquier imputación de responsabilidad, redoblando con ello la baza de la catástrofe como asunto “político”.

Al principio de la “crisis” de Galicia, el Estado-fantasma, puesto al desnudo ante la evidencia negada, disimula su ausencia; después, supuesto actor hábil e omnipresente de todo el tinglado catastrófico, simula un exceso de presencia, aunque en los dos casos, el Estado no tiene ninguna estrategia propia: se deja llevar por los hechos, a los que luego se añade la panoplia habitual: publicidad y propaganda, discursos confusos y contradictorios, infinidad de datos y detalles ya innecesarios, ayudas para los damnificados y programas de televisión extraordinarios para solidarizarse piadosamente con “Galicia”, como sujeto virtual de la catástrofe con el que somos convocados a identificarnos (y no está mal que así sea, pues cualquiera puede ser siempre el próximo en el desarrollo inexorable de la catástrofe: ya lo fueron los animalitos inútilmente protegidos y los agricultores damnificados de Doña Ana por los vertidos contaminantes de las minas de Aznalcóllar).

Se dirá que todo esto no es serio, pero es que la política actual en ninguna parte es seria, porque todos los actores están muy por debajo de los efectos catastróficos ante los que nada pueden por más que se esfuercen en demostrar lo contrario. Es cierto que todo el mundo acude desesperadamente a las categorías del sujeto-Estado como verdadero sujeto de imputación, además: responsabilidad, causalidad, legalidad, representación, servicio público, etc, pero esto tampoco funciona, porque la nueva solicitud, impotente y desgraciada, ya sólo se mueve en el escenario de los discursos y de la televisión, que es donde los gobiernos verdaderamente se sienten cómodos, según el nuevo pacto de credulidad e incredulidad colectivas.

En el fondo, la marea negra y el consiguiente deterioro ecológico es una prueba más del vértigo de la circulación mundial, así como también expresa patéticamente los aspectos siempre ocultados de esta desregulación generalizada en que se mueve actualmente todo el sistema. Esta vez ha sido un petrolero al servicio de una empresa rusa privatizada que exporta crudo de baja calidad a terceros: como es habitual, los rusos están detrás de estas situaciones en que se deja ver la naturaleza de desgüace que alcanza cada vez más a la totalidad del sistema, y no sólo en Rusia.

En cuanto a los medios, independientemente de la utilización interesada, de los efectos de propaganda y contra-propaganda que absorben todas las energías y saturan el espacio público de la información, hay que decir francamente que saben transformar un desastre ecológico en una épica colectiva de nuevo cuño, o más bien en un simulacro de épica colectiva y “heroísmo anónimo”. Durante días y semanas la televisión se ocupa a conciencia en seguir al minuto la catástrofe, haciéndole una “fotografía instantánea” repetitiva.

En efecto, la catástrofe ya ha ocurrido y sigue ocurriendo pero hay que transmitir “el pálpito” inquietante de la misma. Todo lo que queda por hacer ahora es realizar el filme de la catástrofe, una demorada descripción rica en detalles y pormenores del estado de la catástrofe. Nosotros no tenemos derecho al desastre real sino a su modelo mediático, a la copia fraudulenta y de segunda mano. La catástrofe ya ha tenido lugar, pero para nosotros, en el fondo, no ha tenido lugar: sólo nos está permitido asistir a su reproducción mediática inflamada, es decir, tenemos derecho a un “efecto de realismo” que se añade a una realidad perdida de antemano por la propia dilapidación de la información y el comentario.

La marea negra es complementada y amplificada por esta otra marea informativa: la una anula a la otra y la suplanta. Si el foco informativo se dirige a Galicia no es por la importancia y la magnitud del desastre, ni porque verdaderamente a nadie le preocupen los deterioros ecológicos del litoral gallego, es porque el desastre se ha convertido, a pesar de todos y contra las expectativas de todos, en una auténtica baza política supletoria. Por eso mismo, terrorismo y catástrofe (y habría que añadir, accidente) son perfectamente intercambiables en esta lógica de los medios que ayudan así al Estado en su magna tarea de solicitud y diligencia: la transformación en bazas y señuelos “políticos” de asuntos que no lo son en absoluto, pero ocupan el lugar dejado vacante por la desaparición de las verdaderas bazas políticas.

Y simultáneamente a toda esta desertización de la política, se nos invita a pensar en nuestra identidad europea. La extremada flacidez de la Europa actual ha quedado en evidencia, una vez más, en las reacciones “polémicas” ante la candidatura de ingreso de Turquía en el “club” selecto de los dueños del embrollo institucional que es la Unión Europea. En efecto, todos somos conscientes de que resulta muy difícil convertir esta risible parodia operativa que es la Europa actual en un organismo supranacional dotado de alguna identidad sólida que se baste a sí misma. La publicidad, las marcas, la mercadotecnia, todo eso está muy bien, pero no sirve para crear una identidad “cultural” que oponer a otras. Ni siquiera sabemos cuál debería ser la “lengua franca” europea, ¿cómo íbamos a saber cuál debiera ser nuestra identidad común dentro de un tinglado comercial semejante? El esperanto, como lengua de intercambio, sería una buena elección, ya que traduce exactamente el carácter artificioso y desarraigado de todo el proyecto “europeísta”, así como certifica la propia nulidad del intercambio.

Todo el mundo, sacudido de repente por esta carencia de identidad, se pone a buscarse una, ante la amenaza de ingreso de un país islámico que, por su parte, ya tiene una identidad y no necesita otra de sustitución, como nos ocurre infelizmente a nosotros. Por eso no debe asombrar que toda la estrategia europea y occidental se dirija a erradicar cualquier forma de identidad, de alteridad, de especificidad: así por lo menos todo queda nivelado y puesto a nuestra misma altura. Así por lo menos no se nota mucho la carencia virtual de toda definición. A los americanos les basta con mover a sus peones de vez en cuando para suscitar entre sus socios europeos inefables delirios de grandeza y expansión que traumatizan seriamente las veleidades de unidad, identidad y proyecto común. Sin quererlo, la estrategia de los norteamericanos contra la “casa común europea”, pone de manifiesto muchas más lagunas de las que tiene por objetivo promover su programa de desestabilización.

Desde ahora habrá que ponerse a buscar en los vertederos de la historia y de la cultura europeas para descubrir quizás algún material para el reciclaje que nos espera: nos toparemos, al otro lado de la Ilustración, con nuestra profunda e inconmovible “identidad cristiana”, y podremos servirnos de esta herencia como de una identidad “lista para llevar”. Todo vale cuando todo falta. La derecha y la izquierda viven de esta fastidiosa equivalencia, se alimentan de esta miseria que ellas mismas encarnan. Lo más conmovedor de todo es que tenemos un problema no tanto con la identidad misma, perdida de vista ya para siempre, como con la producción de los signos de la identidad, cuya demanda crece sin cesar a medida que se aleja de nosotros: es decir, al no disponer de una, sólo podemos producir sus signos, y como ocurre con la perversidad intrínseca a todos los signos, es inútil intentar discriminarlos en categorías de valor y jerarquías históricas, ya que la función primordial de los signos es suprimir de golpe el carácter problemático de la realidad, anular cualquier diferenciación semejante entre lo real y lo que lo sustituye subrepticiamente como signo, más allá de toda referencia realista a su origen y su sustrato.

Con la identidad, que todo el mundo reivindica a despecho de la desecación total de sus fuentes, convertidas más bien en fosas sépticas, pasa como con la historia: a falta de una y otra, la farsa debe continuar su curso, a fuerza de inflar réplicas y referentes deprimidos. Cristianismo, laicismo: ¡menuda lucha! Al paso que nos marcan, pronto estaremos discutiendo sobre las guerras de religión del siglo XVI: este “retroceso” a tan achacosas herencias es una victoria simbólica más para apuntar en el haber estratégico del Islam como fuente de desestabilización del inconsciente occidental. Pero la bufonada de la identidad es todavía menos creíble que la otra, la histórica. Cuando la falsa nostalgia se convierte en impostura es el momento del ensayo general, y entonces aparecen en el escenario todos los mediocres figurantes, todos los que tienen por misión sobreactuar y declamar. Sobre la escena de la identidad, “conservadores” y “progresistas” emiten los mismos gruñidos de una jerga ininteligible para un “diálogo” que ni ellos mismos entienden.

He ahí el problema que se nos arroja encima y que quisiéramos sacudirnos: hay que tener una identidad y nosotros no tenemos nada parecido a lo que echar mano, y lo peor de todo, ya es demasiado tarde para inventarse alguna. Con toda certeza, el material de reciclaje escasea, hay que reconocer francamente que los conceptos para el embalaje de que disponemos ya no son operativos: han caído en desuso al tiempo que los perdíamos. No podemos apelar a ninguna instancia para que nos justifique ni ante nosotros mismos ni ante los otros. La intimación ritual, y en el fondo disuasiva, a las “libertades” de que gozamos, no se apoya realmente en nada verosímil, pues precisamente la libertad política es lo que ha sido devorado y digerido hace tiempo por la lógica universal del mercado, a la que corresponde la liberación de costumbres y un código de control basado sobre la equivalencia general de todos los signos. De ahí es muy difícil extraer los contenidos de una identidad, pues esta lógica las asume todas para volverlas indiferentes, trasparentes unas a otras (opera lo que podríamos llamar una verdadera “reducción antropológica”)

Ciertamente, no somos cristianos, dejamos de serlo hace mucho tiempo, y del cristianismo sólo nos queda la estructura osificada del universalismo secular y laico; tampoco somos ya nacionalistas, pues no hay “nación” que construir cuyo destino sea convertirse en “sujeto de una historia” por hacer desde el “genio” de una colectividad diferenciada (no tenemos tal cosa entre nosotros); desde luego tampoco depositamos ya ninguna confianza en utopías de ningún género, salvo la del liberalismo total, con su corte burlona de liberaciones en el vacío; pero al mismo tiempo no creemos en el Estado y lo soportamos mal, ya que cada vez existe menos a medida que se extiende esta sociedad protuberante tan parecida a unas glándulas mamarias hinchadas.

Incluso somos precavidamente imperialistas, compañeros y cómplices a regañadientes de las aventuras norteamericanas, (pero sobre todo de sus inhibiciones estratégicas), siempre con mala conciencia y una siniestra hipocresía colectiva, de vez en cuando empañada por actos de violencia xenófoba y dudosas campañas bélicas, en medio de un océano de exclusión social que no hace más que crecer. En resumen, sólo nos quedan pedazos de estructuras córneas, queratinizadas, nada dúctiles y complacientes, como exige la época. El pasado está muy lejos, el futuro no tendrá tiempo de alcanzarnos. Así pues, nos instalaremos con bondadosa sensatez en los “días de un pasado futuro”, que ya están aquí. Por eso, el acceso de Turquía al club plantea serias dificultades de definición para las elites europeas.

En fin, no puede suceder que una país, además islámico, lo que por supuesto para nosotros es sinónimo de “medieval”, aun envuelto en el apropiado proceso de “desislamización” desde hace décadas, forme parte del club y tenga una identidad fuerte e incontestable, mientras nosotros, los “verdaderos” europeos, los de “pura cepa”, no podemos presentar las credenciales oficiales de ninguna identidad reconocible como tal. Nos encontraríamos así en una seria situación de inferioridad. Nosotros, los “nudistas” de la historia, nos podemos vanagloriar legítimamente de muchas cosas, pero desde luego no de disponer de una salvaguardia identificativa contra las eventualidades de la mundialización que hemos puesto en marcha contra nosotros mismos, después de dirigirla por control remoto contra los otros.

Ahí se da una diferencia cualitativa que evidentemente nos sonroja y avergüenza, y que hay que remediar rápidamente, o corremos el riesgo de vernos obligados a reconocer este déficit de identidad como una mancha que nos perjudicaría en nuestras relaciones de prevalencia y hegemonía moral sobre las demás sociedades, que podrían adivinar, tras los signos de la riqueza que exhibimos y el desahogo material que nos caracteriza, la penuria simbólica de nuestra identidad malograda. Sólo tenemos un “modo de vida” y sólo uno, del que nos costaría grandes esfuerzos sentirnos orgullosos, pero no podemos ser tan groseros como para definirnos solamente por él: escarneceríamos nuestro sentido histórico de ser la personificación de “valores superiores”.

Nuestro propio “modo de vida” real niega semejante estimación llena de fatuidad. Entonces pareceríamos americanos, y esto nos disgusta, porque sabemos firmemente que ahí no hay ninguna dignidad que permita suponer una superioridad moral a la que inconfesablemente aspiramos desde siempre, como descendientes virtuosos que somos del cristianismo y la Ilustración, nada menos (somos nosotros los que obligamos a los imanes importados a tomar lecciones de constitución, derechos humanos y demás, ¿qué sucedería si las relaciones funcionasen a la inversa?).

En este contexto general de desculturación avanzada, es lógico que hasta la menor señal de discriminación, hasta el menor signo distintivo de una cultura ajena, nos inquiete, nos desestabilice y acabe por crearnos graves dificultades, porque nos obliga a definirnos, y nosotros, los europeos de hoy, no tenemos nada que nos defina realmente, nada que nos especifique como singularidad real a la que remitirnos. Los valores universales no pueden servirnos, porque… justamente sirven para definir a cualquiera, y nosotros no podemos aceptar ser “cualquiera”. Además, estos valores se los hemos impuesto a los otros como señas de identidad que debían asumir obligatoriamente para poder ser tasados como “humanos” dignos de pertenecer al “mundo moderno”, de cuya contemporaneidad somos los árbitros, y ahora los otros nos piden que los midamos por el mismo rasero, como alumnos aventajados en esta escuela de universalismo a la fuerza.

Pero nuestro desconsuelo se hace cada vez más impotente. Lo sabemos pero luchamos resueltamente contra este discernimiento tan desgarrador: ni siquiera existe ya la posibilidad de una identificación europea, todo lo que aún podía identificarnos ha desaparecido sin dejar huellas. Y es dudoso que tengamos algunas ganas de que se nos atribuya una identidad, pues, al extraviarlas todas, lo que nos queda son réplicas y simulacros, prótesis y postizos, falsificaciones en las que nadie cree ya seriamente: hace tiempo que dejamos de creer también en los comprobantes de identidad originales. Los otros no han descubierto, como sí lo hemos hecho los europeos al borde de una historia petrificada, que lo mejor es no ser nada ni ser nadie, no tener cara ni máscara. Pues como dicen los que saben de la manipulación de las apariencias: “Lo más importante es ser tú mismo, y ahí entra todo”.

El último resorte del pensamiento político desfalleciente no se diferencia mucho del arsenal de argucias que explican confusamente lo que ocurre en otros ámbitos: ante la incertidumbre generalizada, ante la falta de causalidad por multiplicación de los efectos, ante la paradójica opacidad de la transparencia, las hipótesis más inverosímiles sobre los atentados del 11 de septiembre del 2001 empiezan a circular. La teoría de la conspiración, primero omitida y ocultada, casi censurada, vuelve a tomar relieve, e incluso se están empezando a conocer datos que complican aún más todas las anteriores hipótesis.

¿Qué ocurre exactamente? En primer lugar, el principio de realidad de los hechos “objetivos”, seriamente quebrantado tras décadas de simulación mediática y espectacular, ha abierto una brecha en su propia estructura de “credibilidad”: quizás por eso, ante la perspectiva apabullante de pérdida de realidad del poder, ante la perspectiva aún más siniestra de irresponsabilidad colectiva, ante la todavía más patética perspectiva de ausencia de causalidades, el pensamiento se aferra una y otra vez a las peores hipótesis conspirativas, que son precisamente las que preservan al poder de su condición de “causa sui”, es decir, de su condición formal de agente “histórico” de los acontecimientos, aunque sea bajo el signo más abyecto de todas los imaginables: el de su capacidad de maniobrar en la sombra, fuera de la ley y más allá del “bien y del mal”.

La escala de los hechos (asesinato de un individuo, homicidio de masas, genocidio, desestabilizaciones de países enteros por la manipulación del dinero) ya no interfiere en este mecanismo de un pensamiento delirante y de una práctica paranoica. Si se tiene en cuenta todo lo que hasta este momento conocemos sobre la desgarradora desfundamentación de todos los procesos “históricos” de los últimos veinte o treinta años, todo lo que ya sabemos sobre la completa falta de “responsables” y “causantes” de muchos acontecimientos recientes, con todo esto sobre el tablero de un juego, que literalmente es un juego, debiera hacernos un poco más precavidos a la hora de juzgar lo que sea.

Parece evidente que el grado de descomposición y desbocamiento del sistema mundial ha llegado a tal punto, que antes que admitir la ausencia de sujeto y estrategia en todos los procesos, es preferible buscar alguna explicación en la que los lugares del sujeto y de la estrategia del poder queden al menos conservados en su autonomía formal. De ahí todas estas hipótesis conspirativas en las que los norteamericanos aparecen como “enemigos dobles” de sí mismos, orquestando desde el fondo abismal del propio poder, su auto-provocación, cuyos fines son aún más misteriosos que las propias instancias del “poder oculto”.

Estas hipótesis, independientemente de su verosimilitud, o incluso de su verdad, tienen al menos una virtud: crean al adversario bajo la figura del gemelo antagonista, es decir, los norteamericanos, sin verdaderos enemigos y adversarios sobre los que jugar la baza del antagonismo, la disuasión y la competición de poder, se agreden a sí mismos con el objetivo de desestabilizar a todos los demás según unas reglas de juego que les serían propias, sobre las que seguirían ejerciendo el control absoluto.

Es evidente la función de esta hipótesis de la auto-agresión: con ella se pasa de golpe a mantener la autoridad, el origen y la finalidad del proceso, categorías rectoras sin las cuales el poder no puede preservar un mínimo de su “capacidad” de seguir siendo el poder. Así es como la hipótesis conspirativa recompone todos los datos con el fin de remitir al poder todas las posibilidades de iniciativa, todas las opciones de movimientos sobre el terreno, todas las alternativas en el campo de juego, sin que nada pueda reversibilizar su funcionamiento, ni siquiera una realidad que es de hecho su verdadero espacio operativo cuando ha perdido su oportunidad en lo simbólico.

Por tanto, la nueva intoxicación va a ser interminable, y a escala mundial, reproduce el juego prefigurado en la Italia de los años 70-80, con el terrorismo y la mafia, lo que da la razón a Baudrillard y a Virilio cuando piensan que Italia ha sido y está siendo el territorio experimental de las “apuestas” del futuro en torno a la “reestructuración” de todos los poderes occidentales, que intentan “inventar” un nuevo juego cuyas reglas no se les escapen. En este sentido, el terrorismo, ahora a escala mundial, le ofrece al poder occidental una última oportunidad para llevar a cabo una reestructuración general en la que, desde luego ficticiamente, el propio poder sigue detentando los mandos del proceso, lo que todos sabemos que ya no es en absoluto cierto, en una escala al menos conocida.

Este nivel de simulación desenfrenada alcanza su paroxismo en Estados Unidos, donde las “revelaciones” de la prensa sobre lo que el gobierno sabía antes de los atentados del 11 de septiembre provocan el tardío malestar de la gente, que se cree ahora “engañada” por sus representantes y dirigentes. A su vez, envuelto en esta tela de araña informativa, el gobierno responde lanzando desaforadas alarmas sobre la inminente proximidad de atentados hipotéticos. A la estrategia de “desgaste” de la prensa y la televisión, a la estrategia de puesta en evidencia de la oposición, el gobierno, con nocturnidad y alevosía, responde con otra estrategia banal, la de la neutralización por el pánico artificial inducido.

La situación, cuyo modelo de precesión está ya en todas partes, podría enunciarse así: “Si creéis lo que dicen los medios sobre las faltas cometidas en la seguridad por nuestra Administración, también debéis creernos cuando os advertimos de buena fe sobre la posibilidad de próximos y devastadores atentados”. Esta es la versión implícita edulcorada del choque contraproducente de estrategias abyectas intercambiadas en la ausencia completa de cualquier referencia “real” a un principio representativo cualquiera del poder y de la opinión. La otra formulación, más brutal, y por eso mismo más verdadera, podría enunciarse así: “Pensad lo que queráis, en cualquier caso tendrán lugar más atentados y nadie podrá hacerse cargo de vuestra seguridad. Por tanto, no os irritéis sintiendo pánico: no añadáis “pathos” sentimental a vuestra muerte”.

Los medios juegan al chantaje dirigido al gobierno, el gobierno juega al chantaje dirigido a la población; la población, espectadora de esta dramaturgia irrisoria, recibe inerme los efectos multiplicados y pánicos de ambos chantajes simultáneos. En este contexto, el gobierno funciona como una alarma programada de seguridad, doblemente impotente: impotente porque no puede prevenir el curso de los sucesos más que multiplicando los automatismos de la prevención; impotente en segundo nivel porque, cuando conoce los hechos, es demasiado tarde, ya nada puede cambiar en el curso de los hechos.

Cuanto más se blinda un gobierno o un poder cualquiera, cuantas más promesas utópicas de seguridad afirma cumplir, cuantos más dispositivos de vigilancia y control intenta poner en marcha, más se vuelve impotente al menor indicio de actividad terrorista real. Incluso dadas sus promesas y sus despliegues, el poder debe seguir alimentando el pánico de la gente, no por ningún maquiavelismo malévolo y astuto, sino simplemente porque el poder está comprometido en una interminable ficción consigo mismo, en un insalvable simulacro creado por él mismo, que lo alimenta y del que no puede prescindir sin dejarse literalmente la cara en este juego brutal de chantajes recíprocos entre todas las instancias de una representación fallida de lo real.

La consideración moral de esta situación no tiene el menor sentido: se trata del funcionamiento objetivo de un sistema de poder vacío basado únicamente sobre la mera credibilidad estadística de unos datos simulados grotescamente por modelos y estrategias cruzadas en el fondo inútiles y redundantes. De este se llega silenciosamente a la situación universal analizada ya por Baudrillard en “Las estrategias fatales” en la figura transpolítica del rehén: todos son, efectivamente, rehenes de todos. Los medios informativos son rehenes de su función coactiva de transparencia; la oposición política es rehén de su exigencia de oportunismo y control del gobierno; el propio gobierno es rehén de sus ocultaciones interesadas, de su opacidad, de sus manipulaciones, todo eso vuelto de una vez contra él mismo; la población, finalmente, es rehén de todas estas instancias, pero sobre todo es rehén de sí misma, de su propio pánico artificial, de su propia indiferencia, de su propia auto-inducción al pánico, de su propia auto-sugestión indiferente.

Pero si hubiera que buscar un catalizador de la desestabilización programada de la situación, éste sería sin duda el comportamiento inmanente de los medios de comunicación, cuyo auténtico poder es el poder virtual del chantaje encubierto, lo que tampoco tiene nada que ver con una intencionalidad específica de desestabilización, sino más bien es el propio ejercicio democrático de su función objetiva en tanto “árbitros” de una escena política a la que hace tiempo que han suplantado en Occidente, con el beneplácito del propio poder que así puede mantener un “diálogo” que ya no puede plantearse con su “pueblo” representado. De ahí que en medios intelectuales toda la crítica se dirija al “problema” de los desequilibrios internos del principio representativo: cuestión, sin embargo, ciega y anacrónica, muy retrasada respecto de la “verdadera” evolución del conjunto del sistema.

Actualmente, hay un doble sistema de representación que ya no es tal: por un lado, un dispositivo legitimista, convencional, el del régimen parlamentario de partidos, que en Occidente en nada se diferencia ya de un régimen de partido único, el cual, por su parte, tan sólo se representa a sí mismo en tanto que ausencia definitiva de polaridad; por otro lado, tenemos un dispositivo, más avanzado y ahora dominante, de carácter publicitario y mediático, que ha sustituido virtualmente al primero y que cada vez monopoliza más las funciones políticas tradicionales. Este aparato mediático, publicitario, especulativo, estadístico, es del orden de los procesos de simulación, como lo estima Baudrillard: no representa absolutamente nada. Por eso, el modelo operativo del chantaje, cuando la representación ha desaparecido del horizonte político, ocupa su lugar, convirtiendo al régimen representativo superviviente en un apéndice verdaderamente inútil y extemporáneo.

El “electrochoque” de irrisión traumática, de catarsis sin consecuencias reales, del que ha sido víctima todo Occidente después de los atentados del 11 de septiembre, podría describirse así: los terroristas nos han echado encima, repentinamente, lo peor que podrían habernos ofrecido como demanda, a saber, solicitan de nosotros una respuesta al sentido del poder y del orden que nos rigen, y lo hacen al precipitarnos al abismo de nuestra impotencia y sinsentido colectivo. Enfrentados a esto, nuestros poderes se han quedado literalmente atrapados en la añagaza hiperbólica del desafío.

Ciertamente que los poderes “responden”, pero dentro de una lógica que les es propia, lógica de vértigo y redoblamiento de la que quizás creían que ya no volverían a depender para seguir existiendo: el sistema imaginaba que los mercados podrían regularse e imponerse mundialmente por sí mismos sin la ayuda de “otras medidas” y “estrategias”. Conociendo como conocemos la evolución lógica del sistema en el último medio siglo, ésta era una postura cuando menos ingenua y apresurada. Todo parece indicar que asistiremos a una última “vuelta de tuerca” en el despliegue policial de la mundialización y la uniformización antropológica “democrática” cuyo horizonte se cierne sobre los últimos reductos de singularidad, oposición y antagonismo, sobre los últimos residuos de “sociedades tradicionales” (entre los que habría que clasificar todas las cuestiones de la inmigración que pesan sobre una Europa cogida en una horquilla de la que no sabe cómo deshacerse: la mundialización, en un extremo, y en el otro, el carácter inintegrable de sus cada vez más numerosas parcelas malditas de población no-aculturada en lo occidental).

Nosotros, por nuestra parte, los integrados, estamos extasiados, y anestesiados, entre el realismo incrédulo de las opciones y las estrategias, de una parte, y la simulación inconsciente de las mismas, que es lo verdaderamente actuante por detrás de un realismo inverosímil y, sobre todo, extenuado. El 11 de septiembre prueba que Occidente es ese lugar vacío o no-lugar del poder mundial, y los Estados Unidos, como encarnación o personificación de ese no-lugar, están haciendo todo lo posible para salir del paso, pero justo de manera que es lo contrario lo que consiguen: poner de manifiesto su propia ausencia como potencia. Sería bastante lógico que pasaran de las gestas tecnológicas a las microacciones antiterroristas, al estilo israelí.

Si hay un talento especial para conservar el poder, debe de existir otro no menos agraciado para parecer que se conserva cuando todas sus claves se han extraviado. Ahora bien, cualquier patología revela este mismo estado de fragilidad, independientemente de su dimensión y su incidencia. En un estado de uniformidad de conductas individuales y colectivas, cualquier diferencia produce pánico, tanto más cuanto nos alejamos de cualquier identidad que no esté de antemano modelada por el diseño “listo para llevar”. A escala del mundo, este pánico también actúa entre poblaciones y gobiernos. De hecho, este pánico eventual que provoca el terrorismo es la única pasión que queda en la esfera de lo público.

Por eso no es nada sorprendente la falta de imaginación occidental, no es sorprendente que la cómica campaña desatada de guerra-ficción contra el enemigo de mentira (Iraq), desde las oficinas y las filtraciones de planes cada vez más grotescos, coincida con los ataques reales del francotirador de Washington, quien, al parecer, es el único que realmente “ha pasado a la acción”, sólo que lo ha hecho contra sus propios conciudadanos, a los que caza como piezas en una competición vertiginosa. Aquí también todo se conjura para imaginar oscuras tramas del poder y complicidades ominosas, después de conocerse la identidad del principal sospechoso detenido, un jamaicano negro, antiguo veterano de la Guerra del Golfo convertido al Islam, ritualmente estigmatizado como “fracasado”, basura humana del “american way of life”, narcisista autodivinizado y tantas cosas más con las que nadie podría identificarse. Su identidad contribuirá sin duda a reforzar en algún etéreo imaginario de las masas la figura satánica del enemigo que justamente debe aniquilarse: la intriga de Hollywood tiene su encanto y no tiene por qué ser despreciada como mera estupidez.

Mientras, los clones de la clase gobernante estadounidense manejan todos sus guiones “pret-a-porter” y sus escenarios virtuales para una guerra que, nuevamente, sólo se producirá como objeto no identificado, en el más completo artificio de una estrategia propia de las “video-consolas” (a falta de una guerra “real”, los diseñadores de juegos virtuales se han anticipado con un escenario bélico cuya finalidad consiste en que el jugador consiga matar a Saddam: es casi lo único que quedará de todas estas informaciones que intoxican a los medios), el “asesino del rifle”, en la misma lógica del juego de vértigo, pone alegremente patas arriba todo el dispositivo de seguridad antiterrorista, mostrando que todas las formas de anomalía asesina son válidas para despojar al poder de sus atributos y convertirlo en una irrisión de sí mismo.

Incluso en este caso, las categorías de “delincuente” y “terrorista” quedan en suspenso, como en el caso de la guerra-ficción contra Iraq, nuestras nociones sobre la guerra quedan en el aire de lo indeterminado. Todo ha sido absorbido por la lógica del juego, es decir, en el fondo, por la lógica del simulacro, tenga éste efectos reales o no. Seguro que ni los propios generales del Pentágono se creen seriamente los guiones que manejan para uso de intoxicados, los primeros de los cuales son ellos mismos. Experimentos virtuosos y virtuales de gobierno por la anticipación de guiones inverosímiles.

Lo más llamativo es otra vez este hecho tantas veces repetido en los actos de este tipo: el vacío del sistema se refleja íntegramente en sus anomalías asesinas, patológicas y terroristas, que dicen justamente su verdad secreta. El francotirador no persigue ningún fin, no reclama nada, opera en el vacío, en el vértigo y el paroxismo de la indiferenciación, elige a cualquier víctima, es invisible, dispara a distancia y desaparece sin dejar rastro por las autopistas. Su única debilidad sería exactamente manifestar cualquier veleidad de sentido y finalidad, lo que la policía ha conseguido introducir tan artera como acertadamente en la personalidad del protagonista de la intriga, siempre al gusto de los integrados.

De todos modos, el asesino se coloca en la pura interfaz que conecta sus acciones con la masa a la que designa como pieza a cobrar en lo indiferenciado de cada uno de los individuos. Y si el poder está detrás de esta trama, entonces el poder es igualmente terrorista y mimetiza el terrorismo de su clon menor. La mimesis parece perfecta: el espacio de la circulación, de una socialidad superfluida de contacto “cash and carry”, es su territorio de caza, como las embajadas, los aeropuertos, las bases militares o los emplazamientos turísticos o de entretenimiento son los territorios operativos del terrorismo.

El francotirador invisible materializa la propia conducta del poder en su estado actual de ocultación y desaparición a escala mundial: un poder, conectado a la interfaz, que intoxica, es invisible, anónimo, irresponsable, actúa a distancia y de cuya errática acción casi no queda nada más que un perpetuo mensaje disuasorio genérico, en el que lo totalitario y lo democrático hace tiempo que intercambian sus papeles. Estamos ante un poder que simula una existencia que ya no posee y por ello cualquier incidente, e incluso los accidentes, se convierten en “asunto de Estado”, posición que induce al Estado a caer en la trampa de su propia nulidad. Un poder que puede provocar a distancia, con sólo operar en las terminales del dinero, crisis perfectamente criminales como la argentina, pero del que nadie sabe nada y al que nadie puede imputar nada.

La fuerza casi incomprensible de los “sistemas liberales” se basa exactamente en esta irresponsabilidad y en este anonimato de los procesos catastróficos, a diferencia de los sistemas totalitarios y utópicos, que han desaparecido ante la imposibilidad de enfrentarse a semejante vaciamiento de la sustancia del poder, lo que se une a la desaparición de la causalidad histórica de los agentes “revolucionarios” como “super-sujetos”: guión éste que ya no es el nuestro, pero al que seguimos apegados con la melancolía un poco sórdida de las parejas que ya no pueden vivir juntas aunque tampoco separadas.

El francotirador es el gemelo anómalo de los poderes instaurados que ya sólo viven en la sombra que proyectan de sí mismos. Porque el francotirador tampoco representa otra cosa que el asesinato abstracto, realizado en su forma pura, representando la anomalía en su forma desnuda. Es la violencia que ya sólo juega consigo misma, aquella violencia que ha sobrepasado toda imputación causal. El francotirador, el terrorista en general, en su frialdad sanguinaria, continúa y perfecciona la conducta tecnológica sofisticada del poder que hizo de la guerra del Golfo, por primera vez, un espectáculo y una “performance” armamentística. Desafía con la indiferencia de su acción la propia indiferencia de un sistema tan arbitrario y caprichoso como él mismo, reduplicando lo que el sistema tiene de maquinaria superflua que ha sobrepasado a su vez todo límite.

Por ello, el asesino en serie no necesita intercambiar nada con el sistema, sino que él y el propio sistema son los términos que se intercambian sus respectivas posiciones, como en un juego de simulación de roles. No sería extraño que un juego parecido estuviera en el origen de esta caza al hombre: algunas películas, en su nulidad estética pero en su profunda verdad como precesión del modelo reactivo y terrorista, presentan situaciones semejantes y la propia “lucha” contra el terrorismo ha sido imaginada y realizada de esta manera por los norteamericanos en cuyo imaginario toda defensa es pensada como agresión y viceversa: una interactividad donde el otro no existe ni como enemigo ni como adversario, sino como mera pieza de caza en una competición atlética.

La regla de juego implícita es la de una potencia que puede pasar al acto, pero sin otra finalidad que la pura performatividad del acto mismo. El “asesino del rifle” es ante todo un deportista que lleva hasta sus últimas consecuencias la lógica de la performatividad deportiva que preside también el funcionamiento de todos los sistemas actuales: mata porque puede matar, y, en tanto puede hacerlo, lo hace sin más, inversamente a lo que le ocurre al aparato tecnológico y militar estadounidense, que no actúa porque toda su potencia es virtual y el menor contacto con lo real podría provocar la catástrofe.

Por eso, el asesino ha podido dejar en un escenario del crimen el naipe con la nota “Yo soy Dios”. En cierto modo, es como decir “Yo soy el poder”, y dentro de las nuevas reglas del juego de simulación, es así realmente, pues él es quien determina cómo se juega y a qué se juega, aunque a decir verdad ya no se juega a nada: sólo se ejecuta el programa del asesinato en serie y el programa proporcional o desproporcionado de la seguridad, sin que las partes se respondan entre sí.

El poder, como le ocurre con el terrorismo, pierde la iniciativa y tiene que moverse en la misma ausencia de objetivos a la que lo induce el acto anómalo. Ausencia de objetivos que cae a su vez en la trampa de la identidad inevitable de los medios (en Afganistán hubo más muertos por carnicerías y masacres de los norteamericanos o sus “aliados” mercenarios que caídos en combate por el lado de los supuestos “terroristas” y talibanes: finalmente, los bien entrenados marines y otros miembros de los cuerpos especiales pudieron demostrar lo que valen frente a un enemigo realmente a su medida).

La exportación del modelo terrorista a través de acciones cuyos supuestos no parecen “terroristas”, demuestra además que el terrorismo no es de ninguna manera un fenómeno político, como se cree, sino que apunta a un estado de resolución del poder donde lo político como relación de intercambio ya no existe. Incluso dadas las condiciones generales de degradación de lo político, podría pensarse que el terrorismo es tan sólo una mera disfunción patológica del comportamiento euforizante de nuestras sociedades.

De todos modos, nuestra creencia común es bastante cándida: si el terrorismo existe, es que apunta realmente a algún poder real y con este razonamiento acabamos por tomarnos en serio la existencia del poder como salvaguarda frente al terror. Como si el sistema, tal como actualmente se está desarrollando, no fuera en sí mismo el terror, del que el otro terrorismo es tan sólo la forma refleja y exacerbada. Ahora bien, para nosotros desde hace tiempo, el desafío al poder ya no pasa por la oposición, la contradicción, la revuelta, el marcaje simbólico del adversario, la negación de las condiciones “objetivas” o cualquier otra forma dialéctica y mediatizada por valores en el intercambio. No hay pacto de sumisión ni de soberanía que valgan: se pertenece al sistema automáticamente, por inclusión y exclusión mecánicas, ligadas al “modo de vida” de masas aculturadas.

Porque el poder hoy no se intercambia: por el contrario se perpetúa a sí mismo en la corrupción endémica de las formas democráticas de gestión y consenso, cuya apariencia de tales cada vez nos resulta más inverosímil y pide unos esfuerzos casi sobrehumanos de comprensión. Sólo les pedimos que nos garanticen la libertad de movimiento, la felicidad y unos servicios que gareanticen la comodidad, la higiene y la salud, incluso si su solicitud por nosotros es francamente atosigante y finalmente inútil.

Pero se trata de un poder que niega el antagonismo, que vive en la negación de la violencia, de la resistencia, incluso de la mera diferencia, un poder al que el terrorismo le ofrece una última oportunidad de reivindicarse como tal, dirigiendo ciegamente una solicitud universal de seguridad, una coacción de seguridad, y con ello le permite implicarse a contrapelo en un juego que ya no es el suyo, pues en la fase actual, el sistema sólo funciona legítimamente en la ocultación de su propia violencia, que es la violencia de su universalización (en la forma eurocéntrica del Estado nacional, secular o no), de su homogeneidad y de su pérdida de perspectiva histórica. Ocurra lo que ocurra, dadas las condiciones actuales, todo poder en proceso de mundialización está condenado a mimetizarse con el terrorismo y confundirse con él, y esto ya sucede en muy amplia medida.

En un orden mundializado donde no se puede oponer ninguna resistencia real al poder, sea cual sea la fisonomía que adopte, ninguna oposición real a la aculturación en un sistema exánime, el modelo terrorista actúa como el único desafío que excede con mucho la lógica ya desaparecida de la designación del enemigo. Si el terrorismo parece jugar una última y desesperada baza política, no hay que caer en la trampa de imaginar que el poder puede hacer lo mismo. Es una de las más ingenuas y torpes posiciones la de querer hacer del terrorismo un “enemigo”, pues nadie puede oponer nada a la invisibilidad, la clandestinidad, la complicidad y el juego simbólico de la muerte.

Basta recordar que todas las formas de terrorismo han crecido exponencialmente desde hace treinta años y que, con independencia de los grupos, los objetivos y los medios, la baza del terror contra el poder, a su vez en proceso de mundialización, también se ha ido incrementando en un duelo del que no se puede decir que los Estados hayan salido victoriosos. Con el desarrollo de la mundialización en forma de redes transnacionales, de interrelaciones sin sujeto soberano ni normas meramente creíbles y válidas de derecho (cuya propia universalidad es finalmente regresiva, pues permite una utilización en el vacío de conceptos inofensivos de derecho), la baza del terrorismo también sufre una transformación de escala, se hace más virulento y se vuelve casi epidémico.

En la coyuntura actual, es un hecho cada vez más patente que el terrorismo como modelo de toda actividad de desregulación avanzada del poder mundial se ha extendido a todas las demás formas de anomalía del orden social. Recientemente, un joven finlandés se ha hecho estallar a la manera de un terrorista suicida en una zona de ocio, dejando siete víctimas, con la consiguiente perplejidad de las fuerzas de seguridad que no pueden vincular la acción con ninguna organización terrorista. Al parecer, el joven, había conseguido fabricar una bomba de cierta sofisticación a partir de los conocimientos que había descargado de Internet. Llama la atención esta imitación de la lógica del terror de masas en ausencia de cualquier referente “político” o ideológico, como en el caso del asesino de Washington y en tantos otros donde se trasparenta esta situación en la que el terror individual “patológico” corresponde secretamente en eco a otra forma de terror, diseminado y multiplicado en todas partes en la vida cotidiana.

Potencialmente es terrorista todo “paso a la acción”, incluidas todas las formas auténticas de protesta, disensión, desobediencia y rebeldía, siempre que estén movidas por un antagonismo que no se pueda reducir al “diálogo” y la “democracia”. Pero si esto es así, también habría que reconocer que el poder que llamamos “democrático”, al no moverse en la esfera “legal” del intercambio, la representación y la mediación, de las que afirma ser el titular, ha cesado realmente de ser lo que se nos propone: se ha convertido en un poder anónimo, innombrable, para el que no hay una categoría apropiada en el pensamiento político oficial, que por supuesto afirma sin ninguna prueba a favor el carácter apriorísticamente “democrático” del orden existente.

Ahora bien, en la dimensión transnacional desregulada y paralegal en la ya nos movemos, el concepto de democracia oculta una impostura indudable, vinculada a la baja definición o evanescencia de un concepto genérico inencontrable en la práctica. La democracia, primero confundida con un procedimiento, ha pasado luego a designar el espacio donde la indeterminación de todos los procesos puede acogerse a un título honorífico de reconocimiento.

Desde la toma del rehén y el chantaje lúcidamente analizado por Baudrillard en los años 80 en “Las estrategias fatales”, hemos pasado a la acción terrorista en estado puro, es decir, a una lógica en la que toda posibilidad de intercambio ha desaparecido. Pero el sistema también ha pasado al mismo estado de no-representación. El terror ya no tiene unas causas “objetivas” y precisamente al perderlas se ha hecho más intenso y virulento (lo que no significa que sea un fenómeno “nihilista”, como les gustaría pensar a algunos): es sólo un efecto que se multiplica como por contagio y crea las condiciones de un modelo que se autorreproduce en ausencia de un poder al que ya ni siquiera niega o combate en nombre de algún principio. Incluso el hecho de que el referente y el objetivo político exista o no, es indiferente a la nueva lógica del terror, como es indiferente al sistema el hecho de que represente una voluntad o refleje el sentido de alguna colectividad. Oscila, sin principios ni escrúpulos, en un espacio variable de proyecciones fantasmáticas que el terrorismo contribuye a producir.

De ahí que todos los análisis realizados hasta ahora en términos “realistas” de conflicto, correlaciones de fuerzas sociales y estrategias opuestas en lucha sean completamente ilusorios y se limiten a simular, con un regusto ciertamente decimonónico, unos principios de realidad social y política que ya no existen o no tienen la menor eficacia causal , no sólo en Occidente, sino también en el resto del mundo, pues la propia mundialización ha desencadenado procesos que no se corresponden con una lógica histórica de los acontecimiento que pueda analizarse según modelos derivados de la historia europea de los últimos siglos. Sirva como ejemplo, entre otros muchos, de este tipo de análisis realista pero miope, y en el fondo malintencionado, el libro titulado “La yihad” de Gilles Kepel sobre la historia de los movimientos fundamentalistas islámicos: su etéreo pero discreto “materialismo” histórico se disuelve en imputaciones y causalidades que ya no explican nada, al menos no el verdadero alcance de hechos que pasan a situarse en el contexto de la mundialización, a la que el autor no hace ninguna mención.

Las propias posiciones de los adversarios, de los antagonistas, han desaparecido, por más que el terrorismo se esfuerce por recrearlas. Lo que se corresponde con la propia “ideología terrorista” (nunca ha habido nada parecido), en el sentido de que ésta ha creído también ilusoriamente en la oportunidad de levantar a las masas contra el poder, aunque después de treinta años de terrorismo, sobre todo en Europa, es muy posible que los terroristas sepan que su simulación es tal simulación, sólo que más fuerte y decisiva que la del poder al que combate como si realmente existiera algo enfrente. De todos modos, los terroristas quizás le llevan al poder varios cuerpos de ventaja en el conocimiento de la lógica del chantaje, la disuasión y la simulación, pues el poder sólo sabe utilizarla a la defensiva y siempre como un medio de reacción histérica, mientras que el terrorismo apunta exactamente a esta incapacidad del poder de serlo hasta su autoliquidación, como bien ha visto otra vez Baudrillard en el artículo “El espíritu del terrorismo” sobre el atentado del 11 de septiembre.

La propia amplificación retórica de la que ha sido objeto el atentado del 11 de septiembre agota para Occidente la definición del fenómeno terrorista: es como si este acontecimiento señalase un límite intensivo y extensivo a partir del cual los demás sucesos del mismo tipo tan sólo pudieran actuar a manera de imitaciones que no sobrepasan el modelo, proyecciones mediocres de sombras sobre una superficie social y política aparentemente inalterable, pero que en el fondo ya se ha agrietado por varias partes dejando al desnudo las estructuras del poder, las vísceras sanguinolentas del sistema, seudo-sujeto descarnado que busca contradictoriamente el apoyo cómplice de aquello que lo despoja de su condición al exacerbar unos resortes de violencia gratuitos, que en el fondo ya no se dirigen contra nada y que no aciertan el blanco.

El éxito profundo del terrorismo se está empezando a comprobar: ha obligado a que todas las formas del poder, a que el conjunto del sistema mundial entren en un estado de promiscuidad, donde lo totalitario, lo democrático, lo liberal, lo apocalíptico, la seguridad como excusa paranoica, las tácticas policiales, la estrategia de lo peor y las soluciones finales se funden en un mismo programa. La desrealización del poder va acompañada de lo que podríamos llamar su “israelización” en profundidad: la “buena causa” no se detiene ante nada. No sólo es una cuestión de tácticas, es también una profunda alteración de su naturaleza a escala planetaria. Pero la buena causa siempre es la misma: la del intercambio total y la propagación de lo equivalente, el sistema de no-valores occidental, la nulidad de un “modo de vida” inerte y exangüe y una democracia que tan sólo es la invalidez o la incapacitación de toda una sociedad convertida literalmente en la “ocupadora” del resto del mundo.

Como occidentales que conocen su historia, aunque no la sepan digerir, deberíamos ser los primeros en no ignorar que en esta situación, todos somos terroristas y todos somos a la vez cómplices del sistema del que recibimos todos los beneficios y muy pocos de sus perjuicios. Da igual el campo en que nos situemos, pues tampoco se pueden reconocer ya a las víctimas y a los verdugos, porque históricamente y aún hoy, nosotros somos a la vez víctimas y verdugos, por el solo hecho de poseer el poder de determinar lo que es “humano” y lo que vale universalmente por tal: no hay siquiera noción de culpabilidad que pueda satisfacer a los protagonistas de una situación que ha superado hace tiempo cualquier definición moral. Es lo que nos ha enseñado la práctica del poder en su forma moderna, pues el poder ha sido el primero en amputar el orden social de cualquier normatividad moral que no sea un puro efecto ilusorio de un contrato social racionalizado. El terrorismo, sobre todo el que apunta a la dimensión mundial del sistema y lo hace de manera simbólica, saca sus conclusiones extremas de esta podredumbre.

Apenas un año después otras dos acciones aparecen a esta nueva luz como opacas, como insignificantes, y sin embargo implican la entrada del terror y del contraterror en un juego de espejos y en un encadenamiento exponencial pero igualmente indiferente: el atentado del centro turís­tico de ocio de Bali, en Indonesia, con casi 200 víctimas, el pasado 12 de octubre, y sobre todo el desenlace perfectamente terrorista (pero esta vez a cargo del Estado) de la toma de rehenes en un teatro de Moscú que se inicia el 23 de octubre y acaba apenas tres días des­pués, con la masacre de los terroristas y de más de cien rehenes a manos de las fuerzas de seguridad, en medio de una opacidad informativa, y unas imágenes de una perfecta profila­xis, que contrasta fuertemente con lo que suele ocurrir en Occidente, donde la “libertad” de la información no permite al poder desenvolverse con la pureza de medios a que aspira es­pontáneamente, aunque por supuesto toda esta “cobertura” sea hipocresía liberal.

En cierta manera, podría pensarse que este desenlace es la réplica occidental por represión interpósita de los atentados cometidos contra ciudadanos occidentales en el último año, después del 11 de septiembre. De ahí el carácter, moralmente anémico, de las reacciones occidentales que se han producido. Los occidentales reenvían su “mensaje” vía gobierno ruso al terrorismo internacional (y en efecto sin reconocerlo éramos sus aliados objetivos en diferentes asuntos turbios), quien a su vez había emitido otros tantos mensajes a los occidentales en forma de atentados “menores” en la periferia (turistas alemanes en Túnez, ingenieros franceses en Pakistán, petrolero francés en aguas de Yemen, turistas occidentales en Indonesia…). Literalmente, se trata de un “proceso de comunicación” donde no se comunica nada y donde la “retroalimentación” del sistema mundial y el terrorismo con­siste en el intercambio de la muerte y el exterminio bajo el lenguaje de las víctimas indiscri­minadas que actúan como signos volátiles y como lo único verdaderamente intercambiado de hecho.

Así pues, tenemos ya una operación “Septiembre negro” al “gran” estilo ruso, ampliado y corre­gido. El virtuosismo de los rusos en la manipulación de la imagen y de la táctica de lo peor no deja nada que desear, muy al contrario, ellos están en la vanguardia y serán utilizados como modelo en el porvenir inmediato. Se veía venir hace algún tiempo: la infinita “solicitud” de los gobiernos occidentales hacia sus poblaciones se corresponde con la ilimitada incuria de los gobiernos rusos hacia sus ciudadanos. En el fondo, existe la misma desafección y desprecio mutuos entre gobiernos y gobernados, pero en Occidente existe una hipocresía moral de la que no podemos acusar a los rusos. Occidente tiene mucho que aprender de este tratamiento profiláctico del terrorismo y desde luego no oculta su satisfacción. La acción contraterrorista, con uso de armas químicas que ya no discriminan a nadie, y con la ejecución “paralegal” de los asaltantes “anestesiados” (la profilaxis tiene la sangre fría), ofrece todos los indicios para constituirse en modelo. El gobierno chino está muy interesado en adquirir el potente gas tóxico: existe a partir de ahora un mercado “legal” para las armas eficaces en la lucha antiterrorista, incluso aunque estén prohibidas por convenciones internacionales.

Con esta versión de la lucha contra el terrorismo, es como si los rusos le espetaran brutalmente a Occidente: “Nosotros somos capaces de hacer a la luz pública, lo que vosotros hacéis en secreto y de tapadillo, si es que os atrevéis a hacerlo”. Desafío en la escalada antiterrorista con gran futuro pedagógico para Occidente. Milosevic, Sharon y otros ya estaban al tanto de “lo que había que hacer” en sus particulares luchas ¿contra quién? Los rusos le dan una nueva dimensión a la estrategia antiterrorista mundial. Los gobiernos europeos “toman nota”: pronto ciertas cosas también nos estarán permitidas. La Europa “humanitaria” camina, esbozando pequeñas curvas, sinuosidades inesperadas, hacia situaciones innombrables. Ha sido demasiado tiempo cómplice de ellas y muy pronto tendrá que pasar a convertirse en protagonista y ejecutora directa de tareas encomendadas a otros. La Europa “reunificada”, de Oeste a Este, se encuentra en una situación casi peor que la que resultó de la división de la guerra fría: ahora tiene que ser cómplice a la vez de los norteamericanos y de los rusos, asumiendo uno tras otro todos sus desquiciamientos, malversaciones de principios y manipulaciones estratégicas. La tarea de los moralistas y pedagogos de la cosa pública se vuelve realmente penosa.

La resolución de este último suceso de toma de rehenes, con el sorprendente beneplácito y felicitaciones de los gobiernos europeos, da una idea del estado general de deconstrucción en que nos encontramos: se da por bueno y se estima un éxito (como sucede con las económicas y satisfactorias tácticas israelíes de “un terrorista, un misil”, imitadas ahora por los norteamericanos, como ha ocurrido en Yemen) una operación de “liberación” en la que las fuerzas de seguridad utilizan un gas mortífero que no diferencia entre terroristas y rehenes (incluso los propios miembros de los cuerpos de seguridad se vieron intoxicados por sus compañeros), y esta indistinción simboliza a la perfección los designios profundos de nuestra propia “lucha contra el terrorismo”.

Evolución que sin duda muestra que el terrorismo ha conseguido ampliamente sus objetivos. “Terrorista” en lo sucesivo será asimilable a cualquiera que se encuentre en el lugar no debido. Si se da por bueno lo que ha ocurrido en el teatro de Moscú, (simultáneamente al asunto jurídico inclasificable de Guantánamo, a las tácticas israelíes como punta de lanza “antiterrorista” del Occidente “civilizado”), Europa evoluciona hacia una situación de “contraterrorismo” que cierra las últimas puertas de validez y legitimidad al concepto, cada vez más abstracto y etéreo, de democracia. Por supuesto, la comedia de la “opinión libre”, de la información y los valores occidentales seguirá representándose, aunque cada vez más escépticamente.

Desde ahora debemos aprender a vivir en esta representación de dos ausencias que monologan y se autorreplican en una estrategia que apunta a lo peor: la del poder como “sujeto”, que en realidad ya no ejerce su potencia sobre nada, y cuando lo intenta, lo hace indiscriminadamente y en falso, y la de una resistencia “irracional” y “nihilista” al poder, todo esto desarrollándose fríamente en una cadena de golpes y contragolpes que una y otra vez pegan en falso, dejando un suspenso y una incertidumbre crecientes sobre la naturaleza de ambos fenómenos. Entre estas dos figuras desencarnadas ya no queda espacio para la mediación ni para los valores morales, mucho menos universales, y justamente esta doble imposibilidad de ser lo que se aparenta ser, pues todos somos mutantes o alienígenas políticos, marca la señal más reveladora de que nos encontramos en un escenario mundial de simulación a dos que no se corresponde con nada conocido ni asimilable en nuestra lógica realista de los hechos “políticos”.

2

Un emperador de un país lejano recorre sus territorios. En una ciudad, varias veces se encuentra con flechas clavadas en el centro de una diana. Le sorprende tanta destreza y pide conocer al arquero. Un dignatario de la ciudad le explica: “Oh, no, no se trata de un arquero diestro; es un pobre idiota. Primero dispara la flecha, y luego pinta la diana”. Así nuestro poder hipotenso, el que desesperada y angustiosamente llama la atención sobre sí mismo: ¡aquí estoy, soy yo quien dispara la flecha!. Para constatar su existencia, debe hacer incesantes demostraciones de presencia, sin entender nada de su naturaleza fantasmática.

Ahora bien, no pudiendo disparar flechas y acertar al mismo tiempo (realmente no tiene flechas que disparar, pero todo el mundo quiere imaginarse que sí las tiene), se contentará con pintar las dianas y hacernos creer que efectivamente acierta. Peor, incluso las flechas no serán nada más que parte del dibujo engañoso: trampantojo del poder en el que muchos caerán, perplejos más tarde por haberse dejado engañar tan fácilmente. Como tantas otras veces.

Ya se barruntaba, en la larga estela de los efectos del 11 de septiembre, incrementando una incertidumbre que ya existía, que no nos íbamos a librar de otra demostración de la sabiduría del Príncipe, o más bien del Idiota, que, como se sabe, es su doble y compañero en forma de loco de Dios o bufón cortesano. La cosa ésa de la “guerra” (pero ¿cómo llamar “guerra” a algo así, algo que escapa furtivamente a toda definición?) empieza a ser estomagante por todo lo que la rodea e inviste de un dramatismo efectista que ya no tiene en absoluto. No por espesar el caldo, añadiéndole tropezones diplomáticos, la sopa tendrá mejor sabor. Cuando hay que esforzarse por hacer las cosas creíbles, es que sin duda éstas no tienen ya ninguna “realidad” digna de creerse, y por tanto, ninguna necesidad de ocurrir. Pero todo lo que no tiene necesidad de ocurrir es radicalmente trivial y cuando finalmente ocurre ya se ha hecho tarde.

El recurso a la “guerra” es como una última apelación ante un imaginario Tribunal de la Historia, a fin de que éste quizás se constituya algún día de nuevo. La guerra es el último “chequeo” para demostrar que estamos en un espacio histórico identificable. Es como si todo el mundo se pusiese a sobreactuar y a intercambiar añagazas supuestamente astutas y envenenadas: cálculos y descuentos por anticipado. Deberíamos empezar por saber que lo mundial es la abolición del orden histórico, cuando no del orden antropológico sin más, y en eso estamos, pese a todas las trampas y ocultaciones.

Mucho antes de que se declare y, sin duda, después de que concluya, todo resultará igualmente increíble, no habremos tenido ni el tiempo ni la distancia para “creer” en la realidad de la guerra, pues tanto énfasis se pone en demostrarla y, más aún, tanto se alborota en mostrarla de antemano. A los que sientan la nostalgia de la Historia, todo esto debería provocarles una tristeza y una náusea infinitas. ¿Pero sigue habiendo alguien capaz de recordar qué cosa fue la Historia, no su espectáculo encerrado en los estudios de grabación o en las agendas y libretos que los publicitarios les pasan a los políticos?

Lo cierto es que, a estas alturas, nos viene ya demasiado ancho el traje militar de gala y los cantos épico-tecnológicos han rebasado ampliamente todo lo que pueden dar de sí: somos como el monte lleno de estruendo que parió un miserable ratoncillo. Otro nuevo embarazo histérico de un Occidente muy avejentado: inseminación “in vitro” de una seudohistoria entre amantes morganáticos. Y sin embargo, una vez más, los grandes de la tierra parecen no sospechar hasta qué punto sus servicios benefactores ya no son requeridos por la comunidad que los observa entre incrédula y divertida. Quizás porque ya no son necesarios tienen que hacer un último esfuerzo para demostrarnos que siguen ahí, dueños de no se sabe muy bien qué astucias de poder secreto.

En estas circunstancias hasta los más mediocres figurantes parecen grandes “estadistas”, y se nos hacen pasar por tales. Pero la taumaturgia o el hechizo del poder, incluso bélica, ya no funciona. El Príncipe se ha convertido en el Idiota del cuento. El Administrador del Presupuesto, el Gran Chambelán de las Sociedades de Valores, o incluso el Gran Bufón de la Corte, se hizo con las riendas del poder hace mucho tiempo y ahora es demasiado tarde para que el Príncipe retome por su cuenta la decisión. Y a fin de cuentas, ¿qué decisión podría tomarse cuando no hay ni la menor posibilidad de decidir nada en un orden hiperprogramado de disuasión y terror virtual donde las cosas no se producen nunca por sí mismas sino con vistas a evitar su propia ocurrencia o disimularla?

Todo se desgasta a velocidad de vértigo, pero hay que entender que las cosas no podrían remontar su curso lógico de postración sin desmentirse a sí mismas. Y por nada del mundo nos gustaría que se desmintiera el principio que dice que, cuando todo es pura estratagema, hasta los “acontecimientos” (que se han ganado un derecho inalienable a las comillas) acaban atrapados por este ciclón de motivos decadentes que gira sobre sí mismo, en un centrifugado tan locuaz como inane. Pese a todas las poses de juvenil exhibicionismo de gran potencia, la vieja prostituta ya no enardece a nadie. El poder está cansado, muy cansado de sí mismo, de ser eternamente igual a sí mismo. Lo peor es que ahora tampoco se cree ni su propia exhibición libidinosa: se limita a ejercer un vergonzante “voyeurismo” sobre su propia fuerza, en la sospecha desesperada de que ésta le ha abandonado.

Todos los que debían encargarse de dar verosimilitud a esta puesta en escena también muestran síntomas de agotamiento o disimulan mal su flojera: los medios y los políticos, cada uno repartiéndose un trabajo de recíproca estimulación a ver si juntos consiguen llegar al clímax inefable de la guerra. Como el terrorismo, y todo lo que se asimila a él, es nuestro verdadero espasmo político, todos estos impotentes se han dedicado a tomar reconstituyentes a ver si pueden igualarlo. Quizás por eso las alucinaciones y los fantasmas nos cercan. Se han equivocado de medicación. No hay Viagra de la Historia.

¿Cómo convencernos de que todavía puede suceder algo, cuando tenemos muy presentes las señales de todo lo contrario? ¿Cómo persuadirnos de que los meros signos de las cosas son autosuficientes y están más que sobrados para mover la realidad un ápice más allá de la nebulosa en donde suele encontrársela habitualmente? Este es el sentido de la taumaturgia del poder y de la realidad, por extensión, en la que vivimos sin darnos cuenta: los signos del poder hacen las veces del poder, los signos de la guerra hacen las veces de la guerra, como los signos de la riqueza hacen las veces de la riqueza misma o como los signos externos de la conciencia, la moral y el derecho hacen las veces de todas esas cosas de las que realmente se carece. Entramos en la etapa del consumo vicario de los signos de la Historia y de todo lo demás.

Si la guerra se ha vuelto imposible e improbable, no es porque nos hayamos vuelto de repente más “civilizados” y cautos en Occidente, conscientes finalmente de “peligros” en gran parte imaginarios, pacifistas alucinados, desengañados quizás de las peripecias sangrientas de la Historia; sucede más bien que la guerra, por principio y por cálculo, ya no puede ni plantearse ni conseguir sus objetivos tradicionales, tal vez porque ni siquiera existen ya verdaderas condiciones de conflicto, es decir, por lo menos combatientes y adversarios sobre un plano de hostilidad real y de igualdad de posibilidades sobre el terreno, condiciones en definitiva que permitan un intercambio “realista” de la guerra.

Por otro lado, para la guerra, para la Historia misma, se requiere una energía (¿pero venida de dónde sino de la definición clásica de lo político?) de la que estamos ciertamente muy escasos. Si nos fijamos sólo en el pasado, para la guerra, se necesitan Estados realmente soberanos (cuando la soberanía era un concepto “fuerte”), se necesita “política” (cuando la política era un verdadero arte de seducción del adversario); se necesitan verdaderos actores, es decir, estadistas (cuando los hombres de poder se creían investidos de verdaderas misiones porque realmente tenían pasiones y su desmesura creaba la gloria o la destrucción, o ambas a la vez); se necesita “razón de Estado” (cuando el Estado necesitaba constituirse sobre una racionalidad en buena media irracional); se necesita, en definitiva, una escena de lo político; se necesita lo simbólico de una relación de alteridad, una mínima reciprocidad, una condición dada de intercambio formal de una hostilidad compartida. Hace mucho tiempo que todas estos requisitos no existen, aunque todo vaya encaminado actualmente a reproducirlos en duplicados falsos.

Ahora bien, si no existen las condiciones de un conflicto, hay que inventárselas. En eso estamos. Los ciegos en comisión se dirigen a analizar qué cosa es un elefante, desconociendo que éste es de color rosa, por lo demás. Todo el enorme esfuerzo que se está dedicando a “crear” artificialmente los requisitos escenográficos del “conflicto” habla a las claras de su carácter de ficción, de farsa, de simulacro, por no decir de delirio ¡Qué tiempos aquellos en los que la escenografía de la Guerra del Golfo del 91 todavía pudo parecer verosímil!

En estas condiciones, o en ausencia de las mismas sería más apropiado decir, todo el mundo se pregunta: una guerra, ¿por qué, para qué, contra quién? Aquí ocurre algo inesperado: por primera vez se habla alegremente de una “guerra” donde no hay ni rastro de enemigo real, donde no hay señales de verdadera agresión y puesta en jaque, donde no hay tampoco ciertamente la menor hostilidad real de ningún Estado. Ya en la guerra del Golfo de 1.991 se dieron todas estas condiciones y ahora se repiten, sólo que todavía más herméticamente encerradas en el vacío. El potencial antagonista real está por completo ausente de todas las guerras actuales promovidas o financiadas por los occidentales, ya que éstos, en efecto, tienen el material y su valor de cambio, que monopolizan como tantas otras cosas, pero carecen del sentido auténtico del valor de uso en una dimensión diferente

La “crisis de Iraq”: menuda desilusión. ¿Dónde buscar el conflicto? ¿En la verdad de la información? ¿En los discursos vacuos de los políticos? ¿En la opinión nula de las masas “responsables” excitadas por la información desmesurada? ¿En la fabricación del montaje bélico? ¿En lo secreto de una astucia estratégica? ¿En los cálculos de unos políticos que parecen boxeadores noqueados? La “guerra” está en otra parte, y como ya se nos advirtió, sería muy silenciosa: está por supuesto más allá de la información, de los discursos, de la opinión y del montaje bélico.

Pero eso a que apelamos ya no es una guerra y la “oposición” misma de la opinión a la guerra lo único que hace es validar su principio de realidad, juega a un realismo ingenuo y, por lo tanto, es cómplice de alimentar una ficción conceptualmente peligrosa, pues ignora la metamorfosis que implica la mundialización en la lógica del poder y del sistema. La opinión es completamente cómplice del poder, es una prolongación suya, de acuerdo con el presupuesto implícito de salvar a todo trance la “realidad” de las opciones “políticas”.

Por no haber, no hay nada más que una presunta astucia de un poder esquizoide en estado terminal (los norteamericanos) que se cree muy listo desestabilizando a sus socios y aliados más débiles y más dependientes (los europeos y los árabes), los cuales, ahora, por primera vez, tienen la oportunidad de darse cuenta de que hay más cosas en común entre ellos de lo que suponían: les estigmatiza el mismo desprecio y la misma desconsideración de sus admirados amos. Pero la receptividad al desprecio, a la humillación y a la arrogancia es muy diferente en unos y en otros, quizás porque nosotros hemos perdido cualquier capacidad de experimentar una tensión apasionada que desestabilice realmente nuestra bonanza impuesta como normalidad “democrática”.

Hasta qué punto hemos llegado en la desintegración de lo político, eso sólo puede comprenderse cuando observamos que bastan los simples signos de un conflicto hipotético para desestabilizar la precariedad de todas las bases del poder. Por más que nos pese, es bien cierto que actualmente es lo virtual la instancia que ejerce el poder: por eso es sólo ella la que puede desestabilizarse a sí misma en tanto que virtualidad del poder, sin verdaderas consecuencias. Todo se analiza y se discute en otro ámbito distinto, el “realista”, y por eso mismo, no se exceden nunca los límites que impone el propio poder: todo realismo lleva un considerable retraso sobre la estrategia del poder, es decir, sobre su propia virtualización.

Esta guerra carece de sentido porque se está elaborando como un experimento, pero como un experimento donde se prueban cosas muy distintas de las que los experimentadores pretenden probar. Quizás incluso la larga crónica de su anuncio (ya hace casi un año que surgió el mensaje) es la prueba de que jamás se producirá. Ya fue así en la anterior “Guerra del Golfo”, aunque aquel experimento acabase a su vez en una experimentación armamentística de buen tono mediático, más o menos convenida por los presuntos contendientes.

Y de hecho no otra cosa es esta guerra super-programada: un banco de pruebas, un “test” experimental, no sabemos aún a propósito de qué (todas las apuestas giran sobre esta presumida certeza: la guerra tiene un sentido, unas claves secretas, no puede ser tan estúpida como parece); algo en fin cuyos hipotéticos resultados, previamente simulados, son previsibles en función de modelos, los cuales sirven primero en la preguerra informativa, como servirán en el transcurso estratégico de la guerra misma y sin duda también se aplicarán en las tareas de “reconstrucción” de la posguerra, a la cual probablemente pasaremos antes de que estalle la guerra (ya se han puesto a funcionar las instituciones encargadas de esta “reconstrucción” así como se han sacado a subasta los contratos por cooptación para las empresas encargadas de la tarea). Pero en este laboratorio experimental, quizás las ratas no son las que uno se piensa a primera vista.

Todas las posturas que se ven circular son el resultado de una profunda depresión de la política, y producen los mismos efectos deprimentes en los que padecen todas las hipótesis equivalentes sobre el “conflicto”. Es cierto lo que alguien observaba: a medida que las situaciones se hacen más complicadas y disponemos de medios tecnológicos casi fabulosos, las mentalidades se vuelven más arcaicas y todos caemos en un primitivismo extraño del que ni siquiera somos conscientes. El mismo primitivismo, a mayores dosis, se da en la opinión pública “mundializada”, que algunos escrupulosos quisieran convertir en nuevo “árbitro” de los consensos “racionales”

¿No vendrá dada esta situación por la disponibilidad, inconmensurable casi, de medios sin ningún fin real? El que dispone de tantos medios como nosotros (los informativos, en primera línea y por supuesto los materiales), tarde o temprano, acaba por perder todo sentido del equilibrio y de la realidad: enloquece o se entontece en su mundo imaginario e intoxicado por su mismo carácter de embuste hecho a medida. También la guerra forma parte de este subproducto vital que nos alimenta.

Hasta tal punto ha sido inverosímil lo de Iraq, que se ha tenido que buscar un “partenaire” achacoso en el escenario mundial, Corea del Norte, por ahora en segundo plano, convocado en última instancia para reforzar el efecto bélico simulado, en caso de “fallo” del primer actor. Con una diferencia: son los coreanos los que disuaden a los norteamericanos de toda veleidad de intervención, dado que disponen de bombas nucleares.

Los norteamericanos son tremendos cuando se ponen a hacer “gran política”. No contentos con asustar y vilipendiar a europeos y árabes, quieren meter en asuntos turbios a los chinos, quienes por supuesto no son tan ilusos y no se dejan mezclar las cartas en esta partida de tahúres tontos. Lo único que cabe preguntarse es si detrás de todo esto hay una gran inteligencia estratégica o por el contrario una estupidez y una ceguera asombrosas. Por lo pronto, el primer objetivo de esta “campaña” ha logrado alcanzarnos de lleno: la discusión siempre recomenzada sobre la situación de la entelequia europeísta en un mundo, al parecer, reestructurado por los norteamericanos.

¿Se trata de una “gran política”, como se intenta que creamos de buena fe, o estamos más bien ante una completa carencia de política? Pregunta, se diría, posmoderna, pero inevitable, que cada uno responderá como le dé la gana, pues las opciones son intercambiables. Dada la naturaleza de los actores (los conocemos demasiado bien), es fácil desestimar la “seriedad” de toda posibilidad de auténtico “acontecimiento”, que ya incluso en su punto de partida cotiza muy bajo en la bolsa de la “credibilidad” de los propios políticos.

Existe un consenso confuso sobre este hecho: los problemas del mundo ya no pasan por la gestión “política” ni por las tareas hegemonistas y “heroicas” de misiones planetarias, como las que parecen querer encarnar tan a deshora los norteamericanos, pero tampoco hay que tomarse esto demasiado en serio: sobre el terreno, no hay la menor posibilidad de “tareas heroicas” y “grandes misiones” en la lógica del sistema mundial y de las tecnologías avanzadas. Precisamente son éstas últimas la verdadera “misión” y no dejan lugar a otras. En este cortocircuito de lo político teledirigido, las polaridades no desempeñan ningún papel.

Curiosamente, los actores están hechos a la medida de sus propios medios de destrucción, en lo que al automatismo mental se refiere. Como dice el presidente norteamericano, “se hará todo lo técnicamente posible para evitar víctimas civiles”, aunque las primeras víctimas son, como de costumbre, las víctimas incruentas del frente informativo, es decir, todos nosotros, incluso si deseamos “desconectarnos” de la red. La guerra hoy empieza primeramente circulando por la red mucho tiempo antes de que se materialice y aun entonces seguirá siendo una guerra en red. No hay sobresaltos que temer en este intercambio de astucias inanes. Tanto para nosotros como para los acontecimientos, lo único que cabe hacer es desprogramarse.

Ahora bien, la única dimensión artificial en la que el sistema puede situarse de modo reconocible es la dimensión “política”, sea ésta operativa o esté más bien en desuso, como es el caso. Lo primero que implica la supuesta “hegemonía” norteamericana es esta pérdida de la política y su sustitución por la escena espectacular. Los americanos llevan al exterior la propia configuración de su política interna: efectos especiales en ausencia de guión, como en sus propios productos cinematográficos. De otra parte, toda la actividad llamada política ha sido absorbida sin residuo por la dimensión policial, dado que si el mundo se ha convertido en la “casa común”, siempre habrá dueños de la casa y delincuentes que atenten contra el derecho de propiedad o de ocupación.

Y otra cosa está clara: la lucha por la hegemonía en el porvenir, sólo le otorgará a quien la consiga los réditos frágiles de las catástrofes que se avecinan en un horizonte imposible de gestionar como un todo desde los poderes en vías de mundialización. Por lo que sabemos, son precisamente los norteamericanos aquéllos sobre los que no puede ni debe recaer la tarea de “salvación”: pero el sistema tiene que aparentar al menos que se hace cargo de la catástrofe generalizada que ha provocado su despliegue mundial en las últimas décadas, acumulando además todas las devastaciones de los siglos anteriores de “movilización” y producción.

Todo el mundo se precipita alocadamente sobre un poder cuyo porvenir inmediato es la gestión catastrófica de su gigantismo inane: enormidad de medios para ausencia de fines y otras tareas irrisorias cuyo ridículo procede de esta misma desproporción. Ejemplo reciente de este dislate, en el registro de la lucha antiterrorista: cierre durante varios días del aeropuerto de Heathrow, en Londres, al descubrirse que un pasajero venezolano de origen árabe llevaba una granada escondida en su equipaje. Tropas y tanques toman posiciones en torno al aeropuerto, tomado militarmente. Suspensión de vuelos durante varios días.

Porque si algún sentido tiene toda esta estúpida trama de intereses y estrategias entrecruzadas es precisamente éste: por vía de Iraq, se busca desestabilizar aún más las extrañas y vacilantes situaciones geopolíticas de los europeos y los árabes, enfrentándolos entre sí y ofreciéndoles a la carta dilemas artificiales de los que no tienen ninguna gana de hacerse cargo. Cierto que toda este patetismo es una nueva mascarada posmoderna o cortina de humo tras la que se oculta un vasto dispositivo represivo a gran escala y que, en esta tarea, los europeos son perfectamente cómplices de los norteamericanos, a quienes siempre necesitan como coartada encubridora de sus trabajos más sucios y vergonzosos.

Por su parte, los americanos lo saben y aprovechan la ocasión para vestirse de armiño, pero se trata del armiño que se pondría sobre los hombros el bufón del rey, no el rey mismo. En cuanto a los estados árabes tutelados y en minoría de edad, o a los descarriados que desean ser admitidos en el redil, su situación es todavía más precaria: carentes de legitimidad y de toda base, en completa contradicción con sus intereses a largo plazo, cada vez son más dependientes de decisiones que se les escapan, incluso cuando cumplen debidamente sus tareas represivas y económicas, y no lo hacen peor que los europeos, aunque en otro sentido y con otros “métodos” son también eficaces a corto plazo.

Sin ningún rubor, los analistas más avispados han encontrado la pieza maestra del conflicto: se trata, nada más y nada menos, que de reestructurar y reorganizar el reparto del poder en Oriente Medio, con vistas a una “democratización” controlada (¿?) de la zona. Por las buenas o por las malas, hay que hacer entrar a los atrasados en un mundo moderno realmente global. Se les ha tolerado durante demasiado tiempo su tribalismo corrupto y venal (aunque, a decir verdad, los corruptores éramos nosotros y a veces también los corrompidos, como en el caso de la compra de armas por Saddam Husein en los años 80), su mentalidad estrecha e intolerante, sus maneras y costumbres sociales retrógradas, en fin, sus veleidades de soberanía e independencia. Tampoco se les puede perdonar su complicidad secreta con los terroristas, vínculo del que sin duda una religión “anacrónica”, por supuesto mal interpretada, es la expresión más acabada. Así pues, dos por el precio de uno.

Ahí aparece, a las claras y sin tapujos, el sentido de esta “cuarta guerra mundial” de la habla que Baudrillard. Guerra que se desarrolla a lo largo de los años en un conjunto de conflictos aparentemente aislados e inconexos, pero a los que subyace una cierta estrategia general, sin duda compartida por norteamericanos y europeos, aunque con diferentes objetivos a largo plazo: los norteamericanos buscan sobre todo asegurarse el monopolio del suministro de petróleo a los futuros candidatos a la industrialización, principalmente China, para lo cual deben impedir que ésta tenga acceso a las fuentes directas de la materia prima en Asia Central y en el Golfo; los europeos intentan controlar el flujo demográfico oriental que se dirige hacia sus países y que, según las previsiones de los demógrafos de la ONU, no hará más que incrementarse en las próximas décadas.

En resumen, hay que enseñarles a los árabes lo que realmente necesitan para ser completa y definitivamente felices y libres, pues no han sabido hacer buen uso de la riqueza y los “arcana imperii” del estatalismo moderno que tan generosamente Occidente decidió compartir con ellos. Después del comunismo quebrantado y reconvertido, la lista de espera para recibir un tratamiento “modernizador” en el seno de lo global se amplía y alcanza por supuesto a la zona sensible de donde procede el petróleo. Como se ha dicho por lo bajo estos días, no podemos dejar el petróleo en manos de unos posibles “enemigos”: cantinela que lleva repitiéndose al menos desde 1.973, y con más intensidad desde la revolución “islámica” iraní de 1.979.

Las etapas de este ya largo conflicto latente son bien conocidas: el reparto colonial de los territorios del antiguo Imperio Otomano tras el acuerdo anglo-francés Sykes-Picot, la presión sionista sobre Palestina en los años 30, impulsada por los anglosajones, la creación del Estado de Israel y las consiguientes guerras árabes-isrealíes, en las que el naciente “nacionalismo” árabe encarnado por Nasser encontró su fracaso y su humillación; alianza estratégica norteamericano-saudí desde 1.945, con los servicios prestados por la “sociedad tradicional” a Occidente durante la “guerra fría”, servicios que más adelante cumpliría mejor que nadie Sadam Husein; uso del embargo petrolero, promovido por los norteamericanos, como arma contra Europa en 1.973 (desde 1.970, la producción europea había igualado a la norteamericana desde la segunda guerra mundial: había que controlar al competidor inmediato); desestabilización externa de Líbano desde 1.976, contención occidental del Irán radical del chiísmo revolucionario mediante la guerra a sangre y fuego de 1.980-1.988; posterior ajuste de cuentas entre los occidentales “engañados” e Iraq en 1.991 con la segunda “Guerra del Golfo” (el pacto de caballeros contra el Irán de Jomeini se convirtió en un compromiso bajo cuerda de asesinos); y siempre, como telón de fondo, la presencia israelí en una tierra simple y llanamente usurpada con el consentimiento occidental desde 1.967.

Siempre se ha seguido la misma política de contención de los árabes, promoción de conflictos artificiales, alianzas ambiguas, desestabilizaciones estratégicas: escenario enteramente colonial. Así pues, dadas estas condiciones donde el modelo colonial se reproduce de manera ahora mucho más sutil y envenenada, se dice que los árabes tienen que volverse “democráticos”, y en eso están de acuerdo los dirigentes y analistas europeos, atemorizados ante un Islam que imaginan hostil y del que sospechan en sus propios países, y los poderes norteamericanos de los WASP, más o menos influidos por un sionismo contumaz en el que se inspiran ampliamente en sus cometidos misioneros: como la sangría en la antigua medicina de los humores, la democracia, tal como existe actualmente, es el remedio universal. Por otra parte, los árabes no han sabido tampoco utilizar correctamente la “libertad” que Occidente les concedió con la independencia nacional. La coartada de la democracia siempre funciona para blanquear esta suerte de trabajillos cochinos de la policía mundial. Todo el mundo sabe que las mujeres afganas son más libres desde que pueden ver la televisión e ir a la peluquería.

Lo que en el fondo se está produciendo es un intento, deliberado y sin tapujos, de destruir los últimos residuos planetarios de las llamadas “sociedades tradicionales”. La modernidad, en tanto que mundialización, no admite excepciones y ahí reside su carácter profundamente integrista. Cada guerra, la primera y la segunda para Europa, mucho más que las revoluciones clásicas, francesa o rusa, ha sido el más perfecto mecanismo para destruir las estructuras “residuales” y precapitalistas de las sociedades “tradicionales”, al mismo tiempo que un medio de neutralizar los antagonismos sociales engendrados por el propio despliegue hegemónico del capitalismo en su fase “heroica” y movilizadora.

Habida cuenta del fracaso relativo de los Estados nacidos de la independencia de los países árabes en el tratamiento de esta “modernización” (han cumplido, o han intentado cumplir, la misma función histórica de “arbitraje” soberano y autonomización de la instancia política totalizadora que las monarquías absolutas en la formación de la sociedad burguesa europea: se ha separado la religión del resto de prácticas sociales, se ha creado una ficción de Estado-nación sin fundamento, se han creado algunas oligarquías y elites, algunos sectores de clases medias de mentalidad occidentalizada, pero la gran masa del pueblo no se ha “modernizado” y esto es siempre un peligro para Occidente, sobre todo si estas masas todavía pueden dejarse poseer por los vestigios de una cultura sacrificial nunca del todo aniquilada), los occidentales parecen querer tomarse a cargo “personalmente” la labor de “mundializar”, es decir, modernizar, a los árabes que todavía no participan en las delicias del nuevo orden mundial democrático y liberal.

En este sentido, la reducción política del Islam es un éxito del sistema, por lo menos formalmente, en lo que se refiere a la superficie del poder y de la sociedad, es decir, de los signos de “democracia” y “modernización” (que, como los de la riqueza, se quedan tan sólo en eso, en los meros signos, pero éstos, en el goce alucinado que proveen, siempre producen una gran satisfacción en los mismos que padecen la eficacia de los efectos reales del proceso de mundialización). El principal “activo” del sistema consiste en que las poblaciones son engañadas una y otra vez sin que nunca se produzca la menor resistencia: la “democracia” sirve para dar libre curso a estas posibles resistencias, dilapidándolas en cambios de gobierno, es decir, cambios de decorado y actores para una y la misma representación en el vacío de las verdaderas apuestas. Se realiza un intercambio en el que la “voluntad del pueblo” se expresa sólo para ser mejor anulada.

De ahí la necesidad cada vez más acuciante del sistema de “democratizar”, pacíficamente o por la fuerza, el mundo (baza europea frente al “belicismo” norteamericano: nuevo juego de sombras chinescas: ¡cómo si los fines últimos no fueran los mismos!; pero los norteamericanos han retomado ahora por su cuenta el viejo proyecto europeo), justo cuando el sistema en Occidente hace tiempo que funciona en caída libre sin la menor necesidad de “democracia” política real. Siempre se trata de neutralizar a las poblaciones con la fantasía de una posibilidad renovable de cambio y mejora, ofreciéndoles la añagaza de que el poder puede ser ocupado por sus “representantes”, previamente sometidos a un lavado de cerebro profiláctico, cura higiénica que purga todo radicalismo real y convierte a los nuevos dirigentes en perfectos clones de la oligarquía mundializada a la que suceden y a la que, tarde o temprano, acaban por pertenecer en una promiscuidad endogámica que finalmente no engaña a nadie (“Lula” en Brasil y Erdogan en Turquía son dos buenos modelos de este proceso de decantación: perfectos agentes al servicio de las políticas del FMI y el Banco Mundial y de sus respectivas plutocracias internas).

¿Cuáles son estas armas todopoderosas de Occidente, en particular frente a las sociedades islámicas en proceso de “secularización” ¿Habría que hablar realmente de secularización o de otra cosa distinta?. Occidente no “seculariza” el Islam mediante su sistema de valores en franca bancarrota, ni tampoco mediante la deliberada imposición de un “liberalismo político” tan menguado en su propio solar histórico convertido en erial, ni por supuesto mediante la aplicación del código universal de los derechos humanos en retirada. Estos son tan sólo los oligoelementos vitamínicos del muy decaído discurso oficial “exotérico” de Occidente.

La realidad es otra: al Islam se le reduce y se le combate con otras armas mucho más insidiosas, son los códigos y los signos de la circulación y la liberación que ya actuaron en Europa durante la fase de formación de las sociedades de consumo desde los años 60 en adelante. Son las avenidas comerciales con sus grandes almacenes y sus anuncios de neón. Son las zonas de ocio con sus bares, sus discotecas y sus prostíbulos, donde el consumo de alcohol sea asequible para una mayoría recién “liberada” de sus obligaciones tradicionales. Son las películas con sus argumentos y sus efectos especiales al alcance de todos los públicos. Son las últimas canciones de moda y los “best sellers” en inglés.

A lo que todos tendrán derecho es a la mundialización, no a la secularización ni a ninguna verdadera “modernización” ideológica, aunque una y otra en la situación actual sean exactamente lo mismo para las sociedades islámicas, como lo demuestra el ejemplo de la fracción privilegiada de la juventud iraní nacida después de la revolución de Jomeini. Lo peor de todo esto es que estos países acabarán por someterse a sí mismos a la experiencia de la Modernidad, de la que sin duda saldrán apocados y nulos. Se habrán ahorrado el proceso, pero cargarán con las consecuencias inevitables de ser “modernos”.

Y para darle un rostro político a toda esta panoplia espectacular del mercado como único lenguaje social, por supuesto, habrá que transformar a los supuestos movimientos “islamistas moderados”, como el de Erdogan en Turquía, prototipo de experimentos futuros, en honestos partidos al estilo “democristiano” europeo, sin cuya cobertura el puro proceso de mercantilización de la vida sería mal recibido o poco tolerado. No ya Turquía es el centro de este experimento, sino la ciudad de Estambul con sus doce millones de habitantes: éste es el verdadero modelo de la operación “made in USA” de reducción del Islam a los límites de la “democracia” y el mercado. Los norteamericanos creen que Iraq es actualmente un “terreno virgen” para un nuevo “experimento” de esta misma especie.

Un reportero de un periódico nacional dice que esta ciudad es mucho más europea que el resto de Turquía porque en sus calles “la mayoría de sus habitantes son más altos y de piel más clara que el resto de los turcos”. Como se ve, la occidentalización no excluye la metamorfosis de los rasgos étnicos de la gente, pues sin duda una asimilación cultural bien temperada se refleja en el mejoramiento de la raza. Además hay que estimar que las costumbres también se vuelven más coherentes con el modo de vida: “los bares y las discotecas están más abarrotados en las noches que las mezquitas al mediodía del viernes”, lo cual expresa ciertamente el verdadero triunfo de la sociedad occidental en sus márgenes advenedizos. Hace mucho que Europa eligió qué Islam es el que se adapta a sí misma: el mejor Islam es el que ha dejado de existir, como para los norteamericanos el mejor indio fue el indio muerto o el que se pudrió en las reservas.

De todos modos, ni siquiera esta desestabilización enloquecida en la que todos corren el riesgo de desestabilizar al otro mucho más de lo que éste puede hacerlo con él, ni siquiera esto puede dar cuenta de tanta simpleza llevada hasta el extremo de la caricatura. Que no hay bazas ni apuestas que jugar, eso lo sabemos todos desde hace tiempo. El 11 de septiembre, y todo lo que ha seguido, lo ha puesto aún más de relieve, si cabe. Que además los poderes se esfuercen por demostrar lo contrario, también lo sabíamos. Pero que se nos intente colocar otra vez la mercancía averiada, por no decir putrefacta y pasada la fecha de caducidad, de una “guerra” en Iraq, eso excede todo lo imaginable en el peor de los casos. Y que siempre haya todo tipo de cretinos para apuntarse a la escenificación, a favor o en contra, eso forma parte de la nulidad de la representación. Ciertamente, la imaginación del poder no da mucho de sí: necesita la ayuda de una inmensa intoxicación banal para realizar un metabolismo cada vez más defectuoso y aun así, apenas lo consigue. Excreta lo mismo de que se alimenta: simulacros, falsificaciones, retórica entumecida, mugre de las informaciones inútiles: diarrea que lo enmierda todo.

Puede hablarse todo lo que se quiera, con el debido énfasis de los analistas, sobre el petróleo y una situación económica estancada hace varios años (la caída de los valores, el estallido de la famosa “burbuja financiera” de los años 90, data de finales de 1.999 y el sistema está todavía atrapado en este callejón sin salida de una sobreinversión enloquecida en forma de un capital financiero exponencial); sobre el carácter policial y paralegal del orden mundial, sobre la legalidad misma de la conducta internacional de los estados, sobre las vacilaciones e incertidumbres de la “lucha antiterrorista” a escala internacional, sobre toda clase de oscuros intereses, sobre la fuga hacia delante pero a ninguna parte del clan dirigente norteamericano (no hay ninguna novedad, es el mismo clan que el de la “era Reagan” en los años ochenta y se cree investido de semejantes misiones, sólo que ahora la base de su crédito se ha estrechado aún más); puede hablarse cuanto se quiera sobre la corrupción endémica y ya galopante del capitalismo trasnacionalizado, que se alimenta de su propia desintegración: en una palabra, se puede añadir todo el “realismo” y todo el “pathos” que se desee a los hechos (o a su ausencia, a su déficit, sería más exacto decir), pero, con todo, la situación de fondo no cambia nada.

Hace tiempo que entramos en un ciclo donde ninguna de las categorías del pensamiento político “realista” tienen ya el menor sentido y sólo sirven para llevar a cabo un encubrimiento implacable: operan sobre una superficie de hechos sin referencia a procesos “subjetivados” por una voluntad cualquiera de poder. Procesos sin sujeto para actores sin papel. Ahí estamos atascados y en completa desbandada. La propia aceleración es un síntoma de fatiga e inercia.

Lo único bueno de todo este cuento de Perogrullo es que, pase lo que pase, las cosas seguirán como están. Es la única seguridad con la que podemos contar por adelantado. Esto debiera fascinar a cualquier analista que intentara desentumecer su visión de las cosas tal como se nos dan actualmente. Habría que realizar una especie de “reducción fenomenológica” de los signos de la actualidad, pero para acceder a un saber específico que ya no es de un orden reconocible: quizás así llegaríamos a la verdad que afirma que los signos ya no ocultan nada, porque ya no están ahí en lugar de otra cosa que ellos mismos. No están en lugar del sentido y haciendo sus veces: son la abolición misma del sentido. Hay que achacar esta pérdida de sustancia en todos los ámbitos a esta situación de cambio de ciclo y de era que Jean Baudrillard en solitario lleva analizando desde finales de los años setenta tan lúcida como despiadadamente, desde la simulación generalizada a la virtualidad, como etapa más avanzada del mismo proceso de suplantación de la “realidad”.

Por esta razón, el sistema está bloqueado, no retrocede pero tampoco avanza: está atrapado en un remolino cuyas turbulencias ya no controla en un plano superior de sentido, en un entramado realista de referencia: no tiene una razón final de ser y he aquí todo nuestro drama colectivo, es decir, lo que llamamos enfáticamente nuestra “civilización” no tiene ya ninguna meta, ningún fin, porque los ha alcanzado y superado ampliamente todos.

Lo que se corresponde con la hipótesis de la “utopía realizada”, que primero se aplicará a Estados Unidos, pero que mediante la mundialización alcanzará a buena parte del mundo mismo: por supuesto, una utopía realizada en hueco, en el vacío, que unos vivirán en directo y como privilegiados, con su ocio organizado, su renta discrecional y su consumo vicario, mientras otros la vivirán en diferido, de segunda mano y como simples comparsas abocados al “voyeurismo” de los acomodados; y los más, finalmente, ni la conocerán, como tampoco han conocido el orden dialéctico e histórico occidental de la época explosiva y movilizadora.

Pero realizada o no, de la utopía puede decirse lo que ya estimó Cioran: es “crear, con la ayuda del diablo, una institución filantrópica”. La utopía actual, la de la seguridad total, complemento necesario de la utopía de la libertad y la felicidad, que florece en un desierto sin límites, es la imagen viva de esta institución filantrópica que ejecuta el sueño racional de las antiguas utopías. La máxima del Príncipe Salina, emblema de las “revoluciones burguesas” decimonónicas, sigue siendo cierta, ahora más que nunca: algo habrá que cambiar para que todo siga como estaba. Y en eso, todos son igualmente solidarios y cómplices: norteamericanos, europeos, árabes, rusos, israelíes y chinos.

Los norteamericanos, vuelven a salir a escena para declamar, con entonación afectada, un monólogo largo tiempo conocido y ahora más patético que nunca, ridículos Hamlet de la purgación vengativa: más de lo que se supone gratuitamente, están atrapados por su ficción hegemónica y su paranoia, envueltos en la red, urdida por ellos mismos, de misiones virtuosas y meliflua buena conciencia. Son de esa clase de gente de la que se dice que “ha nacido de pie”. Pero se ignora si también morirá de pie o lo hará en cuclillas. Ahora bien, esta misión no tiene nada nuevo que ofrecer; quizás actualmente asistimos a un giro en el que se ha comprometido con un maximalismo ciego que, en el fondo, significa su total fracaso.

Los europeos, realmente anquilosados, mucho más allá incluso de lo que se cree, atrapados en viejas dialécticas que los vuelven un poco más seniles a medida que ya no son aptos para ellas, limpiando su patio trasero, construyendo su dorada fortaleza (el geriátrico para la tercera edad de la Historia: no hemos salido voluntariamente de ella, es la vejez la que nos ha expulsado de esta dimensión histórica), gestionando como pueden su pérdida de identidad y su profunda minusvalía de poder.

Dicho sea de paso, los intelectuales occidentales, en especial los europeos menos cínicos, que no se enteran de nada desde hace décadas, vuelven a la carga con la ridícula dialéctica entre las “bellas almas” europeas y los feroces pragmáticos norteamericanos, dialéctica banal entre la moral y el derecho, el principio y los intereses, la norma y los hechos: pero reconocen también que se trata tan sólo de dos versiones igualmente mediocres de la misma “razón instrumental”. No hay nada que esperar de este tipo de análisis que responden a los planteamientos más rancios de la “conciencia burguesa” en su ya largo siglo de perpetua “crisis”, alimentada por el inútil moralismo de la “izquierda”: los supuestos “hobbesianos” y “kantianos” pueden seguir repartiéndose sin empacho los papeles de este guión largo tiempo caducado como figurantes que apenas si recuerdan el texto original a fuerza de repetirlo y deformarlo en contextos edificantes para el que aquellas hermosas dialécticas no estaban destinados.

Por su parte, los árabes, ahí están ya condenados de antemano a su liquidación antropológica bien temperada, sometidos a sus oligarquías venales (los egipcios son los segundos receptores mundiales de “ayuda” estadounidense, después de Israel, según parece, a fin de domesticar un desarrollo demográfico imparable), dejándose corromper, exterminados y emigrados, resistiendo a una mundialización que los arrastra en el vértigo de una desestructuración violenta de sus sociedades, a la que algunos han intentado resistir con lo que sin duda es el invento más portentoso de la imaginación política desfalleciente, al introducir en un escenario banal la fatalidad del sacrificio, el juicio divino de la trascendencia en el acto sacrificial, y eso ha descolocado a todo el mundo, que sigue envuelto conmovedoramente en el contrato superficial de la libertad, los derechos y la representación.

En cuanto a los rusos, reaparecen virtuosamente melancólicos pero nada nostálgicos de un poder perdido que en realidad nunca tuvieron sino sobre la base ideológica de su utopía quebrantada, pero ahora han aprendido a extorsionar como pueden a unos occidentales ricos y débiles, y siguen sobreviviendo a su propia catástrofe en una Post-historia o estado post-comatoso, que es para ellos un Purgatorio donde esperan el rescate del sistema mundial. Los países del Este europeo, por su parte, llegados los últimos al banquete, intentan colocarse como pueden en la mesa, a codazos, a ver si algunas migajas les pueden todavía caer encima. El Epulón norteamericano hace promesas que sin duda nunca cumplirá y pagarán los otros ¿Es que acaso la “casa común europea” es otra cosa que un barrio elegante de vecinos abonados a la misma compañía de gas y electricidad?

Los israelíes, resueltamente belicosos y superprotegidos, hoy niños mimados de una historia a la deriva, conservan su pequeño estado y no tienen la menor reserva sentimental para desplegar sus operaciones de castigo que Occidente secretamente admira y envidia, sionistas convalecientes en plena orgía de poder desnudo. Y finalmente, los chinos, astutos corredores de fondo en la partida de la mundialización.

Este consenso honrado en torno al despliegue de lo mundial, (y sustancialmente da igual la versión que acabe por imponerse, la normativa jurídico-moralista al serio estilo europeo, o la salvaje-espectacular hipócrita y misionera al desenfadado estilo norteamericano), no se debe a ninguna racionalidad compartida ni a ninguna moralidad superior, como se nos dice, ni tampoco a ningún proyecto: es simplemente una estrategia de esquivamiento y aplazamiento dirigida contra el resto del mundo como objeto de sus desvelos.

Lo decisivo sigue siendo que el poder y el conjunto del sistema han perdido de vista toda razón de ser y buscan desesperadamente encontrarla de cualquier manera. Esto se observa no sólo en las derivas puntuales de la lucha antiterrorista, en la fabricación del conflicto de Iraq y en tantas otras añagazas, apaños y fantasmadas que van a seguir (en lo más inmediato: debates sobre la incorporación de Turquía a la Unión Europea, manejos groseros para la construcción de un presunto “estado” palestino, “reconstrucción” hipotética de Iraq…), sino que llega hasta las legislaciones europeas que tienen por núcleo el enfermizo asunto de la seguridad: toda esa práctica paranoica y obsesiva de la seguridad en un momento en la que ésta sólo significa exclusión social masiva y persecución de las minorías culturales.

De todo ello es símbolo el casi plenipotenciario ministro francés del Interior, Sarkozy, pero como principio de gobierno funciona por igual en todos los estados europeos, después de la comedia del año 2002 sobre los “terribles peligros” de la extrema derecha: ahora sabemos qué sentido tenía todo aquello, en Francia y en otras partes. Se trataba de un movimiento de autoconversión de todo el sistema a término negativo, excluyendo en los discursos aquello mismo que el propio sistema es ya en la práctica y sigilosamente. Precesión universal del modelo policial, del modelo xenófobo, del modelo de seguridad, del modelo de la “solución final”. Las “democracias” hacen todavía mejor este trabajo exquisito, aunque necesitan de los efectos precesivos de los que les abastece alucinatoriamente la extrema derecha, resucitada a tiempo, a fin de conservar la “inocencia” democrática del sistema.

Todas las hipótesis sobre la tendencia dominante en esta evolución no agotan en nada el hecho irreductible y final: que todo un sistema mundial, en lo exterior de sus límites y en lo interior de sus fronteras, se ha puesto a la defensiva justo en el momento en que declaraba, de manera quizás prematura, su triunfo planetario y precisamente por ello (el resultado es un cierre creciente que intenta controlar los flujos “negativos”: la descripción de los continentes-fortaleza, de Naomi Klein). Es decir, todo lo que sucede se debe en muy amplia medida a esta doble consumación de un proceso: imposibilidad de ampliar más los márgenes de extensión del sistema hacia fuera, clausura en retroceso del sistema sobre sí mismo, repliegue que, sin duda, prepara una extensión ampliada y entonces ésta será la última palabra de la mundialización.

Lo que quizás esté en juego son las futuras modalidades de esta clausura repentina y violenta, que no obstante llevaba algún tiempo preparándose. Lo que ahora tenemos ante los ojos es el primer balizamiento del territorio para la continuación de la depredación: el gran macho occidental marca con el potente olor de su orina su dominio antropológico universal. Sin embargo, los límites de éste cada vez son menores; de ahí que, coyunturalmente, los machos se enfrenten cuando falta territorio de caza. Los que han descubierto que el sistema es una amalgama confusa de todos los poderes e instancias sin distinción que evolucionan por su cuenta, interfiriendo de vez en cuando en las otras (ejecutivo, legislativo, jurídico, mediático-espectacular, económico y tecnológico) han descubierto realmente las fuentes del Nilo. ¡El señor Livingstone, supongo!

Muchos acontecimientos tienen este aspecto de escapes o fugas de un espacio vacío por, paradójicamente, saturado y de aleación indefinible, pero sometido en todas sus dimensiones a presiones altísimas debidas a su propia dilatación y concentración simultáneas. El enrarecimiento mismo de todas las relaciones, institucionales, jurídicas, mediáticas, internacionales, pone de manifiesto que se trata de una implosión, sólo aparentemente controlada, del precario marco anterior, que en los años 90 había ya mostrado sus fisuras e indefiniciones. Los norteamericanos, por sí solos, no representan más que la avanzadilla de todo el proceso implosivo, cuya onda sigue siempre la misma dirección, del centro a la periferia con los efectos rebote y contragolpe desde la periferia al centro.

Son estos últimos efectos de distorsión y retorsión los que se trata de controlar. Y sólo en este escenario es en donde hay que situar la aparición fugitiva del efecto terrorista multiplicado y de todo lo que puede asimilársele: es de esperar que la mundialización del terrorismo esté sólo en sus inicios. El otro terror, el de muchas máscaras y ningún rostro, hace tiempo que promueve la deriva antropológica de la especie, y ahora, con la mundialización aspira a estabilizar esta misma deriva.

Por tanto, se desvía mucho la atención cuando nos dejamos atrapar por las categorías del pasado que sirvieron para analizar el estado del sistema en periodos anteriores, por muchas semejanzas aparentes que presente con ellos: despliegue de un supuesto “nuevo imperialismo”, escalada en un belicismo de farsa, formación de continentes-fortaleza al estilo orwelliano, que reproducen en nuevos términos los antiguos sistemas de bloques; liquidación apresurada de todos los marcos institucionales y legales de las relaciones internacionales; renovada dialéctica Norte-Sur, donde los excluidos habrían perdido ya por completo toda voz y serán simplemente “asistidos” de tercera categoría, como los ancianos enmudecidos y desaparecidos de las sociedades desarrolladas (nueva estrategia, de la que es portavoz la “buena voluntad” del recién estrenado Lula: que sean los propios hambrientos los que, como sujetos de su miseria, pasen a gestionarla, “Hambre cero”, maquillaje estético de la relegación y el olvido; ¡los chabolistas de las favelas que pasen por el registro de la propiedad!, -salvo que, al convertirse en propietarios decentes, deberán también pasar por Hacienda).

Incluso tal vez se podría hablar de un antagonismo ambiguo pero creciente entre las elites occidentales en medio de un estancamiento y de un embrollo económico del que no saben cómo salir y que se ven arrastradas a aventuras coyunturales aún más atropelladas. La situación que se ha derivado, por ejemplo, de la burbuja financiera de los años 90: es increíble observar las pérdidas supuestas de enormes compañías y corporaciones, pero más insólito es todavía comprobar que estas pérdidas no tienen el menor efecto sobre el empleo y sobre la actividad económica real, por no hablar del consumo, que tiende a la invariabilidad casi absoluta. Lo que da cuenta de que el sistema ha alcanzado un punto de metaestabilidad e inercia tal que puede lanzarse a un derroche frenético sin consecuencias aparentes. Y de todos modos son siempre los otros los que pagan la factura del banquete, por ejemplo, los infortunados argentinos.

Pero no hay que temer nada: la ceguera del carácter extremadamente calculador del sistema será lo que provoque su catástrofe, no ninguna aventura fallida, aunque a la larga la sucesión y acumulación de éstas tenga consecuencias insospechadas muy distintas a los efectos inmediatos que tendría cada una de ellas tomada por aislado. El 11 de septiembre es una de esas posibles consecuencias inesperadas, resultado de los cálculos ciegos y groseros del sistema, y es en esta situación donde las disfunciones se encadenan sin efectos inmediatos lo que permite constatar una profunda “vulnerabilidad”, que no se debe a los riesgos sino justamente a su metabolización permanente. Los riesgos reales son los “residuos” de esta pesada digestión. Todo eso es cierto, dentro del escaso margen para la certeza de que disponemos, todo está a la vista, pero no agota el sentido de la línea evolutiva que vemos apuntar después del 11 de septiembre.

Sin embargo, todos los esfuerzos de la información de masas, de los hinchados analistas de la coyuntura, de los políticos en perpetua campaña electoral, parecen ir encaminados a persuadirnos de que somos nosotros los que llevamos la iniciativa en el proceso actual de una historia a la deriva, llegada a un punto muerto ante el que sólo se puede dar marcha atrás. Todo lo que vemos circular actualmente como medidas de reestructuración de lo mundial constituye sin lugar a dudas un verdadero efecto “placebo” de la Historia, una automedicación exasperada del propio sistema, a fin de ocultarse su verdadera patología.

El terrorismo, como también la catástrofe ecológica y el accidente generalizado, presenta la situación modelo de este proceso del que ya no somos agentes ni sujetos, pero seguimos creyendo que todo funciona como antes, en la época dorada de la causalidad y el encadenamiento racional de las cosas en el laboratorio mental e histórico del sujeto autocumplido. El sistema querría ser sujeto, e incluso sujeto racional, pero se encuentra enfrentado con su propia sombra, y ésta es la que le atormenta.

El sistema quisiera hablar en nombre de una “humanidad” a la que está exterminando de múltiples maneras, pero ésta sólo le devuelve en eco su propia falta de voz y cuerpo. Lo mismo ocurre con los políticos y las instituciones, y los “estadistas” actuales, que quisieran hacerse responsables de todo, catástrofes y accidentes incluidos, pero saben demasiado bien que no pueden: hace tiempo que el menor incidente les supera ampliamente y los deja con un palmo de narices. En esta coyuntura es en donde ha surgido el paradójico concepto de “catástrofe humanitaria”: lo humano en sí mismo es lo que se ha convertido en catastrófico, una vez liberado lo humano a su propia acción incondicionada sobre el mundo.

Sabemos, por imputación de nuestros propios miedos más inconfesables, las intenciones de los terroristas, sus medios, sus fines, nos parece que todo está bajo control o casi, salvo algunos “accidentes” de trayecto, como los atentados del 11 de septiembre del 2001. Creemos ingenuamente que todo antagonismo puede ser circunscrito, analizado y tratado, ofertándole los saldos de nuestros conceptos y prácticas fraudulentas de la libertad, la democracia, la igualdad y los derechos. Pero se nos olvida lo principal: el que designa al otro como enemigo y adversario es quien realmente lleva la iniciativa en el juego. Un juego de simulación política en el que los terroristas, y en general todas las formas de antagonismo radical que se están incubando, son dueños de todas las reglas. Y son dueños de las reglas, porque dominan la imaginación del adversario que han designado.

Y son los terroristas, en la clandestinidad y oscuridad de su mundo sacrificial, (al fin vamos a tener que vivir en un mundo en el que sea posible devolver la muerte, un mundo donde sea posible responder al poder con un desafío que lo vuelve inane), quienes nos han designado muy certeramente como enemigos, lo que implica además que poseen la energía y la voluntad necesarias para hacerlo. Ahora bien, no se puede decir otro tanto de los occidentales, quienes pasivamente se limitan a afrontar todos los “accidentes” del recorrido con medidas preventivas de seguridad que no aciertan casi nunca el blanco, medidas que caen en la indiferenciación ciega. Como de hecho va a ocurrir en esta presunta guerra contra Iraq.

Como en el viejo cuento de la rana y el escorpión, el sistema sólo puede responder con lo que es del orden de su propia naturaleza, incluso si de esta manera corre el riesgo de hundirse en el caos. Su naturaleza es reducir la indeterminación con más determinación, que a su vez crea más indeterminación. El terrorismo hunde al sistema en un ciclo que desarma su propia lógica secreta, al redoblarla en el vacío, en la aletoriedad que el propio terrorismo le impone. Por eso sin duda el sistema promueva que la imaginación popular fantasee sobre el terrorismo bajo las especies de las armas biológicas o químicas, miedos latentes con los que sale a la superficie la pulsión exterminadora del propio sistema, pues ésa es precisamente su verdadera lógica.

En el inconsciente terrorista de nuestra sociedad, el sistema se retrata a sí mismo como lógica mundial del exterminio, pacífico o violento, como lógica del pánico por contagio. Inconsciente terrorista sobreimpresionado en todas partes, que la gente vive, y está inducida a hacerlo, en un pánico latente que puede conducir a situaciones como la de la discoteca de Chicago (o el incendio, pocos días después, durante un concierto de música “rock” provocado al parecer por los fuegos artificiales), donde mueren decenas de personas cuando los servicios de seguridad intentan sofocar una disputa usando un pulverizador de espray irritante, lo que produjo en la masa divertida el mismo efecto que una acción terrorista organizada: insignificancia de la causa, máximo efecto catastrófico. No deja de ser sintomático que la “guerra” no haya estallado, pero ya se puedan contar víctimas entre los norteamericanos, indirectamente ocasionadas por el propio dispositivo de la seguridad, que repercute a su vez en esta desproporción entre causa y efecto.

Como en otros caso similares, he ahí a las víctimas de un pánico invisible pero omnipresente. Ahí es donde sin duda está la derrota de Occidente. Esas decenas de jóvenes aplastados, asfixiados, y los restantes heridos, son nuestro emblema: la muerte involuntaria, accidental, indiscriminada, acechando en todas partes, muerte inducida por una violencia terrorista inmanente a una sociedad ella misma pánica: primeras bajas de una guerra no declarada ni declarable, pues la manera de morir resume seguramente la manera de vivir, ignominia de esta muerte aleatoria que los norteamericanos practican a su vez con tan buena conciencia en sus hipótesis de trabajo sobre “guerras” profilácticas, pero también, con toda coherencia, muerte indeterminada para una vida indistinta, la de los civilizados.

Trivialidad por trivialidad: el todo se refleja en cada una de sus partes. Se acumulan malos presagios para los norteamericanos en estos días en que los guerreros parten al frente en silencio, sin “canciones populares de taberna”: desintegración del transbordador espacial “Columbia”, por causas aún desconocidas (las hipótesis se superponen y encabalgan); incendios en discotecas y conciertos musicales, que provocan gran mortandad; amenazas de explosión en cadena en instalaciones petroleras… el terrorismo no necesita actuar en persona: le bastan los accidentes, la imputación insegura de los accidentes. Estos hacen su trabajo con toda espontaneidad.

El terror llama al accidente; el accidente llama al terror. No hay que hacer ninguna consideración moral en todo esto: si el terrorismo es juzgado nihilista, ¿a qué otro nihilismo emboscado e inconfesable responde el accidente? El pánico insufla más pánico; el miedo teme, pero no discierne lo que ahí delante provoca el miedo: ceguera que lleva al retroceso de la estampida. El incendio de una gabarra que realiza tareas de transbordo de gasolina o propano en una refinería motiva momentáneamente la caída de la bolsa de Nueva York. Los signos del poder estadounidense desfallecen: la conexión en cadena, la máxima integración de una multiplicidad de efectos, pero ya no mediante una verdadera determinación causal, afecta a un centro abstracto de poder y decisión.

A fuerza de llamar al pánico mediante la alerta exasperada, el pánico se materializa, parece que tiene independencia de las causas, que actúa por sí solo, sin mediadores. La muerte se anticipa a la muerte. El terror que se infligirá más tarde a los otros, se inflige primero sobre los que lo causarán. Hay como un vínculo secreto que va del terror al accidente y de éste a aquél, por vía de un miedo y un terror latentes. Desconocemos los lazos invisibles que la muerte mantiene consigo misma. Afortunadamente, no se puede racionalizar la muerte, sobre todo no la muerte de los que están al lado del poder: virtualmente, debido a la disuasión y el terror inmanentes al sistema, todos somos como el visir que huyó a Samarcanda, equivocando los signos que la muerte le presentaba pero acertando sin querer en el sentido de su propia predestinación.

Nosotros no llevamos la iniciativa, y de nada valen todas las intoxicaciones en que nos vemos envueltos sobre las “estrategias” de dominación puestas en marcha: pura nostalgia inconsciente y necrológica de un imperialismo “fuerte” que ya no es posible. Para no engañarse y engañar a los otros, hay que partir de esta imposibilidad fundamental. A lo que sí tendremos derecho, y con creces, es a la violencia policial, represiva, mediática y virtual del nuevo orden, y eso desde luego, nada tiene que ver con ningún “imperialismo”, porque detrás de un “imperio” hay un proyecto realmente político y sobre todo una pasión desmesurada, insensata, y nosotros no tenemos nada semejante, fuera de las tácticas coyunturales de esquivamiento.

La violencia misma de la información está sustituyendo a la otra violencia, la de la guerra, aunque en ambas violencias, por principio, se trata siempre de la violencia derivada de la potencia del aparato tecnológico: aparato mediático o aparato militar. Violencia de la logística, violencia de la programación, violencia (la peor, la que da carta de naturaleza a la amoralidad colectiva) de la precesión de la violencia. No es necesario ningún control “externo” de la información, como temen algunas conciencias escrupulosas: ambas formas de violencia son modalidades del mismo principio de dominación por lo vacío, es decir, por lo virtual. Aunque, ciertamente, lo virtual puede tener efectos tan devastadores o más que lo real.

La posible “guerra” en Irak no será en absoluto tal guerra, sino una simple operación de represión policial, al estilo de la israelí sobre territorios palestinos ocupados; aunque los medios desplegados sean enormes o desproporcionados (a la táctica policial de “un terrorista, un misil”, lógicamente, es decir, logísticamente, corresponde la táctica militar de “un pueblo desarmado, un bombardeo masivo e indiscriminado”), no debemos confundir la magnitud de un dispositivo represivo con la definición del verdadero acontecimiento bélico.

Se utilizarán los signos de la guerra para realizar una operación policial, y nada más. Sucedió en Kosovo contra Serbia en la primavera de 1.999, luego en Afganistán contra el régimen talibán el otoño del 2001 y ahora quizás se planea lo mismo para Iraq. Vemos que sucede todos los días en Gaza y Cisjordania, y sin duda el estilo israelí es el prototipo futuro de este control mundial: la apariencia “virtuosa” e “irreprochable” (defensiva)) de la operación militar permite ocultar el carácter puramente policial y represivo de estas situaciones de terrorismo estatal públicamente legitimado. No es necesaria ninguna retórica militar o política para entender esto. Las “bombas inteligentes” son las nuevas “porras” de las fuerzas del orden público mundial, que sólo visten uniformes militares por equívoco y a despecho de su naturaleza. El chantaje de las cañoneras hecho exponencial.

De ahí que los autotitulados “liberales” se sientan tan identificados con este tipo de operaciones supuestamente militares y guerreras: se corresponden a la perfección con sus postulados sobre la “seguridad”, trasladando la represión del delito interno contra la propiedad privada a la categoría y la dimensión de las relaciones entre estados “soberanos” (que, por cierto, muchos no han podido serlo, pues entraron en la esfera de la soberanía, cuando se imponía simultáneamente el modelo de la disuasión, y ésta es la primera forma de neutralizar todas esas veleidades arcaicas de soberanía, decisión, guerra, hostilidad…).

Dadas las premisas liberales del orden mundial, no hay nada sorprendente. Todo esto estaba ya en las reflexiones de los “peligrosos fascistas” (“fascismo hegeliano” decían los marxistas a su vez devorados por sus adversarios liberales) del tipo de Carl Schmitt y Ernst Jünger desde hace cincuenta o sesenta años, en la época de entreguerras, cuando las democracias, sobre todo anglosajonas, intentaron ensayar un primer modelo de orden mundial, tomando a los alemanes como chivos expiatorios, y algunos intelectuales tuvieron el vigor y el coraje de reaccionar. Intelectualmente, nuestros “liberales” llevan un considerable retraso sobre sus antiguos adversarios ya desaparecidos, pero no les importa, dado que son dueños de la verdad y de la historia por apropiación legal.

Dicho todo esto, hay que saber finalmente que estamos en Occidente en una fase de progresiva hibernación, mientras el resto de mundo ha alcanzado la temperatura de ebullición (en sentido demográfico, pero también en todos los demás sentidos catastróficos): cómo congelarlos a ellos también, a los otros que siguen siendo otros, ése es nuestro verdadero problema y todo lo que hacemos va encaminado a evitar la explosión o retardarla cuanto nos sea posible, puesto que, en buena medida, de ellos, de los otros depende que nuestras fallas internas no se abran finalmente, dejando paso a un destino del mundo contra el que luchamos con nuestras últimas reservas de estado, ideología, derecho y violencia legal (la base moral está perdida hace mucho así como los valores reivindicativos y justificativos en que se envolvía la “superioridad” de Occidente: vivimos, o mejor, chapoteamos, hace mucho en la “cloaca del valor”). Parece ser que la pura violencia de la hegemonía de lo económico librado a sí mismo no era suficiente para acceder a la Jerusalem Celeste del mercado pacificador y a la virtuosa “sociedad mundial” definitivamente pacificada.

La implantación coercitiva y policial de lo mundial en un desorden ampliamente retro-alimentado por el propio sistema no es una iniciativa nuestra, no responde a ninguna estrategia progresiva, no es sobre todo la expresión de una historia ascendente y creadora de sus propias condiciones, sino que más bien ocurre lo siguiente: ante la creciente desestabilización y desorganización que está provocando la mundialización económica y cultural, que antropológicamente constituye la peor regresión imaginable, ante el desprendimiento y el desarraigo de la población del planeta entero, ante las condiciones mismas de un planeta que se vuelve inhabitable, todo Occidente se ha visto obligado a desplegar “en efigie” un aparato coactivo de fuerza y disuasión que lo proteja a la desesperada de procesos futuros de todas maneras imparables, puesto que están en la misma línea lógica de la mundialización. De ésta queremos solamente los beneficios, pero no sabemos cómo filtrar los maleficios, y son éstos precisamente los que han tomado la iniciativa y para los que no hay ya ningún tratamiento, ninguna “terapia de choque”.

Lo que sí hay frente a los “maleficios” de esta mundialización brutal son prácticas “mágicas” y “míticas”, además de policiales, situación en la que hemos entrado imperceptiblemente (antes incluso en el mundo intelectual y moral que en el político), y no, por supuesto, en ninguna nueva “dimensión histórica”, como les gustaría pensar a todos los realistas del concepto, los más enardecidos defensores de la “realidad” de los hechos y la verosimilitud de las opciones, los que se creen que viven en el viejo periodo dialéctico de los antagonismos “reales” (Umbral ha descrito las recientes manifestaciones masivas del 15 de febrero del 2003 contra la guerra como la expresión más actual de una “inercia sin dialéctica”, pero esto es aplicable a la totalidad de lo político y de lo social en Occidente: el sí y el no constituyen siempre la expresión del grado cero, de la neutralización que constituye el lenguaje inarticulado de las masas, lo único que se les ha dejado: una voz débil que se pierde en la lejanía y en los ecos de consignas repetidas finalmente por automatismo reflejo).

Que estamos ante una situación, ya sobrepasada, de prácticas míticas, se demuestra mediante esta simple consideración: recitamos compulsivamente el mito de la dominación, de la refundación del orden mundial, el mito del poder mismo o incluso el mito de la Historia, en la esperanza de que todas esas cosas ya perdidas vuelvan a reaparecer de nuevo. Esta es una actitud perfectamente mítica y en ella andamos envueltos sin saber lo que hacemos. En todas y cada una de las peripecias actuales recitamos una historia mítica para atraer sobre nosotros quizás las virtudes de la historia “verdadera”. Ni siquiera “historizamos” el mito, como ha hecho siempre todo poder realmente imperial, más bien estamos mitificando, y tambien mistificando, lo que queda residualmente de Historia, pero convirtiéndola en una bufonada descarnada, ante la que deberíamos ser espectadores mucho más sensibles.

En estas condiciones, el terrorismo no sustituye a ninguna polaridad, ni el Islam reemplaza en el papel del antagonismo ficticio al comunismo, aunque es cierto que todos los movimientos estratégicos de Occidente en los últimos veinte o treinta años vayan dirigidos, secreta o manifiestamente, a su liquidación, mediante diferentes estrategias de provocación y disuasión, y por eso el Islam ha pasado a un primer plano tras la desaparición del comunismo. A partir de 1.979, con la revolución iraní, Occidente comenzó a darse cuenta de las potencialidades “desestabilizadoras”, para su orden mundial profundamente reactivo y conservador, del Islam en cualquiera de sus modalidades.

El terrorismo llamado “islámico”, principalmente el “modelo terrorista” del 11 de septiembre, desvía la lógica exterminista de Occidente y la sustituye por otro tipo de lógica: la que Baudrillard interpreta como “desafío simbólico”. Los analistas tienden a confundir en la amalgama estas dos formas de “terror” contemporáneo: uno corresponde a la derivación natural del orden tecnológico puro emancipado y abandonado a sí mismo, evolucionando en su propia amoralidad, necesariamente impune siempre, el que rige nuestras sociedades, sin escrúpulos, pues se identifica para nosotros espontáneamente con el Bien, y el mal sólo se le puede imputar como accidente o perversión subjetiva; el otro es la forma contemporánea que adopta políticamente la cultura sacrificial arcaica cuando se ve enfrentada al orden dominante.

En Occidente llamamos “fanático” a todo lo que pertenece al orden sacrificial y simbólico, cuya crueldad nada tiene que ver con la violencia moderna alimentada por el terror tecnológico, que Peter Sloterdijk, en su reciente ensayo “Temblores de aire”, ha evocado oportunamente como recordatorio de nuestra actualidad. Nos guardamos mucho de aplicar este calificativo al tipo específicamente moderno de terror exterminista, el cual sólo en circunstancias favorables de simbiosis política puede aliarse con alguna ideología “fanática”.

Así ocurrió con el nazismo y de ahí los campos de exterminio, donde el asesinato en masa derivaba de la propia facilidad técnica de ejecutarlo unido a un ejercicio concienzudo del mal por sí mismo y a una alianza estética con la muerte; pero los verdugos de Dresde y las dos ciudades japonesas no estaban poseídos por ningún “fanatismo” y complacencia sádica y maligna: se limitaban a cumplir las condiciones del protocolo técnico de la muerte sin más, y eso es todavía más horrible porque se mata sin ninguna pasión, incluso la pasión intelectual e inhumana del ejercicio puro del mal, como ocurrió con muchos miembros de las SS encargados de los “Lager”. Cualquiera que sea su uso, a priori, toda tecnología implica una suspensión de lo humano a favor de la propia performatividad del instrumento.

Dice mucho de lo que somos en Occidente el que una religión considerada por nosotros como “retrógrada” y “bárbara” pueda poner en jaque a la totalidad de nuestro sistema de valores y de nuestro universo simbólico y cultural devastado. El comunismo era un límite utópico y una precipitación pragmática del orden burgués, pero el Islam nos hace remontarnos a la escena primitiva de la Modernidad, cuando todas las formas antropológicamente fuertes empezaron a ser desmontadas y sustituidas por el artificialismo moderno recubierto de los buenos valores universalistas: la escena de la desestructuración simbólica del orden social europeo llevada a cabo por las estructuras motrices del Estado y el Mercado que dieron luego lugar al nacimiento de “lo social” a partir de los siglos XVI al XVIII y a la propagación hegemónica de los valores concomitantes con el proceso (igualdad, libertad, felicidad como metas de una “humanidad” entregada a sí misma).

De todos modos, nada de esto implica una nueva distribución de las relaciones de fuerzas, que produzca un horizonte histórico nuevo, coyuntura como la que existió (pero ya también ficticiamente pues el comunismo no era el verdadero enemigo de Occidente sino solamente una prolongación o excrecencia suya) durante el casi medio siglo de la “guerra fría”, cuando se produjo el reparto de la opresión mundial para estabilizarla mejor sobre las bases del duopolio, el cual es la lógica misma del sistema: el sistema no “inventa” el terrorismo para alimentarse de sus efectos, sino que ocurre más bien todo lo contrario: el terrorismo reinventa al sistema, le da solamente la coartada al sistema para reestructurarse a la defensiva, pero en lo sustancial la iniciativa sigue estando marcada por ellos, por los otros, en los aspectos propiamente “políticos” de la desestabilización ofensiva.

Por otro lado, la lógica sin sujeto de la mundialización exige la eliminación de todas las estructuras de civilización que resulten “opacas” a la liberación total de los intercambios materiales y semiológicos (consumo, “modos de vida”, publicidad, modas de todo tipo, liberación de costumbres y de los signos vacíos y equivalentes, turismo…): el Islam, independientemente de sus representantes y de sus fieles, es una de esas estructuras “opacas” que deben desaparecer. De manera que la identificación terrorismo=Islam resulta hoy muy operativa para Occidente, que a su vez se conforma espontáneamente con esta lógica de la mundialización, de la que pretende ser su sujeto, cuando quizás no sea sino otra víctima autocomplaciente pero que aún no lo sabe.

En lo banal de los hechos y las opiniones, lo que todo el mundo constata, el terrorismo, o lo que imaginamos confusamente que es el terrorismo, puesto que sus efectos dependen en buena parte de nuestra imaginación y su productividad fantasmática inagotable en la medida de su inmensa carencia de realidad, permite seguir alimentando la pantomima incesante de la hegemonía mundial de Estados Unidos, le otorga una última oportunidad de justificación a su “misión” planetaria de conversión al mercado y a la “democracia”, conversión de las aspiraciones “espontáneas” de las gentes a la bondad natural del bienestar pacífico y sosegado, aunque ciertamente ya nadie crea en todo esto como receta de “salvación”, y seguramente, en secreto, menos que nadie los propios norteamericanos, como están demostrando “a término contrario” con todos sus preparativos para una campaña militar irrisoria y como han demostrado ya con todas sus iniciativas “antiterroristas”, que son del orden del contagio y la epidemia más que de la política, cuyo arte desconocen; finalmente, le da un cheque en blanco a una industria armamentista desbocada, que ya no tiene ningún objetivo, realista o imaginario, que no está ligada a ningún plan de disuasión o dominación, y que es nada más que un instrumento de un nuevo terror preventivo.

Hay que insistir en que dadas las condiciones de esta inmersión general en un orden-desorden producto de la misma mundialización, estos factores no son realmente decisivos ni motivan ningún comportamiento particular que no fuera ya conocido. Lo radicalmente nuevo es la incertidumbre en que, a partir de ahora, se tienen que mover obligatoriamente todos estos factores, causalidades y motivaciones que corresponden a nuestra imaginación de la Historia y de los procesos como productos de subjetividades “heroicas” enfrentadas, capaces de generar una dialéctica (si el estado del mundo es virtualmente catastrófico y ya no dialéctico, las subjetividades humanas, el poder mismo, tarde o temprano, se convierten en igualmente catastróficas, apelan sin saberlo ni quererlo a la catástrofe, pues es nuestra condición irredimible).

Lo dialéctico no es ya nuestra dimensión “real”. Nosotros estamos más bien en una figuración fantasmática que se desconoce a sí misma, estamos inmersos en la otra escena del devenir, cayendo por una pendiente que conduce a cualquier parte o a ninguna, lo que implica un verdadero riesgo, el auténtico: el riesgo de creer que uno está vivo cuando ya está muerto, el riesgo de creerse activo cuando uno es arrastrado por una fatalidad cuyos encadenamientos son invisibles pero tenaces.

El realismo luctuoso de la muerte, el duelo anticipado por la muerte, nada puede hacer por cambiar ni el sentido ni la dirección de todos los procesos y menos que nada un lamento convertido en coartada, en complicidad con la propia muerte, al darle cartas de naturaleza ontológica fuerte en el seno de un orden que justamente se basa en la abolición unilateral y virtual de la muerte. Como se ha vuelto a comprobar en el debate entre Derrida y Baudrillard, la utilización de la muerte siempre está al servicio de la verificación moral y emotiva de un realismo que desconoce por completo su carácter desnaturalizado y la impostura con la que juega inocentemente.

En lo tocante a la superioridad armamentística norteamericana, a largo plazo, esta situación de desequilibrio de los presupuestos militares, no debería dudarse que amenaza más a los propios occidentales que a sus supuestos enemigos (en el orden internacional de los estados no hay ya ni rastro de verdadero antagonismo: todos los estados se han vuelto espontáneamente paralíticos y catalépticos, tras décadas de disuasión), pues esta industria pesa como una rémora sobre una economía y un desarrollo tecnológico a los que absorbe por completo y de cuyas excrecencias en buena parte se alimenta (se sabe que lo virtual, la computerización, las comunicaciones vía satélite y tantas otras innovaciones que saturan el consumo de masas, primeramente se han desarrollado en el campo militar y sólo después se les ha inventado un uso “civil” para diversión de las masas).

Lo peor es que Europa puede caer en la trampa de este gasto militar con el pretexto, por parte de sus elites, de contrapesar la superioridad norteamericana. Exactamente una de las pretensiones tácitas de la actual campaña de desestabilización norteamericana de Europa: obligarla a un compromiso para una posible carrera armamentista que sólo alimentaría al presupuesto del viejo complejo militar-industrial americano. Pero las cosas están tan sacadas de quicio que hasta este mismo complejo se muestra claramente reticente ante las aventuras en simulacro que se programan.

En esta situación, no hay nada original, nada imaginativo, nada innovador: es la enésima repetición de un “story board” demasiado visto, que se ha ensayado otras tantas veces desde la época colonial y la primera guerra mundial, aunque entonces fue diseñado y protagonizado por los europeos para su propia desgracia. Los norteamericanos, ahora, practican la dominación y la disuasión como un autista practica sus juegos mentales en el vacío, sin un “otro” con quien competir. Se han convertido en los impúdicos masturbadores de la Historia. Y si designan al terrorismo como enemigo, se encierran en una lógica paranoica en la que llevan todas las de perder. Están autoseducidos por el poder, precisamente porque no lo tienen: los signos narcisistas del poder pueden ser muy engañosos.

Pero si alguien corriera peligro de ahogarse en el agua que refleja su propia imagen, no habría que advertírselo: habría que susurrarle al oído que realmente es el más bello del mundo, invitándole a mirarse sobre las aguas. Deberíamos saber, ante todo, que la partida ha terminado, que ya no hay ninguna posibilidad para una lucha por la hegemonía, que hay que abandonar a los hegemonistas a su propia suerte y, quizás, esperar su derrumbe bajo el peso de sus propias pretensiones. Esta sería la verdadera estrategia: una acción que consiste en la suspensión de toda acción, dejando todo el espacio libre para los que, tarde o temprano, sucumbirán a sus propios esfuerzos de dominación incondicional.

Los europeos, por su parte, como no disponen de otro poder que el moral, y éste saben inconfesablemente que es de un patetismo vergonzante, se mueven con sigilo entre las sombras largo tiempo anticipadas de su desaparición, quizás aliviados pero también sorprendidos por la creciente sospecha de que ya no hay un verdadero poder que pueda hacer por ellos a escala mundial todos los trabajos sucios. Con nuestras leyes y nuestras policías (pero sobre todo con nuestras inhibiciones) nos bastamos de puertas adentro para la ejecución de estas tareas, pero somos muy dependientes para llevar a cabo estos mismos trabajos en el exterior: ahí los norteamericanos siguen siendo nuestra policía. ¿De qué quejarse cuando la policía quiere erigirse en juez, fiscal, testigo, legislador y ejecutor? ¿Quién ha entregado todas esas instancias, ahora ya embrolladas, a cambio de una protección mundial de sus siempre turbios intereses compartidos? Los europeos se han acabado por convertir en los rehenes objetivos de los americanos, dispuestos incluso a blanquear todas sus vergüenzas, a aceptar su condición de víctimas, como se ha visto en el asunto de las escuchas telefónicas en las sedes de las comisiones de exteriores en Bruselas.

Es pura hipocresía, o algo peor para lo que no hay juicio moral alguno, a estas alturas, hablar en nombre del orden legal para seguir sosteniendo la posición hegemónica de Occidente. Y es la posición que desgraciadamente seguimos queriendo encarnar, cuando todo orden legal se revela como una simple tapadera forzada de esta olla a presión que es un mundo que se resiste a la mundialización. El ministro de Exteriores francés, De Villepin, oponiéndose con aparente contundencia a la guerra en Iraq, no encontraba mejores argumentos que éstos, refiriéndose al papel de los estados congregados en la ONU ante el Consejo de Seguridad: “Somos los guardianes de un ideal, somos el guardián de la conciencia” (¿no habría sido más exacto decir que somos la conciencia del guardián?)

Y así es como esta coartada de la lucha contraterrorista sobre el papel permite en Europa “acordonar” legalmente a las minorías, disciplinarlas y someter el proceso de inmigración a una regulación completamente policial, sin que se pueda oponer ningún argumento y hasta se hará, se está haciendo, con toda la buena conciencia de que somos capaces. De ahí la profunda complicidad entre norteamericanos y europeos, aun cuando éstos saben perfectamente que son la parte más perjudicada a largo plazo, no sólo porque Europa será el escenario del terrorismo y la desestabilización en un futuro cercano, sino porque todo esto se producirá en una situación conflictiva de creciente “multiculturalidad” difícilmente tolerable para gobiernos y poblaciones educados desde hace siglos en el más puro etnocentrismo universalista.

Pero más que la defensa particular de intereses comunes, monopolísticos y oligárquicos, más que del reparto de una dominación sostenida sobre una base cada vez más frágil y vacilante, lo que hay en Europa es un miedo atroz al futuro de un continente que habrá perdido toda supuesta identidad y unidad en medio de un océano de inmigración y exclusión social y cultural que nadie podrá parar, aunque todas las medidas actuales se destinen a un maquillaje bastante precario de la situación.

Si ya las minorías resultan “amenazadoras” dentro de los planes de uniformización y “limpieza étnica y cultural” del social-liberalismo que presiden el proyecto de la Unión Europea, el fantasma de hipotéticas minorías en oposición abierta y rebeldía hace temblar a los precavidos funcionarios de Bruselas como la peor de las pesadillas. No saben que la nueva alianza excluyente que están sellando con Estados Unidos a largo y medio plazo tendrá un coste mucho mayor del que esperan. Y esto al margen de las “diferencias” coyunturales, que tocan a las formas y nunca al fondo mismo, de un proyecto uniformador compartido, para cuyo éxito Europa necesita del “arbitraje” norteamericano del resto del mundo.

Como se puede observar, el acuerdo unánime, pero también el desacuerdo más fingido que real, entre las dos partes del Atlántico, se debe a intereses diferentes, pero ambos miopes y muy rezagados respecto del porvenir, puesto que es precisamente el porvenir libre y fatal del mundo lo que se intenta congelar en una estrategia puramente reactiva que, sin embargo, se recubre con las insignias de una buena causa, incluso humanitaria y legal, cuando realmente no manifiesta más que el miedo, la cobardía y la impotencia de Occidente ante el destino de un mundo que se le escapa de su planificación.

El 20 de marzo del 2003 comienza el remate de la guerra, que no su inicio absoluto propiamente dicho, pues en los errabundos ficheros de la historia olvidada esta guerra comenzó en septiembre de 1.980, cuando Iraq fue utilizado por Occidente para detener y sabotear la primera gran revolución no inspirada por ideologías occidentales “modernizadoras”: la revolución islámica de Jomeini. O quizás empezó en 1.979, cuando los Estados Unidos recibieron en el Irán del “shah”, su guardián militar en la zona, la peor humillación hasta el 11 de septiembre de 2001. Y lo que empezó como un gran acontecimiento histórico en 1.979 y se ha convertido en el mayor desafío simbólico hacia Occidente y su disuasorio orden mundial desde el atentado del 11 de septiembre, nosotros los occidentales lo cancelaremos en medio de un espectáculo bochornoso y banal hasta el hastío, con este montaje de guerra de agresión y ocupación contra nuestro antiguo aliado y cliente.

Si voluntariamente omitimos toda dramatización interesada, lo único estimulante, y esto es del orden de la desolación, si ésta puede resultar apasionada, es la profusión de los dobles de la guerra, las réplicas arbitrarias y alucinatorias de sus efectos y las prótesis morales y políticas de sus violentas afectividades, que a nosotros nos están vedadas. A doce años de distancia de la publicación del texto de Baudrillard, “La guerra del Golfo no ha tenido lugar”, los actuales acontecimientos, y los que los han precedido, verifican a posteriori todas y cada una de las hipótesis contenidas en aquel libro, que el propio autor decidió olvidar, argumentando que la reseña de un no-acontecimiento es ella misma un libro destinado al olvido. Con esta guerra hemos quemado una etapa más en el mismo proceso de irrealización del poder, de la guerra y de las estrategias.

Así pues, nuevamente, nada de originalidad e “inspiración”, nada de genio y espontaneidad creativa: una guerra de “vanguardias”, entregada a los automatismos de un “proceso creador” desmontado desde dentro. Como la otra guerra del Golfo antes, esta guerra lleva a cabo la iconoclastia de la guerra y nos deja aturdidos, si supiéramos aún estarlo y no simplemente narcotizados por el indeformable “way of life” en que yacemos, permanentemente chantajeados por la imagen y la verborrea mediática y política. Y no sólo vale esto para la tecnología de la guerra: ésta ha convertido a sí misma el resto de actitudes en lo que al automatismo desencadenado se refiere. Automatismo cerebral de los reflejos de todo tipo, de los “tics” nerviosos en que ha quedado atrapada toda sustancia ideológica vuelta meliflua e inofensiva: extravagante síndrome de Tourette en que hemos caído con todos los desastrosos pertrechos de nuestra historia.

Lo único interesante de verdad es ver si este automatismo de la programación, si esta superioridad tecnológica, si este despliegue inverosímil de medios, si este pudoroso y a la vez desvergonzado “modo humanitario” de hacer la guerra (nos estamos conteniendo para no multiplicar las víctimas civiles: a la humillación añadimos la insolencia), pueden sufrir alguna contrariedad profunda al entrar en contacto con la realidad; si los anglo-americanos, con los que la Historia ha sido demasiado benévola, tendrán algún enemigo a la vista con posibilidades de plantarles cara, cosa ésta que sería la más espantosa que nos podría suceder, sobre todo para los que tanto se han autoengañado y nos siguen entrampando con las potencialidades reorganizativas de esta guerra. Pero hay que saber desengañarse: respecto del orden político actual desconocemos todavía el sentido de la máxima que dice que de la nada, nada se crea.

Ya antes del comienzo, preparación detallada y premura al mismo tiempo, aceleración e inercia, como que sí como que no de toda esta parafernalia diplomática y mediática, abundancia desenfrenada de argumentaciones viciadas, réplicas de mala sofistiquería, réplicas de acciones antiterroristas, réplicas de alarmas frente a amenazas fomentadas con minuciosidad. Desgraciadamente la pasión clandestina del terrorismo no hace más verdadera nuestra situación actual.

Obligados a vivir bajo estas circunstancias coactivas en todos los órdenes, ¿cómo es posible llevar a cabo algún proceso de pensamiento que no se deje apresar en todas estas trampas, en todas estas alucinaciones, en todas estas inseguridades, morales, jurídicas, informativas y estratégicas, multiplicadas por sí mismas hasta el infinito? Éstas, por otra parte, son la verdadera revelación de todo lo que ocurre ahora. Es falso atribuir todas estas incertidumbres a la lógica de la guerra en sí; ésta sin duda se basa en la astucia, en el engaño o en la propaganda, pero actualmente no es la astucia la que esconde la fuerza y el poder, es más bien la mentira la que crea por sí misma la verdad del poder: el hecho de que toda su potencia es igualmente de mentira.

Pero ni siquiera nuestras reservas de sarcasmo son suficientes para suplir la falta de sentido de todo lo que nos rodea: no hay mecanismos de defensa ni de inhibición de una angustia latente, pero sí formas universalmente aceptadas de vómito y expresión. Sabemos que la expresión es meramente la expansión inflacionista de lo que no debe decirse: al “voyeurismo” audiovisual corresponde naturalmente el exhibicionismo de las actitudes “realistas”, sin darnos cuenta de la profunda desproporción, que intentamos solapar, entre estos dos órdenes de la contemplación hipnotizada, y en el fondo indiferente, y la reacción que se hace pasar por “realista”.

Al occidental se le puede privar de todo (vemos cómo se le ha privado primero de la realidad, luego de la libertad auténtica, a cambio de señuelos y fraudes sin que nadie se haya dado cuenta, para eso sirve exactamente la democracia y todas sus coartadas vergonzantes), pero no se le puede privar de su pulsión elemental: la voluntad de servir de carnaza al espectáculo, la voluntad autopunitiva de sentirse ligeramente mal de vez en cuando, pero sin excesos ni insistencias. Nuestro estado de ánimo dominante es sin duda contradictorio: una apatía apasionada, sacudida por accesos repentinos de realismo pero no demasiado violentos. El realismo indulgente de los comparsas y los figurantes.

Los dobles de Sadam, en primer lugar. Lo irrisorio de la situación no escapa ni a los más serios creyentes en la objetividad vagamente manipuladora de los medios y en la importancia “histórica” de esta guerra-fantasma. Había que eliminarlo, ése era el objetivo inicial del ataque que debía inaugurar la campaña el primer día de “bombardeos selectivos”, porque eliminarlo, suponían los estrategas norteamericanos, significaría ahorrarse una guerra que quizás, en lo más recóndito de su inconsciencia, no quieren hacer. Y como en el fondo no querían hacerla, no debe entonces extrañar la gran acumulación de actos fallidos, lapsus y situaciones dramáticamente chistosas que se están dando en esta guerra. En fin, no se sabe nada del jefe. Sus sosias aparecen en televisión: análisis de la CIA para desentrañar el misterio que cualquiera, por desatento que estuviera, reconocería a distancia. ¿Está vivo, está muerto? ¿Cuántas réplicas tiene en realidad?, ¿3, 5 o 7 réplicas?. Y cuando se consiga el objetivo, ¿será el verdadero sujeto el que aparezca en las imágenes capturado, evadido o muerto?

Una parte no desdeñable de la verdad de esta guerra se refleja aquí: los estadounidenses buscando al “verdadero Sadam”, es decir, focalizando un objetivo que no encuentran, en medio de copias sometidas a cirugía estética. Ya antes, por su parte, ellos habían utilizado dobles de Ben Laden para elaborar videos falsificados. Y también fraudulentas eran las pruebas y demostraciones de la implicación de ambos en proyectos terroristas, presentadas por Blair en su parlamento y por Powell en el Consejo de Seguridad de la ONU: burla cínica y amarga a los medios, a las instituciones y a la opinión, que ofrece el valor al menos de revelar la indulgente consideración en que los tiene el poder. En buena lógica, todo lo que comienza con el fraude debe terminar en el desengaño.

Luego, los dobles, mucho más desgarradores aún, de la muerte en combate de los soldados occidentales: las bajas por “fuego amigo”, los accidentes de los helicópteros por fallos mecánicos, los aviones derribados por los propios misiles, los soldados enloquecidos lanzando granadas sobre sus compañeros y oficiales (11 heridos y un muerto), hasta el punto de que las primerísimas bajas de los anglosajones se contabilizan en función de sus accidentados: unas cuantas bajas en combate, 12 muertos por accidentes. Malos augurios: una proporción de 1 a 12 es claramente desventajosa para reafirmar el “heroísmo” de la muerte guerrera. Una progresión que no hará más que crecer, en la medida en que los atacantes, pese al escudo tecnológico avanzado que los protege, están aún más poseídos por el miedo y la desconfianza que los atacados.

Las tormentas de arena de los desiertos iraquíes tienen también todos sus equivalentes bélicos, informativos, políticos y no en último término, psicológicos. Por cierto que el incidente provocado por un soldado estadounidense, mentalmente poco operativo, estaba protagonizado por un ciudadano negro convertido al islam, al parecer sometido a vejaciones por sus compañeros y por los oficiales a los que odiaba: ¿cómo es que los demás no son tan eficaces en el auténtico frente contra el enemigo con ejemplos de pasiones fuertes como ésta? La lucha racial también ha sido llevada por los americanos consigo.

¿Y si las guerras no debieran hacerse porque el cúmulo potencial de accidentes las hiciera desaconsejables, contraviniendo el principio de “cero muertes”?. ¿Y si finalmente el pacifismo tuviera razón, debido a los riesgos de accidente que conlleva la guerra? ¿Qué estatuto tienen los muertos por accidente en una guerra en que la proporción de éstos será casi mayor que la de los caídos en el frente militar? Al menos las bajas por accidente (laboral, eso es bien cierto) le dan un aire de persuasivo realismo a esta guerra. También es cierto que los desgraciados iraquíes están haciendo todo lo posible y más por adentrarnos en el peligroso terreno de una guerra de verdad, pero cabe preguntarse si estamos preparados mentalmente para un reto semejante.

Simbólicamente, para nosotros, es como si la propia muerte se hubiera vuelto autista: mata al otro y mata al mismo, sin pasar por el contacto de un antagonismo querido y buscado. Porque cuando los adversarios apenas si entran en juego, la muerte, libre de la obligación de un reparto equitativo de las víctimas, comienza a hacer de las suyas, como cualquier otra realidad “primitiva” que es desviada de su propia función.

Pronto, los dobles de la batalla, de la lucha, de la ofensiva, de la resistencia, de la derrota. Por supuesto, por anticipado, los dobles de la victoria: bandera estadounidense izada por un soldado en la primera localidad fronteriza “ocupada” por el invasor-liberador: primera imagen de la “guerra-réplica”. Se lleve a cabo o no, la victoria (pero la victoria como secuencia argumental lógica implica todo lo anterior, que también debe ser redoblado, y en cierto sentido “rebobinado” desde cero) debe anticiparse cuanto antes por la imagen, para transmitir una impresión agradable a un público ciertamente receptivo a estas ilusiones del espectáculo sabiamente administrado. Tampoco esto ha sido posible por ahora. Ya sabemos que si el “programa-guerra” se hace demasiado largo y repetitivo, la opinión estadounidense acabará por hartarse y aburrirse de él, con las consecuencias “políticas” también conocidas.

Si toda esta guerra es como un desganado “flash back” de la anterior (y esta desgana no sólo se ve sobre el terreno, entre los actores, sobre todo puede observarse en la información que se desinfla con toda facilidad al menor contacto con lo real), conclusión en la que hasta los más inveterados realistas están ya de acuerdo a pocos días de su comienzo, entonces todo está condicionado meticulosamente a un desenlace, quizás efectista, previamente planeado y sin duda también trucado. Los americanos querían una guerra-ficción, pero parece que se han encontrado durante unos pocos días con una guerra casi real sin quererlo, por supuesto. O al menos se han topado con una pequeña guerrilla abandonada a su suerte, pues el ejército iraquí no ha aparecido por ninguna parte.

Desde el punto de vista occidental, peor que la “resistencia” iraquí sobre el terreno, es esta otra resistencia del enemigo a dejarse ficcionalizar por parte del disuasivo aparato tecnológico. La anterior guerra del Golfo tenía un contrato cuyas cláusulas debían conocer los supuestos contendientes; ésta, por el contrario, parece que va a tener que llevarse a cabo sin pactar nada. Pero ¿será verdaderamente así o bien a lo que asistimos no es nada más que un efecto de “macgufin”, y lo realmente decisivo se desarrolla en otra parte? Porque donde no hay un intercambio de cosas equivalentes y negociables, producidas para tal fin, los occidentales se encuentran siempre en un serio aprieto, cercano a la verdadera angustia. Entonces sólo queda la fuerza bruta de la superioridad tecnológica.

Se podría recordar que el verano pasado el ejército estadounidense llevó a cabo un ensayo de guerra por simulación: a un mando millitar desafortunado se le ocurrió tomar la iniciativa, desobedeciendo las instrucciones del “war processing” al que debía ajustarse, y consecuentemente se produjo el caos. El mando fue severamente amonestado: ya no es la traición, la cobardía, el desaliento, el derrotismo, la desobediencia lo que puede penalizarse en la acción militar, ahora lo digno de sanción es no seguir al pie de la letra la programación automática. En el caso de los iraquíes como enemigos de carne y hueso, no virtualizados de antemano, sucede lo mismo: si toman alguna iniciativa dentro de lo limitado de sus posibilidades y recursos, pueden descolocar a los autómatas programados de la guerra. Y al parecer eso es lo que estamos viendo sobre el terreno, con ese puñado de “fedayin” resistiendo durante unos días, por otro lado los días justos, convenidos sin duda por su jefe para dar verosimilitud a todo este tinglado.

Si fuera así, si las cosas se desmadraran, si se salieran del programa, los americanos serían derrotados fácilmente por cualquiera en el verdadero “teatro de operaciones”: habrían perdido su capacidad para inventar y ejecutar “guiones” con éxito de taquilla. Pase lo que pase, ocurre que, contra toda la preparación o programación que la precede, esta guerra se ha ejecutado por eyaculación precoz, de manera que no tiene nada extraño que todo el mundo sienta la tristeza poscoital como un síntoma más de un acto fallido y alusivo a una realidad política mundial en vías de desestructuración total. En la anterior guerra del Golfo hubo que esperar hasta el final para constatar su suspensión; en la actual, la suspensión está en el origen mismo y lastra el desarrollo convenido por la parte anglo-americana.

Por otro lado, es necesario que la rumorología de la prensa rosa y de los “reality shows” se mezcle en la tele española con la rumorología de la guerra: así todo queda en su justo lugar, todo queda justipreciado en la ecuanimidad de la información. Nuestro apetito de sentido y de realidad queda asimismo saciado temporalmente en este doble movimiento del rumor constituido en verdadera y única fuente de información. Las imágenes, sin consecuencias, leídas rápidamente, se intercambian como cromos infantiles en el mercado internacional de los medios y así son también recibidas por los decodificadores automáticos en casa que somos nosotros mismos. Las imágenes de los primeros caídos y prisioneros estadounidenses exhibidas por la tele iraquí pasan de puntillas sobre los boletines televisados, y por supuesto, son eliminadas por los canales americanos. La foto en primera plana en algunos periódicos de la niña mutilada de Basora por una “bomba de racimo” ha sido retirada rápidamente de la circulación, como la de aquel niño palestino muerto entre los brazos del padre acuclillado en un rincón que no pudo desviar las balas israelíes. El efectismo tiene sus límites y es tan hipócrita como el que más.

Nueva incertidumbre de la victoria, no ya anticipada sino concluida: ¿serán los estadounidenses bien recibidos por los oprimidos? Más aún, ¿los oprimidos saben que lo son? Ni siquiera está claro el estatuto real de los oprimidos. Hay que obligar a los iraquíes a que se sientan emocionalmente oprimidos, como por otra parte se nos induce a nosotros a sentirnos emocionalmente implicados en una guerra por completo aleatoria y artificial, pero que no por eso deja de tener un sentido que sólo más adelante saldrá a la luz, quizás mucho más tarde, en el momento en que todos sus efectos reales sean expiados.

Una de las quejas de los enviados especiales de los medios informativos occidentales consiste en que los iraquíes no están bien informados, es decir, no se les obliga a sentirse suficientemente consternados por la guerra en red televisiva. Claro, es que el espectáculo de la guerra es tan sólo para el consumo interno occidental, un privilegio más de los privilegiados; ellos, los otros, tienen bastante con el original de la guerra: sin duda, un déficit imperdonable para ellos, que dice muy poco de su “calidad democrática”. Condenados a sufrir la guerra y además a verse a sí mismos sufriéndola en la tele. Un sutil sadismo occidental, con el que en buena parte nos autoinfligimos.

En todos los campos, la verdadera misión del occidental es hacer del otro una réplica de sí mismo y los medios contribuyen ampliamente a este mimetismo: en este caso, los iraquíes antes de ser “liberados”, deben experimentar con queja deleitosa su propia “opresión”, a fin de que, en efecto, se produzca la adecuada catarsis, que no obstante sólo servirá como escena publicitaria para los invasores benévolos y su amplio público de autodisuadidos (los fantasmas de todos los sondeos de opinión y de todas las pantallas, de todos los eslóganes y todas las elecciones “libres”, es decir, todos nosotros).

Los duplicados de la posguerra asimismo se anticipan, y no hace falta decir que se trata aquí de la muy occidental lógica mercantil de las rebajas: ¿quién y cómo reconstruirá Iraq? Sensata preocupación de los europeos que no querían saber nada del asunto: Chirac, pelmazo, en primera línea de la gran “responsabilidad”, con la que los europeos satisfacen sus grandes dotes para la autoestima y la bajeza en dosis simultáneas y equivalentes. Uno hace una guerra fuera de la ley y luego recibe todas las bendiciones por parte de la misma ley que había burlado para administrar los saldos del país ocupado y reconstruido: no se puede negar que los europeos saben nadar y guardar la ropa, somos decadentes pero también muy pillos. Esta complicidad profunda demuestra que todo lo que ocurrió en el Consejo de Seguridad de la ONU fue una partida de truhanes: vosotros los americanos hacéis el trabajo sucio fuera de la legalidad internacional, pero nosotros, cuando lo acabéis, vamos a socorreros en nombre de la moral humanitaria y, a la par, blanqueamos la anterior ilegalidad. Todo se queda siempre en casa de los sinvergüenzas que jugaban a oponerse entre sí: en realidad, todo eso no era más que la tensión nerviosa previa al reparto de las cartas.

En esta ocasión, es la clase política e intelectual europea la que está realizando sobre la marcha la cancelación de la guerra, sin esperar la luminosa exasperación de ninguna hipótesis hiperrealista, ejerciendo el sobreseimiento en acto, quizás como gesto de expiación por no haber querido evitarla de verdad (pero tampoco teníamos los recursos para hacerlo ni por supuesto la voluntad, ¡pobres europeos!). Mientras se preparaba la carnicería, y ahora que se realiza en acto pero como en una carrera contrarreloj, los europeos discutían sobre sus querellas intestinas, y a toda esta confusión se le llama “proyecto europeo”, muy a sabiendas todos de que los norteamericanos trabajan para nosotros cuando creen estar demostrando su potencia.

Mientras todo siga como hasta ahora en la Europa-balneario de que se burlan los llamados “neoconservadores” estadounidenses, poco tienen que temer los americanos de sus particulares “graeculi”: siguen siendo grandes retóricos, manieristas de una verbosidad y de un papeleo agotadores. Su desprecio hacia nosotros está más que justificado, por indigno que sea el sujeto del que provenga, pero entre pillos y canallas no es cosa de hacer distinciones jerárquicas y mucho menos de tomar partido.

Precesión inevitable también de la catástrofe humanitaria de los refugiados, convertida ahora también en baza política de primer orden, pues existe gran competencia entre unos y otros para mostrar más ampliamente la complaciente generosidad del mundo occidental hacia los desvalidos que nosotros mismos hemos producido, obteniendo encima los réditos de la autojustificación moral correspondiente: antes de que comience el éxodo imaginado, miles de tiendas de campaña e instalaciones de acogida, precarias sin duda pero elementalmente humanitarias. La ONU sigue recaudando fondos para esta tarea de ayuda. ¿Se va a producir o no este gran éxodo masivo de la población?

Simultáneamente, aquí en Occidente, toda la desorientación en amalgama, el achaque de todas las averías del espíritu público: los calcos del pacifismo, los plagios de la buena conciencia, los facsímiles del moralismo, los trasuntos del lamento, todas ellas actitudes a su vez que juegan con la muerte en hueco y “en efigie”, dado que como ha dicho alguien, poseído por la lucidez que da la conciencia pura que inspira una conmiseración exhibida como arma arrojadiza y pasaporte moralista, “los muertos no se dejan virtualizar”.

Pero no nos apresuremos: no vamos a experimentar todos esos decentes sentimientos humanos en versión original, como auténtico duelo, sino en versión subtitulada, en forma meramente publicitaria. Prótesis ubicua de la pasión en ausencia de verdaderas pasiones locales, ¿cuáles podrían ser éstas, en cualquier caso, privados como estamos de realidad y sentido? La escena internacional se ha convertido en el único campo libre para las pasiones vicarias, para el consumo masivo de las emociones seudopolíticas de sustitución. Como tantas otras cosas (paisajes, prostitutas, inmigrantes, arte primitivo, dietas vegetarianas, creencias esotéricas…), los occidentales deben importar también las pasiones políticas para agitarse un rato y parecer humanos. Hay que constatar que ni aun así lo consiguen.

Guerra adventicia, pasiones adventicias: cultura sinuosa del chasco, experimentado gustosamente por anticipado también. Nuestra aflicción, siempre fundada en la aparente contingencia de unos hechos ininteligibles, es sólo una añagaza, porque no sabemos ni queremos ejercer este duelo sobre nosotros mismos, y causas para dirigirlo contra nosotros hay de sobra; siempre necesitamos al otro como coartada para llevar a cabo este desvío de la energía negativa, que, abandonada a sí misma podría, realmente, perjudicarnos.

Lo peor de la guerra es que se nos obliga, con un imperativo que es del orden de la consternación y el terrorismo moral, a aceptar el chantaje de la realidad, como si los hechos, verdad última de una inmensa desilusión e impotencia colectivas, hablasen por sí solos y lo único que nos quedara fuera aceptarlos como tales.

Esta guerra quisiera despertar cosas adormecidas, pero que aparecen no con un nuevo rostro fresco y juvenil, sino con un rostro extremadamente senil y poco creíble. Rebeldía, protesta, desacuerdo, disensión: nada evoca la verdadera revuelta, tal vez ya imposible, todo son ceremonias no excesivas frente al poder, concesiones parásitas en la escala ecuánime y pasiva de la servidumbre que va bajando a medida que sus contenidos van adelgazando la ya delgada línea carnosa de una cultura incierta.

Masiva cura de desintoxicación ideológica que lleva finalmente al desnudo como proclama y como reclamo, como señuelo de la verdad (y el eslogan es a la ideología lo que el desnudo publicitario a la verdad estética del cuerpo): verdad desnuda que materializa la desnudez de la verdad. Ideología: falsa conciencia, falsa representación, velamiento por los signos. ¿Que ocurre cuando la ideología se ausenta? ¿Adónde van a parar ahora los signos errabundos? ¿Y qué van a significar si ya no tienen nada que significar?

La ideología era la última seducción perversa, por pasional, de la verdad, también la degradada forma de la creencia en un mundo desencantado, este mundo objetivo donde la creencia es innecesaria para el funcionamiento normal de la vida. Ahora bien, la ideología nos protegía de la propia objetividad del mundo, como la ciencia nos protege actualmente de la fatalidad primitiva del “ser-en-el-mundo”. Frente a esa amenaza, la peor de todas, la de una inmanencia del mundo que juega a la trascendencia y viceversa, la pérdida de la ideología, y en general de toda dimensión simbólica del ser y del devenir, debe permanecer compensada de alguna manera, a fin de que el sujeto encarnado siga disponiendo “libremente” del mundo, en esta mistificación de mundo en que vivimos.

En Occidente oponemos al espesor confuso e irradiante de la guerra, a la profundidad horrible de los signos de la muerte (que desgraciadamente sólo sabemos moralizar, es decir, volver superficiales), la desnudez de la gente que se manifiesta contra la guerra, es decir, contra la muerte, del mismo modo que oponemos a los riesgos, largo tiempo psicologizados, de la pasión, la superfluidad de la cópula interactiva: pornógrafos diletantes de un placer incalculable que sólo en la diferencia y el aplazamiento es realmente lo que promete pero siempre menos.

En Occidente, el “no a la guerra”, ese grito lacerante, inarticulado, pero de una festividad misteriosa, esa interjección apenas más expresiva que el ladrido de un perro maltratado por su propio amo, parece que se llena de sentido cuando un cuerpo desnudo, que ha perdido toda dimensión apolínea, brinca en un escenario espectacular sólo ante miradas ciegas y equivalentes de seres anónimos que ciertamente no participan místicamente en la pasión desmesurada de ninguna verdadera revuelta: la celebración festiva no se dirige mitológicamente a una ceremonia, dionisíaca y colectiva pero momentánea, en gesticulación hiperbólica de éxtasis mundano de victoria sobre la muerte y comunión con ella, sino que el cuerpo desnudo está ahí para significar que la muerte es rechazada como condición inhumana irreductible. Aquí, entonces, la desnudez sustituye al luto hipócrita y es una de las formas festivo-publicitarias del mero lamento, que en su propia lógica ya ha virtualizado por anticipado la experiencia “real” de la muerte, entre otras razones porque la muerte real siempre es la de un “otro” inventado en el momento mismo de morir.

Egocentrismo multiplicado de una masa narcisista sobre la que todo poder puede operar sin reservas. Pero al decir esto, la desnudez también nos revela sin querer la naturaleza del poder como vacío, como manipulación sobre signos vacíos. La mitología y el ritual de la revuelta imaginaria son evacuados por el orden bien temperado de los signos de antemano convencionalizados, que, al exhibir la desnudez, nos privan de la dramaturgia cínica frente al poder.

La democracia es el poder que se instituye sobre la liberación total de los puros intereses. Pero la dureza de estos intereses, su carácter áspero y amargo, no pueden presentarse sin más: se necesita algún edulcorante que a la vez actúe como acicate, quizás como lubricante de su puesta en juego. Entonces aparecen los principios que blanquean los intereses desnudos. Intereses y principios tampoco se bastan a sí mismos para dinamizar y motivar a la gente. Se necesita otro móvil para organizar lo político: las pasiones públicas.

Ahora bien, en democracia no hay pasiones, ni siquiera “políticas”. Cuando éstas aparecen en diversas coyunturas, son del orden de lo “patológico”, de la histeria. Antes esta histeria se atribuía a las masas y engendraba cosas como el fascismo y la utopía; hoy son los propios gobernantes los que se encargan de desatarla para darle aires de existencia veraz a lo político. De todos modos, como no hay pasiones públicas, hay que inventarlas e inducirlas artificialmente. Las dictaduras, el terrorismo, las guerras cumplen este papel: son los blancos contra los que dispara el “furor” democrático. Como por sí misma la democracia no puede engendrar verdaderas pasiones, necesita el recurso reconfortante pero fraudulento de estas formas “arcaicas” de violencia o dominación, por otro lado criminalizadas para poder manejarlas mejor dentro de los cauces morales reglamentarios.

Pero de ahí también la secreta fascinación de la democracia por todo lo que constituye su reverso y la alimenta, aunque sea por nutrición intravenosa. Sin embargo, donde hay reverso hay juego inesperado de reversibilidad. La democracia, ese régimen exangüe que deja a los pueblos desapasionados, necesita, también literalmente, de la sangre fresca y siempre renovada de toda clase de violencias, trasgresiones y afectividades motoras que trascienden el pacífico marco de los intereses habitualmente bien temperados y sensatos.

Durante un tiempo, los intereses y los principios, autopropulsados “históricamente” produjeron sus propios sistemas de pasiones (revoluciones, luchas de clases, utopías, nacionalismos, comunismo, fascismo; debe observarse que nada de esto llevó jamás lógicamente a la democracia: su contenido pasional desbordaba el estrecho envase de la democracia). Más tarde, los intereses se liberaron por completo de la tutela de los principios y de las pasiones (de donde necesariamente surge el “liberalismo” como paradoja irrisoria cuya aspiración es nada menos que construir un sujeto político plenamente despolitizado y vacuo de pasiones).

El relativo éxito de esta empresa puede medirse por la situación a la que hemos llegado: los principios han desaparecido, sólo queda su retórica flatulenta; las pasiones, largo tiempo sofocadas, se han marchitado; y los intereses, por su parte, frenéticamente entregados a sí mismos, no saben ya lo que quieren ni a dónde van. En este contexto, se construye el embrión del “poder mundial” que empezamos a conocer por sus primeros efectos visibles. La democracia, a través de la figura macilenta de este “poder mundial”, consigue finalmente realizar su concepto, pero de manera inesperada para todos, incluso para sus ubicuos defensores, que raramente son tan ingenuos y bien pensantes como parecen: hace tiempo que vemos cómo a todos se les va poniendo cara de vampiro.

9 de abril de 2003: se suspende el combate por KAO técnico de uno de los contrincantes. A decir verdad, no había contrincantes, del mismo modo que no habrá jueces. Pero este KAO virtual es un evidente tongo bien amañado El acontecimiento final en esta iconografía de la “guerra” en Iraq ya está servido para todos los públicos: la caída de una estatua de Sadam Husein en Bagdad, imagen fija, retenida durante largos minutos en nuestras televisiones, trasmite la impresión imborrable de un acontecimiento prefabricado, uno de esos platos precocinados (y por tanto congelados) que tanto contribuyen a la “credibilidad” de los medios como portavoces de una “historia viva” cuyo curso de diseño publicitario nada perturba. Los “creativos” de esta guerra de puro “marketing” no se han estrujado los sesos para inventar un final: han acudido al archivo, con lo que toda la falsedad de lo ocurrido se vuelve trasparente.

La estatua estaliniana de Sadam (brazo en alto saludando a masas ausentes) a punto de ser derribada y luego abatida efectivamente, con la cabeza velada por una bandera estadounidense (cuyo rojo quisiera connotar tal vez en nuestro inconsciente la sangre vertida pero improbable del dictador): recuerda esas condenas medievales de la Iglesia, cuando la efigie del herético era lanzada a la pira de fuego en un auto de fe simbólico. Entretanto, el malvado de carne y hueso ya hace tiempo que ha pactado con sus adversarios astutamente, a espaldas de sus resistentes expiatorios, las condiciones de su legítima evasión (legítima porque ha cumplido con su parte).

Incluso es más que probable que haya habido que prolongar la guerra unos días para que se llegase a este pacto final de los cómplices y no ha sido pequeño el ridículo de ver deambular por el desierto iraquí a todas esas potentes divisiones acorazadas en busca de un enemigo inexistente, a la espera del fruto bienaventurado de este embarazo morganático; pero de todos modos, irrisorio sí que ha sido este “paseo militar” renqueante o velocísimo según las exigencias del guión. ¡Pobres belicistas de verdad que soñaban con un verdadero Alamein o un verdadero Stalingrado! No les será dada semejante oportunidad de heroísmo y realidad. Deberán seguir jugando en sus escenarios bélicos simulados por ordenador o consolarse con películas de guerra, mucho más verosímiles que ésta que nos han ofrecido. Porque desgraciadamente, las víctimas por sí mismas, no hacen más verdadera esta guerra. Cuesta trabajo decirlo, pero el reconocimiento de este hecho no le quita nada al dramatismo: también ellas no son nada más que los extras aleatorios que cubren las apariencias de la guerra irreal y caricaturesca, con lo cual hasta su propia muerte está degradada por la vulgar estratagema del poder y por la hipocresía colectiva.

Pero lo cierto es que la imagen de la estatua, la efigie multiplicada de Sadam es lo único que ha caído. El Sadam real y lo que representa como principio de corrupción de todo poder (el suyo personal y, en especial, el poder “democrático”, que intenta mundializarse, de los que han hecho la guerra contra él) se han salvado, después de sacrificar en la pira verdadera a unos millares de comparsas, después de haber ultrajado una vez más la ya humillada virilidad de los árabes y haber sometido a la vejación del hipócrita la fe de los creyentes.

Mientras la imagen se mantiene fija en este plano cansino y vacío (donde precisamente no ocurre nada, y por eso mismo puede ser reconocido como nuestro indudable “documento histórico”, pero sólo a medida de nuestra “historia” actual), los comentaristas hacen cada uno toda suerte de hipótesis verosímiles sobre el final de esta guerra truncada y maravillosamente orquestada, en la que empiezan a plantearse las primeras sorpresas.

Como por ejemplo, la sorpresa de saber que la mayor parte del ejército iraquí ni siquiera ha entrado en combate: el único combate real lo han llevado a cabo unos pocos miles de civiles armados, pronto asimilados simplemente a terroristas, a los que por supuesto Sadam y los americanos han sacrificado para dar verosimilitud a esta guerra, y con más razón porque “a priori” ya eran designados como terroristas. Desde luego, para ellos, más valía morir en Iraq que acabar en Guantánamo: otra modalidad de “privación sensorial”.

Por eso, se transmitirá al mundo entero esta imagen para hacernos creer que algo ha sucedido verdaderamente, para convencernos de que la guerra tenía un objetivo cierto y éste se ha cumplido finalmente: ficción impotente que nos induce a tomarnos en serio este apocalipsis averiado, esta carnicería de los figurantes, estos extras realmente muertos de las guerras imposibles. Unas decenas de iraquíes arrojan zapatillas a la efigie: debe de ser la idea que se hacen los americanos sobre su heroica lucha contra la tiranía.

Este derribo de la estatua del dictador-mercenario iraquí (su segunda cualidad ha sido obviada) reproduce en facsímil aún más mediocre la caída del muro de Berlín en 1.989 y emula asimismo acontecimientos perfectamente programados como las escenas de Rumanía en diciembre de aquel año o estas otras más recientes de Belgrado en octubre del 2000: todos ellos, “acontecimientos” en sustitución de los verdaderos acontecimientos, meras desintegraciones de residuos volátiles en ausencia de las verdaderas revoluciones. Siempre en todas partes experimentamos la misma insoportable sensación de ser engañados, el olor repugnante a refrito y fritanga seudohistóricos, a película enlatada, algo que produce un extraño malestar y desemboca en lo políticamente nulo. Si los pueblos se “liberan” a través de esto es porque su “liberación” no vale realmente nada, es decir, vale lo que vale la “democracia”.

Visto y no visto de esta guerra y de su desenlace, cese de hostilidades como por arte de magia, todo el mundo desaparecido sin dejar huellas y en primerísimo lugar el malvado contratado como estrella invitada. Y luego, a los pocos días, sabremos cómo todos los desaparecidos irán reapareciendo para recomponer la baraja de “póker” en que aparecen sus rostros: sin duda después de su arrepentimiento, pasarán a formar parte del alto funcionariado del nuevo poder. Por eso, nada, y menos aún la imagen, puede borrar esta impresión abominable de estar ante un acontecimiento radicalmente fracasado en la medida en que su simulacro tiene tal éxito, pero es esto lo que en efecto cuenta. Se nos han presentado como caída de un régimen unas pocas imágenes; se nos ofrece como documento histórico en vivísimo directo lo que no es sino figuración irrisoria: esas decenas de extras iraquíes junto a los tanques o ante la estatua de Sadam. Ni batalla por Bagdad, ni cerco, ni resistencia: sólo figuración sin incluso verosímil efectismo.

Todo parece efectivamente confabulado para dar este aire de decepción y desengaño que ya suponíamos que sería el desenlace inevitable de esta guerra grotesca. Desenlace que sin duda verifica retrospectivamente el sentido del montaje de estas tres últimas semanas. Nuevamente Sadam se ha portado como se esperaba de él: ¿con quién vamos a sustituir a este extraordinario actor? Por lo pronto, ya hay un tal Chalabi aerotransportado como asesor de Finanzas para la futura “reconstrucción” del país: un hombre procesado y condenado por malversaciones en diferentes lugares. Pero ¿qué íbamos a llevar a Iraq los occidentales si Bush representa un inmenso fraude electoral, mientras Berlusconi y Chirac están igualmente perseguidos por la justicia y no deben responder de nada ante nadie?

Todo tiene un aire demasiado familiar, porque muestra sin tapujos retóricos todo el aspecto podrido hasta la médula de un acuerdo oculto entre las dos partes, acuerdo y complicidad de los que los dudosísimos “actos guerreros” han sido la exhibición publicitaria durante estos días, en los que el fatigoso patetismo de la muerte ocupaba la escena sólo para ocultar mejor lo que ocurría entre los bastidores. Esta facilidad aparente con que “caen” los regímenes políticos más dispares no muestra tanto su debilidad interna o su desfallecimiento siempre inminente como más bien exhibe una misteriosa y nueva modalidad de desaparición de aquello que, justamente al desaparecer, reaparece remozado pero aún idéntico a sí mismo, o incluso más corrompido y perverso que antes: el poder.

En el caso particular de Sadam, hemos vuelto a comprobar que éste ha cumplido de manera inmejorable su verdadero papel de bocazas ruin al servicio de los intereses occidentales, ejecutando virtuosamente su tarea de canalla en el epílogo de este “remake”. Para hacer aún más creíble el derrumbe, no estaría de más procesar o ejecutar a uno de sus dobles; esto sería aún más satisfactorio de cara a la taquilla. Y luego, por supuesto, unos cuantos procesos penales por “crímenes contra la humanidad” en los que aparecerían otros tantos desgraciados extras de tercera fila.

Un régimen actualmente no es derribado ni resiste, ni lucha ni muere: ahora desaparece, según el modelo inaugural de los países excomunistas, que los norteamericanos, grandes émulos y ávidos de hiperrealidad, reproducen en Iraq sin ningún remilgo (la comparación que establece Rumsfeld con la caída del muro de Berlín no deja lugar a dudas sobre lo que ha ocurrido). En el escenario mundial, asistimos pasmados a una maravillosa estética de la desaparición política sin más, a una suerte de elegante transformismo de los altos funcionarios del FMI y acreedores: por ejemplo, Fujimori perseguido pero huido de Perú a Japón, Menem ahora volviendo a Argentina victorioso después de estar desaparecido una temporada y convaleciente aún de graves acusaciones por su gobierno infamante en los años noventa. Por fin, en todo caso, tenemos, la imagen, la iconografía fraudulenta que los norteamericanos soñaban con ofrecer al mundo (eso dice un comentarista de la tele) y que en los días sucesivos no hará sino incrementar el número de extras jubilosos por su “liberación”, dando libre curso a todas las mistificaciones de las que nos abastecerán, empezando por el “renacimiento” chií y todas las subsiguientes hipóstasis de democracia, soberanía, federalismo y desarrollo.

La caída real de Sadam será sustituida por el desplome de su estatua y todo lo que siga a continuación en el libreto será de la misma naturaleza: el polvo de la Historia, con todas las estructuras tribales y religiosas que el Estado traspuesto dejará en su lugar, como ocurre en todas partes donde el poder delegado en soberanía ficticia no es otra cosa que la caricatura vengadora del viejo imperialismo occidental. Cualquier intervención occidental en el exterior es actualmente una verdadera prueba experimental sobre nuestra propia flojera interna, y esto es una virtud que debemos apuntar en la cuenta de todas estas penosas campañas militares y de tantos otros procesos ya en curso.

Creemos que la degradación por la dominación a la que sometemos a los otros no puede tener repercusiones sobre nosotros, pero nos equivocamos, porque ellos, los otros, son el reflejo exacerbado de lo que nosotros somos secretamente, aunque cada vez más lo que somos es un secreto a voces (como esta tarjeta de visita de Occidente en los saqueos de museos y bibliotecas en Bagdad, que, se ha denunciado, han sido orquestados desde fuera: ¡el mercado del arte se anticipa a obtener liquideces!, ¡los “pobres”, por fin “liberados”, inmediatamente puestos al servicio del valor exponencial y clandestino, de la liquidez segura del arte en el mercado paralelo!).

Así es como, a falta de valores fuertes que exportar, organización política duradera que imponer, certera voluntad de construir algo, inverosímil superioridad moral “blanca” sobre la que legitimar el dominio o verdadero colonialismo al antiguo estilo que ejercer sobre los otros (¿de dónde íbamos a sacar todo esto, si tampoco las convicciones y las pasiones las tenemos ya en casa?), a los iraquíes, como a los demás, les llevaremos nuestra propia descomposición en dosis todavía mayores. Les concederemos al derecho a ser nuestra réplica degradada. Les llevaremos nuestro propio vacío y nuestra nada virtuosa, pues debemos también ser generosos con nuestro vacío, no sólo con nuestra riqueza “humanitaria”.

En la preparación, desarrollo y resolución puramente virtual de la guerra contra Iraq, vista desde fuera, cabe destacar en primer lugar (y se ha hecho notar pero en un sentido equivocado) la inutilidad de todos los valores, principios y leyes comúnmente aceptadas hasta ahora. Es decir, estamos ante un nuevo ejemplo flagrante de excepcionalidad espontánea, a partir de la cual lo que queda destruido simbólicamente por el ejercicio de la fuerza ya no es recomponible más que como nueva farsa, lo que obligará al poder a desplegar mayores reservas de cinismo y usar de estratagemas sucesivas en una espiral descendente respecto del umbral de legalidad.

En realidad, esta guerra significa la irrupción de un principio estratégico nuevo, idéntico al que subyace a la resolución de la toma de rehenes en Moscú en octubre del 2002: todo el espacio global, el escenario de la mundialización, reestructurado por el principio emancipado de seguridad (que vale contra la delincuencia, las mafias, la inmigración, el terrorismo y los estados situados fuera de una supuesta legalidad universal), se transforma en un espacio de control presidido por el chantaje, la amenaza y la “ejemplaridad” del castigo (pero ni siquiera esto es seguro); es decir, una disuasión que aparentemente no quiere engañarse a sí misma al pasar al acto del que durante largo tiempo se abstuvo, cuando las condiciones de intercambiabilidad de la guerra eran reales, pero a ese precio la guerra ha dejado de serlo cuando se convierte en la disuasión unilateral, ejercida en el vacío, sin otro enfrente.

Que se trate de una guerra pactada y ficticia, como debemos reconocer que ha sido ésta, no le quita nada a la verdad del modelo dominante: el poder mundial no necesita justificaciones ni legitimaciones, no tiene ningún principio libremente compartido que observar. Este poder está más allá de la legitimidad, la soberanía, la representación y la legalidad. Es cierto que la legalidad era el último fetiche de los poderes que se proclaman democráticos: esta guerra rubrica por su parte un proceso de varias décadas de superación incondicional del legalismo, cada vez más irreal y anacrónico, de las formas, pero el terreno para esta experiencia estaba ya abonado en el propio funcionamiento interno de las democracias.

En otro sentido, más allá de su representación mediática, a decir verdad bastante pobre, la guerra trataba de demostrar algo: que lo anómalo de un poder sin base es la nueva normalidad, pero una normalidad dentro de la pura figuración de un centro cuya visibilidad se impone en tanto mera visibilidad. Asimismo, hemos comprobado también aquí lo que significa la vida humana, como en el acto de ”liberación” de rehenes en Moscú: objeto de un puro cálculo al que nada conmueve y no precisamente un cálculo militar, bélico, sino un cálculo de otra naturaleza distinta, más cercana al cálculo terrorista donde la muerte es contemplada y asumida como cantidad negligible, equivalente, en la lógica del puro exterminio, que no es la lógica de la guerra en sí misma.

No tiene nada de raro que no se hayan dado verdaderos combates bélicos entre unidades militares: esto hace más evidente (y no se puede achacar sólo a la “maldad”, en este caso bastante funcional, de un dictador) que todos los poderes son cómplices contra sus respectivas poblaciones, y los miles de civiles muertos en los bombardeos o los centenares de víctimas en las “acciones preventivas” de los ocupantes no pueden significar más que un éxito, como ya lo fue en la operación policial de Moscú la muerte del triple de rehenes respecto de los terroristas.

Las diferencias entre una y otra forma de ejercicio de la violencia represiva (antiterrorista y bélica) son menos aún que aparentes: la violencia del poder se ha vuelto puramente operativa, no se funda en nada. Ni siquiera sirven ya las categorías amigo-enemigo para describir esta situación indefinida y confusa: en la lógica del sistema, todo el mundo es potencialmente enemigo. Habría que preguntarse si en realidad para el sistema no es el propio mundo el que se aparece como su enemigo en la medida en que no se deja normalizar por completo. No es que el poder se haya vuelto deliberadamente terrorista, es que para seguir siendo “poder” debe pasar al campo de juego del adversario sin que el propio poder sepa muy bien lo que está haciendo.

El cinismo de todos los círculos de poder podría hacer creer lo contrario, pero todo apunta a que la actual mutación está todavía muy lejos de ser ni siquiera una forma deliberada de su ejercicio. Lo será con el tiempo, también de una manera normalizada. Por eso, puede hablarse de una adopción sistemática por parte de Occidente, en primer lugar de los Estados Unidos, de un “estilo israelí” de ejercicio del poder: de hecho, Israel es un modelo de esta dinámica, precisamente porque vive desde su fundación como Estado soberano en la impunidad.

En estas últimas semanas, ninguna diferencia entre la actuación de las tropas norteamericanas de ocupación en Iraq y la actividad antiterrorista de los israelíes en territorios ocupados de Gaza y Cisjordania: es el mismo modelo operativo, como ha demostrado lo ocurrido en la pequeña ciudad de Faluya y en otros lugares, donde una reducida manifestación de civiles chiíes fue sometida a una acción de “autodefensa preventiva”: al parecer, los soldados acuartelados en una escuela dispararon indiscriminadamente al ser atacados con piedras. El resultado: 15 muertos y decenas de heridos. La totalidad de la población iraquí es enemiga virtual, pero esta virtualidad, a fuerza de pasar al acto, puede transformarse en real.

Nuestra moral en Occidente, al expulsar la violencia de sus representaciones y sus valores, de algún modo obliga a que ésta, libremente secretada por todas partes, se reintroduzca por lo más alto y por lo más bajo: se instala en el propio corazón del poder y en las múltiples formas de clandestinidad. Ahora bien, esto también indica que el poder se ha vuelto ampliamente clandestino en su ejercicio, pues se sitúa más allá de la ley. Por eso cabe hablar sin atenuantes de una verdadera situación de excepcionalidad, que no ha hecho más que irrumpir y que sin duda pronto se institucionalizará: esta excepcionalidad va más allá de la quiebra o suspensión del derecho, que siempre ha tenido serias dificultades para vérselas justamente con este extremo de lo fáctico que es el estado de excepción y de violencia.

La paradoja de esta excepcionalidad anómala, no prevista, consiste en que en ella conviven sin ningún perjuicio la normalidad legal y la excepción no declarada ni reconocida como tal. Estados Unidos ya experimentó estas modalidades de forma más o menos clásica en los países sudamericanos en los años 70. Pero lo que empezó designando a otros como objetos y víctimas de la excepción (dictaduras chilena y argentina en sus “operaciones” sobre su población civil, por ejemplo) se ha infiltrado lentamente en el propio corazón del sujeto del poder y por fin ha hecho estallar los marcos convencionales también en el orden internacional.

Las luchas sociales y políticas internas en las sociedades modernas, desde la Revolución Francesa a los estados fascistas europeos, han sido durante algún tiempo el escenario apropiado para las situaciones de excepción, y buena parte de ellas ha constituido la forma de ejercicio del poder dominante en no pocos países europeos, y más tarde, tras la descolonización, de muchos otros países a los que Europa dejó en herencia esta misma excepcionalidad del poder, más o menos camuflada por la fachada constitucional, después de desestructurar las sociedades tradicionales. En el momento actual, cabría preguntarse a qué otras modalidades de lucha corresponde esta necesidad de excepcionalidad en la relación del conjunto del sistema con todo lo que le es externo (un mundo en el que crece un caos irresoluble) y con muchos otros elementos internos (la política oficial hacia los inmigrantes y las minorías).

En cierto modo, la verdad y la “virtud” póstumas de Sadam ha sido ofrecerles a los norteamericanos y, tras ellos, a Europa y al resto de poderes, la oportunidad para poner en práctica este desconcierto estratégico de un principio de poder terrorista que carece a su vez de todo principio en que sustentarse. Y si carece de fundamento es porque la violencia se le ha metido al poder dentro y ahora lo reconfigura desde dentro, de modo que sólo puede conjurar la violencia con otra violencia: ésta es la situación bien conocida en que se da la suspensión de las convenciones normativas del derecho.

Podemos preguntarnos sin duda por la necesidad de esta nueva situación, podemos determinar causalidades y procesos que han llevado al estado actual, es decir, podemos evocar y narrar de manera realista basándonos en datos y hechos acumulables al infinito e interpretables como se quiera, casi siempre ideológicamente, pero hacer esto sería desconocer por completo el sentido de la excepcionalidad en su nivel más avanzado como anomalía e irrupción de lo otro.

Sabemos que toda violencia implica una trasgresión frente a una prohibición: el mundo occidental y el sistema en su conjunto sufrió con el 11 de septiembre una violencia que lo ha obligado a entrar en el juego de la trasgresión por la violencia. Esta es una situación simbólica, no jurídico-política, en el sentido bastante banal que tiene entre nosotros esta interpretación del poder. Los velos sobre los múltiples rostros de una violencia global no han hecho más que levantarse.

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