CRÍTICA DEL RÉGIMEN ESPAÑOL DE 1978

UNA NOTA A LA CRÍTICA DEL CONCEPTO “ROUSSEAUNIANO” DE DEMOCRACIA (2017)

Cuando a mediados del siglo XX, los economistas liberales de origen anglosajón intentaron comprender la esencia de algo histórico-político, como el concepto moderno de “democracia”, encerraron bajo siete llaves el estudio del parlamentarismo inglés y su sistema electoral mayoritario simple por distritos y candidato personal y toda la teoría constitucionalista estadounidense de la separación de poderes que fundó a EEUU como Nación y como Estado.

Bajo estas condiciones de ceguera voluntaria e ignorancia histórico-política de experiencias fundadoras y fundamentales, empezaron a concebir las sociedades como “agrupamientos voluntarios” de individuos totalmente desarraigados e intercambiables, y sin más que introducir en el estudio de la muy corrompida “ciencia política occidental” los parámetros economicistas de las magnitudes agregadas y desagregadas que operan en los flujos de dinero y mercancías proyectándolos sobre sujetos políticos constituidos, decidieron que ya era hora de tomar el relevo del genuino pensamiento político y sustituirlo por esta ilusoria metodología que obvia la Historia y la Politica como cosas ya desusadas y anacrónicas.

Pero como los individuos, lo quieran o no, tienen una adscripción de clase y una adscripción de nacionalidad que no es ni será nunca “voluntaria” ni puede autodeterminarse o elegirse, como tampoco los entramados de vínculos que ambas adscripciones forzosas conllevan, los economistas liberales, metidos a hacer bricolaje político de altos vuelos teóricos, se dieron cuenta de que bastaba con operar con su nueva metodología para desmontar o deconstruir los conceptos fundacionales de unos sistemas políticos que han perdido su origen y justificación al tiempo que sus clases intelectuales, perezosas y divagantes, y el llamado “pueblo llano” (o “plebe frumentaria” como gusta rebautizar Bueno al concepto de Rousseau) renunciaban poco a poco a la representación política y a la libertad política, depositando su confianza en “partidos”, obviamente estatales y estatistas, que, como no podía ocurrir de otra manera, primero suplantaron la forma parlamentaria y en Europa continental también esta mínima forma de representación que era el viejo parlamentarismo burgués de los notables, sustituyéndolo por el nuevo Estado de Partidos, que al parecer Rallo ignora porque eso conviene a los objetivos de su crítica genérica a una democracia que no discierne ni cierne conceptualmente más allá de la penuria del horizonte rousseauniano.

Y la crítica liberal, como pollo sin cabeza, más allá de sus correlaciones de agregados de preferencias, corre de un lado a otro creyendo hacer una crítica demoledora cuando en realidad, sin que los mismos liberales críticos lo conciban, esa “democracia” de que hablan (el irreal modelo rousseauniano continental de la “voluntad general, en la que el propio Rousseau no creía de verdad) jamás existió ni ha existido, salvo en EEUU y bajo condiciones que nuestros liberales críticos no sabrían describir, dado que en el horizonte mental apriorístico de las sociedad por acciones…, quiero decir, de las sociedades organizadas por preferencias individuales, la política y lo político, de que se alimenta la verdadera democracia, ya ha quedado suprimido por anticipado.

Y éste es el verdadero objetivo: quitemos de las manos su juguete favorito a la izquierda y de un plumazo desagregador de preferencias individuales, borremos la democracia material de sus postulados, atacando a la democracia formal que no es tampoco la “democracia realmente existente” sino una muy tosca, burda y corrompida “partidocracia”. Y como todos los gatos son pardos en esta noche de los conceptos histórico-políticos, “a río revuelto, ganancia de pescadores”.

Rallo opera una espectacular “privatización” de los conceptos políticos clave: pueblo, nación y clase, en un gesto de huida ciega a ninguna parte. Todo porque hay que acabar con un Estado que ya pesa y oprime demasiado. Lo cual es cierto, pero no deja de serlo cuando, en el gesto hiperbólico de una crítica sin fundamento político lo que se arroja por la borda es un equipaje tan precioso como el que aquí es incomprendido. 

Observadas con la debida distancia y precaución, las tesis de Bueno sobre lo que este pensador llama “democracia realmente existente” toman por objeto de estudio conceptos históricos petrificados, no el funcionamiento real de los sistemas políticos ni tampoco enfoca su propia genealogía histórica: voluntad general, soberanía, pueblo… En este sentido preciso, su crítica, desde otras posiciones ideológicas distintas a las de Rallo, coincide con las de éste al conjurar los mismos fantasmas por procedimientos contrapuestos: el punto de partido del economista es un hiper-individualismo al servicio de una causa utópica, el del otro es un visceral anti-individualismo cuya causa se desconoce pero se sospecha entre líneas del discurso manifiesto.

Gustavo Bueno se enfrenta al modelo rousseauniano de «democracia» y lo generaliza como verdad axiomática. A partir de ahí, el terreno que pisa su crítica del «fundamentalismo democrático» se vuelve resbaladiza porque ignora deliberadamente la Historia y la función de los conceptos, como si las palabras comportaran siempre las mismas realidades objetivas. La incomprensión de Bueno de la naturaleza del poder, del Estado y de las sociedades modernas es casi total. No hay ni un destello de luz sobre la «democracia» americana», del mismo modo que en Rallo la crítica se tiñe de un economicismo reduccionista proyectado sobre la lógica política como si la ontología de lo social que subyace a la organización política pudiera describirse a la luz de categorías fundadas sobre el “individualismo metodológico”.

El elitismo de intelectual apolítico de Gustavo Bueno, triste herencia de un tiempo histórico biográfico marcado por un régimen como el franquista que desarraigó de la conciencia colectiva todo lo político, le cierra el horizonte de comprensión de todas las diferencias entre formas de gobierno. En última instancia, creer que se puede defender una idea de «Nación» para España sin democracia formal es una impostura y Bueno temió la verdad de esta ecuación.

La misma crítica del concepto de las «izquierdas» está aquejado de esa tendencia de Bueno a dejarse llevar por la clasificación y la taxonomía al punto de no dejarle ver que la dimensión utópica de la política en la época contemporánea no es un dato irrelevante sino el que marca el paso, cualesquiera que sean sus consecuencias.

No obstante, su descripción de la «holizacion» política con que se inicia la Modernidad es un logro teórico admirable y de él parte su crítica de la «democracia». Su anti-individualismo mal reprimido le juega aquí una mala pasada al hacer la genealogía del concepto francés de Nación y su traslado a España. Ahí se ve su «criptocatolicismo» de base y su orientación neocorporativista.

Sobre esa deformación economicista liberal anglosajona del concepto de democracia en el contexto de lucha contra la hegemonía de las políticas keynesianas y socialdemócratas legitimadas por los procedimientos democráticos, diré que eso en modo alguno se confunde con la democracia formal, que es una forma de gobierno y no un mero procedimiento derivado de la «agregación de preferencias atomizadas».

Juan Ramón Rallo evoca habitualmente el mismo concepto para criticar la «voluntad popular» sin darse cuenta de que ese no es el fundamento de la democracia formal sino el del mito rousseauniano. Y quien critica mitos, «mitifica» a su pesar. Existe en la reflexión política actual una tendencia a asimilar teorías, concepciones e ideas de rango y origen muy diferente. La lucha ciega contra la izquierda hegemónica se lleva consigo lo único valioso del pensamiento político moderno: la democracia formal, que siempre delata miedo a la libertad de los demás.

En fin, como le dijo Dalmacio Negro a Trevijano en sus encuentros de los miércoles en RLC: «Si tú y Bueno os hubiérais encontrado para debatir, quizás os hubiérais dado cuenta de que en el fondo no estáis tan alejados como parece, pero con vuestros dos temperamentos…»

 

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