COSECHA DEL CORAZÓN

COSECHA DEL CORAZÓN (1998-2018)

“Cuando nuestro corazón ha recogido su cosecha,

  vivir es un mal…”

Charles BAUDELAIRE

 

Monique sólo gozaba de tres debilidades: el queso con nata fresca, después del té verde salpicado con un poquito de limón; los croissants bien enriquecidos con mermelada de ciruela, al despertar; y los hombres casi imberbes, alguna que otra noche.

Los que la conocen afirman, sin demasiada convicción, que este enunciado no refleja justamente el orden de sus prioridades. Yo, que llegué a tratarla, en el ocaso de su primer mutismo erótico, puedo constatar que su paladar dominaba sobre sus otros órganos pasionales o, al menos, era un complemento exigido por aquéllos, dentro de la variedad de actividades de ocio nocturno que experimentó a lo largo de su estancia en mi ciudad.

El recuerdo de la Monique de aquellos tiempos está probablemente empañado por una vaga inquina concebida a posteriori, motivada por mi incurable aversión al queso y a la mermelada (y no tanto hacia los hombres casi imberbes). Es difícil y embarazoso explicar a los profanos el origen de esta rara asociación personal, pero puedo decir con certeza, como sucede con los otros sentidos corporales, que el paladar también determina nuestro destino en nuestras vidas, tanto como los genes, los genios o los imbéciles hereditarios de familia. Además, cuento con el apoyo de Nietzsche en esta materia y me siento por ello un poco reforzado en mi desinterés hacia cualquier necesidad causal objetiva.

Creo que casi todo debió de empezar, como siempre, en un restaurante italiano, de esos tan comunes, regentados por un sanchopanza siciliano de marcadísimo acento andaluz, que sirven impíamente tortellinis fraudulentos. No deseo insistir, pero lo del queso ya empieza a producirme inquietud y un poco de angustia, pues debo localizar la escena iniciática donde quizás no sucedió y tampoco puedo hablar del queso como una parte coherente de la secuencia posterior. Lo real no debe influir demasiado tenazmente en la reacción de asco a lo real, me digo a menudo, para sosegar mis nervios cansados, o lo que queda de ellos en esta prótesis silenciada de hombre en que voy convirtiendo poco a poco.

Yo había entrado en este restaurante para pedir educadamente una cajetilla de cerillas, con la publicidad del establecimiento, de esas que me gusta coleccionar, por las figuritas de Pulcinella y las máscaras de carnaval veneciano. Las guardo en un cajón de mi mesilla de noche y creo que ése es el único vicio confesable que se me puede achacar, y no lo digo por pudor o modestia. Entrar en restaurantes italianos con este solo fin era ya para mí una costumbre, desde hacía algún tiempo. Sin embargo, el procedimiento era mera excusa, probablemente una táctica poco consciente y poco elaborada: la verdad posee claves más incomprensibles, aun para mí mismo, que soy quien padece este hábito, que algunos podrían considerar fetichista o algo peor.

El que narra, la parte de mí que nunca dice su nombre, sufre, ciertamente de una lamentable indecisión, en este comienzo de supuesta formulación tópica de tópicos narrativos, cayendo en los límites de la percepción clara y distinta de su ser discursivo, errático e inconsistente, donde se arguye sin precisión el odio al queso como motivo “in medias res”, dotado de poder para desencadenar otras fascinantes series de causaciones con que hinchar una intriga en absoluto creíble ni apasionada: que un narrador, maduro, perito en técnicas literarias y en primera persona, declare su aborrecimiento al queso, es, sin duda, un recurso deleznable, cuando no francamente grotesco, pero, como he dicho, lo real no debe ser más coercitivo que el asco de lo real. En cuanto a mí, no mentiré más allá de lo necesario para que todos me entiendan y piensen que, tal vez, todos compartimos esta misma náusea.

En el restaurante se encontraba Monique, a quien había observado en la Facultad de Letras, algunas mañanas a fines de 1989: ella, siempre acodada ante su té verde con limón, solía permanecer unos minutos ante la repugnante barra metálica, sin mirar a nadie y no siendo tampoco mirada por nadie. Encerrado en el departamento de Literatura Medieval, yo llevaba varios días buscando cierta monografía de 1897 sobre los usos caballerescos de los siglos XI y XII. Entre clasificación y reclasificación de fichas amarillentas y muy manoseadas, acostumbraba a escapar un rato a la cafetería sobre el mediodía, atravesando pasillos y bajando escaleras atestadas por gran masa gregaria de alumnos, conducidos a la fuerza al redil lectivo de la muy desmañada oratoria profesoral.

Aquella mañana de un otoño benévolo, Monique llevaba una falda roja, de las que van anunciando “A mí la guardia” y unas amenazantes medias caladas con encantadores dibujos indescifrables. Confesaré que me sedujo de ella más este inusitado atuendo convencional que la facundia o fluidez de su discurso intelectual (atuendo infrecuente en un ambiente dominado por ambiguos y experimentales seres andróginos). Como es bien notorio y hemos comprobado por larga experiencia histórica, religiosa y mitológica, ella era mujer, y en ellas, todo está permitido y todo es perdonable.

Monique, a decir verdad, no entendía ni una sola palabra de español, quiero decir, “castellano”, un castellano intencionadamente culto, y tampoco parecía demasiado ilusionada por el conocimiento de los usos caballerescos de los siglos XI y XII en los antiguos dominios del Imperio carolingio. O quizás no sabía apreciar como es debido mi verbosidad posmeridiana, es decir, el locuaz punto de inflexión tras la tercera copa de cognac a las doce pasadas de la mañana.

Pero ya observé aquella primera vez su extraña costumbre de pedir algo de queso con nata fresca, tras sorber con lentitud casi agonizante su característico té verde con limón. Por supuesto, esta rareza no me inquietó para nada entonces, dado que yo había podido comprobar por mí mismo, en ciertas ocasiones, sobre todo nocturnas y apocadas, costumbres alimentarias no menos dignas de ser estimadas como verdaderamente estrafalarias (o a mí me lo parecen, porque siento gran aversión hacia una gran cantidad de alimentos básicos).

El encuentro siguiente (a menos que la memoria me vuelva a fallar o ser infiel según sus ocultos designios) se produjo en el restaurante italiano de marras, pocas semanas después de mi primer contacto con ella en la cafetería universitaria. Yo no tengo ningún interés por la mujer real ni por la mujer “en sí”, ni tampoco por su fenómeno o apariencia, a pesar de aquella primera impresión tan favorable y grata, pues recibir la escucha paciente del otro siempre causa en nosotros una disposición y un juicio favorables hacia el otro, demasiado apriorístico y benévolo, sobre todo si este otro es una mujer que empieza a despertar la emoción de un deseo por imaginar y luego modelar. Estaba sola, siempre solía estarlo, según mostraba el señuelo de su mirada exterior, difícil de captar para los que no son solitarios celosos de su individualidad.

Tras adquirir con decisión y entusiasmo la cajetilla de cerillas por su precio de mercado más la pequeña comisión del establecimiento legal, en cuya portada aparecía una regordeta Pulcinella de carrillos colorados y abundante gola multicolor, me dirigí sin pensarlo dos veces a la mesa que ocupaba Monique. Sin pedir permiso me senté junto a ella en su mesa velador y me quedé mirándola durante largo rato en silencio, mostrando una impertinencia y descortesía que no son nada propias de mi escrupuloso distanciamiento evasivo en el trato social. Desde luego, demasiado tiempo como para que ella, a través de mi presencia insistente y contumaz, volviera en sí y tomase la iniciativa sin vacilación, a fin de contrarrestar el golpe de mano inquisitivo.

No me dijo nada, sólo cogió de entre mis manos, sin caricia ni desdén, mi preciada cajeta de cerillas y, tras observarla como objeto venerado de coleccionista, me la devolvió con mueca de fastidio, imprecándome secamente pero casi con aire compasivo:

-¿Tú también?

Estos sonidos, que en su lengua sonaron un tanto sibilantes y sibilinos, fueron para mí más desmoralizadores que el otro “tu quoque?” de un Julio César inverosímilmente moribundo dirigiéndose demasiado explícito a un Bruto sin aliento. Sólo que yo no tenía innumerables puñaladas en mi cuerpo sino unos ojos frente a mí de los que empezaba a ser víctima inconsolable. Al no saber cómo encajar este rudo manotazo del azar, le arrebaté la cajetilla violentamente y la guardé en el bolsillo de mi vieja americana. Aún tuve arrestos suficientes para invitarla a cenar aquella misma noche, conociendo con dolor lo que no debí conocer: porque, del mismo modo que es muy poco probable que dos meteoritos crucen sus trayectorias en el espacio, dadas unas condiciones mensurables y por tanto calculables, así también este hallazgo contravenía las leyes más elementales y mejor fundadas del caos humano y me dejaba expuesto a la intemperie de la semejanza inexplicable (entonces no pensé en ella, de un modo egoísta, ni en lo que ella sentiría).

El silencio y un indefinible deseo de perderse cada uno en el silencio del otro fueron los únicos condimentos de esta primera cena inaugural, que tiempo después sería recordada por mí con desesperada nostalgia, lo sé, impropia de su exigua realidad material. Ninguno quiso asumir aquella noche el destino del otro ni la voluntad que, más allá de nosotros dos, ajena y arbitraria pero unánime, había decidido en nuestro lugar. Cuando algo así sucede, la primera respuesta (la más temeraria) sólo puede presentarnos un espanto difícil de dominar, porque ya hace mucho que no estamos acostumbrados a que nada ni nadie se sitúe objetivamente por encima de nuestras pretensiones de una subjetividad libre y nos coloque de repente justo en el lugar que nos corresponde: el del vacío, el caos y la ausencia, pues todas las tentativas por huir del horror al vacío son gratuitas y no hay nada más bello que ese ritual del mundo que sabe por su cuenta abrir un hueco al caos.

Pero todo mi apenas creíble discurso razonable, años después, es demasiado cómodo y autosatisfecho y no cuenta con la verdad del otro, pues nunca he querido saber lo que Monique sintió aquella noche. Sé que, desde aquel mismo momento, yo dejé de coleccionar mis fascinantes cajetillas con esos dibujitos de máscaras y personajes de la “commedia dell´arte” y sé que, durante algunos meses del invierno en aquel año de grandes fríos y nevadas, existió un tenue rastro de oportunidad para mi salvación como hombre, si hubiera entregado la parte maldita que cada uno debe entregar para que le sea devuelta la memoria y su encantamiento anterior al hallazgo de una alteridad que para nada sirve en la explotación efímera de las plusvalías del amor.

Así pues, Monique y yo permanecimos juntos a través de varias estaciones incruentas (el tiempo, “ese metro lleno de ahogados”, como cantó Brel) haciendo del primer silencio nuestra causa común de existir y de perdurar irreductibles, más allá de la veleidad del simple afecto: porque, tarde o temprano, el obsceno juego de espejos que es el amor debe acabar cuando se agota el azogue bruñido de la superficie que nos mantiene impasibles ante el lento desgaste de la superficie del cristal. Del mismo modo, de mi amor siempre inconfesado por Monique nació el odio, sin transición y casi simultáneamente: el odio tenaz y obcecado a todos sus apetitos, inclinaciones y gustos y mi araña encontró nuevamente sutil hilo donde tejer su tela. Siempre me ha ocurrido lo mismo, pero entonces tuve esperanza de que ella pudiera cambiar las viejas reglas de juego.

Sin embargo, una vez más, empecé a detestar sin motivo sus gestos más íntimos, su maquillaje, sus cambiantes estilos de peinado, sus vestidos, sus movimientos, sus relaciones personales, sus posturas para dormir, sus maneras de comer, su ropa interior y cualquier cosa que me la hiciese presente físicamente. Pero sobre todo comencé a manifestar al principio con ligero disgusto, luego con franca animadversión y finalmente con angustia irreprimible mi aborrecimiento ciego a su placer por la ingestión en cierta cantidad moderada de ese queso con nata fresca y los croissants con mermelada de ciruela.

Si hubiéramos estado legalmente casados por acta matrimonial civil o sacramento eclesiástico, éste no habría podido constituirse en convincente argumento ante un juez para una separación negociada y feliz, pero mi araña es libre en los límites que le tolera su animalidad. Aunque la ciudad en que vivía no favorecía estas argucias y fraudes en las relaciones personales (las más impersonales de todas, curiosamente), habida cuenta de su interesante y atractiva vida nocturna, decidí esconderme por unos meses, al comienzo del verano, en un piso de las afueras, lejos del bullicioso centro que tanto me seducía entonces, a fin de estudiar, con orden y concierto de ideas, lo que podía llamar sin énfasis ni petulancia “mi caso”, pues demasiadas veces se había reproducido ya en similares circunstancias.

Quería permanecer ilocalizable, así que durante algún tiempo sólo salía del piso para adquirir provisiones en escasas proporciones y los libros que, yo pensaba ingenuamente, me debían ayudar a esclarecer mi situación. Desconecté el teléfono, averié arteramente mi portero automático, fundí las lámparas de imagen de mi aparato de televisión y arrojé los discos, previamente rayados con un punzón, al contendedor de residuos más cercano y, como precaución definitiva, coloqué repugnantes bolsas de basura entreabiertas, acumuladas durante varias semanas junto a la puerta del piso, con el propósito de que los vecinos pensaran que la vivienda debía de estar vacía o abandonada desde hacía algún tiempo, ya fuera a causa de unas precipitadas vacaciones de sus dueños ya fuera por desahucio motivado por impago de alquiler.

Sobre las tres de la madrugada iba al cajero automático más cercano, una vez por semana, embozado en una vieja gabardina negra que me quedaba muy estrecha y saltaba de esquina en esquina, para que nadie me sorprendiera desde las ventanas iluminadas, ayudándome a ello el pésimo alumbrado municipal de aquel barrio casi marginal.

En cuanto a los libros, en verano, a las 17´00 horas de la siesta, en una ciudad abandonada a su propia somnolencia, resulta casi imposible encontrarse con nadie conocido en una librería, alguien cuya presencia inoportuna hubiera servido para desvelar mi montaje de aislamiento y hubiera podido informar a Monique, a la cual, sobre todo, tenía que ocultarle mi paradero, al menos hasta que encontrara una solución coherente y presentable a lo que nunca sería un caso compartible.

Empecé a desbrozar terreno a comienzos de julio, con la lectura de vacuos manuales de psicología general, en los que se hablaba, con exceso de palabras y cifras, promedios y equivalencias…, de percepción, memoria, inteligencia, conducta, etc, pero yo no me consideraba entonces un digno ejemplar normalmente socializado y capacitado en todas y cada una de estas hermosas facetas perfectibles de mi sujeto empírico.

Continué pronto con libros más específicos pero igualmente alimentados de estándar y estadística, hasta llegar a Freud, a finales de ese mes, cuando la ola de calor me obligó a llenar la bañera de mucha cantidad de hielo picado y a pasarme el día tumbado bebiendo litros de café o té helados. De una tacada, en torno a los quince días prefijados, leí la mayor parte de los ensayos teóricamente más opulentos del terapeuta vienés y al final encontré, con sarcasmo y fastidio, que mi “ello”, mi “yo” y mi “superyó” no debían hacer buenas migas y de sus peloteras, insidias y asechanzas mutuas provenía el hecho de que mi araña estuviera siempre hambrienta de paradoja, aborrecimiento y ambivalencia afectiva.

Pero no me satisfizo nada la penosa analogía (que no tardé mucho en elaborar) entre mi aversión al queso y la mermelada de ciruela y el hecho, peligroso en sí, de que mi aparato anímico se pareciese cada vez más a un queso “gruyère”, agujereado, laminoso y maloliente como sentina. Repetidas veces, mientras leía a Freud, pensé en una emasculación lo menos sangrienta posible, pero me pareció que la solución distaba mucho de ser verdaderamente resolutiva.

Aun así, seguí leyendo hasta mediados de agosto y hasta que me quedé sin dinero. Sin embargo, no disponía de otra opción que seguir adelante con el plan. Con los últimos ahorros, privándome de alimentos aquí y allí, revendiendo los libros ya leídos y empeñando algunos objetos valiosos (regalos de Monique), conseguí llegar hasta los umbrales mistéricos de la obra de Lacan, pero ahí se detuvo todo mi esfuerzo, pues no pude progresar y todo lo aprendido no tardó en venírseme abajo de un papirotazo estruendoso.

Envuelto en una sutil y a la vez espesa tiniebla de simbolismo erótico (de tercera o cuarta mano), salí a la calle después de quince días de encierro a comienzos ya de un septiembre que traía noticias renovadas de guerras y epidemias, no recuerdo dónde. Por primera vez, desde el comienzo del verano y de mi esterilizante vía purgativa, ahora me daba por fin cuenta, salí a la calle relajado, liberado en parte de las tensiones acumuladas que ya me habían desbordado, entré en la cafetería mugrienta del barrio, con la cabeza llena de hipótesis nada concluyentes acerca de lo que debía hacer para lograr salvarme, sobre todo, sin solicitar el auxilio ni el concurso de nadie que no estuviera fielmente implicado en el proceso de los últimos meses, ¿y quién sino la propia Monique podría ayudarme? Pero de ella sabía que no podía esperar demasiado.

Ante la neta inminencia de un bloqueo, ya sólo quedaba ante mí el menos honesto y piadoso de los recursos imaginables en casos parecidos: acudir al médico de las almas bellas heridas, que en los libros se describía como una persona muy preparada, atenta, comprensiva, circunspecta, serena y de gran poder de persuasión y fina mirada analítica descubridora de males invisibles e innombrables. Ahora bien, en esos momentos mi liquidez desaconsejaba por completo semejante vía de escape, dado que en nuestras avanzadas sociedades del desecho, enfermeras del cuerpo y terapeutas del alma, la salud del primero es asignada a una burocrática instancia pública y estatal, pero la curación de la segunda corre a cargo de instancias privadas: sorprendente orden de prioridades que expresa una verdad muy extraña de la época.

Salí de la cafetería casi rejuvenecido y me dirigí al centro de la ciudad para pasear un par de horas, por primera vez tranquilo en varios meses, y noté el virtual entumecimiento de mis miembros, así como la creciente insensibilidad de mis ojos ante el espectáculo de las avenidas y los bulevares de árboles amarillentos que empezaban ya a desprenderse de sus primeras hojas, temerosas del frío que pronto comenzaría a arrastrarlas por las aceras en el orden previsto. El color de esas hojas, fugaces ante mi desatenta mirada, me recordó de repente de una manera inexplicable el color de los ojos de Monique y entonces deseé llorar, aunque sólo fuera para demostrarme a mí mismo que debe haber cosas más poderosas que la propia estrategia de desaparición, cosas más poderosas que la vulgar singularidad que se niega a sí misma.

No quise pensar más en esto, pues creo que entonces me di cuenta de algo que no debería ni siquiera sugerir, a no ser que acabe verdaderamente por asumirlo de una vez por todas: sospeché cómo el destino juega siempre a favor del otro y no se puede escapar a él cuando adopta la forma de una mujer.

Rápidamente regresé a mi piso, hice mi escaso equipaje de verano y decidí llamar a Monique por teléfono para sondear su estado de ánimo. Sólo deseaba pedirle una cita final, aunque sé que todas mis citas lo son. Comprendía bien que, después de más de dos meses perdido, sin tener noticias mías, ella pensaría que sólo acudía a verla por interés o desesperación.

Ahora, cuando escribo estas páginas de lo que yo pensaba que podría haber sido un esbozo de diario, sentado ante el escritorio de la habitación, que más es trastero, que ella generosamente me ha prestado por tiempo indefinido en su apartamento del centro, acabo de oír su voz sostenida y fuerte, pidiéndome, pero sin súplica ni cortesía disfrazada, que baje a la tienda del barrio para comprarle mermelada de ciruela y otro queso parmesano, con el que piensa prepararme esta noche mi habitual cena de canelones gratinados.

Y otras noches, esa misma voz, pero con un tono un poco más acariciador, pero sin súplica ni cortesía disfrazada, dice sólo mi nombre para que me prepare a acompañarla en su cama, cuando ya se ha cansado de buscar hombres imberbes.

Valdepeñas, otoño de 1998-Torre del Mar, primavera de 2018

 

 

 

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